Si hay alguien que verdaderamente es, así, intransigente conmigo y con mis actos, ese mismo precisamente soy yo. Sin piedad me examino a la luz de la lampara muda de cristal, que permanece ciega de tanta luz encima de la mesilla, cada noche antes de dejarme abrazar definitivamente por Morfeo. Me juzgo y me encuentro culpable: De mi soledad, por no hacer nada positivo para salir de ella. De mi tristeza, porque muchas veces pienso que es fingida, consentida e incluso deseada. De mi indolencia frente a los problemas laborales, económicos o de qualquier otro tipo que me acucien. De mi estupidez ante el amor, el desamor, la amistad, el odio o qualquier otro sentimiento intenso que me anule el pensamiento. Sin piedad me visto la toga y el birrete frente al espejo donde me miro, y sin esperar el alegato de la defensa, como en aquellos juicios sumarísimos de otros tiempos que la memoria colectiva ha querido olvidar, me juzgo culpable, me sentencio y me condeno. Después me duermo convencido ingenuamente que el día siguiente despertaré lleno del coraje que me falta y mi vida al fin cambiará... Se cierra así el círculo inútilmente vicioso.
No encuentro mi espacio privado de reflexión. Demasiado tiempo público que me impide reflexionar sobre mi (sobre mi mismo y mis circustancias ortegianas...) demasiado poco el tiempo privado que resta en la jornada diaría que poco a poco nos mata (trabajo, trabajo, mucho trabajo -quizás debería estar feliz porque no me queda tiempo para dolerme de mi soledad-). La consecuencia: Languidece la bitacora por falta de atención, no por falta de cariño, ni de amor. La realidad irrefutable sin duda es que está enferma, que no crece, que va perdiendo color... afectada de raquitismo. Debería hacer algo, pero para mi desgracia no sé que puedo hacer para sacar tiempo de la nada... dios! quien fuera dios.
Me duele, aún me duelo lo que has dicho. Más bien lo que me has escupido a la cara cuando menos lo esperaba. Que yo folle o no a ti ¿qué coño te importa?, si quedo con alguien o no para tomar un cafe y salir por ahí, ¿qué coño te importa? si ya no estamos juntos, si ya no nos amamos, si no nos queremos, si nos dejamos hace tiempo, si nos separamos... y cuando pensaba que al menos quedaba la amistad, yo que te cuento, y te digo lo que pienso, y lo que me ocurre, porque creo, cría, aún en la amistad... y vas tú, inesperadamente y me esputas tu ira como por casualidad, pero con indudable mala leche, a propósito, y me cae encima como una lluvia acida que me quema y me duele, y huyo otra vez, cansado de la vida que me niega lo que siempre me prometió, con mi pena sangrando, con mi herida abierta otra vez en el vacío, dejandote, tambien lo se, con tu dolor, con tu herida, con tu vacío... no lo entiendo, ahora si que no lo entiendo.
Ha muerto el padre de un amigo mio. Una terrible noticia para él que no le veía desde hace años. Nunca supo aceptar que su hijo fuera maricón. Palabras duras entre ambos, palabras envenenadas que fueron cavando la zanja de la incompresión mutua, ahondando la separación, sepultando el amor. Demasiado cabezotas los dos. quizá demasiado iguales, padre e hijo, sin quererlo aceptar. Me lo ha dicho con ojos rojos de llanto, desolado, devastado, cansado, y lo peor era que no se sentía capaz de acudir al sepelio... Me he acordado de mi padre, que murió hace muchisimos años, de mi testarudez, de su cabezonería, y sobre todo de lo mucho que me he arrepentido durante todos estos años por no haber sabido decirle nunca: "lo único importante es que te quiero..."