decía
Decía que la vida era corta, que los sentimientos también, que no duraban, que no se podían envolver y guardar, que eran de usar y tirar. Yo me enfadaba y decía que no, que lo que tenía de corta la vida, lo tenía de intensa. Que los sentimientos eran elásticos, imposibles de medir, de clasificar, de describir. Que las sonrisas no se pedían, se regalaban. Que las miradas duraban siempre. No en su cara, sino en el corazón. Que no era sólo un órgano, que era mucho más, y que la eternidad no existía para hacernos más valientes. Ella se reía de mí como se ríen los padres cuando sus niños les hablan de sueños, de ganas de volar, de ser bailarines, cantantes o bomberos con coraje para poder salvar vidas. Y yo como nunca entendí porque se reían los padres, tampoco entendí porque se reía ella. No sabía porque no entendían que salvar vidas, no significa ser médico, significa tener un bisturí de sentimientos tan reales que puedas llenar a otra persona. Que muchas veces no puedes salvar a nadie, pero que eso no tiene por qué quitarte las ganas de intentar salvarte a ti. Y lo que más me molestaba es que su risa fuera bonita. Porque no hallaba la conexión entre la belleza de su sonrisa y la crueldad de sus palabras. Y por eso yo me hacía un poco más pequeña cuando sus ojos me quitaban la coraza que me había puesto esa mañana. Y me sentía tan pequeña como las chapas de su sudadera. Tanto, que podría estar mi cuerpo entero dentro de una de ellas y me sobraría espacio. Y así por lo menos estaría a su lado sin que se enterase.
Quizás escriba todo esto porque es domingo. Es un domingo tonto y nublado. De los que traen recuerdos cuando mi cabeza lo único que pide es no acordarse. Me sentía un poco como el Principito, en busca de tierras inhabitadas, de habitantes sin inquilinos en el corazón. Intentando encontrar algo en su misterioso mundo de lágrimas. Y lo único que hallaba eran paisajes tan desiertos como mis sentimientos hacia ella. Y eso dolía más que cualquier herida. Dolía no ser lo que algún día pretendí ser. Dolía darme cuenta de que las noches eran más frías desde que me abrazaba a la almohada. Dolía saber que me quería, que lo sigue haciendo, pero que no puede estar conmigo. Que sus ojos son mucho más profundos de lo que eran antes, porque esconden más mentiras de las que pueden abarcar. Que su corazón ya no es un puerto, que ya no tiene amarrado el bote en el que llegué. Que ahora es un aeropuerto desolador que acoge a innumerables viajeros que pasan sin dejar maletas ni promesas. Y ella se ha convertido en la más temible enemiga que se pudo buscar. En la que esconde, en la que recoge sus lágrimas al pensar en mí, en la que no las deja caer al suelo para que no dejen huellas de que sigue sintiendo algo. Porque así es más fácil, porque así no tiene miedo, porque así puede sobrevivir. No vivir. Sobrevivir. Y ella lo sabe. Y yo lo sé. Y sabe que lo sé. Pero también sabe que estas palabras nunca llegarán a sus oídos. Sabe que son tan silenciosas como las sílabas de las excusas que nunca se atrevió a dar. Pero da igual, da igual que me quieras entre tus cuatro paredes, porque yo nunca te escucharé desde las mías. Da igual que llores o que sonrías al recordar. Ya no estoy detrás de tu espejo. No estoy cogiéndote la mano al pasear, y no estoy detrás del portal para darte un susto, ni entre tus sábanas al amanecer. Ni siquiera en tus sueños al anochecer. Fue tan lejos donde nos perdimos. Tardaríamos años en encontrarnos, y quizás ni en ese tiempo podríamos comprender lo que no sabemos explicar ni a través de los cuentos.
