<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/rss20.xml"><title><![CDATA[inventando nubes]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[historias sobre unicornios,elefantes voladores...y todo lo que cabe en los sueños]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_26.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_25.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_24.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_22.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_21.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_20.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_19.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_18.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_17.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_15.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_26.htm"><title><![CDATA[Buenas noches]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_26.htm]]></link><description><![CDATA[Y te desvistes entre las paredes que te vieron crecer, sin darte cuenta que ya no eres la misma niña que subía las escaleras para hacer los deberes. Aunque muchas veces no abrías los libros, simplemente te limitabas a ponerlos encima de la mesa para que de vez en cuando pesara en tu conciencia la falta de ganas de seguir una vida planificada. Te desvistes y ya no eres la niña que corría hacia la puerta cuando llegaban sus padres cargados de regalos y de viajes que después narraban en la cena improvisada del mantel de cuadros. Te desnudas y ya no se descubre ese cuerpo que ansiaba vivir deprisa y buscar continuamente. Dejas la ropa junto a la mesilla y ya no encuentras esa falta de responsabilidad, esas ganas de ser rebelde y tirar todo al suelo aunque fuese solo para demostrarte que estabas creciendo. Te acercas a la ventana y miras hacia fuera. La ventana de enfrente ya no tiene las cortinas azules con elefantes dibujados. La ventana de enfrente ahora tiene unas cortinas color salmón de Ikea que odias ver ahí colocadas. Ahí. Ahí no. En cualquier lugar menos ahí. Ella las hubiese odiado. Intentas bajar la persiana para huir de ese atroz espejismo, de esos recuerdos que se quieren colar por las rendijas de lo que querías olvidar. Pero la persiana sigue estropeada. Hacía mucho tiempo que no dormías ahí y nadie se dio cuenta de que había que arreglarla. Esta vez no te enfadas, ni siquiera te arrepientes de haber vuelto a esa habitación de la que huiste hace un par de años. Los suficientes para que la indiferencia quiera hacerse un hueco en tu corazón. En vano. Tu corazón nunca dejó que ese sentimiento entrase. Por eso te marchaste. No pudiste irte antes. Ella te hubiese odiado. Era más fácil dejarla marchar a ella y odiarla tú. <br/><br/>Desnuda miras tu reflejo en la ventana. Ya no eres una niña y no sabes porque has vuelto si ya no hay nada ahí. Casi no te reconoces en ese mismo lugar donde observabas como cambiaba tu cuerpo cada año. Sin darte cuenta sigues mirando las cortinas color salmón de la ventana de enfrente. Ya no se enciende una linterna a media noche, ya no hay códigos secretos envueltos en palabras bonitas, ya no hay miradas a través de sus cristales ni oscuridades bruscas al abrirse la puerta. Te das la vuelta y abres el armario. Ahí siguen tus pantalones de campana, tus chapas de colores, tus bufandas y tus gorros. En sus puertas siguen las entradas de conciertos que pegaste con esmero. Algunas de ellas están rotas por la mitad, recordándote el día que las arrancaste con toda tu furia, como si al hacerlo fueses a olvidar más rápido. Coges la primera camiseta que hay doblada encima de los cajones, no tienes ganas de abrirlos y dejar salir todo lo que no te llevaste de ahí. Casi sin mirarla te la pones y con su tacto recuerdas donde la compraste. Fue la primera vez que quedasteis a tomar un café.  Después de pasear decidisteis entrar en la tienda que tanto le gustaba. Te miras al espejo y sonríes al ver el dibujo estampado en medio de tu pecho. Mazinger Z te reta a un duelo que ya no es el tuyo. Cierras el armario y te sientes cansada pero no tienes sueño. En realidad no te apetece nada estar ahí. Ya no. <br/><br/>Te acercas otra vez a tu ventana casi esperando que la de enfrente vuelva a tener sus cortinas azules de elefantes. Pero siguen colgadas las de color salmón. Tú empiezas también a odiarte por tus ingenuas ilusiones. Decides intentar dormir. Vas hacia la cama en la que te escondías del resto del mundo cuando ya no te entendían. La abres y te gusta ver tus sábanas tal y como las dejaste, con sus lunares azules en el mismo sitio que antes. Entras en ella como cuando te aislabas del mundo, como cuando ella se fue. Apagas la luz de la mesilla y ves el reflejo de las farolas contra el techo. Como antes. Como cuando el insomnio recorría tu cuerpo y sus besos no se iban en la oscuridad. Intentas no pensar y lo consigues. <br/><br/>Te duermes. Duermes como cuando eras una niña que cansada volvía a casa con un secreto que guardar. Duermes mientras en las demás casas otras niñas sueñan sin secretos debajo de sus almohadas. Duermes enfrente de otra casa con cortinas de color salmón. Duermes mientras alguien corre las cortinas de color salmón y mira hacia tus cortinas blancas con barcos rojos. Duermes mientras ella llora mirando tu ventana, mirando como sigue intacta a través de los años. Duermes cuando ella cierra sus cortinas pensando que no hay nadie en la casa de los barcos rojos. Duermes mientras ella piensa que tú odiarías que todo siguiese igual sin ti. Te has dormido y ella apaga la luz de su cuarto y coge el bolso de la mesilla. Duermes mientras ella vuelve hacia la ventana esperando que estés ahí, aunque sea la última vez. Pero tú ya estás dormida y no ves el reflejo de su ventana, el que hace tiempo te hubiese despertado corriendo a su encuentro. Tú sueñas ahora con sus cortinas de elefantes y ella apaga la luz antes de cerrar la puerta. Y mientas duermes como una niña no sabes que ha venido a buscarte, que solo ha venido esperando que hoy estuvieses mirando hacia su ventana. No sabes que ha estado con la linterna en la mano sintiéndose estúpida y siendo feliz al mismo tiempo. No sabes nada porque duermes cuando ella sale a la calle y mira por última vez hacia tu ventana antes de marcharse. No sabes nada porque si lo supieses al día siguiente te odiarías. Y ella también.<br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_25.htm"><title><![CDATA[como un corazón]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_25.htm]]></link><description><![CDATA[Ella me pidió un hogar. Yo sólo pude juntar mis manos y arroparla a mi lado. La había estado buscando y la había estado evitando. Había evitado buscarla en algún lugar, perdida entre mis miedos, escondida en la cajita de lo que quería y no podía ser. Me esperaba ahí, agachada, protegida por sus brazos. Cuidándose de mis ganas de destrozar lo que no conseguía romper, de ignorar lo que ya estaba reteniendo en mí.