Infancia
He leído con atención el último post de Giovagris. En él desnudaba la historia familiar, una historia de separación, ausencia y dolor justo cuando menos se soporta: en la infancia. Ya comenté en otra ocasión la sospechosa coincidencia de circunstancias entre gays y lesbianas: la falta del padre o la madre, ya sea física o afectiva –que al final viene a ser lo mismo- es una constante en nuestras vidas.
No voy a incidir en el tema gays-padres, o no al menos en la génesis de una tendencia sexual que para mí está clara (al margen de que haya más factores que intervengan). Voy a hablar de cómo se ve, desde la madurez, una circunstancia que marcó mi infancia y por tanto mi vida.
No voy a descender a los detalles. Soy incapaz de relatar episodios concretos de mi niñez porque me da pudor confesarlos, aunque sea sin nombres ni fechas. En realidad recuerdo muy poco de mi infancia. Puedo decir que, cuando recuerdo mis primeros años, lo veo todo de color gris, en tonos sepia. Como si todos los días hubieran sido nublados y lluviosos. Éramos la típica familia obrera, con madre ama de casa y padre trabajador que pasaba todo el día fuera. No éramos pobres, pero tampoco recuerdo lujos ni nada que no fuera estrictamente necesario. Entonces los juguetes eran objetos excepcionales y preciosos porque sólo se recibían en ocasiones señaladas. Yo tenía que esperar todo un año para recibir el que me tocaba, y eso es algo que debo agradecerles ahora: conozco el valor de las cosas, lo que significa desear y esperar meses y meses una muñeca, un libro, un juego de mesa…
Mi madre fue mi gran problema. Siempre fue una mujer de pésimo humor, crítica, irascible, incluso cruel. Sólo puedo decir en su favor que era muy democrática: nos trataba a todos igual de mal. Vivía estresada con tanto hijo y tanta responsabilidad doméstica. Era la encargada de vestirnos, alimentarnos, llevarnos al médico, controlar nuestro comportamiento… Demasiado trabajo y pocas satisfacciones para ella.
Cuando miro atrás, cuando recuerdo cómo me hablaba, las cosas que me decía, la atención que me prestaba sólo puedo decir que me hizo mucho daño. Nunca una palabra amable, nunca un beso,ni un gesto de comprensión o cercanía. Y cuando digo nunca me refiero al largo periodo que va desde que naces hasta… la edad adulta.
Mi carácter, el que tengo, me lo he forjado en soledad. He aprendido en la calle, o en la escuela. He tenido que entender el mundo desde mis ojos de niña sensible y adolescente triste, buscando siempre un equilibrio, una estabilidad interior que me ayudara a ser mejor persona, mejor que mi madre. He analizado su comportamiento con todo el desapasionamiento de que he sido capaz intentando siempre no repetir sus esquemas, sus maneras de afrontar los problemas. He vivido primero con el temor a ser ella y después con el alivio de saber que no lo soy, aun reconociendo que me parezco en muchas cosas. Por suerte, no en lo peor.
Luego he ido cumpliendo años y su figura se ha visto relegada por otras: por amigas, por amores, por las preocupaciones de la edad adulta. Y poco a poco he ido aprendiendo a no odiarla primero y a no guardarle rencor después. Un día me descubrí compadeciéndola, sintiéndolo por ella. Porque ahora sé que en esta guerra materno-filial perdimos las dos: ella la posibilidad de querer a una niña, y yo la ocasión de tener una madre como la entiende buena parte del mundo: protectora, cariñosa, cercana…
Han pasado muchos años desde la última vez que mi madre me hirió. Perdió la capacidad de hacerme daño en algún momento de mi adolescencia, imagino. Ella se ha hecho mayor y el peso de la edad la ha transformado en un ser vulnerable. Ya no me grita, apenas me critica. Se porta bien conmigo, me ayuda en lo que puede. Pero nunca será capaz de demostrarme afecto, ni yo a ella. Nuestra relación afectiva se ha quedado fosilizada, congelada en el tiempo. Cuando voy a verla, leo en sus ojos una tristeza, un amor callado y suplicante. Pero yo no puedo decir que la quiero, aunque sea verdad. Ni que la perdono, aunque sea así. Porque ese es su castigo y mi penitencia: mantener siempre en silencio las cosas que no se dijeron en su momento. Le doy conversación, le regalo alguna cosa, le hago recados… Pequeños detalles que significan algo, y ella lo sabe. Luego me despido, bajo la escalera, respiro hondo.
No es el mejor de los finales, pero podría ser mucho peor. Nunca se me ocurrirá vengarme del pasado, aprovechar mi fortaleza frente a una anciana que nunca entenderá qué hizo mal.
A veces quisiera llorar por tener esta historia tan triste en mi vida.
Pero ella no me enseñó.
No voy a incidir en el tema gays-padres, o no al menos en la génesis de una tendencia sexual que para mí está clara (al margen de que haya más factores que intervengan). Voy a hablar de cómo se ve, desde la madurez, una circunstancia que marcó mi infancia y por tanto mi vida.
