9 meses y una declaración oculta
M. y yo cumplimos nueve meses juntas. Es nuestro 9º mesiversario, palabra inventada por mí para designar esta efeméride bastarda. Guardo ya recuerdos suyos de cada estación de año: invierno, primavera, verano, otoño… Un tiempo que hemos llenado de muchas cosas buenas y alguna no tanto. Sé que todavía nos queda mucho más que vivir juntas. Tardes de otoño lluviosas, siestas en agosto, desayuños madrugadores, paseos interminables… A veces me gusta imaginarme ya mayor, con mi pelo blanqueado por los años, y la veo conmigo. Recordaremos juntas los años que compartimos desde aquel lejano 2006, cuando éramos jóvenes aún, y todavía sentiremos una cierta emoción al rememorar nuestros inicios, éstos. Insistiremos en los detalles pequeños, que conservaremos en la memoria como algo precioso e irrepetible. Así imagino nuestro futuro juntas…
Pero cada etapa llegará, no tengo que precipitarme, cuando todavía nos queda tanto por hacer. A menudo pienso que me gustaría vivir con ella, despertarme cada mañana con su cuerpo cerca del mío. Sentirla respirar levemente en la madrugada. Abrazarla por detrás un instante para volverme a dormir, consolada por su tibieza. Reírnos con mis historias absurdas, con sus ideas geniales. Trazar planes para el fin de semana o las vacaciones. O hacer todas esas cosas sencillas que hacen las parejas, sin darle más importancia.
Desde que la conocí mi vida ha cambiado. Ahora tengo un objetivo concreto, una ilusión definida. Mi manera de encarar mi futuro es otra, ya sin incertidumbres, sin preguntarme a mí misma dónde voy, con quién acabaré…Incluso ahora soy menos pesimista respecto a la humanidad, que siempre he creído abocada a la tragedia. Veo las cosas a través de los ojos de M., optimistas y emprendedores, y pienso que puede haber una salida, una solución a tantos problemas que yo creía insolubles. Inimaginable en mí hace nueve meses, cuando tenía una vida tranquila y rutinaria, quizá un poco apagada por los fracasos repetidos. De pronto las cosas cobraron sentido, todas las piezas encajan. A menudo la vida te da sorpresas, pero pocas veces son tan buenas.
Cuánto la echo de menos hoy! Os cuento siempre lo mismo, pero cada jueves es así: quedan pocas horas para vernos, y se me hacen interminables. No puedo evitar sentir sobre mis hombros el peso de toda la semana, de tantas horas de ausencia. Tumbada en la cama, leo sin fijar la atención, porque no quiero estar lejos de ella ni un día más. Imagino las cosas que haremos, su cuerpo en la penumbra de mi habitación…”Guardo lei, i suoi bell´occhi, le sue lapra…” recuerdo canciones de Mina que hablan de amor. O simplemente dejo mi mente vagar, sin destino.
Me está costando mucho escribir estas frases. Imagináis lo difícil que es hacer un acróstico?. A cada letra inicial de frase se la aísla y se une a la siguiente inicial de la siguiente frase. Me parece que suele hacerse sólo en poesía, pero yo lo intento con la prosa, que es más fácil. Observad con atención. Releed todo el texto: esconde una pequeña declaración a M., mi preciosa novia.
Pero cada etapa llegará, no tengo que precipitarme, cuando todavía nos queda tanto por hacer. A menudo pienso que me gustaría vivir con ella, despertarme cada mañana con su cuerpo cerca del mío. Sentirla respirar levemente en la madrugada. Abrazarla por detrás un instante para volverme a dormir, consolada por su tibieza. Reírnos con mis historias absurdas, con sus ideas geniales. Trazar planes para el fin de semana o las vacaciones. O hacer todas esas cosas sencillas que hacen las parejas, sin darle más importancia.
Desde que la conocí mi vida ha cambiado. Ahora tengo un objetivo concreto, una ilusión definida. Mi manera de encarar mi futuro es otra, ya sin incertidumbres, sin preguntarme a mí misma dónde voy, con quién acabaré…Incluso ahora soy menos pesimista respecto a la humanidad, que siempre he creído abocada a la tragedia. Veo las cosas a través de los ojos de M., optimistas y emprendedores, y pienso que puede haber una salida, una solución a tantos problemas que yo creía insolubles. Inimaginable en mí hace nueve meses, cuando tenía una vida tranquila y rutinaria, quizá un poco apagada por los fracasos repetidos. De pronto las cosas cobraron sentido, todas las piezas encajan. A menudo la vida te da sorpresas, pero pocas veces son tan buenas.
Cuánto la echo de menos hoy! Os cuento siempre lo mismo, pero cada jueves es así: quedan pocas horas para vernos, y se me hacen interminables. No puedo evitar sentir sobre mis hombros el peso de toda la semana, de tantas horas de ausencia. Tumbada en la cama, leo sin fijar la atención, porque no quiero estar lejos de ella ni un día más. Imagino las cosas que haremos, su cuerpo en la penumbra de mi habitación…”Guardo lei, i suoi bell´occhi, le sue lapra…” recuerdo canciones de Mina que hablan de amor. O simplemente dejo mi mente vagar, sin destino.
