La vida nueva
Mi vida, tal como es
Acerca de
"L´amore quando arriva è come un camion che ti prende in pieno e tu puoi soltanto morire" (Mina)
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Lesbianas
Hoy por primera vez hace frío. El invierno térmico se había demorado más de lo acostumbrado este año. Habituada al calor intenso del verano y a los otoños suaves siempre que llega esta época me cuesta adaptarme a la necesidad de llevar más ropa y empezar a encender los radiadores. Normalmente tiendo a estar más en casa, pero este año quiero que sea distinto. Con M. seguro que lo es, porque no me dejará parar un minuto –excepto mi sacrosanta siesta, que ya está negociada-. El pasado fin de semana fue un poco raro; estábamos bajo la influencia del malestar que nos produce nuestra loca particular, que nos ha asediado a mensajes absurdos e insultantes. Pero lo que realmente me descolocaba y me deprimía era el comprobar que entre nuestras conocidas – no puedo llamarlas amigas- había alguien que se dedicaba a comentar detalles personales y por tanto privados sin valorar el daño que eso puede hacernos. Me incomoda mucho esta clase de gente, la que murmura, critica e inventa por aburrimiento, frustración o simple frivolidad. El sábado anterior, sin ir más lejos, coincidimos con algunas personas que no nos conocen personalmente pero que sí saben que M. y yo somos pareja –algunas lo intuyen, otras lo han oído de terceras personas-. Aunque nos manteníamos alejadas, todo el tiempo sentimos sus miradas insistentes sobre nosotras, y los murmullos entre ellas. Yo sabía que aquella noche, bajo el escrutinio de la comunidad lésbica de mi ciudad, dejé de ser tan anónima como antes. Ya formo parte del circuito oficial de la rumorología bollo.
Nunca he creído que ser lesbiana me hiciera igual al resto de lesbianas del mundo. No me identifico con muchos tópicos del ambiente, y no busco amistades en esos pagos, al menos no en exclusiva. Yo sólo quiero salir con gente que comparta mis gustos o mi manera de ver la vida, no con personas con las que sólo tengo en común mi orientación sexual. Tengo un par de amigas lesbianas, pero el hecho de que lo sean sólo aporta un plus de comprensión de nuestra intimidad. Porque en realidad cualquier heterosexual vive el amor de manera muy parecida: los desencuentros amorosos, las peripecias del amor son las mismas entre hombre-mujer, hombre-hombre y mujer-mujer. Los grupos de amigas lesbianas que salen juntas nunca me tendrán entre sus miembros, y, aparte de aburrirme el cotilleo barato, no me gustaría forma parte de una comunidad endogámica que hace buena la teoría que explican en “The L Word” acerca de la promiscuidad sexual: todas han estado liadas entre sí. Me desagrada mucho esa faceta del ambiente: yo he sentido sobre mí miradas cargadas de deseo e insinuación que venían de alguien con pareja presente. Sólo por ser la nueva, carne fresca. No soy moralista, no me malinterpretéis; quien quiera vivir ese juego que lo haga. Pero a mí no me aporta nada porque sé lo que viene después: el adiós, el vacío y la soledad. Es volver una y otra vez al punto de partida. Si no fuera tan reflexiva, si no tuviera la costumbre de anticiparme a lo que sucederá, podría hacerlo: yo también sé lo intensa que puede ser una aventura, conquistar, saborear una piel nueva. Pero, como dice Mina es “una fiammata que finirà”.
 
La loca
¿Quién no ha tenido una loca en su vida? Esa persona que te agobia de mil maneras, incapaz de centrarse en sus cosas, obsesionada contigo o con la historia que tuvo contigo. ¿Vosotr@s no? Afortunad@s sois. Nosotras, M. yo, tenemos la nuestra. Y mira que no la regamos ni le echamos abono, pero así y todo su locura crece, y crece, y crece... llenándolo todo con sus sms insultantes, con su espionaje cutre y sus malas intenciones varias...
A veces, como a mí, el mundo te regala un boleto premiado con el premio gordo: una novia maravillosa que te da lo mejor, el amor más fiel y entregado del mundo. Otras, te cae una gorda, una impresentable que funciona con esta sencilla máxima: "O para mí o para nadie". La destrucción o el amor.
