Los amores tranquilos
¿Cuándo desaparece la pasión? ¿Cuándo un amor que todo lo abrasaba se convierte sólo en los rescoldos de una hoguera? Hay una teoría bastante extendida que dice que eso sucede a los tres años, que es una cuestión de hormonas, pura química. Eso significa que todos los minutos consumidos en pensar en la otra, todos los momentos en que sentías que el corazón se te escapaba de puro gozo no dependen de tu voluntad, ni de nada misterioso e innombrable, sino de las endorfinas, una sustancia que segregamos y que provoca placer. Ni siquiera me planteo que eso sea verdad, porque yo sé que no es cierto, no puede serlo porque, cerca ya de límite para que nuestro amor se apague, nuestro amor sigue firme, entregado, intenso y puro.
Me acuerdo a menudo de una pregunta que me hicieron en este blog, cuando apenas llevaba tres meses con M.: ¿ Y cuando la magia se acabe? Tenía todo el sentido preguntarme eso, porque sucede continuamente que los amores se mueran apenas comenzados. Yo contesté, con una fe y seguridad que todavía conservo, que cuando la pasión desapareciera quedaría el amor, el afecto auténtico cimentado por el tiempo. Entonces sabía, como ahora, que el amor es trabajo, un esfuerzo continuado y permanente por mantener los lazos y por alimentar el fuego. Pero ahora reconozco que no era del todo cierto. Yo daba por supuesto que la pasión se acaba, que tanta intensidad no se puede mantener por siempre. En cierto modo asumía lo que casi todo el mundo piensa: que la pasión se transforma en otra cosa, en un amor tranquilo.
Me equivocaba. A punto de cumplir tres años puedo decir que nuestra pasión no se ha acabado. Es quizá menos urgente, menos obstinada que al principio, pero no terminó, ni creo que termine. El amor construido con buenos materiales, con voluntad firme de permanencia no tiene por qué terminar.
Este fin de semana ha sido maravilloso, como tantos del pasado, tan hermoso e inolvidable como aquéllos del principio. Y esto no es casual, no penséis que esto es una lotería, un puro azar. Ni es algo que sucede naturalmente, porque se hayan encontrado las dos únicas personas del universo capaces de amarse hasta el infinito. Nuestro amor podría morirse si cayéramos en la rutina, si empezáramos a dar por supuesto que siempre estaremos juntas y felices, sin poner de nuestra parte. Si yo pensara que debo decirle menos “te quiero”, creyendo que ya lo sabe y no es necesario; si ella no me besara como lo hace, o no sacrificara parte de su valioso y escaso tiempo por escuchar mis tonterías telefónicas. Si pensáramos que un amor como el nuestro necesita muy poco mantenimiento para funcionar, entonces acabaríamos siendo una pareja más, una de esas que se conforman con un poco de cariño y compañía para seguir, para no renunciar a estar juntas.
¿Qué hacemos distinto? Pues algo tan sencillo como querernos con los cinco sentidos, como si no hubiera mañana, como si cada día fuera el único. Cuando estamos juntas a solas nos cuidamos con las palabras, nos acariciamos el alma, por decirlo de alguna manera. Ella sabe lo importante que es para mí oírle decir que me quiere, que su amor no tiene límites. Yo sé cuánto le gusta escuchar de mí que muero por ella, y se lo digo tan en serio, con una emoción tan intensa y verdadera que no le importa si las palabras que pronuncio son las mismas, repetidas en tantas noches pasadas juntas. Ella sabe que para mí es la única, la mejor, la mujer de mi vida. Y por más que lo sepa no dejaré de decírselo, y de comérmela a besos e incluso a mordiscos (en momentos más íntimos, claro).
Es tan fácil como eso: yo la cuido y ella me cuida. Y no nos importa un carajo parecer cursis y romanticonas. Las palabras de amor no están hechas sólo para los principios, para la conquista y las noches perfumadas por el aroma de la emoción del conocerse. Las palabras de amor están hechas para cada día, para disfrutarlas cuandos son sinceras y hacerlas llegar a los únicos oídos que las aprecian.