<br/><br/>Pero me empeñé en embriagarme de noches oscuras llenas de arañazos que se clavaban en mí como sus abrazos, sin querer soltarme, con miedo de que al curarse yo me fuese sin despedirme. Y ella seguía ahí, agachada, y mirándome desde su esquinita. Desde la lejanía. Desde la distancia que marcaban mis palabras. Ahora ella tenía menos miedo, y también menos esperanzas de encontrarme algún día. Y yo cada vez tenía más miedo de perderla en mi silencio, en mis ganas de odiar al mundo aunque no sirviese de nada. <br/><br/>Y la volví a ignorar, como a esa flor que crece en el salón de tu casa sin que te des cuenta porque nunca te molestas en regarla. Y sentada en mi extraña habitación sentía que la había perdido de verdad. Y por una vez en mi pequeña vida, no quise perderla en mis bolsillos. Y me acordé de las flores que regaban mis padres los domingos por la mañana. De cómo me decían que había que hablarlas para que no se sintieran solas. Así, poníamos música en el salón y bailábamos los tres como si pudiésemos alegrarlas con nuestra compañía. También recuerdo que no entendí porque días después había una flor muerta en el suelo. Pensé que con bailar con ellas ese día había sido suficiente. Mi padre me miró como miran los profesores a los niños que no se saben la lección. Me explicó que no bastaba con hacerlas caso un día. Que las plantas eran como las personas, a las que había que cuidar día a día para que no se entristecieran. Como si pudiesen morirse de tristeza. Y yo lo fui entendiendo poco a poco. <br/><br/>Decidí que no quería que la niña del corazón rojo se pusiese triste y perdiese su color. Y quise hablarla todas las noches para que no se sintiese sola, quise aprender a regarla con mis sueños, a quererla con mis labios y a cuidarla con mis manos. <br/><br/>Y sigo queriendo quererla como se merece. Y lo sigo intentando. De ese virus que habitaba en mí, solo recuerdo que lo olvidé. Para sobrevivir me agarré a ella como una cuerda. Como una cuerda anclada en mi oscuro pozo. Y así, día a día aprendí a vivir con algo muy grande dentro de mí. Tan grande que a veces todavía me siento muy pequeña al lado de ese reloj rojo que late muy deprisa cuando ella me besa. <br/><br/>Esta mañana me he vuelto a sentir pequeñita, como esa flor que estaba triste aunque todos los domingos bailase con ella una niña de cinco años. Pero me he acurrucado en su espalda y me he dado cuenta de algo que llevaba sintiendo unos meses. Soy feliz. Así, sin más. Aunque suene a anuncio, aunque parezca simple, aunque a veces haya querido herirme y no reconocer que todo podía ser más fácil. Ahora sí. Ahora soñamos desde mi cama. Ya no hay niñas rubias, ni cuentos amargos. No hay mentiras de acero ni decepciones de cristal. Ni siquiera hay lágrimas de plástico con sus fantasmas de colores. Ahora no somos más que un dos jugando a ser uno. Un ella y un yo que cada noche es un nosotras. Un nosotras que no juega a nada más que a viajar de la mano. A un viaje tan largo como un sueño sin final. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_24.htm"><title><![CDATA[ya lo sé]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[Ya lo sé, que tienes razón. Que no hay que tener miedo a esa cosa pequeñita que se esconde debajo de mis sábanas de piel. A esa cajita minúscula que me dice que no quiere abrirse más. Ya se. No hace falta que me digas que soy cobarde, que no me he dejado llevar esta vez. Pero que voy le voy a hacer si ya me dejé llevar y naufragué. Si ya abrí esta cajita y ahora no quiere volver a llenarse de lágrimas rojas. Y puede que esta vez si que seas tu. Puede que esta vez si que sea verdad, que no te vas a ir, que esa playa es nuestra. <br/><br/>Y si, lo sigo sabiendo. Que en mi corazón hay todavía una isla. Aunque no me entere, tú lo ves en mis ojos. No lo puedo evitar. Y sé que algún día querré refugiarme sola. Porque solo una vez quise que en mi maleta viajase otra persona y desde que se bajó no tengo espacio para más. Lo sé y lo siento. Ya te he pedido perdón y sabes que por ahora no puedo hacer mucho más. Puedo inventarme que ya te quiero. Puedo crear miles de palabras bonitas que te hagan sentir segura a mi lado, que te hagan creer que ya te he dejado entrar, pero es que por el camino se me olvidó como mentir. Por el camino aprendí a levantarme con las rodillas, pero también olvidé como fingir que ya no estaba enferma. De ese virus tan torpe que no quiso dejarme en paz.<br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_22.htm"><title><![CDATA[días grises para noches blancas]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_22.htm]]></link><description><![CDATA[Hace dos años me gustaban estos días. No por las calles teñidas de falsas morales, ni por los deseos que no pretendían más que llegar al primer día de Enero para lavar una conciencia, ni por los adornos colgados de ventanas que guardan el cariño y la solidaridad de tres semanas.<br/>Me gustaban porque había luces colgadas en los balcones de los que sí que querían quererse, de los que a veces sólo tenían velas con mechas que eran reales, mucho más que los sentimientos de cambiar el mundo que se van con los últimos rastros de nieve. Me gustaban porque mis manos no eran dos, sino cuatro sujetando un paraguas, porque los días no eran dos noches con grandes cenas, sino meses con estrellas en el cabecero de mi cama. Porque las noches no acababan desayunando churros en la puerta del sol, sino con besos en las esquinas de sus sábanas. Porque las almohadas no recogían propósitos de año nuevo, sino deseos de ser feliz con nuestras cuatro manos, de carreteras que querían recorrerse con cuatro pies y dos labios que inventaban canciones que podían convertirse en parte del viaje que era conocerse. Porque no sonaban villancicos en su coche, sino letras de aquellos que susurran sus viajes, de los que acompañan de verdad, de los que suenan todo el año. O todos los años. De los que odias escuchar ahora, cuando en tu casa solo hay dos manos haciendo la cena. <br/><br/>En realidad nunca me han gustado las navidades. Puede que sea porque cuando era pequeña siempre estaba con mi familia, no necesitábamos redondear una fecha en el calendario para que nuestras agendas coincidieran como una tradición. Porque éramos felices en otoño, porque celebrábamos cumpleaños en los jardines de la primavera y en los patios cubiertos de invierno. Porque tomábamos el sol en verano y hacíamos castillos de arena en nuestra playa. Porque a ti no te conocí en invierno, ni en primavera, ni en verano, sino en otoño. Cuando las hojas se caían y mis años crecían. Cuando había dos uniformes que sabían que estorbaban en los abrazos. Cuando tú eras tú y yo empezaba a ser yo. Cuando había un nosotras que se necesitaba, un dos que odiaba ser ese número. Cuando quería regalarte palabras y lo único