Y pasa el tiempo...
Pronto hará tres meses que Ella entró en mi vida. Ha sido un periodo intenso, como corresponde a la pasión y el amor que nos tenemos. Es poco tiempo, pero tengo la sensación de haberlo aprovechado como nunca, y en estos días hemos vivido muchas cosas juntas: viajes, noches, comidas, paseos, conversaciones, familia... todo lo necesario para conocernos mejor.
Ahora tengo la sensación de entrar en una etapa de normalidad, de asumir su presencia en mi vida como algo lógico, algo necesario. El momento de hacer planes a medio plazo, de organizar un poco nuestra existencia contando con la otra de forma natural, no meditada. No estoy hablando de decisiones trascendentales, sino de buscar la manera de pasar más tiempo juntas de acuerdo a nuestro modo de vida. Y esto me demuestra, como tantas otras cosas, que este amor es real, no una ilusión pasajera, o una atracción breve y superficial.
No estoy diciendo que la pasión haya desaparecido. Cada cita es como la primera; el ansia por tenernos enfrente, la alegría de reencontrarnos permanece igual, salvaje y vivificadora. Pero junto a eso existe también la tranquilidad que nos da sentirnos unidas más allá de los momentos de sensualidad o romanticismo; el compartir problemas cotidianos y tareas anodinas. También entonces nos sentimos bien, resguardadas la una en la otra, como si siempre hubiéramos estado juntas. Y para ello era necesario compartir más que el cuerpo: compartir una manera de amar, una forma de vivir las relaciones. Antes de conocerla ya entendía que mi error anterior consistía en no ver más allá de la atracción inicial, en no prestar atención a los signos que me decían si esa mujer me complementaba. Por eso preferí estar sola antes de embarcarme en otra aventura de final incierto. No me equivoqué. Y por suerte para mí ahora recojo los frutos.
Ahora tengo la sensación de entrar en una etapa de normalidad, de asumir su presencia en mi vida como algo lógico, algo necesario. El momento de hacer planes a medio plazo, de organizar un poco nuestra existencia contando con la otra de forma natural, no meditada. No estoy hablando de decisiones trascendentales, sino de buscar la manera de pasar más tiempo juntas de acuerdo a nuestro modo de vida. Y esto me demuestra, como tantas otras cosas, que este amor es real, no una ilusión pasajera, o una atracción breve y superficial.
No estoy diciendo que la pasión haya desaparecido. Cada cita es como la primera; el ansia por tenernos enfrente, la alegría de reencontrarnos permanece igual, salvaje y vivificadora. Pero junto a eso existe también la tranquilidad que nos da sentirnos unidas más allá de los momentos de sensualidad o romanticismo; el compartir problemas cotidianos y tareas anodinas. También entonces nos sentimos bien, resguardadas la una en la otra, como si siempre hubiéramos estado juntas. Y para ello era necesario compartir más que el cuerpo: compartir una manera de amar, una forma de vivir las relaciones. Antes de conocerla ya entendía que mi error anterior consistía en no ver más allá de la atracción inicial, en no prestar atención a los signos que me decían si esa mujer me complementaba. Por eso preferí estar sola antes de embarcarme en otra aventura de final incierto. No me equivoqué. Y por suerte para mí ahora recojo los frutos.