Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno XXVII
Hoy, cuando camino presuroso y me acerco gustoso al tiempo de los olvidos, rememoro el principio de aquel primer encuentro y lo que más recuerdo de él, es que no ví nada, no aprecié nada, no observé nada, ni me enteré de nada hasta pasadas varias horas. Sólo tiempo después pude observar sus ojos, que eran negros y muy profundos, y con unas grandes pestañas.

Sus ojos eran tan inquietos que miraban sin cesar a una y otra parte, sin descanso, como si estuvieran mosqueados por algo, o buscando algo, o quizá más bien, queriendo controlarlo todo. Los ojos de Sal sólo permanecían fijos cuando se enganchaban a los míos y esto por suerte para mí lo harían con posterioridad muy frecuentemente.

Otra cosa que recuerdo bien es que Sal tenía la frente atravesada por surcos profundos y al lado de las comisuras de los labios. Y también la gran oquedad que dejaban sus dientes incisivos centrales superiores, que estaban muy separados y que le daban un aire juvenil y muy gracioso. Era moreno aunque ya con más canas de las que le corresponderían por su edad y con los pelos muy levantados casi formando una cresta, y que para evitarla mantenía su pelo supercorto. Una bobada porque aquel pelo ayudaba también a darle un especto muy juvenil, pero nunca quiso hacerme caso y dejárselo un poco más largo. Éramos de la misma altura poco más o menos y también delgado como yo, aunque era más musculoso y fibrado. Había ya pasado de largo los treinta y diría que si no guapo al menos no era feo. Pero lo mejor de su físico, aparte de unas finas manos de pianista que acariciaban genial era, sin lugar a dudas, el culo. Era redondo, férreo, consistente y respingón, realzado por aquellos vaqueros ajustados que aquel primer día apenas sí pude admirar.

Aunque de sus ojos pudiera deducirse que Sal era un tío inquieto o impaciente no era así en absoluto, al contrario era una de las personas más tranquilas que he conocido en mi vida. Y esa paz de la que disfrutaba la transmitía a todos los que estaban a su alrededor. Hay personas que transmiten intranquilidad y nerviosismo a los demás por su forma de ser, de comportarse, de moverse, de agitarse, por lo que sea. Otras personas en cambio parece que irradian placidez y serenidad. Lo de la famosa flema británica yo creo que lo exageraba y lo llevaba al límite, pues más que flema era pachorra -sí, a veces su tranquilidad podía ser excesiva -o cachaza, y en ocasiones, las más, podía ser tan meloso como ella.

Tras abrirme la puerta y entrar, sólo pude darme cuenta de la impresión que me dio la escalera de caracol que apareció delante de mí para subir a donde entonces supuse estaban el salón y las habitaciones superiores de aquella casa. No podía ser, qué suerte la mía, lo que me faltaba, pensé, no he tenido que subir escaleras ningunas hasta aquí y ahora me toca subirlas, y encima, dando vueltas. Pedí permiso para dejar la chaqueta en una silla y así disponer de mis manos libres, pero cuando empecé a subir por aquellas escaleras noté que, por mucho que subía, nunca llegaba al final. Cuanto más subía más sentía la impresión de que la escalera se hundía poco a poco bajo mis pies. Cada paso que daba más altos me parecían los escalones, más pesados tenía los pies, más necesitaba aferrarme a la barandilla, hasta que, en algún momento me agarré a la columna central, apoyé mi cabeza en ella como para recuperar aliento, y......... ... y ya no recuerdo nada más.

Mi siguiente recuerdo es estar tumbado en un sofá, mi cuerpo dolorido estaba completamente empapado no sabría decir si por la lluvia o por el sudor que me provocaba la fiebre. Todo mi ser desprendía calor febril y la cara me ardía, en cambio mi cuerpo temblaba de frío a la vez que sudaba y mi frente se perlaba de gotas de sudor. Sentía que tenía sed, sudaba, tiritaba, daba vueltas agitadas, me dolía la cabeza y mi cuerpo ardía como una estufa.

Cuando vuelvo en mí, intento incorporarme pero me vuelve la tiritera, las náuseas y el dolor de cabeza. Veo a Sal tratando de impedir que me levante. Me ha quitado los zapatos, me ha desabrochado la camisa y el cinturón de los pantalones y me ha echado una manta encima. Apenas balbuceo unas palabras que intentan pedirle perdón, y apenas oigo otras amables que me responden intentando tranquilizarme. Sal me hace tomar una aspirina y un vaso de anís mezclado con agua que me sabe a rayos. Me pone en la frente un trapo mojado en agua muy fría que me parece una acción un poco exagerada pero que le agradezco, aunque me produce un fuerte dolor punzante en el entrecejo, como el que a veces producen las bebidas muy frías tomadas con ansia en el calor del verano. Me intento destapar porque el calor febril que desprendo es demasiado y los sudores muchos, pero Sal me vuelve a tapar una y otra vez, y a cambiarme el trapo de la frente. Tengo los pies fríos, dolor lancinante de cabeza, la camisa empapada, y una temblaera incontenible que hace castañetear mis dientes y, por si todo esto no bastara, además deliro.

Estoy en medio de un paisaje espeluznante que miro petrificado y sobrecogido. Tanta destrucción sólo puede ser el resultado de un terremoto, o de una batalla o de una catástrofe nuclear. O quizá sea la consecuencia de todo a la vez. Hay muertos desnudos tirados en el suelo por todas partes formando figuras grotescas y otros muchos, también desnudos, amontonados al lado de fosas y barrancos, hay cadáveres ardiendo en piras gigantescas sobre montículos, y al lado de cráteres y zanjas, todo es fuego, ruina y desolación. Hay restos de armamento que observo extrañado porque corresponden a épocas diferentes. Huele a carne humana quemada y es un hedor tal que me provoca náuseas y me pone al borde del vómito, y ruidos estruendosos y ensordecedores que no hacen sino estremecerme aún más. Veo que también hay sombras a mi alrededor que se acercan y se alejan, todo es gris o negro, tétrico, sopla un viento boreal, veo a lúgubres figuras que parecen como monjes o forzados galeotes. Llevan cruces y cirios apagados aunque todavía humeantes los unos, y arrastran fuertes cadenas y grilletes los otros, todos están entre tinieblas, o entre un denso humo, o bajo una pesada niebla, algunos monjes a pesar de que llevan la capucha del hábito levantada dejan ver sus caras cadavéricas y desvaídas. Otros monjes llevan en sus manos, ásperas y nudosas como sarmientos, látigos provistos de tralla con los que flagelan salvajemente a diestra y a siniestra a todos aquellos galeotes desnudos que se arrastran hasta ellos, revolcándose por el lodo, intentando comerles los roñosos pies, o las albarcas de cuero y esparto, obscenamente entregados, a cuatro patas algunos, ansiosos todos por obtener su penitencia, dispuestos a cualquier cosa por recibirla, revueltos, exaltados y con su miembros empalmados y agarrándoselos unos a otros, haciéndose entre ellos mil puñetas, suplicando a los ajusticiadores, que sean despiadados con los zurriagos sobre sus espaldas para poder alcanzar la remisión de sus muchos pecados y culpas cuanto antes. Otros suplicantes están de rodillas ante los verdugos mostrándoles sus bocas babeantes, o están ya dentro de sus hábitos balanceando frenéticamente sus cabezas, con aquellas manos de cernícalos lagartijeros de los castigadores sobre sus nucas, mientras reciben los feroces azotes de éstos. Otros disciplinantes llevan capirotes como los nazarenos de Semana Santa, éstos me dan más miedo pues vagan como embobados haciendo círculos infinitos, sin rumbo fijo, andando sobre muñones sanguinolentos en vez de pies. Algunos de estos nazarenos sólo muestran unos ojos blancos, opacos, carentes de iris, mientras que otros tienen largos clavos perforándoles los ojos, todos levantando los brazos y sacudiendo violentamente, a uno y otro lado, sus báculos, o sus cayados. Otros feroces sayones tocados de mirras y birretes, con gruesos anillos de amatistas o granates en sus dedazos de uñas negruzcas, vestidos con largas y sucias túnicas negras de donde refulgen exagerados crucifijos de oro y zafiros verdes martirizan a los penitentes que se les exhiben desnudos, tirando cruelmente de lo único que cubren su cuerpo, de fajas gruesas de cerdas o punzantes cilicios de hierro que les desangran como mortificación muslos, falos, brazos, torsos y tripas. Otros flagelantes, con la espalda descubierta, muestran multitud de puntos sangrantes provocados por flagelos de púas que ellos mismos sacuden con las manos atadas. Algunos forzados arrastran a otros galeotes tirándoles de argollas en el cuello o en la nariz mientras a su vez, arrastran gruesas cadenas en manos y pies y parece que se ríen de manera estentórea con sus bocas desdentadas, y dan gritos tenebrosos o quizá, son los gritos del averno donde por fin, después de haberlo temido tanto, ya me encuentro, aunque me digo que es extraño pues es mucho el frío que hace, pero desde luego los gritos son exagerados para ser humanos. Y unos penitentes a las órdenes de un encapuchado descomunal se acercan a mí y me despojan violentamente de todas mis vestiduras y doblándome sobre mi cintura dejan mi culo bien expuesto, unos pretenden azotarme con una larga verga de toro, mientras el encapuchado exhibe ya la suya al aire, enorme y bien dispuesta, por debajo del hábito, no dejando lugar a dudas de lo que pretende hacer con ella. Yo estoy aterrorizado, nada impido, estoy entregado, rendido, y después de sufrir los primeros zurriagazos me voltean y me levantan las piernas sosteniéndome en alto mil brazos de huesudas manos, y aparece por debajo de mí, en mi entrepierna desnuda, una zarpa, queriéndome arrancar mi falo erecto y los huevos, y por los laterales aparecen sendas garras que me clavan sus uñas afiladas y rasgan mi carne profundamente abriéndome las tripas y el pecho, de donde no sale sangre alguna, como si estuviera seco o como si estuviera muerto. Y las garras escarban ávidas en mis entrañas y en vez de vísceras extraen en su lugar infinidad de asquerosas serpientes que inmediatamente reptan por todo mi cuerpo, y se enroscan en mi cabeza, en mi cuello, en mi pecho, en mis piernas. Y mientras me pregunto sorprendido cómo es posible que haya dejado anidar en mi interior tal caterva de asquerosos engendros, cuando daba por seguro que iba a ser devorado de lo poco que de mí quedaba, empezando por mis ojos vidriosos que parecen gustar a sus bífidas lenguas, aparece de repente, a los sones de clarines y atabales, un bellísimo y radiante ángel blanco de profundos ojos negros y grandes pestañas, blandiendo una fulgente espada y vistiendo túnica roja tirando a violeta, ribeteada en oro, y pertrechado de emplumado yelmo, imbricada loriga, ajustada escarcela, y metálicas grebas, montado en un caballo blanco y alado también, elegantemente enjaezado y que pisa con sus patas y cascos a esos seres aberrantes, e inmundos, que contra él nada pueden, y salen despedidas, huyendo despavoridas tras monjes, galeotes, nazarenos y flagelantes.

Cuando desperté de esta pesadilla gótica ya estaba anocheciendo y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Era ahora cuando me daba cuenta que estaba en una de las casas más bonitas en la que haya estado nunca. Era como una de esas casas que aparecen en las películas de Paris, como una de esas buhardillas de Montmartre, donde viven pintores bohemios o músicos y artistas de la farándula. Miré a mi alrededor y vi que era una casa muy antigua a la que se le había añadido la mitad de una enorme terraza acristalando las paredes y parte del techo de ésta. La cubierta de medio salón era de cristal sostenido por un gran armazón de hierro y una columna de forja en el medio de la amplísima estancia. Las vigas del techo con sus remaches y todo también eran vistas y estaban bien cuidadas y pintadas como la escalera de caracol que también era de hierro, aquella que no recordaba haber terminado de subir. También había una bonita estufa, redonda, de ésas que hay que levantar una tapa en la parte superior con un gancho para echar el carbón, y cuyo tubo de evacuación iba paralelo a la columna hasta salir a la calle.

Me encantó escuchar el tintineo intermitente de la lluvia sobre el techo entramado de cristales. Y éstos, que no sé si estaban sucios o era vaho que se formaba alrededor de ellos apenas dejaban ver nada del exterior, ni siquiera los golpes de la lluvia sobre ellos. Por una esquina y gracias a una mortecina luz pude ver el final de un canalón que bordeaba toda la fachada de cristal, y que recogía el agua del techo ligeramente inclinado y lo dejaba caer en forma de un fuerte chorro sobre el suelo de la terraza donde se encontraba el sumidero. Durante mucho rato mis ojos miraron hacia la estructura de cristales encima de mí, pues estaba como fascinado. Hoy, recordando aquello, estoy casi seguro que habrán cambiado la estructura de hierro por feo aluminio y aquella bonita estufa de carbón por cualquier chimenea de pega de esas que simula el fuego y hasta habrán tapiado las vigas de hierro. Pronto escuché los ruidos de alguien subiendo por la escalera interior. Cuando Sal por fin apareció intenté incorporarme del sofá pero no me dejó:

-No, no te levantes, espera un poco todavía –me dice acercándose al sofá donde me encuentro

-Lo siento, no sé que me ha pasado, me he debido desmayar –contesté, apenas balbuceando

-Pues que has tenido mucha fiebre y todavía parece que tienes un poco. Ahora vas a tomarte otra aspirina. –me dice poniéndome la mano sobre la frente

-Lo siento, lo siento de verdad, ¿Qué hora es? Parece de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo he dormido?

