Por la mañana
Estoy desconocida. Con lo sensata que suelo ser, con lo controlada y racional que me suelo mostrar me han descolocado estas rachas de melancolía que tengo últimamente. Anoche acabé la conversación con M. de forma abrupta, pero es que ya no quería decirle nada más ni que ella me siguiera consolando a distancia. Mejor dormir y saber que con la luz del día los fantasmas siempre desaparecen.
¿Me estaré haciendo mayor?¿Tendré el síndrome depresivo primaveral?¿O sólo es que llevo 10 días sin ver a mi novia? Seré positiva y me imaginaré que sólo es eso. Por otra parte también me doy cuenta de que no me he acostumbrado a no tenerla cerca; necesito mi dosis de M. puntual dos días a la semana. Y no es que me cueste pasar el día, tengo mucho que hacer –demasiado en estos días, en realidad-; lo que me cuesta es acabarlo, cuando llega la noche y me quedo sola, leyendo o viendo una película. Entonces quisiera sentir su presencia al otro lado del sofá, enfundada en su pijama, perdida en la lectura de Galdós, o de sus poetas. Quisiera poder alargar la mano y tocarle un pie, o robarle un beso breve que no la desconcentre.
Ya se ha hecho de día y vuelvo a estar contenta. Pero anoche me dio por pensar que ahora ella es más fuerte que yo, soporta mucho mejor el ritmo de nuestra relación. Ahora se ha dado la vuelta la tortilla soy yo quien la pretende y ella quien me consuela.
¿Me estaré haciendo mayor?¿Tendré el síndrome depresivo primaveral?¿O sólo es que llevo 10 días sin ver a mi novia? Seré positiva y me imaginaré que sólo es eso. Por otra parte también me doy cuenta de que no me he acostumbrado a no tenerla cerca; necesito mi dosis de M. puntual dos días a la semana. Y no es que me cueste pasar el día, tengo mucho que hacer –demasiado en estos días, en realidad-; lo que me cuesta es acabarlo, cuando llega la noche y me quedo sola, leyendo o viendo una película. Entonces quisiera sentir su presencia al otro lado del sofá, enfundada en su pijama, perdida en la lectura de Galdós, o de sus poetas. Quisiera poder alargar la mano y tocarle un pie, o robarle un beso breve que no la desconcentre.
Ya se ha hecho de día y vuelvo a estar contenta. Pero anoche me dio por pensar que ahora ella es más fuerte que yo, soporta mucho mejor el ritmo de nuestra relación. Ahora se ha dado la vuelta la tortilla soy yo quien la pretende y ella quien me consuela.
Etiquetas: mañana
Un milagro de 3 kilos
Sigo huraña, y ya sé que no es porque me haya pasado algo malo. Estoy así porque echo de menos a mi novia, además sé que no la veré hasta el viernes… No puedo con mi vida, como diría una folklórica. Me da mucha rabia ver que los días se alargan, con su brisa suave, sus anocheceres lentos, su mar en calma y tener que vivirlos sin ella cerca. Así es la vida, qué podemos hacer.
Hoy mi hija tiene una hermanita nueva. Por supuesto se la ha dado su padre, no yo. Cuando la he visitado en el hospital y la he tomado en brazos he recordado esa increíble sensación de paz que sólo dan los bebés. Estaba dormida, con los ojitos firmemente cerrados, con un gesto de concentración completa en el sueño. La he mirado largamente, estudiando su cara diminuta, sus manos perfectas y minúsculas, su cuerpecillo casi de juguete… era un pequeño pedazo de vida palpitante e indefenso. Uno de esos seres que sin decir nada, sin moverse demasiado ni significarse de ninguna manera te comunican como nadie el misterio de la vida. He deseado por un momento que fuera mía y de M., esa hija que ya no tendremos tiempo de crear. Y pienso que es una pena, porque entre las dos haríamos un buen trabajo. Una vez incluso nos imaginamos cómo sería: heredaría los ojos verdes y los labios mullidos de M., mi nariz y mis dientes, mi fortaleza capilar y la altura de mi novia, mi culo y sus pechos… Sería una mujer casi perfecta! Luego tendría su inteligencia y tesón, mi humor y sentido común… la sensibilidad de ambas, la curiosidad por todo de las dos.
La vida, o el destino, te da unas cosas y te niega otras. Nos da el amor, nos niega la convivencia. Y pese a ello el balance sólo puede ser positivo, pues de qué valdría vivir juntas sin amor. Prefiero quedarme con esa parte del lote.
