Casi

Lo consigues.
Hay un día en que te levantas y te da igual. O casi. Algo queda en tu cabeza, sí, un extraño péndulo que cuelga hasta el corazón, que invade el esófago y las venas; ese peso impreciso. Y sin embargo, de repente, no es para tanto. Te apetece prepararte un café y recorrer el dial de la radio sin criterio ni paradero durante un minuto, mientras los sonidos de las distintas frecuencias van encadenando canciones de moda, titulares de actualidad, opiniones encendidas, anuncios de patrocinadores de lo más madrugador. Y está bien. El aire entra y sale de tu cuerpo: puedes respirar. Puedes incluso recrearte en el afeitado, delante del espejo, y dirigirte a tu reflejo como si fuese el rescoldo del dolor: “Aquí sigues, sí, pero ahora puedo mirarte de frente y estar contento de haberte mandado al otro lado”.
Lo consigues.
Hay un día en que te levantas y casi puedes creer que es así de fácil.
Haiku 5
caes de mi agenda
las llamadas perdidas
perdidas quedan
las llamadas perdidas
perdidas quedan
Ha muerto Leopoldo de Luis

Ha muerto Leopoldo de Luis, uno de esos poetas cuyos versos se quedan resonando en la memoria como un eco compañero. Copio aquí, a continuación, un texto que escribí hace poco más d eun año con motivo de una visita que hizo a Rivas, y dejo además un enlace para saber más de la vida, y sobre todo, obra de este gran poeta:
Leopoldo de Luis o la lucidez
Vino a inaugurar el nuevo curso del Taller de Literatura de la Universidad Popular y ofreció una lección magistral de literatura y humanidad. Leopoldo de Luis, una referencia de la poesía social de posguerra, abrió su verbo sereno al recuerdo de vivencias y a versos propios y ajenos. Invitó al alumnado del taller a solidarizarse con los trabajadores de Izar, “porque ‘taller’ tiene algo de ‘astillero’, y la poesía es también un barco” y reivindicó el uso de la palabra ‘matria’, más exacto que patria ya que la madre es “de donde venimos”. Defendió la poesía como forma de comunicación valedora de una conciencia moral, “la única palabra de paz” en un mundo como éste, y a propósito de su poética, afirmó que “una poesía pesimista no está reñida, en el terreno de los hechos, con una poesía del coraje”. Su charla sabia y humilde fue trenzando el interés de la audiencia, que después de su intervención no encontró mejor manera de definir a De Luis que utilizando el retrato que él mismo hizo de Vicente Aleixandre: “El gran hombre es el que se da cuenta de que realmente no merece la pena serlo”. Pues eso.
Haiku 4
esta mañana
me pareció oir un tango
al despediros
A Fale y Vane, que se van lejos y a la vez están llegando.
me pareció oir un tango
al despediros
A Fale y Vane, que se van lejos y a la vez están llegando.
20 de Noviembre
Apuro la última hora de este 20-N y pienso en esos treinta años que, vistos por estos dos ojos de veintiún años, parecen abarcar la edad misma del cielo. Hoy en El País un maravilloso (como siempre) artículo de Manuel Vicent filtra la perspectiva de estas tres décadas por eso con lo que tanto se ha frivolizado a propósito de éste y otros temas, la memoria sentimental. De Vicent deberían tomar buena nota los guionistas de "Cuéntame".
Yo de eso de la memoria sentimental, respecto al franquismo y la transición, no tengo, por razones biográficas obvias, salvo aquello que ido bebiendo de conversaciones propias y ajenas, libros, películas, fotografías del álbum familiar y hemerotecas. Y, sin embargo, hay algo de todo ello que me parece llevar tatuado por dentro del cuerpo. Para bien y para mal: a mi abuela la encarcelaron nada más terminar la guerra, porque era roja, y la torturaron en la cárcel de Ventas retorciéndole los pechos mientras escuchaba cómo se llevaban a las Trece Rosas a encontrarse con su muerte, cómo gritaban: "No lloréis, vengadnos". Mi abuela estuvo, luego, callada durante 40 años. Y, ahora, mi abuela, está ingresada en el hospital a punto de morir.

Hoy, 20 de Noviembre de 2005, he ido a ver a mi abuela y me he acordado de todas esas cosas que llevo escuchando desde siempre. He recordado cómo más de una vez, mirándome fijamente -con la raíz una lágrima plantada en el borde de su ojo-, me ha confesado avergonzada que siente odio hacia la derecha, un odio que la tortura más aún que las razones mismas del odio. Un odio que no le desea a nadie. Ahí está mi abuela, ahora, agonizando en una cama, y ahí está la Derecha, movilizada en las calles con discursos que recuerdan a los de 1936.
