La cena de los horrores (o cómo a veces es mejor quedarse en casa)
M. y yo tenemos muy buena disposición a conocer gente. No importa a qué se dediquen, ni su aspecto, ni sus antecedentes… Basta que sean buenas personas con algo que contar y compartir. Por eso siempre que se presenta la ocasión de entablar nuevas amistades la aprovechamos. Claro que estas citas a ciegas tienen sus riesgos… y es que puedes conocer a gente rara, rara, rara.
En esta ocasión así fue: de las tres chicas que conocimos (entiéndase por tales a mujeres que ya no cumplirán los cuarenta), dos eran como para echarlas a la basura sin abrir. Os parecerá una exageración, pero baste contar algunos lances de la noche para que me entendáis. Primero, en la cena, conocimos a dos; una de ellas una bella persona, parlanchina, amable y de carácter fácil. Ese tipo de persona con la que compartir una charla y una noche de marcha sin complicaciones extrañas. Pero la otra… menudo personaje. Cuando durante la cena le preguntamos a qué se dedicaba, empezó diciendo que “necesitaba su tiempo para contestar a esa pregunta”, como si su profesión fuera una experiencia dolorosa, o como si fuera un trabajo tan raro que no lo entenderíamos. M., con su guasa, opinó que debía ser maquilladora de cadáveres o algo así. Pero no, resultó ser gasolinera.
Después, ya de copas, llegó la tercera desconocida –para nosotras, claro-. Esta ya fue el colmo del frikismo: el aspecto era sobrecogedor. Mujer con cara de travesti –curiosa contradicción en una hembra-, gran barriga cervecera y gestos muy varoniles. Entendedme, no la juzgué por eso. Sé que detrás de una máscara extraña se puede encontrar una bella persona, llena de valores y con gran personalidad. No fue el caso. Detrás de su apariencia se escondía una de las personas más desagradables que he conocido últimamente. Nada más entrar por la puerta y presentarnos, la gasolinera –llamémosla así para identificarla- decidió que esa chica era su tipo. Eso pese a que su primera pregunta sobre ella, hecha sottovoce, fue: “¿Es hombre o mujer?” En cuanto supo que era de sexo femenino empezó a cortejarla brutalmente, sin tregua, con cara de cordera degollada e infinito amor. Por su parte la otra también se dedicó con el mismo empeño a ignorarla y a tirarle los tejos a otra amiga, que ya no sabía qué decirle para quitársela de encima. Después de la primera copa nuestra nueva “amiga”, de Madrid para más señas, decidió que ella sabía mejor que nadie dónde pasarlo bien, pese a ser de fuera y haber pasado una sola noche en Benidorm. Al final, después de abrir la puerta de tres garitos vacíos o claramente masculinos, tuvo que plegarse a la voluntad de quien conoce el terreno; o sea, mi novia y yo.
Y aquí empieza el episodio más patético de la noche. La gasolinera, con bastantes copas de más, declara que tiene que ir a su coche por dinero. El problema era que había aparcado lejos, y nadie quería darse ese paseo. Le dije que no necesitaba demasiado para pagar las pocas copas que nos quedaban por tomar, pero ella insistía diciendo que tenía “más de 300 euros” en la guantera. Total, que coge un taxi y desaparece. Cuando una hora después sigue sin dar señales de vida decidimos ir a buscarla, pensando que se ha quedado dormida en el coche. Por supuesto, su amiga –la primera que mencioné, y que había venido con ella, pues son del mismo pueblo- le llamó al móvil innumerables veces, encontrando su teléfono apagado. Estaba preocupada, pues dependía de ella para volver a casa. Cogimos mi coche y nos acercamos a donde habían aparcado, para descubrir ¡que se había ido! Sin avisar, sin explicaciones y dejando colgada a su amiga.
En fin, que tranquilizo a la chica ofreciéndole mi casa para dormir, y nos dirigimos al pub para recoger al resto e ir a otro garito; se montan todas en mi coche, la madrileña con un enorme gintonic rebosante, sin importarle un carajo que mancharme la tapicería. Mi novia le dice que lo deje fuera, pero hace caso omiso. Debería dejarla en tierra, pero respiro hondo y pienso que no quiero peleas y discusiones.
Cuando llegamos al destino, esta individua se dedica a dar una especie de masaje chino a nuestra amiga, la que viene rondando desde el principio de la noche. Le pone la mano en la espalda presionando con tal fuerza que la tira hacia delante, una y otra vez. Al final M., incómoda, le llama la atención. Ella se gira desafiante y nos dice, mirándonos chulesca a los ojos: “Sé lo que hago”. Nos desentendemos del tema, y al poco rato nuestra amiga está en el suelo, derribada por la fuerza con que la empuja.
