El puente
Con cierto retraso cuento mi puente. Empezó, ya sabéis, pasado por agua. Por mucho agua. Aunque no me puedo quejar: en mi pueblo sólo se inunda el Racó de L´Oix (que se llama así porque antiguamente era una zona cenagosa, donde se embalsaba el agua de la lluvia o la del mar, cuando había temporal). Yo vivo en el otro extremo de Benidorm, así que no he sufrido las consecuencias. Eso sí, estuvo todo el día lloviendo, y abundantemente. Tanto es así, que bajando del coche camino de casa de mi madre, me empapé toda, y mi hija también.
Yo, previsora que soy, ya había hecho la compra el día anterior porque me apetecía hacer una cena en casa. Me gusta mucho cocinar, pero pueden pasar meses hasta que me apetezca meterme en la cocina, porque supone mucho trabajo recibir a gente en casa y que todo esté perfecto – o lo mejor posible-. En definitiva, que al final nos reunimos seis, algunas nuevas amigas. Y la cena fue muy bien, más allá de las conversaciones intrascendentes de cualquier evento social. Al final de la velada, con algunas copas encima y tras ciertas confesiones personales, una de ellas, digamos A., nos hizo una pregunta. ¿Lo dejaría todo por mi novia? ¿Dejaría mi trabajo, mi casa, por estar a su lado? Creo que la pregunta venía motivada porque éramos la única pareja estable de la cena, y nos prodigamos en expresar nuestro amor, con palabras y gestos. Eso, unido al hecho de que nos mostrábamos críticas con ciertas actitudes ajenas –formas de llevar las relaciones y demás- provocó esta pregunta. Una forma de poner a prueba nuestro compromiso.
Yo contesté: lo primero es la salud, después el trabajo, y en tercer lugar el amor. Es decir, que no dejaría mi forma de vida por mi novia. Y mi novia tampoco lo haría por mí. Al menos no en los términos de la pregunta: ¿trabajo o amor?
Esto no fue entendido. O por decirlo de otra manera, fue entendido como que nuestra relación, nuestro compromiso, no es real ni sólido. Como si nuestro amor fuera un simple pasatiempo, algo prescindible y pasajero. Tanto es así, que A. llegó a decir, en tono irónico: “así también me emparejo yo…” Según su punto de vista, el amor sincero está por encima del trabajo, del “interés”, del “materialismo”, etc.
Pero claro, como todo, esto está sujeto a la interpretación que hagas, y a la concepción que tengas del amor. Para nosotras el amor no es renuncia ni sacrificio. No es una necesidad, sino una elección. Yo elijo, en igualdad de condiciones, querer a M. y por tanto no tengo que renunciar a mi vida; ni ella a la suya por mí. Nuestra historia se basa en compartir, no en renunciar. Comparto mis sentimientos, mi entrega, mi tiempo… pero no dejo de ser yo, con mi trabajo –que me gusta y también elegí-, mi espacio, mi historia. Dejarlo todo por ella sería tanto como reconocer que la necesito para vivir, para sentirme bien. Eso no es cierto; la persona a quien más amo –aparte de mi hija-, soy yo misma; y cualquier amor que tenga tiene que sentirse bien con ello, incluso tiene que alegrarse de que sea así. Porque una persona satisfecha con su vida nunca te exigirá dedicación absoluta, ni sentirá celos del aire, ni pretenderá cobrarse ese sacrificio que hace a costa de tus sentimientos…
Si yo dejara mi vida por M., si empezara de nuevo en su ciudad, aceptando cualquier trabajo, dejando atrás todo lo que construí durante años, ¿cómo se sentiría ella? Creo que igual que yo: con la carga enorme de no fallarme, de hacer valer ese sacrificio tan grande.
Yo nunca le pediré eso, ni ella a mí. Me gustaría que viviéramos juntas, pero no al precio de sacrificar la vida de una: su casa, su medio de vida, su familia. No sería justo ni razonable. El amor es algo mucho más sano que eso, y si lo exige es que no es amor, o al menos no es sano.
Si nuestra relación funciona después de casi dos años, si crece y es cada vez más profunda y sólida es precisamente porque somos libres. Libres de estar o no, de entrar o salir. No hay más obligación que ser fieles a nuestros sentimientos, sin chantajes emocionales ni económicos. Y por supuesto, esto no quiere decir que no fuera capaz de sacrificar muchas cosas por ella; pero siempre lo haría por necesidad: una enfermedad, una separación obligada… Yo estaría para ella con cada gota de mi sangre, cada cosa que poseo, cada instante de mi tiempo. Entonces también sería mi elección, seguir con ella, por encima de las dificultades. Pero sólo en ese caso, nunca porque yo necesite su presencia permanente, vivir con ella.
Hace algún tiempo salí con alguien que estaba dispuesta a empezar de nuevo conmigo, pese a conocernos poco. Eso me alarmó, porque sabía lo que significaba: que empezaba a necesitarme. Yo no quiero que me necesiten, sino que me quieran. Cuando alguien te necesita, en realidad sólo busca de ti saciar su necesidad de amor, no su necesidad de ti, de la persona que eres. Incluso es capaz de arrastrar una vida de insatisfacciones, de sufrimientos, con tal de que estés ahí, por las migajas de amor que le quieras dar. Pero yo no merezco un amor así, ni puedo aprovecharme de la debilidad de otras para satisfacer mi ego. Quien te quiere en poco tiempo y se entrega por completo, incluso más de lo exigible, busca algo que en realidad no le puedes dar: quererse a sí misma.
Yo no tengo miedo al amor, a querer. Me parece lo más importante que puedes hacer en la vida: compartir tus sentimientos, dar lo mejor de ti a quien lo merezca. Si después del amor viene sufrimiento o soledad, eso es algo con lo que viviré cuando llegue. Yo nunca pienso en lo que puede pasar, en las dificultades o en los interrogantes del futuro. El mañana no existe más que en nuestra cabeza; solo existe el presente, los besos que das, el cariño que ofreces, los momentos que vives.
¿Qué pensáis?
Comentario:
Me encanta como escribes, bueno ya te lo he dicho otra veces. Estoy de acuerdo contigo el amor es una elección y no una obligación, y es cierto el futuro no existe, la suerte es encontrar a alguien que quiera lo que tú. Besos