Me está costando mucho escribir estas frases. Imagináis lo difícil que es hacer un acróstico?. A cada letra inicial de frase se la aísla y se une a la siguiente inicial de la siguiente frase. Me parece que suele hacerse sólo en poesía, pero yo lo intento con la prosa, que es más fácil. Observad con atención. Releed todo el texto: esconde una pequeña declaración a M., mi preciosa novia.
Un mal día
Hay días en que casi todo sale mal. O al menos las cosas malas se suceden sin tiempo a recuperarte. Todavía estás intentando asimilar una cuando ya tienes la siguiente encima, acumulando estrés sobre tus frágiles hombros. Os preguntaréis qué me ha sucedido para hacer esta reflexión en voz alta; pues nada, en realidad. Acabo de hablar con mi novia y no ha tenido un buen día. Lo peor de todo es que, más allá de mi solidaridad y comprensión, poco puedo hacer para que se sienta mejor. Esta noche me hubiera gustado darle un largo masaje y arroparla con mi cuerpo; prepararle una bebida caliente para su dolor de garganta y susurrarle alguna cruel venganza contra ese cabrón que le ha amargado el día. Hubiera querido demostrarle mi amor rendido y sincero para que se durmiera suave y blandamente sobre mi pecho. Pero no puede ser, así que sólo le puedo asegurar que mañana será un buen día, una jornada sin contratiempos ni charcos que te empapen los zapatos.
Las semanas a veces comienzan así, con mal pie. Pero entonces es bueno recordar cuántas cosas tienes a tu favor: la gente que te quiere, las cosas que te motivan y que te llenan de alegría y satisfacciones. Y también rememorar los buenos momentos, como los que pasamos el fin de semana paseando por Madrid bajo una lluvia fina de otoño.
No hemos parado un instante. Salimos por Chueca, fuimos al cine, hicimos algunas compras y, sobre todo, sentimos que nuestra relación se parece cada vez más a la de un matrimonio, con sus silencios cómplices mientras nos cogemos del brazo y miramos escaparates. No tiene nada de vulgar ni tedioso; es sólo entender que el amor no siempre es un derroche de pasión ni de palabras arrebatadas. También es saber callar y evadirte de lo que te rodea sabiendo que quien está contigo sigue ahí, respetando y entendiendo tu ausencia momentánea de lo que te rodea. El amor se vive también en lo cotidiano: cuando tienes dolor de cabeza y no quieres bromear, cuando te preocupa algo que aún no está resuelto, cuando simplemente tienes un mal día y sólo quieres dormir y descansar de tantas cosas…
Ya sé que lo mejor para M. es que en una noche como ésta yo esté con ella, y no aquí, escribiendo esto y aquello. Pero cuando la realidad se impone no cabe más que pararte a pensar sólo un instante en lo que tienes de verdad. Lo que compartimos M. y yo nos compensa de muchos sinsabores del día a día, por lejos que estemos entre semana. Sería muy egoísta y mezquina si me centrara en esos pequeños problemas cuando tengo tanto por lo que alegrarme cada día. Porque, al margen de mis pequeños contratiempos, no debo olvidar que, de tanto en tanto, se producen milagros. El mío tiene nombre de mujer: M. Y todavía me sorprende que se cruzara en mi camino.
Te quiero, mi pequeña mujercita atribulada.
cd307CANT_TAKE_MY_EYES_OFF_OF_YOU.mp3

Las semanas a veces comienzan así, con mal pie. Pero entonces es bueno recordar cuántas cosas tienes a tu favor: la gente que te quiere, las cosas que te motivan y que te llenan de alegría y satisfacciones. Y también rememorar los buenos momentos, como los que pasamos el fin de semana paseando por Madrid bajo una lluvia fina de otoño.
No hemos parado un instante. Salimos por Chueca, fuimos al cine, hicimos algunas compras y, sobre todo, sentimos que nuestra relación se parece cada vez más a la de un matrimonio, con sus silencios cómplices mientras nos cogemos del brazo y miramos escaparates. No tiene nada de vulgar ni tedioso; es sólo entender que el amor no siempre es un derroche de pasión ni de palabras arrebatadas. También es saber callar y evadirte de lo que te rodea sabiendo que quien está contigo sigue ahí, respetando y entendiendo tu ausencia momentánea de lo que te rodea. El amor se vive también en lo cotidiano: cuando tienes dolor de cabeza y no quieres bromear, cuando te preocupa algo que aún no está resuelto, cuando simplemente tienes un mal día y sólo quieres dormir y descansar de tantas cosas…
Ya sé que lo mejor para M. es que en una noche como ésta yo esté con ella, y no aquí, escribiendo esto y aquello. Pero cuando la realidad se impone no cabe más que pararte a pensar sólo un instante en lo que tienes de verdad. Lo que compartimos M. y yo nos compensa de muchos sinsabores del día a día, por lejos que estemos entre semana. Sería muy egoísta y mezquina si me centrara en esos pequeños problemas cuando tengo tanto por lo que alegrarme cada día. Porque, al margen de mis pequeños contratiempos, no debo olvidar que, de tanto en tanto, se producen milagros. El mío tiene nombre de mujer: M. Y todavía me sorprende que se cruzara en mi camino.
Te quiero, mi pequeña mujercita atribulada.
