como un corazón
Ella me pidió un hogar. Yo sólo pude juntar mis manos y arroparla a mi lado. La había estado buscando y la había estado evitando. Había evitado buscarla en algún lugar, perdida entre mis miedos, escondida en la cajita de lo que quería y no podía ser. Me esperaba ahí, agachada, protegida por sus brazos. Cuidándose de mis ganas de destrozar lo que no conseguía romper, de ignorar lo que ya estaba reteniendo en mí.
Pero me empeñé en embriagarme de noches oscuras llenas de arañazos que se clavaban en mí como sus abrazos, sin querer soltarme, con miedo de que al curarse yo me fuese sin despedirme. Y ella seguía ahí, agachada, y mirándome desde su esquinita. Desde la lejanía. Desde la distancia que marcaban mis palabras. Ahora ella tenía menos miedo, y también menos esperanzas de encontrarme algún día. Y yo cada vez tenía más miedo de perderla en mi silencio, en mis ganas de odiar al mundo aunque no sirviese de nada.
Y la volví a ignorar, como a esa flor que crece en el salón de tu casa sin que te des cuenta porque nunca te molestas en regarla. Y sentada en mi extraña habitación sentía que la había perdido de verdad. Y por una vez en mi pequeña vida, no quise perderla en mis bolsillos. Y me acordé de las flores que regaban mis padres los domingos por la mañana. De cómo me decían que había que hablarlas para que no se sintieran solas. Así, poníamos música en el salón y bailábamos los tres como si pudiésemos alegrarlas con nuestra compañía. También recuerdo que no entendí porque días después había una flor muerta en el suelo. Pensé que con bailar con ellas ese día había sido suficiente. Mi padre me miró como miran los profesores a los niños que no se saben la lección. Me explicó que no bastaba con hacerlas caso un día. Que las plantas eran como las personas, a las que había que cuidar día a día para que no se entristecieran. Como si pudiesen morirse de tristeza. Y yo lo fui entendiendo poco a poco.
Decidí que no quería que la niña del corazón rojo se pusiese triste y perdiese su color. Y quise hablarla todas las noches para que no se sintiese sola, quise aprender a regarla con mis sueños, a quererla con mis labios y a cuidarla con mis manos.
Y sigo queriendo quererla como se merece. Y lo sigo intentando. De ese virus que habitaba en mí, solo recuerdo que lo olvidé. Para sobrevivir me agarré a ella como una cuerda. Como una cuerda anclada en mi oscuro pozo. Y así, día a día aprendí a vivir con algo muy grande dentro de mí. Tan grande que a veces todavía me siento muy pequeña al lado de ese reloj rojo que late muy deprisa cuando ella me besa.
Esta mañana me he vuelto a sentir pequeñita, como esa flor que estaba triste aunque todos los domingos bailase con ella una niña de cinco años. Pero me he acurrucado en su espalda y me he dado cuenta de algo que llevaba sintiendo unos meses. Soy feliz. Así, sin más. Aunque suene a anuncio, aunque parezca simple, aunque a veces haya querido herirme y no reconocer que todo podía ser más fácil. Ahora sí. Ahora soñamos desde mi cama. Ya no hay niñas rubias, ni cuentos amargos. No hay mentiras de acero ni decepciones de cristal. Ni siquiera hay lágrimas de plástico con sus fantasmas de colores. Ahora no somos más que un dos jugando a ser uno. Un ella y un yo que cada noche es un nosotras. Un nosotras que no juega a nada más que a viajar de la mano. A un viaje tan largo como un sueño sin final.
Pero me empeñé en embriagarme de noches oscuras llenas de arañazos que se clavaban en mí como sus abrazos, sin querer soltarme, con miedo de que al curarse yo me fuese sin despedirme. Y ella seguía ahí, agachada, y mirándome desde su esquinita. Desde la lejanía. Desde la distancia que marcaban mis palabras. Ahora ella tenía menos miedo, y también menos esperanzas de encontrarme algún día. Y yo cada vez tenía más miedo de perderla en mi silencio, en mis ganas de odiar al mundo aunque no sirviese de nada.
Y la volví a ignorar, como a esa flor que crece en el salón de tu casa sin que te des cuenta porque nunca te molestas en regarla. Y sentada en mi extraña habitación sentía que la había perdido de verdad. Y por una vez en mi pequeña vida, no quise perderla en mis bolsillos. Y me acordé de las flores que regaban mis padres los domingos por la mañana. De cómo me decían que había que hablarlas para que no se sintieran solas. Así, poníamos música en el salón y bailábamos los tres como si pudiésemos alegrarlas con nuestra compañía. También recuerdo que no entendí porque días después había una flor muerta en el suelo. Pensé que con bailar con ellas ese día había sido suficiente. Mi padre me miró como miran los profesores a los niños que no se saben la lección. Me explicó que no bastaba con hacerlas caso un día. Que las plantas eran como las personas, a las que había que cuidar día a día para que no se entristecieran. Como si pudiesen morirse de tristeza. Y yo lo fui entendiendo poco a poco.
Decidí que no quería que la niña del corazón rojo se pusiese triste y perdiese su color. Y quise hablarla todas las noches para que no se sintiese sola, quise aprender a regarla con mis sueños, a quererla con mis labios y a cuidarla con mis manos.
Y sigo queriendo quererla como se merece. Y lo sigo intentando. De ese virus que habitaba en mí, solo recuerdo que lo olvidé. Para sobrevivir me agarré a ella como una cuerda. Como una cuerda anclada en mi oscuro pozo. Y así, día a día aprendí a vivir con algo muy grande dentro de mí. Tan grande que a veces todavía me siento muy pequeña al lado de ese reloj rojo que late muy deprisa cuando ella me besa.
Esta mañana me he vuelto a sentir pequeñita, como esa flor que estaba triste aunque todos los domingos bailase con ella una niña de cinco años. Pero me he acurrucado en su espalda y me he dado cuenta de algo que llevaba sintiendo unos meses. Soy feliz. Así, sin más. Aunque suene a anuncio, aunque parezca simple, aunque a veces haya querido herirme y no reconocer que todo podía ser más fácil. Ahora sí. Ahora soñamos desde mi cama. Ya no hay niñas rubias, ni cuentos amargos. No hay mentiras de acero ni decepciones de cristal. Ni siquiera hay lágrimas de plástico con sus fantasmas de colores. Ahora no somos más que un dos jugando a ser uno. Un ella y un yo que cada noche es un nosotras. Un nosotras que no juega a nada más que a viajar de la mano. A un viaje tan largo como un sueño sin final.