-Varias horas. No veas qué susto me he llevado. Te has abandonado dejándote caer en la escalera y apenas podía subirte

- Sí. Lo último que recuerdo es una escalera de caracol que parecía que se hundía bajo mis pies según la iba subiendo, tío. Y ¿sabes? me he debido caer en el infierno porque he tenido una visión horrible. He debido tener una pesadilla donde había monjes y nazarenos y......
-Y serpientes –me contesta muy seguro

-No me digas que también he delirado –le digo consternado, a la vez que bajo la mirada turbado.

-Mucho –me dijo.

Pero nunca llegué a saber lo que había salido de mi boca ese día en aquel estado febril. Sé que sólo pudo ser la descripción de alguna de aquellas miserias de las que para entonces se había llenado mi vida. Estoy seguro que mi delirio se centró en detallar que encuentro gran placer y gran satisfacción en el acatamiento y la sumisión, en que disfruto de manera brutal con alguien que me someta, con alguien que me use a su capricho y que me posea sin piedad, que disfruto con cualquier mezcla de humillación, dolor, vergüenza y castigo. Y que cada vez me gusta más y necesito más que todas esas prácticas se desarrollen cerca del límite. Que cada vez necesito emociones sexuales más fuertes, que estén cada vez más próximas al vértigo, al frenesí.

O quizá le dije que aunque aquello me atraía con locura hasta el punto de buscarlo sin descanso, desesperadamente y de llevar una vida desenfrenada y licenciosa, a la vez, aquello me repelía tanto como me atraía, que me aterrorizaba este trastorno de los sentidos, que estaba muerto de miedo por esta exaltación violenta, que me espeluznaba lo que hacía y lo que era aún peor, lo que estoy seguro que podría llegar a hacer. Quizá también le dije que sabía que tarde o temprano aquello me llevaría a la perdición o a la locura, eso sino tocaba fondo antes y no me tiraba yo mismo al abismo buscando un poco de tranquilidad y sosiego. No sé si deliré, ni lo que dije, ni lo que oyó pero tengo la impresión de que fuera lo que fuese, eso fue le que le enamoró de mí. Por eso se pasó todo aquel día velando mi sueño sin casi apartarse de mi lado, y por eso me enseñó todo lo que sabía, por eso siempre se preocupó tanto por mí, y por eso me dolió tanto....... tanto...... fallarle, traicionarle.

-¿Qué he dicho? –le pregunto sonrojándome y volviendo a subir muy lentamente los ojos pero sin atreverme a enfrentarlos con los suyos.

-Tranquilo, Alejandro, sólo cosas sin sentido

-Por favor, no le digas a Christian nada de cómo ha ido esto –le digo angustiado y cogiéndole del brazo –te lo ruego, volveré otro día cuando tu quieras, mañana si me siento mejor, o podemos hacer ahora algo si te apetece, pero por favor no le digas nada a Christian. Esta mañana le llamé nada más levantarme y vi que me sentía mal, para que te llamara y anulara la cita pero no ha querido.

-No te preocupes, que no pasa nada. Ahora te vas a tomar otra pastilla, ¿vale?. ¿Con qué la quieres con leche caliente o con anís?

-Con leche, con leche, tío, o con agua. Ahora recuerdo que la otra me la diste con anís y me supo a rayos.

Al decirle esto se echó a reír ampliamente, y fue entonces cuando por primera vez vi la oquedad que había entre sus dientes incisivos superiores, que me encantó y también me di cuenta de la profundidad infinita de sus ojos negros y de las pestañas tan largas que tenía, y cuando se levantó y se dio la vuelta pude mirar de soslayo, bueno, no tan de soslayo, su cuerpo y admirar brevemente, esto sí, su culo y cuando me trajo el vaso de leche caliente con la pastilla me fijé en sus manos muy finas y en su blancura nívea y en sus uñas bien recortadas.

-Creo que ya estoy bien –le dije incorporándome -¿Quieres que hagamos algo? Creo que ya podría -Volví a insistir pero mirándole esta vez directamente a sus infinitos ojos negros.

-Ya te he dicho, Alejandro, que estés tranquilo, que no te preocupes por nada, que no pasa nada.

-¿Prefieres que quedemos para otro día? ¿Mañana domingo? Seguro que para mañana ya estaré bien. Esto me pasa con frecuencia no te preocupes. Cada vez que tengo la gripe o pillo algún catarro me dan unos subidones de fiebre que son espectaculares. Contra ellos lo mejor que se puede hacer es meterme durante un rato en una bañera con agua bien fría. Y si el agua puede estar llena de hielos mejor. Mi madre lo sabe bien porque a la pobre le ha tocado meterme muchas veces en mi vida. Y al rato ya estoy como si nada hubiera pasado. No sé, pero creo que esto debe ser un rollo de la infancia. Alguna reminiscencia infantil que me queda no sé.

-Alejandro, te he dicho ya tres o cuatro veces que no pasa nada, tranquilízate, tío. Christian no se enterará de nada de todo esto, si es lo que te preocupa ¿De acuerdo? Lo único que siento es no haber sabido lo de la bañera. Ufff, cómo me habría gustado desnudarte y haberte llevado en brazos, totalmente abandonado a depositarte dentro del agua. –me dice sonriendo con una amplia sonrisa burlona. -Es broma, pero si en verdad te sientes mejor y no tienes ninguna prisa pues prefiero que charlemos un rato, si te apetece. ¿Qué dices?

-Vale. ¿Sabes? Tienes una casa muy bonita, nunca he vista nada similar. Y me encanta cómo suena la lluvia sobre los cristales del techo. Será genial dormir aquí cuando llueve, ¿no? Me encanta ese rumor intermitente de la lluvia y por las noches en la cama, más aún
.
-A mí también. Venga, pues ya está hecho, volveremos a quedar los dos en una noche de lluvia y te vienes a dormir conmigo, ¿de acuerdo?

-¿Y porqué no hoy? Hoy ya llueve ¿O es que has quedado con alguien? Mi vieji está en el pueblo y no hay nadie en mi casa, no tengo porqué volver.- le dije yo, dándole todo tipo de detalles familiares
Después de pensárselo durante más tiempo del que a mí se me antojó necesario para decidirse dada mi predisposición, y en el que giraba su cabeza a derecha e izquierda de una manera que no presagiaba nada favorable, mirándome fijamente a los ojos me sonrió, esta vez sin enseñarme el vacío interdental, y por fin me dijo que sí, poniéndome la mano otra vez sobre la frente.

-De acuerdo, si quieres puedes quedarte pero no haremos nada porque no estás en condiciones. ¿De acuerdo? Todavía tienes algo de fiebre.

-Como quieras –le digo también sonriendo, pues desde hacia ya un rato largo este tío me estaba empezando a gustar una barbaridad.

-¿Pongo música?

-Como prefieras, estás en tu casa. –le digo yo muy bién educado

-¿Qué te gusta?

-Lo que te guste a ti, me gustará, seguro –sigo tan educado

-¿Te pongo ópera?

-¿Óperaaaaa? –contesto yo sorprendido y en algún tono que le debió de parecer gracioso pues empezó a reír. -Vale, vale, lo que tu quieras
.
Y empezó a sonar una especie de marcha militar, muy bonita que a mí, más que ópera me pareció música de película de romanos. Sí, una música que me recordó a las películas de Ben Hur, Espartaco, o a La caída del imperio romano. Y cuando me preguntó si me gustaba, así se lo hice saber.

-Bueno, no es de romanos, pero casi. Ésta es de egipcios. Se compuso para la inauguración del canal de Suez y trata de un militar egipcio que se enamora de una esclava negra. Claro que ésta luego resulta ser hija del rey de Nubia. Pero la hija del Faraón también está detrás de militar y ahí ya se complican las cosas. Ya sabes los celos. Al final los dos amantes morirán

-¿Y todo eso lo entiendes cuando cantan?- pregunto yo extrañado

-Hombre, no, pero lo lees. Los libretos de las óperas en general son muy bonitos, aunque muy exagerados y siempre suelen ser historias muy emocionantes. Mira voy a ponerte otra, y ésta mira tú por dónde, sí será de romanos.

-¿Y ésta de qué va? –le pregunto cuando empieza a sonar esta nueva ópera cuya música también me resultó muy bonita

-Transcurre en la Galia y es de una sacerdotisa druida que se enamora de un romano con quien tendrá dos hijos. Luego el romano se enrollará con otra y ahí empieza el lío. ¿Sabes quién fue Medea?

-Sí, la protagonista de una tragedia griega que mata a sus hijos por despecho, ¿no? Lo que no recuerdo bien es quién era el autor. Nunca sé con seguridad quien es el autor de las tragedias griegas.

-En este caso Eurípides, aunque tampoco creas que estoy muy seguro. Bueno, pues en esta historia la protagonista también planea matar a los hijos que ha tenido con el romano, por despecho hacia él. Pero como resulta que el tiempo de composición de la ópera es ya la época prerromántica, el autor del libreto la hace recapacitar y al final no los mata, muriendo ella a cambio, eso sí, como condición necesaria. Y el soldado romano viendo la determinación de la sacerdotisa rememora de nuevo su antiguo amor y vuelve y muere con ella. En la hoguera, así, sin contemplaciones.

-¿Todas las óperas son tan dramáticas? ¿Todas acaban así de mal?

-Bueno, no todas, pero muchas sí.

A la hora apropiada me trajo en una bandeja cosas muy ricas para cenar y abrió una botella de vino nacional que me ponderó mucho. Yo no entendía nada de vinos en aquel entonces por lo que escuché con mucha educación y muy detenidamente todos aquellos elogios y alabanzas y, al menos, no se me ocurrió pedirle gaseosa.

Y cuando terminamos de cenar y se cansó de oír música me dijo si me apetecía ver una película en el video. Claro, le dije yo, me encanta el cine. Me dijo que un amigo le había dejado varias películas de Fassbinder. Cuando me dijo el nombre yo me arrasqué la cabeza durante un rato.

-¿Cual te apetece? Venga, elige una. Yo, ya las he visto todas así que me da igual, vemos la que tú quieras –me leyó los títulos y me hizo una breve sipnosis del asunto de cada una de las películas

-¿Siempre tienen nombres de mujer los títulos de las pelis de este hombre? ¿Y siempre con la misma actriz? Pues vaya tela

-No todas, pero varias sí

-Pues pon cualquiera de ellas que seguro que nos gustará. Venga, la del rollo bollo estará bien.

Se echó a reír, puso el video, empezó la peli, me dio un vasito de vino, se sentó a mi lado en el sofá, y yo puse mi cabeza encima de sus piernas mientras él me acariciaba el pelo.

Cuando terminó la peli era ya muy tarde así que nos fuimos a la cama. Se marchó a lavarse los dientes y tardó horrores en volver. Yo me metí entre aquellos buenos edredones muy suaves y calentitos y esperé pacientemente su vuelta. Si tenía fiebre no la sentía, podría responder a su iniciativa, si ese era su gusto, no tendría que agitarme mucho, eso, sí, pero estaba seguro que en mi estado me lo haría bien, no me haría mucho daño y sería muy cariñoso conmigo.

Llegó con su pijama puesto; vaya, con lo que me gustaba en vaqueros pensé yo, mientras le miraba embozado hasta el cuello. Apagó la luz se metió en la cama y tuve que ser yo quien se acercara y se abrazara a él. Tras un ratito le di un piquito en la boca y me di la vuelta para invitarle a que se apretara a mí y poder sentir su miembro en mi culo. Tuve casi que obligarle a que lo hiciera echando su brazo encima de mi cuerpo. Y cuando por fin lo hizo no sentí miembro alguno, al menos duro y cuando empecé a culebrear muy sutilmente y a pegarme más a él, tampoco sentí miembro duro alguno. Y cuando ya un poco harto le pregunté si le gustaría follarme hoy o lo dejábamos para otro día, va y me contesta:

-Yo soy pasivo, Alejandro

-¿Cómo? –pregunto yo aturdido

-Lo que has oído. Que soy pasivo cien por cien

Me quedé sin más palabras para el resto de la noche. Y entre el frío, la fiebre y el cortocircuito que en mi cerebro me había provocado su confesión, la verdad fue que aquella primera noche dormimos los dos de lo más abrazaditos pero sin miembro duro alguno, eso sí, oyendo el rumor intermitente de la lluvia cayendo encima de la cubierta de cristales.

 
Cuaderno XXVIII
Tardé mucho en dormirme y además tuve una noche agitada despertándome muchas veces y dando vueltas y más vueltas. Estuve pensando en lo último que me había dicho, y en todo lo que me había pasado ese día. ¿Entonces tendría que follármelo?, eso para mí, sí que iba a ser toda una novedad, en fin haría lo que pudiera tampoco quería empezar a preocuparme. Creo que me dormí pensando en que Sal tenía una culo muy bonito y muy apetecible.

Nos despertamos el domingo casi a la vez. Había salido el sol y entraba centelleante por todos los cristales de aquel enorme salón. Había dejado de llover por fin. Y no sé, pero nadie debía haber reseteado aún mi automático cerebral porque los efectos del cortocircuito todavía continuaban en mi mente. Lo que es normal que en los hombres esté duro todas las mañanas, en aquel día y en aquella cama, no lo estaba tanto, y eso, por ninguna de las dos partes. No obstante yo me acerqué a él y le apreté dulcemente contra mí dejándose hacer.

