Consejos fáciles
Este fin de semana he estado pensando en la historia de Nuuk, una chica enamorada locamente de otra que le da una de cal y otra de arena. Del paraíso del amor al infierno del desprecio y la indiferencia, sin transición alguna. Todos cuantos la leemos le aconsejamos lo mismo, por lo demás algo obvio y sensato: que la deje aunque sea doloroso. Ella misma es consciente de que esa relación la está matando, pero no puede terminar con ella, no tiene fuerzas. Se aferra a la pequeña esperanza, cada vez más diminuta, de que un día todo cambie, ella cambie, para vivir su amor en paz y armonía.
Estuve pensando en ello y reflexionando acerca de lo fácil que es aconsejar cuando no lo vives. Para Nuuk sin embargo nuestras recomendaciones le deben sonar algo así como “córtate tu misma el brazo que tienes infectado y aprende a vivir con el muñón hasta que te injertes una extremidad nueva y sana”. Qué fácil de decir y qué difícil de afrontar. Yo lo digo por experiencia, porque también pasé por lo mismo y no fui capaz de arrancarme ese brazo inútil; opté por una solución que no era tal: dejar que el brazo cayera por sí mismo después de mil dolores, viendo que cada día estaba peor, con auténtico terror a lo que inevitablemente iba a pasar. Después vino la depresión, el hundimiento más atroz que nunca he pasado. Yo me aferraba a la idea de que si eso sucedía, si me dejaba, ya estaría prevenida, preparada para lo peor. Pero no: nadie está listo cuando la desgracia llama a la puerta.
La cuestión es que después, cuando me recuperé del golpe, me sentí mucho más fuerte. La única cosa que podemos sacar del dolor es el aprendizaje, y por desgracia muchas veces no aprendemos más que con la experiencia, cayendo en esa zanja que todo el mundo te había advertido no pisar. Yo tuve que caer para comprender mis errores, y lo que aprendí entonces fue a no cerrar los ojos a la realidad, por dura que te parezca. Y sobre todo a no querer evitar lo inevitable.
Así que desde entonces tengo asumido que soy otra, que no estoy dispuesta a malgastar mi tiempo ni mi afecto con alguien que no me quiere, que no sabe cuidarme o que no tiene nada en común conmigo. Pero…
¿Y si no es verdad? Desde que aquello sucedió no he querido de verdad a nadie que me pusiera a prueba, que me hiciera sentir mal o que la relación no funcionara… No he querido a nadie más que a M. Así que me puedo encontrar con que mis certezas son puro humo, un autoconvencimiento sin más base que mi voluntad de que sea cierto.
Espero no tener que pasar por esa prueba nunca. Con M. es muy difícil que suceda por dos motivos: el primero porque creo en su amor, y conociéndola como la conozco sé que sus sentimientos no son cambiantes ni efímeros; el segundo, porque si ella sintiera que no me quiere más me trataría con respeto y cariño, no dejando morir la relación poco a poco haciéndonos un daño inútil.
Pero pongámonos en lo peor. Supongamos que me vuelve a suceder aquello y veo claramente que la relación no funciona: peleas, indiferencia, engaños… Seguramente haría lo que M. piensa: no cortaría mi brazo en el primer momento, asustada y dolida ante esa responsabilidad; pero sí que dejaría de querer a quien me maltrata y no me merece. Entonces, con un poco de tiempo, sí tendría valor para acabar.
Lo que sí he aprendido, y de esto estoy bien segura, es que no debo empezar una relación cuando desde el principio ves cosas que no te encajan, cuando en esa melodía que es el amor percibes notas disonantes, pequeños detalles que delatan lo que será el germen del desamor.
Puede parecer cobarde, pero la mejor garantía para no sufrir es dejar en simple aventura lo que intuyes que no va a prosperar.
Creo que ese sexto sentido que lo detecta ya lo tengo muy desarrollado.
