La vida nueva
Mi vida, tal como es
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"L´amore quando arriva è come un camion che ti prende in pieno e tu puoi soltanto morire" (Mina)
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Amores, desamores y amoríos

Después de escribir tanto sobre mi relación me he dado cuenta que al final sólo cuento fragmentos, piezas sueltas de mi concepción del amor. Y ayer, en una cena, tuve ocasión de explicar pormenorizadamente lo que pienso sobre los sentimientos, sobre las relaciones amorosas. El tener ante mí una persona que me rebatía, que estaba totalmente en desacuerdo con mi pensamiento fue el acicate para intentar explicar con palabras lo que siempre he querido en el amor, incluso antes de ser consciente de ello.
No puedo negar que el amor eterno no existe. Aunque dure muchos años, un día tiene que acabar. Problemas como el desgaste, malentendidos, terceras personas… son difíciles de llevar. Vivimos en un mundo de obligaciones, estrés y tentaciones constantes. En la medida en que nuestra relación sea sólida podremos con ello; si valoramos de verdad lo que tenemos superaremos todos los obstáculos que en un momento u otro tienen que presentarse. En esto estaba de acuerdo con mi compañera de cena: nada es eterno, nada dura para siempre. Pero donde no coincidíamos era en que, pese a eso, yo creo que mi relación con M. durará toda mi vida. Ella, sin embargo, estaba convencida de lo contrario; porque cualquier pareja en nuestras circunstancias –relación de fin de semana con niños- no soportará las tensiones que nos esperan; y la rutina, aunque tarde en aparecer, irá socavando nuestro amor.
Pero al final nuestro desacuerdo no se basa más que en una forma de ver el amor: ella desde la razón, desde la fría valoración de las circunstancias, de las probabilidades, y yo desde el corazón y la confianza. Diría más: desde la fe.
Le expliqué que nosotras creemos la una en la otra. Creemos en la fuerza de nuestro amor y en que la voluntad firme de seguir adelante nos salvará de los desastres que esperan en el futuro. La fe, esa fe de la que carezco en cuestiones religiosas, o políticas, o interpersonales, sí la tengo cuando encuentro la persona adecuada. Esa persona en la que te miras como en un espejo, viendo reflejada tu propia concepción del amor.
Ella decía que dentro de un tiempo, cuando mi relación se acabe, recordaré amargamente mis palabras de hoy; y que tendré que reconocer que me he equivocado. Pero a mí no me interesa saber qué sucederá en el futuro, si nuestro amor será frágil y se rendirá, o si en efecto estaremos siempre juntas. Yo no puedo saber, sólo puedo creer y confiar. Porque el amor con mayúsculas es confianza y es abandono, dejarse llevar y darse por completo. Y aunque parezca un exceso, no lo es si sabes elegir a quién. No se trata de amar a la primera que te mira a los ojos amorosamente. En realidad, la elección de un amor para siempre es lo más trabajoso y difícil. Ahí sí que uso toda mi capacidad de análisis: compatibilidad, sexualidad, interrelación… todo lo tengo en cuenta. Dejo que la relación crezca, se asiente… y entonces algo dentro de mí me dice: “es ella”, con una certeza interior irrebatible, por más que no pueda explicarla.
Mi novia es ese amor para siempre. En primer lugar, porque yo lo quiero. En segundo lugar, porque ella lo quiere. Las dos lo queremos con rabia, con firmeza, con pasión. Nos ha costado toda una vida encontrarnos, y no lo vamos a perder. Esto lo tenemos claro, está muy hablado. Nuestra relación tiene pilares firmes y profundos, por cómo somos, por nuestra manera de querer, de comunicarnos, de disfrutar la pasión, incluso de vivir los desencuentros y el dolor.
Tanto M. como yo hemos tenido desengaños. Hemos confiado y hemos sido decepcionadas. Como todo el mundo hemos sufrido abandono, indiferencia, desamor. Pero nuestra capacidad de volver a empezar ha salido intacta, y somos capaces de creer, de ilusionarnos y de entregarnos como si fuera la primera vez; sólo que más maduras, más conscientes de nuestros errores, más capaces de construir algo bueno.
