Parliamo d´amore..
un´altra volta. A veces me apetece hablar de otras cosas: de libros, de política, de filosofía... de ideas que me asaltan a lo largo del día provocando reflexiones varias. Pero a quién quiero engañar... Yo soy un animal sentimental, y como mejor me siento es hablando de amor. Así que adelante.
Cuatro meses juntas. Cuatro meses, seis días y dos horas, exactamente. Contar el tiempo es algo estúpido, lo sé. Pero es que sigue siendo extraordinario lo que siento por ella, sigue siendo maravilloso que el sentimiento haya crecido con cada día de conocimiento, incluso con cada día de ausencia. Las historias de amor felices suelen aburrir vistas desde fuera, desde el punto de vista del que vive la desgracia del desamor o la indiferencia del que no ama. Desde dentro es tan distinto... la intensidad de los instantes lo llena todo.
Cómo podría contarlo sin repetirme, sin caer en tópicos. Cuando estamos separadas y pasan los días, mi mayor deseo es abrazarla, estrujarla entre mis brazos. Ése es siempre el comienzo de emociones más intensas, de momentos irrepetibles. El amor es como una corriente invisible que fluye entre nosotras. Cuando estamos con otras, hablando cada una por su cuenta, separadas por pocos metros, yo la noto ahí, cerca, enfrascada en su conversación pero conmigo, siempre conmigo. Cuando me mira pegada a mí, es como un golpe al corazón.
Sé que las comparaciones son odiosas, pero no puedo evitar recordar mi primer amor. Tenía catorce años y me enamoré de una compañera de curso. Ella era una criatura inocente y perversa, como todas las adolescentes. Bella como un felino, e hiriente muchas veces. Fue una historia hermosa y triste que me dejó señales en el alma, y que nunca olvidé. Yo la quería y sufría por sus caprichos, sus inseguridades, sus cambios de humor. Todavía recuerdo su olor, su sonrisa, su cariño... pero también su indifencia y su miedo a nuestro amor prohibido. La amé, pero también me hizo sufrir.
Durante muchos años viví con la nostalgia de ese sentimiento, de un amor grande e intenso. Después transité otros caminos, me quisieron y quise. Nunca como entonces.
Muchos años después me rebelé. Tomé la decisión de no conformarme con amores usados, con afectos gastados. Aposté a todo o nada, repetir eso que sentí tanto tiempo atrás o quedarme sola, con mi vida simple y confortable. Al final he ganado.
Ella me dice que hay quien busca el amor y nunca lo encuentra. Soy muy consciente de ello; tanto que pensé resignarme a vivir por mí, indiferente a quienes me ofrecían relaciones convencionales que sólo buscaban ahogar incomunicación y soledad. No sabía qué buscaba, no desde luego repetir ese amor de los catorce años, inmaduro e inconsciente. Yo sólo quería repetir la emoción, sentir que el mundo se desvanecía cuando me sentaba a su lado, o cuando apoyaba su cabeza en mi hombro, o cuando decía que nunca querría a nadie como a mí...
Ahora todo vuelve a ser como entonces, y distinto a la vez. No tengo miedo, ni siquiera pensando que esto pueda acabar mañana. El dolor es el peaje del amor muchas veces, un precio que pagaría con gusto por vivir lo que estoy viviendo. Todas llegaremos a viejas -con suerte-, pero yo podré decir que he exprimido cada instante de felicidad. Habré querido con todo mi cuerpo y con toda mi alma, habré acariciado su hombro, respirado su aliento, me habré sumergido en sus hermosos ojos verdes... habré grabado la imagen de su cara en la penumbra, con esa mirada que me desarma y me conmueve... Habré reeditado un viejo amor que yo creía perdido.
Cuatro meses juntas. Cuatro meses, seis días y dos horas, exactamente. Contar el tiempo es algo estúpido, lo sé. Pero es que sigue siendo extraordinario lo que siento por ella, sigue siendo maravilloso que el sentimiento haya crecido con cada día de conocimiento, incluso con cada día de ausencia. Las historias de amor felices suelen aburrir vistas desde fuera, desde el punto de vista del que vive la desgracia del desamor o la indiferencia del que no ama. Desde dentro es tan distinto... la intensidad de los instantes lo llena todo.
Cómo podría contarlo sin repetirme, sin caer en tópicos. Cuando estamos separadas y pasan los días, mi mayor deseo es abrazarla, estrujarla entre mis brazos. Ése es siempre el comienzo de emociones más intensas, de momentos irrepetibles. El amor es como una corriente invisible que fluye entre nosotras. Cuando estamos con otras, hablando cada una por su cuenta, separadas por pocos metros, yo la noto ahí, cerca, enfrascada en su conversación pero conmigo, siempre conmigo. Cuando me mira pegada a mí, es como un golpe al corazón.
Sé que las comparaciones son odiosas, pero no puedo evitar recordar mi primer amor. Tenía catorce años y me enamoré de una compañera de curso. Ella era una criatura inocente y perversa, como todas las adolescentes. Bella como un felino, e hiriente muchas veces. Fue una historia hermosa y triste que me dejó señales en el alma, y que nunca olvidé. Yo la quería y sufría por sus caprichos, sus inseguridades, sus cambios de humor. Todavía recuerdo su olor, su sonrisa, su cariño... pero también su indifencia y su miedo a nuestro amor prohibido. La amé, pero también me hizo sufrir.
Durante muchos años viví con la nostalgia de ese sentimiento, de un amor grande e intenso. Después transité otros caminos, me quisieron y quise. Nunca como entonces.
Muchos años después me rebelé. Tomé la decisión de no conformarme con amores usados, con afectos gastados. Aposté a todo o nada, repetir eso que sentí tanto tiempo atrás o quedarme sola, con mi vida simple y confortable. Al final he ganado.
Ella me dice que hay quien busca el amor y nunca lo encuentra. Soy muy consciente de ello; tanto que pensé resignarme a vivir por mí, indiferente a quienes me ofrecían relaciones convencionales que sólo buscaban ahogar incomunicación y soledad. No sabía qué buscaba, no desde luego repetir ese amor de los catorce años, inmaduro e inconsciente. Yo sólo quería repetir la emoción, sentir que el mundo se desvanecía cuando me sentaba a su lado, o cuando apoyaba su cabeza en mi hombro, o cuando decía que nunca querría a nadie como a mí...
Ahora todo vuelve a ser como entonces, y distinto a la vez. No tengo miedo, ni siquiera pensando que esto pueda acabar mañana. El dolor es el peaje del amor muchas veces, un precio que pagaría con gusto por vivir lo que estoy viviendo. Todas llegaremos a viejas -con suerte-, pero yo podré decir que he exprimido cada instante de felicidad. Habré querido con todo mi cuerpo y con toda mi alma, habré acariciado su hombro, respirado su aliento, me habré sumergido en sus hermosos ojos verdes... habré grabado la imagen de su cara en la penumbra, con esa mirada que me desarma y me conmueve... Habré reeditado un viejo amor que yo creía perdido.