El glande carmesí entre mis manos,entre mis labios granas. Tu sexo. Me imagino la sangre que bombeas, que crece, y endurece, la roja sangre carmesí que amo, que deseo, que hace crecer duro tu deseo. Será que al final tendré que inventarme cada día tu presencia, reinventarte cada uno de los días que restan de mi vida para poder ser amado, y poder así amarte, y poder así escribir un hernoso poema dedicado a un hombre, un poema que hable de un hombre y de su vida, y cuente del carmesí del misterio, de la sangre que crece en el deseo, porque puede ser que al final muera sin saber que él ya no me quiere, o que yo ya no le quiero, o que ya no nos queremos, o quizas sea que yo no sepa que hacer con mi vida, esa que desea el deseo carmesí que se aleja de mi, o simplemente que tú no quieras saber más de mi. Tú! Profundo carmesí entre mis labios granas.
...Imposible de sujetar entre las manos, como el agua cristalina de aquella fuente que se desea retener a toda costa, pero se escapa entre los dedos, así eras tù, amor mio; como el aire limpio que deseamos mantener en los pulmones porque nos recuerda aquel otro mucho más claro, mucho más limpio, que ya casi habíamos olvidado de no respirarlo; así de color indigo, como esas nubes blancas de vapores que pasan raudas impulsadas por vientos perversor, hermosas nubes que sin embargo se quisieran anclar a aquellas tardes con cielos de memoria añil que pasé junto a ti, en tu regazo, abrazados, mirando aquel rio grande, inmenso de aguas heráclitas, viendo su corriente pasar, sin retorno. Imposible de aferrar tu cariño y ligarlo al mio, anudarlo a mi deseo, te fuistes perdiendote con un inusual dolor de color índigo sobrevenido en mi meroria...
... Había perdido la música color cobalto, con pajaros, organos y agua, un arcoiris de reflejos luminosos que se asemejaba al cielo y a la tierra, cuando hablaban las tempestades de los mares perdidos que ya no me decian la verdad, cuando yo no me fiaba de sus verdades... Aquel tipo era de una belleza bastante común, un marinero casí feo, pero tenía las manos delicadas, sensuales, y yo miraba sorprendido como tomaba mi sexo con sus dedos delgados, largos mientras con la otra mano jugaba a menearse el suyo. Soy hetero, dijo, casado y con tres hijos, y se metió mi verga en la boca, mientras miraba mis ojos sorprendidos, presionando ligeramente mis testículos con sus dedos. Yo me dejaba hacer 'quel dolce pompino' mientras buscaba la suave melodía crepuscular de una puesta de sol de imposible color cobalto, con pájaros, arpas y fuentes irisadas. Pero no me gusta engañar a mi mujer, es solo que de vez en cuando me gusta... con un tio... ya sabes, y sin apenas tocarlo, mientras eyaculaba sobre su cara, él se vino sobre mis pies. Serás hetero, le dije, pero tienes una hermosísima Rubia encondida en tu interior...
P.S.: Mientras he estado ausente he perdido Bitacoras que quería y ahora añoro ( ¿Dónde estás mi estimado NormanMailer? ¿qué fue de Aurora Fernández. la mujer líquida?), otros siguen en la lista pero dormidos (El Divagante ser que creo Divagario y su ingente caudal de sabiduría han desaparecido cual Guadiana, aunque yo sigo esperando sentado en sus ojos a que resurga). Esta es la razón de que haya modificado mis enlaces, eliminando unos para dar paso a nuevas entradas. Bienvenidos a esta mi humilde bitacora, Ricci del Diario de la Pequeña Ricci, y Noe de La Luz (la vida conmigo) ...
...Sin hablar nos mirabamos, callado tú, callado yo, en el silencio embarazante, grande como el vacio que se abría entre los dos, nos mirabosmos con temos y por fin tu boca, aquellos labios gruesos esperados, deseados, acariziados sólo en sueños, besó la mia, y en entre el gozo y la alegría se me perdió el alma feliz, por una vez, enchida, crecida, arrogante. Volvió al paraiso y ahora no quiere regresar de él...