que conseguía era mezclarlas con sonrojos. Empezaba a hacer frío y creíamos que nunca lo sentiríamos. Porque creíamos en algo. <br/><br/>Ahora los secretos se esconden por los pasillos de esos días que llenaron y vaciaron el tiempo con todas sus consecuencias. Como cuando no te lees las instrucciones de una estantería que acabas de montar. Y cuando se cae, te das cuenta de que montaste mal los cimientos. Pero eso no lo sabías antes. Y con tus dedos, construiste lo que creías que era una casa para dos, un palacio de cartón. Tan grande que cabían dos corazones. Tan pequeño que no se podían separar y cuando lo hicieron, ya no había espacio para jugar al escondite sin encontrarnos en las esquinas. Y ya no tenía sentido esperar con un ramo de flores. Porque ya estaban marchitas de los minutos que habían pasado sin buscarse. De los días, y meses que se dejaron secar al sol. En las paredes, frases, canciones que no dejaban de sonar y que intentaban derrumbar los muros que no pudimos sostener nosotras. Cada una en su habitación de papel, en la esquina de la confusión. Intentando llegar al pasillo del olvido cuando la única puerta que parecía estar abierta era la de los recuerdos. En ella, una decena de fotos que querían quedarse colgadas, una pila de Cd´s que se inclinaban hacia un viejo aparato de música, una caja de hojalata repleta de cartas que herían sin quererlo. Un manojo de llaves que iban a cerrar esa casa desahuciada por el vacío.<br/><br/>Pero eso no tiene nada que ver con que ya no me gusten estos días. O si. Pero me gusta que haya gente que disfrute estas fechas, pero de verdad. Que sonría porque son los únicos días que puede ver a los que quiere, a los que viven más lejos. Porque recuerdan a los que no están, a los que siguen estando en su corazón. En la habitación más bella de todas. Dentro del reloj rojo del centro del cuerpo. Porque ahí siempre estará su lugar. Y aunque haya días que se odien a si mismos por creer que han olvidado, saben que no es verdad. Que piensan en esa persona que se fue sin querer, sin que nadie avisara, sin poder luchar contra algo tan fuerte. Y no por falta de valentía, ni mucho menos, sino porque tuvo que ser así. No es resignación. Nunca. Es dolor, es rabia por no entender que la vida no está de tu lado, que te la jugó cuando te diste la vuelta, sin darte cuenta de que perdías la mitad de ti. <br/>Y ahí si que estoy yo. Que no soy feliz porque es navidad, sino porque se que mi habitación roja está intacta. Y ahí estás tú. Siempre lo estarás. Unas noches a los pies de mi cama, arropándome cuando los demás se hayan ido, cuando sólo quiera estar contigo. Otros días en la calle, en un jardín que no quiere ver la luz, en un cuarto que quiere que entres por la puerta sin hacer ruido una vez más. Y yo te voy a cuidar así, dentro de mí, que es donde siempre podré refugiarme para soñar sin almohada. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_21.htm"><title><![CDATA[encuentros]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_21.htm]]></link><description><![CDATA[Porque no dejarse llevar, navegar hasta olvidarte de cómo despertar, despertar de sueños que nunca tuviste la intención de empezar. <br/>Porque no tumbarse a esperar, esperar que algún día vuelvas con un ramo de flores tan rotas como los cristales de nuestro espejo, como el espejo enfrentado en el que nos convertimos.<br/>Porque no mirar por la ventana como llueve un agua tan mojada y turbia como el mundo en el que entraste para no volver, para sedarte con las mentiras de la morfina más amarga de tu triste hospital. <br/>Porque esperar a que salga un sol cansado de calentar corazones herméticos que no tienen puertas que se quieren abrir. Corazones que se cansaron de observarlos pasar, a todos. Pasar de largo, como llaneros solitarios en busca de respuestas que no se hallan donde van a buscarlas.<br/>Porque dejarte entrar a ti que lo deseas con todas tus fuerzas. Porqué. Si se que te puedo hacer daño con mis palabras. Si se que puedo herir tu alma. En la que todavía no ha pisado nadie. Nadie que haya podido envenenar tus rosales con mentiras, con dulces abonos que se convierten en plagas de dolor. <br/>Como dejarte entrar en mi pequeño palacio de cartón. Como hacerlo sin una orquesta de sentimientos que se alegran de que te quieras quedar como huésped. <br/><br/>Y ya lo has hecho. Ya has entrado con tu media sonrisa de quererte levantar a mi lado. Con tus manos que desvisten mi deseo por las noches y esconden el sol para que tarde en despertarnos. Y lo has hecho con la delicadeza del que pinta las pestañas de una muñeca de porcelana, del que esculpe figuras en la arena, del que coloca la última carta de un castillo de naipes. <br/>Y me he dejado desvestir por tus dedos que me tratan como a una escultura que puede romperse, por tu mirada que quema si me acerco demasiado, por tu piel que sólo busca un lugar entre la mía. <br/>Te has dejado llevar con el mapa de mi mano. Con la guía de mis brazos. Inventando calles, pintando aceras y coloreando días de niebla. <br/>Con el ansia del ludópata buscando el juego, del ciego que no encuentra la pared. Con la rebeldía del niño que fuma a escondidas, con la inocencia del primer beso, y con las ganas de pedir otro abrazo. <br/><br/>La nieve poco a poco se derrite tras los pasos. Horas que quieren ser minutos. Un corazón que está más cerca de su casa. Viajes que piden ser más largos. Manos que encuentran un sitio donde recogerse. Pies con huellas que se graban por las calles. Calles con balcones llenos de flores de papel. Papeles en blanco y cartas que nunca se escriben. Pinceles secos con tintas de colores. Colores en los dedos y manchas en la falda. Faldas que se remangan para no mojarse. Charcos de un barro que antes fue arena. Viento que juega a esparcir los sueños. Sueños guardados en almohadas que no descansan. Paredes que guardan secretos. Secretos que se olvidan cuando pasa el tiempo. Tiempo que para de contar tras la puerta. Pasos que encogen la respiración tras los cristales. Espejos que reflejan las noches. Noches que beben besos de despedida en los portales. Timbres que dejan de sonar con visitas y sorpresas. Regalos que se esconden en armarios desgastados. Estanterías con recuerdos de días inacabados. Diarios olvidados de momentos que pidieron durar para siempre. Hojas arrancadas de palabras que nunca tuvieron la intención de hacer daño. Lágrimas en vasos que se evaporaron con sus amantes. Zapatillas que ansiaban el calor de sus viajeros. Pijamas que querían soñar junto a sus dueños. Dueños de corazones que se dieron cuenta de que nunca podrían comprarlos. Monedas que lloraban porque eran infelices. Ropa que se siente incómoda entre dos cuerpos. Un dos que quiere ser uno. Uno que quiere encontrar al otro. Búsqueda de cuerdas para amarrarte. Puertos con pañuelos de despedida. Y despedidas que regalan un encuentro. Como el nuestro.