Año nuevo, amor renovado
Muchos días sin escribir, lo sé. Entre los ágapes oficiales (léase comidas con la familia, comidas con la novia, cena de trabajo), las compras (para los niños, para la novia y para una misma, que son las peores) se te van interminables horas en el coche, buscando aparcamiento, y en las colas para pagar. Ya no es un secreto: no me gusta la Navidad, aunque sería exagerado decir que la detesto. Alguna cosa buena tiene, como los días libres que podemos disfrutar… Aun así, estaba deseando que acabaran. Ya queda menos.
Con mi novia, han sido unos días raros, de tremendos altibajos. Tan pronto nos moríamos de amor, arrulladas por nuestros cuerpos calentitos y nuestros besos ardientes, como discutíamos por el gato –y no es un chiste-. No quiero decir que esto haya sido una crisis; normalmente no discutimos, pero eso tampoco es razonable que permanezcamos inmunes a la discordia. La culpable, como casi siempre, soy yo: necesito dejar claro todo, analizar las consecuencias de cuestiones nimias que a cualquiera más normalita le pasarían desapercibidas. En este caso, todo empezó por mi gata: mi novia no quiere que entre en casa, en tanto que yo, acostumbrada a tenerla siempre encima, encuentro su postura muy radical. De un desacuerdo tan tonto yo acabo sacando conclusiones universales y alarmantes; mi novia no quiere negociar, pretende imponer su criterio: es necesario llegar a un consenso (rollo Suárez, o ZP). Por el contrario mi novia sólo ve una gata que la llena de pelos y le bufa… Como véis, un abismo de planteamientos.
Superada la crisis felina, el martes tuve la desgracia de compartir con mi novia un mal momento. Cuando ella me acunaba entre sus hermosos pechos yo, anticipándome a la tristeza de su próxima partida, me sentía triste y melancólica. Mi error fue sincerarme justo cuando pensaba en lo duro que es pasar toda la semana sola, esperando el viernes para encontrarnos de nuevo. Le dije que a veces sentía una sensación de absurdo cuando era consciente de que no viviremos juntas en mucho tiempo, en años interminables. Pero que pese a todo teníamos que ser sinceras y no engañarnos con falsas expectativas, con planes ilusorios que nos pudieran decepcionar. Cuando decía todo esto no me daba cuenta de los sentimientos que provocaba en M. y en el daño que le hacía hablando fríamente de nuestro proyecto de vida. Con esa racionalidad helada de la que yo sola soy capaz, hacía que ella, mi preciosa novia, incansable y vitalista, confundiera mi sereno pesimismo con un mal augurio: el comienzo de visiones críticas y fatalistas que anunciaran una ruptura planeada… Le hice pensar en cosas que yo misma hubiera pensado en su lugar. Porque, y esto es duro de reconocer, no soy capaz de demostrar una tristeza y un dolor auténtico aunque lo sienta. Mi cara no refleja muchas emociones más allá de la ternura y el amor en las distancias cortas. M. se asustó de veras y la hice llorar. Cuando entendí mi error ya era tarde para que todo quedara en nada: el miedo, cuando penetra, tarda horas en disiparse. Hube de esforzarme en aclararle mi postura y hacerle entender, más allá de las palabras fáciles, que la quiero pese a la distancia y pese a los años que nos queden de soledad intermitente. Que para mí tenerla sigue siendo una fiesta que se renueva cada semana. Que sus miradas siempre serán para mí las más dulces, sus caricias las más suaves, su cuerpo el más deseado… Todo esto aderezado con la certeza de que para ella es igual. No puede haber nada más delicioso que compartir un amor así.
Con mi novia, han sido unos días raros, de tremendos altibajos. Tan pronto nos moríamos de amor, arrulladas por nuestros cuerpos calentitos y nuestros besos ardientes, como discutíamos por el gato –y no es un chiste-. No quiero decir que esto haya sido una crisis; normalmente no discutimos, pero eso tampoco es razonable que permanezcamos inmunes a la discordia. La culpable, como casi siempre, soy yo: necesito dejar claro todo, analizar las consecuencias de cuestiones nimias que a cualquiera más normalita le pasarían desapercibidas. En este caso, todo empezó por mi gata: mi novia no quiere que entre en casa, en tanto que yo, acostumbrada a tenerla siempre encima, encuentro su postura muy radical. De un desacuerdo tan tonto yo acabo sacando conclusiones universales y alarmantes; mi novia no quiere negociar, pretende imponer su criterio: es necesario llegar a un consenso (rollo Suárez, o ZP). Por el contrario mi novia sólo ve una gata que la llena de pelos y le bufa… Como véis, un abismo de planteamientos.
