Orgullo gay? No, gracias
Este año no iré al Orgullo. Lo he pensado mucho, y no me apetece nada. Llevo dos años seguidos haciendo acto de presencia, mezclándome entre la multitud, formando parte de la manifestación y paseando las calles de Chueca. Pero este año no.
Mi novia casi se enfada por eso. Porque ella quisiera aprovechar su viaje a Madrid para quedarse todo el fin de semana y curiosear por allí. Yo estuve sopensando las opciones: Madrid y sus treinta y tantos grados de canícula estival o Benidorm y alrededores, con su mar, su brisa suave... Esta vez no caeré en la trampa. Me gusta Chueca en un fin de semana cualquiera, cuando puedes entrar en los garitos y pasear sin temer ser engullida por un río de gente. Cuando las copas valen lo de siempre y te sirven dentro. Para incomodidades, agobios y otras malas hierbas me quedo en mi pueblo, que por cierto es donde vienen todos por estas fechas. Por algo será...
Además, ella acaba con ciertas obligaciones que le han traído de cabeza estas últimas semanas y pensaba hacer una pequeña fiesta para iniciadas. Porque aunque todavía son pocas, ya tenemos algunas amigas con quienes compartir una velada sin complejos, sin ocultar nuestro amor... O en su defecto, una cena por todo lo alto en algún buen restaurante de Altea, en las terrazas que miran al mar desde lo alto, con el puerto al fondo. Luego, una caipirinha -o dos-, un paseo por las calles blancas y estrechas del pueblo viejo... Me apetece mucho recuperar la tranquilidad, hacer las cosas perezosamente, disfrutándolas poco a poco.
Madrid me encanta, ya lo he dicho alguna vez. Pero creo que es una ciudad ideal para la primavera o el otoño. Cuando estar en la calle no es una tortura por obra del frío o el calor extremo. Sé que al llegar octubre estaré deseando volver, visitar museos, comer bien, impregnarme del ambiente cosmopolita. Pero ahora no.
Además las celebraciones en torno al Orgullo no son algo que me guste demasiado. Entiendo que nacieron del deseo de no ocultar: proclamar un orgullo como desafío a quien nos desprecia por sentir distinto. Pero el desfile, con todo su despliegue de colores, de cuerpos maquillados, desnudos, con esa mezcla de obscenidad, sensualidad y desenfado puede resultar divertido en su vertiente festiva, sí. Pero no deja de cultivar una imagen parcial y exagerada del mundo gay. Muchísimos homosexuales no son tan histriónicos y excesivos, por no hablar de las lesbianas, mucho más recatadas e invisibles. Y esto no es una censura, sino una simple reflexión sobre lo que somos y lo que aparentamos ser. Muchas veces creo que nos encasillamos en nuestro papel, aunque luego proclamemos nuestra normalidad. Y la normalidad, por desgracia, es bastante más gris. No viste de lentejuelas ni tacones, ni está conformada por la pura sexualidad desatada.
Por supuesto, estoy a favor del Orgullo. Estoy a favor de que la gente se divierta, baile, se disfrace, grite... También estoy a favor de que muchos otros se limiten a mirar sin participar, o a ignorar esta celebración. Con fiesta o sin ella, por suerte en este país podemos ser quien somos sin escondernos, sin ser criminalizados. No demasiado lejos de nosotros, en nuestro propio club europeo, los gays y las lesbianas no lo pasan tan bien. Estoy hablando, ya lo habréis adivinado, de Polonia y sus repugnates gemelos Kacynsky.
Espero que en este Orgullo europeo alguien se acuerde de ellos y los ridiculice como se merecen. Es lo único que sentiré no ver Madrid.
Que os divertáis.
Mi novia casi se enfada por eso. Porque ella quisiera aprovechar su viaje a Madrid para quedarse todo el fin de semana y curiosear por allí. Yo estuve sopensando las opciones: Madrid y sus treinta y tantos grados de canícula estival o Benidorm y alrededores, con su mar, su brisa suave... Esta vez no caeré en la trampa. Me gusta Chueca en un fin de semana cualquiera, cuando puedes entrar en los garitos y pasear sin temer ser engullida por un río de gente. Cuando las copas valen lo de siempre y te sirven dentro. Para incomodidades, agobios y otras malas hierbas me quedo en mi pueblo, que por cierto es donde vienen todos por estas fechas. Por algo será...