En la vida hay desamores, amoríos… y amor. Éste no lo perderé.
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Sobre atropellos, borrachos y golpes en el coche
Los hechos no sucedieron en el orden que enuncio. Primero llegó el borracho, luego el atropello y por último el golpe en el coche. Y los tres hechos no están relacionados (¿o sí?) a no ser porque son desagradables y huelen a desgracia desde lejos.
El fín de semana empezó prometedor desde el mismo viernes. Primero, parada en el Ikea para comprar caprichos más o menos necesarios. Luego, quedar con mi novia en Murcia para comer y pasar la tarde juntas. Esta ciudad guarda entrañables recuerdos para mí, porque fue allí donde estudié y pasé buenos y malos momentos . Ya sabéis: mi primera independecia de los padres, las compañeras de piso, noches en blanco estudiando y días enteros de pereza… Mi juventud universitaria, en definitiva. Mi novia también estudió en Murcia, y el trabajo a menudo la lleva a esta pequeña y recoleta capital de región. Provinciana y acogedora, dinámica, abierta y conservadora a la vez…
Comer en Murcia es un placer para los sentidos. Magníficas ensaladas y verduras, vinos poderosos... Incluso unas modestas patatas saben a gloria bien condimentadas con sólo un poco de aceite y sal. Como os podéis imaginar, después de tanto festín gastronómico estábamos rendidas y somnolientas. Eso es lo peor: coger el coche a esa hora en que apetece acurrucarte debajo de las sábanas, con tu mujercita arrullándote hasta perderte en el reino del sueño.
Pues bien, conducir por una carretera secundaria a la una de la mañana es lo menos aconsejable que he hecho en mucho tiempo. Con la lluvia, las curvas, los frecuentes cambios de rasante resulta agotador mantener la atención. Y para terminar, a menos de cinco kilómetros de casa, un tipo borracho decide que su carril no le gusta y se pasa al mío, en sentido contrario. La sensación de irrealidad que sientes al ver las luces de un coche justo frente a ti, acercándose rápidamente, es absoluta. Después de hacerle largas sin respuesta, no me quedó más remedio que apartarme en el arcén. En ese momento, el coche vuelve a su carril de marcha y se pierde en la oscuridad. Nunca había vivido un incidente tan peligroso, por más que breve. Imagino que los accidentes siempre son así: un instante de absurdo seguido de un golpe brutal, de la nada. Cuando reemprendí la marcha, temblaba. Era como si hubiera percibido la sombra de una guadaña, acechante. Apenas había recuperado el aliento cuando, a pocos metros de la casa de M., un precioso gatito blanco cruza la calzada, justo ante mis ruedas. No tuve tiempo de reaccionar y sentí cómo arrollaba su cuerpecillo.
En definitiva, que llegué a casa de M. con una sensación de extraña fatalidad. El destino había decidido que alguien tenía que morir esa noche; y al no ser yo, se cobró una pieza más pequeña e indefensa. Mi novia, que conducía su propio coche, no se percató de nada, embarcada en su propia lucha contra en sueño. Porque ella, a partir de las once, pasa de ser viviente a ser durmiente. Y finalmente nos acostamos, incapaz yo de dormir durante un largo tiempo, pensando en la fugacidad de la vida, los golpes del destino y nuestra insignificancia en el universo. Ese tipo de ideas que cultivamos cuando vemos pasar cerca de nosotros a esa señora descarnada y sonriente.
Al día siguiente ya había asimilado el susto. Pero como todo lo que mal empieza mal termina, justo la noche del sábado mi novia, dando marcha atrás a su coche, destrozó la puerta del mío. Lo más gracioso es que su coche no sufrió ni el más leve rasguño (Citroen versus BMW). El golpe sonó leve y tonto; yo estaba sentada a su lado, y era como cuando pisas una caja de cartón, un “pufff” apagado. Pero mi coche, mi sufrido y viejo utilitario, parecía haber sido arrollado por un tanque.