Al principio sentí incredulidad, después compasión. Ahora no puedo evitar despreciarla, como desprecio a todo aquel que vuelca toda su desesperación y soledad en quienes considera, absurdamente, agentes de su infelicidad.
Lo más extraño y patético del caso es que esta loca nuestra tiene quién la secunde en su obsesión. Quien le informe de nuestras idas y venidas, de cómo vivimos. Hay quien encuentra placer en dar toda clase de detalles nuestros a quien se dedica a difamarnos e insultarnos de mil maneras. Esto es lo que entiendo menos; porque no creo que esas mismas personas quisieran estar en boca de nadie que no pertenezca a su vida o que pretenda desestabilizarte.
Al final, y aunque nos pese, tendremos que denunciarla, perder tiempo y dinero en defender nuestra intimidad. Esto está durando demasiado, y esta loca empieza a pensar que todo vale, que todo está permitido para ella. LLamarnos putas, zorras, insultar a quienes más queremos, difamarnos en cualquier foro. Sólo por una simple cosa: porque ella no fue la elegida, porque le tocó perder.
No sé cuánta gente me lee, pero si hay alguien que haya pasado por esto, le ruego que me cuente su experiencia. Las desgracias compartidas lo son menos.
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Emociones extremas

No sé si os ha pasado alguna vez. Yo he tenido miedo a ser una adicta a la emoción. Mi última ex me lo decía: “ Tu no puedes querer a nadie; sólo te gusta vivir el subidón de conocer, de la pasión. En cuanto se te pasa, deja de interesarte”
Resulta que no es verdad, porque todos, antes o después, encontramos la horma de nuestro zapato. M. es mi plantilla ideal. Pero antes de ella es posible que jugara a sentir emociones intensas, y la verdad es que las disfrutaba muchísimo. Hagamos un catálogo de sensaciones inolvidables y embriagadoras:
- Cuando conoces una chica atractiva y notas que le gustas, que te sigue el juego, que se ríe contigo.
- El primer beso. Incluso antes de llegar, estás imaginando cómo será el tacto de los labios, la humedad de la boca.
- La mirada intensa del deseo a punto de ser consumado. La respiración agitada, la manera de moverse contra tu piel.
- Los abrazos después del sexo, la sensualidad de un hombro, el olor de una piel nueva.
- La despedida apesadumbrada, aunque en el fondo te quieras quedar sola y descansar…
- Los primeros sms con palabras arrebatadoras…

Todo esto me gusta, aunque es cierto que a fuerza de repetida la escena pierde color y acaba siendo como una película ya vista mil veces. Por eso es necesario un amor auténtico para que sea siempre nuevo, sugerente, intenso, total.
Y a vosotr@s, ¿qué os gusta en el amor?
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En torno a la identidad sexual

Me gustaría en primer lugar declarar que soy lesbiana. Os parecerá una obviedad, ya que no hago más que hablar de mi novia. Pero si os digo que he compartido media vida adulta con un hombre, ¿lo creeríais igual?
Hay muchas lesbianas que al saber este dato de mi vida tuercen el gesto y esbozan una sonrisa escéptica. ¿Lesbiana cuando he estado tanto tiempo en la cama con un chico? No lo pueden creer. Yo debo reconocer que con mi historial debería considerarme técnicamente bisexual. Pero sólo técnicamente. En un interesante tratado sobre la homosexualidad (Fendimore, Francis: Una historia natural de la homosexualidad, Paidós, 1998) se afirma que todo ser humano puede situarse en un extremo u otro de la escala sexual: si consideramos la homosexualidad como el nivel cero, y la heterosexualidad como nivel diez, cada persona tiene su propia gradación. Yo ahora soy cero, pero antes fui diez. Esto es una simplificación de la teoría, porque puedes ser un dos, un ocho, un cinco (eso sería un bisexual puro)…
La gente que como yo ha transitado todos los caminos crea cierta desconfianza en quien sólo ha estado en una orilla. A mí siempre me han preguntado: ¿pero seguro que ya no te gustan los hombres? ¿No te apetece nunca acostarte con un chico? Mi respuesta es tajante: no. Y no creáis que al principio no se me hacía extraño no desear a un hombre, porque me gustaban de verdad. Aunque, excepto en un caso, sólo era pura y dura atracción sexual… Las mujeres que hayan pasado por esto sí me pueden entender. En la adolescencia aprendes a relacionarte con ellos, a valorar lo que tienen… pero algo falla. Yo siempre supe que algo fallaba, porque normalmente no sentía nada por ellos, aparte de simpatía. Mi primer gran amor fue una mujer, y después hombres, hombres, hombres… A veces es tan difícil entenderse, llegar a comprender por qué…
No he sido la típica reprimida que tenía fantasías con mujeres. Me he sentido atraída por amigas, compañeras de trabajo, de universidad… pero siempre en un plano totalmente platónico y sentimental. Mi sexualidad ha permanecido al margen de mis sentimientos durante mucho tiempo, aunque yo no sabía que eso no era lo normal. O mejor dicho, lo deseable. Luego se cruzó en mi vida un hombre que me daba una parte de eso que yo necesitaba, ternura, un cariño extremo y entregado, belleza casi femenina… y me enamoré de él perdidamente.
