estaciones
Ayer hablaba con una pequeña niña rubia en mi habitación. No era la misma niña rubia que la de los cuentos y las sábanas azules. Esta niña es otra muy alejada de la primera. Es un regalo que me encontré al entrar en la universidad y que desde entonces me acompaña en los viajes más lejanos y a la vez más cercanos a mi. Es un hilo que me ata a la realidad cuando mi mente se encuentra muy lejos del suelo. Es mi mejor amiga y acompañante de mil aventuras y sueños.
Así que hablando entre risas nos dimos cuenta del viaje más largo de todos: la vida. Hablamos de un pacto con ella que nos invitaba a pasar por millones de estaciones de trenes, de autobuses, de aeropuertos, de puertos con mar. Tantos como hojas de esos árboles que renuevan sus ramas cada otoño.
Y luego, ya sola entre mis paredes pensé en un futuro que parecía más cercano cada día. Pensé en todas las estaciones por las que quería pasar. En algunas solo unas horas y muchos días en otras. También pensé en las personas que se quedan paradas en los bancos de las estaciones siempre mirando los trenes pasar sin atreverse a coger uno. Y supe que yo no quería ser una de ellas. Y me di cuenta que por ahora no era parte de esa larga cola que espera para sentarse a esperar. Recordé los innumerables trenes por los que había pasado. Los trenes materiales de interrail, los de París, Amsterdam, Cannes, Bruselas...los de Barcelona, Alicante.. y los inmateriales, los que me llevaron a lugares más bellos por los que no había pasado nadie. Los que me llevaron a los castillos de arena de la niña rubia, los que me dejaron en su estación durante muchos días que pasaron a ser meses. Me hizo tan feliz pensar que no había dejado pasar ese tren que la mandé un mensaje para agradecer mi estancia en su estación del mar. Ella me contestó que la vida es una playa en la que cada persona aporta un granito de arena a lo que puedes aprender. Y que había personas que aportaban un puñado. Y sonreí al leer la palabra playa. Porque ella sabe lo especial que es ese paisaje. Y también pensé en bajo que ella era una de esas que aportan un puñado.. y dos.
De todas formas seguía obsesionada con la idea de las estaciones. Estaciones del año. Un viaje por el pasado o por el futuro que durase muchas estaciones. Compartir las olas en verano, una manta en invierno, una margarita en primavera o una tarde de lluvia en otoño.
Pensé que siempre tenías que estar atenta por si había algún tren que iba a hacer su entrada en tu pequeña estación. Puede que a primera vista quedases deslumbrada por un gran tren, por un AVE, un ALTARIA, un TGV... pero en esos no se cuentan cuentos. Quizás dejases pasar un viejo Talgo y te quedases medio vacía sin escuchar su ruido al salir, lleno de historias por contar y aprender. Por eso preparé en mi imaginación una mochila llena de utensilios insignificantes que me podría llevar la próxima vez. Me aseguré de llevarme cosas que alguna vez hubiese olvidado. Esta vez cogí madurez y ganas de escuchar y crecer. Me acordé de una vez en la que me faltaron esas cosas y me había tenido que bajar de un tren en marcha y sabía que esta vez solo querría bajar del tren cuando se acabase el trayecto. Cuando fuese la hora, ni antes ni después. En el bolsillo de adelante metí un poco de humildad y racionalidad. Porque en el último viaje que había echo hicieron falta muchos momentos de ambas. Y así, esta vez podría dejar fuera de mi equipaje ese gran bote de ego que había guardado hacía tiempo. En cuanto a la racionalidad, creo que solo vivir de mis sesiones de instinto era poco enriquecedor y ya había echo daño a bastantes viajeros en el pasado. No quería herir a nadie más solo por no haberme preparado antes de iniciar un viaje tan intenso.
A medida que iba llenando mi mochila tuve que vacíar muchos compartimentos que se habían atascado del peso que llevaban. Tuve que sacar mucho egoismo que ya casi había caducado del tiempo que llevaba ahí. Ese fue el tarro que más pesaba y que en el fondo más dolía. Dolía pensar que lo llevé muchos días encima. Dolía pensar que me perdí en mi estación preferida por llevar un mapa egoista.
Saqué unas bolsitas con nombres de conductores pasados. Creí que sería más fácil encontrar sin recuerdos. Los recuerdos solo me frenarían una vez más y esta vez mi camino estaba en frente de mis ojos, no al final de mis retinas. Ya llegarían fotos a mi memoria, no necesitaba tener también materiales para acompañarlas.