<br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_20.htm"><title><![CDATA[decía]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_20.htm]]></link><description><![CDATA[Decía que la vida era corta, que los sentimientos también, que no duraban, que no se podían envolver y guardar, que eran de usar y tirar. Yo me enfadaba y decía que no, que lo que tenía de corta la vida, lo tenía de intensa. Que los sentimientos eran elásticos, imposibles de medir, de clasificar, de describir. Que las sonrisas no se pedían, se regalaban. Que las miradas duraban siempre. No en su cara, sino en el corazón. Que no era sólo un órgano, que era mucho más, y que la eternidad no existía para hacernos más valientes. Ella se reía de mí como se ríen los padres cuando sus niños les hablan de sueños, de ganas de volar, de ser bailarines, cantantes o bomberos con coraje para poder salvar vidas. Y yo como nunca entendí porque se reían los padres, tampoco entendí porque se reía ella. No sabía porque no entendían que salvar vidas, no significa ser médico, significa tener un bisturí de sentimientos tan reales que puedas llenar a otra persona. Que muchas veces no puedes salvar a nadie, pero que eso no tiene por qué quitarte las ganas de intentar salvarte a ti. Y lo que más me molestaba es que su risa fuera bonita. Porque no hallaba la conexión entre la belleza de su sonrisa y la crueldad de sus palabras. Y por eso yo me hacía un poco más pequeña cuando sus ojos me quitaban la coraza que me había puesto esa mañana. Y me sentía tan pequeña como las chapas de su sudadera. Tanto, que podría estar mi cuerpo entero dentro de una de ellas y me sobraría espacio. Y así por lo menos estaría a su lado sin que se enterase. <br/><br/>Quizás escriba todo esto porque es domingo. Es un domingo tonto y nublado. De los que traen recuerdos cuando mi cabeza lo único que pide es no acordarse. Me sentía un poco como el Principito, en busca de tierras inhabitadas, de habitantes sin inquilinos en el corazón. Intentando encontrar algo en su misterioso mundo de lágrimas. Y lo único que hallaba eran paisajes tan desiertos como mis sentimientos hacia ella. Y eso dolía más que cualquier herida. Dolía no ser lo que algún día pretendí ser. Dolía darme cuenta de que las noches eran más frías desde que me abrazaba a la almohada. Dolía saber que me quería, que lo sigue haciendo, pero que no puede estar conmigo. Que sus ojos son mucho más profundos de lo que eran antes, porque esconden más mentiras de las que pueden abarcar. Que su corazón ya no es un puerto, que ya no tiene amarrado el bote en el que llegué. Que ahora es un aeropuerto desolador que acoge a innumerables viajeros que pasan sin dejar maletas ni promesas. Y ella se ha convertido en la más temible enemiga que se pudo buscar. En la que esconde, en la que recoge sus lágrimas al pensar en mí, en la que no las deja caer al suelo para que no dejen huellas de que sigue sintiendo algo. Porque así es más fácil, porque así no tiene miedo, porque así puede sobrevivir. No vivir. Sobrevivir. Y ella lo sabe. Y yo lo sé. Y sabe que lo sé. Pero también sabe que estas palabras nunca llegarán a sus oídos. Sabe que son tan silenciosas como las sílabas de las excusas que nunca se atrevió a dar. Pero da igual, da igual que me quieras entre tus cuatro paredes, porque yo nunca te escucharé desde las mías. Da igual que llores o que sonrías al recordar. Ya no estoy detrás de tu espejo. No estoy cogiéndote la mano al pasear, y no estoy detrás del portal para darte un susto, ni entre tus sábanas al amanecer. Ni siquiera en tus sueños al anochecer. Fue tan lejos donde nos perdimos. Tardaríamos años en encontrarnos, y quizás ni en ese tiempo podríamos comprender lo que no sabemos explicar ni a través de los cuentos. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_19.htm"><title><![CDATA[frío]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_19.htm]]></link><description><![CDATA[Hoy es uno de esos días que te despiertan con una sonrisa. Una muy muy grande, tan grande que no puede abarcar solo una cosa, sino miles. Y esas son las más bonitas. Porque no tienen un motivo en especial, tienen uno que te dice que eres feliz por el simple hecho de serlo. Y eso si que es un regalo de buenos días.<br/><br/>Ayer me fui a pasar el día a la sierra. Me apetecía un sol más frío que el del centro. Y lo encontré. Y encontré también un camino lleno de banquitos de madera y flores que se plantaron en primavera. Ví a gente muy contenta que celebraba ceremonias junto a las personas que se querían y que lo siguen haciendo hoy. Y yo sólo  podía responder con sonrisas que me salían tan espontáneas como sinceras. Con una bufanda que creí que no estrenaría hasta dentro de unos meses y con un jersey azul que no tenía ganas de quedarse en el cajón. Los agujeros de mis pantalones me hacían cosquillas en las rodillas, mientras yo se las hacía a la vida. A la mía. Que estos días es tan mía que me asusta. Me veo todavía muy pequeña para toda la responsabilidad que eso supone, pero creo que me va gustando esto de controlar mi mundo.<br/><br/>Después de comer fui a Segovia. Me gusta su acueducto, me gusta pasear por sus calles comiendo obleas, ojear las tiendecillas donde venden peonzas gigantes y descubrir chiringuitos donde encuentras libros de poemas y letras con las que bailar. Me gusta ver que por algunos sitios parece que no pasa el tiempo y que no hace mucho una niña corría por esas calles con sus padres buscando una cafetería para tomar un chocolate caliente. A su salud, me lo bebí antes de que el sol me abandonase para dormir. Luego me vine a casa, no sin antes recogerla por el camino. Porque me apetecía estar con ella. Un día tan mágico no podía acabar sin sus risas antes de amanecer. Así que nos vinimos a casa con una botella de excusas para brindar. Y con dos vasos de confianza nos sentamos en el suelo para ver hacia donde nos llevaban las palabras que habíamos empezado a beber. <br/>Nunca me pude imaginar que lo que se destapó como una noche de ingenuas charlas fuera a acabar en una terapia sobre mí. Y así me di cuenta una vez más, que me conoce mejor que yo. Que sabe todo sobre mis cuentos, sobre mis hojas llenas de letras tontas de orgullo y ego, sobre los otros capítulos de independencia y de no saber como crear lazos que no me traicionen, sobre mi manía de hacer todo al revés y mis impulsos de vivir todo un mundo de sensaciones que a veces me hacen naufragar junto a mis acompañantes. Y así, vaso tras vaso fuimos jugando a unas cartas que sabíamos lo que iban a decir y aun así seguimos fingiendo que no. Y yo, que soy la jugadora que más arriesga intenté por un momento negar que jugaba todo a cara o cruz, que apostaba todo o nada, pero no sirvió de mucho. Ya había perdido todo por un montón de números y lo sabíamos las dos. Así que tuve que pagar mi deuda con una cura de humildad, y me supo tan bien ese trago que me dormí enseguida para amanecer como lo he hecho hoy.