La vida nueva
Mi vida, tal como es
Acerca de
"L´amore quando arriva è come un camion che ti prende in pieno e tu puoi soltanto morire" (Mina)
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Apariencias y realidades

Últimamente nos han llegado ciertas opiniones que tienen algunos conocidos sobre nosotras. No los llamo amig@s porque son gente que hemos tratado poco, coincidiendo en cenas y algún otro compromiso festivo. Está más que claro que en tan poco tiempo nadie nos puede conocer, pero es inevitable que cada cual se forje su propia opinión sobre alguien con quien te cruzas, aunque sólo sea por curiosidad. Casi nunca llegas a enterarte de esas opiniones ajenas; la gente no las comenta, como es lógico. Pero estas últimas semanas, por obra y gracia del alcohol, que te suelta la lengua, y de un momento de confidencia quién sabe si interesado, hemos sabido cómo nos ve desde fuera esa gente que apenas tiene más elementos de juicio que tu aspecto, tu manera de moverte en sociedad y cuatro historias intrascendentes.
Parece ser que ven a mi novia fría, dominante y decidida. Y a mí como una romántica entregada a su amor, fiel y tierna. De la visión que tienen de M., se derivan,por desgracia, algunas cosas menos inocentes, como la infidelidad, la frialdad en el afecto… Digamos que para estos conocidos ella es una “femme fatale”, hecho reforzado sin duda porque suele llevar tacones y ropa muy femenina (y eso que todavía no la han visto trabajando!). Pero otra de las razones para verla así, bastante simplista desde luego, es que ella tiene un estatus social y económico superior al mío. Automáticamente asocian esa diferencia de nivel con un auténtico escalón en lo sentimental: ella, la mujer segura, la profesional solvente, y yo, la graciosa, la modesta asalariada. Olvidan que lo primero que dejan de lado dos personas que se gustan, que se quieren de verdad, son esos aspectos de su vida que sólo influyen cuando lo que te mueve es la necesidad o el interés.
Apariencias y realidades. Continuamente tenemos que valorar qué es real y qué es puro espejismo, y muchas veces nos equivocamos, ya sea por precipitación o propios prejuicios. En este caso, en nuestro caso, han pecado de ambos defectos. Es demasiado pronto para juzgarnos, y hacerlo con esa simple ecuación más dinero=más poder no responde a la realidad. Las relaciones emocionales se rigen por criterios misteriosos que escapan a los estereotipos que sí funcionan en el ámbito laboral y social. Yo me muevo con gente de un mismo nivel social: edad, intereses comunes, vida estructurada… mas o menos como yo misma. Y en el trabajo es bien sabido que quien gana más es tu jefe, tu superior jerárquico. Posiblemente estas reglas de poder funcionan sutilmente en más ámbitos de la vida, dependiendo de la persona y la situación; seguro que se os ocurren montones de ejemplos. Pero… ¿en lo sentimental?
La única cosa de carácter material que yo le pido a mi novia –y ella a mí- es tiempo para estar juntas cada fin de semana y que la distancia que nos separa no sea insalvable. Nada más. Por suerte en lo demás llegamos fácilmente a un acuerdo.
Hablemos ahora de realidades. ¿Es mi novia dominante y yo sumisa? Desde luego que no. Ella es muchas cosas, igual que yo. A veces soy fría, seria; ella en ocasiones es caprichosa e impulsiva… Pero nunca he notado que ejerciera ninguna clase de poder sobre mí. Muy al contrario, si ella percibiera una sombra de sumisión por mi parte, que me tuviera a su capricho, se desenamoraría de mí rápidamente. El amor debe ser equilibrio, un equilibrio cambiante, fluctuante, pero no una relación desigual, de sumisión, de renuncia constante a lo que eres, a tus gustos y opiniones. Nosotras lo hemos entendido muy bien; tan bien que no nos sirve otra cosa.
La realidad, ésa que cierta gente no puede ver, es que M. es tierna, cariñosa, fiel, constante en su afecto. Yo, la presunta mosquita muerta, tengo mis arrebatos de frialdad y distancia. De ella nunca, nunca he podido decir tal cosa, y ya van para dos años. Jamás me ha torcido el gesto, ni he tenido ni la sombra de una duda acerca de su amor.
Lo que os decía: una cosa son las apariencias, y otra las realidades.