Quizás escriba todo esto porque es domingo. Es un domingo tonto y nublado. De los que traen recuerdos cuando mi cabeza lo único que pide es no acordarse. Me sentía un poco como el Principito, en busca de tierras inhabitadas, de habitantes sin inquilinos en el corazón. Intentando encontrar algo en su misterioso mundo de lágrimas. Y lo único que hallaba eran paisajes tan desiertos como mis sentimientos hacia ella. Y eso dolía más que cualquier herida. Dolía no ser lo que algún día pretendí ser. Dolía darme cuenta de que las noches eran más frías desde que me abrazaba a la almohada. Dolía saber que me quería, que lo sigue haciendo, pero que no puede estar conmigo. Que sus ojos son mucho más profundos de lo que eran antes, porque esconden más mentiras de las que pueden abarcar. Que su corazón ya no es un puerto, que ya no tiene amarrado el bote en el que llegué. Que ahora es un aeropuerto desolador que acoge a innumerables viajeros que pasan sin dejar maletas ni promesas. Y ella se ha convertido en la más temible enemiga que se pudo buscar. En la que esconde, en la que recoge sus lágrimas al pensar en mí, en la que no las deja caer al suelo para que no dejen huellas de que sigue sintiendo algo. Porque así es más fácil, porque así no tiene miedo, porque así puede sobrevivir. No vivir. Sobrevivir. Y ella lo sabe. Y yo lo sé. Y sabe que lo sé. Pero también sabe que estas palabras nunca llegarán a sus oídos. Sabe que son tan silenciosas como las sílabas de las excusas que nunca se atrevió a dar. Pero da igual, da igual que me quieras entre tus cuatro paredes, porque yo nunca te escucharé desde las mías. Da igual que llores o que sonrías al recordar. Ya no estoy detrás de tu espejo. No estoy cogiéndote la mano al pasear, y no estoy detrás del portal para darte un susto, ni entre tus sábanas al amanecer. Ni siquiera en tus sueños al anochecer. Fue tan lejos donde nos perdimos. Tardaríamos años en encontrarnos, y quizás ni en ese tiempo podríamos comprender lo que no sabemos explicar ni a través de los cuentos.
frío
Hoy es uno de esos días que te despiertan con una sonrisa. Una muy muy grande, tan grande que no puede abarcar solo una cosa, sino miles. Y esas son las más bonitas. Porque no tienen un motivo en especial, tienen uno que te dice que eres feliz por el simple hecho de serlo. Y eso si que es un regalo de buenos días.
Ayer me fui a pasar el día a la sierra. Me apetecía un sol más frío que el del centro. Y lo encontré. Y encontré también un camino lleno de banquitos de madera y flores que se plantaron en primavera. Ví a gente muy contenta que celebraba ceremonias junto a las personas que se querían y que lo siguen haciendo hoy. Y yo sólo podía responder con sonrisas que me salían tan espontáneas como sinceras. Con una bufanda que creí que no estrenaría hasta dentro de unos meses y con un jersey azul que no tenía ganas de quedarse en el cajón. Los agujeros de mis pantalones me hacían cosquillas en las rodillas, mientras yo se las hacía a la vida. A la mía. Que estos días es tan mía que me asusta. Me veo todavía muy pequeña para toda la responsabilidad que eso supone, pero creo que me va gustando esto de controlar mi mundo.
Después de comer fui a Segovia. Me gusta su acueducto, me gusta pasear por sus calles comiendo obleas, ojear las tiendecillas donde venden peonzas gigantes y descubrir chiringuitos donde encuentras libros de poemas y letras con las que bailar. Me gusta ver que por algunos sitios parece que no pasa el tiempo y que no hace mucho una niña corría por esas calles con sus padres buscando una cafetería para tomar un chocolate caliente. A su salud, me lo bebí antes de que el sol me abandonase para dormir. Luego me vine a casa, no sin antes recogerla por el camino. Porque me apetecía estar con ella. Un día tan mágico no podía acabar sin sus risas antes de amanecer. Así que nos vinimos a casa con una botella de excusas para brindar. Y con dos vasos de confianza nos sentamos en el suelo para ver hacia donde nos llevaban las palabras que habíamos empezado a beber.
