Habituándome a la primavera
Creo que definitivamente ha llegado el buen tiempo a mi pueblo. Aquí por otra parte no suele hacer demasiado frío, pero todos sabemos que el tiempo está cada vez más loco: este año hemos tenido días muy fríos y lluviosos alternando con otros templados o cálidos. El clima está tendiendo a los extremos: mucho calor o mucho frío. Esta tarde, al salir del trabajo, me ha sobrado la chaqueta, casi me sobraba la camisa. Definitivamente ha llegado la primavera.
Esta es con diferencia la mejor época del año, antes de que lleguen las temperaturas insoportables del verano: ese sol inmisericorde, ese viento del sur que es como el aliento del infierno… Estoy deseando que llegue mi novia y disfrutar las noches cálidas, la ropa ligera y los días cada vez más largos y luminosos.
Habréis observado que escribo menos. En verano me sucedió igual. Simplemente no me apetece estar aquí, frente al teclado. Me acuesto antes, leo más y veo las películas que durante semanas han estado olvidadas en las estanterías.
Con M. las cosas van bien, porque con ella no es fácil estar enfadada ni distante mucho tiempo. Hemos tenido más desencuentros, hemos sufrido las consecuencias de la incomprensión mutua… pero cuando hay voluntad y amor las cosas se pueden arreglar simplemente reflexionando, rebajando la tensión y dejando pasar los días para hablar con el ánimo sosegado. Esta es la razón de que el pasado fin de semana no nos hayamos visto. Quería estar sola, aunque en muchos momentos me he arrepentido de mi decisión. La he echado de menos. Y ella a mí. Pero también de vez en cuando tenemos que ocuparnos de nuestras familias, arreglar cosas. Lo bueno del fin de semana es que he conocido un par de chicas bastante simpáticas, así que espero que nuestro escaso círculo de amistades se haga un poco más amplio.
Otro cambio en mi vida ha sido mi vuelta al gimnasio, que abandoné hace cinco años para ocuparme de mi hija. Ya no soy una mujer atlética, como lo fui entonces. Pero al menos me está costando menos de lo que esperaba habituarme al esfuerzo físico, y me sigue gustando sudar y competir con mis compañeros de spinning. Claro que todavía llego agotada a casa, y a estas horas doy poco de mí. Dentro de un momento llamaré a M. y tendremos nuestra habitual charla, que es más un deseo de escuchar su voz que una necesidad de comunicarme con ella, porque nos llamamos repetidas veces a lo largo del día. A estas horas la conversación se hace lenta, y me cuesta hilvanar dos ideas seguidas. Recuerdo que antes era más nocturna, pero esto de llevar una vida ordenada y responsable también está regulando mi sueño, y antes de las doce decido acostarme.
Veo que algunos blogs que seguía están cerrando, como el de Giovagris. Es una pena, porque siempre encontraba un motivo de sonrisa o reflexión en sus post. Pero nunca se me ocurriría criticar su decisión porque al fin y al cabo el deseo de escribir no se puede imponer. Sólo espero que igual que se va un día vuelva, cuando las ganas de contar cosas regresen. Yo nunca he pensado en cerrar, al menos no por decisión propia. Escribiré más o menos, pero escribiré.
Quizá mañana os hable de libros. Estoy leyendo a un escritor que me gusta mucho, y después tengo otro libro pendiente que también estoy deseando leer…
Ya os contaré.
Algunas reflexiones
Hace bastantes dias que no actualizo. Creo que desde hace unas dos semanas. Me han sucedido muchas cosas, pero nada realmente remarcable. M. y yo hemos hecho una nueva amiga y hemos salido a cenar con una vieja conocida suya. Podría contar lo que me sugieren ambas circunstancias, las pequeñas historias que se tejen cuando conoces a alguien, o cuando reencuentras una persona con la que perdiste el contacto años atrás… Por un lado tenemos una mujer sola, que dejó una vida y un país para vivir aquí, en este rincón del planeta tan distinto al suyo. Una persona de carácter tranquilo y risueño, con los pies sobre la tierra y una cierta tendencia a reservarse sus sentimientos. M. y yo pensamos que es una buena chica y que nos haremos buenas amigas, porque parece una persona sencilla y amable. Luego tenemos la otra cara: una mujer con pareja que vive su homosexualidad como un auténtico castigo, que teme ser descubierta en su círculo social y que aparece apática, melindrosa y disconforme con muchas cosas que para nosotras son totalmente normales. El vino es peleón, la música está pasada, el pub gay donde vamos está peligrosamente expuesto a miradas curiosas… Las pocas horas que pasamos juntas se me hicieron pesadas, porque comunicaba esa insatisfacción vital derivada, según yo creo, de muchas barreras mentales, de miedos y prejuicios fabricados desde muy joven…
Solemos identificar la soledad con la tristeza, la apatía y el desencanto. Pero cada día estoy más convencida de que no hay un modelo de infelicidad. Puedes ser una auténtica desgraciada teniendo muchas cosas, una vida modélica de puertas para afuera o según el canon que nos venden en televisión, y sin embargo disfrutar de una existencia plena con lo más básico. Otra vez puede dar la sensación de que estoy soltando el sermón fácil de quien es afortunada. Pero en realidad tampoco creo que la felicidad se consiga sólo con una actitud positiva ante la vida; a veces incluso depende del azar, de una circunstancia casual que te brinda todo que siempre deseaste. Lo que sí digo es que, cuando la suerte o la casualidad pone un regalo ante tu puerta, hay que saber verlo y valorarlo. Para no tener que lamentar después haber buscado algo más, cuando ya lo tenías todo.
