inventando nubes
historias sobre unicornios,elefantes voladores...y todo lo que cabe en los sueños
Acerca de
a veces me siento un poco tonta en este mundo de listos, a veces soy yo la lista, la que no espera, la que se aprovecha, la que no duda. otras veces soy simplemente yo, la que me equivoco para aprender, la que me pongo nerviosa sin querer, la que me rompo por lo que pasó y no fue o por lo que fue porque pasó. pero solo a veces, durante un instante lo entiendo, y se que todo tiene más sentido así, en mi mundo, donde no eres listo ni tonto, donde los sueños no acaban donde terminan las almohadas y donde las mentiras son piadosas porque las pecadoras siempre son convincentes. y donde yo no soy yo, sino lo que está dentro de mi, las tentaciones que bajo letras forman un universo.
Sindicación
 
días grises para noches blancas
Hace dos años me gustaban estos días. No por las calles teñidas de falsas morales, ni por los deseos que no pretendían más que llegar al primer día de Enero para lavar una conciencia, ni por los adornos colgados de ventanas que guardan el cariño y la solidaridad de tres semanas.
Me gustaban porque había luces colgadas en los balcones de los que sí que querían quererse, de los que a veces sólo tenían velas con mechas que eran reales, mucho más que los sentimientos de cambiar el mundo que se van con los últimos rastros de nieve. Me gustaban porque mis manos no eran dos, sino cuatro sujetando un paraguas, porque los días no eran dos noches con grandes cenas, sino meses con estrellas en el cabecero de mi cama. Porque las noches no acababan desayunando churros en la puerta del sol, sino con besos en las esquinas de sus sábanas. Porque las almohadas no recogían propósitos de año nuevo, sino deseos de ser feliz con nuestras cuatro manos, de carreteras que querían recorrerse con cuatro pies y dos labios que inventaban canciones que podían convertirse en parte del viaje que era conocerse. Porque no sonaban villancicos en su coche, sino letras de aquellos que susurran sus viajes, de los que acompañan de verdad, de los que suenan todo el año. O todos los años. De los que odias escuchar ahora, cuando en tu casa solo hay dos manos haciendo la cena.

En realidad nunca me han gustado las navidades. Puede que sea porque cuando era pequeña siempre estaba con mi familia, no necesitábamos redondear una fecha en el calendario para que nuestras agendas coincidieran como una tradición. Porque éramos felices en otoño, porque celebrábamos cumpleaños en los jardines de la primavera y en los patios cubiertos de invierno. Porque tomábamos el sol en verano y hacíamos castillos de arena en nuestra playa. Porque a ti no te conocí en invierno, ni en primavera, ni en verano, sino en otoño. Cuando las hojas se caían y mis años crecían. Cuando había dos uniformes que sabían que estorbaban en los abrazos. Cuando tú eras tú y yo empezaba a ser yo. Cuando había un nosotras que se necesitaba, un dos que odiaba ser ese número. Cuando quería regalarte palabras y lo único que conseguía era mezclarlas con sonrojos. Empezaba a hacer frío y creíamos que nunca lo sentiríamos. Porque creíamos en algo.

Ahora los secretos se esconden por los pasillos de esos días que llenaron y vaciaron el tiempo con todas sus consecuencias. Como cuando no te lees las instrucciones de una estantería que acabas de montar. Y cuando se cae, te das cuenta de que montaste mal los cimientos. Pero eso no lo sabías antes. Y con tus dedos, construiste lo que creías que era una casa para dos, un palacio de cartón. Tan grande que cabían dos corazones. Tan pequeño que no se podían separar y cuando lo hicieron, ya no había espacio para jugar al escondite sin encontrarnos en las esquinas. Y ya no tenía sentido esperar con un ramo de flores. Porque ya estaban marchitas de los minutos que habían pasado sin buscarse. De los días, y meses que se dejaron secar al sol. En las paredes, frases, canciones que no dejaban de sonar y que intentaban derrumbar los muros que no pudimos sostener nosotras. Cada una en su habitación de papel, en la esquina de la confusión. Intentando llegar al pasillo del olvido cuando la única puerta que parecía estar abierta era la de los recuerdos. En ella, una decena de fotos que querían quedarse colgadas, una pila de Cd´s que se inclinaban hacia un viejo aparato de música, una caja de hojalata repleta de cartas que herían sin quererlo. Un manojo de llaves que iban a cerrar esa casa desahuciada por el vacío.

Pero eso no tiene nada que ver con que ya no me gusten estos días. O si. Pero me gusta que haya gente que disfrute estas fechas, pero de verdad. Que sonría porque son los únicos días que puede ver a los que quiere, a los que viven más lejos. Porque recuerdan a los que no están, a los que siguen estando en su corazón. En la habitación más bella de todas. Dentro del reloj rojo del centro del cuerpo. Porque ahí siempre estará su lugar. Y aunque haya días que se odien a si mismos por creer que han olvidado, saben que no es verdad. Que piensan en esa persona que se fue sin querer, sin que nadie avisara, sin poder luchar contra algo tan fuerte. Y no por falta de valentía, ni mucho menos, sino porque tuvo que ser así. No es resignación. Nunca. Es dolor, es rabia por no entender que la vida no está de tu lado, que te la jugó cuando te diste la vuelta, sin darte cuenta de que perdías la mitad de ti.
Y ahí si que estoy yo. Que no soy feliz porque es navidad, sino porque se que mi habitación roja está intacta. Y ahí estás tú. Siempre lo estarás. Unas noches a los pies de mi cama, arropándome cuando los demás se hayan ido, cuando sólo quiera estar contigo. Otros días en la calle, en un jardín que no quiere ver la luz, en un cuarto que quiere que entres por la puerta sin hacer ruido una vez más. Y yo te voy a cuidar así, dentro de mí, que es donde siempre podré refugiarme para soñar sin almohada.