Vispera
Son ya las once de la noche y estoy deseando que me llame, que me cuente cómo le ha ido el día. Mañana la veré, no quedan ni veinticuatro horas. No hago más que recrear ese primer momento. Prefiero que llame directamente a casa, verla tras la puerta, el corazón bombeando fuerte en mi pecho, la emoción de reencontrarme con su sonrisa pícara, con su "hola" todavía en el pasillo. Luego cierro la puerta, y me lanzo a sentir su abrazo fuerte, los besos urgentes y desatinados. Sobre todo, la huelo con los ojos cerrados; porque su olor me transporta a otros momentos, a las primeras veces, cuando se iba y yo la recordaba por su perfume en mi almohada. Probablemente me cuente algo, o me traiga una botella de vino. Pero ese paréntesis será muy breve, y rápidamente nos comeremos a besos y caricias, con las prisas de quien no come caliente en una semana. Será un festín largo y saboreado con los cinco sentidos, con cada centímetro de piel, con la mirada, con palabras susurradas, con declaraciones de amor inquebrantable.
A veces me sorprende poder llevar bien su ausencia entre semana; sentir algo tan fuerte y poder controlarlo cinco días a la semana. Sé que hace diez años sufriría cada segundo que no estuviéramos juntas. Pero el tiempo ha hecho su labor, y ahora soy capaz de disfrutar de lo bueno y de lo mejor. De mi vida y de nuestra vida juntas.
A veces me sorprende poder llevar bien su ausencia entre semana; sentir algo tan fuerte y poder controlarlo cinco días a la semana. Sé que hace diez años sufriría cada segundo que no estuviéramos juntas. Pero el tiempo ha hecho su labor, y ahora soy capaz de disfrutar de lo bueno y de lo mejor. De mi vida y de nuestra vida juntas.