La vida nueva
Mi vida, tal como es
Acerca de
"L´amore quando arriva è come un camion che ti prende in pieno e tu puoi soltanto morire" (Mina)
Contador Gratis
Sindicación
 
CUANDO LOS PROBLEMAS LLEGAN
Siempre he sido pesimista. Pienso que un día u otro todos tenemos que enfrentarnos a tragedias, contratiempos diversos.Desde extraviar la cartera hasta la pérdida de alguien a quien quieres, hay mis circunstancias que ponen a prueba tu valor, tu paciencia, tu comprensión, tu generosidad… Las desgracias sacan lo mejor o lo peor de nosotros; y aunque hasta ahora no haya dicho nada que no sepáis, lo cierto es que no puedo evitar tenerlo presente con cierta frecuencia. Imagino que con la vana esperanza de estar preparada cuando suceda. Pero nunca lo estamos, nunca lo estoy.
M. me decía el domingo, cuando volvíamos de Madrid, que no quiere ni pensar en tener un problema conmigo. Ella quisiera que todo permaneciera igual, rodado, suave, por siempre jamás. Yo sin embargo sé que eso no es posible y que lo más que podemos desear es que cuando el camino se ponga duro sepamos afrontarlo con serenidad y mucho amor. M. es en este aspecto menos realista y algo más pesimista; porque yo me siento capaz de superar muchas cosas si es a su lado, si la tengo conmigo. Quizá por eso no me da tanto miedo que las cosas sucedan.
Pues este martes sucedieron, inesperadamente. M. se enfadó conmigo por una cuestión perfectamente superflua que ella tomó a mal. No la culpo por ello; si a veces se repliega, si de vez en cuando es dura conmigo, es porque yo este verano hice cosas de las que me arrepiento y que han dejado una huella muy profunda y dolorosa en ella. Lo peor de todo es que ni siquiera quise hacerle daño; para mí sólo era un juego, aunque en todo momento supe que actuaba mal –por eso se lo oculté, claro-. Todo quedó aclarado y perdonado, pero me temo que no lo olvidó. Y ella en ocasiones saca a flote una desconfianza que es más fuerte que ese lado que confía en mí, que me cree sincera y entregada a su amor. Repito que no se lo reprocho, merezco cada gesto, cada palabra suya, aunque me hiera.
El tiempo que pasé con la incertidumbre de saber por qué estaba enfadada, por qué de golpe su voz por el teléfono era fría y dura o por qué no supe nada de ella durante todo el día siguiente fue, por decirlo rápidamente, una pesadilla. Al principio te desconciertas, buscando razones banales: un mal día, dolor de cabeza, cansancio… pero ese guardián que todos tenemos dentro había encendido la luz roja y era imposible ignorarla. M. nunca es así conmigo, por tanto algo pasaba, pero no tenía la más mínima idea de qué podía ser. Cuando a media tarde entendí que ya no me devolvería la llamada sentí pánico, una sensación de irrealidad pavorosa. Tanto por la incertidumbre como por el miedo de que M. sin motivo aparente, me estuviera dejando de querer. Por momentos creía que algo en ella había cambiado y que yo ya no era su amorcito, su reina, su nena, sino sólo una mujer con tantos defectos como cualquiera, una persona sin el suficiente encanto para enamorarla un día más. Entonces sentí más miedo todavía, porque entendí de golpe y porrazo que toda mi pretendida sensatez, toda mi prédica sobre los amores perfectos y felices se podía derrumbar así, como un castillo de arena arrasado por una ola. Y que, como ese castillo, mi vida quedaría arruinada, sin posible consuelo; precisamente porque cualquier vida, no sólo la mía, parece gris y vacía en comparación a lo que tengo con M. Antes de esto pensaba que yo podía con todo, que había aprendido tanto de mi pasado que cualquier ruptura podría afrontarla dignamente. Ahora sé que, más allá de la máscara de resignación y respeto a su decisión, mi vida se convertiría en una canción de Mina, desgarrada y melancólica. Aunque dudo que entonces tuviera valor para escucharla.