Cuando pensé que ya había vaciado mi mochila de aparatos inútiles vi de pronto un bolsillo que no había apreciado hasta ese momento. Estaba protegido con un pequeño candado rojo. Lo intenté abrir pero no había forma. Al final tuve que pensar a fondo en una clave que pudiese forzar la cerradura. Miré en mis pantalones haber si había algo, pero solo encontré una llave con un cartel que decía: cobardía. La tiré al suelo indignada porque una llave con mensajes irónicos en ese momento era lo último que necesitaba. Mientras tiraba con fuerza del candado como una pequeña niña que sólo piensa en destrozar el envoltorio de su regalo de Reyes, en vez de abrirlo despacio por donde está el celo, caí en lo que significaba la llave que acababa de tirar.
Esa llave era la que abría mi candado. Ese bolsillo no era más que el bolsillo rojo que dirigía todos los demás. Era el centro de la mochila. El bolsillo que guardaba esa valiosa brújula que había decidido los trenes que coger. Así que con mucho miedo metí la llave en la cerradura y se abrió de par en par. Miré dentro y estaba vacío. No podía ser de otra forma. Llevaba demasiado tiempo cerrado con esa llave tan feroz, tan despiadada como cruel. Y supe desde ese bolsillo con forma de corazón que el puerto que me esperaba sería distinto esta vez porque ya no tenía candados pesados a mis espaldas. Ahora tenía una gran mochila con ganas de hacerse y deshacerse un millón de veces, en manos de pasajeras de tierras exóticas, de huéspedes de mansiones deshabitadas o de niñas con los bolsillos tan llenos como los míos.
Así, entre carreteras desgastadas y raíles descosidos, puedo crear mi camino. Un camino que no traicione mis sentidos, un camino que no nuble mis días más claros. Porque quiero viajar descalza por las vías del tranvía más sincero de todos, por el que me abre sus puertas en silencio y me invita a contar cuentos en alto. Y allí donde mis pies quieran descansar, también lo hará mi corazón, entre sábanas blancas y almohadas sin sueño. Entre estaciones con farolas fundidas de tanto esperar, con bancos roídos de guardar los secretos de personajes desconocidos. Se abrirán las puertas que llevan tanto cerradas, con agujeros que ha formado una lluvia harta de caer sobre piedras que ya nadie colecciona. Donde habitan carteles con nombres de fantasmas que en un tiempo fueron ciudades, que guardaron el calor de los que allí dentro se querían. Volverán a encenderse esas luces de neón amarillas que algún día envolvieron árboles de navidad llenos de esperanzas y deseos para un año mejor. Y no se confundirán con las estrellas porque ellas harán guiños desde el cielo, festejando que llegaron nuevos habitantes, ofreciendo luz a los que vinieron para quedarse. Y la niña que llega no deshará las maletas esta vez, no se precipitará, pero tampoco volverá a cerrarlas. Simplemente dejará su mochila encima de la mesilla para cuando haya que regresar a la ciudad de las farolas, a la del oleaje de rostros. Y si un día siente que no tiene porque regresar ya podrá repartir sus viejos tarros de sentimientos por la habitación. Podrá llenar cajones de camisetas de valentía, de pantalones repletos de parches de coraje y bolsillos con ganas de vivir.
Pero nunca nunca haré planes a largo plazo, porque los viajes preparados solo podrán traerme sensaciones enfrascadas. Eso es lo único que aprendí de mis viajes atrasados. Seguiré en mi pequeña estación arreglando las bombillas que alumbran un camino borroso por el momento y no dudaré en ningún momento en subirme en el próximo tren que pare ante mi. Porque mi mochila ya está en mis hombros y las ganas ya inundaron mi bolsillo rojo que se liberó de candados que no entienden de atardeceres con sueños bajo los párpados.
“Y si vais a buscarme hacedlo allí: en cierto lugar, a mil millas o más, al norte de mí”.
Así que hablando entre risas nos dimos cuenta del viaje más largo de todos: la vida. Hablamos de un pacto con ella que nos invitaba a pasar por millones de estaciones de trenes, de autobuses, de aeropuertos, de puertos con mar. Tantos como hojas de esos árboles que renuevan sus ramas cada otoño.