Estuve pensando en ello y reflexionando acerca de lo fácil que es aconsejar cuando no lo vives. Para Nuuk sin embargo nuestras recomendaciones le deben sonar algo así como “córtate tu misma el brazo que tienes infectado y aprende a vivir con el muñón hasta que te injertes una extremidad nueva y sana”. Qué fácil de decir y qué difícil de afrontar. Yo lo digo por experiencia, porque también pasé por lo mismo y no fui capaz de arrancarme ese brazo inútil; opté por una solución que no era tal: dejar que el brazo cayera por sí mismo después de mil dolores, viendo que cada día estaba peor, con auténtico terror a lo que inevitablemente iba a pasar. Después vino la depresión, el hundimiento más atroz que nunca he pasado. Yo me aferraba a la idea de que si eso sucedía, si me dejaba, ya estaría prevenida, preparada para lo peor. Pero no: nadie está listo cuando la desgracia llama a la puerta.
La cuestión es que después, cuando me recuperé del golpe, me sentí mucho más fuerte. La única cosa que podemos sacar del dolor es el aprendizaje, y por desgracia muchas veces no aprendemos más que con la experiencia, cayendo en esa zanja que todo el mundo te había advertido no pisar. Yo tuve que caer para comprender mis errores, y lo que aprendí entonces fue a no cerrar los ojos a la realidad, por dura que te parezca. Y sobre todo a no querer evitar lo inevitable.
Así que desde entonces tengo asumido que soy otra, que no estoy dispuesta a malgastar mi tiempo ni mi afecto con alguien que no me quiere, que no sabe cuidarme o que no tiene nada en común conmigo. Pero…
¿Y si no es verdad? Desde que aquello sucedió no he querido de verdad a nadie que me pusiera a prueba, que me hiciera sentir mal o que la relación no funcionara… No he querido a nadie más que a M. Así que me puedo encontrar con que mis certezas son puro humo, un autoconvencimiento sin más base que mi voluntad de que sea cierto.
Espero no tener que pasar por esa prueba nunca. Con M. es muy difícil que suceda por dos motivos: el primero porque creo en su amor, y conociéndola como la conozco sé que sus sentimientos no son cambiantes ni efímeros; el segundo, porque si ella sintiera que no me quiere más me trataría con respeto y cariño, no dejando morir la relación poco a poco haciéndonos un daño inútil.
Pero pongámonos en lo peor. Supongamos que me vuelve a suceder aquello y veo claramente que la relación no funciona: peleas, indiferencia, engaños… Seguramente haría lo que M. piensa: no cortaría mi brazo en el primer momento, asustada y dolida ante esa responsabilidad; pero sí que dejaría de querer a quien me maltrata y no me merece. Entonces, con un poco de tiempo, sí tendría valor para acabar.
Lo que sí he aprendido, y de esto estoy bien segura, es que no debo empezar una relación cuando desde el principio ves cosas que no te encajan, cuando en esa melodía que es el amor percibes notas disonantes, pequeños detalles que delatan lo que será el germen del desamor.
Puede parecer cobarde, pero la mejor garantía para no sufrir es dejar en simple aventura lo que intuyes que no va a prosperar.
Creo que ese sexto sentido que lo detecta ya lo tengo muy desarrollado.
Las vecinas (o este mundo es un pañuelo)
Este sábado he invitado a cenar a mis vecinas. En mi planta hay cuatro pisos, y excepto los saludos de rigor y las referencias al tiempo en el ascensor no tengo ninguna relación con ellos. Cada cual va a lo suyo, hace tiempo que se desvaneció el espíritu de grupo que animaba a las gentes que vivían puerta con puerta. Si acaso nos relacionamos en las reuniones de la comunidad, donde nadie se entiende con nadie y sólo interesa saber “qué hay de lo mío”.
Me estoy perdiendo. Os decía que he invitado a mis vecinas, y esto por varios motivos. El primero, porque se portaron muy bien conmigo hace un par de meses. Yo me puse enferma de madrugada y tuve que ir al hospital. Como me sentía realmente mal, al borde del desmayo y sin nadie que me asistiera, llamé a su puerta a horas indecentes, pegándoles un buen susto; pero en ese momento no tenía a nadie que cuidara de mi hija, y no pensaba dejarla sola. Ellas, somnolientas en sus pijamas impecables, fueron comprensivas y me brindaron su ayuda.
