Una Nochevieja diferente
Llevo mucho tiempo sin escribir. Entre las cenas y comidas navideñas y la compra de mi nuevo coche –no exenta de sus sobresaltos y quebraderos de cabeza- he carecido de la serenidad suficiente para sentarme a escribir. Ahora tengo unos días de vacaciones, y como de costumbre todavía no he aprovechado para hacer las pequeñas tareas que me prometí concluir en estas fechas… Espero que estos tres días que me quedan sean más productivos.
Mi primera novedad es que después de mucho pensar, he vuelto a arriesgarme y contratar una tarifa ADSL. Digo arriesgar porque mis últimas experiencias con este tema han sido desesperantes. Un servicio deficiente cuando menos, y la mayor parte de las veces, inexistente. Pero las cuotas llegaban con puntualidad suiza, cada mes. Incluso se han permitido (concretamente, Ya.com) cargarme 30 euros por “gastos de baja”, después de tenerme dos meses sin Internet! Esta es una de las tareas que tengo pendiente: empezar los trámites para recuperar mi dinero; más otra reclamación a Telefónica por inflar su factura, otra a BBVA por cobrar primas de seguro indebidamente… Me río yo de nuestra justicia, que castiga con dureza al ladrón de carteras y trata con delicadeza a estos delincuentes de trajes caros y coches de lujo. La próxima vez que entre en la cárcel un banquero o un gran empresario, os invito a una ronda.
La pasada Nochebuena organicé una pequeña cena en casa para dos amigas que como yo no la celebran en familia. Mi madre prefiere que nos reunamos todos en Navidad –somos una extensísima familia-, así que la noche anterior soy libre de cenar con quien quiera. Mi novia sí celebra la Navidad con su familia, por lo que tenía pocas opciones. La cena con mis amigas fue tranquila y agradable. Solo éramos tres, con lo que pude esmerarme en los platos: Wok de verduras y bacalao con mango y crostinis de higaditos y frutos rojos. Me gusta mucho cocinar, siempre que sea en cantidades moderadas, para un máximo de cuatro personas. Es una de las cosas que más le gustan a mi novia, mis dotes culinarias… entre muchas otras cosas, por supuesto! Lo peor de la noche fue la salida posterior: decidimos dar una vuelta por los garitos de siempre, y los encontramos vacíos, desangelados. Ni en Benidorm la gente se decide a salir de casa una noche así.
En Nochevieja nos reuniremos siete amigas –o quizá diez, si se apuntan otras tres-, así que no podré lucirme con platos elaborados; cada cual aportará su propia comida y bebida; yo haré una serie de entrantes y un par de ensaladas, creo que con eso será suficiente.
Dentro del grupo hay dos chicas a las que conoceremos esa noche. Son amigas de otra de las asistentes; a una de ellas incluso sólo la conoce por el Chat! Pero visto el esfuerzo que hace de venir desde Madrid espero que nuestra acogida le compense el viaje. Estas visitas inesperadas le dan un toque de sorpresa a la velada que me gusta. No quiero hacerme grandes expectativas respecto a la noche, aunque intuyo que será divertida. Ya os contaré el resultado… Incluso tenemos previsto un “amigo invisible” que al menos por parte de mi novia , va a ser muy picante…
Estoy siendo muy prosaica en este post. Pero es que después de varias semanas sin escribir se me han acumulado un montón de pequeñas noticias cotidianas para contar. Mi novia, el objeto permanente de mi blog, tendrá que esperar a las siguientes entregas. Sólo apuntar que la quiero absolutamente, como siempre, y que la fecha de nuestro segundo aniversario se acerca. Mi siguiente tarea será organizar un romántico fin de semana para las dos. Madrid, Barcelona, una casa rural acogedora, Londres… me apetece un montón de destinos, sólo tengo que decidirme.
Cualquier sugerencia vuestra será muy apreciada.
Felices fiestas!
Amigas virtuales
Este fin de semana he recibido un mensaje de chueca. Mi novia y yo tenemos un perfil conjunto para conocer a gente. En general, hemos tenido poco éxito. Excepto un par de respuestas de chicas, sólo hemos recibido mensajes de parejas bisexuales y hombres aburridos en busca del trío soñado. Nosotras hemos mandado gran cantidad de reclamos, pero normalmente el silencio ha sido la respuesta. Las chicas que buscan pareja no buscan amistad, ni siquiera como daño colateral. La búsqueda es la búsqueda, queridas. Hay que concentrar todas las fuerzas en aguzar la vista sobre la presa y no fallar el tiro… Eso deben pensar, vamos.
