CUANDO LOS PROBLEMAS LLEGAN
Siempre he sido pesimista. Pienso que un día u otro todos tenemos que enfrentarnos a tragedias, contratiempos diversos.Desde extraviar la cartera hasta la pérdida de alguien a quien quieres, hay mis circunstancias que ponen a prueba tu valor, tu paciencia, tu comprensión, tu generosidad… Las desgracias sacan lo mejor o lo peor de nosotros; y aunque hasta ahora no haya dicho nada que no sepáis, lo cierto es que no puedo evitar tenerlo presente con cierta frecuencia. Imagino que con la vana esperanza de estar preparada cuando suceda. Pero nunca lo estamos, nunca lo estoy.
M. me decía el domingo, cuando volvíamos de Madrid, que no quiere ni pensar en tener un problema conmigo. Ella quisiera que todo permaneciera igual, rodado, suave, por siempre jamás. Yo sin embargo sé que eso no es posible y que lo más que podemos desear es que cuando el camino se ponga duro sepamos afrontarlo con serenidad y mucho amor. M. es en este aspecto menos realista y algo más pesimista; porque yo me siento capaz de superar muchas cosas si es a su lado, si la tengo conmigo. Quizá por eso no me da tanto miedo que las cosas sucedan.
Pues este martes sucedieron, inesperadamente. M. se enfadó conmigo por una cuestión perfectamente superflua que ella tomó a mal. No la culpo por ello; si a veces se repliega, si de vez en cuando es dura conmigo, es porque yo este verano hice cosas de las que me arrepiento y que han dejado una huella muy profunda y dolorosa en ella. Lo peor de todo es que ni siquiera quise hacerle daño; para mí sólo era un juego, aunque en todo momento supe que actuaba mal –por eso se lo oculté, claro-. Todo quedó aclarado y perdonado, pero me temo que no lo olvidó. Y ella en ocasiones saca a flote una desconfianza que es más fuerte que ese lado que confía en mí, que me cree sincera y entregada a su amor. Repito que no se lo reprocho, merezco cada gesto, cada palabra suya, aunque me hiera.
El tiempo que pasé con la incertidumbre de saber por qué estaba enfadada, por qué de golpe su voz por el teléfono era fría y dura o por qué no supe nada de ella durante todo el día siguiente fue, por decirlo rápidamente, una pesadilla. Al principio te desconciertas, buscando razones banales: un mal día, dolor de cabeza, cansancio… pero ese guardián que todos tenemos dentro había encendido la luz roja y era imposible ignorarla. M. nunca es así conmigo, por tanto algo pasaba, pero no tenía la más mínima idea de qué podía ser. Cuando a media tarde entendí que ya no me devolvería la llamada sentí pánico, una sensación de irrealidad pavorosa. Tanto por la incertidumbre como por el miedo de que M. sin motivo aparente, me estuviera dejando de querer. Por momentos creía que algo en ella había cambiado y que yo ya no era su amorcito, su reina, su nena, sino sólo una mujer con tantos defectos como cualquiera, una persona sin el suficiente encanto para enamorarla un día más. Entonces sentí más miedo todavía, porque entendí de golpe y porrazo que toda mi pretendida sensatez, toda mi prédica sobre los amores perfectos y felices se podía derrumbar así, como un castillo de arena arrasado por una ola. Y que, como ese castillo, mi vida quedaría arruinada, sin posible consuelo; precisamente porque cualquier vida, no sólo la mía, parece gris y vacía en comparación a lo que tengo con M. Antes de esto pensaba que yo podía con todo, que había aprendido tanto de mi pasado que cualquier ruptura podría afrontarla dignamente. Ahora sé que, más allá de la máscara de resignación y respeto a su decisión, mi vida se convertiría en una canción de Mina, desgarrada y melancólica. Aunque dudo que entonces tuviera valor para escucharla.
Por suerte todo terminó esa noche. Me explicó, le argumenté y las cosas volvieron a su ser, a como nunca dejaron de ser salvo en mi mente: ella me ama, yo la quiero. Y cuando me acosté era tan, tan feliz que creo que incluso lloré.