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La incómoda sinceridad
Es bueno aprender de los errores, y yo acabo de darme una lección que espero no olvidar nunca: hay que ser sincera siempre que se pueda. A veces las verdades no se pueden soltar a bocajarro, es necesario esperar unos días, o unas semanas, cuando llega el momento propicio. Pero lo cierto es que si tienes que romper una relación, amistosa o sentimental, lo mejor es ir con la verdad por delante para no lamentarte después de las consecuencias de las mentiras amables y los silencios compasivos.
Mi última relación acabó el año pasado. Fue breve, así que no debiera llamarlo noviazgo. Fue la típica historia pasional que se convierte en algo serio a los pocos días: ella dormía conmigo casi cada noche y pasábamos juntas todo el tiempo libre, con exclusividad. La cuestión es que a medida que la conocía me iba encajando menos, tanto sus hábitos como su forma de querer. Y ya al final hubo un par de momentos desagradables por sus celos desmesurados, con lo cual no tuve que esforzarme en dejarla: ella misma me dió la excusa y la ocasión.
Mi primer error fue centrarme en esa cuestión para explicarle mi decisión de no seguir: le dije que era celosa y demasiado posesiva para mí, lo cual era totalmente cierto pero no era todo; omití muchos detalles que juntos hacían difícil nuestra convivencia, sostenida hasta ese momento porque soy bastante tranquila y permisiva. Tenía que haberle explicado que su forma de entender el amor era diametralmente opuesta a la mía: yo buscaba la igualdad, ella quería una relación asimétrica padre-hija; alguien que la protegiera, que la educara, alguien que se ocupara de ella, al viejo estilo. Tenía que haber contrastado con ella esta cuestión, pero tuve miedo de que insistiera en que no era así, cuando yo lo veía tan claro, e intentara retomar la relación en otros términos. No estaba dispuesta, por eso no quería que me lo planteara siquiera.
Mi segundo error fue seguir viéndola un tiempo, para mitigar su dolor. Yo siempre he sido muy expeditiva en estas cuestiones: cuando dejo, desaparezco. Pero con ella hice una excepción porque una vez anterior lo hice así y luego me contaron que esa persona lo pasó muy mal. Pensé esta vez ser más suave, y le dije que podría verme siempre que quisiera si eso le hacía bien. Efectivamente, nos vimos en alguna ocasión, pero todo acababa en reproches y lágrimas, y finalmente tuve que acabar los encuentros, desagradables para las dos.
Ahora ella está con otra chica que responde exactamente a su prototipo: una mujer que le saca más de diez años y que la cuida, protege y alecciona; esa madre-padre que andaba buscando. Sé que se está equivocando, pero no vale la pena decírselo: cuando quiere a alguien se ciega. Su necesidad de afecto, su desamparo interior es tan grande que no puede, no quiere verlo. Yo no digo que su relación vaya a fracasar ahora, ni más adelante. Si su novia se siente cómoda en el papel de maestra les puede durar toda una vida. Pero si no fuera así se encontraría sola, abandonada, sin un asidero en su vida; porque P. lo apuesta todo a una carta, a una persona, perosi pierde, no me gustaría estar en su pellejo. Hace muchos años yo hice lo mismo y me costó una depresión.
Me gustaría decirle que el camino es otro. Que debe centrarse en ella, reconocerse, aceptarse y quererse como es; que la salvación nunca viene de fuera, sino de una misma. Que lanzarse en los brazos de alguien que tu crees mejor para que te dé la seguridad de la que careces no te asegura la felicidad.
Son cosas que debí decirle hace mucho tiempo porque, al margen de que reconociera su problema o no, yo habría hecho mi parte. Ahora me encuentro con alguien que piensa que yo no supe quererla, que no soy capaz de amar a nadie. El camino fácil: los demás tienen la culpa de tus problemas.
Mi última relación acabó el año pasado. Fue breve, así que no debiera llamarlo noviazgo. Fue la típica historia pasional que se convierte en algo serio a los pocos días: ella dormía conmigo casi cada noche y pasábamos juntas todo el tiempo libre, con exclusividad. La cuestión es que a medida que la conocía me iba encajando menos, tanto sus hábitos como su forma de querer. Y ya al final hubo un par de momentos desagradables por sus celos desmesurados, con lo cual no tuve que esforzarme en dejarla: ella misma me dió la excusa y la ocasión.
Mi primer error fue centrarme en esa cuestión para explicarle mi decisión de no seguir: le dije que era celosa y demasiado posesiva para mí, lo cual era totalmente cierto pero no era todo; omití muchos detalles que juntos hacían difícil nuestra convivencia, sostenida hasta ese momento porque soy bastante tranquila y permisiva. Tenía que haberle explicado que su forma de entender el amor era diametralmente opuesta a la mía: yo buscaba la igualdad, ella quería una relación asimétrica padre-hija; alguien que la protegiera, que la educara, alguien que se ocupara de ella, al viejo estilo. Tenía que haber contrastado con ella esta cuestión, pero tuve miedo de que insistiera en que no era así, cuando yo lo veía tan claro, e intentara retomar la relación en otros términos. No estaba dispuesta, por eso no quería que me lo planteara siquiera.
Mi segundo error fue seguir viéndola un tiempo, para mitigar su dolor. Yo siempre he sido muy expeditiva en estas cuestiones: cuando dejo, desaparezco. Pero con ella hice una excepción porque una vez anterior lo hice así y luego me contaron que esa persona lo pasó muy mal. Pensé esta vez ser más suave, y le dije que podría verme siempre que quisiera si eso le hacía bien. Efectivamente, nos vimos en alguna ocasión, pero todo acababa en reproches y lágrimas, y finalmente tuve que acabar los encuentros, desagradables para las dos.