Y yo también siento vergüenza, porque las últimas semanas, al ver a Rajoy decir según qué cosas, al ver a los obispos decir mentiras incendiarias, he tocado dentro de mí algo que debe de ser parecido al odio, o a la acidez con la que el odio debe de avisar de su llegada.
Yo no sé si "contra Franco vivíamos mejor", si la Transición es sinceramente lo mejor que se podía a hacer o una farsa. No quiero ser soberbio ni caer en la fácil crítica de pureta por encima del bien y del mal. Y no puedo ahora hacer conjeturas de salón sobre todo eso. Sólo sé, a las 23:34 horas de este 20-N, que mi abuela odió a Franco y a Fraga y a Aznar, y que al verla esta tarde tan cerca del final he comprendido que, aunque algo haya de las huellas dactilares de Federico Jiménez Losantos en los pechos de mi abuela, su odio forma parte de una memoria sentimental que no es la mía y de la que tengo tanto que aprender, que voy a quedarme con lo bueno y a desechar lo malo. Lo malo, sí, es el odio. Lo bueno, el resto, que es mucho. Y esto separa, una vez más, a mi abuela de toda esa Derecha camorrista y antidemocrática, que aparte de odio no tiene nada.
Yo de eso de la memoria sentimental, respecto al franquismo y la transición, no tengo, por razones biográficas obvias, salvo aquello que ido bebiendo de conversaciones propias y ajenas, libros, películas, fotografías del álbum familiar y hemerotecas. Y, sin embargo, hay algo de todo ello que me parece llevar tatuado por dentro del cuerpo. Para bien y para mal: a mi abuela la encarcelaron nada más terminar la guerra, porque era roja, y la torturaron en la cárcel de Ventas retorciéndole los pechos mientras escuchaba cómo se llevaban a las Trece Rosas a encontrarse con su muerte, cómo gritaban: "No lloréis, vengadnos". Mi abuela estuvo, luego, callada durante 40 años. Y, ahora, mi abuela, está ingresada en el hospital a punto de morir.

Hoy, 20 de Noviembre de 2005, he ido a ver a mi abuela y me he acordado de todas esas cosas que llevo escuchando desde siempre. He recordado cómo más de una vez, mirándome fijamente -con la raíz una lágrima plantada en el borde de su ojo-, me ha confesado avergonzada que siente odio hacia la derecha, un odio que la tortura más aún que las razones mismas del odio. Un odio que no le desea a nadie. Ahí está mi abuela, ahora, agonizando en una cama, y ahí está la Derecha, movilizada en las calles con discursos que recuerdan a los de 1936.
Y yo también siento vergüenza, porque las últimas semanas, al ver a Rajoy decir según qué cosas, al ver a los obispos decir mentiras incendiarias, he tocado dentro de mí algo que debe de ser parecido al odio, o a la acidez con la que el odio debe de avisar de su llegada.
Yo no sé si "contra Franco vivíamos mejor", si la Transición es sinceramente lo mejor que se podía a hacer o una farsa. No quiero ser soberbio ni caer en la fácil crítica de pureta por encima del bien y del mal. Y no puedo ahora hacer conjeturas de salón sobre todo eso. Sólo sé, a las 23:34 horas de este 20-N, que mi abuela odió a Franco y a Fraga y a Aznar, y que al verla esta tarde tan cerca del final he comprendido que, aunque algo haya de las huellas dactilares de Federico Jiménez Losantos en los pechos de mi abuela, su odio forma parte de una memoria sentimental que no es la mía y de la que tengo tanto que aprender, que voy a quedarme con lo bueno y a desechar lo malo. Lo malo, sí, es el odio. Lo bueno, el resto, que es mucho. Y esto separa, una vez más, a mi abuela de toda esa Derecha camorrista y antidemocrática, que aparte de odio no tiene nada.
Qué cosas más feas me dicesss...