Desde ese momento estaba en deuda con ellas. Además tuvieron el detalle de interesarse por mí días después; entonces quedamos en tomar café una tarde cualquiera. Pero ya sabéis: nuestros horarios de trabajo son incompatibles, estaba ocupada, se me olvidaba… M. me reñía por mi falta de educación, y yo también me sentía mal por ser tan desconsiderada. Así que en la fiesta de Nochevieja las invitamos a una copa cuando las oímos llegar ya tarde. Se pasaron por mi casa, nos presentamos y yo con toda naturalidad dije que M. era mi novia. Claro que este gesto tenía un doble sentido: por un lado me gusta siempre que puedo presentarme como soy, sin disfraces ni ambigüedades. Por otro, yo estaba convencida de que ellas eran pareja. No me equivoqué, y ante mi franqueza ellas optaron por sincerarse y comentar su relación.
Esa noche no hubo tiempo para más; no conocían a nadie de la fiesta, y habían quedado con amigos. Así que nos comprometimos a cenar juntas y conocernos mejor. Esta vez he sido más considerada y las he invitado en la primera ocasión en que M. y yo podemos hacerlo.
Hace unos días comencé un post con este tema: ¿cuántas lesbianas hay en mi ciudad? Obviamente, muchas. No todas cumplen los estereotipos archiconocidos: ropas, peinados, actitudes… Muchas pasan desapercibidas, como es lógico. Porque la condición sexual no se refleja en una imagen determinada; los sentimientos y deseos de una mujer permanecen ocultos en la mente y sólo en la intimidad se manifiestan tal y como son. Esta verdad tan evidente para las que somos lesbianas es, sin embargo, desconocida por la mayoría, que siguen empeñándose en poner etiquetas a las personas, en catalogar a la gente por rasgos externos absolutamente superficiales. Posiblemente muchas de las que lo parecen lo son, pero no todas las que lo son lo parecen, y me atrevería a decir que cada vez más. Las “salidas del armario” se hacen cada día más frecuentes. Por suerte vivimos en una sociedad que ofrece la posibilidad de ser lo que una quiera; sólo hace falta un poco de valor asumir tu propia condición, porque lo demás, la ocultación o la demostración de afecto en público, es una decisión que una toma por comodidad. Sabemos que casi nadie se atrevería a comentar nada ante dos mujeres que se besan o se toman de la mano; pero nos resulta más fácil no hacerlo para no asumir riesgos. Esto requeriría una reflexión aparte…
Me estoy perdiendo. Os decía que he invitado a mis vecinas, y esto por varios motivos. El primero, porque se portaron muy bien conmigo hace un par de meses. Yo me puse enferma de madrugada y tuve que ir al hospital. Como me sentía realmente mal, al borde del desmayo y sin nadie que me asistiera, llamé a su puerta a horas indecentes, pegándoles un buen susto; pero en ese momento no tenía a nadie que cuidara de mi hija, y no pensaba dejarla sola. Ellas, somnolientas en sus pijamas impecables, fueron comprensivas y me brindaron su ayuda.
Desde ese momento estaba en deuda con ellas. Además tuvieron el detalle de interesarse por mí días después; entonces quedamos en tomar café una tarde cualquiera. Pero ya sabéis: nuestros horarios de trabajo son incompatibles, estaba ocupada, se me olvidaba… M. me reñía por mi falta de educación, y yo también me sentía mal por ser tan desconsiderada. Así que en la fiesta de Nochevieja las invitamos a una copa cuando las oímos llegar ya tarde. Se pasaron por mi casa, nos presentamos y yo con toda naturalidad dije que M. era mi novia. Claro que este gesto tenía un doble sentido: por un lado me gusta siempre que puedo presentarme como soy, sin disfraces ni ambigüedades. Por otro, yo estaba convencida de que ellas eran pareja. No me equivoqué, y ante mi franqueza ellas optaron por sincerarse y comentar su relación.
Esa noche no hubo tiempo para más; no conocían a nadie de la fiesta, y habían quedado con amigos. Así que nos comprometimos a cenar juntas y conocernos mejor. Esta vez he sido más considerada y las he invitado en la primera ocasión en que M. y yo podemos hacerlo.
