Basta YA!!!!
Nota de la autora: Este relato fue escrito hace ya unos años, cuando el inadmisible destino de Amina Nawal y Safiya, condenadas a muerte por un tribunal de la Sharía nos pusieron a muchos y a muchas en pie. Ahora también están condenadas Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y Fatemeh. A ellas se lo dedico junto con mi grito indignado.
CROMOSOMA X
La abuela, machacona, insistía.
-Estos no son buenos tiempos, no señor. Las doctoras no sirven para nada, las maestras tampoco.
-Calla mamá.
La madre no sabía si lo decía cansada, aburrida o furiosa.
La hija mayor, ausente, contemplaba la nada desde una silla. De vez en cuando ladeaba la cabeza, como si escuchara algo y sus rizos caían sobre su cara.
Su cabello. Si la madre hiciera memoria recordaría que ahí empezaron los problemas. Desde muy niña no consentía que le raparan la cabeza y cuando llegó a la edad propicia para eliminar su cabello con láser sólo pudieron hacerle un centímetro cuadrado porque entró en un estado de semiinconsciencia rabiosa que le duró tres días. También lo advirtieron las de Capacitación infantil: Es como una tabla rasa, no podemos hacer nada.
La abuela no cejaba en su cantinela:
-Esto pasa por no traer niñas al mundo como Dios manda. ¡ Ingeniería genética! ¡ Paparruchas!
-Mamá, ya es suficiente.
La hija continuó con la extraña manía de atarse el cabello en nudos imposibles, enmarcando el óvalo de su rostro con pequeños rizos y dejando tirabuzones en su nuca. Ni las castas mas desfavorecidas del tercer mundo dejaban en la actualidad crecer su cabello, de forma que tenía un aspecto primitivo, salvaje, como esas muñecas horrorosas del siglo XX.
La abuela continuaba con la letanía de cada tarde:
Angelito de Dios. Decir que está lela la niña, con esa carita de rosa. Y todo porque no sabe computar. Tampoco mi tatarabuela sabía y fue la mujer mas respetada de la región.¡Cómo que no evoluciona como las demás niñas!. ¡Qué es eso de que es inútil...! Con quince años como quince soles. A su edad ya...
-¡BASTA YA! Grita la madre.
La madre no se explicaba que había sucedido con su hija, una quinceañera alienada con quien era imposible comunicarse y parecía vivir en un mundo paralelo, en una alucinación permanente. La dolencia de la hija producía, en un mundo sin hombres ni enfermedades como aquel, un intenso estupor.
La abuela, en cambio, era un éxito de los planes de antienvejecimiento... a medias. Tenía doscientos doce años y pudieron detener su deterioro físico pero su mente se había quedado en algún lugar de las albores del siglo XXI . Como si eso no fuera poco se documentaba obstinadamente y se quejaba, nostálgica con hechos e ideas que ya eran historia en su generación de referencia y que no había vivido en realidad. La abuela era un testigo incómodo y políticamente incorrecto dados sus patrones y su escala de valores.
Sissi era el nombre de la niña enferma. Se trataba de un hecho aleatorio. Un cerebro electrónico elegía al azar entre una infinita base de datos un nombre para las hijas de las clases pudientes. En un mundo de descendientes a la carta eso daba un toque de distinción. La empresa que lo comercializaba aseguraba mediante contrato que nadie más en el mundo entero hubiera tenido o tuviese un nombre igual. Hecho único e irrepetible garantizado. “una persona, un nombre” rezaba la publicidad.
La hermanita pequeña tenía apenas 3 añitos. Había recibido el nombre de Safiya por el mismo procedimiento.
De modo que Sissi era un nombre irrepetido y una mente impenetrable. Ella nunca permitió que la vistieran con monos de latex como a todo el mundo, sino que, cuando se quedaba sola enrollaba telas en torno a su cuerpo en un grotesco remedo de indumentaria.
Tampoco hubiese sido muy alentador enfundarla en un mono al uso, porque con sus apenas 40 kilos de peso y sus obscenas greñas destacaría muy desfavorablemente entre las jóvenes atléticas y niqueladas de su generación. Ceñía su cintura con esas telas, estrangulando su talle hasta el extremo y dejándolas caer sobre sus piernas en una sinfonía de volantes, drapeados, vuelos y revuelos. Sissi palidecía en su silla mientas seguía con la cabeza un compás imaginario y velaba con sus pestañas el rubor de un halago que sólo ella podía escuchar.