Te voy a dar tal somanta palos que vas a tener cardenales hasta en el aliento, cacho desgraciaooo, que hay que ver si no eres feo ni na: si hasta el coco si te viera saldría corriendo con los ojos sangrando de la impresión. Joder, lo que hay que oír, no he escuchado más gilipolleces que las que salen por tu boca cuando te pones a hablar de cualquier imbecilidad, porque mira si dices imbecilidades, que si no fuese porque tienes menos cerebro que una hormiga malfollada se diría que las has inventado tú. Y no me mires así, pedazo de mierda con frutos secos enteros no digeridos, que como vuelvas a soltarme una miradita de ésas con desprecio igual no lo cuentas. ¿Me estás escuchando, hijo de puta? ¿O es que miras a otro lado porque no te atreves a cruzarte con mis pupilas? Pues igual te cruzo yo a ti la cara como se cruza la Gran Vía, y te dejo de calcomanía en la pared. Puta madre que te parió, si se diesen premios al mal olor en tus sobacos habría vitrinas con medallas de oro, pero claro, tú nunca has ganado ni un mikolápiz. Y eso que los chupabas como si te fuesen a dar cien euros; será la costumbre. Porque mira que tienes llagas en el cielo del paladar, que aquello tiene más visitas que el jodido Monte de los Caídos. Y no, no te hagas el tonto, que no sirves ni pa eso, subnormal. ¿Todavía no tienes suficiente...? Encima nos has salido masoca. Como me ponga a repartir hostias no vas a tener suficiente sitio en la cara, y eso que tienes más morro que espalda, tonto de la polla. Anda, vete, vete, coge esa puerta y tira millas antes de que me arrepienta de no haberte puesto como fondo de escritorio, ¡¡¡GILIPOLLAS!!!
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Ays, qué vergüenza... Qué conste que esto es sólo una apuesta con Sacha. De ser borde y soez se trataba... A ver si lo superas, chato.
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Ays, qué vergüenza... Qué conste que esto es sólo una apuesta con Sacha. De ser borde y soez se trataba... A ver si lo superas, chato.
Haiku 3
clase de ciencias
la pizarra devuelve
tarde de lluvia
la pizarra devuelve
tarde de lluvia
El mono temático
Pues sí, igual soy un poco monotemático. Igual ando algo obsesionado con según qué, igual le doy una importancia excesiva a tonterías que no hacen más que desenfocar mi reflejo sobre el espejo en el que me miro. Igual soy un torpe que no sabe conectar lo que entiende racionalmente con lo que se desborda dentro del pecho. Igual soy un egocéntrico que es capaz hasta de macharse y autoflagelarse en tono condescendiente con tal de no dejar de mirarse el ombligo. Igual soy patético, y el hecho de escribirlo no hace más que subrayar el placer de sufrir. Igual me tomo demasiado en serio cuando me digo y os digo que no me toméis demasiado en serio. Igual soy injusto por poner en la boca de quien me quiere ayudar con comentarios inocentes mis propios miedos y resentimientos conmigo mismo... Injusto y cobarde. Igual soy un cobarde. Igual escribir todo esto y publicarlo en mi bitácora no es más que una obscena demostración de toda esta parrafada.
¿Veis? Un cobarde y egoísta monotemático.
¿Veis? Un cobarde y egoísta monotemático.
...Va siendo hora de la laicidad...

...Pues eso...
Haiku 2
sol de noviembre
el otoño se enciende
en cada charco
el otoño se enciende
en cada charco
Viejo y nuevo, todo en uno

“No te lo tomes como algo personal”. No es la primera vez que escucho sorprendido una afirmación así por boca de algún interlocutor o interlocutora que se sorprende ante la viveza con que defiendo según qué posiciones u opiniones. Tampoco es la primera vez que escribo sobre cómo creo a pies juntillas en aquella máxima del feminismo radical de los ’70 (“The personal is political”), sobre la enorme verdad de la afirmación de Aristóteles respecto a la condición política inherente al ser humano. No quisiera volver a dar vueltas sobre lo mismo, no quisiera volver a indignarme ante el carácter ‘apolítico’ que reivindica para sí mucha gente. Esta vez, me tomaré como “algo personal” precisamente el carácter político que ha surgido a partir de cierto sentimiento de desencanto indignado hacia la política, azuzado desde algunos sectores conservadores que han sabido encauzarlo muy bien hacia posturas reaccionarias.
Un fantasma recorre España, exportado de la política-espectáculo estadounidense: el fantasma ‘neocon’. Con esta palabreja se etiqueta todo el movimiento de la nueva derecha norteamericana, aquélla que hunde sus raíces en la tradición republicana reaccionaria y encaja a la perfección con el nervio ultraliberal del orden en que vivimos. Esta nueva derecha se caracteriza por, a pesar de tener un hilo claro de conexión con el pensamiento conservador precedente (y es que, diría yo, es su evolución lógica), mirar a la realidad actual con ojos de modernidad y reinventar su discurso populista a partir del imaginario colectivo de miedos y prejuicios de hoy en día, que en verdad tampoco es nada estrictamente nuevo pero que presenta elementos ‘actualizados’.