-¿Entonces, me has hecho venir aquí para follarte, tío? -Esa fue mi pregunta casi sin decirle buenos días

-Hombre, sólo si quieres. No es mi intención obligarte a nada. Si no quieres no pasará nada, pero yo soy pasivo, sí.

-No, no. Si no es ése el problema. Claro que te lo hago si es eso lo que te gusta, y estoy seguro que me encantará hacértelo. Es que me he quedado un poco descolocado. Debe ser la novedad, eso es todo.

-Pues ya lo sabes, como me debes una cita, cuando estés disponible
y te apetezca volver a verme, aquí te espero. Ya te daré mi número de teléfono para quedar cuando te venga bien ¿De acuerdo? Pero eso sí, no me hagas esperar hasta que llueva otra vez y la lluvia resuene en estos cristales, porque tío, en este país de infierno eso puede tardar en ocurrir meses.

-Vale. Pero el problema es que yo no lo he hecho nunca y no sé si estaré a la altura de lo que tú necesitas. Quizá si tu tomas la iniciativa y me vas diciendo.........-digo esto más pensando en la posibilidad de que aquella mañana quiera hacerlo que en la posible ayuda que aquello pueda procurarme en cuanto a cambiar el interruptor biológico en la cabeza.

-No te preocupes que lo haremos cuando sea el momento propicio y no tendrás ningún problema, ya verás.

-Muy bien –respondo yo –pero que Christian no se entere de todo esto, me lo has prometido. ¿De acuerdo? Tampoco quiero que se entere de que vengo a verte aquí a escondidas ¿Vale?

-De acuerdo, y quizá ese día te apetezca hablarme de porqué tienes tanto miedo a ese cabrón –me responde concluyendo

Y volviéndose hacia mí y abrazándome empieza a comerme la boca muy despacito, y a meterme su lengua hasta la garganta y a morderme los labios suave y dulcemente y su mano a deslizarse para acariciarme el pecho y su rodilla a subir hasta mi entrepierna a presionarme los huevos. Sus dedos juguetean con mi ombligo y la mano entra suave y perezosa en el calzoncillo, primero por detrás y luego se adentra acariciando los territorios delanteros más principales y deseados por él. Siento que el automático mental se rearme rápidamente porque me excito súbitamente y me entran unas ganas locas de comerle el rabo.

-Quiero comerte el rabo, bien comido, tío –se le digo con la cara roja de la excitación mientras inicio los movimientos de bajarme al bicho. Pero él me detiene con cariño a la vez que con firmeza

-No. Quiero comértelo yo a ti primero. Ya te siento muy duro y quiero comértelo a placer. Me apetece mucho.

-No, porfa déjame a mí primero, te lo ruego, después me lo haces tú ¿vale? –sigo insistiendo

-No, yo primero –me dice con tenacidad

-No, porfaaa, andaaaa –le suplico zalamero. -¡Coño¡ es la primera vez que me pego con alguien por quien es el primero en comer rabo

-Bueno, vamos a hacer una cosa. ¿Qué te parece si lo primero que tú y yo hacemos es un 69? ¿De acuerdo?

-Genial, eso me encanta

Mientras se quita la parte de arriba del pijama yo me giro y me bajo en la cama hasta la altura de su falo. No es muy largo. Al menos a estas alturas ya he visto los suficientes como para tener una idea de tamaños, tanto de longitudes como de grosores. Qué manía absurda, ésta mía de comparar. Si lo importante no es la herramienta sino quien está detrás, quien la maneja, o quien la empuja, pero nada, parece inevitable la comparación aunque a ninguna parte lleve. En ella, Sal no sale malparado pues aunque tiene el rabo corto, es proporcionado y bonito, grueso de tronco, más en la base, y gran capullo que sobresale del tallo como gran sombrerete. Es, pienso al momento, un rabo muy cabezón, como un buen hongo, a él que tanto le gustan, -aunque paradójicamente, no el phalloides que ya me advirtió que no sólo era muy venenoso sino también mortal-. Y hay otra cosa que me encanta, descapullado, el glande de Sal es sorprendente por lo sonrosado, y cuando lo manipulo y consigo que el falo se ponga duro, es duro de verdad, muy consistente y terso.

Y nos comemos cada uno lo del otro con gran ansia y deseo, con impaciencia, con agitación, con frenesí. Yo repito las mismas caricias bucales y movimientos manuales que me hace él a mí, ya que, despojado como he estado siempre en el sexo de iniciativa y criterio, entiendo que me está indicando con sus maniobras cómo le gustaría que se lo hicieran a él. Pero en ese momento, Sal está abandonado a mí, en otra esfera, en otro plano. Sal es un felador nato, se ve que le encanta comerla y que desatiende por completo a su propio rabo.

Todos los ostentosos movimientos felatorios que hace con su cabeza van encaminados a producirme el mayor de los placeres y los hace acompañar de sus manos que, aprovechando la gran cantidad de saliva que va desprendiendo su boca, se pasean por mi rabo y huevos con gran lubricidad volviéndome loco de lujuria y lascivia.
Recorro su enorme capullo, aquel gran sombrerete sonrosado, con mi lengua que lo acaricia y no se cansa de lamerlo y degustarlo, mis labios logran abarcarlo y giro mi cabeza para comérmelo radialmente en un movimiento de volante. Noto que mi lengua, intentando entrar en su orificio uretral, le estremece pues retira sus caderas levemente hacia atrás involuntariamente, aunque enseguida vuelve ansioso a por más. Con no poco esfuerzo, aquel hongo tan rico, aparentemente inofensivo e inocuo, entra poco a poco en mi boca y se intenta deslizar hasta dentro abriéndose camino. Es tan cabezón que hace tope en todas partes pero me hago con él y llega hasta lo más profundo sin dañarme la garganta y sin más problemas.

Es entonces cuando mis dedos osados deciden exploran territorios ignotos hasta ese momento, y es seguro que le han de gustar pues gime lastimero sólo de intuir apenas esa posibilidad. Me lubrico un dedo con mi boca y empiezo a acariciarle la entrada del ojete haciéndole suaves circulitos alrededor y cuando oigo sus suspiros y gemidos me convenzo de que no me equivoco, de que aquel es el camino. Efectivamente, aquello le gusta y por ello me animo a seguir y empiezo a introducírselo, poco a poco, con suavidad primero, con más energía después y fuertes espetadas al final. Mientras esto ocurre seguimos devorándonos el uno al otro, comiéndonos los huevos, y me doy cuenta de que los suyos tampoco son pequeños.

Pero todavía se volverá él más impúdico y libidinoso cuando mis movimientos de cadera le irrumen salvajemente la boca. Esta acción no dejo de apreciar que le excita sobremanera y pone su rabo todavía más duro y cabezón, hasta el punto de ponerme en dificultades de metérmelo enterito en la boca. Tanta lubricidad, tanta dureza de movimientos y tanta lujuria me pondrán al borde del orgasmo sin poder remediarlo, en no mucho tiempo. Pero es que además, el gusto que recibo es tanto, estoy tan poco acostumbrado a lo que me están haciendo, es tanto el morbo sobrevenido y tan poco lo esperado, que siento que voy a correrme forzosamente si no para inmediatamente de comerme la polla.

-Para ya, tío, por favor, para un momento. -le digo que pare, pero ni caso, yo no puedo seguir comiéndole nada a él. -Para tío -le imploro, le suplico que me voy a correr si no se detiene. -Para tío, no puedo más -intento salirme de su boca desplazando el cóccix hacia fuera, pero me lo impiden sus manos que sujetan firmemente el sacro. No quiero correrme dentro de su boca pero no voy a poder impedirlo.

Y efectivamente sin poder contenerme más, con mi cara apretándose estrechamente contra su rabo y huevos, oliendo la suave fragancia de éstos, mis manos agarrando su culo con mis dedos y clavándole las uñas en sus glúteos, mis piernas estirándose todo lo largas que son y los dedos de mis pies contrayéndose fuertemente me derramo dentro de su boca entre convulsiones y espasmos, sintiendo cómo el chorro de lefa entra en su garganta y cómo la recorre toda ella, noto cada movimiento de su garganta apretando mi capullo y tragando mi esencia con el mayor de los gustos, y cómo después su lengua se entretiene en lamer todo mi glande para recoger todo lo que pudiera quedar por los bordes para que no se pierda nada, para que no se desperdicie nada. Y yo, dejo de apretar mi cara contra sus huevos y paso a besarlos en señal de agradecimiento, y en vez de castigar su culo con mis uñas, paso a acariciarlo y a mimarlo mientras me relajo y disfruto del momento.

-¿Qué tal? –oigo que me dicen desde la lejanía, casi desde otro planeta, tras los momentos de fuertes espasmos y respiraciones agitadas. Después de un tiempo de silencio imprescindible, que odio que rompan, para recuperar el aliento, el sentido, y descender del paraíso a donde me ha desplazado su mamada, me giro complacido y, buscando su boca, le doy un beso interminable, única manera que se me ocurre de agradecerle tanto placer.

-Bien, muy bien, tío. He tratado de no correrme en tu boca, tío, lo siento, pero no he podido evitarlo por mucho que te he dicho que pares no me has hecho ningún caso, y......

-Pero, ¿te ha gustado? o ¿no?

-Mucho. Aunque me daba palo correrme en tu boca, ha llegado un momento en que ya no me podía resistir más y me he dejado llevar, me he abandonado. Lo siento, pero es que es la primera vez que me lo hacen así, la primera vez que me corro en la boca de un tío, y sí, me ha gustado cantidad.

-Vaya, pues me alegro de ser el primero en algo contigo. Quería hacerlo para impresionarte.

-Puedes ser conmigo el primero en muchas cosas. Tampoco estoy tan usado o al menos no me gustaría estarlo –le contestó un poco ofendido y cambiando la expresión de la cara, pero en absoluto desafiándolo

-Perdona no te quería decir lo que has interpretado. Por nada del mundo te querría ofender ni avergonzar. Yo no soy quién –vi claramente que para quitar hierro cambiaba de tema. -¿Sabes qué?

-¿Qué? –le dije contemporizando y en buen tono

-Que me ha gustado mucho lo que me has dado, estaba muy rico.

-Gracias, pero no me ha costado nada ser desprendido –le digo irónico

-Ahora, tengo que decirte que no me aguantas nada, enseguida te vas. Eso hace que no disfrutes a tope. ¿Siempre te corres tan rápido? – Esta pregunta me deja estupefacto pues si es así, nunca he sido consciente de ello.

-Pues, no sé. Nunca he tenido hasta ahora la sensación de ser un flojo en correrme. Siempre me han utilizado de forma pasiva y quizá el tiempo no ha tenido importancia para mí. El tiempo era algo que dependía de los otros, era fijado por ellos. A veces, muchas, ni me han corrido siquiera, ni me han dejado hacerlo mí. Por eso quiero correrte ahora a ti

-No, no pasa nada, tranquilo, ya lo harás, yo rara vez me corro es un desperdicio. Conmigo, te digo, serás tú quien fije el tiempo o al menos éste dependerá de ti, más que de mí, ya lo verás.

-¿Un desperdicio correrse? ¿Qué me dices?

-Sí, un desperdicio. Y un derroche. ¿Te apetece que nos vayamos a tomar el aperitivo a La Bobia? O ¿prefieres irte a casa?

-Sí, me gustaría ir a La Bobia contigo. No tengo ninguna prisa, mi vieji hasta la noche no vuelve de su pueblo. Tengo tiempo y además me encanta ese bar.

-Si quieres después de La Bobia podemos ir a comer al chino de abajo, son amigos míos, voy todos los fines de semana. Es un bar muy cutre y muy barato pero se come genial ya verás.

-De acuerdo, me encantará ir contigo pero tengo un problema y es que no tengo mucho dinero.

-No te preocupes, yo te invito, y ya te he dicho que no es muy caro

La Bobia era un lugar que me encantaba pues era un lugar de encuentro fascinante. Siempre que iba al Rastro, lugar al que no dejaba de ir los domingos por la mañana si los tenía libres, me pasaba por aquel bar después, solo o acompañado, a tomar una cerveza.

-¿Conoces a Almodóvar? ¿Has visto la película suya que ponen en los Alphaville? –se acuerda de esta peli porque en la primera secuencia de Laberinto de pasiones el bar que aparece es aquel, La Bobia, en sus años gloriosos.

-Sí, he oído hablar algo de él, pero no he visto ninguna de las dos películas que ha hecho.

-¿Quieres que vayamos a ver ésta? Yo la ve visto ya un par de veces pero no me importaría verla otra vez. Podemos ir a la sesión golfa en algún fin de semana. ¿Qué dices?

- Pues que me encantaría.

Hoy es una pena lo que han hecho de ese lugar, como de tantos otros en Madrid, es una fea y vulgar cafetería, que nada evoca, y que para nada sugiere lo que en otro tiempo fue. Hoy bien poca gente va, por lo menos si se compara con la gente que tomaba el vermú allí los fines de semana. En aquel tiempo era un hervidero de gente que lo llenaba todo, hasta la acera de la calle estaba siempre llena de gente tomando cerveza, charlando y fumando costo. Con suerte podías encontrarte con algún famoso de entonces o con alguno que lo sería después.