Además, ella acaba con ciertas obligaciones que le han traído de cabeza estas últimas semanas y pensaba hacer una pequeña fiesta para iniciadas. Porque aunque todavía son pocas, ya tenemos algunas amigas con quienes compartir una velada sin complejos, sin ocultar nuestro amor... O en su defecto, una cena por todo lo alto en algún buen restaurante de Altea, en las terrazas que miran al mar desde lo alto, con el puerto al fondo. Luego, una caipirinha -o dos-, un paseo por las calles blancas y estrechas del pueblo viejo... Me apetece mucho recuperar la tranquilidad, hacer las cosas perezosamente, disfrutándolas poco a poco.
Madrid me encanta, ya lo he dicho alguna vez. Pero creo que es una ciudad ideal para la primavera o el otoño. Cuando estar en la calle no es una tortura por obra del frío o el calor extremo. Sé que al llegar octubre estaré deseando volver, visitar museos, comer bien, impregnarme del ambiente cosmopolita. Pero ahora no.
Además las celebraciones en torno al Orgullo no son algo que me guste demasiado. Entiendo que nacieron del deseo de no ocultar: proclamar un orgullo como desafío a quien nos desprecia por sentir distinto. Pero el desfile, con todo su despliegue de colores, de cuerpos maquillados, desnudos, con esa mezcla de obscenidad, sensualidad y desenfado puede resultar divertido en su vertiente festiva, sí. Pero no deja de cultivar una imagen parcial y exagerada del mundo gay. Muchísimos homosexuales no son tan histriónicos y excesivos, por no hablar de las lesbianas, mucho más recatadas e invisibles. Y esto no es una censura, sino una simple reflexión sobre lo que somos y lo que aparentamos ser. Muchas veces creo que nos encasillamos en nuestro papel, aunque luego proclamemos nuestra normalidad. Y la normalidad, por desgracia, es bastante más gris. No viste de lentejuelas ni tacones, ni está conformada por la pura sexualidad desatada.
Por supuesto, estoy a favor del Orgullo. Estoy a favor de que la gente se divierta, baile, se disfrace, grite... También estoy a favor de que muchos otros se limiten a mirar sin participar, o a ignorar esta celebración. Con fiesta o sin ella, por suerte en este país podemos ser quien somos sin escondernos, sin ser criminalizados. No demasiado lejos de nosotros, en nuestro propio club europeo, los gays y las lesbianas no lo pasan tan bien. Estoy hablando, ya lo habréis adivinado, de Polonia y sus repugnates gemelos Kacynsky.
Espero que en este Orgullo europeo alguien se acuerde de ellos y los ridiculice como se merecen. Es lo único que sentiré no ver Madrid.
Que os divertáis.
Hablemos del amor
Me alegro de tener este blog, aunque no escriba mucho en él y casi nadie lo lea. Me sirve para hablar de amor, cosa que no solemos hacer la mayoría de mortales. Hablamos de relaciones, de lo que hacemos, de nuestras vacaciones, de recetas de cocina… hablamos de casi todo menos del amor. Por eso empecé este blog y por eso no lo voy a cerrar, aunque tenga largos periodos de pereza por escribir.
Cuando tomo café por la mañana, en el descanso del trabajo, solemos hablar de nuestros problemas cotidianos. Nos referimos al amor de manera vaga y pudorosa, aunque tengamos confianza de años y podamos confesar casi cualquier cosa sin sonrojarnos. Pero no hablamos de amor; supongo que porque es demasiado difícil expresar lo inefable, lo que se siente. Como es difícil describir un dolor, o una duda, o el miedo. Hay cosas para sentir y vivirlas, sin más. Yo, además, en mi doble condición de lesbiana y enamorada, sería incomprendida y envidiada a partes iguales. No me apetece ninguna de las dos condiciones. Mis compañeras, emparejadas desde hace años, son razonablemente felices. Pero la razón y la felicidad son conceptos que casan mal, porque la felicidad medida, tasada, no puede ser felicidad.