Ahora ella está con otra chica que responde exactamente a su prototipo: una mujer que le saca más de diez años y que la cuida, protege y alecciona; esa madre-padre que andaba buscando. Sé que se está equivocando, pero no vale la pena decírselo: cuando quiere a alguien se ciega. Su necesidad de afecto, su desamparo interior es tan grande que no puede, no quiere verlo. Yo no digo que su relación vaya a fracasar ahora, ni más adelante. Si su novia se siente cómoda en el papel de maestra les puede durar toda una vida. Pero si no fuera así se encontraría sola, abandonada, sin un asidero en su vida; porque P. lo apuesta todo a una carta, a una persona, perosi pierde, no me gustaría estar en su pellejo. Hace muchos años yo hice lo mismo y me costó una depresión.
Me gustaría decirle que el camino es otro. Que debe centrarse en ella, reconocerse, aceptarse y quererse como es; que la salvación nunca viene de fuera, sino de una misma. Que lanzarse en los brazos de alguien que tu crees mejor para que te dé la seguridad de la que careces no te asegura la felicidad.
Son cosas que debí decirle hace mucho tiempo porque, al margen de que reconociera su problema o no, yo habría hecho mi parte. Ahora me encuentro con alguien que piensa que yo no supe quererla, que no soy capaz de amar a nadie. El camino fácil: los demás tienen la culpa de tus problemas.
Otro domingo
Debería estar durmiendo hace como una hora, lo sé. Pero siempre me pasa igual: cuando debo, no puedo; y cuando puedo, no quiero. Así que para dar vueltas en la cama prefiero estar aquí, escribir un ratito y que el sueño me venza poco a poco…
Este puente ha sido relativamente tranquilo. Un poco de vida casera y otro poco de salidas diurnas por los alrededores. En mi ciudad nunca hay nada que ver, aparte de ingleses tostándose al sol y bares abiertos día y noche. Para ver algo distinto tienes que coger la carretera y buscar alguna de esas iniciativas populares tan curiosas como la “Octoberfest” (seguramente se escribe con k, porque de alemán no sé nada), una fiesta en que los teutones se reúnen a comer codillos asados, salchichas kilométricas y tanques enormes de cerveza. Sin comentarios; no repetiremos la experiencia. Y hoy estuvimos en la “Fiesta del ama de casa”, consistente en actuaciones variadas de gimnasia rítmica, ballet y… mucha comida. Caía un sol a plomo sobre la explanada, me bebí dos cervezas y acabé con un humor de perros, así que M. y yo discutimos tontamente y la tarde se nubló un poquito. Pero nunca pretendí tener una relación perfecta: este tipo de incidentes suceden hasta en las mejores familias. Lo importante es rectificar y saber decir “lo siento”. A las pocas horas todo estaba arreglado y en su sitio.
Lo malo de los domingos es que ella se va, justo cuando te has acostumbrado a encontrártela en el pasillo o en el baño cepillándose los dientes; y sobre todo cuanto te has habituado al calor de su cuerpo tibio, suave, delicado… Las noches son siempre lo mejor con M. Apagamos la luz y en la penumbra nos decimos cosas que no se pueden reproducir sin pudor; nos besamos tanto tanto que siempre me sorprendo de no tener agujetas en los labios al día siguiente. ¿Os he hablado alguna vez de su boca? Tiene un tacto suave, esponjoso, y su aliento es el más fresco y dulce que he sentido nunca. Ella dice que le gustan mis besos, pero quién no besaría una boca así, unos labios carnosos y tiernos que parecen tener un mensaje grabado en ellos: “cómeme”. Y claro, yo soy como Alicia, me lanzo a ellos sin temor a reducirme al tamaño de una cerilla.
Estoy deseando que los días pasen rápidos para volver a verla, abrazarla y apretarme contra su cuerpo serrano de mujer-mujer (¿?). Este fin de semana iremos a Madrid (si los astros se alinean y me cambian el turno de trabajo), y entonces haremos algo muy simple que nos morimos por hacer: pasear por Chueca de la mano, besarnos en cualquier acera, mordisquearnos la boca sin mirar por encima del hombro, compartir el periódico y rozarnos suavemente los dedos al pasar la página, ver la exposición de turno en el Thyssen –su museo favorito, y ahora el mío-, mirarnos intensamente a los ojos, con expresión de deseo o de amor, sin pensar quién observa ni qué piensa… esos actos tan cotidianos entre los heterosexuales y que nosotras, las que no vamos con la bandera del arcoiris entre los dientes, tenemos vedados.
Madrid. Barcelona. Dos sitios donde me gustaría vivir, donde podría ser un poco más libre. Ya os contaré.