Y eso que sólo mandamos mensajes a aquéllas que “también” buscan amistad, con esa vieja frase de que “amigas nunca sobran”. Pero la realidad es distinta. Cuando hemos tenido la suerte de contactar por Messenger –son tan discretas y desconfiadas que nunca dan el teléfono, como una servidora-, tras las primeras generalidades: presentarnos, dar alguna seña personal, hablar del tiempo… de manera automática surge la pregunta, la inquietud que subyace en todas ellas. ¿Por qué buscamos amigas? ¿Es que no nos va bien, estamos en crisis? Y claro, yo, con toda franqueza, digo que no; que somos así de campechanas y nos gusta relacionarnos; por mi manera de hablar de M. creo que dejo bastante claro cómo la quiero, lo a gusto que estamos.
Pues a partir de ahí, desbandada general. A una se le quema el arroz, otra se tiene que ir urgentemente de compras con su madre-amiga-prima, otra a dormir… La cuestión es que desaparecen rápidamente y sin contemplaciones. Y yo me quedo con cara de tonta, debatiéndome entre la buena educación (“hasta pronto, encantada de conocerte”) y la irritabilidad que me provoca esta cortedad de miras (“tu te lo pierdes, chata”). Ya sé que en una sección de contactos no puedo esperar otra cosa que gente cuyo principal afán sea encontrar pareja o sexo, pero…de verdad tenemos que reducirnos a eso? Si hay una verdad que no suele fallar, es que la amistad perdura cuando las relaciones sentimentales vienen y van; precisamente porque se basa en un genuino deseo de compartir sin buscar intereses ni esperar a cambio más que compañía y buenos ratos.
En realidad, no es que me moleste el hecho de que alguien no me quiera conocer porque tengo pareja y me va bien. Me molestaría que emprendieran una amistad cuando realmente quieren otra cosa; porque entonces buscarían el desliz de M. o mío, acecharían nuestros momentos bajos para sacar tajada (claro que eso es IMPOSIBLE). Mejor así, mejor que pongan las cartas sobre la mesa mucho antes. Pero no entiendo por qué tienen que engañarse y engañar a las demás señalando en sus perfiles que también buscan amistad.
En fin, que vengo a recalar en ese viejo tema mío: hay demasiada necesidad de amor, un ansia tan grande que hace borroso cualquier otra faceta de la vida, por recomendable que sea. Y como ya sabéis, el camino es otro: quiérete a ti misma y cuando ya no sientas necesidad de nadie entonces serás libre de verdad.
Y eso que sólo mandamos mensajes a aquéllas que “también” buscan amistad, con esa vieja frase de que “amigas nunca sobran”. Pero la realidad es distinta. Cuando hemos tenido la suerte de contactar por Messenger –son tan discretas y desconfiadas que nunca dan el teléfono, como una servidora-, tras las primeras generalidades: presentarnos, dar alguna seña personal, hablar del tiempo… de manera automática surge la pregunta, la inquietud que subyace en todas ellas. ¿Por qué buscamos amigas? ¿Es que no nos va bien, estamos en crisis? Y claro, yo, con toda franqueza, digo que no; que somos así de campechanas y nos gusta relacionarnos; por mi manera de hablar de M. creo que dejo bastante claro cómo la quiero, lo a gusto que estamos.
Pues a partir de ahí, desbandada general. A una se le quema el arroz, otra se tiene que ir urgentemente de compras con su madre-amiga-prima, otra a dormir… La cuestión es que desaparecen rápidamente y sin contemplaciones. Y yo me quedo con cara de tonta, debatiéndome entre la buena educación (“hasta pronto, encantada de conocerte”) y la irritabilidad que me provoca esta cortedad de miras (“tu te lo pierdes, chata”). Ya sé que en una sección de contactos no puedo esperar otra cosa que gente cuyo principal afán sea encontrar pareja o sexo, pero…de verdad tenemos que reducirnos a eso? Si hay una verdad que no suele fallar, es que la amistad perdura cuando las relaciones sentimentales vienen y van; precisamente porque se basa en un genuino deseo de compartir sin buscar intereses ni esperar a cambio más que compañía y buenos ratos.