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El puente

Con cierto retraso cuento mi puente. Empezó, ya sabéis, pasado por agua. Por mucho agua. Aunque no me puedo quejar: en mi pueblo sólo se inunda el Racó de L´Oix (que se llama así porque antiguamente era una zona cenagosa, donde se embalsaba el agua de la lluvia o la del mar, cuando había temporal). Yo vivo en el otro extremo de Benidorm, así que no he sufrido las consecuencias. Eso sí, estuvo todo el día lloviendo, y abundantemente. Tanto es así, que bajando del coche camino de casa de mi madre, me empapé toda, y mi hija también.
Yo, previsora que soy, ya había hecho la compra el día anterior porque me apetecía hacer una cena en casa. Me gusta mucho cocinar, pero pueden pasar meses hasta que me apetezca meterme en la cocina, porque supone mucho trabajo recibir a gente en casa y que todo esté perfecto – o lo mejor posible-. En definitiva, que al final nos reunimos seis, algunas nuevas amigas. Y la cena fue muy bien, más allá de las conversaciones intrascendentes de cualquier evento social. Al final de la velada, con algunas copas encima y tras ciertas confesiones personales, una de ellas, digamos A., nos hizo una pregunta. ¿Lo dejaría todo por mi novia? ¿Dejaría mi trabajo, mi casa, por estar a su lado? Creo que la pregunta venía motivada porque éramos la única pareja estable de la cena, y nos prodigamos en expresar nuestro amor, con palabras y gestos. Eso, unido al hecho de que nos mostrábamos críticas con ciertas actitudes ajenas –formas de llevar las relaciones y demás- provocó esta pregunta. Una forma de poner a prueba nuestro compromiso.
Yo contesté: lo primero es la salud, después el trabajo, y en tercer lugar el amor. Es decir, que no dejaría mi forma de vida por mi novia. Y mi novia tampoco lo haría por mí. Al menos no en los términos de la pregunta: ¿trabajo o amor?
Esto no fue entendido. O por decirlo de otra manera, fue entendido como que nuestra relación, nuestro compromiso, no es real ni sólido. Como si nuestro amor fuera un simple pasatiempo, algo prescindible y pasajero. Tanto es así, que A. llegó a decir, en tono irónico: “así también me emparejo yo…” Según su punto de vista, el amor sincero está por encima del trabajo, del “interés”, del “materialismo”, etc.
Pero claro, como todo, esto está sujeto a la interpretación que hagas, y a la concepción que tengas del amor. Para nosotras el amor no es renuncia ni sacrificio. No es una necesidad, sino una elección. Yo elijo, en igualdad de condiciones, querer a M. y por tanto no tengo que renunciar a mi vida; ni ella a la suya por mí. Nuestra historia se basa en compartir, no en renunciar. Comparto mis sentimientos, mi entrega, mi tiempo… pero no dejo de ser yo, con mi trabajo –que me gusta y también elegí-, mi espacio, mi historia. Dejarlo todo por ella sería tanto como reconocer que la necesito para vivir, para sentirme bien. Eso no es cierto; la persona a quien más amo –aparte de mi hija-, soy yo misma; y cualquier amor que tenga tiene que sentirse bien con ello, incluso tiene que alegrarse de que sea así. Porque una persona satisfecha con su vida nunca te exigirá dedicación absoluta, ni sentirá celos del aire, ni pretenderá cobrarse ese sacrificio que hace a costa de tus sentimientos…
Si yo dejara mi vida por M., si empezara de nuevo en su ciudad, aceptando cualquier trabajo, dejando atrás todo lo que construí durante años, ¿cómo se sentiría ella? Creo que igual que yo: con la carga enorme de no fallarme, de hacer valer ese sacrificio tan grande.
Yo nunca le pediré eso, ni ella a mí. Me gustaría que viviéramos juntas, pero no al precio de sacrificar la vida de una: su casa, su medio de vida, su familia. No sería justo ni razonable. El amor es algo mucho más sano que eso, y si lo exige es que no es amor, o al menos no es sano.
Si nuestra relación funciona después de casi dos años, si crece y es cada vez más profunda y sólida es precisamente porque somos libres. Libres de estar o no, de entrar o salir. No hay más obligación que ser fieles a nuestros sentimientos, sin chantajes emocionales ni económicos. Y por supuesto, esto no quiere decir que no fuera capaz de sacrificar muchas cosas por ella; pero siempre lo haría por necesidad: una enfermedad, una separación obligada… Yo estaría para ella con cada gota de mi sangre, cada cosa que poseo, cada instante de mi tiempo. Entonces también sería mi elección, seguir con ella, por encima de las dificultades. Pero sólo en ese caso, nunca porque yo necesite su presencia permanente, vivir con ella.
