Primer aniversario
Efectivamente: hoy se cumple un año desde que M. y yo nos conocimos. Para mí esta fecha es la que cuenta porque de aquella primera conversación larga surgió el interés, las ganas de conocernos. De hecho fue aquella noche, un miércoles, cuando concertamos nuestra primera cita para el sábado siguiente.
Como es lógico, en este primer año ha habido mucho bueno y algunas cosas, las menos, dolorosas. Sobre todo ha habido pasión y amor, después diversión, conocimiento, complicidad... El tiempo ha asentado nuestra relación, y creo que, como diría mi amiga R., hemos trabajado esta historia. Nos la hemos currado, dicho castizamente. Hemos aprendido de errores, tomado nota de algunos desajustes, asimilado manías y particularidades. Hemos profundizado en nuestro carácter, en saber cuándo dejar estar o cuándo hacernos presentes. Hemos memorizado nuestros cuerpos y sus resortes de placer, las palabras que nos provocan, las caricias que nos elevan... Todo es mejorable, dicen; y ya me recorre un escalofrío de gusto pensando en el camino que nos queda juntas, en las mil cosas que nos queda por disfrutar en la cama, en la mesa, en la calle, en cualquier parte. Es deliciosa esta sensación de seguridad, de haber encontrado justo quien está hecho para tí, sabiendo que M. piensa igual. Nos encontramos en el momento preciso, cuando habíamos dejado atrás otras mujeres que nos decepcionaron o nos aburrieron... Cuando ya sabíamos qué no queríamos en nuestra vida.
Anoche dormimos juntas y esta mañana nos despedimos felices, aunque seguramente no nos veremos el fin de semana. Cómo podríamos quejarnos si lo más importante es saber que, esté donde esté, ella es mía y la siento dentro. Cuando trabajo, cuando leo, cuando cocino, cuando despierto. Esta mañana, mientras recorría su hombro desnudo con mi mano, me concentré en la sensación, en congelar esa imagen de su blanca redondez en mis dedos. Porque quiero hacer eterno el momento, quiero grabarlo en mi memoria y no olvidar nunca lo que siento por M. Aunque pasen muchos, muchos años más.
Mi amor, igual que en tu canción, yo hago cualquier cosa "E penso a te"....
Como es lógico, en este primer año ha habido mucho bueno y algunas cosas, las menos, dolorosas. Sobre todo ha habido pasión y amor, después diversión, conocimiento, complicidad... El tiempo ha asentado nuestra relación, y creo que, como diría mi amiga R., hemos trabajado esta historia. Nos la hemos currado, dicho castizamente. Hemos aprendido de errores, tomado nota de algunos desajustes, asimilado manías y particularidades. Hemos profundizado en nuestro carácter, en saber cuándo dejar estar o cuándo hacernos presentes. Hemos memorizado nuestros cuerpos y sus resortes de placer, las palabras que nos provocan, las caricias que nos elevan... Todo es mejorable, dicen; y ya me recorre un escalofrío de gusto pensando en el camino que nos queda juntas, en las mil cosas que nos queda por disfrutar en la cama, en la mesa, en la calle, en cualquier parte. Es deliciosa esta sensación de seguridad, de haber encontrado justo quien está hecho para tí, sabiendo que M. piensa igual. Nos encontramos en el momento preciso, cuando habíamos dejado atrás otras mujeres que nos decepcionaron o nos aburrieron... Cuando ya sabíamos qué no queríamos en nuestra vida.
Anoche dormimos juntas y esta mañana nos despedimos felices, aunque seguramente no nos veremos el fin de semana. Cómo podríamos quejarnos si lo más importante es saber que, esté donde esté, ella es mía y la siento dentro. Cuando trabajo, cuando leo, cuando cocino, cuando despierto. Esta mañana, mientras recorría su hombro desnudo con mi mano, me concentré en la sensación, en congelar esa imagen de su blanca redondez en mis dedos. Porque quiero hacer eterno el momento, quiero grabarlo en mi memoria y no olvidar nunca lo que siento por M. Aunque pasen muchos, muchos años más.
Mi amor, igual que en tu canción, yo hago cualquier cosa "E penso a te"....
