Mi amor
A veces, en esos ejercicios especulativos que tanto me gusta hacer, pienso en cómo ha cambiado mi relación con M. durante estos dos años. Recuerdo mis primeros meses, mis impresiones sobre ella cuando la conocía menos, y lo comparo con el momento actual, cuando hay pocas reacciones suyas que me sorprenda o cuando ya son pocas las situaciones que no hayamos vivido juntas.
Al pensar en ello me doy cuenta de que poco ha cambiado mi visión. Ahora que conozco sus debilidades, sus miedos y sus manías, ahora que conozco su lado oscuro –o menos claro, porque en ella no hay nada negro- y sus errores entiendo mejor que nunca mi amor por ella, porqué la quiero de esta manera absoluta y entregada en que lo hago.
M. es, en muchos sentidos, una mujer normal. Como todo el mundo tiene sus momentos menos afortunados, sus reacciones previsibles, sus historias sin importancia. Pero en aquello en que es distinta es absolutamente extraordinaria, y esa parte suya que me encanta y me lleva hacia ella es muy difícil de describir, compleja e inefable.
Algunas personas que la han conocido superficialmente la describen como distante y fría; no andan desencaminados, ya que ella también es eso. No es fácil entrar en su mundo interior, en la parte reservada e íntima que la define como mujer y que tan especial la hace para mí. No es sencillo conocerla a fondo porque es reservada y guarda celosamente una parte suya, la defiende de cualquier curiosidad o intento de desentrañarla. Yo soy transparente, tiendo a confesar mis sentimientos con mucha más facilidad. No puedo evitar ser franca, y disfruto contando mis cosas con que sólo me den un poco de confianza. Ella, sin embargo, prefiere abrirse sólo a quien lo merece. Pero ni siquiera aquellos que gozan de su favor pueden sospechar el torrente de ternura, de amor, de calidez y fidelidad que existe en ella. Sólo yo lo sé.
Yo, que soy así de vehemente en mis palabras, que tiendo a expresar lo que siento con naturalidad, soy una amante de segunda a su lado. Las palabras, con ser importantes, no dejan de ser un disfraz de los sentimientos, un ropaje que le pones a las emociones y que como tal a veces cae dejando a la vista algunas contradicciones y defectos que desdicen lo que cuentas. Yo le he fallado alguna vez, no muchas. Ella no me ha fallado nunca. Jamás. Yo le he contado medias verdades, o he actuado inconscientemente, sin valorar el perjuicio que le ocasionaba con mis actos. Ella nunca.
Y no sólo ha sido fiel a sus sentimientos, sino que nunca ha tenido una actitud ambigua, una duda, un momento de debilidad conmigo. Su amor, desde el momento en que lo expresó, ha sido absolutamente recto, fuerte y fiel. Es imposible no quererla, porque cuando me mira como lo hace, desde la profundidad de sus ojos verdes, sientes que a través de su mirada te asomas a un mundo de inesperada belleza, una promesa de amor sin fin que te hace no sentir miedo a entregarte, a dejarte llevar. Yo sé que me quiere no solamente por sus palabras, sino por su forma de mirarme, y muchas veces un gesto te dice mucho más que las frases de amor más entregadas. Para mí ella tiene quince años cuando me ama; la miro y es como vivir un amor de adolescencia, cuando los sentimientos todavía conservar la ingenuidad y la inocencia que nos roban los años. El tiempo que llevamos juntas ha calmado el deseo, que ya no es tan urgente; pero no ha cambiado lo que sentimos al abrazarnos, al besarnos mil veces en la boca, al aspirar el olor de nuestra piel. El escalofrío de placer que siento cuando estoy con ella, esa corriente cálida e intensa que nos une cuando hacemos el amor es lo más hermoso que me ha pasado nunca. Y todavía me maravilla comprobar que el tiempo, ese destructor de sentimientos, no ha podido con nosotras; que no ha logrado amansar las sensaciones, la felicidad que sentimos cuando estamos juntas, compartiendo las cosas grandes o pequeñas.
Si tuviera que desearle bien a alguien, sólo le desearía que viva lo que yo estoy viviendo. Pese a nuestra distancia, al tiempo que cada semana pasamos separadas, qué bonito, qué manera tan buena de pasar la vida. Queriendo a quien te quiere, cuidando a quien te cuida, pensando en quien te piensa.
Ya lo sabéis: soy feliz
Al pensar en ello me doy cuenta de que poco ha cambiado mi visión. Ahora que conozco sus debilidades, sus miedos y sus manías, ahora que conozco su lado oscuro –o menos claro, porque en ella no hay nada negro- y sus errores entiendo mejor que nunca mi amor por ella, porqué la quiero de esta manera absoluta y entregada en que lo hago.
M. es, en muchos sentidos, una mujer normal. Como todo el mundo tiene sus momentos menos afortunados, sus reacciones previsibles, sus historias sin importancia. Pero en aquello en que es distinta es absolutamente extraordinaria, y esa parte suya que me encanta y me lleva hacia ella es muy difícil de describir, compleja e inefable.