Por suerte todo terminó esa noche. Me explicó, le argumenté y las cosas volvieron a su ser, a como nunca dejaron de ser salvo en mi mente: ella me ama, yo la quiero. Y cuando me acosté era tan, tan feliz que creo que incluso lloré.
 
MARTES DE FIEBRE

Hoy he amanecido con fiebre y una bonita faringitis, así que me he quedado en casa, durmiendo y vegetando en el sofá. Al principio no me apetecía escribir, sólo dejar vagar la mente, leer y abstraerme para no sentirme tan desamparada por dentro, obligada a cuidar de mí, sin nadie que me vigile la temperatura con la mano, sin nadie que me haga sopa o me prepare un zumo de naranja y me dé besitos reconfortantes. Soy capaz de hacérmelo todo sola, no estoy tan enferma; pero ahora que M. existe me encantaría que ella fuera para mí esa madre amorosa que todos buscamos cuando estamos malitos. No tanto por los cuidados sino por el manto de protección y confort que nos transmiten.
Eso es materialmente imposible, ya le gustaría a ella –me lo ha dicho más de una vez-. Así que dejaré que mis anticuerpos luchen contra estos incómodos virus, bacterias o lo que sea con sus propias fuerzas. Mañana espero estar mejor y volver a la vida normal, cumplir con mis obligaciones y olvidarme de esta sensación de triste vulnerabilidad que tengo.
El fin de semana en Madrid estuvo bien, pero podría haber sido mejor. Faltó tiempo para nosotras y aprovechar también para ver alguna exposición, algún espectáculo de esos que no llegan a provincias. En la cama estuvimos lo justo para dormir y algo más –que nos supo a poco-; M. tenía trabajo que hacer, obligaciones ineludibles que nos restaron mucho tiempo, ese tiempo en antes dedicábamos a acariciarnos en la cama sólo por el placer de comunicarnos amor y ternura.
Esta vez he descubierto que Chueca no tiene demasiada variedad de locales. Una vez conoces los sitios habituales todo es una repetición de músicas y copas. En todas partes las mismas poses, la misma ropa, el mismo ambiente. Creo que si viviera en Madrid acabaría frecuentado otros barrios que ofrezcan algo distinto, particular. Lo que sí nos gusta es comer fuera, probar platos y sabores nuevos, y en eso los restaurantes de Chueca son insuperables, tanto en cantidad como en variedad. El sábado fuimos a un africano que a mí me gustó (a M. no mucho) y por la noche al Kola Bora, donde probé una lasaña de espinacas riquísima. Es lo que más disfrutamos, la comida.
Creo que nuestro próximo viaje lo planificaremos de alguna manera para que el fin de semana sea más sugerente, mejor aprovechado. Teatro, algún museo, pasear por calles inexploradas… No me gusta ir a Madrid y que me quede la sensación de no haber hecho nada de particular, como si no hubiera salido de mi pueblo. Ya digo que esta vez había menos tiempo, pero tampoco nos paramos mucho a pensar qué hacer…
Ahora llegan las navidades, con sus alegrías impostadas y sus excesos calóricos. No es mi época favorita precisamente. Deseo que pase con rapidez, al menos hasta Año Nuevo, cuando la navidad deja de ser esa sucesión de motivos ñoños y cancioncillas rancias. Este año al menos tengo el consuelo de pasar Nochevieja con M., así que la entrada de año será genial. Hace muchos, muchos años que no tomaba las uvas con alguien a quien quisiera de verdad y que formara parte de mis deseos de Año Nuevo. Eso vale por todo el resto de las navidades, por sórdidas que sean. Le prepararé una cuidada cena, y luego saldremos por ahí, aunque sólo sea para tomar dos copas y volver a casa, a celebrar la entrada de año entre mis sábanas. No encuentro mejor manera de empezar cualquier día, primero o último.