Mina, ancora
Ayer estuve curioseando en Youtube y encontré alguna joya de Mina. Esta canción nos encanta a M. y a mí. Es tan pasional, tan desgarradora… La versión original es de Lucio Battisti, pero él la canta de otra forma, más resignada y tranquila. A mí me gusta más esa locura, esa desesperación de Mina. Creo que es como debe vivirse el desamor; al menos es como yo lo viviría por dentro…
Juzgad vosotras mismas. La misma canción, dos sentimientos distintos.
Yo viviré (sin ti):
Que no se muere por amor
Es una gran verdad
Por eso dulce amor mío
Aquí tienes lo que desde mañana me sucederá:
Yo viviré sin ti
Aunque todavía no sé cómo viviré
Sin ti yo, sin ti
Sola continuaré
Y dormiré
Despertaré
Caminaré
Trabajaré
Algo haré, sí, algo haré..
Algo seguro que haré: lloraré.
Y si vuelves a mi mente
Basta pensar que ya no estás
Que estoy sufriendo inútilmente
Porque sé, yo lo sé, yo sé que no volveras…
Daos cuenta que es una versión en directo. Qué gran voz…
Juzgad vosotras mismas. La misma canción, dos sentimientos distintos.
Yo viviré (sin ti):
Que no se muere por amor
Es una gran verdad
Por eso dulce amor mío
Aquí tienes lo que desde mañana me sucederá:
Yo viviré sin ti
Aunque todavía no sé cómo viviré
Sin ti yo, sin ti
Sola continuaré
Y dormiré
Despertaré
Caminaré
Trabajaré
Algo haré, sí, algo haré..
Algo seguro que haré: lloraré.
Y si vuelves a mi mente
Basta pensar que ya no estás
Que estoy sufriendo inútilmente
Porque sé, yo lo sé, yo sé que no volveras…
Daos cuenta que es una versión en directo. Qué gran voz…
Especulando y teorizando…
Antes incluso de exponer nuestra teoría (de M. y mía) ya sé que va a ser polémica entre vosotr@s, lecto@s mías. Lizzy me comentaba anteriormente que nuestras ideas en torno al origen de la homosexualidad, ya sea masculina o femenina, no le convencen. Pero en realidad no expliqué bien todo el asunto, sino que fue una referencia muy de pasada…
Antes de comenzar, debo dejar bien claro que no pretendo ser una experta en la materia, ni mi teoría se basa en nada más que mi percepción, mi propia capacidad de análisis de la realidad que me rodea; y que por tanto el resultado de tal análisis es necesariamente imperfecto y parcial. Así que no penséis que hablo en nombre de ningún movimiento ni corriente intelectual. Hablo sólo en mi nombre, y para pasar el rato…
Las mujeres lesbianas que he conocido hasta hoy suelen cumplir un mismo patrón. No en cuanto a su manera de ser, ni a sus gustos sobre mujeres… sino en cuanto a su infancia. De una u otra manera, la mayoría han percibido una ausencia casi total o una falta importante de afecto materno o paterno. Hijas de padres separados o con graves problemas de relación, madres frías, o exigentes, padres que no estaban nunca por trabajo… La variedad es infinita, pero el modelo no. En algún momento de su infancia más temprana (posiblemente entre los dos y cuatro años) percibieron esa falta; y su autoestima se vió condicionada para el resto de su vida.
Algunas mujeres, una minoría, dice no verse identificada en mi cuadro. Pero también tengo otra teoría: quizá, siendo esta edad tan temprana, no recuerden que en ese momento de su vida les faltó una dosis suficiente de afecto. Los recuerdos de esa etapa de la vida son escasos y parciales. Pero en la mayoría de los casos las situaciones complicadas se mantienen muchos años, y es por eso que la mayoría de nosotras sí podemos recordar cómo fueron nuestros padres, o cómo fue su relación con nosotr@s.
La teoría que mantenemos es que esa falta de afecto de la madre, figura protectora y amorosa, tendemos a suplirla en la edad adulta con otra mujer que nos de ese afecto primario; es una atracción irresistible e inconsciente que tiene origen en nuestros primeros años, cuando se forma la personalidad de un niño. De ahí que muchos recordemos sentirnos atraídos por nuestro sexo desde los cinco o seis años…
Esta teoría tan general tiene mil matices, por supuesto. Cuando vamos creciendo cada cual, de acuerdo a sus circunstancias (educación, carácter, amistades) va enfrentándose a lo que es de una manera distinta. Mi madre fue muy dura conmigo, pero yo no se lo reprocho; he comprendido que su vida fue mucho peor que la mía. Pero podría haber mantenido vivo el rencor de la infancia… como ya sabéis que much@s hacen. Sólo tenéis que leer algunos blogs en esta misma página. La capacidad de entender, de perdonar y de no mirar atrás hace que la vida de una lesbiana sea una u otra; quien no hace ese esfuerzo siempre planteará relaciones exigentes, posesivas y absorbentes con sus parejas. Les hará pagar a ellas lo que no pudo cobrarse de su madre. Las que nos hemos concienciado y asumimos el pasado podemos mantener una relación normal y equitativa con nuestras parejas.