Nuestra nueva amiga posiblemente se sienta sola a veces. Dejó atrás una familia, unos amigos, un pasado que era su vida. Pero si es así, desde luego no nos parece que lleve mal su nuevo camino, en esta ciudad tan particular, llena de luces de neón, música, rostros cambiantes e historias extrañas. Nuestra vieja conocida, que no ha salido de su entorno de siempre, que tiene una pareja que la quiere, sí parece perdida y desencantada. Aunque supongo que ni ella misma es consciente de que le falta algo; y presumo que nunca lo hará.
En cuanto a mí, ya os he contado mi vida muchas veces. Sosegada, llana, sin grandes preocupaciones ni expectativas. Trabajar, cuidar de mi hija, cultivar mis pequeños placeres… Cuando era una niña soñaba muchas cosas que se han revelado imposibles. Sentía que de alguna manera era especial y pensaba que nada estaba fuera de mi alcance. Luego descubrí mis limitaciones, las propias y aquéllas que me imponía la sociedad. Entonces decidí que, si no podía ser un personaje importante ni vivir grandes aventuras, al menos había algo a lo que no iba a renunciar: a querer y que me quisieran. Porque pienso que ésa es la única gran aventura al alcance de todos, ricos o pobres, inteligentes o no. Quizá esa idea romántica del mundo me hizo cometer errores y renunciar a algunos sueños realizables: vivir en Nueva York, buscarme la vida fuera de aquí… Pero sería absurdo lamentarme de aquello que, en su momento, era lo correcto de acuerdo a mis sentimientos. Mis amores, los pocos que he tenido, siempre los he vivido apasionadamente. Y si tuve que pagar un precio por ellos, bien está.
Ahora, en este momento de mi vida, nada me falta. Este fin de semana pasado fue un derroche de pasión; no tanto de la pasión de los cuerpos, sino de la del alma. Hemos pasado horas abrazadas repitiendo las mismas frases de amor que nos prodigamos desde el principio, los mismos besos entregados, las mismas promesas de amor eterno. Pero esto que a cualquiera le puede parecer cursi y empalagoso nosotras lo vivimos como una fiesta, una celebración permanente. Este amor es mi droga, mi delirio, la razón por la que cada mañana me despierto feliz. Es mi fe, mi certeza y mi esperanza en que todo sólo puede ir mejor. Puedo decir esto y a la vez saber que sin ella no me moriría. Sólo que mi vida sería infinitamente más gris.
Solemos identificar la soledad con la tristeza, la apatía y el desencanto. Pero cada día estoy más convencida de que no hay un modelo de infelicidad. Puedes ser una auténtica desgraciada teniendo muchas cosas, una vida modélica de puertas para afuera o según el canon que nos venden en televisión, y sin embargo disfrutar de una existencia plena con lo más básico. Otra vez puede dar la sensación de que estoy soltando el sermón fácil de quien es afortunada. Pero en realidad tampoco creo que la felicidad se consiga sólo con una actitud positiva ante la vida; a veces incluso depende del azar, de una circunstancia casual que te brinda todo que siempre deseaste. Lo que sí digo es que, cuando la suerte o la casualidad pone un regalo ante tu puerta, hay que saber verlo y valorarlo. Para no tener que lamentar después haber buscado algo más, cuando ya lo tenías todo.
Nuestra nueva amiga posiblemente se sienta sola a veces. Dejó atrás una familia, unos amigos, un pasado que era su vida. Pero si es así, desde luego no nos parece que lleve mal su nuevo camino, en esta ciudad tan particular, llena de luces de neón, música, rostros cambiantes e historias extrañas. Nuestra vieja conocida, que no ha salido de su entorno de siempre, que tiene una pareja que la quiere, sí parece perdida y desencantada. Aunque supongo que ni ella misma es consciente de que le falta algo; y presumo que nunca lo hará.
En cuanto a mí, ya os he contado mi vida muchas veces. Sosegada, llana, sin grandes preocupaciones ni expectativas. Trabajar, cuidar de mi hija, cultivar mis pequeños placeres… Cuando era una niña soñaba muchas cosas que se han revelado imposibles. Sentía que de alguna manera era especial y pensaba que nada estaba fuera de mi alcance. Luego descubrí mis limitaciones, las propias y aquéllas que me imponía la sociedad. Entonces decidí que, si no podía ser un personaje importante ni vivir grandes aventuras, al menos había algo a lo que no iba a renunciar: a querer y que me quisieran. Porque pienso que ésa es la única gran aventura al alcance de todos, ricos o pobres, inteligentes o no. Quizá esa idea romántica del mundo me hizo cometer errores y renunciar a algunos sueños realizables: vivir en Nueva York, buscarme la vida fuera de aquí… Pero sería absurdo lamentarme de aquello que, en su momento, era lo correcto de acuerdo a mis sentimientos. Mis amores, los pocos que he tenido, siempre los he vivido apasionadamente. Y si tuve que pagar un precio por ellos, bien está.
Ahora, en este momento de mi vida, nada me falta. Este fin de semana pasado fue un derroche de pasión; no tanto de la pasión de los cuerpos, sino de la del alma. Hemos pasado horas abrazadas repitiendo las mismas frases de amor que nos prodigamos desde el principio, los mismos besos entregados, las mismas promesas de amor eterno. Pero esto que a cualquiera le puede parecer cursi y empalagoso nosotras lo vivimos como una fiesta, una celebración permanente. Este amor es mi droga, mi delirio, la razón por la que cada mañana me despierto feliz. Es mi fe, mi certeza y mi esperanza en que todo sólo puede ir mejor. Puedo decir esto y a la vez saber que sin ella no me moriría. Sólo que mi vida sería infinitamente más gris.