... Domani c'è la rivoluzione e io non ho niente da mettermi! ...
Pensaba que todo llegaría, tarde o temprano, que llegaría el amor sin duda a visitarme, a quedarse conmigo, pensaba, y el tiempo pasaba sin darme razones, pero sin quitarmelas. Cuando mi alma comenzó a dar muestras de ser una vieja histérica insoportable, que no era capaz de aguantar los achaques del espíritu, me miré indolente en el espejo del pasado. Todo perdido, todo acabado, no vi nada que pudiera rescatar para el futuro. Y así, indolente, mirando de reojo el pretérito perdido, gastado inútilmente, así, como perdonando la vida a mi propia vida, por fin, heché a andar hacia adelante...
MI madre me descubrió un día mientras me tocaba el sexo en el baño, cosa que hacía a menudo aunque ella nunca me hubiera visto hasta entonces. Su horrorizado rostro supo expresar de la forma más que elocuente todo aquello que su voz enmudecio. Yo tenía entonces diez años y no entendía bien cual era el problemas. Sólo sabía que tocarme el sexo me gustaba. Nada más. Entonces descubrir que junto al placer también existía el pecado y que, por lo general, todo lo que daba placer era pecado. MI madre se lo dijo a mi padre. Que me tocaba el sexo en el baño, le dijo, y fue cuando mi padre me eseño a su manera que era eso del pecado, golpenadome con su cinturón hasta hacerme sangrar. Así de paso me enseñó, y yo aprendí bien, que con el pecado siempre se han de pagar las consecuencias...
Mi padre, quizás arrepentido por la paliza, quizás sólo para justificarse por mis heridas, se lo contó al Padre Juan, quién, como si fuera mi verdadero padre, me llevó a su despacho para reprenderme severamente por mis actos: por haberme masturbado, primero –aquello que hacía tenía un nombre horrendo, pense- pero sobre todo por no haberselo contado en confesión. Padre Juan me puso como penitencia para salvar mi alma rezar diez padre nuestros y cuatro avemarías, y para salvar mi cuerpo la de barrer el aula todos los días al terminar las clases, cada uno de los días que restaban de curso. Padre Juan era, además de sacerdote, el director de mi colegio.
Cuando tras las clases me disponía a barrer el aula, cumpliendo así con una parte de mi penitencia, Padre Juan aparecía solícito para regalarme su compañía y de paso contarme cosas de la Biblia. Fue de este modo como me enteré que hubo un paraiso, y que Adán y Eva vivieron en él. Eran nuestros antepasados, de todo los hombre y mujeres me decía, y vivian felices, allí en el paraiso, sin preocupaciones de ningún tipo, hasta el maldito día que descubrieron el pecado, por culpa de Eva, según Padre Juan, que Adán era un bendito y no hubiera comido nunca la manzana esa si no se la hubiera metido Eva en la boca a la fuerza. Dios, me decía Padre Juan casí al oido, les dejaba comer de todos los frutos de aquel jardín inmenso, de todos menos de los de un árbol que estaba justo en el centro del Eden, que así también se llamaba el Paraiso. El caso es que ese árbol era un manzano, pero no un simple manzano como los que yo había visto a cientos en el pueblo de mi abuelo, aquel era nada más y nada menos que el fabuloso Árbol de la Ciencia, el Árbol del Bien y del Mal, el Árbol de la Vida, y la causa de todos los pecados de la humanidad. Porque precisamente este árbol fue el motivo del primer pecado cometido por el hombre contra Dios, por culpa de una mujer, el pecado original, la causa última de que nos parezcamos más a los animales y menos a los angeles: 'Cosas de la carne...' murmuraba Padre Juan, y se callaba como reflexionando. Despùés levantaba la vista y proseguia. Por culpa de ese pecado ahora teniamos que trabajar para ganarnos el pan, las mujeres alumbrar sus retoños, y lo que era peor y más terrible, saber que finalmente nos alcanzará la muerte. Todo por culpa de la carne...