Sé que el principal problema de mi teoría es que hace ver que las lesbianas somos mujeres distintas a las heterosexuales porque nos falta algo. En realidad, ya no nos falta, nos faltó. Ahora podemos tener una vida tan plena como cualquier otra mujer. Sólo que el amor lo buscamos en otra parte. Una falta de amor inicial puede condicionar tu vida sexual, pero no tiene porqué condicionar el resto, ni tu manera de relacionarte con tu pareja. Eso depende de ti, lo mismo que en el resto de la humanidad.
Haciendo inventario de errores
A estas alturas de mi vida estoy convencida de haber mejorado. He hallado una estabilidad económica y laboral básica, y me he construido un mundo pequeño y acogedor para sentirme bien, a gusto. En el carácter, creo que he aprendido a dominar las malas pasiones: los celos, la posesividad, el egoísmo… Pero pretender que soy una persona absolutamente equilibrada y sensata sería decir demasiado. No todo lo que he aprendido es positivo. También sé lo fácil que es engañarse a una misma cuando la verdad es dolorosa o incómoda; y que muchas veces, cuando los malos tiempos llegan, no reaccionamos con la serenidad que creíamos tener en la adversidad. También asumo resignadamente mis defectos incorregibles (un poco maniática, de humor cambiante, muy autocrítica, en ocasiones fría…), porque mis esfuerzos por cambiarlos han sido vanos. Apenas los he mejorado.
Este año que empieza, y contra mi costumbre, pienso hacer propósito de enmienda. Voy a intentarlo con más fuerza. Voy a procurar dejar de ser como soy al menos en aquellas cosas que repercuten en la gente que quiero. Y no sólo por ellos, sino por mí .
Una de las cosas más urgentes es ser más sociable. Soy muy tímida, y tengo pocas amistades. No tengo problemas de relación y caigo bien a mucha gente; pero tengo tendencia a refugiarme en mi casa, con mis libros, mis películas, mis cosas… Me da pereza salir a tomar café con alguien si no siento necesidad de hacerlo. Y claro, si dejas de lado a una amiga cuatro meses luego no puedes pretender tenerla a tu lado cuando tú quieres. Sé que las habilidades sociales son algo que se puede cultivar si eres constante; igual que ir al gimnasio: al principio cuesta acudir todos los días, pero luego es un placer sudar… Lo intentaré.
Otra cosa que debo cambiar es mi visión pesimista de las cosas. Muchas veces no empiezo algo porque de antemano pienso que es un esfuerzo inútil, algo que no funcionará… Aunque muchas veces tenga razón no está de más hacer un análisis más imparcial de cada caso, para descubrir si dejo de hacerlo sólo por pereza u otra razón inconfesable. De momento estoy determinada a aprobar el curso de italiano en las pruebas libres. Después ya veremos…
Por último, debo controlar más mis gastos. He perdido ya la esperanza de ahorrar, pero al menos tengo que administrar mi dinero más provechosamente. Menos ropa que luego no uso, menos comidas y cenas fuera y más viajes. Con M., mi incansable novia. A la que mando un cariñoso saludo desde mi blog.
Besos, mi preciosa nena.
Johnn el escocés
Johnn es un inglés con aspecto de gentleman educado y estoico, como casi todos los británicos cosmopolitas. Se nos acercó en un bar del ambiente, bastante borracho, proclamando solemnemente que “Amo España”. Lo repetía a menudo para compensar la falta de vocabulario en español; no sabía cómo explicarnos lo bien que se sentía en nuestro país, cuánto le gustaban los españoles –todas sus parejas lo habían sido-, los felices momentos vividos en el pasado, cuando era guía turístico; la lengua se le trababa, las palabras justas no acudían a sus labios, y acababa proclamando, como resumen general que “Amo España”.