<br/><br/>Y es que, parece que el día de ayer no tiene nada de especial, ni el anterior, ni este verano, ni los otros. Pero para mi lo son, lo es todo. Forman un pequeño tarro de recuerdos que me han hecho ser lo que soy ahora. Y además he aprendido a abrirlo cuando lo necesito. Es verdad que a veces se destapa sin que me de cuenta, pero sino no sería tan real. <br/><br/>¿Cuándo te das cuenta de que vives incompleta? ¿Cuándo estás sola o cuando conoces a alguien que te roba una parte de ti? Yo creo que cuando la conoces. Cuando sabes que antes no estabas incompleta porque estabas entera, con todas tus contradicciones, todas tus sonrisas, todas tus ideas, tus palabras, tus dedos, tus manos. Y es ahora cuando ya no tienes todas las letras porque ayer las colaste sin que se enterase en su oído. Y es ahora cuando tampoco tienes todos los minutos del día porque algunos los reservas para sus besos, para sus canciones, para sus pestañas. Pero que pasa si ella está cansada de las muecas que no piden permiso para forzarse en su cara. Y tu intentas que se de cuenta de que ella vale mucho más que todo eso, que se de cuenta de que el ayer es la arena de un reloj que ya giró. De que hoy ella te gusta. Que mañana nadie sabe si volverá a girar el tiempo. Pero hoy quieres apostar todas tus cartas en su número. Y si pierdes por la mañana, da igual, porque habrás pasado la noche a su lado. Porque el amor no se mide en segundos ni en regalos. Se mide en miradas, en lo que cada uno está dispuesto a sacrificarle. <br/><br/>Ahora me acuerdo de esa mañana en la que me desperté con ella. Era un amanecer gris y había una cama. En mí, el recuerdo de una noche entera hablando, desnudando un corazón tan indefenso en esos momentos. Y por dentro, el sentimiento de no querer dormir. Y sigues hablando como si tuvieses miedo de que si dejas de hacerlo ella no se va a dar cuenta de todo lo que la quieres. Como si por alguna razón estuvieses celosa del aire que te separa de su boca, por si acaso por el camino dejan de tener sentido tus palabras. Solo el eco de pensamientos que salen por tus labios sin pasar por el cerebro, escapan de ese control que a veces te miente y te  censura. Y ese impulso directo sale como olas desde un corazón más rojo que nunca. Y juega a mojarte de algo indescriptible, de un sabor agridulce que se tiñe del miedo a no saber como despertar si no es junto a ella algún día. <br/>Pero ahora lo pienso y no recuerdo bien ese sabor, con el tiempo se volvió agrio. Ahora, ya no tiene tacto ni color. Y si, aprendí a despertar sin ella. Es más, aprendí a despertar en otros brazos, y otros más. Fue el precio a pagar y era demasiado caro para mis bolsillos vacíos. Sólo podía entregarme yo y no era suficiente. Ahora somos desconocidas. El vacío de palabras perdidas. Lo que pasó, pasó. Y ya no me ayudará otra noche. No queda amor. Quemo su herida  y ya no duele. Dejé de creer en su almohada.<br/><br/>Pero creo en la mía. Y en la tuya. Y creo que es importante que todos tengan una para recoger sueños, para que no se vayan muy lejos de tus pestañas, para que siempre puedan acariciarte aunque sea de noche, cuando eches de menos sus manos, cuando quieras dormirte mirando sus ojos y ya no estén ahí. Cuando caigas en un cansancio tan profundo que juegue contigo, que te haga pensar que duermes abrazada, que te haga sentir que sus dedos acarician el trozo de sábana que os separa, y que tus rizos dan con su espalda. Entonces ya dará igual porque ayer guardaste tus sueños debajo de tu pelo y así podrás navegar hacia ese lugar donde nadie te pide que expliques nada, donde amaneces en un día de despedida, pero que no se siente como un adiós. Y en medio de ese lugar, de esa playa, dos toallas, cuatro manos, dos labios y un corazón. Tan cargado de sueños como nubes a punto de descargar la tormenta más larga del año. En la que un bote tan pequeño como el corazón no siempre te puede salvar. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_18.htm"><title><![CDATA[vuelta y vuelta]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_18.htm]]></link><description><![CDATA[Volví a mi ciudad, donde me encontré con las aceras en las que antes me sentaba a esperar a las princesas de cabellos dorados, donde caminaba sin rumbo buscando respuestas en los semáforos, donde el tiempo se había parado para mi regreso después de horas y horas de vuelo en aviones de papel.<br/><br/>Y me costó regresar a esas calles grises desde donde ya no podía escuchar el mar ni en las caracolas de mis estanterías. Me costó volver de ese viaje que me había curado un poco por dentro. Será porque en aquel lugar del que regresaba, eran más resistentes las tiritas. Y aquí, con estos aires secos de poniente las cicatrices tiran más. Pero aun así siempre encuentro motivos para esa sonrisa tímida que se forma en mi cara los días que hace sol. <br/><br/>Y mi viaje… mi viaje me ha dejado una estela de colores que se ven en mis huellas de asfalto. He aprendido mucho, como cada vez que me alejo de estas montañas de chatarra que nos rodean a diario. He aprendido sobre las personas, y sobre una en concreto a la que no conocía tan bien como creía. He aprendido sobre una niña que sigue siendo tan pequeña como antes aunque no lo parezca. Aunque a veces se engañe y crea que es mayor. Y a pesar de que ha crecido mucho este verano, no ha sido suficiente como para dejar de abrir mucho los ojos cuando ve algo bonito, o dejar de sacarles la lengua a los niños que van agarrados de la mano de sus padres. Sigue teniendo la misma curiosidad que antes, se sigue haciendo preguntas antes de dormir, intentando que sus sueños sean reales por la mañana. <br/>Esa niña ha visto lugares que creía que habían dejado de existir. Ha visto personas que no tienen nada y lo dan todo, y si se quedan con menos aun, les compensa haberlo regalado. Porque lo dan con una sonrisa, y no sólo en la cara, sino en el corazón. Lo notas porque a ti se te forma otra al recibirlo. <br/>Esa gente de ojos rasgados de haber mirado al sol de frente, como girasoles que por la noche le dan la espalda porque les abandona hasta el día siguiente. Esa gente que coge cada día su bicicleta para ir al campo a coger flores para luego venderlas en un mercado de algún río lleno de tulipanes de colores y margaritas vergonzosas que se esconden tras jarrones de papel. <br/>Y me he quedado con eso, con haber pasado días en unas colinas verdes de hierbabuena comiendo tallarines envueltos en cestas de madera, con los ojos achinados de tanto sonreír. Porque allí las sonrisas no son tan caras como aquí, y son de verdad, no de las que se van oxidando con el tiempo. Allí, te dan la mano para ayudarte a caminar, y si les miras a los ojos brillan de tantas miradas reflejadas en sus retinas, que no se han cansado de ver pasar los años. Porque allí el paso del tiempo no