Algunas personas que la han conocido superficialmente la describen como distante y fría; no andan desencaminados, ya que ella también es eso. No es fácil entrar en su mundo interior, en la parte reservada e íntima que la define como mujer y que tan especial la hace para mí. No es sencillo conocerla a fondo porque es reservada y guarda celosamente una parte suya, la defiende de cualquier curiosidad o intento de desentrañarla. Yo soy transparente, tiendo a confesar mis sentimientos con mucha más facilidad. No puedo evitar ser franca, y disfruto contando mis cosas con que sólo me den un poco de confianza. Ella, sin embargo, prefiere abrirse sólo a quien lo merece. Pero ni siquiera aquellos que gozan de su favor pueden sospechar el torrente de ternura, de amor, de calidez y fidelidad que existe en ella. Sólo yo lo sé.
Yo, que soy así de vehemente en mis palabras, que tiendo a expresar lo que siento con naturalidad, soy una amante de segunda a su lado. Las palabras, con ser importantes, no dejan de ser un disfraz de los sentimientos, un ropaje que le pones a las emociones y que como tal a veces cae dejando a la vista algunas contradicciones y defectos que desdicen lo que cuentas. Yo le he fallado alguna vez, no muchas. Ella no me ha fallado nunca. Jamás. Yo le he contado medias verdades, o he actuado inconscientemente, sin valorar el perjuicio que le ocasionaba con mis actos. Ella nunca.
Y no sólo ha sido fiel a sus sentimientos, sino que nunca ha tenido una actitud ambigua, una duda, un momento de debilidad conmigo. Su amor, desde el momento en que lo expresó, ha sido absolutamente recto, fuerte y fiel. Es imposible no quererla, porque cuando me mira como lo hace, desde la profundidad de sus ojos verdes, sientes que a través de su mirada te asomas a un mundo de inesperada belleza, una promesa de amor sin fin que te hace no sentir miedo a entregarte, a dejarte llevar. Yo sé que me quiere no solamente por sus palabras, sino por su forma de mirarme, y muchas veces un gesto te dice mucho más que las frases de amor más entregadas. Para mí ella tiene quince años cuando me ama; la miro y es como vivir un amor de adolescencia, cuando los sentimientos todavía conservar la ingenuidad y la inocencia que nos roban los años. El tiempo que llevamos juntas ha calmado el deseo, que ya no es tan urgente; pero no ha cambiado lo que sentimos al abrazarnos, al besarnos mil veces en la boca, al aspirar el olor de nuestra piel. El escalofrío de placer que siento cuando estoy con ella, esa corriente cálida e intensa que nos une cuando hacemos el amor es lo más hermoso que me ha pasado nunca. Y todavía me maravilla comprobar que el tiempo, ese destructor de sentimientos, no ha podido con nosotras; que no ha logrado amansar las sensaciones, la felicidad que sentimos cuando estamos juntas, compartiendo las cosas grandes o pequeñas.
Si tuviera que desearle bien a alguien, sólo le desearía que viva lo que yo estoy viviendo. Pese a nuestra distancia, al tiempo que cada semana pasamos separadas, qué bonito, qué manera tan buena de pasar la vida. Queriendo a quien te quiere, cuidando a quien te cuida, pensando en quien te piensa.
Ya lo sabéis: soy feliz
Etiquetas: amor
Quiero perderme
Quiero salir de esta realidad de trabajos y responsabilidades más o menos recompensados y perderme con M. en un lugar donde no tenga que pensar, sólo vivir lo bueno que tengo. Ahora me falta el tiempo para disfrutar de cosas sencillas, aquéllas que merecen la pena. Sé que un día no tan lejano acabaré con este baile de reuniones, estrategias, documentos, argumentaciones, dudas y temores… Pero queda lo más difícil, los momentos que decidirán si mi esfuerzo –y el de M.- ha servido para algo. Por las noches sueño cosas raras, mi reloj biológico se ha trastocado, como deprisa y cualquier cosa… Quiero que todo acabe ya.
Hoy he cenado sano por primera vez en muchos días. Tengo que separar mis preocupaciones de mis rutinas, porque mi salud no merece desmejorarse a costa de cuestiones ajenas a mi vida personal. Espero perseverar en estos buenos propósitos de vida ordenada y ser fuerte. Estoy tan acostumbrada a una vida tranquila, sin sobresaltos ni grandes decisiones, que me cuesta desconectar, pese a saber con certeza que nada cambiará sólo porque piense en ello todo el tiempo.
Esta tarde he pensado en un fin de semana, M. y yo solas, en algún lugar tranquilo y apartado. He pensado en una habitación en penumbra, sábanas limpias, una ventana sobre el campo, el sonido de pájaros, de viento susurrando en las ramas… He pensado en pasar toda una tarde con M, acunando mi sueño, respirando su piel y sintiendo su amor tierno y confortador. Primero pensé en un destino europeo, pero no: eso significaría visitas a museos, iglesias, plazas, restaurantes; significaría ir de aquí para allá, repasando guías y prospectos –nos conocemos, no lo podríamos evitar-. Ahora me inclino por una casita rural donde no pase nada, sin televisión ni ruidos, donde podamos sentarnos en un jardín olvidado de la ciudad y sus afanes para leer sin prisas o simplemente mirar un cielo azul y jugar a buscar formas en las nubes. ¿Cuánto falta para eso? Me desespera pensarlo: semanas enteras, con sus viernes y sábados disfrutados a medias, consultando papeles y puliendo contratos, discutiendo detalles y convenciendo a los vecinos, ésos que lo quieren todo bien hecho sin poner nada de su parte… Todavía tengo que esperar.