El giro en mi vida vino de la mano de mi curiosidad, o dicho de otra manera, de mi capacidad de especular sobre mí misma. Sabía que difícilmente me volvería a enamorar de un hombre porque en general me aburren. No quería pasarme el resto de mi vida esperando el milagro de cruzarme con un chico como el que quise una vez; es una especie rara. M. dice que tiene mucho de homosexual, por su sensibilidad, sus maneras y su forma de demostrar las emociones. Nunca hizo nada que me hiciera pensar que le gustaban los hombres, al contrario. Pero algo dentro de mí me dijo que había equivocado el camino; era lógica pura: si lo que me atraía de él era su lado femenino… ¿por qué no una mujer? Enseguida descubrí que sí, que era exactamente eso. Ahora se han unido ambos caminos, el sexual y el sentimental. Y soy feliz como no lo fui nunca.
Es curioso cómo una puede descubrir estas cosas en plena madurez. Como si nuestra mente fuera un puzzle inextricable durante años, hasta que un día encuentras esa pieza que encaja en el hueco dejado libre y todo cobra sentido. Colocas la pieza, observas el conjunto y lo entiendes todo…
Cuando empecé a escribir pensaba hablar de las lesbianas en general; pero luego me he percatado de que, cuando queremos teorizar, mejor comenzar contigo misma. Otro día hablaré de la condición sexual… en general.
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Sobre domingos y lunes.

Aunque el lunes tiene fama de fama de maldito (“I don´t like Mondays”, “Manic Monday”…) a mí el realmente no me gusta es el domingo, justo por ser la víspera del día que no queremos ver llegar. Los lunes, sin embargo, la desgracia se ha consumado, y ya desde que me levanto tengo asumido lo que vendrá: trabajo, prisas, pequeños quehaceres domésticos… Los domingos, después de comer, comienza una suave depresión que culmina cuando nos acostamos. Lo comentábamos esta mañana en el trabajo: en general, todas las vísperas, horas previas y momentos anteriores a algo que tememos se convierten en parte de la cosa odiada: el día antes de un exámen, de una operación, de la vuelta de vacaciones… Y al contrario: las horas que preceden a un acontecimiento feliz forman ya parte de los momentos gozosos. Eso es porque la mente corre más que los pies y que el tiempo, y llega la primera allí donde queremos o no estar. Curiosidades de la vida.
Todo esto para deciros que aquí estoy, cómodamente instalada en el principio de la semana. Tengo ganas de que sea viernes, pero todavía no me desespera el tiempo que falta; como siempre, eso sucederá el jueves. Ventajas de conocerse a una misma. El próximo sábado cumplimos nuestro décimo mes juntas, todo un récord para mí. Sólo una vez he tenido una relación más larga, y aunque parezca que eso indica lo poco formal que soy, en realidad es lo contrario: no he podido tener muchas relaciones más o menos estables porque la anterior a mi última etapa fue de más de quince años. Digamos que toda mi juventud ha transcurrido en un noviazgo perenne que luego resultó de hoja caduca. Antes de eso, y después de terminarlo todas mis relaciones eran muy breves; tanto que no creo que merezcan el calificativo de “noviazgo”; creo que nunca he estado más de dos meses con alguien. Antes de ese tiempo me daba cuenta de que no iba a funcionar, y no me engañaba ni engañaba a los demás: no hay que empeñarse en revivir lo que está muriendo. Cuando eso sucede yo nunca dudo; nunca me he arrepentido de dejar a alguien, porque cuando profundizaba en su conocimiento he descubierto que no me haría feliz. Y aunque a menudo me han reprochado no dar una segunda oportunidad para corregir errores yo siempre he comprendido que las personas, en esencia, no cambian. No he dejado por capricho, ni por pequeños detalles, sino porque veía claramente que esa persona y yo no éramos compatibles. Ahora con M. he despejado la duda que me quedaba: ella tiene pequeñas cosas que no me gustan, pero sí su carácter y su forma de pensar. Por lo tanto, y en contra de la opinión de alguna damnificada, sí sé querer y transigir con quien me ama.
