Un mal día
Hay días en que casi todo sale mal. O al menos las cosas malas se suceden sin tiempo a recuperarte. Todavía estás intentando asimilar una cuando ya tienes la siguiente encima, acumulando estrés sobre tus frágiles hombros. Os preguntaréis qué me ha sucedido para hacer esta reflexión en voz alta; pues nada, en realidad. Acabo de hablar con mi novia y no ha tenido un buen día. Lo peor de todo es que, más allá de mi solidaridad y comprensión, poco puedo hacer para que se sienta mejor. Esta noche me hubiera gustado darle un largo masaje y arroparla con mi cuerpo; prepararle una bebida caliente para su dolor de garganta y susurrarle alguna cruel venganza contra ese cabrón que le ha amargado el día. Hubiera querido demostrarle mi amor rendido y sincero para que se durmiera suave y blandamente sobre mi pecho. Pero no puede ser, así que sólo le puedo asegurar que mañana será un buen día, una jornada sin contratiempos ni charcos que te empapen los zapatos.
Las semanas a veces comienzan así, con mal pie. Pero entonces es bueno recordar cuántas cosas tienes a tu favor: la gente que te quiere, las cosas que te motivan y que te llenan de alegría y satisfacciones. Y también rememorar los buenos momentos, como los que pasamos el fin de semana paseando por Madrid bajo una lluvia fina de otoño.
No hemos parado un instante. Salimos por Chueca, fuimos al cine, hicimos algunas compras y, sobre todo, sentimos que nuestra relación se parece cada vez más a la de un matrimonio, con sus silencios cómplices mientras nos cogemos del brazo y miramos escaparates. No tiene nada de vulgar ni tedioso; es sólo entender que el amor no siempre es un derroche de pasión ni de palabras arrebatadas. También es saber callar y evadirte de lo que te rodea sabiendo que quien está contigo sigue ahí, respetando y entendiendo tu ausencia momentánea de lo que te rodea. El amor se vive también en lo cotidiano: cuando tienes dolor de cabeza y no quieres bromear, cuando te preocupa algo que aún no está resuelto, cuando simplemente tienes un mal día y sólo quieres dormir y descansar de tantas cosas…
Ya sé que lo mejor para M. es que en una noche como ésta yo esté con ella, y no aquí, escribiendo esto y aquello. Pero cuando la realidad se impone no cabe más que pararte a pensar sólo un instante en lo que tienes de verdad. Lo que compartimos M. y yo nos compensa de muchos sinsabores del día a día, por lejos que estemos entre semana. Sería muy egoísta y mezquina si me centrara en esos pequeños problemas cuando tengo tanto por lo que alegrarme cada día. Porque, al margen de mis pequeños contratiempos, no debo olvidar que, de tanto en tanto, se producen milagros. El mío tiene nombre de mujer: M. Y todavía me sorprende que se cruzara en mi camino.
Te quiero, mi pequeña mujercita atribulada.
cd307CANT_TAKE_MY_EYES_OFF_OF_YOU.mp3

Las semanas a veces comienzan así, con mal pie. Pero entonces es bueno recordar cuántas cosas tienes a tu favor: la gente que te quiere, las cosas que te motivan y que te llenan de alegría y satisfacciones. Y también rememorar los buenos momentos, como los que pasamos el fin de semana paseando por Madrid bajo una lluvia fina de otoño.
No hemos parado un instante. Salimos por Chueca, fuimos al cine, hicimos algunas compras y, sobre todo, sentimos que nuestra relación se parece cada vez más a la de un matrimonio, con sus silencios cómplices mientras nos cogemos del brazo y miramos escaparates. No tiene nada de vulgar ni tedioso; es sólo entender que el amor no siempre es un derroche de pasión ni de palabras arrebatadas. También es saber callar y evadirte de lo que te rodea sabiendo que quien está contigo sigue ahí, respetando y entendiendo tu ausencia momentánea de lo que te rodea. El amor se vive también en lo cotidiano: cuando tienes dolor de cabeza y no quieres bromear, cuando te preocupa algo que aún no está resuelto, cuando simplemente tienes un mal día y sólo quieres dormir y descansar de tantas cosas…
Ya sé que lo mejor para M. es que en una noche como ésta yo esté con ella, y no aquí, escribiendo esto y aquello. Pero cuando la realidad se impone no cabe más que pararte a pensar sólo un instante en lo que tienes de verdad. Lo que compartimos M. y yo nos compensa de muchos sinsabores del día a día, por lejos que estemos entre semana. Sería muy egoísta y mezquina si me centrara en esos pequeños problemas cuando tengo tanto por lo que alegrarme cada día. Porque, al margen de mis pequeños contratiempos, no debo olvidar que, de tanto en tanto, se producen milagros. El mío tiene nombre de mujer: M. Y todavía me sorprende que se cruzara en mi camino.
Te quiero, mi pequeña mujercita atribulada.
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