No es que esté negativa, es que estoy cansada, física y mentalmente. Pero sigo pensando que tenía que meterme en esto y sacarlo adelante. Yo esperaba, como el resto de vecinos, que habría alguien dispuesto, entre 100 copropietarios, a ponerle el cascabel al gato; pero no, aunque parezca increíble. Y cómo cerrar los ojos, cuando nos jugamos tanto dinero, tantos problemas que acaban por caerte encima…
Con esto he descubierto algo más de mí. Que soy dura y vulnerable a la vez, una contradicción más que añadir a mi compleja personalidad. Dura para tomar decisiones, blanda para trabajarlas. Aun así, persevero.
Quiero hablar de amor, pero mi tiempo se acaba por esta noche. M. llamará ahora, en cualquier momento, para comentar su día conmigo. Tengo que reservar mis fuerzas para ella. Espero escribir muy pronto otra vez…
Etiquetas: escapar
Primavera en ciernes
Ya llegó abril. Hoy hace un día soleado y caluroso, uno de esos días en que sientes el verano cerca y te apetece ponerte ropa ligera, tomar una cerveza helada y dejarte caer en un banco a la sombra, perezosa, viendo a la gente pasar.
Creo que también a mí, como a tanta gente, me afecta el cambio de estación. Algunos días me despierto llena de energía, otros son un caos de obligaciones engorrosas, de horas que pasan lentas y pesadas. Incluso en una misma jornada puedo sentirme llena de energía y deseosa de dejarme caer en la cama. Lo bueno es que ya me conozco, y estas sensaciones tan contradictorias pasarán.
Sigo con mis luchas vecinales; estoy deseando que todo se encauce de alguna manera, pero me temo que aún me quedan algunas semanas de zozobra, preocupaciones y esfuerzo. Sólo espero que al final valga la pena.
Mañana viene M. Pasaremos el día juntas y, si hay suerte, también la noche. Estoy deseando verla, recuperar por unas horas la ilusión de pasear, hablar, reirnos Ahora que me duermo con más facilidad, que llego a la noche cansada me cuesta encontrar el tono a nuestras conversaciones telefónicas. Es como si me sobraran las palabras y sólo deseara la piel, la caricia suave y el adormecerme despacio en su regazo. No es que me parezca insoportable su ausencia entre semana: ya estoy habituada y también sé lo deprisa que pasan los días hasta el viernes. Es sólo que el cuerpo, o el alma, no sé, me pide con más insistencia la compañía, la complicidad que tengo con ella. Es como si algo dentro de mí me recordara continuamente lo bueno que tengo y me incitara a buscarlo, a desearlo con intesidad. O puede que todo sea efecto de este ánimo cambiante que me acompaña al comenzar la primavera...
Sea como sea, estoy tranquila y feliz. Si tuviera que resumir este post, podría decir: "Sin novedad, todo está bien".
Creo que también a mí, como a tanta gente, me afecta el cambio de estación. Algunos días me despierto llena de energía, otros son un caos de obligaciones engorrosas, de horas que pasan lentas y pesadas. Incluso en una misma jornada puedo sentirme llena de energía y deseosa de dejarme caer en la cama. Lo bueno es que ya me conozco, y estas sensaciones tan contradictorias pasarán.
Sigo con mis luchas vecinales; estoy deseando que todo se encauce de alguna manera, pero me temo que aún me quedan algunas semanas de zozobra, preocupaciones y esfuerzo. Sólo espero que al final valga la pena.
Mañana viene M. Pasaremos el día juntas y, si hay suerte, también la noche. Estoy deseando verla, recuperar por unas horas la ilusión de pasear, hablar, reirnos Ahora que me duermo con más facilidad, que llego a la noche cansada me cuesta encontrar el tono a nuestras conversaciones telefónicas. Es como si me sobraran las palabras y sólo deseara la piel, la caricia suave y el adormecerme despacio en su regazo. No es que me parezca insoportable su ausencia entre semana: ya estoy habituada y también sé lo deprisa que pasan los días hasta el viernes. Es sólo que el cuerpo, o el alma, no sé, me pide con más insistencia la compañía, la complicidad que tengo con ella. Es como si algo dentro de mí me recordara continuamente lo bueno que tengo y me incitara a buscarlo, a desearlo con intesidad. O puede que todo sea efecto de este ánimo cambiante que me acompaña al comenzar la primavera...
Sea como sea, estoy tranquila y feliz. Si tuviera que resumir este post, podría decir: "Sin novedad, todo está bien".