Este puente ha sido relativamente tranquilo. Un poco de vida casera y otro poco de salidas diurnas por los alrededores. En mi ciudad nunca hay nada que ver, aparte de ingleses tostándose al sol y bares abiertos día y noche. Para ver algo distinto tienes que coger la carretera y buscar alguna de esas iniciativas populares tan curiosas como la “Octoberfest” (seguramente se escribe con k, porque de alemán no sé nada), una fiesta en que los teutones se reúnen a comer codillos asados, salchichas kilométricas y tanques enormes de cerveza. Sin comentarios; no repetiremos la experiencia. Y hoy estuvimos en la “Fiesta del ama de casa”, consistente en actuaciones variadas de gimnasia rítmica, ballet y… mucha comida. Caía un sol a plomo sobre la explanada, me bebí dos cervezas y acabé con un humor de perros, así que M. y yo discutimos tontamente y la tarde se nubló un poquito. Pero nunca pretendí tener una relación perfecta: este tipo de incidentes suceden hasta en las mejores familias. Lo importante es rectificar y saber decir “lo siento”. A las pocas horas todo estaba arreglado y en su sitio.
Lo malo de los domingos es que ella se va, justo cuando te has acostumbrado a encontrártela en el pasillo o en el baño cepillándose los dientes; y sobre todo cuanto te has habituado al calor de su cuerpo tibio, suave, delicado… Las noches son siempre lo mejor con M. Apagamos la luz y en la penumbra nos decimos cosas que no se pueden reproducir sin pudor; nos besamos tanto tanto que siempre me sorprendo de no tener agujetas en los labios al día siguiente. ¿Os he hablado alguna vez de su boca? Tiene un tacto suave, esponjoso, y su aliento es el más fresco y dulce que he sentido nunca. Ella dice que le gustan mis besos, pero quién no besaría una boca así, unos labios carnosos y tiernos que parecen tener un mensaje grabado en ellos: “cómeme”. Y claro, yo soy como Alicia, me lanzo a ellos sin temor a reducirme al tamaño de una cerilla.
Estoy deseando que los días pasen rápidos para volver a verla, abrazarla y apretarme contra su cuerpo serrano de mujer-mujer (¿?). Este fin de semana iremos a Madrid (si los astros se alinean y me cambian el turno de trabajo), y entonces haremos algo muy simple que nos morimos por hacer: pasear por Chueca de la mano, besarnos en cualquier acera, mordisquearnos la boca sin mirar por encima del hombro, compartir el periódico y rozarnos suavemente los dedos al pasar la página, ver la exposición de turno en el Thyssen –su museo favorito, y ahora el mío-, mirarnos intensamente a los ojos, con expresión de deseo o de amor, sin pensar quién observa ni qué piensa… esos actos tan cotidianos entre los heterosexuales y que nosotras, las que no vamos con la bandera del arcoiris entre los dientes, tenemos vedados.
Madrid. Barcelona. Dos sitios donde me gustaría vivir, donde podría ser un poco más libre. Ya os contaré.
El amor y el miedo (para Diego)
El miedo es ese mecanismo mental que nos mantiene vivos y alerta. El problema es que se activa en toda clase de momentos, no sólo cuando nos amenaza un doberman, o cuando andamos por la cornisa de un edificio… También lo sentimos cuando nos enamoramos o cuando alguien nos atrae poderosamente.
Yo he sentido miedo muchas veces, y si me pienso en cosas o personas que me importan e imagino que las puedo perder, también tengo miedo, aunque no haya ningún peligro acechándolas.
Muchas veces el miedo de disfraza de muchas maneras. En mi caso se viste de timidez, y cuando eso sucede es un poco como perder el control de una misma: no sé qué decir, ni cómo actuar. Estoy demasiado pendiente de mi diálogo interior y no puedo ser espontánea ni comportarme con normalidad; es una de las peores cosas que te pueden suceder cuando conoces a alguien, porque quieres mostrarle cómo eres y sólo aciertas a ser una copia burda de ti misma. Una pésima forma de darte a conocer.
Yo también sentí miedo cuando conocí a M. Exactamente cuando me di cuenta de cuánto me gustaba. En ese momento no sabía por qué me comportaba así, pero después comprendí: tenía miedo a no gustarle, a no ser lo que buscaba, a enamorarme de ella sin tener una oportunidad. Hubo un momento de la noche en que me rebelé y jugué mis cartas de golpe: un beso o nada. Un beso para acercarme, o un adiós resignado. Me fue bien, gané la partida; pero si hubiera fallado igualmente hubiera hecho lo correcto: no podemos ser esclavos del miedo, porque eso es tanto como darlo todo por perdido sin intentarlo.
Yo creo que podemos vencer ese sentimiento. Sólo hace falta un poco de reflexión y de valor; sobre todo el pensar que nada pierdes, que no hay ganancia sin riesgo. Cada cual tendrá su fórmula; la mía siempre ha sido ésa: besar. Cuando beso soy yo siempre, me entrego siempre. Con mis labios expreso cosas que muchas veces no puedes explicar con palabras. Yo aquélla noche le dije: “me gustas muchísimo, de verdad” sin articular una sola palabra. Y ella me captó a la primera.
Así que adelante, Diego. Besa, acaricia, habla. Vence tu miedo y sé, para bien o para mal, tú mismo. Tienes mucho que dar. Lo más probable es que salgas ganando.
Cuestionario
Este cuestinario lo ha sacado del blog de Zuhor. Para que me conozcáis mejor.
- Nombre: C.
- Edad: 37 primaveras
- Fecha de nacimiento: un lluvioso sábado de mayo, a las once de la mañana
- Pides deseos a las estrellas? No, no creo que las estrellas concedan nada; soy una descreída total.
- ¿Te gusta tu letra cuando escribes? A veces. Mi letra cambia de acuerdo con mi estado de ánimo. A veces es elegante, otras un poco infantil. La de mi novia me encanta; nunca tiro sus notas.