En realidad, no es que me moleste el hecho de que alguien no me quiera conocer porque tengo pareja y me va bien. Me molestaría que emprendieran una amistad cuando realmente quieren otra cosa; porque entonces buscarían el desliz de M. o mío, acecharían nuestros momentos bajos para sacar tajada (claro que eso es IMPOSIBLE). Mejor así, mejor que pongan las cartas sobre la mesa mucho antes. Pero no entiendo por qué tienen que engañarse y engañar a las demás señalando en sus perfiles que también buscan amistad.
En fin, que vengo a recalar en ese viejo tema mío: hay demasiada necesidad de amor, un ansia tan grande que hace borroso cualquier otra faceta de la vida, por recomendable que sea. Y como ya sabéis, el camino es otro: quiérete a ti misma y cuando ya no sientas necesidad de nadie entonces serás libre de verdad.
Días de crisis
A veces nos equivocamos. Todos. Y esos errores tienen consecuencias, para bien o para mal. Esta pasada semana mi novia se equivocó provocando una discusión con poco sentido para mí. Ella tiene que aprender a respetar mis decisiones, a no tomarse como una ofensa o una falta de amor el que yo decida no hacer algo que ella supone normal y razonable. Tiene que aprender a escuchar mis razones, sean o no buenas según su punto de vista. Si M. tiene algo que no me gusta es esto: que a veces, en cuestiones totalmente secundarias y nimias, se empeña en que las cosas sucedan como ella entiende que deben ser.
El pasado domingo me pidió un pequeño favor. Se trataba de cobrar una factura a un cliente suyo de Benidorm, porque ella estaría ausente y había acordado pasar el martes a recoger el dinero que le debe. Yo le dije que no, y le expliqué el por qué: conozco a esa persona, y me temía que intentara pagarme menos, o liarme de alguna manera para escabullirse de su obligación. No me apetecía pasar el mal trago de negociar lo que no me compete o de tener que recibir instrucciones de M. si las cosas no eran como habían acordado. La semana anterior tuve que lidiar con problemas de pago, y me sentía cansada, sin ganas de verme en una situación incómoda. Además, el sábado ella misma podría cobrar su factura por sí misma, y decidir in situ lo que debía hacer si las cosas se complicaban.
Mi decisión no le gustó, y se marchó un poco disgustada. Para ella no tenía razón para negarle algo tan fácil, y no entendía ni mis temores ni mis reservas.
Al día siguiente, cuando yo había olvidado ese pequeño incidente, la tormenta estalló inesperadamente. Me llamó esa noche, como cada noche. Pero su tono no era el de siempre, sino exigente y seco. Muy pronto entendí por qué: mi negativa del día anterior se le había atragantado, y en algún momento del día decidió que mi postura era inaceptable y que debía hacérmelo ver. Sólo que eligió los peores argumentos, tan malos que tuve que señalarle que no todo se puede decir, y que las palabras injustas acaban teniendo un precio. Ella no quiso escucharme, y mis advertencias le sonaron a amenazas. Colgué el teléfono cansada de escuchar despropósitos que no eran propios de ella, angustiada por la idea de que quizá sintiera que estaba poniendo más en esta relación, aunque yo sabía con certeza que no era cierto.
Estaba tan decepcionada, tan triste y desesperanzada que no volví a cogerle el teléfono. En mi cabeza empezaron a gestarse mis propios temores. El miedo a que esa discusión tan absurda y a la vez tan hiriente fuera la antesala de otras peleas más mezquinas. Era la primera vez que me hablaba así, y yo saqué una conclusión precipitada. Creí que empezaba a cansarse de mí, de la persona tranquila y conformista que soy. Que buscara un plus de ambición que no tengo; una persona como ella, tan resuelta en las cosas que a mí me superan.
Entonces me replegué en mí misma. Y esa noche, viendo las horas pasar sin poder dormir, creí que era el tiempo de parar. De abandonar esta relación que tanto me había dado y que tan poco merecía convertirse en una contabilidad de favores dados y recibidos, de reproches por lo que se ofrece y se espera a cambio. Así que, mientras amanecía, busqué la fortaleza que creo tener para soportar una separación que sentía necesaria.
