La incómoda sinceridad
Es bueno aprender de los errores, y yo acabo de darme una lección que espero no olvidar nunca: hay que ser sincera siempre que se pueda. A veces las verdades no se pueden soltar a bocajarro, es necesario esperar unos días, o unas semanas, cuando llega el momento propicio. Pero lo cierto es que si tienes que romper una relación, amistosa o sentimental, lo mejor es ir con la verdad por delante para no lamentarte después de las consecuencias de las mentiras amables y los silencios compasivos.
Mi última relación acabó el año pasado. Fue breve, así que no debiera llamarlo noviazgo. Fue la típica historia pasional que se convierte en algo serio a los pocos días: ella dormía conmigo casi cada noche y pasábamos juntas todo el tiempo libre, con exclusividad. La cuestión es que a medida que la conocía me iba encajando menos, tanto sus hábitos como su forma de querer. Y ya al final hubo un par de momentos desagradables por sus celos desmesurados, con lo cual no tuve que esforzarme en dejarla: ella misma me dió la excusa y la ocasión.
Mi primer error fue centrarme en esa cuestión para explicarle mi decisión de no seguir: le dije que era celosa y demasiado posesiva para mí, lo cual era totalmente cierto pero no era todo; omití muchos detalles que juntos hacían difícil nuestra convivencia, sostenida hasta ese momento porque soy bastante tranquila y permisiva. Tenía que haberle explicado que su forma de entender el amor era diametralmente opuesta a la mía: yo buscaba la igualdad, ella quería una relación asimétrica padre-hija; alguien que la protegiera, que la educara, alguien que se ocupara de ella, al viejo estilo. Tenía que haber contrastado con ella esta cuestión, pero tuve miedo de que insistiera en que no era así, cuando yo lo veía tan claro, e intentara retomar la relación en otros términos. No estaba dispuesta, por eso no quería que me lo planteara siquiera.
Mi segundo error fue seguir viéndola un tiempo, para mitigar su dolor. Yo siempre he sido muy expeditiva en estas cuestiones: cuando dejo, desaparezco. Pero con ella hice una excepción porque una vez anterior lo hice así y luego me contaron que esa persona lo pasó muy mal. Pensé esta vez ser más suave, y le dije que podría verme siempre que quisiera si eso le hacía bien. Efectivamente, nos vimos en alguna ocasión, pero todo acababa en reproches y lágrimas, y finalmente tuve que acabar los encuentros, desagradables para las dos.
Ahora ella está con otra chica que responde exactamente a su prototipo: una mujer que le saca más de diez años y que la cuida, protege y alecciona; esa madre-padre que andaba buscando. Sé que se está equivocando, pero no vale la pena decírselo: cuando quiere a alguien se ciega. Su necesidad de afecto, su desamparo interior es tan grande que no puede, no quiere verlo. Yo no digo que su relación vaya a fracasar ahora, ni más adelante. Si su novia se siente cómoda en el papel de maestra les puede durar toda una vida. Pero si no fuera así se encontraría sola, abandonada, sin un asidero en su vida; porque P. lo apuesta todo a una carta, a una persona, perosi pierde, no me gustaría estar en su pellejo. Hace muchos años yo hice lo mismo y me costó una depresión.
Me gustaría decirle que el camino es otro. Que debe centrarse en ella, reconocerse, aceptarse y quererse como es; que la salvación nunca viene de fuera, sino de una misma. Que lanzarse en los brazos de alguien que tu crees mejor para que te dé la seguridad de la que careces no te asegura la felicidad.
Son cosas que debí decirle hace mucho tiempo porque, al margen de que reconociera su problema o no, yo habría hecho mi parte. Ahora me encuentro con alguien que piensa que yo no supe quererla, que no soy capaz de amar a nadie. El camino fácil: los demás tienen la culpa de tus problemas.