Etiquetas: vida
Altibajos y películas
Parece que estoy retomando mi blog de nuevo. Ahora me cuesta menos escribir. Es que esto es igual que el deporte: cuanto más lo practicas menos te cuesta.
Hoy he tenido un día un poco triste. El domingo por la noche discutí con M. por una tontería. La verdad es que no tenía razón para enfadarme, pero estaba ya con un humor cambiante y huraño que hacía tomarme mal cosas sin importancia. Ella fue paciente y no me lo tuvo en cuenta, pero yo no pude quitarme esta nube oscura de la cabeza hasta hoy. Para colmo esta manaña decidí ver una película francesa con la intención de desconectar de mi mal humor, eligiendo la peor: “Ma mere”, un cúmulo de despropósitos del peor gusto. Trata de una madre medio enloquecida por su desenfrenada vida sexual que recibe la visita de su hijo adolescente mientras veranea en Canarias. En vez de comportarse con un mínimo de normalidad se dedica a pervertir a su hijo, proponiéndole orgías, sexo en la calle, abandonándolo, insinuándosele… Da auténtica grima. Yo que no soy precisamente muy moralista pensé que se parecería a otra llamada “La pianista”, también de alto contenido sexual pero que al menos tenía sentido, podías encontrar un argumento razonable y una historia de fondo. Esta roza la pornografía, y lo único a lo que incita es al incesto, a la perversión. En varias críticas se dice que no es apta para mentes cerradas, que no es mi caso. Lo que ocurre es que no entiendo qué nos quiere enseñar el director, cual es la moraleja. ¿Qué existen personas capaces de pervertir a sus propios hijos, de inculcarles una pasión sexual carente de sentimientos y respeto por el otro? Bueno, eso ya lo sabemos, por desgracia forma parte de las noticias casi cada día. La existencia de tales personas no justifica el recrearse en escenas de tan crudo realismo.
En fín, que me equivoqué de película. Esta noche me decantaré por un más correcto Hitchcok, ingenioso y sorprendente, pero menos escandaloso.
Hoy he tenido un día un poco triste. El domingo por la noche discutí con M. por una tontería. La verdad es que no tenía razón para enfadarme, pero estaba ya con un humor cambiante y huraño que hacía tomarme mal cosas sin importancia. Ella fue paciente y no me lo tuvo en cuenta, pero yo no pude quitarme esta nube oscura de la cabeza hasta hoy. Para colmo esta manaña decidí ver una película francesa con la intención de desconectar de mi mal humor, eligiendo la peor: “Ma mere”, un cúmulo de despropósitos del peor gusto. Trata de una madre medio enloquecida por su desenfrenada vida sexual que recibe la visita de su hijo adolescente mientras veranea en Canarias. En vez de comportarse con un mínimo de normalidad se dedica a pervertir a su hijo, proponiéndole orgías, sexo en la calle, abandonándolo, insinuándosele… Da auténtica grima. Yo que no soy precisamente muy moralista pensé que se parecería a otra llamada “La pianista”, también de alto contenido sexual pero que al menos tenía sentido, podías encontrar un argumento razonable y una historia de fondo. Esta roza la pornografía, y lo único a lo que incita es al incesto, a la perversión. En varias críticas se dice que no es apta para mentes cerradas, que no es mi caso. Lo que ocurre es que no entiendo qué nos quiere enseñar el director, cual es la moraleja. ¿Qué existen personas capaces de pervertir a sus propios hijos, de inculcarles una pasión sexual carente de sentimientos y respeto por el otro? Bueno, eso ya lo sabemos, por desgracia forma parte de las noticias casi cada día. La existencia de tales personas no justifica el recrearse en escenas de tan crudo realismo.
En fín, que me equivoqué de película. Esta noche me decantaré por un más correcto Hitchcok, ingenioso y sorprendente, pero menos escandaloso.
Quererse de verdad...
Me encanta diseccionar los sentimientos, las ideas, las reacciones. Tengo alma de psicóloga argentina, me pierdo disertando, haciendo teorías raras acerca de la realidad. De mi realidad y de la de quienes me rodean.
Una de las cosas que más me intrigan es el por qué mi novia me quiere. Aunque pueda contestar una serie de obviedades evidentes, no me engaño. Seguramente a ella le pasa lo que a mí: no conoce la razón. A veces la intuirá, o creerá encontrar la clave, pero si lo analiza con detenimiento se dará cuenta -como yo- de que es imposible saberlo con certeza.