Al día siguiente leí sus mensajes de arrepentimiento. Pero me sonaron vacíos y ridículos, porque nadie puede cambiar de opinión en una hora ni recapacitar sólo por temor a disgustarte. Esa mañana, cuando hablamos, le dije que se había acabado. Y entonces fui yo la injusta, la que volcó en las palabras el dolor que sentía. Le reproché su inconsciencia, su impulsividad infantil. Pero también le dije palabras duras que no sentía. Le hice daño, mucho daño. Tanto que me sentí tan culpable y mezquina como había sido ella conmigo.
A partir de ahí se sucedieron las conversaciones. Ella, asegurándome que no volvería a actuar así. Yo, bloqueada y dolida porque sentía que algo se había roto, algo que daba por seguro: su capacidad de entenderme y valorar lo que teníamos.
Por fin logramos hablar sin reprocharnos nada, sólo contarnos lo que sentíamos, lo que nos había herido. Y poco a poco todo volvió a su cauce, aunque nuestros miedos seguían allí, agazapados tras las palabras de perdón y reconciliación. Yo, con el temor de que todo cambiara, ella creyendo que ya no la quería igual.
El fin de semana las cosas han quedado muy claras. No hemos tenido que repetir lo que hablamos por teléfono, ni ha habido más explicaciones. Si hubiéramos discutido cara a cara las cosas se hubieran resuelto en pocas horas, porque las miradas y los gestos dicen más que todas las razones del mundo. Ya no eran necesarias tantas frases repetidas, ni tantas justificaciones prescindibles. De manera natural decidimos querernos y olvidar. Mi miedo se disipó en su mirada, y mis besos le confirmaron que nada a cambiado en mi amor. Las dos hemos aprendido algo, como se suelen aprender las cosas: a golpe de errores, de rasguños y dolor. Ella sabe que nunca la dejaré pese a mi carácter inflexible, y que ella no volverá a hablar movida por el rencor. Sabemos lo que vale esto, nuestro amor, el tiempo que pasamos juntas. Impagable, precioso, único, irrepetible. Lo sabe tan bien como yo, y las dos somos alumnas aplicadas a la hora de aprender de estos errores.
Ya todo pasó. Este fin de semana sólo nos hemos querido. Y cuando el amor zozobra cuando recuperas la calma qué bueno es. He reseguido con mis dedos el perfil de sus cejas, la pendiente de su nariz, la curva de sus labios. He querido cansarme de su boca a fuerza de besos, y no lo he conseguido. He aspirado el olor de su cuello, de su piel, la he mirado con mi media sonrisa pícara sólo por el placer de verla devolverme el gesto, tan lleno de amor y entrega que hasta duele tanta felicidad.
Todo sigue. Este barco no se ha hundido porque tiene buen calado. Y pronto podré decir que llevamos navegando juntas dos años. Vendrán tormentas, pero cada vez somos mejores marinas.
El pasado domingo me pidió un pequeño favor. Se trataba de cobrar una factura a un cliente suyo de Benidorm, porque ella estaría ausente y había acordado pasar el martes a recoger el dinero que le debe. Yo le dije que no, y le expliqué el por qué: conozco a esa persona, y me temía que intentara pagarme menos, o liarme de alguna manera para escabullirse de su obligación. No me apetecía pasar el mal trago de negociar lo que no me compete o de tener que recibir instrucciones de M. si las cosas no eran como habían acordado. La semana anterior tuve que lidiar con problemas de pago, y me sentía cansada, sin ganas de verme en una situación incómoda. Además, el sábado ella misma podría cobrar su factura por sí misma, y decidir in situ lo que debía hacer si las cosas se complicaban.
Mi decisión no le gustó, y se marchó un poco disgustada. Para ella no tenía razón para negarle algo tan fácil, y no entendía ni mis temores ni mis reservas.