Yo le dije al Padre Juan, haciendome el Alumno Avezado, que si Dios era Omnisciente, es decir, que si Dios lo sabe todo, seguro que ya sabía que esto del pecado original iba a pasar, que cuando estaba creando a Eva de la costilla de Adan, sabía que estaba también creando su ruina, y que cuando les prohibió comer de ese árbol sabía sin ningún genero de duda que comerían de él. Era como cuando mi padre me prohibía hacer una cosa sabiendo a ciencia cierta que la haría, incluso ahora con más motivo, precisamente porque me lo había prohibido. Fue entonces cuando sacó a relucir el tema del Libre Albedrío, facultad plena que sólo tenemos lo hombres y que nos diferencia precisamente de los animales y tambien de los ángeles, la posibilidad de poder elegir entre el bien y el mal, entre pecar o no pecar, la libertad de hacer una u otra cosa, de hacer el bien o el mal. Adan y Eva podían haber elegido no pecar, no comer del fruto de la vida, pero decidieron hacerlo. La libertad, sin embargo, apostilló Padre Juan, no nos excluye de la culpa, no nos salva de la condena. Solo siguiendo los llamados de la Moral podemos hacer frente al mal.
Y el pecado era el mal. Aunque yo era un infante aún, comprendí lo esencial del relato del génesis: todo lo que de alguna manera nos pueda recordar el paraiso perdido es malo, es pecado, y nos está betado, prohibido. Tocarse el sexo era como comerse otra vez la manzana del árbol del bien y del mal y precisamente por eso era agradable, y por eso me gustaba tanto, y justo también por eso era pecado.
Después de aquello, yo me seguí tocando el sexo, masturbandome como decía el Padre Juan, apelando a mi libre albedrío, pero ahora lo hacia a escondidas. Me comía aquella manzana aun con más gusto, saboreando el placer prohibido –como seguro que lo hizo Eva - pero cuidandome muy mucho que nadie me viera. El pecado es un poca así, pensaba, si nadie se entera de lo que has hecho, no parece pecado. Quizás por eso Padre Juan insistía tanto en que Dios lo veía todo, y a él, me decia, no puedes engañarlo... Yo me comía la manzana y me reía de Dios.
No aceptaba de ningún modo que hubiera permanecido todo ese tiempo en el Armario, pese a las pruebas que me mostraban los demás, si acaso en el Congelador, un recinto mucho más frío y siniestro donde difícilmente se podía mantener la existencia; quizás había permanecido suspendido en un 'Limbo' extraño donde, inútilmente, había intentado olvidarme de la memoria que a cada instante me recordaba dolorosamente lo que realmente era; o tal vez, había vivido prisionero en un recinto sofisticado e innombrable, construido con el único propósito de paralizar el recuerdo, potenciando el olvido de uno mismo, y poder así negarme una y mil veces todos los días, al levantarme, al acostarme, mientras se come o se trabaja, mientras se duerme, pero sin conseguir que éste, el recuerdo, pérfido en sus intenciones, remita y desaparezca. No, en el Armario seguro que no estuve nunca. Definitivamente nunca estuve escondido en él.
El principal problema es que no sé poner orden en mis pensamientos. Cualquier tipo de orden me serviría: Temporal, espacial o sencillamente lógico. Pero los recuerdos se agolpan en mi cerebro desordenadamente y afloran en oleadas incontrolables, como mareas, como inundaciones terribles que anegan el alma. Recordar me hace daño, pero necesito hacerlo para saberme vivo. También vencido. Un raudal de emociones que me atraviesan dejándome débil y sin fuerzas para contener la siguiente oleada, sentimientos que me ahogan, escalofríos del espíritu, como un parto de emociones. Te pienso, o mejor dicho, pienso en nosotros y comienzo a llorar como un estúpido quinceañero que acabara de descubrir la dulzura del amor y, consecuentemente, la amargura de la traición en un solo acto. Sé muy bien que estoy equivocándome, pero me dejo arrastrar por el torrente que me precipita en el abismo del recuerdo...
-No digas tonterías – me dijo mirándome con temor directamente a los ojos – tú no eres marica.
-No las digas tú – le dije sosteniendo su mirada, desafiandole – soy así y siempre lo he sido. Lo qué no sé es como no te has dado cuenta antes. Y apartó su mirada de la mía.