Amstedam (i)
Todos realizamos un viaje al menos dos veces, si no más. Primero en nuestra imaginación: un conjunto de tópicos vistos o leídos, una amalgama curiosa de deseos por completar y temores por confirmar. Los míos eran, respectivamente, el deseo de encontrarme en una ciudad donde la homosexualidad era algo normalizado, integrado en la ciudad y, por otro lado, el temor de que me robaran la bicicleta a la primera ocasión (dada mi afición a olvidar llaves en las cerraduras, no era nada descabellado).
Pues como suele suceder, las cosas fueron justo al revés. La vida gay me defraudó respecto a mis expectativas, y la bici no me la robaron, pese a olvidar la llave en el candado mientras visitaba el Museo del tulipán – no fue elección mía, es que mi novia es muy “flor”-.
Empezaré mi relato ordenadamente: el domingo, día previo al viaje, conocí a dos de las chicas que nos iban a acompañar. Son una pareja de Zaragoza, amigas a su vez de la tercera componente del grupo, mi amiga C. (ver post de enero 06). En principio, el viaje era en pareja; pero como a C. le apetecía la idea y a nosotras nos gusta la buena compañía, le ofrecimos la posibilidad de acompañarnos, siempre que no compartiéramos habitación, por razones obvias. En fin, que el quinteto quedó completado a pocas horas de la partida. Y la intriga de descubrir qué clase de personas nos acompañarían se desveló la noche previa. La buena impresión que nos dieron se confirmó durante el viaje. Nuestros momentos juntas, de copas, comiendo o simplemente descansando, fueron agradables y divertidos. Yo sólo pido una cosa a cualquier amiga mía: sentido del humor. A ellas les sobraba, así como simpatía, respeto y sentido común. Pasamos muy buenos ratos juntas, y les agradezco sobremanera que aguantaran mis bromas interminables, así como mis reflexiones absurdas y mis preguntas impertinentes. En definitiva, que M. y yo hemos hecho una nueva adquisición (doble) para nuestra breve y selecta colección de amistades. Amén.
Volviendo al relato, yo estaba deseando subir al avión y disfrutar de esa sensación tan emocionante del avión despegándose del suelo… Mi novia, al contrario, estaba tensa como una cuerda de violín. Ni desayunó ni comió, atenta sólo a cada sacudida del avión. Hasta que no aterrizamos, cerca de las tres, no se relajó ni un segundo.
La ciudad es tal y como la había imaginaba: canales interminables, puentes, casas pintorescas. Un lugar para disfrutar. Los holandeses, pese a su clima, saben vivir bien. Ámsterdam está muy alejada del tráfico estresante y ensordecedor de cualquier capital europea, incluso de cualquier pueblo de medio pelo. Los coches son escasos, y las bicis sólo provocan el sonido de los timbres cuando te advierten de su paso. Es una ciudad hermosa de veras. Y pese a especializarse en museos, lo cierto es que sin ese aliciente ya merece la pena visitarla y perderse por sus callecitas, transitables en cualquier dirección siempre que vayas en bicicleta. Las alquilamos el primer día, y desde luego fue la mejor decisión: todo está a un tiro de piedra, y la agradable sensación de vagar a tus anchas no tiene precio. Pararte a observar las formas caprichosas de los tejados, los gabletes con escudos o referencias gremiales; las pausas para internarte en un patio frondoso e intemporal… Estos holandeses sí saben vivir, definitivamente.
Por otra parte, y como apuntaba al principio, algunos tópicos se desmontaron al poco de llegar. Por ejemplo: los tulipanes. No vi demasiados en las inmediaciones, y descubrí en el museo de los susodichos que en realidad lo que importa de veras son los bulbos de donde nacen, una especie de cebollas muy poco fotogénicas.
El segundo mito desmontado: la tolerancia homosexual. Es cierto que no se parece a Lisboa, con su invisibilidad temerosa y oscura. Pero nuestra bendita Chueca es, definitivamente, el auténtico paraíso. En primer lugar, no existe una zona franca, un espacio donde cualquier gay se sienta libre de actuar según su gusto y naturaleza. Los locales están más o menos dispersos por toda la ciudad, por más que haya calles con varios garitos cercanos. M. y yo, visitando el mercado de las flores (o mas bien el mercado de los bulbos), tuvimos el inocente atrevimiento de besarnos con más ternura que lascivia en plena calle. Una señora muy entrada en carnes se paró a pocos metros y nos atravesó con una mirada escandalizada y desafiante, cargada de malevolencia y prejuicios. Eso nos abrió un poco los ojos en una ciudad de creciente deriva conservadora. Eso y los comentarios del camarero cordobés del GETTO, bar (gay?) cerca del Barrio Rojo. Lleva veinte años afincado en Ámsterdam, y según su experiencia, ser gay empieza a ser peligroso en una ciudad cada vez más poblada por comunidades intolerantes con la homosexualidad; concretamente se refería a los musulmanes, ciudadanos de pleno derecho –muchos segunda generación- y que se dedican (quiero pensar que una minoría) a apalear a los chicos e insultar a las lesbianas. Una de las noches, en un pub de chicas, pudimos observar cómo entraban un grupo de cinco, riendo y armando gresca. Por suerte, y ante la indiferencia general, se marcharon al rato, Pero asusta y preocupa el tema de la multiculturalidad, cuando ésta no implica riqueza sino intolerancia y desprecio por la sociedad que te acoge. Tan amarga era la queja de nuestro compatriota camarero que acabé deseando no escucharle más y poder disfrutar de mi caipirinha haciéndome la ilusión de que Ámsterdam seguía siendo una tierra libre de prejuicios, de hipocresías e ignorancia.
En cuanto a las chicas, debo reconocer que las holandesas son, en general, mujeres guapas y bien plantadas; al menos para el estándar de una española morena y bajita como yo. Pero también me parecieron sosas como ellas solas, y muy poco comunicativas. Las únicas mujeres que conocimos eran de… Bilbao. Y creo que ellas, pese a no ser turistas, estaban tan contentas de hablar en cristiano como nosotras. La “fiesta de mujeres” en SAPPHO, el pub donde recalamos el viernes, parecía un baile de los años 60: muchas mujeres sentadas, como esperando a ser invitadas a bailar, y pocas en la pista (las españolas, por supuesto). Supongo que eso de la raza al fina sí se nota en algo…
Se está haciendo tarde… Mañana sigo.
Saludos a todos.