Al día siguiente, cuando yo había olvidado ese pequeño incidente, la tormenta estalló inesperadamente. Me llamó esa noche, como cada noche. Pero su tono no era el de siempre, sino exigente y seco. Muy pronto entendí por qué: mi negativa del día anterior se le había atragantado, y en algún momento del día decidió que mi postura era inaceptable y que debía hacérmelo ver. Sólo que eligió los peores argumentos, tan malos que tuve que señalarle que no todo se puede decir, y que las palabras injustas acaban teniendo un precio. Ella no quiso escucharme, y mis advertencias le sonaron a amenazas. Colgué el teléfono cansada de escuchar despropósitos que no eran propios de ella, angustiada por la idea de que quizá sintiera que estaba poniendo más en esta relación, aunque yo sabía con certeza que no era cierto.
Estaba tan decepcionada, tan triste y desesperanzada que no volví a cogerle el teléfono. En mi cabeza empezaron a gestarse mis propios temores. El miedo a que esa discusión tan absurda y a la vez tan hiriente fuera la antesala de otras peleas más mezquinas. Era la primera vez que me hablaba así, y yo saqué una conclusión precipitada. Creí que empezaba a cansarse de mí, de la persona tranquila y conformista que soy. Que buscara un plus de ambición que no tengo; una persona como ella, tan resuelta en las cosas que a mí me superan.
Entonces me replegué en mí misma. Y esa noche, viendo las horas pasar sin poder dormir, creí que era el tiempo de parar. De abandonar esta relación que tanto me había dado y que tan poco merecía convertirse en una contabilidad de favores dados y recibidos, de reproches por lo que se ofrece y se espera a cambio. Así que, mientras amanecía, busqué la fortaleza que creo tener para soportar una separación que sentía necesaria.
Al día siguiente leí sus mensajes de arrepentimiento. Pero me sonaron vacíos y ridículos, porque nadie puede cambiar de opinión en una hora ni recapacitar sólo por temor a disgustarte. Esa mañana, cuando hablamos, le dije que se había acabado. Y entonces fui yo la injusta, la que volcó en las palabras el dolor que sentía. Le reproché su inconsciencia, su impulsividad infantil. Pero también le dije palabras duras que no sentía. Le hice daño, mucho daño. Tanto que me sentí tan culpable y mezquina como había sido ella conmigo.
A partir de ahí se sucedieron las conversaciones. Ella, asegurándome que no volvería a actuar así. Yo, bloqueada y dolida porque sentía que algo se había roto, algo que daba por seguro: su capacidad de entenderme y valorar lo que teníamos.
Por fin logramos hablar sin reprocharnos nada, sólo contarnos lo que sentíamos, lo que nos había herido. Y poco a poco todo volvió a su cauce, aunque nuestros miedos seguían allí, agazapados tras las palabras de perdón y reconciliación. Yo, con el temor de que todo cambiara, ella creyendo que ya no la quería igual.
El fin de semana las cosas han quedado muy claras. No hemos tenido que repetir lo que hablamos por teléfono, ni ha habido más explicaciones. Si hubiéramos discutido cara a cara las cosas se hubieran resuelto en pocas horas, porque las miradas y los gestos dicen más que todas las razones del mundo. Ya no eran necesarias tantas frases repetidas, ni tantas justificaciones prescindibles. De manera natural decidimos querernos y olvidar. Mi miedo se disipó en su mirada, y mis besos le confirmaron que nada a cambiado en mi amor. Las dos hemos aprendido algo, como se suelen aprender las cosas: a golpe de errores, de rasguños y dolor. Ella sabe que nunca la dejaré pese a mi carácter inflexible, y que ella no volverá a hablar movida por el rencor. Sabemos lo que vale esto, nuestro amor, el tiempo que pasamos juntas. Impagable, precioso, único, irrepetible. Lo sabe tan bien como yo, y las dos somos alumnas aplicadas a la hora de aprender de estos errores.
Ya todo pasó. Este fin de semana sólo nos hemos querido. Y cuando el amor zozobra cuando recuperas la calma qué bueno es. He reseguido con mis dedos el perfil de sus cejas, la pendiente de su nariz, la curva de sus labios. He querido cansarme de su boca a fuerza de besos, y no lo he conseguido. He aspirado el olor de su cuello, de su piel, la he mirado con mi media sonrisa pícara sólo por el placer de verla devolverme el gesto, tan lleno de amor y entrega que hasta duele tanta felicidad.
Todo sigue. Este barco no se ha hundido porque tiene buen calado. Y pronto podré decir que llevamos navegando juntas dos años. Vendrán tormentas, pero cada vez somos mejores marinas.