inventando nubes
historias sobre unicornios,elefantes voladores...y todo lo que cabe en los sueños
Acerca de
a veces me siento un poco tonta en este mundo de listos, a veces soy yo la lista, la que no espera, la que se aprovecha, la que no duda. otras veces soy simplemente yo, la que me equivoco para aprender, la que me pongo nerviosa sin querer, la que me rompo por lo que pasó y no fue o por lo que fue porque pasó. pero solo a veces, durante un instante lo entiendo, y se que todo tiene más sentido así, en mi mundo, donde no eres listo ni tonto, donde los sueños no acaban donde terminan las almohadas y donde las mentiras son piadosas porque las pecadoras siempre son convincentes. y donde yo no soy yo, sino lo que está dentro de mi, las tentaciones que bajo letras forman un universo.
Sindicación
 
vuelta y vuelta
Volví a mi ciudad, donde me encontré con las aceras en las que antes me sentaba a esperar a las princesas de cabellos dorados, donde caminaba sin rumbo buscando respuestas en los semáforos, donde el tiempo se había parado para mi regreso después de horas y horas de vuelo en aviones de papel.

Y me costó regresar a esas calles grises desde donde ya no podía escuchar el mar ni en las caracolas de mis estanterías. Me costó volver de ese viaje que me había curado un poco por dentro. Será porque en aquel lugar del que regresaba, eran más resistentes las tiritas. Y aquí, con estos aires secos de poniente las cicatrices tiran más. Pero aun así siempre encuentro motivos para esa sonrisa tímida que se forma en mi cara los días que hace sol.

Y mi viaje… mi viaje me ha dejado una estela de colores que se ven en mis huellas de asfalto. He aprendido mucho, como cada vez que me alejo de estas montañas de chatarra que nos rodean a diario. He aprendido sobre las personas, y sobre una en concreto a la que no conocía tan bien como creía. He aprendido sobre una niña que sigue siendo tan pequeña como antes aunque no lo parezca. Aunque a veces se engañe y crea que es mayor. Y a pesar de que ha crecido mucho este verano, no ha sido suficiente como para dejar de abrir mucho los ojos cuando ve algo bonito, o dejar de sacarles la lengua a los niños que van agarrados de la mano de sus padres. Sigue teniendo la misma curiosidad que antes, se sigue haciendo preguntas antes de dormir, intentando que sus sueños sean reales por la mañana.
Esa niña ha visto lugares que creía que habían dejado de existir. Ha visto personas que no tienen nada y lo dan todo, y si se quedan con menos aun, les compensa haberlo regalado. Porque lo dan con una sonrisa, y no sólo en la cara, sino en el corazón. Lo notas porque a ti se te forma otra al recibirlo.
Esa gente de ojos rasgados de haber mirado al sol de frente, como girasoles que por la noche le dan la espalda porque les abandona hasta el día siguiente. Esa gente que coge cada día su bicicleta para ir al campo a coger flores para luego venderlas en un mercado de algún río lleno de tulipanes de colores y margaritas vergonzosas que se esconden tras jarrones de papel.
Y me he quedado con eso, con haber pasado días en unas colinas verdes de hierbabuena comiendo tallarines envueltos en cestas de madera, con los ojos achinados de tanto sonreír. Porque allí las sonrisas no son tan caras como aquí, y son de verdad, no de las que se van oxidando con el tiempo. Allí, te dan la mano para ayudarte a caminar, y si les miras a los ojos brillan de tantas miradas reflejadas en sus retinas, que no se han cansado de ver pasar los años. Porque allí el paso del tiempo no implica envejecer, significa crecer, no solo con arrugas en la cara y heridas en el cuerpo, sino con raíces en la mente. Cuanto más mayor eres, más has aprendido de la vida, más sabio se espera que seas y más tranquilo, como si convivir te hubiese sedado, como si vieses las cosas desde fuera, con perspectiva, con criterio para dar consejos.
Ven el mundo como una gran ruleta. Como un camino que te hace pasear por prados silvestres o te enreda en los matorrales más áridos que se hayan creado. Pero un camino al fin y al cabo. Y lo más bello de este camino es que es como una esfera, como un ciclo. No tiene final. Como los cuentos, como mis sueños, como los colores… sino que continua siempre. Y cada día es una prueba. Pero no en la que te tienes que evaluar y sacar nota. Lo único que se te exige es que seas amable y sincero con los demás. No te juzgan por como eres, por tus deseos, por las personas a las que quieres. Simplemente se espera de ti que respetes a los demás, que no hagas lo que no te gustaría que te hiciesen a ti. Así, cada persona cree en algo que hace que cada día sea distinto. Cada persona con la que se cruza no es sólo otro rostro, es alguien al que se puede complacer, quizás invitándole a una sonrisa, a un saludo cortés, a un sonrojo. Y el premio para este camino, para esta ruleta es una reencarnación armoniosa. Si has sido una buena persona y nunca has hecho mal o has pretendido siempre el bien, cuando mueras, volverás a nacer, no físicamente, sino con el alma. Puede que hayas sido tan noble que vuelvas al mundo con una belleza infinita, como la de las mariposas, como la de las margaritas, como la que poseen algunas miradas. Yo ahora cuando veo rostros muy bonitos pienso para mis adentros que debieron ser extremadamente buenos en su otra vida, o por lo menos en eso me enseñaron a creer allí.

Puede que por eso me cueste tanto volver aquí. Porque aquí me olvidé los desayunos de miradas, los cafés con besos de azúcar, los paseos con las manos juntas, con las palmas llenas de líneas de metro por descubrir. O porque me dejé allí mis ojos achinados de tanto reír. Pero, sabes? Nunca es tarde para aprender a caminar otra vez. Esta vez ya se hacerlo con las sandalias de lunares, con las que me tropiezo para volver a levantarme. Porque esa es la verdad de mi camino, la de todos supongo. A veces creemos que nos ponen la zancadilla y somos nosotros mismos los que nos enredamos con nuestros cordones. Y porque llorar al caer si podemos seguir andando y reírnos del tropiezo. Creo que en el fondo me traje más de lo que dejé allí. Y ahora me doy cuenta de que somos tan pequeños. Tu. Yo. Que creemos que sabemos tanto y que podemos discutir sobre mil cosas. Y nos pasamos el tiempo defendiendo posturas que pesan como cadenas de acero. Y que se van como vinieron, sin más ruido del que hacemos nosotros con nuestros gritos. Por eso a mi no me gusta hablar alto, porque tengo miedo de que las palabras se las lleve el viento. Por eso intento a veces susurrar cosas tontas, como que puedes contar conmigo. Que dejan de ser tontas cuando no se las lleva el aire. Porque se quedan entre el espacio que nos separa, hasta que entran dentro de ti, y ahí nadie te las puede robar. Y con estas palabras creamos mundos que tienen muros tan altos como las casas que se hacen los niños en los árboles. Y son tan resistentes como queramos nosotros. Un día pueden ser de hierro, que muevan ciudades perdidas y tanques de barro, y otro día, cuando dejen de significar algo, que se encierren en una lámina de papel para poder arrojarlas al mar en una botella que esconda que un día nos quisimos.

Y en una botella escribiré algún día que me atreví a soñar que podía estar contigo sin tener miedo. Que nadie nos podía hundir con el terror de no entendernos. Que mucho después dejé de soñar contigo y empecé a pintar mi camino en la arena. Que tiré las cartas y con ellas tu colección de besos. Y que ahora lo único que colecciono son letras con las que dibujar un corazón nómada que pasea a veces por mis manos y otras por las que sueñan a mi lado.