Cuando llegamos al bar ocurrió lo que me temía, un tío se acercó a mí y me preguntó cuantos talegos de costo quería. Le dije que nada, que hoy pasaba, pero el tío insistió dejando más que en evidencia que nos conocíamos.

-¿De qué conoces a ese tipo?

Cuando Sal me preguntó de qué conocía a aquel tipo pude hacerme el loco o pude mentirle y pude contarle cualquier milonga, pero preferí decirle la verdad. Conocía a Sal del día anterior pero me merecía y me ofrecía ya más confianza que otros muchos antiguos conocidos.

Preferí decirle que la acera de La Bobia era el lugar a donde Christian me mandaba a comprarle costo, y se lo compraba a ese tipo o a otros similares de los muchos que por allí había. Llevaba mucho tiempo ya haciendo aquello, y después de leer estás páginas ya puedes deducir que de todas las cosas por las que me pudiera avergonzar en aquella época esa razón no era, precisamente, la peor.

-Christian me manda aquí de vez en cuando para pillar chocolate –le contesto mirando a la calle

-¿Haces por él esto también? Qué cabrón. ¿Y porqué no viene él mismo a pillarlo en vez de utilizarte de mula? Ese tío me está pareciendo que es un poco hijo de puta. ¿Tan colgado estás de él?

Me encogí de hombros y, mirando hacia otra parte, nada contesté. ¿Que si me utiliza de mula? No lo sabes tú bien, pensé. Supongo que hablar de eso ya habrá ocasión con el tiempo. A lo mejor perdí una buena oportunidad de entrar en confidencias, pero el caso fue que nada le dije. No le dije que también me mandaba a otros lugares menos agradables y seguros que éste, a otros bares y tugurios oscuros a comprarle poppers por ejemplo, ni lo que era peor que también iba a polígonos industriales desolados del extrarradio llenos de prostitutas, o a puentes lejanos en el país de los zombis o a muros inmundos en tal o cual lugar, siempre en penumbra, a los que se llegaba tras coger el metro, el autobús y cruzar extensas explanadas solitarias, a donde había que llegar antes de la puesta de sol si no se quería pasar auténtico pavor a la vuelta cuando se levantaban los fantasmas de ultratumba.

Y tampoco le dije que allí no era costo lo que compraba, que para ese viaje no haría falta irse tan lejos, ni la mula necesitaría llevar alforjas. La mula, hechizada y embobada, iba a la conquista de chivos con exagerados anillos de oro en los pesuños y de camellos ornados de gruesos collares al cuello, poseedores todos ellos del mejor caballo, jaco o burro que de todas las maneras aquello fue llamado, y que para nadie debe resultar extraño que produzca muermo, aunque yo nunca gusté de tienta, y puestos en plan equino nunca supe ni quise saber lo que la gran acémila hacía con ello. Y en otras ocasiones fui a buscar aquella “nieve o polvo de los andes” como, pomposamente, el muy idiota de mi dueño llamaba a la coca y que no he oído a nadie volver a llamarla así. O pregunté por peyote que fue siempre su antojo y de la que nadie había oído nunca hablar.

Sí también en ese momento pude hablarle de Sergio pero no lo hice. No sé si porque no era el momento adecuado o porque no era el lugar. Seguramente por las dos cosas. Una de las impresiones más fuertes que me he llevado en la vida, y que siempre tengo presente, sin que se haya reducido lo más mínimo la intensidad del impacto, como si no hubieran pasado tantos años ya, fue conocer, en los bajos de alguno de aquellos puentes lejanos del territorio zombi, a Sergio. Era un auténtico esclavo, poco más o menos de mí edad, el único digno –es una manera de hablar- de semejante nombre que he conocido, y eso lo digo yo, que algo de experiencia tengo y que, lampando como siempre andaba de tirar de chuta en cualquier ocasión, le utilizaban como cobaya humano para probarlo todo, para detectar cualquier adulteración, o para producirla. Sergio, que ni para el trueque servía ya, era utilizado para que se metiera chutas de muestras de dudosa pureza, y en función de su viaje o mejor debería escribir, de su desparrame, se cortaban más o menos, y las mezclas para el corte podían ser con lo primero que se tuviera más a mano, con polvos de talco, con aspirina machacada, o con leche en polvo en el mejor de los casos y en los peores hasta con estricnina. Y Sergio, con la mansedumbre del sometido al yugo, con la claudicación del vencido sometido a horrible cautiverio, con el sometimiento inducido por unas cadenas invisibles de gruesos eslabones, sin necesidad de trallas ni vergajos, ni de grilletes o argollas, bien domado sin fusta, experimentaba con ojos agradecidos y subyugados y con extrema complacencia servil los efectos de las catas. Y cuando no había mierda que probar o muestras que testear, y dependiendo de la visita del mono o de la negra que casi siempre era mucha y llegaba invariablemente temprano y alguna vez hasta con guadaña, dormitaba amuermado o modorro, que para el caso es lo mismo, sobre una colchoneta en una sucia, vieja y maloliente tienda de campaña de color verde en aquella explanada hendida de surcos cercana al polígono industrial de Vallecas villa, rodeado de papeles, cartones y botellas en el mejor de los casos y en el peor entre sus propios excrementos y vómitos, o se ofrecía a cualquiera de los que se aventuraban por aquel puente a hacerles una mamada por unas cuantas monedas que pocos le aceptaban porque les repugnaba aquella boca de labios cortados, costras en las comisuras y repleta de dientes negros partidos. Vagaba flaquísimo y encorvado, rodeado su cuerpo de una costra de suciedad acumulada de meses, si no años, arrastrando los pies, las más de las veces desnudos, con brazos y piernas llenos de verdugones y pústulas, secuelas de picos y chutas, y también cardenales en cara y espalda de los golpes que recibía de los camellos y chivos cuando se arrastraba ante ellos suplicándoles que le metieran cualquier dosis de mierda. Y cuando no había esclavizadores, o verdugos, o éstos pasaban de él, o le despedían a patadas y empujones que así ocurría con más frecuencia de las que recordaba, Sergio quedaba como el esclavo de los esclavos, de todos los demás espectros, que en ese inframundo también hay clases, y jerarquías, y al ser el paria más ínfimo, el siervo más insignificante, siempre debía estar dispuesto a ir a por agua, chutas, plata, limones, azúcar, o a por cualquiera otra necesidad de aquellos que no eran sino de su misma laya. Y a dejarse usar, primero por el jefe de la peña espectral, después por sus lugartenientes y por último por los más inferiores, que no es imprescindible estar vivo para desear meterla en agujero caliente y prieto, y los muertos de aquel orco debían saber bien cual era la especialidad de Sergio, acomodarlas y hacerlas hueco, pues a esas alturas ya debían saber que solía ir bien holgado en todo momento, y todos preferían su culo a sus mamadas. Yo, supongo que por tener cierta tendencia a la náusea, tampoco quise ninguna, pero quizá porque nunca fui demasiado delicado de olfato, conversé mucho con él. Me habló de su familia de siete hermanos y un sobrino –recalcaba levantando el dedo- todos mayores que él, a quienes les robaba y vendía todo y que acabaron echándole de casa. También me habló de su padre alcohólico que le maltrataba y metía mano a la vez que al sobrino, y de su madre analfabeta que era la única que trabajaba en aquella casa limpiando otras, y, por la única que al hablar, se le humedecían los ojos. Y muy chulito me habló también de lo guapo que había sido –y que algún destello mantenía todavía a pesar de todo- y de su cuerpo de gimnasio, y de su culo, y de los muchos amantes que habían estado locos por ese culo –algún famoso jugador de fútbol entre ellos- y que se habían aprovechado de él –de todo él - y luego habían pasado. Que nadie le había cuidado y le habían gastado porque, según decía, a las personas como a las cosas si se las usa mucho, en demasía, acaban gastándose antes de tiempo. Me dijo también que, seducido por un amigo más íntimo que otros, y para pagar los gastos del pico de ambos, había acabado prostituyéndose en un bar de Azca y luego, -o antes- todo había empezado a ir de mal en peor. Le ayudé en lo que pude –poco, pues pude hacer mucho más- pero al menos la ropa y los zapatos últimos con los que le vi eran míos y la trenca que tenía también. Pero, cuidado, porque la ínfima cosa que hice por Sergio me la pagó con creces, pues me hizo el mejor de los regalos que me pudo hacer: su espejo. Y cada vez que me veía, si su muermo de burro se lo permitía y su estado sólo era el de semizombi, me sonreía con amplia sonrisa sin importarle enseñarme aquellos dientes negros y partidos, y me acompañaba de vuelta hasta la carretera y permanecía en el arcén hasta que yo desaparecía camino del autobús.

Jamás me he picado y nunca sabré si ha sido por mi pavor enfermizo a las agujas, -sólo un poco inferior que mi ofidiofobia-, o gracias a Sergio, aunque creo decantarme por esto último. Hasta un ser como Sergio pudo servir de modelo, de ejemplo para alguien. A mí me sirvió de espejo donde mirarme, y su reflejo, aún me estremezco hoy cuando lo pienso, era en verdad, el prototipo del horror. Aún recuerdo con pena cómo le compraba botellas de leche y cómo se las llevaba a aquella gruta de leprosos y que a partir de cierto día las llevaba y me las traía sistemáticamente porque nunca más conseguí volverle a ver.

 
Cuaderno XXIX
Tras el aperitivo fuimos andando a comer al restaurante chino que estaba debajo de la casa de Sal. Este lugar era lo menos parecido a lo que todos tenemos en mente que debe ser un restaurante chino. Era un feo y cutre local, pequeño y muy sucio, en el que hoy recuerdo que hacía mucho calor. Había sólo seis o siete mesas nada más, cubiertas con manteles de hule de aquellos a cuadros rojos. Olía a fritanga de una manera exagerada, en eso no tenía nada que envidiar a las peores tabernas de Madrid que ya es decir. Las servilletas eran de papel y los trozos de pan, ya cortados, estaban en unas canastillas de plástico que se paseaban de mesa en mesa y todos manoseaban a su antojo. El dueño chino del restaurante, que se llamaba Yu Chin recibió a Sal de manera afectuosa con amplia sonrisa y mil inclinaciones de cabeza y desde la cocina su mujer no dejó también de hacerle otras mil reverencias. Por lo bien que le trataban, supuse que Sal nunca salía de allí. No hablaban una sola palabra de español, cosa que me extrañó, y muy mal el inglés pero ningún problema para entendernos hubo. Había otros comensales también chinos comiendo ese día, con la cabeza muy agachada, casi metiendo las narices en los boles de comida. La carta era una vieja hoja amarillenta y manchada de grasa. Sal me preguntó qué me apetecía para comer y yo le dije que lo que él quisiera. No había ido a muchos restaurantes chinos en aquel entonces y a los que fui después nunca se parecieron en nada a aquél. Pidió uno de los menús y sólo puedo recordar -aparte de que la comida tardó horrores en venir y que estaba buenísima- que la sopa la sirvieron al final. Allí fue donde me aficioné a la comida china y salvo en Wudang nunca he vuelto a comer en un chino como se comía en aquél –eso sí, los restaurantes siempre son más bonitos, están mejor decorados y son mucho más rápidos- y tampoco el tipo de comida en nada se parece a la que se comía allí. Tiempo después supe que la gastronomía del restaurante de Yu Chin era la típica que se comía en la zona de Yunnan en el sur de China de donde procedían ellos, muy diferente de la gastronomía cantonesa o de Guangdong también en el sur del país y que es la tque sirven en el resto de restaurantes chinos. Cuando estábamos terminando de comer el dueño sacó un paquetito de la cocina y se lo dio a Sal.

-¿Quieres pasar la tarde conmigo? –me preguntó Sal poco después de terminar el postre con una sonrisa traviesa en la que me pareció ver algo de picardía.

-Claro –le contestó yo, dejando escapar una media sonrisa y bajando los ojos. Tras la buena comida y aquella sonrisa siento que me excito.

-Vale, pues pago y nos subimos.

Y subimos en aquel viejo ascensor en el que no tardó en echarme mano al paquete y donde encontró un rabo tieso, bien dispuesto y preparado para seguirle en todo lo que él dispusiera.

-Bien, veo que al menos el instrumento está listo, ahora sólo hace falta que quién está detrás quiera ser mi machito también. –me dice esto mirándome fijamente a los ojos, sin soltar su presa, y bien cerquita su boca de la mía

-Seguro, voy a metértela enterita, hasta el fondo –digo esto en plan chulito, intentando disimular el tremendo acojono que tengo pues aunque estoy muy empalmado y deseo en verdad follármelo sin piedad, no puedo por menos de pensar si estaré a la altura por ser mi primera vez.

Y para calmar mis nervios, para evitar que se notara mucho mi temblequeo, para evitar hablar y que el tono tembloroso de mis palabras descubriera mi miedo, aproximé mi boca a la suya y sacándole la lengua nos enroscamos en un beso de infierno, de esos que se dan los endiablados y posesos, de esos calientes, tórridos, lujuriosos, con su lengua codiciosa pronto en mi garganta, su mano magreándome el rabo, mi mano intentándose meter con poco éxito por detrás de sus pantalones para tocar su culo ansioso, apretándome contra las paredes de aquel ascensor que sólo tardó en llegar al último piso algo menos que una exhalación.