Nunca me pude imaginar que lo que se destapó como una noche de ingenuas charlas fuera a acabar en una terapia sobre mí. Y así me di cuenta una vez más, que me conoce mejor que yo. Que sabe todo sobre mis cuentos, sobre mis hojas llenas de letras tontas de orgullo y ego, sobre los otros capítulos de independencia y de no saber como crear lazos que no me traicionen, sobre mi manía de hacer todo al revés y mis impulsos de vivir todo un mundo de sensaciones que a veces me hacen naufragar junto a mis acompañantes. Y así, vaso tras vaso fuimos jugando a unas cartas que sabíamos lo que iban a decir y aun así seguimos fingiendo que no. Y yo, que soy la jugadora que más arriesga intenté por un momento negar que jugaba todo a cara o cruz, que apostaba todo o nada, pero no sirvió de mucho. Ya había perdido todo por un montón de números y lo sabíamos las dos. Así que tuve que pagar mi deuda con una cura de humildad, y me supo tan bien ese trago que me dormí enseguida para amanecer como lo he hecho hoy.
Y es que, parece que el día de ayer no tiene nada de especial, ni el anterior, ni este verano, ni los otros. Pero para mi lo son, lo es todo. Forman un pequeño tarro de recuerdos que me han hecho ser lo que soy ahora. Y además he aprendido a abrirlo cuando lo necesito. Es verdad que a veces se destapa sin que me de cuenta, pero sino no sería tan real.
¿Cuándo te das cuenta de que vives incompleta? ¿Cuándo estás sola o cuando conoces a alguien que te roba una parte de ti? Yo creo que cuando la conoces. Cuando sabes que antes no estabas incompleta porque estabas entera, con todas tus contradicciones, todas tus sonrisas, todas tus ideas, tus palabras, tus dedos, tus manos. Y es ahora cuando ya no tienes todas las letras porque ayer las colaste sin que se enterase en su oído. Y es ahora cuando tampoco tienes todos los minutos del día porque algunos los reservas para sus besos, para sus canciones, para sus pestañas. Pero que pasa si ella está cansada de las muecas que no piden permiso para forzarse en su cara. Y tu intentas que se de cuenta de que ella vale mucho más que todo eso, que se de cuenta de que el ayer es la arena de un reloj que ya giró. De que hoy ella te gusta. Que mañana nadie sabe si volverá a girar el tiempo. Pero hoy quieres apostar todas tus cartas en su número. Y si pierdes por la mañana, da igual, porque habrás pasado la noche a su lado. Porque el amor no se mide en segundos ni en regalos. Se mide en miradas, en lo que cada uno está dispuesto a sacrificarle.
Ahora me acuerdo de esa mañana en la que me desperté con ella. Era un amanecer gris y había una cama. En mí, el recuerdo de una noche entera hablando, desnudando un corazón tan indefenso en esos momentos. Y por dentro, el sentimiento de no querer dormir. Y sigues hablando como si tuvieses miedo de que si dejas de hacerlo ella no se va a dar cuenta de todo lo que la quieres. Como si por alguna razón estuvieses celosa del aire que te separa de su boca, por si acaso por el camino dejan de tener sentido tus palabras. Solo el eco de pensamientos que salen por tus labios sin pasar por el cerebro, escapan de ese control que a veces te miente y te censura. Y ese impulso directo sale como olas desde un corazón más rojo que nunca. Y juega a mojarte de algo indescriptible, de un sabor agridulce que se tiñe del miedo a no saber como despertar si no es junto a ella algún día.
Pero ahora lo pienso y no recuerdo bien ese sabor, con el tiempo se volvió agrio. Ahora, ya no tiene tacto ni color. Y si, aprendí a despertar sin ella. Es más, aprendí a despertar en otros brazos, y otros más. Fue el precio a pagar y era demasiado caro para mis bolsillos vacíos. Sólo podía entregarme yo y no era suficiente. Ahora somos desconocidas. El vacío de palabras perdidas. Lo que pasó, pasó. Y ya no me ayudará otra noche. No queda amor. Quemo su herida y ya no duele. Dejé de creer en su almohada.