¿Cual es tu comida favorita? Todo me gusta, y si es picante más.
- ¿Eres un demonio? Tengo mi lado perverso, pero creo que gana el bueno.
- ¿Como demuestras tu ira? Con un silencio tenso y cara de ira. Me gustaría cambiarlo, pero no puedo.
- ¿Cual es tu segunda casa? La casa de M.
- ¿Cual era tu muñeco favorito cuando eras niño/a? Los Airgamboys. Tenía un médico, un policía montado de Canadá, un mago… Ya apuntaba maneras
- ¿Harías puenting? Tengo vértigo. Una vez me monté en la noria y casi me muero.
- ¿Crees que eres fuerte? Sentimentalmente no; en el resto creo de situaciones sí.
- ¿Cual es tu helado favorito? Yogur con frutas del bosque
- Talla de zapatos: 37
- ¿Que es lo que mas odias de ti mismo? La molicie y el mal genio
- ¿Color de pantalones, camiseta, ropa interior, zapatos? Prefiero vaqueros, camisetas originales y bragas sin encajes. Zapatos cómodos.
- Primera cosa en la que te fijas del sexo opuesto : En las mujeres me fijo en los ojos y los labios.
- Bebida favorita: vino tinto
- Deporte favorito: spinnig y saco
- Color de pelo: castaño oscuro, aunque todo el mundo se empeña en que es negro (con canas ya)
- Color de ojos: marrones
- ¿Llevas gafas/lentillas? Debería llevar gafas, pero sólo me acuerdo de ponérmelas en el trabajo
- ¿Ultima película que viste en el cine?: Brokeback mountain. No voy mucho al cine, pero aquella proyección fue gloriosa.
- ¿Cual es tu postre favorito? Pasteles: de queso, de chocolate…
- ¿Que libros estas leyendo? “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” de Juan Eslava Galán. Pero tengo varios libros empezados a un tiempo.
- El lugar mas lejano donde has estado: París
- Una canción que te recuerde a alguien o algo : Son varias: “Sabor de amor”, de Danza Invisible y “Comeback and stay” de Paul Young
- ¿Siempre eres tú mismo@? No; cuando me asalta la timidez no soy nadie.
- ¿Cine o peli en casa? No tengo costumbre de ir al cine, aunque sería lo ideal. Tengo cientos de DVDS a mi alcance, así que los veo en casa (y no son del Emule, eh?)
- ¿Eres feliz? Pues claro. Acaso no has leído mi blog?
- Nombre: C.
- Edad: 37 primaveras
- Fecha de nacimiento: un lluvioso sábado de mayo, a las once de la mañana
- Pides deseos a las estrellas? No, no creo que las estrellas concedan nada; soy una descreída total.
- ¿Te gusta tu letra cuando escribes? A veces. Mi letra cambia de acuerdo con mi estado de ánimo. A veces es elegante, otras un poco infantil. La de mi novia me encanta; nunca tiro sus notas.
¿Cual es tu comida favorita? Todo me gusta, y si es picante más.
- ¿Eres un demonio? Tengo mi lado perverso, pero creo que gana el bueno.
- ¿Como demuestras tu ira? Con un silencio tenso y cara de ira. Me gustaría cambiarlo, pero no puedo.
- ¿Cual es tu segunda casa? La casa de M.
- ¿Cual era tu muñeco favorito cuando eras niño/a? Los Airgamboys. Tenía un médico, un policía montado de Canadá, un mago… Ya apuntaba maneras
- ¿Harías puenting? Tengo vértigo. Una vez me monté en la noria y casi me muero.
- ¿Crees que eres fuerte? Sentimentalmente no; en el resto creo de situaciones sí.
- ¿Cual es tu helado favorito? Yogur con frutas del bosque
- Talla de zapatos: 37
- ¿Que es lo que mas odias de ti mismo? La molicie y el mal genio
- ¿Color de pantalones, camiseta, ropa interior, zapatos? Prefiero vaqueros, camisetas originales y bragas sin encajes. Zapatos cómodos.
- Primera cosa en la que te fijas del sexo opuesto : En las mujeres me fijo en los ojos y los labios.
- Bebida favorita: vino tinto
- Deporte favorito: spinnig y saco
- Color de pelo: castaño oscuro, aunque todo el mundo se empeña en que es negro (con canas ya)
- Color de ojos: marrones
- ¿Llevas gafas/lentillas? Debería llevar gafas, pero sólo me acuerdo de ponérmelas en el trabajo
- ¿Ultima película que viste en el cine?: Brokeback mountain. No voy mucho al cine, pero aquella proyección fue gloriosa.
- ¿Cual es tu postre favorito? Pasteles: de queso, de chocolate…
- ¿Que libros estas leyendo? “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” de Juan Eslava Galán. Pero tengo varios libros empezados a un tiempo.
- El lugar mas lejano donde has estado: París
- Una canción que te recuerde a alguien o algo : Son varias: “Sabor de amor”, de Danza Invisible y “Comeback and stay” de Paul Young
- ¿Siempre eres tú mismo@? No; cuando me asalta la timidez no soy nadie.
- ¿Cine o peli en casa? No tengo costumbre de ir al cine, aunque sería lo ideal. Tengo cientos de DVDS a mi alcance, así que los veo en casa (y no son del Emule, eh?)