¿He tenido un fin de semana negro? Pues no. Solamente gris claro. Las puerta de mi coche se puede arreglar; el borracho hizo una maniobra suicida, pero tuve tiempo de reaccionar. El gatito… sólo era un gatito, aunque parezca cruel.
Digamos que he recibido un aviso de cuánto se puede torcer tu vida en un día cualquiera. Pero mientras que sólo sean chapas hundidas y gatitos muertos no pienso llorar ni quejarme. Mi novia estaba conmigo, y eso siempre marca la diferencia. Me gusta su forma estoica de tomarse las cosas, sin quejas apesadumbradas, sin pensar las cosas más allá de cómo solucionarlas. Ella es como yo. Incluso el golpe en el coche fue excusa para algunas bromas un poco ácidas. Pero ella se lo buscó…
El domingo sentí tener que separarnos. La tarde fue deliciosa, con mucho amor, ternura y… sexo del bueno, el que nace del conocimiento mutuo, de la ganas de probar, de sentir. Me da un poco de pudor comentar estas cosas, pero si no lo hiciera estaría guardando lo mejor de fin de semana: ella y su amor infinito, profundo, confortador. En momentos como esos nos duele más tener que vivir separadas, sin poder sentir ese abrazo cada noche antes de dormir, o un beso en la cocina (con unos torpes pasos de baile, ésa es mi especialidad), comentar las noticias, cotillear un poco sobre familia, amigos y conocidos… Las pequeñas cosas que son la salsa de la vida.
Ahora la echo de menos. ¿Qué estará haciendo en este momento? Seguro que anda con mil tareas a un tiempo, taconeando por los pasillos, o aparcando el coche (a partir de ahora NUNCA se le olvidará mirar hacia atrás), acordando asuntos, proyectando casas, pagando impuestos… qué se yo. Pero sea lo que sea tengo la certeza de que piensa en mí, entre papeles o hablando con extraños. Siempre piensa en mí.
No os imagináis lo bonito que es saber eso, y sentir lo mismo.
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Septiembre, otra vez

Anoche pensaba cerrar este blog. No sé porqué a todos los blogueros veteranos se nos pasa esta idea por la cabeza al cabo de cierto tiempo. Vemos que pasan los días sin ganas de escribir, sólo de vivir lo que te pasa. Pensamos que nuestra vida cotidiana carece del interés necesario para ser objeto de un post, o que ciertos sentimientos, reflexiones, son difíciles de expresar.
Sí, anoche lo pensé. Pero también sabía que si lo dejo dentro de un tiempo me arrepentiré. Habrá un vacío en mis memorias, en el relato de mi vida; como si el tiempo fuera una página en blanco. Y cuando quiera recordar lo que me sucedió en ese periodo me tendré que conformar con los fragmentos recuperados de mi memoria, bastante mala para los sucesos más recientes.
Así que he decidido seguir, aunque creo que debo dar algún giro a mi blog. Cuando empecé quería contar mi vida sentimental, precisamente porque carecía de ella. Luego llegó M. y cobró otro sentido, mucho más apasionado y urgente. Ahora las aguas han vuelto a su cauce, y es difícil seguir escribiendo sobre una vida amorosa tranquila y feliz. Ya no siento la necesidad de decir cuánto la amo, sobre todo porque me cansa la repetición infinita de sentimientos ya expresados de mil maneras. Y también porque me cuesta encontrar las palabras precisas; el amor se siente, sólo se siente dentro, como un calorcillo agradable en el pecho. A veces se me ocurre una idea feliz, alguna reflexión que me gustaría escribir aquí; pero me suele suceder cuando estoy fuera, en los momentos menos oportunos, y cuando llego a casa la idea se ha esfumado, como esos sueños que no podemos aferrar al despertarnos.