Conviene pararse a observar dónde se encuentra “lo viejo” y “lo nuevo” en ese laberinto ‘neocon’ norteamericano para luego ubicarlo en el fenómeno actual de movilización de la derecha española. Como señalaba Amador Fernández-Savater en un espléndido artículo reciente publicado en el periódico Diagonal (“El dedo, la luna y George W. Bush”), los neoconservadores norteamericanos no tratan “tan sólo de conservar la tradición, sino de fundar un nuevo lazo social y de fabricar un nuevo tipo de ciudadano, el individuo propietario desvinculado de cualquier trama social de obligaciones, responsabilidades y cuidados”. Para ello, hurgan en la brecha abierta en el modelo de democracia liberal entre la ‘gente corriente’ y la ‘clase política’, y convierten el desencanto ‘apolítico’ en el tapón que contiene y eclipsa cualquier conflicto social. Así, por ejemplo, en el discurso ‘neocon’ no caben las diferencias de clase, sino los conflictos más bien ‘culturales’ entre progresistas y conservadores, en los que a éstos últimos se les reserva la defensa de aquello que cohesiona el orden social: la familia, el trabajo, la vecindad. Y, a la vez, los viejos cimientos fundamentalistas del conservadurismo tradicional aparecen apuntalados por argumentos de barniz más racional, moderno. Ya no se habla (o no tanto) de Dios, sino de la ciencia.
Esto último es importante a la hora de ubicar este fenómeno dentro de nuestras fronteras. Recordemos las reacciones (aún vivas) ante la aprobación de la reforma del Código Civil que permite el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Evidentemente, entre las muchas barbaridades homófobas que llevamos escuchando a propósito de este tema, han cabido las descalificaciones a la homosexualidad como ‘desviación’ de la supuesta unidad indivisible entre orden natural y moral que dicta el cristianismo. Sin embargo, éstas han sido las menores. El PP invitó a intervenir en el Senado a un psiquiatra, Aquilino Polaino, que desglosó sus teorías ‘médicas, ciertamente del todo disparatadas, pero argumentadas desde la supuesta contrastación empírica y metodología científica. Y todos los sectores contrarios a la ley se convirtieron de repente en guardianes de la pureza de la lengua, al esgrimir motivos etimológicos en la palabra ‘matrimonio’ para hacerla extensible a las parejas homosexuales.
Dos ejemplos a los que hay que sumar el estudio promovido por la página web www.hazteoir.org, referente ‘neocon’ español; en el mismo se recopilaban los datos de numerosas investigaciones psicológicas que detectaban tremendas anomalías en el desarrollo educativo y emocional de niñas y niños criados por parejas homosexuales. Dicho informe (titulado ‘No es igual’) no es más que un compendio de citas sacadas de contexto y manipuladas –algunas incluso provienen de estudios favorables a la adopción homoparental-, unidas sin más criterio que el prejuicio homófobo, aunque consiguen maquillar éste de un halo de ‘autoridad intelectual’. Ésta es una de las estrategias clave ‘neocon’.
¿O acaso nadie ha advertido el tremendo despliegue editorial conservador reciente sobre la Guerra Civil? César Vidal o Pío Moa, engalanados como historiadores (hay gente para todo), en realidad lo que hacen es superar los chiclés tradicionales de la derecha; ya no vale aquello del peligro judío-masónico, así que rastrean selectivamente los archivos para concluir que la guerra civil empezó en 1934 con la revolución de octubre, en forma de golpe de Estado encubierto. Sin comentarios.
Mencionaba ahora mismo la página HazteOir como referente español de este fenómeno. Así es. Basta con darse una vuelta por la misma. Y si no, lean cómo se presentan ellos mismos: <<¿Te resulta familiar la siguiente historia? Estás leyendo el periódico o escuchando las noticias, cuando te encuentras con una historia sobre alguien que está haciendo o diciendo algo que no te hace mucha gracia. Ese activista, generalmente pasivo, que habita en ti, salta y grita: “¡esto no puede seguir así! ¡tengo que hacer algo!”>>. Ahí estamos ante la apelación política al ciudadano-medio apolítico. A partir de ahí, tira de clásicos prejuicios como el españolismo centralista, la integración de los valores católicos en la vida pública como parte de nuestro ‘ser cultural’ y del ejercicio de la ‘libertad de conciencia’ o la defensa ‘de la vida y la familia’..., y los encauza por la vía de un activismo de nuevo cuño en el que las nuevas tecnologías y el aire incluso festivo (así fue la manifestación homófoba de Madrid del 18 de junio, con familias sonrientes y globos de colores) se desmarcan de la bandera del aguilucho.