- ¿Eres feliz? Pues claro. Acaso no has leído mi blog?
Etiquetas: cuestionario
EL COCHE DE MI NOVIA
Acabo de darme cuenta: hay una prueba más que confirma cuánto quiero a mi novia. Ya sé que todo el que me lee lo sabe de sobra, cuánto la amo. Pero a veces una situación cotidiana me ofrece una nueva certeza de este amor.
Mi novia tiene un potente y gran coche que yo nunca he conducido. En alguna ocasión hubiera sido conveniente que me pusiera al volante para no obligarla a conducir durante horas o cuando está soñolienta. Pero me niego. Me acomodo en el asiento copiloto y dejo que ella se entienda con el cambio de marchas y la dirección asistida. Nunca me lo ha reprochado, por muy agotada que estuviera, así que también ella me da muestras de su amor.
Hoy de manera casual me lo ha dicho: “Si salimos de noche, a la vuelta conduces tu, porque yo fijo que me duermo”. Conoce sus limitaciones. Y yo le he dicho: “Antes me tengo que probarlo, para ir más segura”. Eso le he dicho. O sea, que he aceptado.
La cuestión es que yo jamás conduzco coches ajenos. Llamadlo comodidad, prudencia o simpleza. Todas mis chicas me han dicho alguna vez: “Conduce tú”, y yo siempre he dicho: “No”, con alguna excusa adecuada al momento.
A veces te das cuenta de cuánto quieres a alguien también por contraste. Cuando comparas lo que hacías con ésta o aquélla, las cosas que estabas dispuesta a cambiar, o a conceder de buen grado o no, te queda claro. Son esas pruebas de amor no conscientes: yo nunca he pensado hacer con M. determinadas cosas para distinguirla de relaciones pasadas. Simplemente sucede que con ella me apetece compartir: mi familia, mi casa, mi tiempo… su coche.
Por más que me concentre no recuerdo qué otras cosas no hacía con las demás. No puedo anticipar ni programar mi siguiente paso adelante en esta relación. En general sí sé que no encuentro nada que no me apetezca hacer con ella. Tengo esa maravillosa sensación de comodidad, de confianza, de abandono. Ayer hablaba de matrimonio, aunque eso no sucederá en mucho tiempo; pero me gusta la idea, no me crea ansiedad, ganas de huir. Lo mejor de esta relación es que cada cosa llega en su momento, nada es apresurado ni artificial. Y también me gusta que me conozca cada día más sin intentar cambiarme, sin sermonarme. Ella tiene una gran intuición, y muchas veces sabe interpretarme mejor que yo misma. Justo ayer le decía que estaba un poco apática, quizá por el cambio del tiempo. Y ella me dijo: “Es que tu eres un poco así, es tu carácter”. Touchée.
Mi novia tiene un potente y gran coche que yo nunca he conducido. En alguna ocasión hubiera sido conveniente que me pusiera al volante para no obligarla a conducir durante horas o cuando está soñolienta. Pero me niego. Me acomodo en el asiento copiloto y dejo que ella se entienda con el cambio de marchas y la dirección asistida. Nunca me lo ha reprochado, por muy agotada que estuviera, así que también ella me da muestras de su amor.
Hoy de manera casual me lo ha dicho: “Si salimos de noche, a la vuelta conduces tu, porque yo fijo que me duermo”. Conoce sus limitaciones. Y yo le he dicho: “Antes me tengo que probarlo, para ir más segura”. Eso le he dicho. O sea, que he aceptado.
La cuestión es que yo jamás conduzco coches ajenos. Llamadlo comodidad, prudencia o simpleza. Todas mis chicas me han dicho alguna vez: “Conduce tú”, y yo siempre he dicho: “No”, con alguna excusa adecuada al momento.
A veces te das cuenta de cuánto quieres a alguien también por contraste. Cuando comparas lo que hacías con ésta o aquélla, las cosas que estabas dispuesta a cambiar, o a conceder de buen grado o no, te queda claro. Son esas pruebas de amor no conscientes: yo nunca he pensado hacer con M. determinadas cosas para distinguirla de relaciones pasadas. Simplemente sucede que con ella me apetece compartir: mi familia, mi casa, mi tiempo… su coche.
Por más que me concentre no recuerdo qué otras cosas no hacía con las demás. No puedo anticipar ni programar mi siguiente paso adelante en esta relación. En general sí sé que no encuentro nada que no me apetezca hacer con ella. Tengo esa maravillosa sensación de comodidad, de confianza, de abandono. Ayer hablaba de matrimonio, aunque eso no sucederá en mucho tiempo; pero me gusta la idea, no me crea ansiedad, ganas de huir. Lo mejor de esta relación es que cada cosa llega en su momento, nada es apresurado ni artificial. Y también me gusta que me conozca cada día más sin intentar cambiarme, sin sermonarme. Ella tiene una gran intuición, y muchas veces sabe interpretarme mejor que yo misma. Justo ayer le decía que estaba un poco apática, quizá por el cambio del tiempo. Y ella me dijo: “Es que tu eres un poco así, es tu carácter”. Touchée.