Hace unos días comencé un post con este tema: ¿cuántas lesbianas hay en mi ciudad? Obviamente, muchas. No todas cumplen los estereotipos archiconocidos: ropas, peinados, actitudes… Muchas pasan desapercibidas, como es lógico. Porque la condición sexual no se refleja en una imagen determinada; los sentimientos y deseos de una mujer permanecen ocultos en la mente y sólo en la intimidad se manifiestan tal y como son. Esta verdad tan evidente para las que somos lesbianas es, sin embargo, desconocida por la mayoría, que siguen empeñándose en poner etiquetas a las personas, en catalogar a la gente por rasgos externos absolutamente superficiales. Posiblemente muchas de las que lo parecen lo son, pero no todas las que lo son lo parecen, y me atrevería a decir que cada vez más. Las “salidas del armario” se hacen cada día más frecuentes. Por suerte vivimos en una sociedad que ofrece la posibilidad de ser lo que una quiera; sólo hace falta un poco de valor asumir tu propia condición, porque lo demás, la ocultación o la demostración de afecto en público, es una decisión que una toma por comodidad. Sabemos que casi nadie se atrevería a comentar nada ante dos mujeres que se besan o se toman de la mano; pero nos resulta más fácil no hacerlo para no asumir riesgos. Esto requeriría una reflexión aparte…
Carta abierta a la novia perfecta
Querida M.
Qué extraño se me hace nombrarte sólo por una inicial, pero ya sabes que el anonimato en este medio se impone. También podría llamarte querida novia, amor mío, mujer de mi vida, compañera para siempre… Te puedo llamar de muchas otras formas, y todas serían tan ciertas como tu propio nombre.
Escribo esta carta abierta al cumplirse dos años contigo. Aunque los primeros aniversarios parezcan los más importantes tú y yo sabemos que es ahora cuando podemos decir, con toda confianza, que nuestra relación avanza sin miedos, sin reservas, sin más horizonte que los años que nos quedan por vivir.
Te escribo para agradecerte todo: que existas, que seas como eres y, lo más importante, que seas para mí. Cuando pienso en ti y estamos lejos, tu en tus cosas y yo en las mías, no hay una sola nube oscura en mi mente; lo primero que veo es tu mirada cargada de amor, de entrega. Nadie, nunca, me ha dado lo que tu me das. Y todo lo haces sin esfuerzo, naturalmente, pese a que tu vida es un torbellino de obligaciones y exigencias. Para mí siempre tienes tiempo, siempre encuentras palabras llenas afecto y aliento.
¿En qué se resume tu amor? ¿Qué es lo que queda después de dos años? Muy difícil encontrar las palabras. Por eso me basta decir que me haces mucho bien, que contigo soy mejor, me multiplicas las fuerzas y me das confianza en el futuro.
Por eso no me he relajado, amor mío. No he dejado de pensar un solo día cuánto vale tu amor, cuánto vales tu. Ya sabes que lo repito continuamente, en estas líneas y en tu oído: es precioso quererte y que me quieras. Es un tesoro prodigioso encontrar alguien como tú en un mundo como éste, lleno de egoísmo, mentiras y engaños.
No me duele que no podamos vivir juntas ni casarnos; eso es secundario cuando ya eres madura y sabes aprovechar el tiempo que pasamos juntas. Sí me duele no poder besarte en cada esquina de la ciudad, no poder demostrarte a cada paso lo que siento sin volverme atrás y ver si nos observan; es lo único que siento. Porque de nada estoy más orgullosa que de haberte ganado para mí, cuando pensaba al conocerte que eras demasiado perfecta para ser real.
Me he pasado media vida buscando sin esperanza, fantaseando con un amor que parecía un mito, una fantasía. Tan acostumbrada estaba a ese vacío que ni lo notaba. Me acostumbré a vivir para mí, malgastando el tiempo en amores cojos, en aventuras nuevas por sentir algo. Algo que se parecía, a veces, al verdadero amor.
Quiero ser humilde, amor mío, pero me cuesta. La vida, mi suerte o mi esfuerzo me han hecho quien soy, esta sencilla y mediocre funcionaria de vida simple y rutinaria. Pero puedo decirlo alto y claro: contigo he llegado a lo más alto, al grado superior. Miro a los demás desde la cima de mi felicidad y me siento la reina. Aunque sé que este reinado tengo que ganármelo, tenemos que trabajarlo día a día para seguir construyendo nuestro país, ese país donde el dolor no llega, ni la desconfianza, ni la tristeza.
Es maravilloso pensar que no necesito nada más, que ya llegué donde quería llegar. Contigo lo tengo todo: el respeto, la libertad, la aventura, la pasión, la entrega, la fe… Sí, incluso la fe de una atea irredenta. Si la muerte es el fin, qué buena una vida contigo.
