Días de crisis
A veces nos equivocamos. Todos. Y esos errores tienen consecuencias, para bien o para mal. Esta pasada semana mi novia se equivocó provocando una discusión con poco sentido para mí. Ella tiene que aprender a respetar mis decisiones, a no tomarse como una ofensa o una falta de amor el que yo decida no hacer algo que ella supone normal y razonable. Tiene que aprender a escuchar mis razones, sean o no buenas según su punto de vista. Si M. tiene algo que no me gusta es esto: que a veces, en cuestiones totalmente secundarias y nimias, se empeña en que las cosas sucedan como ella entiende que deben ser.
El pasado domingo me pidió un pequeño favor. Se trataba de cobrar una factura a un cliente suyo de Benidorm, porque ella estaría ausente y había acordado pasar el martes a recoger el dinero que le debe. Yo le dije que no, y le expliqué el por qué: conozco a esa persona, y me temía que intentara pagarme menos, o liarme de alguna manera para escabullirse de su obligación. No me apetecía pasar el mal trago de negociar lo que no me compete o de tener que recibir instrucciones de M. si las cosas no eran como habían acordado. La semana anterior tuve que lidiar con problemas de pago, y me sentía cansada, sin ganas de verme en una situación incómoda. Además, el sábado ella misma podría cobrar su factura por sí misma, y decidir in situ lo que debía hacer si las cosas se complicaban.
Mi decisión no le gustó, y se marchó un poco disgustada. Para ella no tenía razón para negarle algo tan fácil, y no entendía ni mis temores ni mis reservas.
Al día siguiente, cuando yo había olvidado ese pequeño incidente, la tormenta estalló inesperadamente. Me llamó esa noche, como cada noche. Pero su tono no era el de siempre, sino exigente y seco. Muy pronto entendí por qué: mi negativa del día anterior se le había atragantado, y en algún momento del día decidió que mi postura era inaceptable y que debía hacérmelo ver. Sólo que eligió los peores argumentos, tan malos que tuve que señalarle que no todo se puede decir, y que las palabras injustas acaban teniendo un precio. Ella no quiso escucharme, y mis advertencias le sonaron a amenazas. Colgué el teléfono cansada de escuchar despropósitos que no eran propios de ella, angustiada por la idea de que quizá sintiera que estaba poniendo más en esta relación, aunque yo sabía con certeza que no era cierto.
Estaba tan decepcionada, tan triste y desesperanzada que no volví a cogerle el teléfono. En mi cabeza empezaron a gestarse mis propios temores. El miedo a que esa discusión tan absurda y a la vez tan hiriente fuera la antesala de otras peleas más mezquinas. Era la primera vez que me hablaba así, y yo saqué una conclusión precipitada. Creí que empezaba a cansarse de mí, de la persona tranquila y conformista que soy. Que buscara un plus de ambición que no tengo; una persona como ella, tan resuelta en las cosas que a mí me superan.
Entonces me replegué en mí misma. Y esa noche, viendo las horas pasar sin poder dormir, creí que era el tiempo de parar. De abandonar esta relación que tanto me había dado y que tan poco merecía convertirse en una contabilidad de favores dados y recibidos, de reproches por lo que se ofrece y se espera a cambio. Así que, mientras amanecía, busqué la fortaleza que creo tener para soportar una separación que sentía necesaria.
Al día siguiente leí sus mensajes de arrepentimiento. Pero me sonaron vacíos y ridículos, porque nadie puede cambiar de opinión en una hora ni recapacitar sólo por temor a disgustarte. Esa mañana, cuando hablamos, le dije que se había acabado. Y entonces fui yo la injusta, la que volcó en las palabras el dolor que sentía. Le reproché su inconsciencia, su impulsividad infantil. Pero también le dije palabras duras que no sentía. Le hice daño, mucho daño. Tanto que me sentí tan culpable y mezquina como había sido ella conmigo.