No voy a descender a los detalles. Soy incapaz de relatar episodios concretos de mi niñez porque me da pudor confesarlos, aunque sea sin nombres ni fechas. En realidad recuerdo muy poco de mi infancia. Puedo decir que, cuando recuerdo mis primeros años, lo veo todo de color gris, en tonos sepia. Como si todos los días hubieran sido nublados y lluviosos. Éramos la típica familia obrera, con madre ama de casa y padre trabajador que pasaba todo el día fuera. No éramos pobres, pero tampoco recuerdo lujos ni nada que no fuera estrictamente necesario. Entonces los juguetes eran objetos excepcionales y preciosos porque sólo se recibían en ocasiones señaladas. Yo tenía que esperar todo un año para recibir el que me tocaba, y eso es algo que debo agradecerles ahora: conozco el valor de las cosas, lo que significa desear y esperar meses y meses una muñeca, un libro, un juego de mesa…
Mi madre fue mi gran problema. Siempre fue una mujer de pésimo humor, crítica, irascible, incluso cruel. Sólo puedo decir en su favor que era muy democrática: nos trataba a todos igual de mal. Vivía estresada con tanto hijo y tanta responsabilidad doméstica. Era la encargada de vestirnos, alimentarnos, llevarnos al médico, controlar nuestro comportamiento… Demasiado trabajo y pocas satisfacciones para ella.
Cuando miro atrás, cuando recuerdo cómo me hablaba, las cosas que me decía, la atención que me prestaba sólo puedo decir que me hizo mucho daño. Nunca una palabra amable, nunca un beso,ni un gesto de comprensión o cercanía. Y cuando digo nunca me refiero al largo periodo que va desde que naces hasta… la edad adulta.
Mi carácter, el que tengo, me lo he forjado en soledad. He aprendido en la calle, o en la escuela. He tenido que entender el mundo desde mis ojos de niña sensible y adolescente triste, buscando siempre un equilibrio, una estabilidad interior que me ayudara a ser mejor persona, mejor que mi madre. He analizado su comportamiento con todo el desapasionamiento de que he sido capaz intentando siempre no repetir sus esquemas, sus maneras de afrontar los problemas. He vivido primero con el temor a ser ella y después con el alivio de saber que no lo soy, aun reconociendo que me parezco en muchas cosas. Por suerte, no en lo peor.
Luego he ido cumpliendo años y su figura se ha visto relegada por otras: por amigas, por amores, por las preocupaciones de la edad adulta. Y poco a poco he ido aprendiendo a no odiarla primero y a no guardarle rencor después. Un día me descubrí compadeciéndola, sintiéndolo por ella. Porque ahora sé que en esta guerra materno-filial perdimos las dos: ella la posibilidad de querer a una niña, y yo la ocasión de tener una madre como la entiende buena parte del mundo: protectora, cariñosa, cercana…
Han pasado muchos años desde la última vez que mi madre me hirió. Perdió la capacidad de hacerme daño en algún momento de mi adolescencia, imagino. Ella se ha hecho mayor y el peso de la edad la ha transformado en un ser vulnerable. Ya no me grita, apenas me critica. Se porta bien conmigo, me ayuda en lo que puede. Pero nunca será capaz de demostrarme afecto, ni yo a ella. Nuestra relación afectiva se ha quedado fosilizada, congelada en el tiempo. Cuando voy a verla, leo en sus ojos una tristeza, un amor callado y suplicante. Pero yo no puedo decir que la quiero, aunque sea verdad. Ni que la perdono, aunque sea así. Porque ese es su castigo y mi penitencia: mantener siempre en silencio las cosas que no se dijeron en su momento. Le doy conversación, le regalo alguna cosa, le hago recados… Pequeños detalles que significan algo, y ella lo sabe. Luego me despido, bajo la escalera, respiro hondo.
No es el mejor de los finales, pero podría ser mucho peor. Nunca se me ocurrirá vengarme del pasado, aprovechar mi fortaleza frente a una anciana que nunca entenderá qué hizo mal.
A veces quisiera llorar por tener esta historia tan triste en mi vida.
Pero ella no me enseñó.
Comentario:
Yo creo que muchas personas hansufirdo en su infancia, sean homosexuales o no, de hecho nuestros mismos padres han sufrido muchísimo, de ahí que no hayan sabido darnos el amor y el reconocimiento que un niñ@ necesita.
Ahora yo como madre veo lo difícil que es educar, y todas las carencias afectivas se transmiten pues es lo que te enseñaron, esto me ha hecho ver que después de muchos años y ayuda que hay que liberarse del sufrimiento de la infancia, sobre todo porque a partir de ahí es cuando tu misma te valoras y te quieres sin condiciones, y aprendes a amar de esa manera.
Un abrazo.
Ahora yo como madre veo lo difícil que es educar, y todas las carencias afectivas se transmiten pues es lo que te enseñaron, esto me ha hecho ver que después de muchos años y ayuda que hay que liberarse del sufrimiento de la infancia, sobre todo porque a partir de ahí es cuando tu misma te valoras y te quieres sin condiciones, y aprendes a amar de esa manera.
Un abrazo.
Comentario:
la verdad es que esto de los padres... es complicado. Pueden hacer que te sientas la mejor persona del mundo y a la misma ves lo peor de lo peor.
Veo que durante tu adolescencia tb levantaste un muro contra el daño que pudiera hacerte tu madre. La verdad es que es mejor ignorar que sufrir.
Ya somos dos los que nos negamos esas lágrimas que pudieran hacernos libres.
En ocasiones quiero dejarlas salir, pero sé que no merece la pena, así que se quedan dentro.
Un saludo
Veo que durante tu adolescencia tb levantaste un muro contra el daño que pudiera hacerte tu madre. La verdad es que es mejor ignorar que sufrir.
Ya somos dos los que nos negamos esas lágrimas que pudieran hacernos libres.
En ocasiones quiero dejarlas salir, pero sé que no merece la pena, así que se quedan dentro.
Un saludo