Creo que voy a dejarlo aquí, porque releyendo mi post queda claro que no tengo el mejor de los ánimos y hoy todo lo veo con tintes grises. Y es que nunca he sido una buena enferma, sino la típica gruñona que encuentra defectos a todo: Madrid, la Navidad… Pero no a mi novia, eso nunca. No voy a caer tan bajo.
Etiquetas:      
 
Madrid, ancora
Este fin de semana toca Madrid, una vez más. Viajar a la capital es siempre estimulante, aunque me temo a mi misma. Gasto más de lo que debiera, que es nada. De todas formas, no es previsible que volvamos hasta dentro de unos meses, así que por qué no, hay que disfrutar…
Esta semana se me está haciendo eterna, no estoy acostumbrada a pasar más de cinco días sin ver a M. Por cuestión de trabajo el fin de semana pasado estuvimos separadas, y lo estoy notando. No sé si será el invierno que se acerca, con sus fríos, tardes plomizas y vida hogareña; o que simplemente ya me he habituado a su presencia continuada y necesaria; el caso es que me siento triste y melancólica cuando llega la noche y hay poco que hacer más allá de leer, ver pelis o estudiar italiano.. Me descubro no prestando atención a nada de lo que hago, recordando alguno de los momentos intensos que vivimos juntas días atrás. El teléfono me quema en la mano, deseando llamarla; pero ella está ocupada y no me gusta entretenerla cuando va apurada en su trabajo. Así que me mojo las ganas en el blog, o me voy a dormir.
Estas sensaciones me inquietan, estos estados de ánimo que provoca su ausencia no son normales en mí. Suelo controlar bastante bien mi melancolía, y sólo la dejo fluir cuando me apetece echarla de menos. Pero últimamente no, y me disgusta. Espero que sea una etapa transitoria, porque si no me encontraría con una verdad universal que solemos olvidar: nadie controla sus sentimientos, aunque lo llegue a creer. Yo, que soy gurú de las relaciones amorosas saludables, en el fondo no soy esa amante equilibrada y sensata que quiero ser. Sólo soy una mujer con sus defectos y carencias. Y mi parte racional no puede amaestrar a la sentimental, y convencerla de la suerte que tengo porque ella exista y sea para mí. Quiero más, y lo quiero ahora. No me quito de la cabeza su cuerpo real, con toda su suavidad y tibieza, su presencia confortadora. Añoro su amor hecho carne.
Esta noche tengo cena de empresa y sé que mi tortura llega a su fin. Mañana está a la vuelta del reloj. Otra vez nos veremos y me vengaré de esta ausencia, de esta impotencia. Es lo único bueno que tiene: no hay nada más delicioso que comer la fruta que no podías alcanzar cuando te sabe más sabrosa, madura, dulce...
Etiquetas:    
 
Nostalgias
Ha pasado el puente, la fiesta y aquí estoy, de vuelta en mi pequeño y confortable hogar. Este sábado me tocaba trabajar, así que he tenido que dejar a mi amorcito sola. Creo que nos ha venido bien para cultivar las relaciones familiares, tan descuidadas en favor de nuestro amor. Yo he comido con mis padres, he escuchado un poco ausente sus historias, sin olvidarme de asentir de vez en cuando para que vea que los escucho, y en cuanto el sueño me ha rondado he vuelto a mi casa, para dormir una larga y reparadora siesta. La verdad es que la necesitaba, anoche dormí poco y mal. Estuve al teléfono con M. hasta casi las dos de la mañana y después me entretuve recordándola, echándola de menos, hasta cerca de las tres. Una pesadilla me despertó de madrugada, y al cabo de poco me levanté con la sensación de haber dormido media hora.
En definitiva, que aquí estoy, descansada y sola. Leo mucho, veo muchas películas que llevan meses esperando en el estante, escribo aquí, investigo algunas cosas en Internet… No me aburro, y mañana tengo que arreglar algunas cosas pendientes.