Y nos fuimos desnudando según íbamos ascendiendo dando vueltas por aquella endiablada escalera de caracol a la vez que intentábamos morrearnos y desprendiéndonos de nuestra ropa que es una de las cosas más difíciles que yo he hecho nunca. No nos quedó más remedio que ir dejando todas nuestras ropas tiradas por cualquier sitio.

Nos acabamos sentando en el sofá y me morreó dulcemente mientras me acarició la cara, el cuello, la nuca, el pecho. Todo muy suavemente y me pareció que tardaba horrores en echarme mano al rabo y huevos, tanto que se la tuve que deslizar yo, y por fin, se puso de rodillas sobre la alfombra y me empezó a comer la polla con verdadera ansia y deseo. Como sabía que no serviría de nada no intenté discutir con él, otra vez, para que me dejara a mí comer primero. Hoy era de él, haríamos lo que él quisiera, y como él quisiera pues tenía que pagarle todavía el día anterior. Además, desde que me había dicho que era pasivo, cada vez estaba más deseoso de hacerle mío, de poseerlo. Sí, cada vez tenía más ganas de follármelo y no perdía, a la mínima ocasión que tenía, de mirarle el culo que lo tenía precioso, y estoy casi seguro, aunque sólo casi, que se lo haré pasar de vicio.

Y según me iba succionando me fui deslizando por el sofá como un muñeco al que le quitan el aire, hasta que me quedé tumbado y entregado sobre la alfombra. Siguió mamándome la polla mientras me acariciaba con una mano el pecho, y yo, inmóvil, admiraba el enrejado de cristales y le acariciaba con otra mano el pelo. Había una luz resplandeciente, en contraste con la deslustrada del día anterior, que fluía a raudales por los cristales y se distribuía generosa por toda la amplia estancia, envolviéndonos. Tanto reflejo pajizo me deslumbró de tal manera que desde mi posición apenas pude verle cuando se levantó a por un condón que me puso él mismo con habilidad, ni cuando se lubricó el culo usando con sagacidad su propia saliva. Y tampoco pude ver, sólo sentir, cómo poniéndose en cuclillas encima de mí, enfrentando su cara a la mía, se penetró sin ningún problema, de un suave pero firme movimiento de inserción. Y puesto que no pude verle la cara, ni sus infinitos ojos negros, opté por cerrar los míos, abandonarme y disfrutarle.

-¿Has visto que bien? –me susurra con sus manos sobre mi pecho, pero todavía quieto, como haciendo hueco, como acomodando –tanto miedo como tenías. Sólo se necesita un buen rabo duro, bien erecto, del que por cierto tú andas bastante sobrado, cabrón. Nunca te lo he dicho, pero ahora que lo disfruto de la manera que quería, de la manera que más me gusta, bien puedo decírtelo. Me gusta tu rabo donde está, Alejandro. -concluye presionándome el pecho con las manos

-Y a mí también. Me gusta lo calentito que te noto y cómo te siento de apretadito alrededor de mi rabo. –le digo esto manteniendo los ojos cerrados porque quiero sentirle mejor, y porque me sorprende que supiera que estaba tan acojonado pues creía que había logrado disimularlo.

Poco a poco empieza una suave cabalgada apoyado no sobre las rodillas sino sobre sus pies que me encanta. Mientras, yo le acaricio sus huevos y su rabo que no está erecto pero que no me importa, pues me está demostrando que está pensando más en el placer trasero que obtiene que en su rabo que casi siempre le importa poco. La posición de engarce me facilita acariciarle también las nalgas metiendo mis manos por debajo, entre él y yo, a la vez que le ayudo en la dirección de los movimientos de monta. Siento, más que observo que, con cada galopada se abandona más y más, que también cierra sus ojos, y que coge mis manos y sacándolas de donde están, las obliga a que le acaricie su pecho y sus tetillas.

No. Parece que lo que quiere es que se las apriete duramente. Sus manos acompañan a las mías y todas estrujan sus pezones de una manera, que a mi juicio fue excesiva, pero que a él pareció gustarle sobremanera. Ahora lo entiendo, quiere de mí que se las castigue fuertemente mientras él se folla de manera salvaje. Genial. Con mis dedos agarrándole las tetas y mis brazos como radio máximo de recorrido, en cada una de sus galopadas se desplaza más hacia arriba y se deja caer más hacia atrás, de manera que mis dedos y brazos tiran de sus tetillas provocándole necesariamente mucho dolor. Me doy perfecta cuenta de que en cada embolada, él disfruta mucho de su culo, pero también de la mortificación al que someto sus pezones. Cuanto más se tira hacia atrás más aguanto con mis manos su cuerpo, más fuerte tiran mis manos de su tetas y más le oigo gemir y suspirar.

Y cuando muevo mis dedos haciendo fuertes círculos alrededor de los pezones, y como consecuencia de ello, los gimoteos se transforman en fuertes alaridos y sollozos, y sus ojos se llenan de lágrimas, me doy cuenta del poder que en ese momento ejerzo y mi cuerpo entonces se inflama de pasión. Y cuando el ardor que noto estando en su interior me quema, y siento que las convulsiones de su cuerpo agitan ya todo mi ser y logran transmitirme un morbo indescriptible, como no lo había sentido nunca, empiezo a experimentar algo que me inquieta, pues siento que su dolor es mi placer. No aguanto más. Empiezo a embestirle desde abajo, con furia, mientras él coloca su culo en la posición correcta abriéndose ambos carrillos y apoyándose en las rodillas para facilitarme la tarea sin tacha. Y yo me izo un poco, apoyándome en el radio de mis brazos tirando de sus pezones, justo para poder ver su cara de gusto cuando se la meto bien dentro, bien profunda. Ahora, tiene su cara muy cerquita de la mía y veo que también le gusta cuando se la meto despacito, de manera suave y superficial.

Y de repente Sal decide tomar la iniciativa y cambiar el ritmo y fuerza de las inserciones. Éstas se las realiza de manera tan brutal que a mí me parecen inhumanas. Se deja caer hacia atrás para que la tensión que provocan mis manos sobre sus pezones sean máximas y se da unas cabalgadas tan bestiales que veo desbordarse las lágrimas en sus ojos, correr por sus mejillas y caer sobre mi pecho. Yo me asusto e intento aflojar la presión de mis dedos pero un grito claro y potente en contrario me disuade de hacerlo. Sigue la gran galopada pero me temo que sino controlo el movimiento un poco, me voy a correr en cualquier momento. Y así se lo hago saber, de una forma que hasta a mí me pareció un poco quejumbrosa:

-Sal, para un poco que estoy demasiado excitado y voy a correrme, no voy a poder aguantar mucho más.

-¿Qué pasa que no te gusta así? -Me dice con la cara desencajada y roja de pasión, aumentando los movimientos desenfrenados de monta, aumentando el frenesí y deslizándose cada vez más hacia atrás, y con sus manos en las mías para impedir que soltara sus pezones.

-Sí, tío, ese es el problema que me gusta demasiado. –creo que incluso llego a reírme cuando le digo esto.

-Entonces ¿cuál es el problema?

-Pues, tío, que debemos parar un poquito....... vamos a cambiar de posición........ y paramos un momentito mientras..........mientras........yo creo que no voy a aguantar mucho más.....

Pero Sal va ya embalado, a su rollo, no entiende, no ve, no oye, no escucha. Sólo siente y lo que siente le debe gustar mucho porque no se detiene y por lo tanto sólo puede ocurrir lo inevitable, que doy un grito y me vierto en él de una manera brutal con fuertes espasmos, sacudidas y temblores. Y cuando termino de gemir y respirar convulsivamente casi no me atrevo a abrir los ojos porque temo los de Sal mirándome enojados. Los abro por fin cuando siento que sus manos desplazan las mías y me las sujeta encima de la cabeza apoyando todo su cuerpo sobre ellas. Me tranquiliza y alegra ver en su cara perfectamente delineada una sonrisa

-¿Qué tal? –le pregunto casi sin respirar y como susurrando. Tengo miedo por lo corto del polvo y por el mucho dolor provocado y del que reconozco, confundido y desconcertado, que he disfrutado como nunca antes.

-¡Bien¡ –me responde parco, pero sin dejar de sonreír, bajando su cara y dándome un beso cariñoso

-¡Bien¡ ¿Sólo así? ¡Bien¡ –intento abrir una escotilla por donde indagar

-Bien, sí. Corto, pero muy intenso.

-Sí, ya sé todo lo que me vas a volver a decir. Es verdad que me he corrrido rápido pero te pedí que paráramos un momentito. Tío, es que tú cuando vas lanzado es que no oyes. Y es que era tanto el morbo que me estabas dando con tus alaridos y jadeos, tío, que no he podido..........

-Tienes razón. ¿Y tú, te lo has pasado bien?

-Muuuuy bien –recalqué el ¨muy¨ con la mayor de las intenciones. Pero no dije nada, en cambio, acerca de la extraña sensación que había tenido de experimentar placer en su dolor

-Bueno, pues eso es lo principal -Y sacándome de sí, se tumbó a mi lado sobre la alfombra muy abrazadito a mí sin dejar de reírse. Y robándome un beso me farfulla de prisa y corriendo toda la retahíla ya conocida -No me aguantas nada, enseguida te corres. Es una pena porque eso hace que no disfrutes a tope. ¿Siempre te corres tan rápido?

-Lo sabía, -le respondo afectado- no te ha gustado.

-Que sí, que sí. No seas pesado. ¿Pero es que no lo has visto como me has puesto? ¿Pero no dices que he dado alaridos? ¿Crees que se puede simular esos alaridos, los gritos, las lágrimas?

-¿De verdad que te ha gustado? ¿No ha sido demasiado corto? Y como también te he visto llorar...........en algún momento me he asustado

-Ja, ja, ja. Alejandro, cuánto te queda por experimentar todavía. Me ha gustado mucho, de verdad.

-¿Seguro? Tienes los pezones destrozados y más salidos que el asa de un cazo y se te pondrán negros como tizones, has llorado de dolor como una desconsolada magdalena. He visto el dolor que te he provocado, he visto tus lágrimas, tus sollozos, tus gritos, por eso te pregunto extrañado si te ha gustado. –Y mientras le digo esto me mira fijamente a los ojos sonriéndome guasón

-Pues ya ves, me ha gustado cantidad. Y a los dos nos gustará más con el tiempo, si tú quieres repetir, ya verás. Hay muchas maneras de follar o de amar si lo prefieres. A mí en plan bestia me encanta, pero hay otras en plan más cariñoso que me gustan también. Hoy me apetecía que me dieras caña, para impresionarte pero no imaginaba que te fueras a sorprender tanto.

-Pues, ya ves que sí. –le digo en verdad sorprendido mirando a sus pezones salidos al menos dos centímetros del torso

-Y sobre lo rápido en correrte, pues sí, eres un poco flojo de muelle, ya te lo dije esta mañana, pero es algo normal a tu edad. Lo que ocurre es que es una pena, pues eso menos que disfrutas, al correrte tan rápido. Como pasa con todo, en el sexo también hay que aprender. Y ejercitarse. Tienes que ejercitar el músculo que tenemos entre el pubis y el cóccix que se llama pubococcígeo.

-¿Cómo dices? ¿Cómo has dicho que se llama el músculo?

-Pubococcígeo. Es el músculo que utilizas para cortar la micción cuando orinas y, por lo general, la gente lo tiene bastante abandonado y flácido

-Y ¿todo eso para follar?

Sí. Si aprietas y relajas ese músculo todos los días varias veces con ejercicios de contracción y distensión cada vez más fuertes llegará un momento en que le tendrás tan fortalecido que podrás decidir a voluntad cuando correrte y cuando no, sin depender de paradas y ayudas ajenas, pues es el músculo que corta el conducto por donde circula el semen en los orgasmos con corrida. Es muy facilito ya verás cuando lo fortalezcas y juegues con él.

-¿Es por eso por lo que tú no te corres nunca?

-Claro. Es importante combinar el uso de este músculo con un buen conocimiento de tu cuerpo y saber cómo controlar tu energía sexual. Controlar lo que los chinos llaman ¨el chi¨. Cuando estés muy excitado debes ser capaz de hacer ascender tu energía sexual al cerebro utilizando la médula de la columna como hilo conductor.

-Pero, tío que cosas más raras me cuentas. ¿Dónde has aprendido todo eso? ¿Te lo han enseñado tus amigos chinos del restaurante?

-Bueno, amigos de ellos son también. Digo, desde esta zona que los taoístas llaman ¨Tan tien¨, y que en el caso de los hombres no deja de ser la próstata en donde se acumula toda nuestra energía sexual, desplazamos la energía hasta el cerebro y la acumulamos en él, experimentando entonces mil sensaciones placenteras.

-¿En serio? ¿Es verdad eso que me dices? –yo empiezo a interesarme por la cuestión porque recuerdo cierta historia que alguien me ha contado

-Manteniendo los ojos cerrados puedes jugar con la energía en el cerebro dándola vueltas y viendo luces de colores y estrellitas que aparecen y desaparecen y que cambian de color y mil cosas más que no imaginas. Y con la punta de la lengua acariciando el paladar superior puedes dejar que la energía descienda otra vez hasta el estómago.

-¿Pero entonces, el rayo verde existe?

-Transfiriendo la energía desde la próstata hasta el cerebro, verdadero órgano sexual, los hombres tenemos la posibilidad de orgasmos múltiples y en todo el cuerpo, como los que sienten las mujeres, o como los que tenías tú en la preadolescencia. Supongo que te acordarás todavía, ¿no? Pero nada de corrarse desperdiciando la esencia máxima, lo que mejor tienes, lo más valioso. Además, si no te corres, ¿cuántos polvos no puedes pegar en una noche?

