La vida nueva
Mi vida, tal como es
Acerca de
"L´amore quando arriva è come un camion che ti prende in pieno e tu puoi soltanto morire" (Mina)
Contador Gratis
Sindicación
 
Sobre atropellos, borrachos y golpes en el coche
Los hechos no sucedieron en el orden que enuncio. Primero llegó el borracho, luego el atropello y por último el golpe en el coche. Y los tres hechos no están relacionados (¿o sí?) a no ser porque son desagradables y huelen a desgracia desde lejos.
El fín de semana empezó prometedor desde el mismo viernes. Primero, parada en el Ikea para comprar caprichos más o menos necesarios. Luego, quedar con mi novia en Murcia para comer y pasar la tarde juntas. Esta ciudad guarda entrañables recuerdos para mí, porque fue allí donde estudié y pasé buenos y malos momentos . Ya sabéis: mi primera independecia de los padres, las compañeras de piso, noches en blanco estudiando y días enteros de pereza… Mi juventud universitaria, en definitiva. Mi novia también estudió en Murcia, y el trabajo a menudo la lleva a esta pequeña y recoleta capital de región. Provinciana y acogedora, dinámica, abierta y conservadora a la vez…
Comer en Murcia es un placer para los sentidos. Magníficas ensaladas y verduras, vinos poderosos... Incluso unas modestas patatas saben a gloria bien condimentadas con sólo un poco de aceite y sal. Como os podéis imaginar, después de tanto festín gastronómico estábamos rendidas y somnolientas. Eso es lo peor: coger el coche a esa hora en que apetece acurrucarte debajo de las sábanas, con tu mujercita arrullándote hasta perderte en el reino del sueño.
Pues bien, conducir por una carretera secundaria a la una de la mañana es lo menos aconsejable que he hecho en mucho tiempo. Con la lluvia, las curvas, los frecuentes cambios de rasante resulta agotador mantener la atención. Y para terminar, a menos de cinco kilómetros de casa, un tipo borracho decide que su carril no le gusta y se pasa al mío, en sentido contrario. La sensación de irrealidad que sientes al ver las luces de un coche justo frente a ti, acercándose rápidamente, es absoluta. Después de hacerle largas sin respuesta, no me quedó más remedio que apartarme en el arcén. En ese momento, el coche vuelve a su carril de marcha y se pierde en la oscuridad. Nunca había vivido un incidente tan peligroso, por más que breve. Imagino que los accidentes siempre son así: un instante de absurdo seguido de un golpe brutal, de la nada. Cuando reemprendí la marcha, temblaba. Era como si hubiera percibido la sombra de una guadaña, acechante. Apenas había recuperado el aliento cuando, a pocos metros de la casa de M., un precioso gatito blanco cruza la calzada, justo ante mis ruedas. No tuve tiempo de reaccionar y sentí cómo arrollaba su cuerpecillo.
En definitiva, que llegué a casa de M. con una sensación de extraña fatalidad. El destino había decidido que alguien tenía que morir esa noche; y al no ser yo, se cobró una pieza más pequeña e indefensa. Mi novia, que conducía su propio coche, no se percató de nada, embarcada en su propia lucha contra en sueño. Porque ella, a partir de las once, pasa de ser viviente a ser durmiente. Y finalmente nos acostamos, incapaz yo de dormir durante un largo tiempo, pensando en la fugacidad de la vida, los golpes del destino y nuestra insignificancia en el universo. Ese tipo de ideas que cultivamos cuando vemos pasar cerca de nosotros a esa señora descarnada y sonriente.
Al día siguiente ya había asimilado el susto. Pero como todo lo que mal empieza mal termina, justo la noche del sábado mi novia, dando marcha atrás a su coche, destrozó la puerta del mío. Lo más gracioso es que su coche no sufrió ni el más leve rasguño (Citroen versus BMW). El golpe sonó leve y tonto; yo estaba sentada a su lado, y era como cuando pisas una caja de cartón, un “pufff” apagado. Pero mi coche, mi sufrido y viejo utilitario, parecía haber sido arrollado por un tanque.
¿He tenido un fin de semana negro? Pues no. Solamente gris claro. Las puerta de mi coche se puede arreglar; el borracho hizo una maniobra suicida, pero tuve tiempo de reaccionar. El gatito… sólo era un gatito, aunque parezca cruel.
Digamos que he recibido un aviso de cuánto se puede torcer tu vida en un día cualquiera. Pero mientras que sólo sean chapas hundidas y gatitos muertos no pienso llorar ni quejarme. Mi novia estaba conmigo, y eso siempre marca la diferencia. Me gusta su forma estoica de tomarse las cosas, sin quejas apesadumbradas, sin pensar las cosas más allá de cómo solucionarlas. Ella es como yo. Incluso el golpe en el coche fue excusa para algunas bromas un poco ácidas. Pero ella se lo buscó…
El domingo sentí tener que separarnos. La tarde fue deliciosa, con mucho amor, ternura y… sexo del bueno, el que nace del conocimiento mutuo, de la ganas de probar, de sentir. Me da un poco de pudor comentar estas cosas, pero si no lo hiciera estaría guardando lo mejor de fin de semana: ella y su amor infinito, profundo, confortador. En momentos como esos nos duele más tener que vivir separadas, sin poder sentir ese abrazo cada noche antes de dormir, o un beso en la cocina (con unos torpes pasos de baile, ésa es mi especialidad), comentar las noticias, cotillear un poco sobre familia, amigos y conocidos… Las pequeñas cosas que son la salsa de la vida.
Ahora la echo de menos. ¿Qué estará haciendo en este momento? Seguro que anda con mil tareas a un tiempo, taconeando por los pasillos, o aparcando el coche (a partir de ahora NUNCA se le olvidará mirar hacia atrás), acordando asuntos, proyectando casas, pagando impuestos… qué se yo. Pero sea lo que sea tengo la certeza de que piensa en mí, entre papeles o hablando con extraños. Siempre piensa en mí.
No os imagináis lo bonito que es saber eso, y sentir lo mismo.
Etiquetas:   
No