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Semplicemente sua...
Mañana no madrugo, y a estas horas estoy cansada de leer pero no tengo sueño. Los jueves me suele suceder: hablo con M., divagamos sobre mil temas, nos declaramos un amor infinito y al colgar me siento un poco desamparada. Justo cuando han pasado cuatro días de nuestro último beso y en vísperas de reencontrarnos la melancolía y el deseo me consumen. Así somos los humanos: lo tenemos todo, pero siempre queremos más. Yo la tengo, es mía en la distancia; se duerme con mi imagen en la mente, con mi recuerdo bailando tras sus ojos cerrados; sin embargo, ahora la quiero real y tangible, de carne que late, con su voz susurrando en mi cuello, en mi pelo, en mi pecho. Inevitablemente, irremediablemente, la echo de menos, y como de costumbre escucho Mina, el bálsamo de mis tristezas, con sus canciones apasionadas, con su voz rasgada de pasión, desesperación, súplica…
A veces me pregunto por qué, aunque pasen los meses, no me canso de hablar de ella y de este amor que siento. La novedad ya pasó, M. dejó de ser la criatura misteriosa que me desconcertaba en las primeras semanas. Sé mucho de ella, de sus manías, de sus debilidades y de todo aquello que la hacen humanamente imperfecta. Hace mucho que pasó el tiempo de la idealización, del amor ciego porque sí. Ayer precisamente le hablaba de eso, de que saberla real y falible no había restado ni un pedacito de amor por ella; porque lo que he descubierto que me gusta es mucho más que lo que no, y más importante. Todos tenemos carencias, deseos que colmar en el otro; ella cumple los míos, y yo los suyos. Porque siendo tan distintas en el carácter somos casi idénticas en la forma de entender el amor. Nos gusta el amor como entrega absoluta al momento en que se vive; cada una tiene una existencia distinta, una forma incluso divergente de estar en el mundo, de interpretar la realidad. Ella no se rinde a mí, no transige en nada, ni yo se lo pido. Me gusta que sea como es, que me rebata y que tenga su propio camino, sus metas propias. Me gusta que sea insobornable respecto a lo cree, a lo que busca. Pero luego está ese instante milagroso en que nos encontramos, en que nos miramos y las diferencias, las distancias, las cosas que nos separan desaparecen totalmente: yo me reconozco en su amor y ella en el mío. No importa que cinco minutos antes la haya contradicho, porque ella no me quiere complaciente, sino auténtica e independiente. Sabemos una cosa: que nos amamos por nuestra voluntad, no por sentir la necesidad de ser amadas. Ella no está conmigo porque le acomode o porque le interese; está conmigo porque mi amor la llena. De la misma forma que yo no la necesito, pero me hace feliz su compañía, su manera de amarme tan absoluta, tan entregada y tan libre a la vez.
Cuando intento explicar este amor entiendo por qué no dejo de hablar de él. Nunca tuve algo así en toda mi vida. Quise y me han querido antes. He estado profundamente enamorada, pero siempre sentía que algo no encajaba, un engranaje fuera de sitio, una nota disonante que al final anunciaba un fin a medio plazo. No puedo culpar a nadie sino a mí: he querido por necesidad, por cubrir carencias de amor arrastradas desde siempre, aunque yo no lo sabía. Quería porque me daban cosas irrenunciables para mí y luego cargaba con otras que me hacían daño, porque pensaba que así es el amor. Pero cometía un error: el amor no es soportar a cambio de ternura o estabilidad. Soportar supone cargar sobre tus hombros cosas que no te gustan. Ahora que la encontré veo claramente la diferencia: a M. no la soporto, sólo la amo. Sus defectos son tan pequeños para mí que no pesan, no tienen volumen. No se soportan.