De momento, sólo voy a contar mis planes para este año. Como ya comenté, para mí septiembre es el mes de los buenos propósitos. Es cuando volvemos a las rutinas del trabajo, de la vida casera y las obligaciones cotidianas. Este año me matricularé en italiano. He sabido que existe la posibilidad de estudiar a distancia, sólo presentándote a los exámenes. Y también reanudaré mis estudios de filología, abandonados por el nacimiento de mi hija, hace ya cinco años. Me apetece seguir aprendiendo, pero sin la presión que supone construirse un futuro, una carrera con la que ganarte la vida. Ya tengo mi trabajo y mi vida organizada. Se trata sólo de aprender por placer y saber que el año no ha pasado sin más, sin objetivo concreto. Es como volver al colegio cuando eres pequeña: los libros de texto flamantes, los zapatos para estrenar… una pequeña ilusión para llenar el tiempo libre sin malgastarlo.
Aparte de eso, espero un otoño lleno de amor, de buenos momentos con M. Con el tiempo hemos ganado confianza y estabilidad. Ya es parte de mí, y yo de ella. Pese a la distancia, pese no tenernos cerca en ciertos momentos de melancolía, de tristeza. Pero luego todo queda compensado con los momentos que estamos juntas, sacando provecho a cada hora.
En enero cumpliremos dos años juntas, y este aniversario haremos algo especial; un fin de semana de ensueño. También tengo que prepararlo para que sea perfecto, porque ella tiene tanto trabajo que no le puedo cargar con esa tarea. Quizá viajemos a la Toscana, o a Roma… Algo realmente bonito y romántico acorde con lo que sentimos la una por la otra.
Qué os puedo decir: la quiero como nunca. Mi reina, mi preciosa mujer.
 
Me sigue pasando
Dejadme que os diga que me sigue pasando. Después de año y medio me sigue pasando.
Cuando estoy con ella sigo besándola como si fuera el útlimo beso, como si el mundo se acabara, con la misma avaricia.
Sigo sintiendo que encontré mi lugar, mi retiro, mi destino.
Respiro su olor, su aliento como si fuera una droga dulce. Su cuerpo me embriaga, me enajena, me desarma como el primer mes. Como el primer amor, el que no se olvida. Pero ella es mejor, es mucho mejor que el primero.
Paseamos las calles, nos rozamos las manos, nos miramos fugaz e intensamente. Igual que hace tres meses, igual que al principio. Pero mejor, siempre mejor. Porque el tiempo me ha anclado a su corazón, y a ella también. Tan distintas, tan rebeldes y sin embargo tan unidas.
Me sigue pasando.
Cuando los amores se gastan, ¿qué queda? ¿Sólo el cariño, la amistad, la rutina compartida? Ya pasé por eso. Pero ahora no. Ahora me enfado con ella, le reprocho, me reprocha... nos miramos a los ojos y sentimos que eso son sólo palabras. Lo importante reside en el corazón, y es inalterable y fuerte. Por eso seguimos, por el bien que nos hacemos. Porque con ella la dulzura, la caricia y la pasión no se acaban.
Sabedlo: me sigue pasando.
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Adiós, Madrid. Hola, pueblos de España

M. y yo acabamos de descubrir el turismo rural. No el de albergue, ni el de casa compartida, sino el de hotel cuidado y tranquilo, con todas las comodidades y una paz que invita al recogimiento, a la lectura y al amor.