Sin embargo, la echo muchísimo de menos. Aunque nada cambiara, aunque yo estuviera haciendo exactamente lo mismo que hago estos días, quisiera que ella estuviera cerca, leyendo un libro, tocando la guitarra, escribiendo algo… Saberla a mi lado me reconforta, me hace sentir feliz.
Pronto se cumplirá un año desde que nos conocimos y empezamos esta hermosa historia. No es demasiado, ni poco. Lo suficiente para darme cuenta de que el sentimiento es firme, y que crece con el tiempo. Me enamoré de ella en pocas semanas, incluso a mi pesar, que no quería precipitarme. Desde muy pronto sentí algo muy intenso, algo que me arrebataba. Lo extraordinario es que esa pasión no ha remitido, me sigue recorriendo de la cabeza a los pies cada vez que estamos juntas, cada vez que la acaricio. Hay veces que no sé ni qué hacer, cómo expresarle cuánto la quiero. La toco levemente con los dedos, sigo el contorno de sus ojos, de sus mejillas, me demoro en sus labios. Una y otra vez. La beso y vuelvo a empezar, con el corazón encogido de ternura y las lágrimas acumulándose a las puertas de mis ojos. Es una impotencia gozosa, un sentimiento contradictorio de felicidad e insatisfacción por no poder sentirla más mía, más dentro.
Estos días juntas nos hemos querido mucho, aunque no hayamos tenido todo el tiempo que hubiéramos querido para nosotras, para pasar la tarde en la cama, mientras fuera llueve y hace frío, jugando, acariciándonos, susurrándonos declaraciones de amor, imaginando una vida juntas, mil proyectos que vivir. Se nos ha hecho corto, pero tan bonito siempre… Recuerdo ayer, antes de marcharme. Bailábamos “La vie en rose”, abrazadas al compás incierto de nuestros pies, apretándonos fuerte, sintiendo el olor de la piel, su boca en mi cuello. Pero lo que más me gusta de ese momento no era el baile, ni el contacto de nuestros cuerpos. Lo que más recuerdo es la actitud: su manera de abandonarse a mi cuerpo, de demostrarme que para ella, como para mí, ese instante era eterno. Su forma de reclinar la cabeza sobre mi hombro, su respiración profunda, esa emoción que se comunica como un escalofrío… Eso no lo olvidaré, porque es exactamente lo que yo soñaba: que alguien me quisiera así, que bailara conmigo sin apenas mover los pies, sólo por sentirme cerca, por sentirme suya.
Cuento lo mismo una y otra vez, lo sé. Pero al fin este blog sólo nació para esto, para contar lo que siento, no mis problemas laborales ni las cosas que no me distinguen de los demás. Lo que estoy viviendo es extraordinario, y con treinta y siete años se valora mucho más que con veinte, en que todo pasa tan rápido como un sueño y con mil dudas que te amargan la felicidad. Pero yo no, ella tampoco. Nuestro amor es como una copa del mejor vino que no apuras de golpe, sino a breves sorbos para sentir todos los aromas en la boca, cada matiz de sabor.
Ahora la echo de menos, quiero beber ese vino que me embriaga y me hace olvidar las cosas que no me gustan, lo prosaica y previsible que es la vida cotidiana. Quiero que esté aquí, pero no vendrá. Y por eso tengo que escribir y volver a repetirme que soy tan afortunada que no tengo derecho a quejarme. Ni por un minuto.
 
Más personajes

Esta noche ando en la cocina preparando algunos platos fríos para mañana. M. hace una fiesta en su casa, y cada cual tiene que aportar su granito. En mi caso, una tortilla de champiñones, una ensalada de cous-cous y paté de garbanzos (también llamado hummus). Mientras cuaja el huevo me siento a escribir. Apenas tengo tiempo para mi blog, ocupada en mis tareas cotidianas. Y eso que el sábado le decía a M. que tenía que contar los personajes que nos íbamos tropezando a lo largo de la noche. Extraños, particulares. Como el mundo, vamos.