No pretendo ser soberbia ni poner mi relación por encima de todas. Pero no puedo evitar comparar, observar a quien me rodea valorando lo que tienen y lo que tengo. Dicen, y espero que se equivoquen, que el enamoramiento es una etapa transitoria; por tanto, yo no puedo equipararme a quien está en otro momento de la relación, más allá de los primeros meses, llenos de fogosidad y embobamiento. La cuestión es que yo también he pasado esa etapa de arrobamiento, de sensaciones intensas, y amo a mi novia como antes, más que antes. Si nuestro amor cotizara en bolsa, después de una subida vertiginosa e insólita en los mercados nuestra trayectoria se mantendría en una línea de suave ascendencia, con puntuales bajadas breves y bruscas. El nuestro sería un valor seguro. Ya le gustaría al sector inmobiliario ser como nosotras…
Fuera bromas, hoy quería hablar de esto. Ver que pasan los meses, que tenemos desencuentros, que no entendemos nuestras manías, pero que las soportamos con cierta ternura y humor… Tener buenas tardes de sexo y otras de sueño vacío de deseo, pasar una velada genial a solas, o con amigas, y otras que echar al olvido… Todo nos ha sucedido; lo bueno, lo malo, lo regular y lo mejor. Y yo cada día tengo más ganas de vivir con ella, incluso de casarme con ella. Pero no por tener un papel que nos una, ni compartir un patrimonio –bendita separación de bienes!-, sino por el simple y puro placer de mirarla a los ojos y comprometerme sin temor a pasar el resto de mi vida con ella, con esa mujer de misteriosos ojos verdes que llegó cuando ya no la esperaba y que ha tomado posesión, calladamente, de cada rincón de mi corazón; incluso de aquéllos que tenía bien cerrados para mi disfrute particular.
El sábado se lo decía, mientras acariciaba su cara, sus labios. Lo susurraba muy cerca: ahora que no la necesito la quiero; y esa es la mayor prueba de amor. Cuando menos dispuesta estaba a renunciar por tener alguien a mi lado es cuando más la quiero; cuando más quiero a alguien, en realidad. Porque nunca he sentido algo así en toda mi vida; la sensación de encajar, de ser dos piezas diseñadas para formar un solo engranaje, sin que falte ni sobre un milímetro… Todavía siento que es un milagro, una casualidad fantástica. Aunque posiblemente esté diciendo algo obvio: el amor siempre es un milagro.
Os confieso que a veces tengo miedo. Recuerdo esa horrible frase que dicen en los entierros –al menos en televisión-: lo que dios te da, dios te lo quita. Olvidemos la incómoda presencia de dios; el destino puede girar el rumbo y alejarla de mí. Alguien tan pesimista como yo siempre tiene presente esta posibilidad… Pero como del miedo nunca sacamos nada, intento tomar impulso y convertir mis temores en convición, en pura fuerza para quererla más, para besarla con más pasión, embriagarme con su cuerpo, vivir con más intensidad cada segundo juntas. Porque todo se acaba, queramos o no. Todo llega a un final. Pero como dijo alguien, lo importante siempre es el camino.
Cuando tomo café por la mañana, en el descanso del trabajo, solemos hablar de nuestros problemas cotidianos. Nos referimos al amor de manera vaga y pudorosa, aunque tengamos confianza de años y podamos confesar casi cualquier cosa sin sonrojarnos. Pero no hablamos de amor; supongo que porque es demasiado difícil expresar lo inefable, lo que se siente. Como es difícil describir un dolor, o una duda, o el miedo. Hay cosas para sentir y vivirlas, sin más. Yo, además, en mi doble condición de lesbiana y enamorada, sería incomprendida y envidiada a partes iguales. No me apetece ninguna de las dos condiciones. Mis compañeras, emparejadas desde hace años, son razonablemente felices. Pero la razón y la felicidad son conceptos que casan mal, porque la felicidad medida, tasada, no puede ser felicidad.