implica envejecer, significa crecer, no solo con arrugas en la cara y heridas en el cuerpo, sino con raíces en la mente. Cuanto más mayor eres, más has aprendido de la vida, más sabio se espera que seas y más tranquilo, como si convivir te hubiese sedado, como si vieses las cosas desde fuera, con perspectiva, con criterio para dar consejos. <br/>Ven el mundo como una gran ruleta. Como un camino que te hace pasear por prados silvestres o te enreda en los matorrales más áridos que se hayan creado. Pero un camino al fin y al cabo. Y lo más bello de este camino es que es como una esfera, como un ciclo. No tiene final. Como los cuentos, como mis sueños, como los colores… sino que continua siempre. Y cada día es una prueba. Pero no en la que te tienes que evaluar y sacar nota. Lo único que se te exige es que seas amable y sincero con los demás. No te juzgan por como eres, por tus deseos, por las personas a las que quieres. Simplemente se espera de ti que respetes a los demás, que no hagas lo que no te gustaría que te hiciesen a ti. Así, cada persona cree en algo que hace que cada día sea distinto. Cada persona con la que se cruza no es sólo otro rostro, es alguien al que se puede complacer, quizás invitándole a una sonrisa, a un saludo cortés, a un sonrojo. Y el premio para este camino, para esta ruleta es una reencarnación armoniosa. Si has sido una buena persona y nunca has hecho mal o has pretendido siempre el bien, cuando mueras, volverás a nacer, no físicamente, sino con el alma. Puede que hayas sido tan noble que vuelvas al mundo con una belleza infinita, como la de las mariposas, como la de las margaritas, como la que poseen algunas miradas. Yo ahora cuando veo rostros muy bonitos pienso para mis adentros que debieron ser extremadamente buenos en su otra vida, o por lo menos en eso me enseñaron a creer allí. <br/><br/>Puede que por eso me cueste tanto volver aquí. Porque aquí me olvidé los desayunos de miradas, los cafés con besos de azúcar, los paseos con las manos juntas, con las palmas llenas de líneas de metro por descubrir. O porque me dejé allí mis ojos achinados de tanto reír. Pero, sabes? Nunca es tarde para aprender a caminar otra vez. Esta vez ya se hacerlo con las sandalias de lunares, con las que me tropiezo para volver a levantarme. Porque esa es la verdad de mi camino, la de todos supongo. A veces creemos que nos ponen la zancadilla y somos nosotros mismos los que nos enredamos con nuestros cordones. Y porque llorar al caer si podemos seguir andando y reírnos del tropiezo. Creo que en el fondo me traje más de lo que dejé allí. Y ahora me doy cuenta de que somos tan pequeños. Tu. Yo. Que creemos que sabemos tanto y que podemos discutir sobre mil cosas. Y nos pasamos el tiempo defendiendo posturas que pesan como cadenas de acero. Y que se van como vinieron, sin más ruido del que hacemos nosotros con nuestros gritos. Por eso a mi no me gusta hablar alto, porque tengo miedo de que las palabras se las lleve el viento. Por eso intento a veces susurrar cosas tontas, como que puedes contar conmigo. Que dejan de ser tontas cuando no se las lleva el aire. Porque se quedan entre el espacio que nos separa, hasta que entran dentro de ti, y ahí nadie te las puede robar. Y con estas palabras creamos mundos que tienen muros tan altos como las casas que se hacen los niños en los árboles. Y son tan resistentes como queramos nosotros. Un día pueden ser de hierro, que muevan ciudades perdidas y tanques de barro, y otro día, cuando dejen de significar algo, que se encierren en una lámina de papel para poder arrojarlas al mar en una botella que esconda que un día nos quisimos. <br/><br/>Y en una botella escribiré algún día que me atreví a soñar que podía estar contigo sin tener miedo. Que nadie nos podía hundir con el terror de no entendernos. Que mucho después dejé de soñar contigo y empecé a pintar mi camino en la arena. Que tiré las cartas y con ellas tu colección de besos. Y que ahora lo único que colecciono son letras con las que dibujar un corazón nómada que pasea a veces por mis manos y otras por las que sueñan a mi lado. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_17.htm"><title><![CDATA[contigo]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_17.htm]]></link><description><![CDATA[Cuando era pequeña iba con mis padres a Ginebra en navidades. Mis abuelos vivían allí y tenían un apartamento pequeñito y cálido en frente de un colegio. Me acuerdo que muchos días después de desayunar miraba a los niños jugar en el patio y me gustaba esa ciudad en la que nadie tiraba basura al suelo, en la que los buenos días no te los daba nadie en la calle, pero no por falta de educación, sino porque allí tu vida te pertenecía a ti, y no existía esa curiosidad obscena que se pasea por otros lugares de conocer la vida de tu vecino.<br/><br/>Una noche en la que dormíamos los cinco repartidos por el salón y el dormitorio, soñé que me despertaba y estaba sola. Buscaba a mis padres pero no estaban allí. Al despertar encontré a mi madre sentada encima de mi cama acariciándome el pelo, con su blanca sonrisa diciéndome que había tenido una pesadilla. Entonces yo la pregunté que si iba a estar siempre al borde de mi cama por si volvía a soñar algo feo. Ella me dijo que sí, que siempre estaría. Y yo la creí, porque siempre la he creído en todo. Porque sus ojos siempre me daban las respuestas que necesitaba oir, aunque a veces no supiese apreciarlas. Porque tenía tatuado en sus retinas una serenidad y  amor incondicional que la hacía más bella aún. Y me contó un secreto. El más real de todos. Uno que necesitaba mucho tiempo de asimilación. Me dijo que algún día ellos no podrían estar aquí, pero que yo ya sería muy mayor, ya tendría hijitos a los que cuidar por las noches y un marido que me cuidase y quisiese a mi lado. Me contó que ese secreto me haría crecer aunque ahora doliese. Tuvo razón una vez más. Me dolió y me hizo menos pequeña. <br/><br/>Luego crecí más. Una noche mucho más fría, más ensordecedora, más cruel y más desoladora me di cuenta de que si volvía a tener una pesadilla tendría que acurrucarme en la cama hasta que desapareciera el miedo. Pero ya nadie me acariciaría el pelo consiguiendo con una caricia, eliminar todo el dolor y la confusión de una niña que se hace preguntas demasiado difíciles para su edad. Ya nadie abriría los ojos al otro lado del pasillo en cuanto me oyese toser. Y me enfadé muchísimo y grité a la luna que me había mentido, que era una traidora por no haber cumplido el trato. La chillé que yo no era muy mayor, ni tenía hijos a los que cuidar, ni marido que me secase las lágrimas. Que era injusto darse cuenta de que los padres no son inmortales. Es muy difícil, muy duro, muy complejo. Demasiado para una niña de diecinueve años. Una mujercita para algunos, una cría para otros. Una niña. Una niña con los ojos muy pequeñitos, tan pequeñitos como los tenía esa  