MI madre me descubrió un día mientras me tocaba el sexo en el baño, cosa que hacía a menudo aunque ella nunca me hubiera visto hasta entonces. Su horrorizado rostro supo expresar de la forma más que elocuente todo aquello que su voz enmudecio. Yo tenía entonces diez años y no entendía bien cual era el problemas. Sólo sabía que tocarme el sexo me gustaba. Nada más. Entonces descubrir que junto al placer también existía el pecado y que, por lo general, todo lo que daba placer era pecado. MI madre se lo dijo a mi padre. Que me tocaba el sexo en el baño, le dijo, y fue cuando mi padre me eseño a su manera que era eso del pecado, golpenadome con su cinturón hasta hacerme sangrar. Así de paso me enseñó, y yo aprendí bien, que con el pecado siempre se han de pagar las consecuencias...
Mi padre, quizás arrepentido por la paliza, quizás sólo para justificarse por mis heridas, se lo contó al Padre Juan, quién, como si fuera mi verdadero padre, me llevó a su despacho para reprenderme severamente por mis actos: por haberme masturbado, primero –aquello que hacía tenía un nombre horrendo, pense- pero sobre todo por no haberselo contado en confesión. Padre Juan me puso como penitencia para salvar mi alma rezar diez padre nuestros y cuatro avemarías, y para salvar mi cuerpo la de barrer el aula todos los días al terminar las clases, cada uno de los días que restaban de curso. Padre Juan era, además de sacerdote, el director de mi colegio.
Cuando tras las clases me disponía a barrer el aula, cumpliendo así con una parte de mi penitencia, Padre Juan aparecía solícito para regalarme su compañía y de paso contarme cosas de la Biblia. Fue de este modo como me enteré que hubo un paraiso, y que Adán y Eva vivieron en él. Eran nuestros antepasados, de todo los hombre y mujeres me decía, y vivian felices, allí en el paraiso, sin preocupaciones de ningún tipo, hasta el maldito día que descubrieron el pecado, por culpa de Eva, según Padre Juan, que Adán era un bendito y no hubiera comido nunca la manzana esa si no se la hubiera metido Eva en la boca a la fuerza. Dios, me decía Padre Juan casí al oido, les dejaba comer de todos los frutos de aquel jardín inmenso, de todos menos de los de un árbol que estaba justo en el centro del Eden, que así también se llamaba el Paraiso. El caso es que ese árbol era un manzano, pero no un simple manzano como los que yo había visto a cientos en el pueblo de mi abuelo, aquel era nada más y nada menos que el fabuloso Árbol de la Ciencia, el Árbol del Bien y del Mal, el Árbol de la Vida, y la causa de todos los pecados de la humanidad. Porque precisamente este árbol fue el motivo del primer pecado cometido por el hombre contra Dios, por culpa de una mujer, el pecado original, la causa última de que nos parezcamos más a los animales y menos a los angeles: 'Cosas de la carne...' murmuraba Padre Juan, y se callaba como reflexionando. Despùés levantaba la vista y proseguia. Por culpa de ese pecado ahora teniamos que trabajar para ganarnos el pan, las mujeres alumbrar sus retoños, y lo que era peor y más terrible, saber que finalmente nos alcanzará la muerte. Todo por culpa de la carne...
Yo le dije al Padre Juan, haciendome el Alumno Avezado, que si Dios era Omnisciente, es decir, que si Dios lo sabe todo, seguro que ya sabía que esto del pecado original iba a pasar, que cuando estaba creando a Eva de la costilla de Adan, sabía que estaba también creando su ruina, y que cuando les prohibió comer de ese árbol sabía sin ningún genero de duda que comerían de él. Era como cuando mi padre me prohibía hacer una cosa sabiendo a ciencia cierta que la haría, incluso ahora con más motivo, precisamente porque me lo había prohibido. Fue entonces cuando sacó a relucir el tema del Libre Albedrío, facultad plena que sólo tenemos lo hombres y que nos diferencia precisamente de los animales y tambien de los ángeles, la posibilidad de poder elegir entre el bien y el mal, entre pecar o no pecar, la libertad de hacer una u otra cosa, de hacer el bien o el mal. Adan y Eva podían haber elegido no pecar, no comer del fruto de la vida, pero decidieron hacerlo. La libertad, sin embargo, apostilló Padre Juan, no nos excluye de la culpa, no nos salva de la condena. Solo siguiendo los llamados de la Moral podemos hacer frente al mal.
Y el pecado era el mal. Aunque yo era un infante aún, comprendí lo esencial del relato del génesis: todo lo que de alguna manera nos pueda recordar el paraiso perdido es malo, es pecado, y nos está betado, prohibido. Tocarse el sexo era como comerse otra vez la manzana del árbol del bien y del mal y precisamente por eso era agradable, y por eso me gustaba tanto, y justo también por eso era pecado.
Después de aquello, yo me seguí tocando el sexo, masturbandome como decía el Padre Juan, apelando a mi libre albedrío, pero ahora lo hacia a escondidas. Me comía aquella manzana aun con más gusto, saboreando el placer prohibido –como seguro que lo hizo Eva - pero cuidandome muy mucho que nadie me viera. El pecado es un poca así, pensaba, si nadie se entera de lo que has hecho, no parece pecado. Quizás por eso Padre Juan insistía tanto en que Dios lo veía todo, y a él, me decia, no puedes engañarlo... Yo me comía la manzana y me reía de Dios.
La Luz
Y si te apetece que te contagie mi alegría y te quieres venir un fin de semana a Barcelona estará encantada!
Besos.
Yo nunca he comprendido que la manzana fuese la fruta prohibida. A mí me parecen mucho más tentadoras las fresas o las cerezas. Estos católicos...