A partir de ahí se sucedieron las conversaciones. Ella, asegurándome que no volvería a actuar así. Yo, bloqueada y dolida porque sentía que algo se había roto, algo que daba por seguro: su capacidad de entenderme y valorar lo que teníamos.
Por fin logramos hablar sin reprocharnos nada, sólo contarnos lo que sentíamos, lo que nos había herido. Y poco a poco todo volvió a su cauce, aunque nuestros miedos seguían allí, agazapados tras las palabras de perdón y reconciliación. Yo, con el temor de que todo cambiara, ella creyendo que ya no la quería igual.
El fin de semana las cosas han quedado muy claras. No hemos tenido que repetir lo que hablamos por teléfono, ni ha habido más explicaciones. Si hubiéramos discutido cara a cara las cosas se hubieran resuelto en pocas horas, porque las miradas y los gestos dicen más que todas las razones del mundo. Ya no eran necesarias tantas frases repetidas, ni tantas justificaciones prescindibles. De manera natural decidimos querernos y olvidar. Mi miedo se disipó en su mirada, y mis besos le confirmaron que nada a cambiado en mi amor. Las dos hemos aprendido algo, como se suelen aprender las cosas: a golpe de errores, de rasguños y dolor. Ella sabe que nunca la dejaré pese a mi carácter inflexible, y que ella no volverá a hablar movida por el rencor. Sabemos lo que vale esto, nuestro amor, el tiempo que pasamos juntas. Impagable, precioso, único, irrepetible. Lo sabe tan bien como yo, y las dos somos alumnas aplicadas a la hora de aprender de estos errores.
Ya todo pasó. Este fin de semana sólo nos hemos querido. Y cuando el amor zozobra cuando recuperas la calma qué bueno es. He reseguido con mis dedos el perfil de sus cejas, la pendiente de su nariz, la curva de sus labios. He querido cansarme de su boca a fuerza de besos, y no lo he conseguido. He aspirado el olor de su cuello, de su piel, la he mirado con mi media sonrisa pícara sólo por el placer de verla devolverme el gesto, tan lleno de amor y entrega que hasta duele tanta felicidad.
Todo sigue. Este barco no se ha hundido porque tiene buen calado. Y pronto podré decir que llevamos navegando juntas dos años. Vendrán tormentas, pero cada vez somos mejores marinas.
El pasado domingo me pidió un pequeño favor. Se trataba de cobrar una factura a un cliente suyo de Benidorm, porque ella estaría ausente y había acordado pasar el martes a recoger el dinero que le debe. Yo le dije que no, y le expliqué el por qué: conozco a esa persona, y me temía que intentara pagarme menos, o liarme de alguna manera para escabullirse de su obligación. No me apetecía pasar el mal trago de negociar lo que no me compete o de tener que recibir instrucciones de M. si las cosas no eran como habían acordado. La semana anterior tuve que lidiar con problemas de pago, y me sentía cansada, sin ganas de verme en una situación incómoda. Además, el sábado ella misma podría cobrar su factura por sí misma, y decidir in situ lo que debía hacer si las cosas se complicaban.
Mi decisión no le gustó, y se marchó un poco disgustada. Para ella no tenía razón para negarle algo tan fácil, y no entendía ni mis temores ni mis reservas.
Al día siguiente, cuando yo había olvidado ese pequeño incidente, la tormenta estalló inesperadamente. Me llamó esa noche, como cada noche. Pero su tono no era el de siempre, sino exigente y seco. Muy pronto entendí por qué: mi negativa del día anterior se le había atragantado, y en algún momento del día decidió que mi postura era inaceptable y que debía hacérmelo ver. Sólo que eligió los peores argumentos, tan malos que tuve que señalarle que no todo se puede decir, y que las palabras injustas acaban teniendo un precio. Ella no quiso escucharme, y mis advertencias le sonaron a amenazas. Colgué el teléfono cansada de escuchar despropósitos que no eran propios de ella, angustiada por la idea de que quizá sintiera que estaba poniendo más en esta relación, aunque yo sabía con certeza que no era cierto.
