La mirada de una niña
¿Alguna vez os habéis preguntado si queda en vosotras algo de la niña que fuisteis? Yo estoy segura de que sí, de que siempre conservamos una parte de ella dentro. Quizá no la niña que creía en los Reyes Magos, ni la que tenía miedo de monstruos imaginarios agazapados debajo de la cama; puede que incluso hayamos perdido la inocencia inmaculada del primer amor. Pero en ocasiones sigue apareciendo un destello de lo que fuimos, un rasgo de imaginación infantil, de ganas de jugar, de ilusión por vivir, simplemente por vivir. Eso nos queda de nuestra infancia. Hay una parte de ingenuidad que no se pierde nunca porque un ser humano no podría seguir adelante pensando siempre en las trampas y los desengaños, en las desgracias propias y ajenas.
M, por ejemplo, es una niña grande. Aunque pase la semana entre asuntos serios y graves, aunque sea más lista que un ratón colorao y no se la pegue nadie, conserva la ilusión por la vida. Y gran parte de esa ilusión me la reserva a mí, la comparte conmigo. Hay una cosa en ella que descubrí hace tiempo y que no sabía explicarme qué era: una mirada suya, una mirada indudablemente de amor, de felicidad. Pero había algo más, un brillo particular que escapa de sus ojos y que viene de dentro, de su corazón, de su alma. Y un día lo descubrí: tenía la mirada de una niña de catorce años, limpia, confiada, inocente, una mirada que yo también tuve y que pude contemplar en otros en aquella época de la primera adolescencia, cuando los amores son para siempre y todos los proyectos se pueden cumplir sin tropiezos. A veces me mira así, y sus ojos bastan para transformarla toda y convertirse en un ser exótico y precioso llegado de un tiempo que no volverá jamás pero que se vuelve real por un momento sólo para mí.
No se lo he preguntado, quizá yo también la mire así. Puede que todos los enamorados del mundo conservemos este raro don de sentirnos niños otra vez, de volver atrás, cuando nadie nos había hecho daño y el amor era natural e indestructible. A lo largo de mi vida me han mirado de muchas formas: con timidez, con deseo, con afecto, con adoración incluso... pero yo me quedo con esta mirada de mi niña grande, que no sabe que es más niña que grande.
Todos las madres tememos que nuestros hijos crezcan porque sabemos que madurar es aprender a golpe de desengaños, de descubrir verdades crudas y tristes. Ahora veo a mi hija asombrarse ante un caracol, o creer en las princesas, y hacer planes fabulosos para su cumpleaños. Me entristece pensar que un día no mire las cosas igual, con esa confianza que sólo un niño tiene. Pero es inevitable, es incluso deseable que aprenda, este mundo no te deja ser niña toda la vida. Por eso pienso qué bueno es saber que un día encontrará a alguien que la mire como M. me mira ahora. Y pueda recuperar, aunque sólo sea un momento, lo que un día fue.
M, por ejemplo, es una niña grande. Aunque pase la semana entre asuntos serios y graves, aunque sea más lista que un ratón colorao y no se la pegue nadie, conserva la ilusión por la vida. Y gran parte de esa ilusión me la reserva a mí, la comparte conmigo. Hay una cosa en ella que descubrí hace tiempo y que no sabía explicarme qué era: una mirada suya, una mirada indudablemente de amor, de felicidad. Pero había algo más, un brillo particular que escapa de sus ojos y que viene de dentro, de su corazón, de su alma. Y un día lo descubrí: tenía la mirada de una niña de catorce años, limpia, confiada, inocente, una mirada que yo también tuve y que pude contemplar en otros en aquella época de la primera adolescencia, cuando los amores son para siempre y todos los proyectos se pueden cumplir sin tropiezos. A veces me mira así, y sus ojos bastan para transformarla toda y convertirse en un ser exótico y precioso llegado de un tiempo que no volverá jamás pero que se vuelve real por un momento sólo para mí.
No se lo he preguntado, quizá yo también la mire así. Puede que todos los enamorados del mundo conservemos este raro don de sentirnos niños otra vez, de volver atrás, cuando nadie nos había hecho daño y el amor era natural e indestructible. A lo largo de mi vida me han mirado de muchas formas: con timidez, con deseo, con afecto, con adoración incluso... pero yo me quedo con esta mirada de mi niña grande, que no sabe que es más niña que grande.
Todos las madres tememos que nuestros hijos crezcan porque sabemos que madurar es aprender a golpe de desengaños, de descubrir verdades crudas y tristes. Ahora veo a mi hija asombrarse ante un caracol, o creer en las princesas, y hacer planes fabulosos para su cumpleaños. Me entristece pensar que un día no mire las cosas igual, con esa confianza que sólo un niño tiene. Pero es inevitable, es incluso deseable que aprenda, este mundo no te deja ser niña toda la vida. Por eso pienso qué bueno es saber que un día encontrará a alguien que la mire como M. me mira ahora. Y pueda recuperar, aunque sólo sea un momento, lo que un día fue.
Comentario:
Probablemente tu también la mires así... Es inevitable cuando se mira a el amor...
besos
besos