Pero creo en la mía. Y en la tuya. Y creo que es importante que todos tengan una para recoger sueños, para que no se vayan muy lejos de tus pestañas, para que siempre puedan acariciarte aunque sea de noche, cuando eches de menos sus manos, cuando quieras dormirte mirando sus ojos y ya no estén ahí. Cuando caigas en un cansancio tan profundo que juegue contigo, que te haga pensar que duermes abrazada, que te haga sentir que sus dedos acarician el trozo de sábana que os separa, y que tus rizos dan con su espalda. Entonces ya dará igual porque ayer guardaste tus sueños debajo de tu pelo y así podrás navegar hacia ese lugar donde nadie te pide que expliques nada, donde amaneces en un día de despedida, pero que no se siente como un adiós. Y en medio de ese lugar, de esa playa, dos toallas, cuatro manos, dos labios y un corazón. Tan cargado de sueños como nubes a punto de descargar la tormenta más larga del año. En la que un bote tan pequeño como el corazón no siempre te puede salvar.
Ayer me fui a pasar el día a la sierra. Me apetecía un sol más frío que el del centro. Y lo encontré. Y encontré también un camino lleno de banquitos de madera y flores que se plantaron en primavera. Ví a gente muy contenta que celebraba ceremonias junto a las personas que se querían y que lo siguen haciendo hoy. Y yo sólo podía responder con sonrisas que me salían tan espontáneas como sinceras. Con una bufanda que creí que no estrenaría hasta dentro de unos meses y con un jersey azul que no tenía ganas de quedarse en el cajón. Los agujeros de mis pantalones me hacían cosquillas en las rodillas, mientras yo se las hacía a la vida. A la mía. Que estos días es tan mía que me asusta. Me veo todavía muy pequeña para toda la responsabilidad que eso supone, pero creo que me va gustando esto de controlar mi mundo.
Después de comer fui a Segovia. Me gusta su acueducto, me gusta pasear por sus calles comiendo obleas, ojear las tiendecillas donde venden peonzas gigantes y descubrir chiringuitos donde encuentras libros de poemas y letras con las que bailar. Me gusta ver que por algunos sitios parece que no pasa el tiempo y que no hace mucho una niña corría por esas calles con sus padres buscando una cafetería para tomar un chocolate caliente. A su salud, me lo bebí antes de que el sol me abandonase para dormir. Luego me vine a casa, no sin antes recogerla por el camino. Porque me apetecía estar con ella. Un día tan mágico no podía acabar sin sus risas antes de amanecer. Así que nos vinimos a casa con una botella de excusas para brindar. Y con dos vasos de confianza nos sentamos en el suelo para ver hacia donde nos llevaban las palabras que habíamos empezado a beber.
Nunca me pude imaginar que lo que se destapó como una noche de ingenuas charlas fuera a acabar en una terapia sobre mí. Y así me di cuenta una vez más, que me conoce mejor que yo. Que sabe todo sobre mis cuentos, sobre mis hojas llenas de letras tontas de orgullo y ego, sobre los otros capítulos de independencia y de no saber como crear lazos que no me traicionen, sobre mi manía de hacer todo al revés y mis impulsos de vivir todo un mundo de sensaciones que a veces me hacen naufragar junto a mis acompañantes. Y así, vaso tras vaso fuimos jugando a unas cartas que sabíamos lo que iban a decir y aun así seguimos fingiendo que no. Y yo, que soy la jugadora que más arriesga intenté por un momento negar que jugaba todo a cara o cruz, que apostaba todo o nada, pero no sirvió de mucho. Ya había perdido todo por un montón de números y lo sabíamos las dos. Así que tuve que pagar mi deuda con una cura de humildad, y me supo tan bien ese trago que me dormí enseguida para amanecer como lo he hecho hoy.
