GINA
El viernes salimos por el ambiente. Fuimos a nuestro local favorito, por más que somos casi las únicas mujeres que lo frecuentan. Allí trabaja un travesti muy peculiar: tiene unos tremendos pechos cubiertos de tatuajes de marinero curtido, una maravillosa peluca rubia platino y gafas de concha. Lleva los tacones con una naturalidad que ya quisiera yo, y vestidos cortísimos que muestran unas piernas bien torneadas y musculosas. Se llama Gina y tiene algo más de cuarenta. Dice ser italiana, pero yo lo dudo: su acento es más anglosajón, aunque todavía no he averiguado de dónde. Es muy simpática y cálida, siempre nos saluda con una sonrisa.
El caso es que esa noche, cuando estábamos a punto de volvernos a casa, decidimos preguntarle si había algún local sólo para chicas, porque tanto hombretón nos cansaba. Gina nos aconsejó un pub cercano, y nos acompañó porque tenía la noche libre. Fue divertido; efectivamente había mujeres, pero todas extranjeras: inglesas, belgas, holandesas… Son gente que no suele mezclarse con las lugareñas, como bien sé que ocurre en el ámbito heterosexual también. Mi ciudad tiene esa peculiaridad: es internacional, una pequeña babel, pero cada cual se mantiene en su pequeño círculo, sin interés por conocer otras culturas, otras maneras de vivir… No me extrañó por tanto que Gina nos presentara alguna chica, y que luego ésta desapareciera en compañía de alguna compatriota. En realidad, lo más divertido no era la concurrencia femenina, sino el espectáculo que ofrecían de madrugada (striptease y playbacks de travestis) y la charla de la propia Gina, que a ratos nos contaba su vida.
Nos dijo que llevaba dos años en la ciudad, que hacía cinco que abandonó una vida convencional y que tenía una hija ya mayor en el extranjero. Nuestras preguntas inocentes debieron despertar cierta melancolía en él, porque desde el momento en que nos lo contó se puso un poco triste. Bailaba, reía, nos abrazaba… pero en el fondo de la mirada le bailaba una luz oscura, un dolor que estaba ahí, al acecho. Cuando nos despedimos nos confesó que tenía una grave operación el lunes, y que si moria… no recuerdo qué, pero era una broma ácida, sin gracia. Nos invitó a una última cerveza y de pronto, casi sin probar la suya, se despidió y salió rápidamente del bar. Yo supe que quería estar solo, que quería pensar, o llorar. O dormir y olvidarse de que estaba solo en una ciudad de veraneo, sólo sin su hija, y que así estaría en el hospital.
Nos fuimos a casa pensativas. Lo habíamos pasado bien, pero ese último gesto de Gina nos enfrentaba a la soledad, a la marginalidad de ciertas personas que decidieron un día cambiar su vida y renunciar a muchas cosas importantes por un sueño, por una ilusión: ser felices aceptando su sexualidad, su manera de sentir heterodoxa. Gina no cambiaría su decisión, estoy segura. Pero hay veces que la soledad se te atraganta, como esa noche, y aunque quieras reir, sólo te sale una mueca amarga.
Cuando se recupere le regalaremos un abanico con muchas plumas. De color rosa. Como la vida que le gustaría tener.
El caso es que esa noche, cuando estábamos a punto de volvernos a casa, decidimos preguntarle si había algún local sólo para chicas, porque tanto hombretón nos cansaba. Gina nos aconsejó un pub cercano, y nos acompañó porque tenía la noche libre. Fue divertido; efectivamente había mujeres, pero todas extranjeras: inglesas, belgas, holandesas… Son gente que no suele mezclarse con las lugareñas, como bien sé que ocurre en el ámbito heterosexual también. Mi ciudad tiene esa peculiaridad: es internacional, una pequeña babel, pero cada cual se mantiene en su pequeño círculo, sin interés por conocer otras culturas, otras maneras de vivir… No me extrañó por tanto que Gina nos presentara alguna chica, y que luego ésta desapareciera en compañía de alguna compatriota. En realidad, lo más divertido no era la concurrencia femenina, sino el espectáculo que ofrecían de madrugada (striptease y playbacks de travestis) y la charla de la propia Gina, que a ratos nos contaba su vida.
Nos dijo que llevaba dos años en la ciudad, que hacía cinco que abandonó una vida convencional y que tenía una hija ya mayor en el extranjero. Nuestras preguntas inocentes debieron despertar cierta melancolía en él, porque desde el momento en que nos lo contó se puso un poco triste. Bailaba, reía, nos abrazaba… pero en el fondo de la mirada le bailaba una luz oscura, un dolor que estaba ahí, al acecho. Cuando nos despedimos nos confesó que tenía una grave operación el lunes, y que si moria… no recuerdo qué, pero era una broma ácida, sin gracia. Nos invitó a una última cerveza y de pronto, casi sin probar la suya, se despidió y salió rápidamente del bar. Yo supe que quería estar solo, que quería pensar, o llorar. O dormir y olvidarse de que estaba solo en una ciudad de veraneo, sólo sin su hija, y que así estaría en el hospital.
Nos fuimos a casa pensativas. Lo habíamos pasado bien, pero ese último gesto de Gina nos enfrentaba a la soledad, a la marginalidad de ciertas personas que decidieron un día cambiar su vida y renunciar a muchas cosas importantes por un sueño, por una ilusión: ser felices aceptando su sexualidad, su manera de sentir heterodoxa. Gina no cambiaría su decisión, estoy segura. Pero hay veces que la soledad se te atraganta, como esa noche, y aunque quieras reir, sólo te sale una mueca amarga.
Cuando se recupere le regalaremos un abanico con muchas plumas. De color rosa. Como la vida que le gustaría tener.
Comentario:
pues sin carmen, hay muchas vidas disfrazadas de locura y teñidas de rosa, pero esas vidas-coloreadas dejan ver su verdadera tonalidad (que suele ser oscura y gris)cuando las lágrimas arrastran la pintura que la cubre.
yo creo que gina no queria que su público viera eso y por eso decidió huir.
Seguro que la próxima vez que la veais habra encalado de nuevo las paredes de su vida y el espectaculo continuará.
un beso, es una delicia leerte
yo creo que gina no queria que su público viera eso y por eso decidió huir.
Seguro que la próxima vez que la veais habra encalado de nuevo las paredes de su vida y el espectaculo continuará.
un beso, es una delicia leerte