Hace algún tiempo salí con alguien que estaba dispuesta a empezar de nuevo conmigo, pese a conocernos poco. Eso me alarmó, porque sabía lo que significaba: que empezaba a necesitarme. Yo no quiero que me necesiten, sino que me quieran. Cuando alguien te necesita, en realidad sólo busca de ti saciar su necesidad de amor, no su necesidad de ti, de la persona que eres. Incluso es capaz de arrastrar una vida de insatisfacciones, de sufrimientos, con tal de que estés ahí, por las migajas de amor que le quieras dar. Pero yo no merezco un amor así, ni puedo aprovecharme de la debilidad de otras para satisfacer mi ego. Quien te quiere en poco tiempo y se entrega por completo, incluso más de lo exigible, busca algo que en realidad no le puedes dar: quererse a sí misma.
Yo no tengo miedo al amor, a querer. Me parece lo más importante que puedes hacer en la vida: compartir tus sentimientos, dar lo mejor de ti a quien lo merezca. Si después del amor viene sufrimiento o soledad, eso es algo con lo que viviré cuando llegue. Yo nunca pienso en lo que puede pasar, en las dificultades o en los interrogantes del futuro. El mañana no existe más que en nuestra cabeza; solo existe el presente, los besos que das, el cariño que ofreces, los momentos que vives.
¿Qué pensáis?
 
Amigas perdidas
Esta noche quiero hablar de Internet. De las amigas cibernéticas, de ésas que hemos conocido a través de la red y que en su momento ocuparon un lugar en tu vida, aunque fuera sólo unas horas al día. Algunas la he conocido en persona (a Carol, a María), a otra nunca tuve ocasión de verla y contrastar mis impresiones ante un café.
Lo bueno y malo del mundo cibernético es que conoces gente del otro lado de España, a una distancia tan grande que es imposible que la amistad fructifique. Eso sin contar con que lo que cuentas a través del Messenger no sirve para cimentar una relación, por más que quieras pensar que sí: diferentes edades, distintas vidas y pocas cosas que compartir, más allá de unas mismas inquietudes sentimentales, reflexiones de media noche que se disipan con el sueño.
Pero las pocas veces que me conecto –la última vez que lo hice fue hace meses-, echo de menos su presencia, aunque sólo sea para saludar y preguntar por sus vidas. Nos hemos escrito a veces, contando sucintamente nuestras cosas, con sincero interés. Pero el tiempo hace su trabajo, y los buenos momentos del pasado van quedando atrás, como en una bruma.
Esta noche quiero decirles, aunque no me lean, que las echo de menos. Buena gente, gente sincera, honesta; posiblemente con sus defectos, quizá perdidas en los vericuetos de la vida, preocupadas con sus historias. Pero estén donde estén, les deseo lo mejor, porque creo que se lo merecen.
María, espero que al fin encuentres un trabajo a la altura de tus méritos; y una novia que te de la estabilidad que te robaron hace tantos años.
Carol, ojalá que un día desarrolles toda esa inteligencia que tienes, esa capacidad infinita de reflexión y análisis que tanto me asombraba y me complacía. En lo sentimental no espero de ti más que lo que sé que puedes dar.
Maleante, a ti sólo te deseo que conserves lo que tienes, lo que buscabas pacientemente, sin precipitaciones. Tu exigencia ha tenido su premio: cumplir tus sueños.
Y bueno, en una noche de nostalgia, qué menos que esperar que un día nos reencontremos.
Quién sabe.
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Un amor como un huevo
Si sólo escribiera para mi novia, ella entendería muy bien este raro enunciado; pero en realidad escribo para unos pocos curiosos y para mí misma. M. ya no me lee más que de vez en cuando, cuando tiene un rato libre y muy poco que hacer. Igual que yo, dedica poco tiempo a Internet. Hay un mundo más ancho y radiante fuera de esta pantalla, no lo queremos perder.
Pues como decía al principio, nuestro amor es como un huevo. Una estructura calcárea frágil, vulnerable a los golpes más leves si cae de costado; pero muy duro y resistente si la presión la ejerces justo de arriba abajo, presionando sobre sus ejes. Parece un extraño ejemplo, pero viene a resumir un poco mi idea. Nuestra relación es una relación de fines de semana, fiestas y vacaciones. Alguna amiga sostiene –sin acritud- que así es fácil no discutir ni desgastar una relación. Disfrutas de lo bueno y después vuelves a tu rutina solitaria, esperando con ilusión el siguiente descanso para retomar la relación con ganas. Claro que esto es una verdad con matices: nosotras nos vemos cada fin de semana, llueva, nieve o granice. Nos vemos cada día libre, ya sea un día o tres. Cuando entre semana trabajamos, los días tienen un ritmo un poco enloquecido: horarios, obligaciones, tareas… Mucho que hacer y poco descanso. De pronto llega el viernes y mi única ilusión es que estemos juntas con familia o sin ella, cansadas o relajadas, con planes interesantes o sin nada que hacer. Fin de semana sobre fin de semana, acumulando nuestras propias rutinas, nuestra forma de llevar esos dos días que puntualmente llegan al final de la semana y que siempre son para las dos.
