El editor
Me entrevisto con un editor y me sorprendo escuchándolo hablar de intensidad, emoción y frescura narrativa cuando lo que de verdad quiere decir es "basura".
-¿Sabes a qué me refiero? -pregunta.
-Sí, claro que lo haré fresco, intenso y emocionante -le digo. Apestará a todo ello.
-¿Sabes a qué me refiero? -pregunta.
-Sí, claro que lo haré fresco, intenso y emocionante -le digo. Apestará a todo ello.
Compluzoo
-Sepan ustedes que un doctorado no es cualquier cosa, y que si quieren hacerlo tienen que venir a clase, blablabla
El tipo que tengo enfrente, este mi profesor, supera los 60 y cuando habla parece tener la cabeza en otro punto distinto, qué sé yo, ese hijo que no le devuelve la llamada, el colega al que ha prometido un favor, su mujer, un par de alumnas aventajadas, quién sabe.
-... y que no bastará con hacer un trabajito al final del todo... -sigue diciendo el colega, aunque por supuesto, estamos en la complutense y claro que bastará, un trabajito o mucho menos.
-... porque quien viene, bien, y quien no, pues no tiene créditos... blablabla...
Somos tres alumnos en su clase y llevamos media hora de reloj escuchando su basura y su moralina. Ninguno de los tres parpadea ni sonríe. Sabemos que con este tipejo puede ser fatal, o eso quisiera yo pensar, que existe un nosotros corporativista en el alumnado que piensa que hay que cuidarse de este tipo, porque luego se produce la decepción.
-¿Y bien? ¿Algún comentario sobre el capítulo? -ha dicho al final el superprofe. La semana pasada el colega mandó leer unas páginas de un libro saturadas de citas del Papa y alusiones a dios. Yo pensé que eso sólo pasaba en la CEU y me reservaba algún comentario crítico para la ocasión.
-Me han gustado mucho las citas -se me adelanta uno de los compañeros. Me vuelvo hacia él y no, no está de broma. Bienvenida a la Universidad.
El tipo que tengo enfrente, este mi profesor, supera los 60 y cuando habla parece tener la cabeza en otro punto distinto, qué sé yo, ese hijo que no le devuelve la llamada, el colega al que ha prometido un favor, su mujer, un par de alumnas aventajadas, quién sabe.
-... y que no bastará con hacer un trabajito al final del todo... -sigue diciendo el colega, aunque por supuesto, estamos en la complutense y claro que bastará, un trabajito o mucho menos.
-... porque quien viene, bien, y quien no, pues no tiene créditos... blablabla...
Somos tres alumnos en su clase y llevamos media hora de reloj escuchando su basura y su moralina. Ninguno de los tres parpadea ni sonríe. Sabemos que con este tipejo puede ser fatal, o eso quisiera yo pensar, que existe un nosotros corporativista en el alumnado que piensa que hay que cuidarse de este tipo, porque luego se produce la decepción.
-¿Y bien? ¿Algún comentario sobre el capítulo? -ha dicho al final el superprofe. La semana pasada el colega mandó leer unas páginas de un libro saturadas de citas del Papa y alusiones a dios. Yo pensé que eso sólo pasaba en la CEU y me reservaba algún comentario crítico para la ocasión.
-Me han gustado mucho las citas -se me adelanta uno de los compañeros. Me vuelvo hacia él y no, no está de broma. Bienvenida a la Universidad.
El sabor posthumo
M. ha dejado de fumar mucho antes de que el gobierno aprobara ninguna ley y mucho antes de que yo soñara que Rajoy las diñaba de cáncer de pulmón.
- Voy a dejarlo -dijo un día esperando todo mi apoyo y reconocimiento.
Pero lo que M. no sabe es que desde que la conocí uno de sus mayores atractivos era ese sabor post humo de sus labios y que eso era irremplazable por ningún certificado médico. Fatuo egoísmo.
- Voy a dejarlo -dijo un día esperando todo mi apoyo y reconocimiento.
Pero lo que M. no sabe es que desde que la conocí uno de sus mayores atractivos era ese sabor post humo de sus labios y que eso era irremplazable por ningún certificado médico. Fatuo egoísmo.
El cansancio
El cansancio ha tallado dos líneas irregulares sobre los párpados de M., los explosivos y tersos párpados de M., esos increíbles escotes de su mirada.
-Hoy estoy vieja, hoy parezco vieja.
Hoy M. me dice que parece vieja porque está agotada y su cuerpo se encoge y arruga como una pasa. Hoy no le sirve de nada tener xx años porque no puede tirar de su alma. Incluso yo la veo mayor mientras retozamos en la cama. No puedo evitarlo, pienso: ¡vaya! así que será así, sus párpados se cargarán de pliegues y su mirada se hará más bondadosa. Miro su cuerpo y lo siento mío, como si fuera en parte responsable de su deterioro, de su transcurrir, y abrazo a este mi animal bello y envejecido.
-Hoy estoy vieja, hoy parezco vieja.
Hoy M. me dice que parece vieja porque está agotada y su cuerpo se encoge y arruga como una pasa. Hoy no le sirve de nada tener xx años porque no puede tirar de su alma. Incluso yo la veo mayor mientras retozamos en la cama. No puedo evitarlo, pienso: ¡vaya! así que será así, sus párpados se cargarán de pliegues y su mirada se hará más bondadosa. Miro su cuerpo y lo siento mío, como si fuera en parte responsable de su deterioro, de su transcurrir, y abrazo a este mi animal bello y envejecido.
Me das paz, pero
M. me dice que le doy paz. Era entrada la noche y todo se enredaba, las piernas, el sueño y las sensaciones sobre el tiempo, que en esta ciudad son muy particulares.
-Me das paz –dijo.
Yo sólo le había susurrado que me estaba enamorando de ella por momentos.
-Me das paz –dijo.
Supongo que dar paz a alguien es algo bueno, pero yo acababa de declararme por enésima vez y lo que menos quería, lo que menos quiero es provocar paz.
-Me das paz.
Lo que yo quería, Mariquilla la Bárbara, era hacer temblar el suelo que nos sostenía...
...pero por lo visto eso sólo lo consiguen el dolor, la sensación de pérdida, el desengaño y las novelas de Hemingway.
-Me das paz –me dijo M. ayer noche.
-Me das paz –dijo.
Yo sólo le había susurrado que me estaba enamorando de ella por momentos.
-Me das paz –dijo.
Supongo que dar paz a alguien es algo bueno, pero yo acababa de declararme por enésima vez y lo que menos quería, lo que menos quiero es provocar paz.
-Me das paz.
Lo que yo quería, Mariquilla la Bárbara, era hacer temblar el suelo que nos sostenía...
...pero por lo visto eso sólo lo consiguen el dolor, la sensación de pérdida, el desengaño y las novelas de Hemingway.
-Me das paz –me dijo M. ayer noche.