Ya no tenemos casa en Madrid. M. ha alquilado la suya, que usábamos hasta ahora para nuestras excursiones eventuales. Volveremos por la capital, pero sólo cuando tengamos mucho mono de vida cultural y cosmopolita. ¿Quizá este otoño? No lo puedo asegurar. De momento la experiencia rural nos ha encantado. Dedicarnos todo el fin de semana, sin distracciones de ningún tipo, nos ha sentado tan bien como un bálsamo. Ha suavizado tensiones, nos ha hecho reencontrar el tono exacto de nuestra relación, el que siempre nos ha gustado: mucha pasión, risas, confidencias, ternura…
El hotel de Ámsterdam era pésimo. Otro pretendido alojamiento “gay friendly” que sólo prentende ganar clientes. Era un sitio horrible. Su nombre: Hotel De Lantaerne (Leidsegracht, 111). No nos amargó la estancia porque estuvimos más pendientes de lo que hacíamos fuera que del trato que nos dieron. Pero una vez más nos encontramos con gente claramente hostil a nuestra condición. Con deciros que eran musulmanes quienes lo regentaban..
Por eso al encontrarnos con un lugar tan cómodo, limpio y tranquilo –además de bonito y cuidado en todos sus detalles- nos ha devuelto a la fe en el turismo patrio. Si alguna vez os encontráis estresados, podéis confiar en mi recomendación: Mas Fontanelles (Biar). En el pueblo se come bien y a buen precio, y el hotel es un remanso de paz, con trato atento y familiar.
Quería hablar más de Ámsterdam, pero creo que lo dejaré estar. La ciudad es preciosa, y la vida bastante más relajada que en cualquier otra capital europea. Pero repito: nada como España. Aquí lo tenemos todo, campo, playa, historia, gastronomía… Creo que el año próximo nos quedaremos en nuestra tierra, sin esforzarnos en hablar inglés, sin sentirnos un poco solas entre tanto extraño.
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Amstedam (i)

Todos realizamos un viaje al menos dos veces, si no más. Primero en nuestra imaginación: un conjunto de tópicos vistos o leídos, una amalgama curiosa de deseos por completar y temores por confirmar. Los míos eran, respectivamente, el deseo de encontrarme en una ciudad donde la homosexualidad era algo normalizado, integrado en la ciudad y, por otro lado, el temor de que me robaran la bicicleta a la primera ocasión (dada mi afición a olvidar llaves en las cerraduras, no era nada descabellado).
Pues como suele suceder, las cosas fueron justo al revés. La vida gay me defraudó respecto a mis expectativas, y la bici no me la robaron, pese a olvidar la llave en el candado mientras visitaba el Museo del tulipán – no fue elección mía, es que mi novia es muy “flor”-.
Empezaré mi relato ordenadamente: el domingo, día previo al viaje, conocí a dos de las chicas que nos iban a acompañar. Son una pareja de Zaragoza, amigas a su vez de la tercera componente del grupo, mi amiga C. (ver post de enero 06). En principio, el viaje era en pareja; pero como a C. le apetecía la idea y a nosotras nos gusta la buena compañía, le ofrecimos la posibilidad de acompañarnos, siempre que no compartiéramos habitación, por razones obvias. En fin, que el quinteto quedó completado a pocas horas de la partida. Y la intriga de descubrir qué clase de personas nos acompañarían se desveló la noche previa. La buena impresión que nos dieron se confirmó durante el viaje. Nuestros momentos juntas, de copas, comiendo o simplemente descansando, fueron agradables y divertidos. Yo sólo pido una cosa a cualquier amiga mía: sentido del humor. A ellas les sobraba, así como simpatía, respeto y sentido común. Pasamos muy buenos ratos juntas, y les agradezco sobremanera que aguantaran mis bromas interminables, así como mis reflexiones absurdas y mis preguntas impertinentes. En definitiva, que M. y yo hemos hecho una nueva adquisición (doble) para nuestra breve y selecta colección de amistades. Amén.
Volviendo al relato, yo estaba deseando subir al avión y disfrutar de esa sensación tan emocionante del avión despegándose del suelo… Mi novia, al contrario, estaba tensa como una cuerda de violín. Ni desayunó ni comió, atenta sólo a cada sacudida del avión. Hasta que no aterrizamos, cerca de las tres, no se relajó ni un segundo.
