Apariencias y realidades
Últimamente nos han llegado ciertas opiniones que tienen algunos conocidos sobre nosotras. No los llamo amig@s porque son gente que hemos tratado poco, coincidiendo en cenas y algún otro compromiso festivo. Está más que claro que en tan poco tiempo nadie nos puede conocer, pero es inevitable que cada cual se forje su propia opinión sobre alguien con quien te cruzas, aunque sólo sea por curiosidad. Casi nunca llegas a enterarte de esas opiniones ajenas; la gente no las comenta, como es lógico. Pero estas últimas semanas, por obra y gracia del alcohol, que te suelta la lengua, y de un momento de confidencia quién sabe si interesado, hemos sabido cómo nos ve desde fuera esa gente que apenas tiene más elementos de juicio que tu aspecto, tu manera de moverte en sociedad y cuatro historias intrascendentes.
Parece ser que ven a mi novia fría, dominante y decidida. Y a mí como una romántica entregada a su amor, fiel y tierna. De la visión que tienen de M., se derivan,por desgracia, algunas cosas menos inocentes, como la infidelidad, la frialdad en el afecto… Digamos que para estos conocidos ella es una “femme fatale”, hecho reforzado sin duda porque suele llevar tacones y ropa muy femenina (y eso que todavía no la han visto trabajando!). Pero otra de las razones para verla así, bastante simplista desde luego, es que ella tiene un estatus social y económico superior al mío. Automáticamente asocian esa diferencia de nivel con un auténtico escalón en lo sentimental: ella, la mujer segura, la profesional solvente, y yo, la graciosa, la modesta asalariada. Olvidan que lo primero que dejan de lado dos personas que se gustan, que se quieren de verdad, son esos aspectos de su vida que sólo influyen cuando lo que te mueve es la necesidad o el interés.
Apariencias y realidades. Continuamente tenemos que valorar qué es real y qué es puro espejismo, y muchas veces nos equivocamos, ya sea por precipitación o propios prejuicios. En este caso, en nuestro caso, han pecado de ambos defectos. Es demasiado pronto para juzgarnos, y hacerlo con esa simple ecuación más dinero=más poder no responde a la realidad. Las relaciones emocionales se rigen por criterios misteriosos que escapan a los estereotipos que sí funcionan en el ámbito laboral y social. Yo me muevo con gente de un mismo nivel social: edad, intereses comunes, vida estructurada… mas o menos como yo misma. Y en el trabajo es bien sabido que quien gana más es tu jefe, tu superior jerárquico. Posiblemente estas reglas de poder funcionan sutilmente en más ámbitos de la vida, dependiendo de la persona y la situación; seguro que se os ocurren montones de ejemplos. Pero… ¿en lo sentimental?
La única cosa de carácter material que yo le pido a mi novia –y ella a mí- es tiempo para estar juntas cada fin de semana y que la distancia que nos separa no sea insalvable. Nada más. Por suerte en lo demás llegamos fácilmente a un acuerdo.
Hablemos ahora de realidades. ¿Es mi novia dominante y yo sumisa? Desde luego que no. Ella es muchas cosas, igual que yo. A veces soy fría, seria; ella en ocasiones es caprichosa e impulsiva… Pero nunca he notado que ejerciera ninguna clase de poder sobre mí. Muy al contrario, si ella percibiera una sombra de sumisión por mi parte, que me tuviera a su capricho, se desenamoraría de mí rápidamente. El amor debe ser equilibrio, un equilibrio cambiante, fluctuante, pero no una relación desigual, de sumisión, de renuncia constante a lo que eres, a tus gustos y opiniones. Nosotras lo hemos entendido muy bien; tan bien que no nos sirve otra cosa.
La realidad, ésa que cierta gente no puede ver, es que M. es tierna, cariñosa, fiel, constante en su afecto. Yo, la presunta mosquita muerta, tengo mis arrebatos de frialdad y distancia. De ella nunca, nunca he podido decir tal cosa, y ya van para dos años. Jamás me ha torcido el gesto, ni he tenido ni la sombra de una duda acerca de su amor.
Lo que os decía: una cosa son las apariencias, y otra las realidades.