Cosas importantes
Estos últimos días he estado intentando colocar un reproductor flash en mi blog, y una vez incluso conseguí que la música sonara, aunque no en mi ordenador, sino en el del trabajo. Era tan feo su aspecto, que he decidido quitarlo; además he estado a un paso de desconfigurar toda la página. Esta es la explicación a esos cambios extraños que habréis notado en mi blog. Lo seguiré intentando, pero no ahora.
Como os dije, pensaba escribir sobre cosas que me preocupan en la vida aparte de mi amor, de mi preciosa, inteligente y sugerente novia. Cosas como películas que he visto, de ésas que te hacen reflexionar (“El hundimiento, p.e.) o libros (El jardinero fiel, regalo de M.). O comentaros mi visión del mundo: política, medioambiental, social… Seguramente lo haré un día de éstos, pero me cuesta ponerme. La deriva de la humanidad me parece inquietante, desesperanzadora y francamente me preocupa. Por eso no quiero entrar en materia para deprimirme o deprimiros con mi visión catastrófica. M. me pregunta a veces por qué soy tan pesimista, justo lo contrario que ella. Y yo le digo que en mi vida todo anda bien: tengo mis ilusiones y pequeños proyectos, como todo el mundo. Nadie pensaría que soy negativa hablando de mis cosas, y creo que quien me haya leído hasta ahora estará de acuerdo en que mis artículos reflejan cualquier cosa menos pesimismo. Pero una cosa es mi vida, esta pequeña parcela de la existencia que me pertenece, y otra la vida del resto, ese enorme colectivo de personas que conforman la Humanidad. Mi modesta contribución a la mejora del estado general del mundo se reduce a votar religiosamente en cada elección de manera razonada y muy meditada y en ser socia de cuatro ONGs que considero independientes y fiables: Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace y Unicef . Reciclo todo lo reciclable, ahorro energía, en breve volveré a ir al trabajo en bicicleta… Eso es todo. A menudo me siento culpable por injusticias que yo no he generado pero que aprovecho; sé que el bienestar de que disfruto (sanidad, educación, leyes que me protegen, seguridad…) se ha construido sobre las carencias de otros continentes menos afortunados en que la gentes viven en infiernos que difícilmente podemos imaginar. Lo pienso y me siento mal; porque si yo, por azar, hubiera nacido en uno de esos países desgraciados ahora estaría en una patera camino de una ilusión, o luchando por sobrevivir un día más. Eso si llegara a la edad adulta, privilegio raro en Etiopía o Sudán. Pero la pena o la culpabilidad son sólo recursos fáciles para lavar la conciencia. Mis buenos sentimientos no van a aliviar el sufrimiento ajeno; y la próxima vez que salga a cenar y me gaste lo que una familia africana gana en un mes os aseguro que no pensaré en ellos ni un instante. Así son las cosas.
Por eso he aprendido a disociar mi mente; si me preocupara por estos problemas demasiado tiempo acabaría volviéndome loca de impotencia. Lo que suceda fuera del ámbito de mi vida, de mi ciudad, de mi gente, no voy a poder evitarlo. Así que mejor seguir adelante y simplemente vivir lo que me ha tocado. Que ha sido mucho.
Pero no era esto lo que os quería decir. Era otra cosa: que todas estas cuestiones que he apuntado son “cosas importantes” en relación a mis asuntos. Sin embargo el amor, esa “cosa sin importancia” cuando la comparamos con aquello de lo que hablé, es posiblemente lo único válido, honesto y puro que nos queda en un mundo corrompido y brutal. Es lo único que nos salva, como individuos y como especie. Mientras seamos capaces de sentirlo, hay esperanza.
O al menos eso espero.
Como os dije, pensaba escribir sobre cosas que me preocupan en la vida aparte de mi amor, de mi preciosa, inteligente y sugerente novia. Cosas como películas que he visto, de ésas que te hacen reflexionar (“El hundimiento, p.e.) o libros (El jardinero fiel, regalo de M.). O comentaros mi visión del mundo: política, medioambiental, social… Seguramente lo haré un día de éstos, pero me cuesta ponerme. La deriva de la humanidad me parece inquietante, desesperanzadora y francamente me preocupa. Por eso no quiero entrar en materia para deprimirme o deprimiros con mi visión catastrófica. M. me pregunta a veces por qué soy tan pesimista, justo lo contrario que ella. Y yo le digo que en mi vida todo anda bien: tengo mis ilusiones y pequeños proyectos, como todo el mundo. Nadie pensaría que soy negativa hablando de mis cosas, y creo que quien me haya leído hasta ahora estará de acuerdo en que mis artículos reflejan cualquier cosa menos pesimismo. Pero una cosa es mi vida, esta pequeña parcela de la existencia que me pertenece, y otra la vida del resto, ese enorme colectivo de personas que conforman la Humanidad. Mi modesta contribución a la mejora del estado general del mundo se reduce a votar religiosamente en cada elección de manera razonada y muy meditada y en ser socia de cuatro ONGs que considero independientes y fiables: Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace y Unicef . Reciclo todo lo reciclable, ahorro energía, en breve volveré a ir al trabajo en bicicleta… Eso es todo. A menudo me siento culpable por injusticias que yo no he generado pero que aprovecho; sé que el bienestar de que disfruto (sanidad, educación, leyes que me protegen, seguridad…) se ha construido sobre las carencias de otros continentes menos afortunados en que la gentes viven en infiernos que difícilmente podemos imaginar. Lo pienso y me siento mal; porque si yo, por azar, hubiera nacido en uno de esos países desgraciados ahora estaría en una patera camino de una ilusión, o luchando por sobrevivir un día más. Eso si llegara a la edad adulta, privilegio raro en Etiopía o Sudán. Pero la pena o la culpabilidad son sólo recursos fáciles para lavar la conciencia. Mis buenos sentimientos no van a aliviar el sufrimiento ajeno; y la próxima vez que salga a cenar y me gaste lo que una familia africana gana en un mes os aseguro que no pensaré en ellos ni un instante. Así son las cosas.
Por eso he aprendido a disociar mi mente; si me preocupara por estos problemas demasiado tiempo acabaría volviéndome loca de impotencia. Lo que suceda fuera del ámbito de mi vida, de mi ciudad, de mi gente, no voy a poder evitarlo. Así que mejor seguir adelante y simplemente vivir lo que me ha tocado. Que ha sido mucho.
Pero no era esto lo que os quería decir. Era otra cosa: que todas estas cuestiones que he apuntado son “cosas importantes” en relación a mis asuntos. Sin embargo el amor, esa “cosa sin importancia” cuando la comparamos con aquello de lo que hablé, es posiblemente lo único válido, honesto y puro que nos queda en un mundo corrompido y brutal. Es lo único que nos salva, como individuos y como especie. Mientras seamos capaces de sentirlo, hay esperanza.
O al menos eso espero.