La ciudad es tal y como la había imaginaba: canales interminables, puentes, casas pintorescas. Un lugar para disfrutar. Los holandeses, pese a su clima, saben vivir bien. Ámsterdam está muy alejada del tráfico estresante y ensordecedor de cualquier capital europea, incluso de cualquier pueblo de medio pelo. Los coches son escasos, y las bicis sólo provocan el sonido de los timbres cuando te advierten de su paso. Es una ciudad hermosa de veras. Y pese a especializarse en museos, lo cierto es que sin ese aliciente ya merece la pena visitarla y perderse por sus callecitas, transitables en cualquier dirección siempre que vayas en bicicleta. Las alquilamos el primer día, y desde luego fue la mejor decisión: todo está a un tiro de piedra, y la agradable sensación de vagar a tus anchas no tiene precio. Pararte a observar las formas caprichosas de los tejados, los gabletes con escudos o referencias gremiales; las pausas para internarte en un patio frondoso e intemporal… Estos holandeses sí saben vivir, definitivamente.
Por otra parte, y como apuntaba al principio, algunos tópicos se desmontaron al poco de llegar. Por ejemplo: los tulipanes. No vi demasiados en las inmediaciones, y descubrí en el museo de los susodichos que en realidad lo que importa de veras son los bulbos de donde nacen, una especie de cebollas muy poco fotogénicas.
El segundo mito desmontado: la tolerancia homosexual. Es cierto que no se parece a Lisboa, con su invisibilidad temerosa y oscura. Pero nuestra bendita Chueca es, definitivamente, el auténtico paraíso. En primer lugar, no existe una zona franca, un espacio donde cualquier gay se sienta libre de actuar según su gusto y naturaleza. Los locales están más o menos dispersos por toda la ciudad, por más que haya calles con varios garitos cercanos. M. y yo, visitando el mercado de las flores (o mas bien el mercado de los bulbos), tuvimos el inocente atrevimiento de besarnos con más ternura que lascivia en plena calle. Una señora muy entrada en carnes se paró a pocos metros y nos atravesó con una mirada escandalizada y desafiante, cargada de malevolencia y prejuicios. Eso nos abrió un poco los ojos en una ciudad de creciente deriva conservadora. Eso y los comentarios del camarero cordobés del GETTO, bar (gay?) cerca del Barrio Rojo. Lleva veinte años afincado en Ámsterdam, y según su experiencia, ser gay empieza a ser peligroso en una ciudad cada vez más poblada por comunidades intolerantes con la homosexualidad; concretamente se refería a los musulmanes, ciudadanos de pleno derecho –muchos segunda generación- y que se dedican (quiero pensar que una minoría) a apalear a los chicos e insultar a las lesbianas. Una de las noches, en un pub de chicas, pudimos observar cómo entraban un grupo de cinco, riendo y armando gresca. Por suerte, y ante la indiferencia general, se marcharon al rato, Pero asusta y preocupa el tema de la multiculturalidad, cuando ésta no implica riqueza sino intolerancia y desprecio por la sociedad que te acoge. Tan amarga era la queja de nuestro compatriota camarero que acabé deseando no escucharle más y poder disfrutar de mi caipirinha haciéndome la ilusión de que Ámsterdam seguía siendo una tierra libre de prejuicios, de hipocresías e ignorancia.
En cuanto a las chicas, debo reconocer que las holandesas son, en general, mujeres guapas y bien plantadas; al menos para el estándar de una española morena y bajita como yo. Pero también me parecieron sosas como ellas solas, y muy poco comunicativas. Las únicas mujeres que conocimos eran de… Bilbao. Y creo que ellas, pese a no ser turistas, estaban tan contentas de hablar en cristiano como nosotras. La “fiesta de mujeres” en SAPPHO, el pub donde recalamos el viernes, parecía un baile de los años 60: muchas mujeres sentadas, como esperando a ser invitadas a bailar, y pocas en la pista (las españolas, por supuesto). Supongo que eso de la raza al fina sí se nota en algo…
Se está haciendo tarde… Mañana sigo.
Saludos a todos.
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