No pretendo ser soberbia ni poner mi relación por encima de todas. Pero no puedo evitar comparar, observar a quien me rodea valorando lo que tienen y lo que tengo. Dicen, y espero que se equivoquen, que el enamoramiento es una etapa transitoria; por tanto, yo no puedo equipararme a quien está en otro momento de la relación, más allá de los primeros meses, llenos de fogosidad y embobamiento. La cuestión es que yo también he pasado esa etapa de arrobamiento, de sensaciones intensas, y amo a mi novia como antes, más que antes. Si nuestro amor cotizara en bolsa, después de una subida vertiginosa e insólita en los mercados nuestra trayectoria se mantendría en una línea de suave ascendencia, con puntuales bajadas breves y bruscas. El nuestro sería un valor seguro. Ya le gustaría al sector inmobiliario ser como nosotras…
Fuera bromas, hoy quería hablar de esto. Ver que pasan los meses, que tenemos desencuentros, que no entendemos nuestras manías, pero que las soportamos con cierta ternura y humor… Tener buenas tardes de sexo y otras de sueño vacío de deseo, pasar una velada genial a solas, o con amigas, y otras que echar al olvido… Todo nos ha sucedido; lo bueno, lo malo, lo regular y lo mejor. Y yo cada día tengo más ganas de vivir con ella, incluso de casarme con ella. Pero no por tener un papel que nos una, ni compartir un patrimonio –bendita separación de bienes!-, sino por el simple y puro placer de mirarla a los ojos y comprometerme sin temor a pasar el resto de mi vida con ella, con esa mujer de misteriosos ojos verdes que llegó cuando ya no la esperaba y que ha tomado posesión, calladamente, de cada rincón de mi corazón; incluso de aquéllos que tenía bien cerrados para mi disfrute particular.
El sábado se lo decía, mientras acariciaba su cara, sus labios. Lo susurraba muy cerca: ahora que no la necesito la quiero; y esa es la mayor prueba de amor. Cuando menos dispuesta estaba a renunciar por tener alguien a mi lado es cuando más la quiero; cuando más quiero a alguien, en realidad. Porque nunca he sentido algo así en toda mi vida; la sensación de encajar, de ser dos piezas diseñadas para formar un solo engranaje, sin que falte ni sobre un milímetro… Todavía siento que es un milagro, una casualidad fantástica. Aunque posiblemente esté diciendo algo obvio: el amor siempre es un milagro.
Os confieso que a veces tengo miedo. Recuerdo esa horrible frase que dicen en los entierros –al menos en televisión-: lo que dios te da, dios te lo quita. Olvidemos la incómoda presencia de dios; el destino puede girar el rumbo y alejarla de mí. Alguien tan pesimista como yo siempre tiene presente esta posibilidad… Pero como del miedo nunca sacamos nada, intento tomar impulso y convertir mis temores en convición, en pura fuerza para quererla más, para besarla con más pasión, embriagarme con su cuerpo, vivir con más intensidad cada segundo juntas. Porque todo se acaba, queramos o no. Todo llega a un final. Pero como dijo alguien, lo importante siempre es el camino.
Etiquetas: amor
Los romanos son los muertos
Ayer mi hija me dijo esto: “los romanos son los muertos”. Yo le había preguntado si sabía quiénes eran esos que aparecían en la serie que estaba viendo, “Yo, Claudio”. Y ella me contestó que le daban miedo, porque están todos muertos. Entonces recordé haberle hablado hace ya meses de los romanos; le dije que eran unas personas que vivieron hace muchísimos años, que llevaban túnicas y comían uvas mientras las bailarinas danzaban alrededor. “Entonces, ¿están todos muertos?”, me preguntó. Y claro, le dije que sí.
La visión que tiene una niña de cinco años de la realidad es distinta a la nuestra. Pero lo que realmente es sorprendente o paradójico es que su pensamiento coincide exactamente con el de Giorgio Bassano en “El jardín de los Fizzi-Contini”. En esta novela, una familia pasa cerca de un cementerio etrusco. La niña se queda contemplando el lugar y dice sentir pena por tantas personas muertas. Como si todas acabaran de morir y no hubieran perdido todavía su calidad humana, el calor del cuerpo y la sonrisa…
Cuando crecemos, aprendemos a distinguir entre lo reciente y lo pasado y asignamos un valor distinto a hechos que en realidad son lo mismo. ¿Acaso la matanza de bosnios en Sbrenica no generó el mismo dolor que cualquiera de los genocidios de siglos anteriores? Sin embargo, un acontecimiento reciente lo sentimos más dramático que otro lejano en el tiempo.