Decidimos que ya tenemos suficiente. Nos vamos a casa, dejando al resto del grupo apurando los últimos restos de la noche. Por supuesto, acogemos a nuestra nueva amiga, que todavía no se explica cómo ha podido quedarse tirada de esa manera. Ya de vuelta, nos confiesa que la fugitiva no es gasolinera ni nada; está en el paro desde que perdió sy último trabajo. Y la madrileña, esa mujer incansable para la juerga, está de baja…
Conclusión: no queremos a gente así en nuestras vidas. Perdularias, inconstantes, irresponsables, desconsideradas, inverosímilmente estrafalarias.
La próxima cita con mujeres desconocidas será un café, breve y esclarecedor.
Etiquetas: frikis personajes
Quando l´amore ti tocca...
Otra vez me he dejado llevar por la pereza y he descuidado mi blog. O para ser justa conmigo misma, me he dejado llevar por el cansancio de una semana de trabajo y tareas domésticas que apenas me dejan tiempo que perder. El poco que me queda lo estoy dedicando a leer, mi mayor pasión después de mi novia. De ahí que no haya contado nada de mi fin de semana en Madrid.
Pero en realidad no tengo mucho que contar. Lo pasamos bien, salimos al teatro, a comer, a pasear, de compras… las cosas normales cuando estás de vacaciones, aunque sean tan breves. Lo malo es el viaje, cuatro horas y media de coche y tren, que se hace muy duro cuando el domingo tienes que volver.
No puedo decir que Chueca me aburre, aunque sí debo reconocer que ya no me sorprende. Recuerdo mis primeras escapadas a Madrid: para alguien de una ciudad pequeña (aunque Benidorm es bastante cosmopolita) significaba un cambio impactante. La libertad que se respira, la posibilidad de relacionarte y ver con normalidad lo que siempre tienes que esconder me impactaba. Estaba deseando volver, reunir un poco de tiempo y dinero para perderme por sus calles: Augusto Figueroa, Fuencarral, Hortaleza, Vazquez de Mella, Libertad… Es el ideal de todo gay y lesbiana, un resquicio de tranquilidad en este mundo tan cuadriculado y convencional…
Pero durante estos dos años me he acostumbrado a sus garitos, y ya no necesito sentirme libre en un lugar determinado, sino dentro de mí. Me he habituado a ser quien soy pese a no confesarlo. Me basta con mi intimidad y mi pequeño grupo de amigas para no sentirme sola y extraña. Creo que Chueca se ha convertido en un referente, un ideal de lo que debería ser el resto del mundo; pero no deja de ser un lugar que, como cualquier otro, puede llegar a cansar. Una repetición de rituales de fin de semana, de locales de copas y restaurantes ya vistos, ya recorridos muchas veces. Ahora me apetece quedarme en mi pequeño rincón del mundo y disfrutar de lo cercano, de lo que conforma mi vida.
Este aniversario le regalé un anillo a mi novia. Espero que lo lleve a menudo; bueno, en realidad me gustaría que lo llevara siempre. Puede sonar anticuado, pero me gusta que lleve algo mío a la vista, una seña de mi amor, de su pertenencia a mí; un recordatorio permanente y concreto de nuestro compromiso sentimental. Como una prolongación del deseo de estar juntas, de permanecer unidas para siempre.
Sólo estamos a martes. Esta semana la echo de menos como nunca, como al principio, cuando se me hacía eterno cada día hasta el viernes. Me doy cuenta, sin embargo, que ya no es como entonces. Antes tenía la ilusión de ser independiente, de guardar una parte de mí, un refugio propio donde nada me tocara, ni el desamor ni la necesidad. Pero ahora sé que no es verdad, que sí la necesito, que me he acostumbrado a tenerla, a que no me falte su amor, que me hace tan feliz. Lo sé, y no me da miedo porque tengo fe en ella. La fe. Esa palabra que siempre he creído absurda e imposible. Creer en alguien por encima de la razón y la prudencia, por encima de este mundo donde todo es cambiante y transitorio. Pero es imposible no tener fe cuando quieres de verdad, desde lo más profundo de tu corazón. ¿Cómo no tener esta certeza si sientes, si ves que ella te lo da todo, todo cuanto tu das y mucho más?