Y es que, parece que el día de ayer no tiene nada de especial, ni el anterior, ni este verano, ni los otros. Pero para mi lo son, lo es todo. Forman un pequeño tarro de recuerdos que me han hecho ser lo que soy ahora. Y además he aprendido a abrirlo cuando lo necesito. Es verdad que a veces se destapa sin que me de cuenta, pero sino no sería tan real.
¿Cuándo te das cuenta de que vives incompleta? ¿Cuándo estás sola o cuando conoces a alguien que te roba una parte de ti? Yo creo que cuando la conoces. Cuando sabes que antes no estabas incompleta porque estabas entera, con todas tus contradicciones, todas tus sonrisas, todas tus ideas, tus palabras, tus dedos, tus manos. Y es ahora cuando ya no tienes todas las letras porque ayer las colaste sin que se enterase en su oído. Y es ahora cuando tampoco tienes todos los minutos del día porque algunos los reservas para sus besos, para sus canciones, para sus pestañas. Pero que pasa si ella está cansada de las muecas que no piden permiso para forzarse en su cara. Y tu intentas que se de cuenta de que ella vale mucho más que todo eso, que se de cuenta de que el ayer es la arena de un reloj que ya giró. De que hoy ella te gusta. Que mañana nadie sabe si volverá a girar el tiempo. Pero hoy quieres apostar todas tus cartas en su número. Y si pierdes por la mañana, da igual, porque habrás pasado la noche a su lado. Porque el amor no se mide en segundos ni en regalos. Se mide en miradas, en lo que cada uno está dispuesto a sacrificarle.
Ahora me acuerdo de esa mañana en la que me desperté con ella. Era un amanecer gris y había una cama. En mí, el recuerdo de una noche entera hablando, desnudando un corazón tan indefenso en esos momentos. Y por dentro, el sentimiento de no querer dormir. Y sigues hablando como si tuvieses miedo de que si dejas de hacerlo ella no se va a dar cuenta de todo lo que la quieres. Como si por alguna razón estuvieses celosa del aire que te separa de su boca, por si acaso por el camino dejan de tener sentido tus palabras. Solo el eco de pensamientos que salen por tus labios sin pasar por el cerebro, escapan de ese control que a veces te miente y te censura. Y ese impulso directo sale como olas desde un corazón más rojo que nunca. Y juega a mojarte de algo indescriptible, de un sabor agridulce que se tiñe del miedo a no saber como despertar si no es junto a ella algún día.
Pero ahora lo pienso y no recuerdo bien ese sabor, con el tiempo se volvió agrio. Ahora, ya no tiene tacto ni color. Y si, aprendí a despertar sin ella. Es más, aprendí a despertar en otros brazos, y otros más. Fue el precio a pagar y era demasiado caro para mis bolsillos vacíos. Sólo podía entregarme yo y no era suficiente. Ahora somos desconocidas. El vacío de palabras perdidas. Lo que pasó, pasó. Y ya no me ayudará otra noche. No queda amor. Quemo su herida y ya no duele. Dejé de creer en su almohada.
Pero creo en la mía. Y en la tuya. Y creo que es importante que todos tengan una para recoger sueños, para que no se vayan muy lejos de tus pestañas, para que siempre puedan acariciarte aunque sea de noche, cuando eches de menos sus manos, cuando quieras dormirte mirando sus ojos y ya no estén ahí. Cuando caigas en un cansancio tan profundo que juegue contigo, que te haga pensar que duermes abrazada, que te haga sentir que sus dedos acarician el trozo de sábana que os separa, y que tus rizos dan con su espalda. Entonces ya dará igual porque ayer guardaste tus sueños debajo de tu pelo y así podrás navegar hacia ese lugar donde nadie te pide que expliques nada, donde amaneces en un día de despedida, pero que no se siente como un adiós. Y en medio de ese lugar, de esa playa, dos toallas, cuatro manos, dos labios y un corazón. Tan cargado de sueños como nubes a punto de descargar la tormenta más larga del año. En la que un bote tan pequeño como el corazón no siempre te puede salvar.