-Hombre Sal, si no te corres nunca, supongo que muchos, pero se trata precisamente de correrse, ¿no?

-Pues, no

-Pero cómo que no. ¿No está la gracia en correrse? -le respondo mirándole más que asombrado

-La gracia no está en una vulgar corrida, tío, no me jodas, sino en alcanzar el éxtasis, Alejandro, que no es lo mismo.

-Pues eso, lo que yo te digo: el rayo verde

-En cualquier caso y aunque te empeñes en desperdiciar tu mejor esencia, al menos si realizas los ejercicios que te digo y fortaleces los bajos dejarás ser flojo de muelle. Podrás ser un buen amante y las mujeres y los hombres pasivos suspirarán por ti después de conocerte. Conocerte en el sentido bíblico claro.

-De acuerdo Sal, haré esos ejercicios –pero vamos, no sabía que follar fuera tan complicado

-Eso ya sería muy importante. Y si pasas del control eyaculatorio y de la acumulación de energía y desperdicias tu esencia vital pues no pasa nada tampoco. Simplemente que perderás la oportunidad de alcanzar el éxtasis, los orgasmos múltiples y casi continuos en todo el cuerpo, y la llave de la longevidad y de la eterna juventud, pero por lo demás nada.

–Sí, hombre -y ¿qué más? pensé yo. A éste se le ha olvidado el mito del paraíso terrenal. Se le ha olvidado que de ese lugar nos han echado y allí no volveremos nunca más.

-Créeme. Haz lo que te digo y poco a poco comprobarás cómo tus orgasmos son diferentes, más largos y placenteros y en todo el cuerpo. Y lo mejor de todo conservando tu esencia vital.

-Pero, tío, es que yo me quiero correr. Es lo mejor de todo. Si no me corro, me quedo cachondo y con tremendo dolor de huevos y necesitaré pajearme, sino me volveré loco. ¿No lo entiendes?

-Sí, claro que lo entiendo. Pero, si de eso se trata justamente, Alejandro. Controlando la energía se te quitarán esos dolores de huevos que dices que tienes, y no dejarás de obtener por ello múltiples orgasmos y disfrutar cantidad.

-Insisto, tío, que me duelen los huevos si no me corro después de un calentón. Créeme que lo he comprobado cientos de veces por desgracia. No todos mis amantes han sido como eres tú.

-¿Dolor de huevos por no correrte? Mira, chico, reconocerás conmigo que eso no es muy normal. Todo el mundo se empalme miles de veces y no por ello le duelen los huevos Yo nunca tengo dolor de huevos de ninguna clase, eso no tardarás en comprobarlo.

-Mira, tío, no sé qué decirte. Estoy alucinando. Nunca he oído a nadie esta historia tan rara que me estás tú contando. ¿Pero de cuando acá alguien folla para no correrse? Mira, tío, no me negarás que un poco rara, sí que es la historia.

-No tiene nada de raro. Los taoístas lo hacen desde hace más de dos mil años. Pero para evitar eso necesitas transformar la excitación sexual, que siempre es especialmente vigorosa, en energía y hacerla circular por las sendas naturales del cuerpo. Esa energía, en forma de radiación electromagnética recorriendo tus dos canales naturales y circulando por todas las células comenzará la producción de bioquímicos como las endorfinas que harán que te sientas mejor, y de hormonas para evitar ciertas enfermedades, y de otras substancias que reforzarán tu sistema inmunológico y eludirás otras.

-Oye, sí, debe ser así como tú dices, porque estoy empezando a alucinar a colores –a pesar de mi tono burlón no parece enfadarse conmigo

- Sí, debes mantener el semen dentro de ti, bien en tus huevos o en el cerebro en forma de energía. No hay nada en el sexo que los cánones médicos budistas, taoístas y demás escuelas asiáticas no hayan ya contemplado. Créeme esa gente sabía follar

-Chico, sigo insistiendo que no sabía que follar fuera tan difícil.

-Aprendiendo las técnicas taoístas de estimulación y control sexual también sentirás más placer y al menos tendrás una mejor respuesta sexual.

-Ya, y dejaré de ser flojo de muelle. Ya me lo has dicho. –dije, agitando la cabeza de un lado a otro, y recalcando las palabras.

-Sí y te lo pasarás mejor. – insiste pesadito

De acuerdo, haré ejercicios con el famoso músculo, pero de toda aquella conversación lo que más me interesó fue que, por lo hablado, lo del rayo verde no era un mito, por lo que le he oído, parece que el rayo verde existe.
 
Cuaderno XXX
Si algo bueno tiene el hecho de no ser muy buen amante es que el amado insatisfecho rápidamente vuelve a la carga a la mínima oportunidad que la ocasión le presenta. Y así, tras un breve rato de charla, musiquita, besos, vino, cigarrillos, encendido de velas olorosas, y algún que otro porrete de maría, una mirada imantada a los ojos, a la que siguió una caricia tierna, a la que siguió un beso profundo, a la que siguió........ inició el mismo proceso de estimulación y excitación. Sin apenas movernos del sitio del polvo anterior, sobre la misma alfombra, con el mismo reflejo dorado aunque en ángulo más declinado sobre mi cabeza, en la misma posición, cara a cara, como si el tiempo no hubiera transcurrido, como pretendiendo envolvernos en una elipsis, como si este polvo no fuera sino la prolongación del anterior, tan corto pero tan intenso, Sal volvió a utilizarme como instrumento de placer intentando disfrutar conmigo. Sí, creo que lo hizo para darme una segunda oportunidad.

Y se montó sobre mí tan fácilmente como la vez anterior, y yo sentí las mismas sensaciones, el mismo ardor estando en su interior y me recorrió la espalda de arriba a abajo un escalofrío similar que me erizó. Y esta vez sí, gracias a que el sol estaba más abatido pude observar mejor su cara, que me encantó, y su cuerpo bellísimo y sus manos finísimas, una sobre su rodilla y la otra sobre mi pecho, y vi también sus ojos negros profundos, aunque por muy poco tiempo porque enseguida los cerró. Y tras eso decidí cerrar yo también los míos, y me dispuse con toda mi mejor intención, con toda mi predisposición y todos mis sentidos a percibir siquiera por un instante la dichosa energía cósmica aquella

Y efectivamente, sólo por un instante pudo ser porque sin entretenerse mucho, Sal me hizo notar dónde quería ahora el castigo, no serían sus pezones los sufridos actores en este caso, sino que les tocaba el turno a sus huevos como ya me había prevenido. Serían a éstos a los que les tocaría sufrir o disfrutar –según se mire- ahora. Y así fue, a horcajadas sobre mí, y con todo mi miembro dentro de su ser, mi posición era ideal para manipularle lo que quería y como él quería. De una manera u otra me hizo saber sin lugar a dudas que no eran caricias lo que buscaba precisamente, sino que, dejando para mejor ocasión, la ternura, la suavidad, el miramiento o la delicadeza, le estrujara los huevos sin piedad.

Y mientras él se deslizaba incansablemente a lo largo de todo mi rabo, masturbándome con su culo de manera bestial, mis manos agarraron sus huevos y girándoles un par de vueltas quedaron apretujados y bien ajustados en mi mano derecha que pudo tirar de ellos a voluntad. Y cada vez que ascendía en sus cabalgadas, yo tiraba de sus huevos hacia abajo, mientras, muy poco a poco, iba aumentando la presión de mi mano a su alrededor.

Según iba apretando sus testículos sentía que sus movimientos eran cada vez más temblorosos y agitados. Incluso me pareció ver, que todos los pelos de su piel se erizaban, y que cada vez estaba más sofocado y colorado. Cuanto más apretaba yo tanto más gemía y suspiraba él. Cuanto más tiraba hacia abajo más fuerte ascendía él y más parecía disfrutar. Mientras seguía cabalgándome me decidí agarrar sus huevos con las dos manos para provocarle mayor dolor y disfrutarlo. Agarré la parte superior del escroto entre los dedos corazón y anular de ambas manos y con las palmas agarré fuertemente los testículos. Sí, con ellas juntas pude hacer mucha más fuerza. Tanta fue la presión que llegué al límite buscado por él.

Pero antes de llegar a este límite, antes de suplicarme que disminuyera la presión y le soltara los huevos suavemente, antes de reducir sus movimientos de monta, pude comprobar cómo se convulsionaba, cómo todo su cuerpo se movía como si fuera una culebra desde la cabeza hasta su cóccix, como se estremecía y sacudía sus brazos desde los hombros cómo queriendo que se le soltaran las manos, cómo se conmocionaba en cada ondulación de su culo, torso y cuello. Y durante los varios minutos que duró aquel éxtasis volví a ver su cara roja y sofocada por la pasión, vi perlas de sudor en su frente, muecas en su boca que era imposible mantener más abierta, y oí enérgicos resoplidos y bufidos debidos al frenesí que no tardaron en transformarse en gritos. Y creí ver en algún momento que sus ojos abiertos estaban completamente blancos. Y vi también que cuando aquellos iris infinitos volvieron a su lugar, vinieron acompañados de muchas lágrimas, y que tras apretar los ojos fuertemente, éstos dejaron desbordar y caer por las mejillas, y alguna también cayó encima de mí porqué recuerdo que me encantó su humedad. Y a la vez que se producían los sollozos también pude notar sus muslos crisparse y agitarse temblorosamente a la par que los espasmos del resto del cuerpo. En ese momento, recuerdo que pensé, no sé si le estoy dando gusto o le estoy haciendo daño. Supongo que las dos cosas.

Cuando poco a poco solté sus huevos pude ver las marcas rojas de mis uñas dibujadas en su bolsa escrotal a la vez que oía un respiro de alivio profundo saliendo de su garganta y se cortaban los sollozos. Yo estaba fascinado del poder que había tenido en esos momentos previos mientras castigaba sus huevos, o con el poder que había disfrutado antes con mis dedos martirizando sus pezones. Pensaba un poco azorado en el placer que había obtenido por el dolor inducido durante unos minutos y del morbo que me había dado provocar ese dolor. Sí, todo era novedoso para mí y me había gustado mucho. Me atreví, con ese nuevo sentimiento de poder recién adquirido, a actuar activamente y a intentar someterle sin darle ocasión al descanso y sin melindrería. Izándome desde mi posición, y sujetándole el cuerpo le di una vuelta despacito para no sacar mi miembro de su plácido hogar, nos tumbamos ambos en el suelo sobre nuestros costados y así, seguí follándomelo a mi placer, en esa posición que los chinos llaman de la cuchara y que tanto me gusta.

Volví a echarle mano a los huevos por detrás pero parecía haber sido ya demasiado el castigo provocado, pues retirándome las manos con suavidad tuve que contentarme con su miembro, sin consistencia alguna, mientras me lo follaba de lado. No me importaba en absoluto que su rabo estuviera fláccido, al contrario me gustaba acariciárselo mientras metía y sacaba el mío bien duro cada vez con más gusto. Y me gustaba tener sus manos por detrás apretándome mis nalgas, pues pareciera como si intentara ayudarlo a penetrarlo más profundamente

Y seguí comportándome como dominante en esa actitud recién descubierta, nueva para mí, que tanto me estaba sorprendiendo y gustando. Pero la demostración de autoridad en absoluto fue con aspereza. Se puede llevar la voz cantante sin perder por ello la sensibilidad, se puede mandar sin ser por ello despótico, ordenar sin la opresión del tirano, se puede regir sin avasallar, someter sin violentar. Sí, como un ácrata.

Me porté como activo atreviéndome a girarle suavemente para ponerlo a cuatro patas a mi disposición. Por primera vez tuve a un tío delante de mí postrado de esa manera a mi entera disposición, mientras era penetrado por mi rabo que cada vez –yo mismo estaba más que sorprendido- lo hacía mejor. Le embestía sin piedad, sintiendo que era eso lo que le gustaba, le penetraba metiéndole mi verga hasta lo más profundo de su ser, agarrándole por sus caderas mientras me pedía por favor, ansioso, más y más, y que no parara, que siguiera así, dándole cada vez más fuerte.

Doblé mi torso y le agarré con mis brazos por debajo de los hombros y con mi pecho pegado a su espalda le entré hasta lo más hondo. Y supe que le gustaba. Y me icé cuando me apeteció hacerlo y me agarré a sus nalgas apretándoselas fuertemente con ambas manos, haciendo suaves circulitos con ellas, para que sintiera todo mi rabo en su interior mejor. Y supe que le encantaba. Y cuando me apeteció le abrí las nalgas bien abiertas para hacerle sentir más profundas mis espetadas. Y supe que le volvió loco. Y le metí por el culo mi dedo pulgar acompañando en paralelo a mi rabo. Y supe que eso le privaba. Y a mí me encantó ver el triángulo bien definido de su espalda mientras yo decidía de qué manera me lo follaba. Por una vez, yo decidía, yo disponía, y todo eso me estaba gustando mucho. Y aún me habría de gustar mucho más.