Es cierto que el amor es un cóctel variado, con ingredientes a base de ternura, humor, inteligencia, sexo, carácter... Para que una relación funcione de verdad deben existir las dosis justas de cada cosa, las que necesitamos y que varían de persona a persona. Yo imagino que tengo la cantidad justa para ella, pero....
Hay algo misterioso en el amor que lo hace inasequible, inexplicable. A veces pienso que lo que hace que nos quieran -y que queramos- no es tanto lo que te ofrecen como lo que tu proyectas en la amada. Por ejemplo, M. tiene muchas cosas que me gustan: es inteligente, es culta, es divertida, es atractiva... pero no creo que la quiera por nada de eso. Podría conocer alguien así y tener una aventura, atraída por tantas cualidades interesantes. Sin embargo llegar al amor conlleva ir más allá de lo que se ve, de lo que esa persona te ofrece. En mi caso intuyo que la quiero por cómo me quiere, por su manera de hacerme sentir arropada, protegida, cuidada, valorada. De alguna manera pienso, de forma no consciente, que alguien como ella, una persona tan independiente y válida, me proporciona un amor más puro y genuíno que otra chica menos segura, menos acorde con lo que yo considero que es admirable, de clase superior. Por lo tanto yo no quiero a M. sólo por lo que es, sino por lo que pienso que es. Parece lo mismo, pero no. Me he construído una imagen suya, basada en experiencias vividas juntas, sí, pero tambén en mi historia personal, en mis carencias del pasado, en mis propias debilidades.
En el caso de M., y aplicando mi teoría, diría que ella me quiere, más allá de lo que le atrae de mi carácter, por lo que percibe en mí. Siente que estamos en sintonía, que le ofrezco el amor que ella busca, un amor entregado, fiel, infinito. Estoy inmensamente contenta de que me vea así, que mi lado más tierno y amoroso le haya llegado al corazón y lo haya hecho suyo. Porque podría no haber sucedido, y haber quedado como buenas amigas que comparten muchas cosas menos sentimientos profundos.
Es curioso, pero lo que más nos une es la ambición. En el amor jugamos a todo o nada. Por eso suelo decir que nuestro amor es duro y frágil a la vez. Duro porque soportará las tentaciones y las vicisitudes del tiempo; frágil porque no soportaría el desamor o la costumbre. No queremos amores de segunda, ni sentimientos desgastados. Queremos amarnos de acuerdo a la edad y el tiempo que toque vivir, pero nunca desganadamente, por costumbre o porque sí.
Puede que todo sea una fantasía, como dicen algunas. Puede que quererse de verdad sea una utopía imposible. A mí me da igual, siempe que yo me lo crea, siempre que tenga fe en ello. En el amor no hay más verdad que lo que tú quieras que sea verdad. Y lo mejor de todo es que esta fe es compartida. M. me quiere así, para siempre. Ella lo cree y yo también. No hay nada más que añadir.
Una de las cosas que más me intrigan es el por qué mi novia me quiere. Aunque pueda contestar una serie de obviedades evidentes, no me engaño. Seguramente a ella le pasa lo que a mí: no conoce la razón. A veces la intuirá, o creerá encontrar la clave, pero si lo analiza con detenimiento se dará cuenta -como yo- de que es imposible saberlo con certeza.
Es cierto que el amor es un cóctel variado, con ingredientes a base de ternura, humor, inteligencia, sexo, carácter... Para que una relación funcione de verdad deben existir las dosis justas de cada cosa, las que necesitamos y que varían de persona a persona. Yo imagino que tengo la cantidad justa para ella, pero....
Hay algo misterioso en el amor que lo hace inasequible, inexplicable. A veces pienso que lo que hace que nos quieran -y que queramos- no es tanto lo que te ofrecen como lo que tu proyectas en la amada. Por ejemplo, M. tiene muchas cosas que me gustan: es inteligente, es culta, es divertida, es atractiva... pero no creo que la quiera por nada de eso. Podría conocer alguien así y tener una aventura, atraída por tantas cualidades interesantes. Sin embargo llegar al amor conlleva ir más allá de lo que se ve, de lo que esa persona te ofrece. En mi caso intuyo que la quiero por cómo me quiere, por su manera de hacerme sentir arropada, protegida, cuidada, valorada. De alguna manera pienso, de forma no consciente, que alguien como ella, una persona tan independiente y válida, me proporciona un amor más puro y genuíno que otra chica menos segura, menos acorde con lo que yo considero que es admirable, de clase superior. Por lo tanto yo no quiero a M. sólo por lo que es, sino por lo que pienso que es. Parece lo mismo, pero no. Me he construído una imagen suya, basada en experiencias vividas juntas, sí, pero tambén en mi historia personal, en mis carencias del pasado, en mis propias debilidades.