El fin de semana, nuestro fin de semana, pienso mirarte hasta desgastar mis ojos y así grabar cada gesto tuyo y atesorarlo para siempre. Haremos mil cosas: bailar, pasear, comer, ir al teatro, de compras… esas cosas que todo el mundo hace cuando está de vacaciones pero que contigo tiene un sabor especial, único. Y cuando estemos a solas haré lo que he planeado: contemplarte sin prisas, acariciarte despacio, sentir en mis dedos el calor de tu piel, el tacto de tu cuerpo. Muy muy despacio, como si no hubiera tiempo y el instante pudiera alargarse por una eternidad. Quiero disfrutarte con algo más que mi cuerpo.
A veces he imaginado conocerte con veinte años, cuando nuestros destinos se cruzaron en la misma ciudad sin saberlo. Pensar en cómo hubiera sido encontrarnos entonces, cuando la vida era un camino nuevo para las dos. Pero sé que no, que es ahora cuando estamos en el momento justo para valorar lo que tenemos, con nuestras cicatrices y batallas libradas a cuestas. Digamos que nos queda lo mejor, los años de la experiencia.
Quiero escribirte cosas bonitas, pero no alcanzo a expresarlas. Sólo me apetece ir a la cama y soñar despierta contigo, imaginarte a mi lado, sentir el calor de tu presencia, el suave murmullo de tu respiración dormida.
Cuando despierto por la mañana temprano, muerta de sueño, con prisas por arreglarlo todo y salir de casa, tu eres la razón por la que lo hago todo con buen humor, me conformo con las pequeñas tragedias domésticas y los sinsabores del trabajo. Por ti como verduras y no carne, por ti me sabe mal no aprovechar mejor mi tiempo, ni ser más sabia para ser mejor. Mejor, persona, mejor amante, mejor para ti.
Hay quien sueña con que le toque la lotería. Yo sueño con no perderte nunca.
ADSL: Aleluyah!
Os escribo un post este radiante día en que encuentro un ADSL a precio moderado y sin pasar por el rodillo de Timofónica. Hace falta pasar más de un año de conexiones fallidas y lentas para apreciar el valor de un Internet rápido y eficiente. Casi había perdido la esperanza de encontrarlo; incluso tenía un libro junto al ordenador para que se hicieran menos tediosos los interminables minutos de espera mientras se cargaba un vídeo, o una página cualquiera… Esto va a reactivar mi curiosidad cibernética, porque aunque disfrute de una conexión aceptable en mi trabajo, carezco de tiempo y de intimidad para investigar lo que me apetece. Da gusto cargar un vídeo de Youtube al instante, o bajarse un programa en un plis plás… Estoy contenta, sí.
Este fin de semana nos toca vida casera. Mañana iré a casa de M. y leeré mucho, veré alguna buena película, cocinaré algún plato sabroso y sano... También estaré con mi novia, claro. Pero ella –esa mujer singular que me deja tres veces el mismo comentario- está embarcada en la difícil aventura del doctorado, así que la dejaré estudiar tranquila.
Es una emprendedora incansable que lleva adelante todo: trabajo, proyectos, estudios, familia… y novia. Por eso lo menos que puedo hacer es respetar sus actuales necesidades de tiempo y sosiego. También la admiro por ello: a mí se me hace imposible pensar en estudiar nada, incluso aquello que me estimula. Mi curiosidad es más evanescente, salta de un tema a otro y no se detiene demasiado en ninguno.
Hace tiempo que no dedico un post entero a mis reflexiones amorosas y filosóficas. Como siempre digo, me siento extraña cuando me leo. Mis artículos parecen escritos por un gurú de una secta, digamos “la secta de los amores felices”. De todas formas creo que mi blog perdería su personalidad si dejara de escribir así. Por tanto, en breve tendréis noticias mías en forma de divagaciones sentimentales.
Hasta pronto!
Este fin de semana nos toca vida casera. Mañana iré a casa de M. y leeré mucho, veré alguna buena película, cocinaré algún plato sabroso y sano... También estaré con mi novia, claro. Pero ella –esa mujer singular que me deja tres veces el mismo comentario- está embarcada en la difícil aventura del doctorado, así que la dejaré estudiar tranquila.