Todo esto quiere decir que también nosotras podemos sufrir del mal de la rutina, del aburrimiento compartido, como tantas parejas. Con el agravante de que no tenemos un proyecto de futuro concreto; sí muchos sueños e ilusiones, pero nada trazado con un mínimo de realismo. Sabemos con toda certeza que hasta dentro de un tiempo, mucho, no podremos vivir juntas. Tenemos trabajos y familias que aconsejan no dar un paso tan importante e irreversible; sabemos que debemos esperar tiempos mejores. M. sí tiene alguna leve idea de lo que hará dentro de unos años, pero depende de factores que ahora no controlamos, y es inútil dar nada por hecho.
Por otra parte, nos hemos conocido cuando ya tenemos nuestra vida hecha: casa, trabajo, hijos…No formaremos una familia al uso porque ya la formamos un día y no tenemos necesidad de repetir errores. Todas los rituales de las parejas socialmente bien vistas, como son el matrimonio, comprar una casa, tener hijos… son cosas que no garantizan nada; no nos querremos más por tener esos vínculos, que muchas veces se convierten más en ataduras que en lazos.
Nuestro amor es como un huevo, sí. Pero tengo el convencimiento de que siempre cuidaremos de que no se rompa, de que no caiga de costado. Porque las dos lo queremos, porque las dos cuidamos de que nuestra relación avance contra todo pronóstico, contra vaticinios nefastos y estadísticas crudas y frías.
Porque queremos, sí.
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Cosas importantes

Esta noche apenas he hablado con mi novia. Sólo me ha llamado para darme las buenas noches y justificar la brevedad de su llamada. Está trabajando en algo importante, aunque sea a favor de alguien que no lo es, que no es importante, sino un pobre don nadie, un personaje quién sabe si despreciable o simplemente desafortunado. Lo que está claro es que ella está trabajando tarde porque le gusta su trabajo y quiere hacerlo lo mejor posible. Pero muchos en su lugar lo dejarían abandonado a su suerte, seguros de que nadie lo va a lamentar.
Sé que a veces no la entiendo, no comparto su visión de las cosas, su manera de hacer. Sin embargo, no olvido ni un momento que, siendo tan distinta, tiene valores fuertes e inamovibles; como yo misma, aunque no los practique tan a menudo como quisiera.
Yo creo en la solidaridad, en la justicia, en la verdad. Sólo que muchas veces eso se manifiesta de forma vaga y pálida. Ni mi trabajo exige una responsabilidad que lo requiera ni soy capaz de implicarme demasiado, para mi vergüenza.
Por eso esta noche, cuando he colgado el teléfono, me he sentido muy bien, muy orgullosa de ella, de la persona que es; orgullosa de ella y de que me haya elegido para andar el camino que nos queda, juntas.
No puedo contaros más porque debo ser discreta respecto a su trabajo. Un día quizá me deje ser más clara; de momento no puedo. Normalmente se dedica a cuestiones mucho más ordinarias, con ser interesantes y curiosas. Pero esta noche no; esta noche me ha demostrado que su interés va más allá de lo profesional; se gana el sueldo en serio, dedicando horas y esfuerzo incluso cuando todo muy negro y sólo cabe esperar lo peor.
La quiero y la admiro por ello.
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Algunas aclaraciones
Muchas veces pienso en lo aséptico que es mi blog. Nunca doy nombres ni ningún dato que identifique lugares o personas, más allá de referencias vagas y necesarias. M i novia me impuso esta discreción, aunque creo que incluso si me lo permitiera no diría mucho sobre ella o su entorno. No está bien hablar de los demás, y menos contar cosas que no dirías de ti misma.