M. me decía el domingo, cuando volvíamos de Madrid, que no quiere ni pensar en tener un problema conmigo. Ella quisiera que todo permaneciera igual, rodado, suave, por siempre jamás. Yo sin embargo sé que eso no es posible y que lo más que podemos desear es que cuando el camino se ponga duro sepamos afrontarlo con serenidad y mucho amor. M. es en este aspecto menos realista y algo más pesimista; porque yo me siento capaz de superar muchas cosas si es a su lado, si la tengo conmigo. Quizá por eso no me da tanto miedo que las cosas sucedan.
Pues este martes sucedieron, inesperadamente. M. se enfadó conmigo por una cuestión perfectamente superflua que ella tomó a mal. No la culpo por ello; si a veces se repliega, si de vez en cuando es dura conmigo, es porque yo este verano hice cosas de las que me arrepiento y que han dejado una huella muy profunda y dolorosa en ella. Lo peor de todo es que ni siquiera quise hacerle daño; para mí sólo era un juego, aunque en todo momento supe que actuaba mal –por eso se lo oculté, claro-. Todo quedó aclarado y perdonado, pero me temo que no lo olvidó. Y ella en ocasiones saca a flote una desconfianza que es más fuerte que ese lado que confía en mí, que me cree sincera y entregada a su amor. Repito que no se lo reprocho, merezco cada gesto, cada palabra suya, aunque me hiera.
El tiempo que pasé con la incertidumbre de saber por qué estaba enfadada, por qué de golpe su voz por el teléfono era fría y dura o por qué no supe nada de ella durante todo el día siguiente fue, por decirlo rápidamente, una pesadilla. Al principio te desconciertas, buscando razones banales: un mal día, dolor de cabeza, cansancio… pero ese guardián que todos tenemos dentro había encendido la luz roja y era imposible ignorarla. M. nunca es así conmigo, por tanto algo pasaba, pero no tenía la más mínima idea de qué podía ser. Cuando a media tarde entendí que ya no me devolvería la llamada sentí pánico, una sensación de irrealidad pavorosa. Tanto por la incertidumbre como por el miedo de que M. sin motivo aparente, me estuviera dejando de querer. Por momentos creía que algo en ella había cambiado y que yo ya no era su amorcito, su reina, su nena, sino sólo una mujer con tantos defectos como cualquiera, una persona sin el suficiente encanto para enamorarla un día más. Entonces sentí más miedo todavía, porque entendí de golpe y porrazo que toda mi pretendida sensatez, toda mi prédica sobre los amores perfectos y felices se podía derrumbar así, como un castillo de arena arrasado por una ola. Y que, como ese castillo, mi vida quedaría arruinada, sin posible consuelo; precisamente porque cualquier vida, no sólo la mía, parece gris y vacía en comparación a lo que tengo con M. Antes de esto pensaba que yo podía con todo, que había aprendido tanto de mi pasado que cualquier ruptura podría afrontarla dignamente. Ahora sé que, más allá de la máscara de resignación y respeto a su decisión, mi vida se convertiría en una canción de Mina, desgarrada y melancólica. Aunque dudo que entonces tuviera valor para escucharla.
Por suerte todo terminó esa noche. Me explicó, le argumenté y las cosas volvieron a su ser, a como nunca dejaron de ser salvo en mi mente: ella me ama, yo la quiero. Y cuando me acosté era tan, tan feliz que creo que incluso lloré.
Comentario:
Cada vez que te leemos, nos sorprende el paralelismo de algunas situaciones, problemas, sentimientos con las nuestras. La vida es, muchas veces, una sucesión de lágrimas y risas sin un plan previo. De nada valen consejos, promesas o planes. Os deseamos lo mejor y suerte en esa lucha que todos mantenemos mejor o peor.
Besos
Besos
Comentario:
Es precioso amar a alguien con locura, pero en ciertos momentos, mantener la cabeza fría ayuda mucho mas a solucionar los problemas.
Un beso, cuidate y cuidala.
Un beso, cuidate y cuidala.