Y cuando más duras y rápidas son mis embestidas, cuanto más profundas y bestiales son siento que los músculos de su culo se cierran violenta y espasmódicamente y que se agarran férreamente a mi rabo y no le dejan continuar su camino, y eso me gusta cantidad porque, aunque me obliga a parar en mi recorrido, noto que él no puede evitarlo, que esos espasmos son involuntarios y que son consecuencia inevitable del placer que recibe. Y a mí, me encanta saber que esos movimientos instintivos de sus músculos se los provoco yo, que eso ocurre gracias a mí, al ritmo de mis emboladas y a la dureza de mi rabo. Y a la vez que esos tejidos fibrosos se contraen atenazando mi miembro, ciñéndolo como fuertes y tenaces abrazaderas, Sal pega unos gritos, que más que gritos son alaridos, y sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas y eso me gusta, me gusta mucho verle llorar y más si es por mí culpa. Y cuando paran las lágrimas y las contracciones involuntarias me reta a que se las provoque otra vez, y así una y otra vez, y otra, y otra. Así hasta el agotamiento final de ambos. Y cuando, brevemente, nos detenemos a tomar aliento, Sal me confiesa que le estoy golpeando en el sitio preciso, con la intensidad justa, y en la dirección adecuada, y que su próstata está respondiendo a mis embestidas de manera muy generosa produciéndole un placer enorme, como hacía tiempo no tenía.

Y me doy cuenta de que no hay miedo de que me corra, de que sin esos fastidiosos ejercicios, con el mismo músculo fláccido ése, como se llame, con el que he estado follando esa mañana, esta vez le aguanto bien, de que puede que sea verdad eso que dicen, de que el segundo polvo es siempre mejor que el primero. Y tal y como van las cosas no me puedo imaginar como puede ser el tercero.
Y cuando le echo sobre el suelo y me tumbo encima de él haciéndole sentir mi peso, y le agarro la cabeza por el maxilar, y le vuelvo la cara, y le beso desde atrás, muy difícilmente, pero lo consigo, pues hasta lengua le doy, y le follo muy suave y dulcemente, apenas desplazando mi miembro dentro de su culo, sólo golpeando, veo que también le gusta.

Y ahora empieza a cerrar y abrir los mismos músculos anales que anteriormente han abrazado mi verga una y otra vez espasmódicamente, pero ahora siento que lo hace voluntariamente, contrayendo y distendiendo su culo cada vez con movimientos más rítmicos y contracciones más fuertes. Siento que tiene una fuerza enorme en esos músculos, ¿será así por los ejercicios dichosos? En este momento siento que me da un gusto enorme, tan grande que, ahora sí, tengo miedo de que me corra si no para. No me voy a poder contener si sigue. Así se lo hago saber, pero no me hace caso alguno, como siempre, Sal cuando está en éxtasis, sigue sin oír, ver o escuchar, va completamente a su puto ritmo.

Y es así, abriendo y cerrando su culo rítmicamente, muchas veces, tantas que me acabo entregando a él, a su criterio o a su falta. Aprieto mi cara contra su cabeza, cierro los ojos, agarro sus hombros clavándole mis uñas y me abandono, pero sólo cuando sé que voy a correrme, y esto ocurre cuando él quiere, cuando se sabe satisfecho, cuando a mí me sabe ahíto de placer, cuando sabe que ambos hemos disfrutado de largo con este polvo, es entonces, digo, cuando me demuestra quien manda en realidad, quien vence, de quien es la derrota, y yo, encantado con la pérdida, me abandono a un larguísimo orgasmo.

Y fue tan larga mi corrida que después de mucho tiempo hasta me molestó que empezara a hablarme, y le tuve que decir que se callara que todavía me estaba corriendo. Sin levantarme y sin dejarle mover le pregunté está vez más seguro de mí mismo

-¿Bueno, qué tal esta vez? ¿Mejor? ¿No? –pregunto completamente convencido de la respuesta

-Sí, mucho mejor. Me lo has hecho pasar de vicio. Bueno, se ha notado ¿no? Y a ti, ¿te ha gustado?

-Joder, ha estado de puta madre. Y ha sido largo, largo, ¿eh? Y sin tanto ejercicio con el músculo ése, tío.

-Pues imagínate si todos los polvos fueran así. Porque no me vas a hacer creer que todos tus orgasmos son tan largos como éste normalmente, chaval

-Pues no la verdad –le digo yo reconociendo que tiene razón que le sobra- ¿Tú sabes lo larga que ha sido esta corrida? Todavía la estoy sintiendo, Sal. ¿Y tú no quieres correrte y sentir algo similar? Vamos, me parece increíble. –todo esta charla se lo digo de lo más ufano y hasta se podría pensar que con un pelín de arrogancia

-Tu corrida ha sido larga porque has logrado aguantar mucho tiempo sin correrte. Es decir, que has controlado la eyaculación. Ese es otro de lo beneficios del fortalecimiento del musculito. Hazme caso. Incluso si decides derrochar tu mejor esencia como ahora, cuando ésta la desperdicies lo harás con mejores sensaciones y más largas. Pero eso sí, será desperdicio al fin y al cabo.

-Mira pesado, que no quiero quedarme con dolor de huevos, ya te lo he dicho.

-¿Otra vez con la historia del dolor de huevos? ¿Pero es que acaso tengo los dolores yo? –me lo dice otra vez mirándome a los ojos a la vez que no puede remediar echarse a reír ampliamente

-¿Dolores de huevos tú? Creo que no la verdad, después de lo que he podido advertir. Tío, te he provocado un auténtico castigo. ¿Cómo lo aguantas? ¿No te duelen? -Todavía no se me ha quitado el asombro de lo que acabo de hacerle

-Sí, pero me gusta mucho la sensación. En algún momento se produce un ardor de una intensidad tal que me enciende como un brasero. El calor me asciende por el cuerpo desde los huevos hasta arriba, hasta la cabeza, y me embarga todo el cuerpo, me pone fuera de mí como has visto, me sube hasta la coronilla. Así podría levitar, ascender al techo.

-Joder, tío. ¿Sabes? Yo siento una extraña sensación cuando te hago estas cosas dolorosas, tío. –digo esto, midiendo muchos mis palabras. - No sé como explicártelo pero me desasosiega un poco comprobar que cuando gimes de dolor, y éste es producido por mí, me excito sobremanera y me da mucho morbo. Siento un poco de miedo de que tu dolor sea mi placer.

-Y a mí me gusta que seas tú quien me haga esas cosas, y me encanta ver tu cara de inquietud y turbación al realizarlas. –cuando me dice esto me mira fijamente a los ojos y yo bajo los míos.

-Tío, pero nunca sé si te doy gusto o te produzco un dolor excesivo. No sé si parar cuando te veo llorar o seguir. Eso es lo que me turba.

-No se te ocurra parar nunca aunque me veas desmayar. Si quiero que pares ya te lo haré saber, no tengas ninguna duda, ni miedo alguno. Además entre nosotros nunca será algo demasiado.

-Vale. Espero que me lo hagas saber. Por cierto, que yo necesito que sea alto y claro porque soy torpe y no me entero fácilmente. Te lo digo por si te urge, luego di que no te lo he dicho

-Muy bien. Por cierto, todavía te tengo que hacer la demostración de que mis huevos no me duelen fácilmente.

-¿Cómo? ¿Otra vez? Pero tío, si te los he castigado cantidad hace un momento. Me lo has dejado suficientemente claro. ¿Es que no te acuerdas? –le miro fijamente por si me toma por tonto. –Aunque has llorado un poquito, ¿Eh?

-No, hombre, no, eso no es nada. Quiero que me los castigues de verdad, de otra manera. Un auténtico castigo. ¿Para qué crees que he encendido las velas si no es aún de noche? – ahora, sí que me ha dejado tocado del todo. -¿Pero que quieres hacer con las velas? Mira, me das miedo, Sal, de verdad. Y me inquietas, y me turbas,………… y me empalmas.

-Bien, me alegro de oírte pues ese es mi propósito y mi deseo. Por lo que me dices lo estoy consiguiendo. Escucha lo que te digo: controla tu energía sexual, dejarás de tener dolores de huevos y quizá hasta consigamos levitar los dos juntos en una de estas sesiones.

-Mira, ¿sabes qué? Que si acaso, en vez de abstenerme de correrme como tú dices, hago lo contrario. Me corro rápido nada más llegar aquí, o mejor aún, llego ya corridito de casa. Después esperamos un poquito y en el segundo polvete lo mejoramos como ha ocurrido ahora, ¿no te parece una buena idea? Es perfecta, tío, casi me siento un genio. –dije irónicamente, con una media sonrisa burlona yo también

 
Cuaderno XXXI
Y tras un rato prolongado de serenidad y reposo, tumbados en el suelo en forma de T, con mi cabeza sobre su pecho, muy relajados, fumando un canuto y escuchando una ópera en la que Fausto vendía su alma al diablo a cambio de grandes placeres, de caricias y deseos sensuales, de orgías interminables con jóvenes y voluptuosas amantes, y a cambio de una potencia sexual inagotable, Sal se levantó muy despacito y fue a buscar un recipiente de cristal en el que ardían varias velas de diferentes tamaños y colores cerca del armario de su colección de budas. Era una especie de bandeja redonda, de base gruesa con unos orificios en el fondo para encajar las velas. La vela central era cuadrada y grande con cuatro pabilos ya bastante quemados y alrededor de ella otras cuatro redondas más pequeñas. Ahora, la luz era declinante y tenían más sentido las velas encendidas, pero cuando Sal las prendió a media tarde, me extrañó, pues había luz natural más que suficiente. Pensé que serían velas olorosas pero para nada. Las velas habían ardido lo suficiente como para que la cera líquida fuera abundante, especialmente en la cuadrada.

Y en aquella hora bruja, mientras Sal venía desnudo hacia mí con la bandeja de velas en la mano provocándole extraños reflejos e inquietantes sombras en la cara, me miraba fijamente con aquellos ojos negros más profundos que nunca. No sé si era por su mirada, que parecía imantada o el centelleo de las llamas sobre su cara y pecho, el caso es que me tenía fascinado. Y no podía separar la vista de su cara, ni de sus ojos, pero no por ello dejé de pensar en el comentario que me había hecho anteriormente sobre castigar sus huevos muy seriamente.

-¿Has jugado con cera alguna vez, Alejandro? –me pregunta esto muy serio, sin dejar de mirarme, y depositando muy lentamente la bandeja de velas sobre la mesa baja del salón.

-Tío, sabes de sobra que no. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Qué es lo que quieres hacer con las velitas? ¿A qué quieres jugar ahora? Miedo me das. Cuando veo ese brillo en tu mirada sé que me debo echar a temblar

-¿Pero no me has dicho hace un rato que además de miedo también te empalmo? –me dice cogiéndome del pelo de la nuca con una mano, y besándome apasionadamente. Mientras me besa me recorre toda la columna vertebral de arriba a abajo, presionándome fuertemente, con el dedo pulgar de la mano libre, y produciéndome un fuerte escalofrío que enseguida me alcanza la cabeza y que hace que entienda el rollo aquel de la energía cósmica mucho mejor.

-No hace falta que yo te lo diga, puedes verlo tú mismo –es obvio lo que le digo porque desnudos cómo estábamos era imposible disimular mi erección

-Verás lo que vamos a hacer: me voy a tumbar sobre la alfombra, vas a coger una vela, primero de las pequeñas y muy despacito vas a ir vertiendo encima de mí, gota a gota, la cera líquida que queda alrededor del pabilo. –yo no doy crédito a lo que escucho. No salgo de mi asombro a pesar de que desde el principio he relacionado las velas con algún jueguecito de Sal.

-Estás loco tío. Ni lo sueñes, no cuentes conmigo para eso de ninguna manera. Estás chiflado. –a pesar de que le digo todo esto muy enfáticamente, yo me tranquilizo un poco porque de primeras, no pensé en la cera líquida, sino que Sal querría el fuego de la vela directamente sobre los testículos. Yo, ya me había puesto en lo peor, y menos mal que eran los suyos.

-Vaya, qué decepción, creía que me habías dicho que habías sentido cierto placer produciéndome dolor cuando lo hemos hecho antes. Estaba convencido que me seguirías en este juego.

-Sí tío, pero es que me parece muy fuerte esto que me pides. ¿Volcarte la cera líquida de las velas encima de ti?

-¿Fuerte? Te advierto que de fuerte nada. Frente a lo que acostumbra a hacer la gente por ahí, esto es algo naif, un juego de niños en colegio de monjas. Venga, anímate, no pasa nada, no es para tanto.

-Estás loco tío, ¿no comprendes que te vas a quemar? ¿Que te pueden quedar marcas allí donde caiga la cera? ¿No comprendes que te pueden a salir unas varices de caballo? –pero mi rabo súper empalmado y duro como una piedra sólo de pensar en la situación, me traiciona casi desde el principio. Nada de lo que le diga va a hacerle cambiar de opinión mientras vea mi rabo duro como un palo.

-No parece que tu rabo sea de la misma opinión. ¿Y qué es eso que dices de las varices, tío? –me dice esto con su media sonrisa, mientras su mano baja y sube por mi rabo, acaricia mi glande, acaricia mis huevos, y me atrae hacia sí. Yo me estremezco, y me entrego a sus juegos

Y muy lentamente, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, Sal se tumba sobre la alfombra, dobla las rodillas poniendo las plantas de los pies sobre el suelo, se acaricia todo el pecho, los muslos, los huevos, se pellizca los pezones, y por último desliza la mirada muy sutilmente de mis ojos hacia las velas, y la devuelve otra vez hacia mí. No necesita decirme más. Tampoco yo.