Siempre se ha dicho que una persona fallecida muere de verdad cuando se extingue su memoria. Pero no para los niños. Con su mirada limpia te recuerdan que todos fuimos personas. También los romanos.
La visión que tiene una niña de cinco años de la realidad es distinta a la nuestra. Pero lo que realmente es sorprendente o paradójico es que su pensamiento coincide exactamente con el de Giorgio Bassano en “El jardín de los Fizzi-Contini”. En esta novela, una familia pasa cerca de un cementerio etrusco. La niña se queda contemplando el lugar y dice sentir pena por tantas personas muertas. Como si todas acabaran de morir y no hubieran perdido todavía su calidad humana, el calor del cuerpo y la sonrisa…
Cuando crecemos, aprendemos a distinguir entre lo reciente y lo pasado y asignamos un valor distinto a hechos que en realidad son lo mismo. ¿Acaso la matanza de bosnios en Sbrenica no generó el mismo dolor que cualquiera de los genocidios de siglos anteriores? Sin embargo, un acontecimiento reciente lo sentimos más dramático que otro lejano en el tiempo.
Siempre se ha dicho que una persona fallecida muere de verdad cuando se extingue su memoria. Pero no para los niños. Con su mirada limpia te recuerdan que todos fuimos personas. También los romanos.
Blog semiabandonado
Mi novia me ha convencido de que siga escribiendo. La pereza me puede, y no me apetece contrar mis reflexiones de medio pelo. Es como si estuviera volviendo a mi concha, recogiéndome dentro. Los días se deslizan iguales unos a otros, y sólo te tanto en tanto se producen pequeñas novedades, insignificantes en realidad. Pero ella tiene razón: no se trata de tener un blog con muchas entradas, ni de imponerme un ritmo que no deseo. Se trata de contar las cosas que me suceden, a modo de diario, y poder repasarlas en el futuro.
Este verano iremos de vacaciones a Ámsterdam. Ya está todo reservado: el hotel, los vuelos… Es el momento de decidir qué hacer cuando lleguemos. Creo que tendremos poca vida nocturna, después de la experiencia de Lisboa no tenemos grandes expectativas respecto a lo que nos encontraremos. Pocos locales, seguro. Pero como en realidad nuestro objetivo es conocer la ciudad, los museos y todo lo que haya de interés, no nos preocupa demasiado.
El verano ya está aquí. Cuando era más joven no me gustaba porque todas las cosas malas me pasaban en pleno estío, y ese sol, la luz cegadora de la media tarde, los asociaba con tristeza, soledad y hastío. Pero hace muchos veranos que se acabó mi mala suerte, y ahora me gustan los días largos, las siestas en la penumbra de la habitación y las cervezas heladas. El verano tiene tantas cosas buenas… al menos si vives junto al mar.
Repasando algunas cosillas que me han sucedido estas semanas, se me ocurre contar que hace poco tuve una amigable charla con mi suegra (ella no sabe que lo es), e incluso compartimos baño –una de esas cosas que unen de verdad-. No sé si se me notó que le hice un poco la pelota, alabando su buen gusto en decoración y sus indudables dotes como artista amateur, pero sea como fuere a ella pareció encantarle, pese a mi insistencia en los halagos…
Mi novia sigue siendo la mejor de las novias, aunque tenga algunas cosas que yo llamo "manías" y ella "costumbres y alergias". La verdad es que tenemos mucho en común y pocos motivos para discutir. Quizá somos demasiado susceptibles, tenemos largas antenas que detectan incluso la falta de sintonía más leve...
Pero todo va muy bien, y las dos seguimos soñando con que un día seremos... mujer y mujer. Aunque no sea por la iglesia.