Así es nuestro amor. Y aquí viene la paradoja: ahora que sé lo que es un amor puro, real, inconmensurable, ahora sí la necesito. He probado la droga más dulce, la pasión más profunda, he compartido con ella mis pensamientos más íntimos, las confesiones más secretas… Ahora no sabría estar sin ella.
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Y si…?

Esta es una de las preguntas que más me hago, y también a mi novia. “Te imaginas que nos hubieramos conocido cuando teníamos 20 años?” o “Y si mañana vuelve a aparecer aquella chica que te dejó, volverías con ella?” o “Y si yo pesara 100 kilos, me querrías?”. A veces ella se presta gustosa a la fabulación, otras veces la agobio con escenarios imposibles y complicados que no quiere plantearse. Parece un juego, muchas veces lo es; pero otras no. Imaginar situaciones que no sucederán y pararse a pensar cómo actuaríamos también es una forma de conocimiento. Me explico: todos sabemos que no es lo mismo especular que actuar; yo le puedo preguntar a mi novia si seguiría conmigo si reapareciera un viejo amor al que nunca olvidó. Probablemente ella me diga que no, que seguiría conmigo porque el pasado ya no tiene valor, y ella no es la misma que se enamoró con veintitrés años. Pero más allá de las respuestas previsibles yo puedo interpretar su manera de contestar: un instante de duda, un silencio prolongado antes de asegurarme que nunca me dejaría me pueden decir más que sus palabras. De una forma no consciente la mirada, la firmeza en la voz o la manera de eludir la cuestión me proporciona una información más valiosa que la propia respuesta.
A favor de mi novia os diré que suele ser muy sincera y bastante transparente. Cuando le pregunto si me querría con 50 kilos más y un aspecto mucho más ruinoso que el actual, se limita a contestar: “Entonces no serías tu”. O sea, que va a ser que no.
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La bollosfera

Cuando conocí a M. ella no sabía nada del mundo de los blogs. Por entonces ya llevaba tres meses publicando el mío, y le pasé mi dirección para que me conociera un poco mejor antes de encontrarnos… ya os he hablado de mi timidez incorregible, así que prefería que profundizara en mi carácter por otros medios que la tartamudez de nuestra primera cita. Ahora ella es tan aficionada como yo a leerlos. Tenemos nuestros favoritos, que van cambiando a lo largo de los meses; en este momento leemos mucho a Arrierita, y hoy he descubierto a La vaca mejor. Las dos son mujeres que saben contar con gracia su vida cosmopolita, cosa que gusta mucho en provincias, donde los días son calcados a sí mismos. Es fascinante este mundo bollosférico: una tremenda telaraña de historias interconectadas a través de referencias, comentarios, recomendaciones… Un blog te lleva a otro, y éste a otro más… una enorme red de personas que escriben lo que les pasa, lo que sienten, que nos gritan sus quejas o nos susurran su dolor. A veces cuando pienso en cómo era la vida hace apenas diez años, siento vértigo, pero un vértigo que me atrae al vacío: un aparatito electrónico, un teclado, una pantalla te abren, desde tu propia casa, el mundo. Cómo imaginar entonces que podría compartir mi vida con mil desconocid@s de lugares que yo nunca oiré nombrar, en España y fuera de ella. Sin ir más lejos, M. nunca hubiera existido para mí sin este invento prodigioso. Ella está sólo a cien kilómetros, pero para el caso podrían haber sido diez mil. Jamás la hubiera conocido si no hubiera intercambiado mi dirección con ella, una noche cualquiera desde el abrigo de mi habitación solitaria. Internet te da información inmediata, amplía horizontes… y te cambia la vida. Qué fuerte: te cambia la vida.
A veces me pregunto por qué escribo este blog, por qué no me cansé de él a los pocos días de comenzarlo, como hace tanta gente. En principio recuerdo que intentaba clarificar un poco mi vida; había salido de una relación insatisfactoria un mes atrás e intentaba dar otro rumbo a mis asuntos sentimentales. Luego encontré a M. y me dediqué a cantar al amor, como buena enamorada. Y ahora que ya soy capaz de escribir tres palabras seguidas sin que mi novia sea protagonista absoluta, creo que simplemente me gusta dejar constancia de mi vida, de mis pensamientos, de lo que me va acaeciendo cada día. Es mi diario, y no me cuesta nada dedicarle un poco de mi tiempo. Que me lean otras personas tiene un sentido relativo: algunas me comentan y quizá a través de ellas sea capaz de ver las cosas desde otro punto de vista. Pero más allá de lo inmediato, cuando dentro de tres meses, o un año, relea mis pensamientos tendré una prueba más de cómo cambiamos con el tiempo, cómo se transforma nuestro pequeño mundo. Y eso siempre es enriquecedor.