Y yo, sí, me lo tomo como algo personal. No podemos consentir que, en nombre de la promoción de la participación política, la extrema derecha se rearme como lo está haciendo. Ha llegado el momento de que las gentes de izquierdas entendamos que la raíz de todo esto está en nuestro mismo hacer político, en la cultura política que ha modelado nuestro compromiso y nuestra forma de pensar. Precisamente porque somos animales políticos y porque “lo personal es político”, hay política más allá de la política. Eso parece que sólo lo ha entendido esa derecha ‘neocon’: pero lo ha entendido para manipularlo y ponerlo al servicio de sus intereses. Es el momento de nuestro esfuerzo creativo y creador. Ya, ya sé: qué fácil es decirlo. En fin: dejemos por lo menos, como señalaba Fernández-Savater, de quedarnos mirando el dedo como tontos cuando éste señala la luna.
Terminal

Desde que los aviones sobrevolaban sus pensamientos, la existencia le había cambiado totalmente. Habitar aquel pisito cercano al aeropuerto se había convertido en vivir bajo el yugo del molesto sonido de los vuelos nacionales e internacionales, por no hablar del tedioso puente aéreo. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.
Había amoldado su sueño a las circunstancias, repartiéndolo a lo largo del día en las breves franjas horarias en las que, previa observación, había confirmado que el tráfico aéreo era más reducido. Y así deambulaba, medio dormido, medio despierto, como una peonza sobre un suelo al que llegaban las vibraciones de la pista de aterrizaje. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.
Y más que un modo de vida, en verdad podía haber pasado a los ojos de cualquiera como una cárcel en la que la línea de la libertad estaba marcada por un silencio de nunca más de diez minutos. Pero él no se quejaba, no; en lugar de ello, se sentaba a engañar al reloj y la tristeza, y se pasaba el día imaginando despedidas ajenas: tratando de olvidar que ya no tenía de quién despedirse.
Haiku 1
pasan las horas
la tristeza no es huella
sino semilla
la tristeza no es huella
sino semilla
Berlín y yo

Fue el pasado mes de agosto, y a ratos parece que fue hace siglos, y a ratos parece que fue anteayer. De lo que no hay duda es de que fue en Berlín. Me refiero a la foto que acompaña este texto, y a mis vacaciones de verano, esa liberación que se abrió como una grieta después de varios meses enredeados como un ovillo de tristeza, inercia, tontería, errores, más tristeza, más inercia.
Pues eso, Berlín.
Berlín y Sacha, mi anfitrión allí. Mi gran amigo desde siempre, desde que éramos unos canijos. Mi compañero de viajes, borracheras, confidencias, trastadas. Una parte de mí que ha echado raíces en la capital alemana. Mi llave en esa ciudad.
Berlín, Sacha y Vera, otra amiga que vino a ver a Sacha unos días y a conquistar conmigo las huellas de los cabarets y los años 30, el rastro (y rostro) de Marx y Engels, el color de un muro caído y el fantasma del que está por caer, la efervescencia de la calle Oranienstrasse (donde vive Sacha, corazón del barrio de Kreuzberg), la cerveza alemana, las consonantes impronunciables de ese idioma fascinante.
Berlín, Sacha, Vera y tod@s l@s demás: Marga, Sergio, Luis, Virginia, Dirk, Bea... El recuerdo tangible en cada esquina de Laura, con quien visité Berlín por primera vez en diciembre de 2004. Tantos nombres propios a los que están cosidas tantas y tantas vivencias.
Berlín es para mí todo eso y lo que se escapa de estas líneas, esa suma infinita que ahora llevo dentro y que, de alguna manera (y de muchas), me ha transformado. Cada vez tengo más madura una única certeza: la de que cada persona es un "viajero que regresa". Allá donde vamos, anudamos un trocito de lo que somos y, a la vez, al marcharnos guardamos en la maleta un pedazo de ese espacio y ese tiempo.
Yo seré para siempre un viajero que regresa de Berlín, y cuando regrese a Berlín (porque habrá que volver, qué remedio), seré un viajero que regrese de aquel otro Berlín pasado y de este Madrid y del día de hoy en que me visita la imagen del picnic bajo un cielo nublado en que Vera disparó la cámara fotográfica y congeló mi sonrisa. Y mientras el verbo REGRESAR llega, me conformo con el RECORDAR, que como nos recuerda Eduardo Galeano (en su “Libro de los abrazos”) significa “volver a pasar por el corazón”.
Pues eso, Berlín.