Estaba tan decepcionada, tan triste y desesperanzada que no volví a cogerle el teléfono. En mi cabeza empezaron a gestarse mis propios temores. El miedo a que esa discusión tan absurda y a la vez tan hiriente fuera la antesala de otras peleas más mezquinas. Era la primera vez que me hablaba así, y yo saqué una conclusión precipitada. Creí que empezaba a cansarse de mí, de la persona tranquila y conformista que soy. Que buscara un plus de ambición que no tengo; una persona como ella, tan resuelta en las cosas que a mí me superan.
Entonces me replegué en mí misma. Y esa noche, viendo las horas pasar sin poder dormir, creí que era el tiempo de parar. De abandonar esta relación que tanto me había dado y que tan poco merecía convertirse en una contabilidad de favores dados y recibidos, de reproches por lo que se ofrece y se espera a cambio. Así que, mientras amanecía, busqué la fortaleza que creo tener para soportar una separación que sentía necesaria.
Al día siguiente leí sus mensajes de arrepentimiento. Pero me sonaron vacíos y ridículos, porque nadie puede cambiar de opinión en una hora ni recapacitar sólo por temor a disgustarte. Esa mañana, cuando hablamos, le dije que se había acabado. Y entonces fui yo la injusta, la que volcó en las palabras el dolor que sentía. Le reproché su inconsciencia, su impulsividad infantil. Pero también le dije palabras duras que no sentía. Le hice daño, mucho daño. Tanto que me sentí tan culpable y mezquina como había sido ella conmigo.
A partir de ahí se sucedieron las conversaciones. Ella, asegurándome que no volvería a actuar así. Yo, bloqueada y dolida porque sentía que algo se había roto, algo que daba por seguro: su capacidad de entenderme y valorar lo que teníamos.
Por fin logramos hablar sin reprocharnos nada, sólo contarnos lo que sentíamos, lo que nos había herido. Y poco a poco todo volvió a su cauce, aunque nuestros miedos seguían allí, agazapados tras las palabras de perdón y reconciliación. Yo, con el temor de que todo cambiara, ella creyendo que ya no la quería igual.
El fin de semana las cosas han quedado muy claras. No hemos tenido que repetir lo que hablamos por teléfono, ni ha habido más explicaciones. Si hubiéramos discutido cara a cara las cosas se hubieran resuelto en pocas horas, porque las miradas y los gestos dicen más que todas las razones del mundo. Ya no eran necesarias tantas frases repetidas, ni tantas justificaciones prescindibles. De manera natural decidimos querernos y olvidar. Mi miedo se disipó en su mirada, y mis besos le confirmaron que nada a cambiado en mi amor. Las dos hemos aprendido algo, como se suelen aprender las cosas: a golpe de errores, de rasguños y dolor. Ella sabe que nunca la dejaré pese a mi carácter inflexible, y que ella no volverá a hablar movida por el rencor. Sabemos lo que vale esto, nuestro amor, el tiempo que pasamos juntas. Impagable, precioso, único, irrepetible. Lo sabe tan bien como yo, y las dos somos alumnas aplicadas a la hora de aprender de estos errores.
Ya todo pasó. Este fin de semana sólo nos hemos querido. Y cuando el amor zozobra cuando recuperas la calma qué bueno es. He reseguido con mis dedos el perfil de sus cejas, la pendiente de su nariz, la curva de sus labios. He querido cansarme de su boca a fuerza de besos, y no lo he conseguido. He aspirado el olor de su cuello, de su piel, la he mirado con mi media sonrisa pícara sólo por el placer de verla devolverme el gesto, tan lleno de amor y entrega que hasta duele tanta felicidad.
Todo sigue. Este barco no se ha hundido porque tiene buen calado. Y pronto podré decir que llevamos navegando juntas dos años. Vendrán tormentas, pero cada vez somos mejores marinas.
Comentario:
Me alegro que todo acabara bien, que seais capaces de aprender, así es la vida y el amor, aprender y querer. besos