Seguiré escribiendo.
 
Lesbianas y lesbianas

Ayer salimos M. y yo por el ambiente de mi ciudad. Gina se ha recuperado de su operación, y queríamos saludarla y hacerle un pequeño regalo para animarla. Ya se encuentra bien, y nuestra boa de plumas negras le gustó mucho. Lo malo es que entre bromas y risas me metió mano y después me hizo comprobar lo que tiene de hombre, que por cierto es bastante… Me sentí incómoda, aunque sé que este tipo de juegos son propios de ambientes nocturnos cargados de sexualidad y alcohol. Aprendimos una cosa: hay que tener cuidado con lo que dices, no sea interpretado literalmente…
Después fuimos a otro local mixto donde acuden algunas mujeres, extranjeras normalmente. Pero anoche nos llevamos la sorpresa de conocer a un pequeño grupo de españolas residentes en mi ciudad, y en principio me alegré mucho, porque de una vez conocería la razon por la que es tan difícil encontrar lesbianas en un pueblo de 70.000 habitantes. Pensaba preguntarles sobre los locales que frecuentaban y cómo hacían para relacionarse entre ellas, si ligaban por Internet… M. decía que actuaba como una periodista ávida de novedades, con mi cigarrillo en una mano y la cerveza en la otra. Pero las respuestas no fueron nada alentadoras: eran ese tipo de lesbianas que detesto, aun a riesgo de ser políticamente incorrecta.
Cuando nos presentamos, una de ellas, digamos la sujeta A, después de decir su nombre, me suelta: “Me gustan las mujeres, pero tengo pareja hombre”. Una explicación que no le pedí, por cierto. Pero además de eso, añadió algunos comentarios que sonrojarían a cualquier mujer con un mínimo de dignidad: “Yo veo por ahí tías buenas que me calientan, luego llego a casa y mi marido me la mete y así me descargo”. O esta otra: “A mí no me gustan las extranjeras, porque no se lavan el coño; yo me lo lavo muchísimo, y cuando yo lo como quiero que lo tengan limpio también”. Esto después de tres minutos de conversación y en un tono tan natural como si hablara del tiempo que hace. La sujeta B, por su parte, afirmaba que para ligar basta con observar a la chica, ver cómo te mira y, si te sientas a su lado, pegar su pierna a la tuya. “Si no la quita es que le gustas fijo”. Una teoría fascinante, vamos. La sujeta C, la más masculina de las tres, alardeaba de tener siete amantes a la vez, aunque no quería decir que sólo fueran eso, aunque tampoco eran relaciones propiamente dichas… todavía intento averiguar qué quería decir. También se dedicaba a a amenazar con “espabilar de dos hostias” a una pobre chiquilla borracha que pasaba por allí. Lo único que ahora me pregunto es que hacía una ladykiller como ella un sábado por la noche con dos petardas teniendo tanto mujerío pendiente de ella… Otro misterio más.
En definitiva, un tipo de mujer que me asquea. El tono de toda la conversación era tan sexual, tan zafio, tan primitivo… Ni rastro de sensibilidad, inteligencia, simpatía, normalidad. Mujeres depredadoras de mujeres, que sólo quieren sentir el calor de un cuerpo y hartarse de carne sin alma, de pechos sin corazón. M. y yo salimos de ese bar con una sensación amarga, con el único deseo de alejarnos de esa clase de lesbianas que no somos y nunca sentiremos como propia. Porque si nos gustan las mujeres no es por sus curvas, sino por lo que hay debajo de la piel; por la dulzura, el sentimiento, la sensibilidad, la ternura… por las cualidades, no por las humedades, ni las turgencias, ni las tersuras de un cuerpo. Eso viene después, se aprecia plenamente cuando ya te gusta lo que hay dentro, lo que hace a esa mujer única y especial para ti.