Y luego, ya sola entre mis paredes pensé en un futuro que parecía más cercano cada día. Pensé en todas las estaciones por las que quería pasar. En algunas solo unas horas y muchos días en otras. También pensé en las personas que se quedan paradas en los bancos de las estaciones siempre mirando los trenes pasar sin atreverse a coger uno. Y supe que yo no quería ser una de ellas. Y me di cuenta que por ahora no era parte de esa larga cola que espera para sentarse a esperar. Recordé los innumerables trenes por los que había pasado. Los trenes materiales de interrail, los de París, Amsterdam, Cannes, Bruselas...los de Barcelona, Alicante.. y los inmateriales, los que me llevaron a lugares más bellos por los que no había pasado nadie. Los que me llevaron a los castillos de arena de la niña rubia, los que me dejaron en su estación durante muchos días que pasaron a ser meses. Me hizo tan feliz pensar que no había dejado pasar ese tren que la mandé un mensaje para agradecer mi estancia en su estación del mar. Ella me contestó que la vida es una playa en la que cada persona aporta un granito de arena a lo que puedes aprender. Y que había personas que aportaban un puñado. Y sonreí al leer la palabra playa. Porque ella sabe lo especial que es ese paisaje. Y también pensé en bajo que ella era una de esas que aportan un puñado.. y dos.
De todas formas seguía obsesionada con la idea de las estaciones. Estaciones del año. Un viaje por el pasado o por el futuro que durase muchas estaciones. Compartir las olas en verano, una manta en invierno, una margarita en primavera o una tarde de lluvia en otoño.
Pensé que siempre tenías que estar atenta por si había algún tren que iba a hacer su entrada en tu pequeña estación. Puede que a primera vista quedases deslumbrada por un gran tren, por un AVE, un ALTARIA, un TGV... pero en esos no se cuentan cuentos. Quizás dejases pasar un viejo Talgo y te quedases medio vacía sin escuchar su ruido al salir, lleno de historias por contar y aprender. Por eso preparé en mi imaginación una mochila llena de utensilios insignificantes que me podría llevar la próxima vez. Me aseguré de llevarme cosas que alguna vez hubiese olvidado. Esta vez cogí madurez y ganas de escuchar y crecer. Me acordé de una vez en la que me faltaron esas cosas y me había tenido que bajar de un tren en marcha y sabía que esta vez solo querría bajar del tren cuando se acabase el trayecto. Cuando fuese la hora, ni antes ni después. En el bolsillo de adelante metí un poco de humildad y racionalidad. Porque en el último viaje que había echo hicieron falta muchos momentos de ambas. Y así, esta vez podría dejar fuera de mi equipaje ese gran bote de ego que había guardado hacía tiempo. En cuanto a la racionalidad, creo que solo vivir de mis sesiones de instinto era poco enriquecedor y ya había echo daño a bastantes viajeros en el pasado. No quería herir a nadie más solo por no haberme preparado antes de iniciar un viaje tan intenso.
A medida que iba llenando mi mochila tuve que vacíar muchos compartimentos que se habían atascado del peso que llevaban. Tuve que sacar mucho egoismo que ya casi había caducado del tiempo que llevaba ahí. Ese fue el tarro que más pesaba y que en el fondo más dolía. Dolía pensar que lo llevé muchos días encima. Dolía pensar que me perdí en mi estación preferida por llevar un mapa egoista.
Saqué unas bolsitas con nombres de conductores pasados. Creí que sería más fácil encontrar sin recuerdos. Los recuerdos solo me frenarían una vez más y esta vez mi camino estaba en frente de mis ojos, no al final de mis retinas. Ya llegarían fotos a mi memoria, no necesitaba tener también materiales para acompañarlas.
Cuando pensé que ya había vaciado mi mochila de aparatos inútiles vi de pronto un bolsillo que no había apreciado hasta ese momento. Estaba protegido con un pequeño candado rojo. Lo intenté abrir pero no había forma. Al final tuve que pensar a fondo en una clave que pudiese forzar la cerradura. Miré en mis pantalones haber si había algo, pero solo encontré una llave con un cartel que decía: cobardía. La tiré al suelo indignada porque una llave con mensajes irónicos en ese momento era lo último que necesitaba. Mientras tiraba con fuerza del candado como una pequeña niña que sólo piensa en destrozar el envoltorio de su regalo de Reyes, en vez de abrirlo despacio por donde está el celo, caí en lo que significaba la llave que acababa de tirar.