-Hija, no te enfades conmigo, dijo la abuela, ya sabes que soy una vieja chocha sin pizca de seso. No hagas caso de las tonterías que digo.
Mientras tanto, la hermanita de Sissi, la pequeña Safiya jugaba sonriente en el suelo acunando a su muñequita color chocolate, ajena al drama familiar que suponía su hermana mayor. Se trataba de una niña sana y obediente. A sus tres añitos resultaba encantadora enfundada en su monito rosa y con la cabecita pelada.
La abuela regonzaba en su soporte vital y se preguntaba qué espíritus maléficos podrían revolucionarse al poner nombres únicos a bebes copiados...Enseguida apartó esas ideas atrasadas de su mente fijándose, por vez primera, en el leve cardenal de la sien de su nietecita y en otro que también aparecía en su mentón.
-Ven aquí, Safiya, cariño ¿qué has estado haciendo pequeña traviesa? Si no fuera imposible, juraría que te has golpeado con una piedra....
CROMOSOMA X
La abuela, machacona, insistía.
-Estos no son buenos tiempos, no señor. Las doctoras no sirven para nada, las maestras tampoco.
-Calla mamá.
La madre no sabía si lo decía cansada, aburrida o furiosa.
La hija mayor, ausente, contemplaba la nada desde una silla. De vez en cuando ladeaba la cabeza, como si escuchara algo y sus rizos caían sobre su cara.
Su cabello. Si la madre hiciera memoria recordaría que ahí empezaron los problemas. Desde muy niña no consentía que le raparan la cabeza y cuando llegó a la edad propicia para eliminar su cabello con láser sólo pudieron hacerle un centímetro cuadrado porque entró en un estado de semiinconsciencia rabiosa que le duró tres días. También lo advirtieron las de Capacitación infantil: Es como una tabla rasa, no podemos hacer nada.
La abuela no cejaba en su cantinela:
-Esto pasa por no traer niñas al mundo como Dios manda. ¡ Ingeniería genética! ¡ Paparruchas!
-Mamá, ya es suficiente.
La hija continuó con la extraña manía de atarse el cabello en nudos imposibles, enmarcando el óvalo de su rostro con pequeños rizos y dejando tirabuzones en su nuca. Ni las castas mas desfavorecidas del tercer mundo dejaban en la actualidad crecer su cabello, de forma que tenía un aspecto primitivo, salvaje, como esas muñecas horrorosas del siglo XX.
La abuela continuaba con la letanía de cada tarde:
Angelito de Dios. Decir que está lela la niña, con esa carita de rosa. Y todo porque no sabe computar. Tampoco mi tatarabuela sabía y fue la mujer mas respetada de la región.¡Cómo que no evoluciona como las demás niñas!. ¡Qué es eso de que es inútil...! Con quince años como quince soles. A su edad ya...
-¡BASTA YA! Grita la madre.
La madre no se explicaba que había sucedido con su hija, una quinceañera alienada con quien era imposible comunicarse y parecía vivir en un mundo paralelo, en una alucinación permanente. La dolencia de la hija producía, en un mundo sin hombres ni enfermedades como aquel, un intenso estupor.
La abuela, en cambio, era un éxito de los planes de antienvejecimiento... a medias. Tenía doscientos doce años y pudieron detener su deterioro físico pero su mente se había quedado en algún lugar de las albores del siglo XXI . Como si eso no fuera poco se documentaba obstinadamente y se quejaba, nostálgica con hechos e ideas que ya eran historia en su generación de referencia y que no había vivido en realidad. La abuela era un testigo incómodo y políticamente incorrecto dados sus patrones y su escala de valores.
Sissi era el nombre de la niña enferma. Se trataba de un hecho aleatorio. Un cerebro electrónico elegía al azar entre una infinita base de datos un nombre para las hijas de las clases pudientes. En un mundo de descendientes a la carta eso daba un toque de distinción. La empresa que lo comercializaba aseguraba mediante contrato que nadie más en el mundo entero hubiera tenido o tuviese un nombre igual. Hecho único e irrepetible garantizado. “una persona, un nombre” rezaba la publicidad.
La hermanita pequeña tenía apenas 3 añitos. Había recibido el nombre de Safiya por el mismo procedimiento.