Los amores tranquilos existen, pero no son los míos.
Me acuerdo a menudo de una pregunta que me hicieron en este blog, cuando apenas llevaba tres meses con M.: ¿ Y cuando la magia se acabe? Tenía todo el sentido preguntarme eso, porque sucede continuamente que los amores se mueran apenas comenzados. Yo contesté, con una fe y seguridad que todavía conservo, que cuando la pasión desapareciera quedaría el amor, el afecto auténtico cimentado por el tiempo. Entonces sabía, como ahora, que el amor es trabajo, un esfuerzo continuado y permanente por mantener los lazos y por alimentar el fuego. Pero ahora reconozco que no era del todo cierto. Yo daba por supuesto que la pasión se acaba, que tanta intensidad no se puede mantener por siempre. En cierto modo asumía lo que casi todo el mundo piensa: que la pasión se transforma en otra cosa, en un amor tranquilo.
Me equivocaba. A punto de cumplir tres años puedo decir que nuestra pasión no se ha acabado. Es quizá menos urgente, menos obstinada que al principio, pero no terminó, ni creo que termine. El amor construido con buenos materiales, con voluntad firme de permanencia no tiene por qué terminar.
Este fin de semana ha sido maravilloso, como tantos del pasado, tan hermoso e inolvidable como aquéllos del principio. Y esto no es casual, no penséis que esto es una lotería, un puro azar. Ni es algo que sucede naturalmente, porque se hayan encontrado las dos únicas personas del universo capaces de amarse hasta el infinito. Nuestro amor podría morirse si cayéramos en la rutina, si empezáramos a dar por supuesto que siempre estaremos juntas y felices, sin poner de nuestra parte. Si yo pensara que debo decirle menos “te quiero”, creyendo que ya lo sabe y no es necesario; si ella no me besara como lo hace, o no sacrificara parte de su valioso y escaso tiempo por escuchar mis tonterías telefónicas. Si pensáramos que un amor como el nuestro necesita muy poco mantenimiento para funcionar, entonces acabaríamos siendo una pareja más, una de esas que se conforman con un poco de cariño y compañía para seguir, para no renunciar a estar juntas.
¿Qué hacemos distinto? Pues algo tan sencillo como querernos con los cinco sentidos, como si no hubiera mañana, como si cada día fuera el único. Cuando estamos juntas a solas nos cuidamos con las palabras, nos acariciamos el alma, por decirlo de alguna manera. Ella sabe lo importante que es para mí oírle decir que me quiere, que su amor no tiene límites. Yo sé cuánto le gusta escuchar de mí que muero por ella, y se lo digo tan en serio, con una emoción tan intensa y verdadera que no le importa si las palabras que pronuncio son las mismas, repetidas en tantas noches pasadas juntas. Ella sabe que para mí es la única, la mejor, la mujer de mi vida. Y por más que lo sepa no dejaré de decírselo, y de comérmela a besos e incluso a mordiscos (en momentos más íntimos, claro).
Es tan fácil como eso: yo la cuido y ella me cuida. Y no nos importa un carajo parecer cursis y romanticonas. Las palabras de amor no están hechas sólo para los principios, para la conquista y las noches perfumadas por el aroma de la emoción del conocerse. Las palabras de amor están hechas para cada día, para disfrutarlas cuandos son sinceras y hacerlas llegar a los únicos oídos que las aprecian.
Los amores tranquilos existen, pero no son los míos.
Comentario:
Me ha encantado y emocionado tu post. Me encanta ver cómo hay personas que saben cuidar el amor, que no caen en la costumbre o la dependencia, que se aman por encima de todo y tratan de demostrarlo mutuamente día a día. Es súper importante que cuentes estas cosas, sobre todo para la gente que, como yo, a mis años no haya saboreado con tanta intensidad el significado real del amor, en toda su dimensión. Un besazo enorme y enhorabuena.