Así somos los humanos: nos acostumbramos a todo, a lo bueno y a lo malo. Quien nunca tuvo amor o fue tracionado acaba pensando que es todo una mentira, que es imposible encontrar a alguien que te llene. Piensas que los amores perfectos sólo existen en las novelas o en el cine. Con esa idea puedes dormir, como yo misma dormía antes de encontrar a M. Aprendes a disfrutar de lo que la vida te da, sea mucho o poco; y es una sabia manera de entender el mundo, la mejor. A no ser que un día descubras por casualidad una joya preciosa en tu camino, la recojas y le des vuelta en la mano, pensando que es un sueño, un espejismo.
Yo la he encontrado, y cuido de que brille para mí, no olvidando su valor. Mi pequeña joya, mi novia, mi amor.
Pero en realidad no tengo mucho que contar. Lo pasamos bien, salimos al teatro, a comer, a pasear, de compras… las cosas normales cuando estás de vacaciones, aunque sean tan breves. Lo malo es el viaje, cuatro horas y media de coche y tren, que se hace muy duro cuando el domingo tienes que volver.
No puedo decir que Chueca me aburre, aunque sí debo reconocer que ya no me sorprende. Recuerdo mis primeras escapadas a Madrid: para alguien de una ciudad pequeña (aunque Benidorm es bastante cosmopolita) significaba un cambio impactante. La libertad que se respira, la posibilidad de relacionarte y ver con normalidad lo que siempre tienes que esconder me impactaba. Estaba deseando volver, reunir un poco de tiempo y dinero para perderme por sus calles: Augusto Figueroa, Fuencarral, Hortaleza, Vazquez de Mella, Libertad… Es el ideal de todo gay y lesbiana, un resquicio de tranquilidad en este mundo tan cuadriculado y convencional…
Pero durante estos dos años me he acostumbrado a sus garitos, y ya no necesito sentirme libre en un lugar determinado, sino dentro de mí. Me he habituado a ser quien soy pese a no confesarlo. Me basta con mi intimidad y mi pequeño grupo de amigas para no sentirme sola y extraña. Creo que Chueca se ha convertido en un referente, un ideal de lo que debería ser el resto del mundo; pero no deja de ser un lugar que, como cualquier otro, puede llegar a cansar. Una repetición de rituales de fin de semana, de locales de copas y restaurantes ya vistos, ya recorridos muchas veces. Ahora me apetece quedarme en mi pequeño rincón del mundo y disfrutar de lo cercano, de lo que conforma mi vida.
Este aniversario le regalé un anillo a mi novia. Espero que lo lleve a menudo; bueno, en realidad me gustaría que lo llevara siempre. Puede sonar anticuado, pero me gusta que lleve algo mío a la vista, una seña de mi amor, de su pertenencia a mí; un recordatorio permanente y concreto de nuestro compromiso sentimental. Como una prolongación del deseo de estar juntas, de permanecer unidas para siempre.
Sólo estamos a martes. Esta semana la echo de menos como nunca, como al principio, cuando se me hacía eterno cada día hasta el viernes. Me doy cuenta, sin embargo, que ya no es como entonces. Antes tenía la ilusión de ser independiente, de guardar una parte de mí, un refugio propio donde nada me tocara, ni el desamor ni la necesidad. Pero ahora sé que no es verdad, que sí la necesito, que me he acostumbrado a tenerla, a que no me falte su amor, que me hace tan feliz. Lo sé, y no me da miedo porque tengo fe en ella. La fe. Esa palabra que siempre he creído absurda e imposible. Creer en alguien por encima de la razón y la prudencia, por encima de este mundo donde todo es cambiante y transitorio. Pero es imposible no tener fe cuando quieres de verdad, desde lo más profundo de tu corazón. ¿Cómo no tener esta certeza si sientes, si ves que ella te lo da todo, todo cuanto tu das y mucho más?
Así somos los humanos: nos acostumbramos a todo, a lo bueno y a lo malo. Quien nunca tuvo amor o fue tracionado acaba pensando que es todo una mentira, que es imposible encontrar a alguien que te llene. Piensas que los amores perfectos sólo existen en las novelas o en el cine. Con esa idea puedes dormir, como yo misma dormía antes de encontrar a M. Aprendes a disfrutar de lo que la vida te da, sea mucho o poco; y es una sabia manera de entender el mundo, la mejor. A no ser que un día descubras por casualidad una joya preciosa en tu camino, la recojas y le des vuelta en la mano, pensando que es un sueño, un espejismo.
Yo la he encontrado, y cuido de que brille para mí, no olvidando su valor. Mi pequeña joya, mi novia, mi amor.