Empezamos a encontrar nuestro pequeño espacio en mi ciudad, esta urbe entre pueblerina y cosmopolita donde me he criado. Tiene una comunidad gay considerable, con bastante vida nocturna, pero prácticamente nada para chicas. El sábado acudimos al nuevo bar de Gina, deseosas por conocer el nuevo espacio que, según ella, había reservado sólo a mujeres. Efectivamente, al fondo del local había una pequeña sala en que apenas cabían unos sofás caseros y una mesa repleta de pequeños detalles muy Kitch. En las paredes, de un rosa pálido, había colocado algunos cuadros carentes de toda perspectiva o proporción que representaban mujeres desnudas en posturas incitantes. Pero cuando los miraba sólo podía pensar que eran travestis, o transexuales, no sé si por los cuerpos o por las actitudes… El techo simula ser un cielo muy claro con nubes etéreas, no en vano el local se llama “7º Heaven” .Cuando estábamos tomando nuestras copas apareció un tipo mayor que se quedó en el umbral, observándonos valorativamente. Su mirada no dejaban dudas: buscaba plan, con una u otra (las dos mejor, sospecho). Después se sentó, me ofreció un cigarrillo y empezó a charlar en el poco español que sabía. Aunque ya conocíamos sus intenciones tuvimos curiosidad por indagar en el personaje: un kazajo conductor de autobús casado con tres mujeres (la más joven de 17). En vista de que la conversación no avanzaba, se empeñaba en demostrarnos cuánto le gustaban las mujeres señalando los cuadros incitantes (y un tanto cutres, hay que decirlo) de mujeres desnudas repitiendo una y otra vez: “mi gusta”. Y señalando con más insistencia el cuadro en que aparecían dos mujeres: “mi gusta mucho”. Cuando llegó el momento de acabar con sus escasas ilusiones apareció otro personaje más desconcertante: otro hombre, de gestos y maneras típicamente gays – el tipo de homosexual amanerado, quiero decir-, que nos pidió permiso para compartir mesa. Resultó ser un marroquí que decía estar de vacaciones y no ser gay (no entiendo qué hacía tanto heterosexual en un bar del ambiente). Nosotras nos presentamos como novias, para dejar claro que no nos interesaba ninguna aventura ni trío intercultural; pero él nos aseguraba que estaba enamorado de una chica holandesa, lesbiana y con pareja, con la que tuvo una breve historia, aunque nosotras lo dudamos… Tenía una forma muy particular de expresarse, muy trágica. Nos pedía consejo: “¿Qué hago con esta chica? ¿Mi mato? Yo la quiero, tiene el coño más limpio del mundo, el más precioso…” Repetía esto una y otra vez, gimoteando como un niño, atormentado por su mala fortuna. Pero intentando comprender su desmesurado amor por alguien que no podía corresponderle no sacábamos de él más que esta extraña fascinación por su coño (así expresado, tal cual), de igual manera que aquella mujer que nos encontramos semanas atrás. Una auténtica obsesión por la limpieza vaginal, que nos hace preguntarnos si la higiene femenina es un patrimonio poco común en ciertas comunidades… M. se cansó pronto del marroquí, pero yo, con esta tendencia mía a empatizar con los personajes más raros, aún intenté mantener una conversación coherente. Vano intento.
Después volvimos al pub que se está convirtiendo en nuestro local favorito, aunque en realidad debería decir que no tenemos más opción: es el único con cierta frecuencia femenina donde se puede bailar y ver un espectáculo de travestis de madrugada. Se dejan caer algunas españolas, y a veces chicas de lo más normal, no esos personajes del Museo de Cera que no encontramos tiempo atrás. En fin, que lo pasamos razonablemente bien; bebimos lo justo y nos acostamos bien juntitas y rendidas de cansancio.