En el caso de M., y aplicando mi teoría, diría que ella me quiere, más allá de lo que le atrae de mi carácter, por lo que percibe en mí. Siente que estamos en sintonía, que le ofrezco el amor que ella busca, un amor entregado, fiel, infinito. Estoy inmensamente contenta de que me vea así, que mi lado más tierno y amoroso le haya llegado al corazón y lo haya hecho suyo. Porque podría no haber sucedido, y haber quedado como buenas amigas que comparten muchas cosas menos sentimientos profundos.
Es curioso, pero lo que más nos une es la ambición. En el amor jugamos a todo o nada. Por eso suelo decir que nuestro amor es duro y frágil a la vez. Duro porque soportará las tentaciones y las vicisitudes del tiempo; frágil porque no soportaría el desamor o la costumbre. No queremos amores de segunda, ni sentimientos desgastados. Queremos amarnos de acuerdo a la edad y el tiempo que toque vivir, pero nunca desganadamente, por costumbre o porque sí.
Puede que todo sea una fantasía, como dicen algunas. Puede que quererse de verdad sea una utopía imposible. A mí me da igual, siempe que yo me lo crea, siempre que tenga fe en ello. En el amor no hay más verdad que lo que tú quieras que sea verdad. Y lo mejor de todo es que esta fe es compartida. M. me quiere así, para siempre. Ella lo cree y yo también. No hay nada más que añadir.
Pequeños placeres
Hace mucho, en los comienzos de mi blog, hice un post dedicado a los pequeños placeres. Eran otros tiempos en mi vida; entonces era una soltera esperanzada, con una rara confianza en que el futuro me traería algo bueno, no sabía el qué. O el amor o la paz, tanto daba. Estaba conforme con mi vida, y la llenaba de cosas sin importancia que me ayudaban a disfrutar de la vida.
Todos, absolutamente todos, también aquéllos que viven amarguras, soledades y tristezas, tienen esos momentos de contento interior. Ver una película emocionante, pasear entre la gente, mirando escaparates y observando a la gente, tomar una cerveza helada con patatas fritas una mañana soleada de primavera, cuando el sol calienta pero no quema, hablar con una amiga de tus inquietudes, o de tus ilusiones… Se me ocurren mil ejemplos de cosas que nos hacen olvidar aquello que nos preocupa y nos hace sentir que no somos felices, que no estamos satisfechos con la realidad que nos ha tocado.
Este puente no veo a M. Ella también tiene familia, aparte de novia, y de vez en cuando hay atenderlos para sentir que formas parte de algo, de una estirpe consanguínea que a veces nos agobia pero a quien en el fondo queremos a nuestra manera.
En definitiva, que estoy sola, esta soledad me gusta cuando la lleno de lo que me apetece. Hoy me pasaré el día leyendo; quizá baje al paseo de la playa y me siente a contemplar el mar, perdida en divagaciones. No me apetece charlar con nadie, quiero encerrarme en mi pequeño mundo de lecturas y músicas. Quiero perder el tiempo, sencillamente. Cocinar, dormir, escribir, ver, respirar. Reconciliarme conmigo misma, disfrutar de mi compañía y acabar el día haber producido, sin haber completado ni una sola de las tareas urgentes que se acumulan en la lista interminable y odiosa de mi día a día.
Todo esto lo escribo como prólogo a lo que intentaba hacer: una lista sencilla de cosas que me gustan:
- Aprender trucos de magia con el juego que le he comprado a mi hija. Ver su cara de sorpresa y placer cuando dos ochos de trébol se convierten en doses.
- Probar nuevos sabores mezclando ingredientes en el wok.
- Empezar un libro que me interesa y que traje a casa hace ya una semana, sin tener tiempo para abrirlo.
- Llamar a mi novia para decirle que la quiero, y que ella se ponga muy contenta.
- Escribir en mi blog sin ninguna prisa ni nada triste que contar.
- Descubrir un disco genial, y grabarlo para escucharlo en el coche.
- Llamar a mi hermana y cotillear de la familia y los vecinos.
- Planificar mi fin de semana con M., buscar cosas que hacer juntas e imaginarme cómo será.
- Leer el periódico.
- Sentir que estoy viva. Eso es lo más emocionante.