Esa llave era la que abría mi candado. Ese bolsillo no era más que el bolsillo rojo que dirigía todos los demás. Era el centro de la mochila. El bolsillo que guardaba esa valiosa brújula que había decidido los trenes que coger. Así que con mucho miedo metí la llave en la cerradura y se abrió de par en par. Miré dentro y estaba vacío. No podía ser de otra forma. Llevaba demasiado tiempo cerrado con esa llave tan feroz, tan despiadada como cruel. Y supe desde ese bolsillo con forma de corazón que el puerto que me esperaba sería distinto esta vez porque ya no tenía candados pesados a mis espaldas. Ahora tenía una gran mochila con ganas de hacerse y deshacerse un millón de veces, en manos de pasajeras de tierras exóticas, de huéspedes de mansiones deshabitadas o de niñas con los bolsillos tan llenos como los míos.
Así, entre carreteras desgastadas y raíles descosidos, puedo crear mi camino. Un camino que no traicione mis sentidos, un camino que no nuble mis días más claros. Porque quiero viajar descalza por las vías del tranvía más sincero de todos, por el que me abre sus puertas en silencio y me invita a contar cuentos en alto. Y allí donde mis pies quieran descansar, también lo hará mi corazón, entre sábanas blancas y almohadas sin sueño. Entre estaciones con farolas fundidas de tanto esperar, con bancos roídos de guardar los secretos de personajes desconocidos. Se abrirán las puertas que llevan tanto cerradas, con agujeros que ha formado una lluvia harta de caer sobre piedras que ya nadie colecciona. Donde habitan carteles con nombres de fantasmas que en un tiempo fueron ciudades, que guardaron el calor de los que allí dentro se querían. Volverán a encenderse esas luces de neón amarillas que algún día envolvieron árboles de navidad llenos de esperanzas y deseos para un año mejor. Y no se confundirán con las estrellas porque ellas harán guiños desde el cielo, festejando que llegaron nuevos habitantes, ofreciendo luz a los que vinieron para quedarse. Y la niña que llega no deshará las maletas esta vez, no se precipitará, pero tampoco volverá a cerrarlas. Simplemente dejará su mochila encima de la mesilla para cuando haya que regresar a la ciudad de las farolas, a la del oleaje de rostros. Y si un día siente que no tiene porque regresar ya podrá repartir sus viejos tarros de sentimientos por la habitación. Podrá llenar cajones de camisetas de valentía, de pantalones repletos de parches de coraje y bolsillos con ganas de vivir.
Pero nunca nunca haré planes a largo plazo, porque los viajes preparados solo podrán traerme sensaciones enfrascadas. Eso es lo único que aprendí de mis viajes atrasados. Seguiré en mi pequeña estación arreglando las bombillas que alumbran un camino borroso por el momento y no dudaré en ningún momento en subirme en el próximo tren que pare ante mi. Porque mi mochila ya está en mis hombros y las ganas ya inundaron mi bolsillo rojo que se liberó de candados que no entienden de atardeceres con sueños bajo los párpados.
“Y si vais a buscarme hacedlo allí: en cierto lugar, a mil millas o más, al norte de mí”.
Comentario:
Io ho un desiderio grande: prima di morire voglio vedere tutto il mondo.
Con te?
Me gusta tu blog....enhorabuena!
Con te?
Me gusta tu blog....enhorabuena!
Comentario:
que il·lusion leerte otra vez. hace tiempo lo hice pero luego perdi tu nombre y no sabia como encontrarte de nuevo. hoy ha sido asi, una señal quizas? diras pk 1 señal, pues pk tu escrito del martes me ha hecho darme cuenta de la mochila que llevo encima, y he empezado a hacer limpieza tbn. muchas gracias. gracias por aparecer asi como las luciernagas en la noche oscura. me encanta como escribes. y animo con el proximo tren!que el proximo viaje sea reluciente!!
un abrazooo y un cariñossisimo beso.
un abrazooo y un cariñossisimo beso.
Comentario:
Ay q ilusión q actualices x fin!!y estrenarte los comentarios...
Viajar y viajar y viajar...me pasaría la vida así....no tengo tiempo para ver todo lo que mis ojos me preguntan....
Viajar y viajar y viajar...me pasaría la vida así....no tengo tiempo para ver todo lo que mis ojos me preguntan....