Johnn nos cayó bien, porque enseguida intuímos un buen tipo tras este sesentón con fino bigote y aspecto serio. M. quiso saber, aprovechando la coyuntura etílica, por qué Johnn era gay y desde cuándo. Mi novia y yo mantenemos una teoría general sobre la homosexualidad que siempre que podemos intentamos corroborar preguntado a los demás: creemos que tras un atracción hacia el mismo sexo existe una falta de afecto –llámese ausencia, indiferencia, etc. – por parte de una figura materna o paterna. Pensamos que esa falta de amor se intenta compensar con el afecto de un hombre o mujer que supla esa carencia ya en la edad adulta. Y en general la teoría funciona, por lo que nosotras conocemos; aunque no es tan sencillo, muchas circunstancias pueden variar o matizar esa atracción básica…
Johnn, un poco incómodo, dijo reconocerse homosexual desde muy niño. Y al preguntarle por sus padres, se puso a llorar. Su madre murió con 8 años y su padre fue una figura distante, no guardaba buen recuerdo suyo… Nos conmovimos con su historia y sobre todo con sus lágrimas. Un hombre de 63 años que recuerda a su madre muerta con afecto y dolor es algo muy triste. Creo que removimos algo oscuro en su interior, porque se quiso marchar después de hablarnos de ello. Pero apenas se sostenía, y entre las dos lo llevamos a casa. El nos lo agradecía con sus “Amo España” y la invitación a visitarlo en Manchester, su casa. Nos despedimos con mucho afecto y lo dejamos llegar por sí solo hasta la cama…
Un episodio tan sencillo como éste nos dejó pensativas y un poco sobrecogidas. Un borracho más, pensaréis. Posiblemente; pero lo que nos asusta es la posibilidad de llegar a los 60 sin más perspectiva que emborracharnos cada noche.. Sin nadie que nos importe, sin importarles a nadie. M. y yo pensábamos lo mismo, mientras volvíamos al pub. Que no queremos acabar así, solas, borrachas, tristes. Abandonadas.
Año nuevo, amor renovado
Muchos días sin escribir, lo sé. Entre los ágapes oficiales (léase comidas con la familia, comidas con la novia, cena de trabajo), las compras (para los niños, para la novia y para una misma, que son las peores) se te van interminables horas en el coche, buscando aparcamiento, y en las colas para pagar. Ya no es un secreto: no me gusta la Navidad, aunque sería exagerado decir que la detesto. Alguna cosa buena tiene, como los días libres que podemos disfrutar… Aun así, estaba deseando que acabaran. Ya queda menos.
Con mi novia, han sido unos días raros, de tremendos altibajos. Tan pronto nos moríamos de amor, arrulladas por nuestros cuerpos calentitos y nuestros besos ardientes, como discutíamos por el gato –y no es un chiste-. No quiero decir que esto haya sido una crisis; normalmente no discutimos, pero eso tampoco es razonable que permanezcamos inmunes a la discordia. La culpable, como casi siempre, soy yo: necesito dejar claro todo, analizar las consecuencias de cuestiones nimias que a cualquiera más normalita le pasarían desapercibidas. En este caso, todo empezó por mi gata: mi novia no quiere que entre en casa, en tanto que yo, acostumbrada a tenerla siempre encima, encuentro su postura muy radical. De un desacuerdo tan tonto yo acabo sacando conclusiones universales y alarmantes; mi novia no quiere negociar, pretende imponer su criterio: es necesario llegar a un consenso (rollo Suárez, o ZP). Por el contrario mi novia sólo ve una gata que la llena de pelos y le bufa… Como véis, un abismo de planteamientos.