noche en la que supo el secreto de la vida. Pequeñitos de llorar, de derramar mares que nunca te llevan a un lugar mejor; pequeñitos del miedo a abrirlos del todo; pequeñitos y llenos de una ingenua esperanza de sentir su mano acariciando tu pelo al abrirlos, como aquella noche en Ginebra. <br/>Nunca se podría escribir el epílogo del libro de autoayuda capaz de salvarte de un momento así. Nadie podía dar consejos, ni contar cuentos adecuados para esos oídos tan hartos de escuchar, para esas manos tan cansadas de luchar. Pero que no se habían dado nunca por vencido y no entendía entonces cual había sido la causa de esta derrota. De esta derrota con la venganza más cruel de todas, con la única sala de espera al lugar donde entras para quedarte. Y no quería coserse una falsa resignación, ni cubrirse con el velo de la aceptación. Había hechos que debían aceptarse, pero éste, al intentarlo se clavaba como astillas de la puerta que se había cerrado sin pedir permiso ni perdón. Cada vez que recordaba alguna frase, alguna mirada, nacía una chincheta en mi corazón cansado de agradecerlo con latidos sin eco. <br/><br/>Y entonces vino otra vez a visitarme. Pero esta vez no fue una bruma que pasó de cerca. Era un huracán de silencio, un diluvio de nada. Un inmenso pozo vacío desbancó a mi corazón. Quería ser parte de un río, fundirme en la oscuridad del agua y desembocar en un mar muy lejano. Donde no hubiese pisado nadie. Donde nadie pudiese contaminar con sus sucias palabras la belleza terrenal. Y el vació crecía tanto a través de las ramificaciones de mi cuerpo, que se hacía casi imperceptible. Tan inmensa la hemorragia, tan intensa la sensación de ser de piedra, tan roto el corazón. <br/><br/>Fui a curarme a la playa y conseguí un vendaje resistente al agua. Conseguí ser menos niña, tal y como me dijo esa noche mi madre en mi pequeña cama. Me di cuenta de que la vida había jugado haciendo trampas, de que me había desvalijado y quitado todo lo que poseía. Y que yo no era una jugadora rencorosa. Aprendí que cada día contaba. Y eso, aunque creía saberlo antes, no era cierto. Supe escuchar a mi padre por las noches, supe que tenía que ser yo la que debía estar al borde de su cama estos días. Supe que tendría que acariciarle el pelo y contarle cuentos de lugares exóticos a los que viajaremos juntos para encontrarnos de nuevo en el patio de un colegio de Ginebra, a un lado de la cama del cielo donde congelar el tiempo para siempre. <br/>Supe que tenía que tragarme las lágrimas por dentro y sacar las palabras bellas afuera. Supe que el odio no era el tren que me esperaba y que el tiempo si era el avión que me sacaría de ese pantano que parecía aclararse con el sol de levante.<br/>Así que rodeada de pequeños seres de un bosque familiar pude pasar semanas alejada de la tristeza de una ciudad que no llora, que no se moja por el llanto de una niña que creció en una noche. Apareció un nuevo “troll” en ese mundo de fantasía que crearon mis amigos para hacerme sonreir. Era un niño que venía del otro lado del charco. Un muchacho con voz de Calamaro y corazón de Sabina. Un niño con los ojos en calma, tan plácidos como la almohada de sus brazos que me acunaba al llorar. Y él me llevó a la isla de la esperanza. Nunca había estado allí y todo en aquel lugar me pareció maravilloso. Encontré hamacas con ganas de vivir, chiringuitos con recuerdos y tiempo para repetir, sombrillas llenas de deseos que se renuevan cada mañana, y miles de toallas con lugares para descubrir y razones para no rendirse. Y me traje un poco de esa isla en mi corazón porque sabía que la iba a necesitar. A él no pude traérmelo, pero se que también viaja en la cala que robé de la isla para llevar encima. Y vi que a veces no necesitas enamorarte de alguien para viajar a un mundo paralelo al tiempo. Que a veces basta con enamorarte de la persona, enamorarte de su forma de hablar, de ver la vida, de su acento de tiempos pasados, de sus ojos de estrellas de mar. Que no tenemos porque conformarnos con nada, sino viajar y viajar hasta cruzarte con quien esté dispuesta a acariciarte el alma en medio de tus miedos. <br/><br/>Y ahora si que viajo de verdad. Mañana me voy a un lugar a trece mil kilómetros de aquí. Cuando regrese la isla que descubrí ya será parte de mí y entonces las orillas de mis venas estarán llenas de sombrillas con deseos, de chiringuitos de buenos recuerdos y millones de hamacas con ganas de vivir. <br/><br/>Antes lloraba y lloraba por corazones que mentían, por ojos que no reflejaban el mar. Ya no. Ahora sólo sonrío con la esperanza de volver a verte. Con el corazón en la mano y con los susurros que te hablan cada noche para agradecerte mi vida. Con la brecha en el alma de una herida que conseguiré vendar pero no curar por el olvido. Porque no quiero olvidar, sino recordar que siempre estuviste ahí, y sobre todo sentir que sigues al borde de mi cama, y que ahí te puedo encontrar cuando cierre las persianas. El dolor es la llave de una cerradura oxidada que te ha mantenido demasiado tiempo en el trastero de una casa que todavía no conoces. La vía para descubrir son las lágrimas que desatascan los candados, porque a través de esa puerta empiezas a creer de verdad en los sueños. <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_15.htm"><title><![CDATA[estaciones]]></title><link><![CDATA[http://blogs.chueca.com/inventandonubes/c_15.htm]]></link><description><![CDATA[Ayer hablaba con una pequeña niña rubia en mi habitación. No era la misma niña rubia que la de los cuentos y las sábanas azules. Esta niña es otra muy alejada de la primera. Es un regalo que me encontré al entrar en la universidad y que desde entonces me acompaña en los viajes más lejanos y a la vez más cercanos a mi. Es un hilo que me ata a la realidad cuando mi mente se encuentra muy lejos del suelo. Es mi mejor amiga y acompañante de mil aventuras y sueños.