Haciendo limpieza
Cuando llega el otoño siempre hay que buscar un hueco para ordenar, tirar trastos y sacar la ropa de invierno. Si no, acabamos por no encontrar nada cuando lo necesitamos, y pasamos un mal rato buscando esa camisa verde cuando tienes el tiempo justo para salir por la puerta. Eso hice la semana pasada. Y eso hicimos anoche M. y yo respecto a nosotras: limpieza de esas cosas que no nos gustan cuando estamos juntas; los comportamientos que nos molestan, que nos incomodan. Es muy sano asumir críticas y pararte a pensar sobre cómo tratas a la otra, porque en ocasiones no somos conscientes de hacer las cosas mal, o al menos no hacerlas pensando en la otra persona.
Pero no elegimos bien el momento: aunque sea recomendable tratar estos temas, siempre hay que buscar un ambiente propicio. Anoche estábamos cenando después de un día de viajes, extravíos y paseos anodinos por la ciudad (con dos cervezas de más, para agravarlo) cuando el tema surgió de manera un poco casual. O no tanto. M. me preguntó por qué estaba melancólica, hermética… y de ahí a preguntar qué cosas no nos gustan de la otra sólo hubo un paso. Las dos nos quedamos bien anchas, pero con esa conversación ligeramente tensa es difícil digerir una cena, aunque sea estrictamente vegetariana.
Resultado: tablas. Ella reconoce sus defectos y debilidades y yo las mías. Pero somos personas adultas y sabemos que muchas veces volverá a suceder: en ocasiones ella será impulsiva y yo estaré irritable, o melancólica, o simplemente “rara”. Porque somos así, y cambiar de la noche al día no está en nuestra mano. Podemos intentar controlarlo, pensar un poco más antes de hacer esto o aquello. Seguiremos haciendo daño de vez en cuando, irritaremos, causaremos incomprensión… ella lo sabe y yo lo sé. Pero una vez hablado, una vez sacado a la luz, la cuestión cambia: yo no podré evitar ser así, pero ella sabrá de antemano que lo siento, que no lo controlo. Y que la quiero. M. tomará algunas decisiones sin pensar, y yo me irritaré; pero seguramente me irritaré sólo dos minutos. Porque ya sé cómo es, y lo sé porque ella me lo ha explicado. Así es más fácil entender, disculpar y seguir.
Fue una conversación incómoda para las dos. Pero en el fondo muy positiva. Lo único malo es que cuando acabó la cena cada una se fue a su casa, con ese malestar indefinido instalado entre nosotras. Hubiera sido bonito dormir juntas y relajar el ánimo oliendo la piel, sintiendo la respiración de la otra…. Pero es lo que tiene ser adulta y responsable: al día siguiente sería torturante levantarse de madrugada para empezar un día ya de por sí cargado de trabajo (en su caso mucho más). Así que con tristeza nos despedimos en el parking.
Quiero que llegue mañana para demostrarle que estas pequeñas disputas no me hacen quererla ni un ápice menos. Me gusta la gente real, no la idealizada. Ella es auténtica, y como toda mujer de carne y hueso tiene sus imperfecciones, sus manías y pequeños defectos. El problema en todo caso lo tengo yo, que según para qué soy bastante perfeccionista. Sus pequeñas cosas son realmente pequeñas, creedme. Ella no se parece ni de lejos a ninguna mujer que yo haya conocido antes: inteligente, apasionada, romántica, irónica, inquieta… Muy loca estaría yo para dejarla escapar. Y creo que ni loca.
Comentario:
Siempre y cuando se domine el difícil arte de la comunicación no hay problema o disputa que no se pueda solventar.......
Comentario:
Espero sinceramente que no, que no la dejes escapar. Pero también espero que ella no te deje escapar a ti. Nadie es perfecto, y en ver eso, precisamente, y en asumirlo, radica la posible perfección de una pareja. Un saludo.