Es una emprendedora incansable que lleva adelante todo: trabajo, proyectos, estudios, familia… y novia. Por eso lo menos que puedo hacer es respetar sus actuales necesidades de tiempo y sosiego. También la admiro por ello: a mí se me hace imposible pensar en estudiar nada, incluso aquello que me estimula. Mi curiosidad es más evanescente, salta de un tema a otro y no se detiene demasiado en ninguno.
Hace tiempo que no dedico un post entero a mis reflexiones amorosas y filosóficas. Como siempre digo, me siento extraña cuando me leo. Mis artículos parecen escritos por un gurú de una secta, digamos “la secta de los amores felices”. De todas formas creo que mi blog perdería su personalidad si dejara de escribir así. Por tanto, en breve tendréis noticias mías en forma de divagaciones sentimentales.
Hasta pronto!
Nochevieja vieja vieja...
Haciendo balance de la Nochevieja, mi primera conclusión es que no repetiré como anfitriona. Las cenas para nueve, aunque fuera de sobaquillo, te dejan un montón de vasos y platos que lavar, sin contar la limpieza del salón, recoger trastos, papeles, cristales… No repetiré porque el esfuerzo, al menos en este caso, no ha sido compensado por la diversión. Será que no invité a la gente adecuada, o bien que ya no tenemos edad para el desmadre, la cuestión es que fue un tanto aburrida, y a las dos yo hacía rato que quería dormir abrazada a mi novia, sin soportar conversaciones anodinas ni canciones pachangueras. M. dice que soy una exagerada y una exigente; que no estuvo tan mal. Es cierto: no estuvo “tan” mal; digamos entonces que no estuvo “bien”.
Hubo momentos divertidos, como la entrega de regalos del amigo invisible. Uno de ellos fue un juguete erótico que la receptora no tuvo empacho en probar…
Pero casi nadie bailó, algunas se recluyeron en un rincón y alguna otra nos deleitó con sus lamentos, más patéticos que sentimentales…
Dicen que a lo hecho, pecho. Ya no tiene sentido quejarme, sino aprender. La próxima fiesta en mi casa será de cuatro; entonces podré esforzar mis dotes culinarias, y si elijo bien las comensales, seguro que será divertida.
La entrada de año me ha pasado tan inadvertida como acostumbra. Por no tener no tengo ni nuevos propósitos. Sólo quiero seguir como hasta ahora, con esta novia maravillosa que me adora y a la que tanto quiero, y que todo lo demás funcione medianamente: la salud, el trabajo… En fin, los tres pilares básicos de la vida.
Dentro de poco es nuestro aniversario, como bien sabéis. Al final haremos el clásico viaje a Madrid, porque ya lo conocemos bien y no queremos complicarnos el fin de semana con guías, planos y transportes que no controlamos. Nos alojaremos en el centro, a un paso de Chueca, iremos al teatro, a cenar, a bailar…no nos preocuparemos de nada más que pasarlo bien y querernos mucho.
A la vuelta, os cuento…
Hubo momentos divertidos, como la entrega de regalos del amigo invisible. Uno de ellos fue un juguete erótico que la receptora no tuvo empacho en probar…
Pero casi nadie bailó, algunas se recluyeron en un rincón y alguna otra nos deleitó con sus lamentos, más patéticos que sentimentales…
Dicen que a lo hecho, pecho. Ya no tiene sentido quejarme, sino aprender. La próxima fiesta en mi casa será de cuatro; entonces podré esforzar mis dotes culinarias, y si elijo bien las comensales, seguro que será divertida.
La entrada de año me ha pasado tan inadvertida como acostumbra. Por no tener no tengo ni nuevos propósitos. Sólo quiero seguir como hasta ahora, con esta novia maravillosa que me adora y a la que tanto quiero, y que todo lo demás funcione medianamente: la salud, el trabajo… En fin, los tres pilares básicos de la vida.
Dentro de poco es nuestro aniversario, como bien sabéis. Al final haremos el clásico viaje a Madrid, porque ya lo conocemos bien y no queremos complicarnos el fin de semana con guías, planos y transportes que no controlamos. Nos alojaremos en el centro, a un paso de Chueca, iremos al teatro, a cenar, a bailar…no nos preocuparemos de nada más que pasarlo bien y querernos mucho.
A la vuelta, os cuento…