Atonía
He empezado el mes con una sensación rara, una atonía vital no demasiado propia de mí. El tiempo lentamente está cambiando, ahora por las mañanas ya parece otoño, aunque el resto del día hace un sol de agosto. Quizá estas variaciones metereológicas me están afectando, porque me cuesta cumplir con esas pequeñas tareas obligadas: ir al banco, comprar un regalo para un cumpleaños, lavar el coche... todo aquello que me obligue a moverme, a salir de casa y afanarme en colas y atascos varios.
No es que me apetezca estar mano sobre mano, mirando la pared de enfrente. Lo que quiero es leer, ver películas y en general activar un poco el intelecto. Si viviera en una gran ciudad me gustaría ir a algún concierto, o ver una buena exposición. Porque creo estar en ese estado mental que invita a la reflexión, a impregnarse de las cosas que incitan la mente.
Hoy empezaré a repasar italiano. Me presento a las pruebas libres, y no debo dejar los estudios para el final; sobre todo porque es algo que me gusta mucho y no me cuesta hacer, al contrario. Dejaré las películas para el fin de semana, cuando estoy con M. Me gustaría ser como ella , "mi novia incansable", como yo la llamo; yo me agoto rápidamente. Soy consciente de mi cansancio y tengo que parar, domir, desconectar. Ella no; yo uso baterías corrientes, ella alcalinas y autorecargables. Algun día espero conocer su secreto.
Este fin de semana tuve un bautizo que más parecía una boda: arreglos florales, trajes de gala, banquete por todo lo alto. En mi extensa familia sólo coincidimos todos en estas ocasiones; mientras observaba a mis hermanos, sentados en torno a la mesa, me dió por pensar qué cara pondrían si les dijera que me caso, y que lo hago con una mujer. Imagino su estupor, sus ojos muy abiertos, los balbuceos: "u-u-una mujer??" Creo que no hará falta decirles con quién; hablo de M. a menudo, así de pasada, sin darle demasiado énfasis. M. y yo hemos hecho esto, o me dijo aquéllo... Su sorpresa sería mayúscula, porque hasta el momento nada indica que M. sea lesbiana. Ella no tiene ninguno de los atributos clásicos de la bollera: usa tacones, pañuelos al cuello, faldas y vestidos... Es bastante femenina, en definitiva. La bollo, en todo caso, soy yo, aunque no use ropa masculina; digamos que les extrañará más que me case con ella, no tanto con una mujer.
Os preguntaréis si es tengo ya fecha de boda. Pues no. Es sólo una idea vaga que no me disgusta y que podría ser realidad en los próximos años. No es necesario para nuestra felicidad, pero nos gusta pensar que un día nada nos distinguirá de cualquier pareja hetero. Buscamos la normalidad, el sentirnos libres en cualquier momento y lugar, sin esta semiclandestinidad que a veces me mata. Nuestra boda, si se produjera, sería por amor exclusivamente; ningún interés económico, ninguna convención social. Sólo por el placer de mirarnos a los ojos y sentirnos una, reconocernos en el amor de la otra.
No es que me apetezca estar mano sobre mano, mirando la pared de enfrente. Lo que quiero es leer, ver películas y en general activar un poco el intelecto. Si viviera en una gran ciudad me gustaría ir a algún concierto, o ver una buena exposición. Porque creo estar en ese estado mental que invita a la reflexión, a impregnarse de las cosas que incitan la mente.
Hoy empezaré a repasar italiano. Me presento a las pruebas libres, y no debo dejar los estudios para el final; sobre todo porque es algo que me gusta mucho y no me cuesta hacer, al contrario. Dejaré las películas para el fin de semana, cuando estoy con M. Me gustaría ser como ella , "mi novia incansable", como yo la llamo; yo me agoto rápidamente. Soy consciente de mi cansancio y tengo que parar, domir, desconectar. Ella no; yo uso baterías corrientes, ella alcalinas y autorecargables. Algun día espero conocer su secreto.
Este fin de semana tuve un bautizo que más parecía una boda: arreglos florales, trajes de gala, banquete por todo lo alto. En mi extensa familia sólo coincidimos todos en estas ocasiones; mientras observaba a mis hermanos, sentados en torno a la mesa, me dió por pensar qué cara pondrían si les dijera que me caso, y que lo hago con una mujer. Imagino su estupor, sus ojos muy abiertos, los balbuceos: "u-u-una mujer??" Creo que no hará falta decirles con quién; hablo de M. a menudo, así de pasada, sin darle demasiado énfasis. M. y yo hemos hecho esto, o me dijo aquéllo... Su sorpresa sería mayúscula, porque hasta el momento nada indica que M. sea lesbiana. Ella no tiene ninguno de los atributos clásicos de la bollera: usa tacones, pañuelos al cuello, faldas y vestidos... Es bastante femenina, en definitiva. La bollo, en todo caso, soy yo, aunque no use ropa masculina; digamos que les extrañará más que me case con ella, no tanto con una mujer.
Os preguntaréis si es tengo ya fecha de boda. Pues no. Es sólo una idea vaga que no me disgusta y que podría ser realidad en los próximos años. No es necesario para nuestra felicidad, pero nos gusta pensar que un día nada nos distinguirá de cualquier pareja hetero. Buscamos la normalidad, el sentirnos libres en cualquier momento y lugar, sin esta semiclandestinidad que a veces me mata. Nuestra boda, si se produjera, sería por amor exclusivamente; ningún interés económico, ninguna convención social. Sólo por el placer de mirarnos a los ojos y sentirnos una, reconocernos en el amor de la otra.