 
Haciendo limpieza

Cuando llega el otoño siempre hay que buscar un hueco para ordenar, tirar trastos y sacar la ropa de invierno. Si no, acabamos por no encontrar nada cuando lo necesitamos, y pasamos un mal rato buscando esa camisa verde cuando tienes el tiempo justo para salir por la puerta. Eso hice la semana pasada. Y eso hicimos anoche M. y yo respecto a nosotras: limpieza de esas cosas que no nos gustan cuando estamos juntas; los comportamientos que nos molestan, que nos incomodan. Es muy sano asumir críticas y pararte a pensar sobre cómo tratas a la otra, porque en ocasiones no somos conscientes de hacer las cosas mal, o al menos no hacerlas pensando en la otra persona.
Pero no elegimos bien el momento: aunque sea recomendable tratar estos temas, siempre hay que buscar un ambiente propicio. Anoche estábamos cenando después de un día de viajes, extravíos y paseos anodinos por la ciudad (con dos cervezas de más, para agravarlo) cuando el tema surgió de manera un poco casual. O no tanto. M. me preguntó por qué estaba melancólica, hermética… y de ahí a preguntar qué cosas no nos gustan de la otra sólo hubo un paso. Las dos nos quedamos bien anchas, pero con esa conversación ligeramente tensa es difícil digerir una cena, aunque sea estrictamente vegetariana.
Resultado: tablas. Ella reconoce sus defectos y debilidades y yo las mías. Pero somos personas adultas y sabemos que muchas veces volverá a suceder: en ocasiones ella será impulsiva y yo estaré irritable, o melancólica, o simplemente “rara”. Porque somos así, y cambiar de la noche al día no está en nuestra mano. Podemos intentar controlarlo, pensar un poco más antes de hacer esto o aquello. Seguiremos haciendo daño de vez en cuando, irritaremos, causaremos incomprensión… ella lo sabe y yo lo sé. Pero una vez hablado, una vez sacado a la luz, la cuestión cambia: yo no podré evitar ser así, pero ella sabrá de antemano que lo siento, que no lo controlo. Y que la quiero. M. tomará algunas decisiones sin pensar, y yo me irritaré; pero seguramente me irritaré sólo dos minutos. Porque ya sé cómo es, y lo sé porque ella me lo ha explicado. Así es más fácil entender, disculpar y seguir.
Fue una conversación incómoda para las dos. Pero en el fondo muy positiva. Lo único malo es que cuando acabó la cena cada una se fue a su casa, con ese malestar indefinido instalado entre nosotras. Hubiera sido bonito dormir juntas y relajar el ánimo oliendo la piel, sintiendo la respiración de la otra…. Pero es lo que tiene ser adulta y responsable: al día siguiente sería torturante levantarse de madrugada para empezar un día ya de por sí cargado de trabajo (en su caso mucho más). Así que con tristeza nos despedimos en el parking.
Quiero que llegue mañana para demostrarle que estas pequeñas disputas no me hacen quererla ni un ápice menos. Me gusta la gente real, no la idealizada. Ella es auténtica, y como toda mujer de carne y hueso tiene sus imperfecciones, sus manías y pequeños defectos. El problema en todo caso lo tengo yo, que según para qué soy bastante perfeccionista. Sus pequeñas cosas son realmente pequeñas, creedme. Ella no se parece ni de lejos a ninguna mujer que yo haya conocido antes: inteligente, apasionada, romántica, irónica, inquieta… Muy loca estaría yo para dejarla escapar. Y creo que ni loca.
 
Soy una chica muy convencional

Hay días, como hoy, en que me gustaría ser otra. La misma en lo esencial, pero distinta en mi forma de interactuar con el mundo. Soy demasiado convencional, formal y correcta para mi gusto. Y eso que en mi familia y en el trabajo tengo fama de independiente y rara, para bien o para mal.
En primer lugar, me gustaría ser mucho menos tímida. A veces quiero acercarme a alguien que me interesa pero a quien no conozco y me siento incapaz de iniciar una conversación porque no sé cómo empezar; ese momento de ponerte delante y decir algo, lo que sea, para romper el hielo, es muy difícil. Tengo que ir algo borracha para hacer algo así, pero no es cuestión de ir beoda por el mundo sólo para tener más vida social.