Pero reconozcámoslo: escribir un blog nos atrae porque nos mantenemos al margen, en el puro anonimato. Y además sabemos que si nos interesa conocer a alguien, sólo tenemos que mandar nuestro correo a esa persona para dejar de ser anónimos; pero sólo cuando nos apetece. Aquí contamos demasiadas intimidades como para decir: me llamo fulana de tal, vivo en la ciudad X, barrio Z, y trabajo en la empresa Y. Eso sería igual que desnudarse en público; ante personas que ni te mirarían, delante de otr@s a quienes despertarías deseo, y frente a gente que te despreciaría, o te envidiaría, o simplemente te la tendría jurada por haber dicho algo que le ha ofendido. Sí, tenemos que ser conscientes de que algunos están un poco locos. No merece la pena ponérselo tan fácil.
A mí me sucedió una vez, meses atrás. Lo peor que te puede suceder es que tu intimidad caiga en manos de quien te odia o te desprecia. Porque no hay nada tan fácil como usar ese mismo anonimato que nos ampara para hacer daño.
Esto ocurrió en marzo del pasado año. Yo estaba en los albores de mi relación con M., arrebatada de felicidad, maravillada de mi suerte. Yo no sabía que cierta famosa bloguera, que vivía cerca de mí y a quien yo apreciaba, había pasado la dirección de mi blog a una ex suya, que a su vez había salido con una ex mía. Parece demasiado rocambolesco, pero lo cierto es que mi ex tenía una excelente relación con esta antigua novia suya. Mi indiscreta amiga bloguera hizo llegar mi blog a gente que no tenía buen recuerdo mío. ¿Por qué? Porque dejé a esta chica, y no como ella esperaba: despacio y con tacto; al contrario, las circunstancias fueron particulares, y tuve que hacerlo de una forma precipitada, tajante. Posiblemente no me porté como debía. Posiblemente pude ser más amable, menos dura. Pero hay una cosa que entonces sabía igual que sé ahora: no se puede dejar a alguien por fascículos, ni prolongar una ruptura.
En fin, que siempre hay quien ejerce de vengadora. En este caso – lo he sabido hace poco- fue la actual novia de la ex de mi ex la que se dedicó a mandar comentarios delatores y ofensivos a mi blog. Una militar profesional que debe pensar que su obligación hacia su pareja es hacer la vida imposible a quienes les caen mal; una manera de hacerle la machota, la dura, ante su novia. Y eso a pesar de que había pasado más de ocho meses desde aquella ruptura; que por entonces mi ex tenía más que superada (tenía otra novia).
Resumiendo, que es mala idea pasar tu blog a quienes te conocen personalmente. Y no porque ellos puedan hacerte daño, sino porque no sabes con quién lo compartirán, con buena o mala fe. En mi caso, con cierta mala intención, según interpreto. Porque un blog como el mío, que se dedica casi siempre a hablar de amor, era visto con cierta ironía, cierta incredulidad, por esta famosa bloguera. Y se olvidó, con toda su contrastada sensibilidad amorosa, de que los sentimientos se expresan de distinta forma, por más que se sientan igual. Yo puedo aparecer cursi y empalagosa, pero hay una cosa indudable y cierta: lo siento absolutamente. No pertenezco ni quiero pertenecer a la generación beat, un grupo de borrachos con talento y algunos momentos de triste lucidez.; aunque tampoco pertenezco a la generación romántica, con sus excesos de sentimentalismo idealista. En realidad no pertenezco a ninguna corriente, ni tengo más aspiraciones que contar lo que siento. Y mi única pretensión al escribir se limita a no repetir un sustantivo en frases consecutivas. Porque no he nacido para la literatura, como la mayoría. Mi cultura, mucha según quien nunca se ha preocupado por abrir un libro, y poca para quienes no dejan de ser simples diletantes, es la que me he construído con buenos libros, prensa diaria y algunos discos. Mi única pretensión aquí ha sido siempre compartir mi felicidad, mi maravillosa suerte, con algunas desconocidas. Gente de buena fe que espera encontrar un día lo que yo hallé por puro azar; esa gente que se apenaría si mi relación fracasara, porque sería la derrota del amor, no la mía propia. Gente que es como yo.
Si me atrevo a contar todo esto es porque ya no me importa quién me lee, lo que pueda pensar ni cómo pueda intentar fastidiarme. Ahora sí, estoy por encima de críticas, delaciones y toda clase de maldades. Mi sexualidad es mía, y me importa un carajo quién pueda saber que soy lesbiana. Mi mirada y mi corazón es limpio, no tengo por qué ocultarme ni nada que justificar.
Este post es una deuda conmigo misma. Quería dejar claro lo que sé; que soy consciente de quién me ha intentado joder, de lo que me importan las mezquindades.

Estoy por encima de vosotras, chatas.
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