Superada la crisis felina, el martes tuve la desgracia de compartir con mi novia un mal momento. Cuando ella me acunaba entre sus hermosos pechos yo, anticipándome a la tristeza de su próxima partida, me sentía triste y melancólica. Mi error fue sincerarme justo cuando pensaba en lo duro que es pasar toda la semana sola, esperando el viernes para encontrarnos de nuevo. Le dije que a veces sentía una sensación de absurdo cuando era consciente de que no viviremos juntas en mucho tiempo, en años interminables. Pero que pese a todo teníamos que ser sinceras y no engañarnos con falsas expectativas, con planes ilusorios que nos pudieran decepcionar. Cuando decía todo esto no me daba cuenta de los sentimientos que provocaba en M. y en el daño que le hacía hablando fríamente de nuestro proyecto de vida. Con esa racionalidad helada de la que yo sola soy capaz, hacía que ella, mi preciosa novia, incansable y vitalista, confundiera mi sereno pesimismo con un mal augurio: el comienzo de visiones críticas y fatalistas que anunciaran una ruptura planeada… Le hice pensar en cosas que yo misma hubiera pensado en su lugar. Porque, y esto es duro de reconocer, no soy capaz de demostrar una tristeza y un dolor auténtico aunque lo sienta. Mi cara no refleja muchas emociones más allá de la ternura y el amor en las distancias cortas. M. se asustó de veras y la hice llorar. Cuando entendí mi error ya era tarde para que todo quedara en nada: el miedo, cuando penetra, tarda horas en disiparse. Hube de esforzarme en aclararle mi postura y hacerle entender, más allá de las palabras fáciles, que la quiero pese a la distancia y pese a los años que nos queden de soledad intermitente. Que para mí tenerla sigue siendo una fiesta que se renueva cada semana. Que sus miradas siempre serán para mí las más dulces, sus caricias las más suaves, su cuerpo el más deseado… Todo esto aderezado con la certeza de que para ella es igual. No puede haber nada más delicioso que compartir un amor así.
Con mi novia, han sido unos días raros, de tremendos altibajos. Tan pronto nos moríamos de amor, arrulladas por nuestros cuerpos calentitos y nuestros besos ardientes, como discutíamos por el gato –y no es un chiste-. No quiero decir que esto haya sido una crisis; normalmente no discutimos, pero eso tampoco es razonable que permanezcamos inmunes a la discordia. La culpable, como casi siempre, soy yo: necesito dejar claro todo, analizar las consecuencias de cuestiones nimias que a cualquiera más normalita le pasarían desapercibidas. En este caso, todo empezó por mi gata: mi novia no quiere que entre en casa, en tanto que yo, acostumbrada a tenerla siempre encima, encuentro su postura muy radical. De un desacuerdo tan tonto yo acabo sacando conclusiones universales y alarmantes; mi novia no quiere negociar, pretende imponer su criterio: es necesario llegar a un consenso (rollo Suárez, o ZP). Por el contrario mi novia sólo ve una gata que la llena de pelos y le bufa… Como véis, un abismo de planteamientos.
Superada la crisis felina, el martes tuve la desgracia de compartir con mi novia un mal momento. Cuando ella me acunaba entre sus hermosos pechos yo, anticipándome a la tristeza de su próxima partida, me sentía triste y melancólica. Mi error fue sincerarme justo cuando pensaba en lo duro que es pasar toda la semana sola, esperando el viernes para encontrarnos de nuevo. Le dije que a veces sentía una sensación de absurdo cuando era consciente de que no viviremos juntas en mucho tiempo, en años interminables. Pero que pese a todo teníamos que ser sinceras y no engañarnos con falsas expectativas, con planes ilusorios que nos pudieran decepcionar. Cuando decía todo esto no me daba cuenta de los sentimientos que provocaba en M. y en el daño que le hacía hablando fríamente de nuestro proyecto de vida. Con esa racionalidad helada de la que yo sola soy capaz, hacía que ella, mi preciosa novia, incansable y vitalista, confundiera mi sereno pesimismo con un mal augurio: el comienzo de visiones críticas y fatalistas que anunciaran una ruptura planeada… Le hice pensar en cosas que yo misma hubiera pensado en su lugar. Porque, y esto es duro de reconocer, no soy capaz de demostrar una tristeza y un dolor auténtico aunque lo sienta. Mi cara no refleja muchas emociones más allá de la ternura y el amor en las distancias cortas. M. se asustó de veras y la hice llorar. Cuando entendí mi error ya era tarde para que todo quedara en nada: el miedo, cuando penetra, tarda horas en disiparse. Hube de esforzarme en aclararle mi postura y hacerle entender, más allá de las palabras fáciles, que la quiero pese a la distancia y pese a los años que nos queden de soledad intermitente. Que para mí tenerla sigue siendo una fiesta que se renueva cada semana. Que sus miradas siempre serán para mí las más dulces, sus caricias las más suaves, su cuerpo el más deseado… Todo esto aderezado con la certeza de que para ella es igual. No puede haber nada más delicioso que compartir un amor así.