También me gustaría ponerme ropa más atrevida; me encantan los colores fuertes, las combinaciones imposibles de tejidos y diseños. Un sombrero con chaqueta de cuadros, calcetines verde pálido… siempre me paro ante los escaparates y pienso: “qué bien quedaría esa camisa de florecillas con unos pantalones rojos…”. Todo se queda en mi cabeza, porque luego me visualizo ante los demás de tal guisa e imagino sus reacciones, lo ridícula que me verán. Cuando por la calle veo alguien que viste a su manera, fuera de cualquier convencionalismo, la admiro calladamente. Esa gente que camina sin mirar a los demás, inmersa en sus propios pensamientos. Hace unos días vi a un señor de mediana edad con una chaqueta a la que faltaba una manga. No estaba rota, era así. Y le hacía tan elegante… Incluso cuando no me gusta lo que llevan sigo pensando que quienes visten como quieren son siempre gente con muchísima personalidad. Me consuelo y me justifico diciéndome que en una ciudad pequeña donde todos somos clones de Zara, Máximo Tutti y las grandes marcas es casi heroico salirse de la norma. Que si viviera en Madrid o Barcelona, donde es más común, todo sería más fácil. En el metro he visto mucha gente con ropa muy peculiar, y nadie se fijaba. Y es que todavía tengo un alma pueblerina que se sorprende ante la libertad de las megápolis.
Quién sabe, quizá un día me atreva. Total, esto de ser lesbiana ya es salirse de la norma; con un pequeño esfuerzo, introduciendo pequeñas variaciones en el vestuario, un toque de color más, aunque mínimo e inocente al principio, podría conseguir mi objetivo: mostrarme siempre como quiero, sentirme a gusto a pesar de las censuras ajenas… que por cierto, casi nunca se concretan en nada más que una mirada desaprobatoria. Y si mi novia se ríe no importa: me va a querer igual. ¿O no? (Momento de duda)
 
Non c´è che lei
Muchas noches como ésta me he ido a dormir agotada de tanta conversación con M. Me acuesto rendida, con ideas dulces en la cabeza que me hacen caer en el sueño con una sonrisa ancha dibujada en la cara. Hoy intentaré quedarme un rato más para intentar describir lo que siento después de hablar con M. de nuestro amor, de cómo lo vivimos a través del teléfono cuando no hay más vía que la voz para acercarnos la una a la otra.
En ocasiones no encontramos ese estado de ánimo propicio a la confidencia sentimental y nos limitamos a contar las anécdotas del día. Pero otras veces, como hoy, encontramos la manera de compartir sentimientos y sensaciones que las dos consideramos únicas y preciosas; esas cosas que nos hacen estar juntas en la distancia y anhelar el próximo fin de semana, el siguiente encuentro en que satisfacer la necesidad que tenemos de sentirnos, de fundirnos en una. Nuestra relación está basada en mucho más que la pasión. Sexualmente funcionamos muy bien, tenemos mucha afinidad a la hora de experimentar y dejarnos llevar por nuestros cuerpos. Pero sabemos que el auténtico placer no consiste en dominar la técnica amatoria, sino en expresar a través de ella el amor más absoluto, el que carece de palabras, el que sólo se siente desde lo más profundo. Hoy hablábamos de esto y nos recreábamos en los momentos compartidos; es una manera de que persistan, de revivirlos gozosamente en la distancia. El día tiene tantos desencuentros, tantos momentos sombríos… cuando recuerdo cómo se entrega a mi abrazo, cómo me acaricia con la mirada, intensa, pura, abandonada al amor, siento un placer tan intenso que no lo puedo expresar. Hay momentos para hablar, para compartir aficiones, charla, curiosidad… pero en la cama compartimos más, mucho más que sexo. Cuando cerramos la puerta y nos tendemos en la misma cama no deseo otra cosa que abrazar su cuerpo tibio. En mi vida me han abrazado muchas veces, pero nadie como ella; ya no estoy hablando de mi amor, sino del suyo: en sus brazos habita un amor intenso e incondicional que nunca antes conocí. Me dejo caer en su cuerpo sin prevenciones, sin otro pensamiento que dejarme querer y quererla. Mi único afán es darme completamente y hacerle sentir lo que no puedo expresar. Nadie me quiso así, y nunca amé a nadie como a ella.
Hoy es lunes. Quedan cuatro días para volver a vernos. Quisiera tenerla aquí, es cierto. Pero no puedo estar triste porque allí donde esté ella es mía, profundamente mía. Y esta noche, cuando me duerma, yo la sentiré a mi lado.