Superada la crisis felina, el martes tuve la desgracia de compartir con mi novia un mal momento. Cuando ella me acunaba entre sus hermosos pechos yo, anticipándome a la tristeza de su próxima partida, me sentía triste y melancólica. Mi error fue sincerarme justo cuando pensaba en lo duro que es pasar toda la semana sola, esperando el viernes para encontrarnos de nuevo. Le dije que a veces sentía una sensación de absurdo cuando era consciente de que no viviremos juntas en mucho tiempo, en años interminables. Pero que pese a todo teníamos que ser sinceras y no engañarnos con falsas expectativas, con planes ilusorios que nos pudieran decepcionar. Cuando decía todo esto no me daba cuenta de los sentimientos que provocaba en M. y en el daño que le hacía hablando fríamente de nuestro proyecto de vida. Con esa racionalidad helada de la que yo sola soy capaz, hacía que ella, mi preciosa novia, incansable y vitalista, confundiera mi sereno pesimismo con un mal augurio: el comienzo de visiones críticas y fatalistas que anunciaran una ruptura planeada… Le hice pensar en cosas que yo misma hubiera pensado en su lugar. Porque, y esto es duro de reconocer, no soy capaz de demostrar una tristeza y un dolor auténtico aunque lo sienta. Mi cara no refleja muchas emociones más allá de la ternura y el amor en las distancias cortas. M. se asustó de veras y la hice llorar. Cuando entendí mi error ya era tarde para que todo quedara en nada: el miedo, cuando penetra, tarda horas en disiparse. Hube de esforzarme en aclararle mi postura y hacerle entender, más allá de las palabras fáciles, que la quiero pese a la distancia y pese a los años que nos queden de soledad intermitente. Que para mí tenerla sigue siendo una fiesta que se renueva cada semana. Que sus miradas siempre serán para mí las más dulces, sus caricias las más suaves, su cuerpo el más deseado… Todo esto aderezado con la certeza de que para ella es igual. No puede haber nada más delicioso que compartir un amor así.
Comentario:
Lo de la gata es un problema, porque a nosotras nos parecen unas cositas adorables y al resto del mundo unas fieras horrorosas, no tiene arreglo: o eres de gatos o no lo eres (y no te extrañe que la gata le esté haciendo putaditas cuando no la ves).
Por otro lado si solo podeis estas juntas a ratos, teniendo una relación a distancia, hay que encontrar la manera de adaptar las emociones al tiempo de estar juntas/separación, que los días que estás sola no te quedes paralizada, sino que disfrutes de ese tiempo para tí y que su llegada sea una fiesta pero su marcha no sea un funeral. !Animo y a ser felices!
Por otro lado si solo podeis estas juntas a ratos, teniendo una relación a distancia, hay que encontrar la manera de adaptar las emociones al tiempo de estar juntas/separación, que los días que estás sola no te quedes paralizada, sino que disfrutes de ese tiempo para tí y que su llegada sea una fiesta pero su marcha no sea un funeral. !Animo y a ser felices!
Comentario:
Las discusiones son una parte fundamental de la paareja. Y sin embargo, a mi me cuesta mucho aceptarlas. Admito mi miedo, casi inexplicable, a presentarle mis dudas y opciones a ella. Siempre buscaba el cámino fácil: mentir. Eso me ha traido hasta donde estoy. Puede que exista un término medio entre guardar nuestra personalidad, gustos y demás, y la aceptación de los del otro. En ese término medio, está la felicidad de una pareja. Yo no he sabido hacerlo hasta ahora. Espero que tu lo consigas.
Besos desde el agua y feliz 2007
Besos desde el agua y feliz 2007