Las vecinas (o este mundo es un pañuelo)
Este sábado he invitado a cenar a mis vecinas. En mi planta hay cuatro pisos, y excepto los saludos de rigor y las referencias al tiempo en el ascensor no tengo ninguna relación con ellos. Cada cual va a lo suyo, hace tiempo que se desvaneció el espíritu de grupo que animaba a las gentes que vivían puerta con puerta. Si acaso nos relacionamos en las reuniones de la comunidad, donde nadie se entiende con nadie y sólo interesa saber “qué hay de lo mío”.
Me estoy perdiendo. Os decía que he invitado a mis vecinas, y esto por varios motivos. El primero, porque se portaron muy bien conmigo hace un par de meses. Yo me puse enferma de madrugada y tuve que ir al hospital. Como me sentía realmente mal, al borde del desmayo y sin nadie que me asistiera, llamé a su puerta a horas indecentes, pegándoles un buen susto; pero en ese momento no tenía a nadie que cuidara de mi hija, y no pensaba dejarla sola. Ellas, somnolientas en sus pijamas impecables, fueron comprensivas y me brindaron su ayuda.
Desde ese momento estaba en deuda con ellas. Además tuvieron el detalle de interesarse por mí días después; entonces quedamos en tomar café una tarde cualquiera. Pero ya sabéis: nuestros horarios de trabajo son incompatibles, estaba ocupada, se me olvidaba… M. me reñía por mi falta de educación, y yo también me sentía mal por ser tan desconsiderada. Así que en la fiesta de Nochevieja las invitamos a una copa cuando las oímos llegar ya tarde. Se pasaron por mi casa, nos presentamos y yo con toda naturalidad dije que M. era mi novia. Claro que este gesto tenía un doble sentido: por un lado me gusta siempre que puedo presentarme como soy, sin disfraces ni ambigüedades. Por otro, yo estaba convencida de que ellas eran pareja. No me equivoqué, y ante mi franqueza ellas optaron por sincerarse y comentar su relación.
Esa noche no hubo tiempo para más; no conocían a nadie de la fiesta, y habían quedado con amigos. Así que nos comprometimos a cenar juntas y conocernos mejor. Esta vez he sido más considerada y las he invitado en la primera ocasión en que M. y yo podemos hacerlo.
Hace unos días comencé un post con este tema: ¿cuántas lesbianas hay en mi ciudad? Obviamente, muchas. No todas cumplen los estereotipos archiconocidos: ropas, peinados, actitudes… Muchas pasan desapercibidas, como es lógico. Porque la condición sexual no se refleja en una imagen determinada; los sentimientos y deseos de una mujer permanecen ocultos en la mente y sólo en la intimidad se manifiestan tal y como son. Esta verdad tan evidente para las que somos lesbianas es, sin embargo, desconocida por la mayoría, que siguen empeñándose en poner etiquetas a las personas, en catalogar a la gente por rasgos externos absolutamente superficiales. Posiblemente muchas de las que lo parecen lo son, pero no todas las que lo son lo parecen, y me atrevería a decir que cada vez más. Las “salidas del armario” se hacen cada día más frecuentes. Por suerte vivimos en una sociedad que ofrece la posibilidad de ser lo que una quiera; sólo hace falta un poco de valor asumir tu propia condición, porque lo demás, la ocultación o la demostración de afecto en público, es una decisión que una toma por comodidad. Sabemos que casi nadie se atrevería a comentar nada ante dos mujeres que se besan o se toman de la mano; pero nos resulta más fácil no hacerlo para no asumir riesgos. Esto requeriría una reflexión aparte…
Me estoy perdiendo. Os decía que he invitado a mis vecinas, y esto por varios motivos. El primero, porque se portaron muy bien conmigo hace un par de meses. Yo me puse enferma de madrugada y tuve que ir al hospital. Como me sentía realmente mal, al borde del desmayo y sin nadie que me asistiera, llamé a su puerta a horas indecentes, pegándoles un buen susto; pero en ese momento no tenía a nadie que cuidara de mi hija, y no pensaba dejarla sola. Ellas, somnolientas en sus pijamas impecables, fueron comprensivas y me brindaron su ayuda.
Desde ese momento estaba en deuda con ellas. Además tuvieron el detalle de interesarse por mí días después; entonces quedamos en tomar café una tarde cualquiera. Pero ya sabéis: nuestros horarios de trabajo son incompatibles, estaba ocupada, se me olvidaba… M. me reñía por mi falta de educación, y yo también me sentía mal por ser tan desconsiderada. Así que en la fiesta de Nochevieja las invitamos a una copa cuando las oímos llegar ya tarde. Se pasaron por mi casa, nos presentamos y yo con toda naturalidad dije que M. era mi novia. Claro que este gesto tenía un doble sentido: por un lado me gusta siempre que puedo presentarme como soy, sin disfraces ni ambigüedades. Por otro, yo estaba convencida de que ellas eran pareja. No me equivoqué, y ante mi franqueza ellas optaron por sincerarse y comentar su relación.
Esa noche no hubo tiempo para más; no conocían a nadie de la fiesta, y habían quedado con amigos. Así que nos comprometimos a cenar juntas y conocernos mejor. Esta vez he sido más considerada y las he invitado en la primera ocasión en que M. y yo podemos hacerlo.
Hace unos días comencé un post con este tema: ¿cuántas lesbianas hay en mi ciudad? Obviamente, muchas. No todas cumplen los estereotipos archiconocidos: ropas, peinados, actitudes… Muchas pasan desapercibidas, como es lógico. Porque la condición sexual no se refleja en una imagen determinada; los sentimientos y deseos de una mujer permanecen ocultos en la mente y sólo en la intimidad se manifiestan tal y como son. Esta verdad tan evidente para las que somos lesbianas es, sin embargo, desconocida por la mayoría, que siguen empeñándose en poner etiquetas a las personas, en catalogar a la gente por rasgos externos absolutamente superficiales. Posiblemente muchas de las que lo parecen lo son, pero no todas las que lo son lo parecen, y me atrevería a decir que cada vez más. Las “salidas del armario” se hacen cada día más frecuentes. Por suerte vivimos en una sociedad que ofrece la posibilidad de ser lo que una quiera; sólo hace falta un poco de valor asumir tu propia condición, porque lo demás, la ocultación o la demostración de afecto en público, es una decisión que una toma por comodidad. Sabemos que casi nadie se atrevería a comentar nada ante dos mujeres que se besan o se toman de la mano; pero nos resulta más fácil no hacerlo para no asumir riesgos. Esto requeriría una reflexión aparte…