De modo que Sissi era un nombre irrepetido y una mente impenetrable. Ella nunca permitió que la vistieran con monos de latex como a todo el mundo, sino que, cuando se quedaba sola enrollaba telas en torno a su cuerpo en un grotesco remedo de indumentaria.
Tampoco hubiese sido muy alentador enfundarla en un mono al uso, porque con sus apenas 40 kilos de peso y sus obscenas greñas destacaría muy desfavorablemente entre las jóvenes atléticas y niqueladas de su generación. Ceñía su cintura con esas telas, estrangulando su talle hasta el extremo y dejándolas caer sobre sus piernas en una sinfonía de volantes, drapeados, vuelos y revuelos. Sissi palidecía en su silla mientas seguía con la cabeza un compás imaginario y velaba con sus pestañas el rubor de un halago que sólo ella podía escuchar.
-Hija, no te enfades conmigo, dijo la abuela, ya sabes que soy una vieja chocha sin pizca de seso. No hagas caso de las tonterías que digo.
Mientras tanto, la hermanita de Sissi, la pequeña Safiya jugaba sonriente en el suelo acunando a su muñequita color chocolate, ajena al drama familiar que suponía su hermana mayor. Se trataba de una niña sana y obediente. A sus tres añitos resultaba encantadora enfundada en su monito rosa y con la cabecita pelada.
La abuela regonzaba en su soporte vital y se preguntaba qué espíritus maléficos podrían revolucionarse al poner nombres únicos a bebes copiados...Enseguida apartó esas ideas atrasadas de su mente fijándose, por vez primera, en el leve cardenal de la sien de su nietecita y en otro que también aparecía en su mentón.
-Ven aquí, Safiya, cariño ¿qué has estado haciendo pequeña traviesa? Si no fuera imposible, juraría que te has golpeado con una piedra....
QUE SE ME CASAAAAAN
Pues resulta, para el que no lo sepa, que mis dos jefes se casan. Uno es un deportista olímpico, de una familia de bastante solera y fortuna y el otro no le va a la zaga. Guapos, ricos, famosos y contentos como unas castañuelas. El evento está preparándose con mucha frescura y originalidad pero sin esa ostentación ridícula a la que nos tienen acostumbrados los señores del colorín.
De manera que estoy viviendo los entresijos de una boda gay en toda regla. Estoy viendo en primera fila: Las prisas las carreras, los nervios de los dos, pero uno más que otro.
Y que sepáis tod@s que me alegro a rabiar, que estamos viviendo algo histórico y aunque el matrimonio no sea para mí una asignatura aprobada me alegro de su alegría y de sus ganas de compartirla.
También deseo que se chinchen los intolerantes, y que se abra una puerta gigante a la normalización y que por ella quepamos todos: gays, heteros, bisexuales, monógamos, polígamos, asexuales, transexuales y un largísimo etcétera.
Pero sobre todo que el mundo entero los vea felices, haciendo lo que realmente desean hacer, celebrándolo con la gente que les quiere, y poniéndose el mundo por montera.
¡Qué coño, que vivan los novios!
Mi sitio
Y a estas alturas sigo sin encontrar mi sitio, sin sentirme a gusto en ningun lugar. He conseguido razonablemente hacer lo que me sale de la peineta toda la vida pagando precios desde altos a extremadamente altos. Me temo que el resultado de esto es que me he convertido en una persona permanentemente cabreada.
Y ser una persona permanentemente cabreada no es una buena política. No lo es porque agota a tus prójimos, desconcierta a tus mascotas y te deja el cutis hecho una pena. Supongo que el otoño, aunque es un otoño de mentirijillas por aquello del cambio climático, también influye en mi estado de ánimo. Pero es así: no tengo ganas ni de ironizar, ni siquiera de despotricar. Y eso si que es preocupante.
Creo que necesito unas vacaciones. Y un abrazo gigante.
Y ser una persona permanentemente cabreada no es una buena política. No lo es porque agota a tus prójimos, desconcierta a tus mascotas y te deja el cutis hecho una pena. Supongo que el otoño, aunque es un otoño de mentirijillas por aquello del cambio climático, también influye en mi estado de ánimo. Pero es así: no tengo ganas ni de ironizar, ni siquiera de despotricar. Y eso si que es preocupante.
Creo que necesito unas vacaciones. Y un abrazo gigante.