<br/><br/>Así que hablando entre risas nos dimos cuenta del viaje más largo de todos: la vida. Hablamos de un pacto con ella que nos invitaba a pasar por millones de estaciones de trenes, de autobuses, de aeropuertos, de puertos con mar. Tantos como hojas de esos árboles que renuevan sus ramas cada otoño. <br/>Y luego, ya sola entre mis paredes pensé en un futuro que parecía más cercano cada día. Pensé en todas las estaciones por las que quería pasar. En algunas solo unas horas y muchos días en otras. También pensé en las personas que se quedan paradas en los bancos de las estaciones siempre mirando los trenes pasar sin atreverse a coger uno. Y supe que yo no quería ser una de ellas. Y me di cuenta que por ahora no era parte de esa larga cola que espera para sentarse a esperar. Recordé los innumerables trenes por los que había pasado. Los trenes materiales de interrail, los de París, Amsterdam, Cannes, Bruselas...los de Barcelona, Alicante.. y los inmateriales, los que me llevaron a lugares más bellos por los que no había pasado nadie. Los que me llevaron a los castillos de arena de la niña rubia, los que me dejaron en su estación durante muchos días que pasaron a ser meses. Me hizo tan feliz pensar que no había dejado pasar ese tren que la mandé un mensaje para agradecer mi estancia en su estación del mar. Ella me contestó que la vida es una playa en la que cada persona aporta un granito de arena a lo que puedes aprender. Y que había personas que aportaban un puñado. Y sonreí al leer la palabra playa. Porque ella sabe lo especial que es ese paisaje. Y también pensé en bajo que ella era una de esas que aportan un puñado.. y dos. <br/><br/>De todas formas seguía obsesionada con la idea de las estaciones. Estaciones del año. Un viaje por el pasado o por el futuro que durase muchas estaciones. Compartir las olas en verano, una manta en invierno, una margarita en primavera o una tarde de lluvia en otoño. <br/>Pensé que siempre tenías que estar atenta por si había algún tren que iba a hacer su entrada en tu pequeña estación. Puede que a primera vista quedases deslumbrada por un gran tren, por un AVE, un ALTARIA, un TGV... pero en esos no se cuentan cuentos. Quizás dejases pasar un viejo Talgo y te quedases medio vacía sin escuchar su ruido al salir, lleno de historias por contar y aprender. Por eso preparé en mi imaginación una mochila llena de utensilios insignificantes que me podría llevar la próxima vez. Me aseguré de llevarme cosas que alguna vez hubiese olvidado. Esta vez cogí madurez y ganas de escuchar y crecer. Me acordé de una vez en la que me faltaron esas cosas y me había tenido que bajar de un tren en marcha y sabía que esta vez solo querría bajar del tren cuando se acabase el trayecto. Cuando fuese la hora, ni antes ni después. En el bolsillo de adelante metí un poco de humildad y racionalidad. Porque en el último viaje que había echo hicieron falta muchos momentos de ambas. Y así, esta vez podría dejar fuera de mi equipaje ese gran bote de ego que había guardado hacía tiempo. En cuanto a la racionalidad, creo que solo vivir de mis sesiones de instinto era poco enriquecedor y ya había echo daño a bastantes viajeros en el pasado. No quería herir a nadie más solo por no haberme preparado antes de iniciar un viaje tan intenso. <br/>A medida que iba llenando mi mochila tuve que vacíar muchos compartimentos que se habían atascado del peso que llevaban. Tuve que sacar mucho egoismo que ya casi había caducado del tiempo que llevaba ahí. Ese fue el tarro que más pesaba y que en el fondo más dolía. Dolía pensar que lo llevé muchos días encima. Dolía pensar que me perdí en mi estación preferida por llevar un mapa egoista. <br/>Saqué unas bolsitas con nombres de conductores pasados. Creí que sería más fácil encontrar sin recuerdos. Los recuerdos solo me frenarían una vez más y esta vez mi camino estaba en frente de mis ojos, no al final de mis retinas. Ya llegarían fotos a mi memoria, no necesitaba tener también materiales para acompañarlas. <br/>Cuando pensé que ya había vaciado mi mochila de aparatos inútiles vi de pronto un bolsillo que no había apreciado hasta ese momento. Estaba protegido con un pequeño candado rojo. Lo intenté abrir pero no había forma. Al final tuve que pensar a fondo en una clave que pudiese forzar la cerradura. Miré en mis pantalones haber si había algo, pero solo encontré una llave con un cartel que decía: cobardía. La tiré al suelo indignada porque una llave con mensajes irónicos en ese momento era lo último que necesitaba. Mientras tiraba con fuerza del candado como una pequeña niña que sólo piensa en destrozar el envoltorio de su regalo de Reyes, en vez de abrirlo despacio por donde está el celo, caí en lo que significaba la llave que acababa de tirar.<br/>Esa llave era la que abría mi candado. Ese bolsillo no era más que el bolsillo rojo que dirigía todos los demás. Era el centro de la mochila. El bolsillo que guardaba esa valiosa brújula que había decidido los trenes que coger. Así que con mucho miedo metí la llave en la cerradura y se abrió de par en par. Miré dentro y estaba vacío. No podía ser de otra forma. Llevaba demasiado tiempo cerrado con esa llave tan feroz, tan despiadada como cruel. Y supe desde ese bolsillo con forma de corazón que el puerto que me esperaba sería distinto esta vez porque ya no tenía candados pesados a mis espaldas. Ahora tenía una gran mochila con ganas de hacerse y deshacerse un millón de veces, en manos de pasajeras de tierras exóticas, de huéspedes de mansiones deshabitadas o de niñas con los bolsillos tan llenos como los míos. <br/><br/>Así, entre carreteras desgastadas y raíles descosidos, puedo crear mi camino. Un camino que no traicione mis sentidos, un camino que no nuble mis días más claros. Porque quiero viajar descalza por las vías del tranvía más sincero de todos, por el que me abre sus puertas en silencio y me invita a contar cuentos en alto. Y allí donde mis pies quieran descansar, también lo hará mi corazón, entre sábanas blancas y almohadas sin sueño. Entre estaciones con farolas fundidas de tanto esperar, con bancos roídos de guardar los secretos de personajes desconocidos. Se abrirán las puertas que llevan tanto cerradas, con agujeros que ha formado una lluvia harta de caer sobre piedras que ya nadie colecciona. Donde habitan carteles con nombres de fantasmas que en un tiempo fueron ciudades, que guardaron el calor de los que allí dentro se querían. Volverán a encenderse esas luces de neón amarillas que algún día envolvieron árboles de navidad llenos de esperanzas y deseos para un año mejor. Y no se confundirán con las estrellas porque ellas harán guiños desde el cielo, festejando que llegaron nuevos habitantes, ofreciendo luz a los que vinieron para quedarse. Y la niña que llega no deshará las maletas esta vez, no se precipitará, pero tampoco volverá a cerrarlas. Simplemente dejará su mochila encima de la mesilla para cuando haya que regresar a la ciudad de las farolas, a la del oleaje de rostros. Y si un día siente que no tiene porque regresar ya podrá repartir sus viejos tarros de sentimientos por la habitación. Podrá llenar cajones de camisetas de valentía, de pantalones repletos de parches de coraje y bolsillos con ganas de vivir. <br/><br/>Pero nunca nunca haré planes a largo plazo, porque los viajes preparados solo podrán traerme sensaciones enfrascadas. Eso es lo único que aprendí de mis viajes atrasados. Seguiré en mi pequeña estación arreglando las bombillas que alumbran un camino borroso por el momento y no dudaré en ningún momento en subirme en el próximo tren que pare ante mi. Porque mi mochila ya está en mis hombros y las ganas ya inundaron mi bolsillo rojo que se liberó de candados que no entienden de atardeceres con sueños bajo los párpados. <br/><br/>“Y si vais a buscarme hacedlo allí: en cierto lugar, a mil millas o más, al norte de mí”. <br/>]]></description></item></rdf:RDF>