Mi última relación acabó el año pasado. Fue breve, así que no debiera llamarlo noviazgo. Fue la típica historia pasional que se convierte en algo serio a los pocos días: ella dormía conmigo casi cada noche y pasábamos juntas todo el tiempo libre, con exclusividad. La cuestión es que a medida que la conocía me iba encajando menos, tanto sus hábitos como su forma de querer. Y ya al final hubo un par de momentos desagradables por sus celos desmesurados, con lo cual no tuve que esforzarme en dejarla: ella misma me dió la excusa y la ocasión.
Mi primer error fue centrarme en esa cuestión para explicarle mi decisión de no seguir: le dije que era celosa y demasiado posesiva para mí, lo cual era totalmente cierto pero no era todo; omití muchos detalles que juntos hacían difícil nuestra convivencia, sostenida hasta ese momento porque soy bastante tranquila y permisiva. Tenía que haberle explicado que su forma de entender el amor era diametralmente opuesta a la mía: yo buscaba la igualdad, ella quería una relación asimétrica padre-hija; alguien que la protegiera, que la educara, alguien que se ocupara de ella, al viejo estilo. Tenía que haber contrastado con ella esta cuestión, pero tuve miedo de que insistiera en que no era así, cuando yo lo veía tan claro, e intentara retomar la relación en otros términos. No estaba dispuesta, por eso no quería que me lo planteara siquiera.
Mi segundo error fue seguir viéndola un tiempo, para mitigar su dolor. Yo siempre he sido muy expeditiva en estas cuestiones: cuando dejo, desaparezco. Pero con ella hice una excepción porque una vez anterior lo hice así y luego me contaron que esa persona lo pasó muy mal. Pensé esta vez ser más suave, y le dije que podría verme siempre que quisiera si eso le hacía bien. Efectivamente, nos vimos en alguna ocasión, pero todo acababa en reproches y lágrimas, y finalmente tuve que acabar los encuentros, desagradables para las dos.
Ahora ella está con otra chica que responde exactamente a su prototipo: una mujer que le saca más de diez años y que la cuida, protege y alecciona; esa madre-padre que andaba buscando. Sé que se está equivocando, pero no vale la pena decírselo: cuando quiere a alguien se ciega. Su necesidad de afecto, su desamparo interior es tan grande que no puede, no quiere verlo. Yo no digo que su relación vaya a fracasar ahora, ni más adelante. Si su novia se siente cómoda en el papel de maestra les puede durar toda una vida. Pero si no fuera así se encontraría sola, abandonada, sin un asidero en su vida; porque P. lo apuesta todo a una carta, a una persona, perosi pierde, no me gustaría estar en su pellejo. Hace muchos años yo hice lo mismo y me costó una depresión.
Me gustaría decirle que el camino es otro. Que debe centrarse en ella, reconocerse, aceptarse y quererse como es; que la salvación nunca viene de fuera, sino de una misma. Que lanzarse en los brazos de alguien que tu crees mejor para que te dé la seguridad de la que careces no te asegura la felicidad.
Son cosas que debí decirle hace mucho tiempo porque, al margen de que reconociera su problema o no, yo habría hecho mi parte. Ahora me encuentro con alguien que piensa que yo no supe quererla, que no soy capaz de amar a nadie. El camino fácil: los demás tienen la culpa de tus problemas.
Comentario:
C. no te haces una idea de lo facil que es engañarse a uno mismo.
Nadie aprende en cabeza ajena y por desgracia el ser humano necesita estrellarse para darse cuenta de las cosas.
un beso
Nadie aprende en cabeza ajena y por desgracia el ser humano necesita estrellarse para darse cuenta de las cosas.
un beso
Comentario:
Un post soberbio.
Aunque no conozca de quien hablas, entiendo y comparto lo que dices, mas de lo que quisiera.
Hay que intentar ir de cara y ser (todo lo) sincer@ que se pueda. Sino, a la larga, la 'bola' se hace mas (o demasiado) grande.
Saludos
Aunque no conozca de quien hablas, entiendo y comparto lo que dices, mas de lo que quisiera.
Hay que intentar ir de cara y ser (todo lo) sincer@ que se pueda. Sino, a la larga, la 'bola' se hace mas (o demasiado) grande.
Saludos