Muy lentamente y sin más dilación, por fin, me decido a actuar. Tomo temblando de miedo y de agitación una de las velas pequeñas. Ésta tiene mucha cantidad de cera líquida. Sé por los pellizcos de Sal en sus tetas y por las demás insinuaciones, dónde quiere que caigan las primeras gotas de cera, y yo no se las voy a evitar. Aunque estoy asustado, la situación como que me hechiza, me seduce, y efectivamente me empalma más de lo que ya estoy. Sí, quiero hacerlo y lo único que necesito es tener cuidado para no quemarme yo.

No pasa mucho tiempo desde que inclino la vela, se desborda la cera, y se hace un pequeño paso por el que se desliza el resto de la cera fundida y cae gota a gota sobre el torso de Sal. Cuando cae la primera gota de cera sólo veo que sus ojos se cierran con fuerza, espero a que se abran de nuevo, y no me doy cuenta por ello, que tengo que rectificar la posición de la vela pues la cera cae incluso fuera de la areola. Sé que Sal quiere la cera justo en aquel pezón, más grande del que he visto en muchas tías, y aún así me tengo que esforzar para atinarle.

En algún momento de torpeza me cae cera en mi mano entre el índice y el pulgar y aunque enseguida pasa el calor me doy cuenta de lo que debe suponer esa cera fundida en el pezones, de piel tan delicada. Me excito sobremanera sólo de pensarlo. Acertaría en la caída de la cera mucho más fácilmente si bajara más la vela babeante y me acercara al pezón, pero me da miedo que con tan poco tiempo de caída y con la llama tan cerca, le dañe. Pero esa decisión no necesito tomarla yo. Como si hubiera algo de telepatía entre nosotros, como aprovechando el mismo conducto tácito por el cual tan bien nos transmitimos las sensaciones carnales, también por el mismo conducto se deben transmitir nuestros pensamientos.

-Baja más la vela, Alejandro –me dice tajante, y sin posibilidad de discusión alguna, estando yo, completamente seguro que habría más que preferido no habérmelo tenido que decir.

-Tío, tengo miedo, te voy a quemar –es lo único que acierto a decirle

-No te preocupes y procura no echar las gotas de cera una encima de la otra. Que caigan mejor en piel virgen. Así me gustará más

Yo le digo la verdad. Le digo que me da un enorme morbo lo que le estoy haciendo. Veo fascinado cómo la cera se solidifica y queda pegada a su piel. Le digo que me fascina cómo sus ojos me miran suplicantes, que me gusta una barbaridad cómo recibe la cera, que ahora sé que la siente mas caliente porque se le contraen los músculos de la cara, cambian sus facciones, abre la boca, cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás, la convulsión de su cuerpo cada vez es mayor. Le digo que me gusta cómo se abre los muslos con las manos próximas a los testículos para hacer más fuerte las contracciones de los músculos del pecho cuando recibe la cera ardiente. Y por propia iniciativa sin esperar su indicación paso al otro pezón y tengo aún cera suficiente para llenarle la areola antes de coger otra vela.

Y cuando vuelvo con la vela nueva, Sal baja las piernas y me alegro de ver su rabo muy duro y cabezón, y su mano cubriéndolo, como tratando de evitar que le caiga cera encima. Y es entonces cuando su mano mueve suavemente la mía que mantiene la vela, y la baja para que ésta quede justamente sobre la vertical de sus huevos. Yo estoy tan impresionado por lo que veo venir, que nada pienso, sólo obedezco, sólo actúo. Lo único que me empieza a preocupar es que haya cera suficiente para todas las partes de su cuerpo, allí donde le guste tenerla. Y la cera bien caliente fluye por el borde de la vela y cae encima de la bolsa escrotal. Veo que se estremece de placer –o de dolor no sé- al caer las primeras gotas, que se agita y tiembla, que balancea su cabeza y me mira de vez en cuando, y que las contracciones se hacen más moderadas según la cera se enfría.
Procuro no acumular la cera sobre un mismo punto de su cuerpo para que esté lo más caliente posible cuando entre en contacto con su piel. Agoto la segunda vela sin llenar de cera todo su escroto.

Cuando vuelvo con la tercera veo que tiene descubierto el capullo de su mano protectora mientras se toca los huevos repletos de cera solidificada. Supongo que lo libera ahora que no hay peligro, ahora que sabe que no hay cera que caer, pero me equivoco, y hasta me espanto cuando me pide que la nueva vela, aquella que en ese momento tengo en mis manos se la vacíe encima del aquel glande tan sonrosado, en toda aquella superficie tan cabezona.

-Guarda un poco para el agujerito, me encanta que caiga la cera ahí. –sujeta la polla con la mano y la levanta con intención de poner el gran sombrerete incluso más cerca de la llama.

-Tío, por favor –atino sólo a decirle, muy asombrado pero sin poder dejar por ello de hacer lo que me pide

Siento, por las contracciones de su cara, que la cera fundida cayendo en su miembro le produce una sensación muy dolorosa -o placentera, sigo sin saber- y que hasta que se enfría y se solidifica pasa tanto tiempo que le castiga el glande duramente. Lo sé porque en sus ojos aparecen gruesos lagrimones que le caen por sus mejillas. Conmocionado por los lloros le doy un poco de cuartelillo y le echo cera sobre las manos que aguantan su rabo inhiesto y que abre cuando caen las primeras gotas. Y mientras cae la cera líquida le acaricio los muslos con mi mano libre y me lo agradece con una dulce mirada suplicante.

Y la cuarta vela pequeña se la vierto sobre los muslos desde las rodillas, y las ingles, y en el pubis, y en todas las zonas donde hay pelo que también le harán sufrir -o disfrutar sigo sin saber- cuando ya no quede cera ardiente y tenga que quitársela después. Y le lleno el agujero del ombligo hasta que la cera desborda y asciendo con la vela babeante hasta la zona intermedia de las tetas. Y cuando acabo con las cuatro velas pequeñas me digo a mí mismo que la cuarta, justamente la más grande, no tiene razón de ser porque no hay más lugares en donde pueda caer, pero también me equivoco en eso. Cuando Sal, haciendo uso del conducto tácito otra vez, cae en al cuenta de mi vacilación me ordena tajante que coja la vela

-Venga, coge la vela grande ahora, no lo dudes. Venga, que lo estás haciendo muy bien, Alejandro. Me gusta mucho ver tu cara con el reflejo sinuoso de las velas. Estás muy guapo. Veo tus ojos brillantes y tu cuerpo firme y terso, y tu rabo duro como un palo y no sabes eso, cómo me excita. No tienes idea cómo me pone. Y me encanta la cara que pones, entre turbación y morbo, o de pena, no sé. Me encanta. Cuando me lo hagas según tu propio criterio, sin instrucciones mías, será la hostia y tengo la impresión que no te disgustará hacerlo.

-¿En dónde te la echo ahora, tío? si ya estás todo lleno –y según le digo esto se gira media vuelta sobre su espalda apoya el cóccix sobre el sofá, acerca las rodillas casi hasta su cara y agarrándose las nalgas me deja bien visible y abierto el agujero de su culo.

-Venga. Vas a coger el velón y a verterlo bien despacito por todo el agujero. Échame antes un poco de cera por el perineo y las ingles y ve ascendiendo después. Haz luego circulitos concéntricos alrededor del ojete y ve cerrándolos poco a poco. Quiero al final mi culo bien taponado.

Y hago exactamente como Sal me dice. Echo la cera por una de las esquinas del velón que vierte su contenido de manera generosa. Vuelvo a ver su cara levantarse del suelo y balancearse, y lágrimas en sus ojos, y espuma que le sale por las comisuras de los labios. Y veo agitarse sus muslos, y mover su cabeza a derecha e izquierda con la boca abierta y cuando termino todo el contenido de la vela a lo largo de la raja del culo, veo que me mira con una mirada de agradecimiento infinito. Y cuando por fin se termina la cera, dejo el cirio en la mesa y Sal descansa el culo en el suelo, le beso en la frente, y en cada ojo, y en la nariz y le muerdo en el cuello, y le como las orejas y cuando llego a la boca se la morreo profundamente y él me responde aguantándome la postura durante todo el tiempo que yo quiero tener mi lengua en su garganta.

Y cuando nos cansamos de mordiscos, besos, caricias y morreos me pidió que le quitara toda la cera acumulada sobre su cuerpo, y me tuvo que enseñar a hacerlo pasando la palma de mi mano sobre los lugares donde estaba la cera, y metiendo el dedo en el ombligo, y con más cuidado allí donde había pelo, y lo disfrutó especialmente cuando hice los pequeños tirones, y cuando llegamos al culo hice mejor trabajo de manipulación porque allí Sal no tenía pelo, y ahora comprendía porqué: seguro que ésta sesión de cera no era la primera vez.

-Creía que me ibas a pedir al final que te destaponara el culo a rabazos. –muy chulito le digo yo para disimular el miedo que me ha hecho pasar. -Lo habría hecho encantado, que sepas. –esto se lo digo para crearle cargo de conciencia, para que viera que yo también pensaba en truculencias y que podía tener mi propia iniciativa si él la quería para algo.

-Y a mí me habría gustado que lo hubieras hecho también. ¿Qué crees que no lo había ya pensado? pero como has empezado con morreos y caricias, no he querido desairarte y se me ha ido el santo al cielo. –vaya, pienso yo, siempre ha de quedar él por encima, como el aceite

-Deja, deja. Deja a los santos en paz. Que se vayan donde quieran. Que se vayan si es ese es su deseo. Y que no vuelvan. Pero dudo se hayan ido al cielo porque ése, hoy y ayer, lo hemos tenido aquí. –esto reconozco que fue una cursilada tremenda pero que, al fin y al cabo, no hizo mal a nadie.

-Me alegro que pienses así, porque estoy de acuerdo contigo. ¿Sigues sintiéndote tan desasosegado cuando me ves disfrutar de esta manera, como decías?

-Lo superaré, lo superaré, estate tranquilo. ¿Sabes una cosa? Me gustaría darte cera de depilar por todo el pecho, y los muslos, y en la tripa, y en los hombros y darte fuertes tirones para quitártela. –esto se lo digo, ya lanzado, muy osado y chulito poniendole cara de insolencia y ojos malévolos, pero para dejarle claro que lo que le había hecho me había gustado sobremanera y que habría que repetirlo más a menudo

-Tengo la depiladora de la cera por ahí. Ya la utilizaremos pero me dan más morbo las velas

-Sé que a algunas chicas cuando se hacen la cera las encanta por eso, por los tirones que las dan. Me gustaría verte sollozar, y oírte gemir, y que por cada tirón que te diera, me lo agradecieras con un beso de tornillo. Tendrías que besarme una y otra vez porque te lo haría con mucho mala leche. Y si estuvieras atado mientras te hago esto, ya sería le leche

-Bien, bien. Todo se hará como tú quieres. Veo que te pone la cosa y que te vas animando.

-Lo quiero, lo quiero. Es curioso pero he hecho ya más cosas contigo en este fin de semana que en muchos años de mi vida. Y si me apuras lo puede restringir sólo al día de hoy.

Me apeteció mucho darle un abrazo y un beso cariñoso. Y luego le di las gracias apoyando mi cabeza sobre su pecho que aún me pareció caliente, a la vez que se lo acariciaba con mi mano. Y cuando me preguntó porqué le daba las gracias, le dije que porque me lo había hecho pasar muy bien, porque nunca nadie en el sexo me había hecho sentir como me hacía sentir él: tan importante. Hasta entonces nadie me había tratado así, nadie me había hecho sentir tan grande, tan orgulloso de mí, de mi forma de actuar, de mi rabo, de mi físico, de mi cerebro, de mi persona. Nadie nunca, me había subido la autoestima tanto. Pero sobre todo, le di las gracias porque nadie me había hecho sentir nunca tan deseado.

-Gracias de verdad, Sal. – le dije mirándole directamente a los ojos.

Le di otro beso, me levanté, me vestí y después de quedar para otro día, me marché muy satisfecho de mí mismo.

Nunca le dije que me había gustado tanto follarle, pero tanto, tanto que me había dado casi hasta miedo.
 
Cuaderno XXXII
A la propuesta de Sal de quedar para el fin de semana siguiente le dije rápidamente que sí, y le dije también que intentaría ir lo más rápidamente posible, pero que tendría que ser el sábado por la mañana porque el viernes por la tarde tenía clase. De todas las maneras el lunes era fiesta y el fin de semana sería largo.

Uffff.....menos mal, creí que no me propondría volver a quedar
El viernes por la noche le llamo por teléfono y le digo que no podré ir tan pronto a su casa el sábado como pretendía, porque tengo otra obligación, pero que en cuanto termine estoy con él. No sé la hora pero es seguro que será pronto porque ya le estoy deseando. Estoy seguro que entiende el tipo de obligación que tengo, pero muy discreto nada me pregunta. Christian me ha llamado el viernes al mediodía mandándome a una cita ese sábado por la mañana a una casa no lejos de donde vive Sal. Para aquel entonces había aprendido lo suficiente como para saber cómo desembarazarme rápidamente de una cita o situación no deseada.

Llego un poco más pronto de lo normal a la cita en cuestión y me recibe un tipo altivo, huesudo, cuarentón, de ojos hundidos, canoso, vestido con un chándal, de esos tíos que van con esta prenda igual a sacar al perro, como a comprar el pan, o el periódico. Y tras comprar éste se pondrán el pan debajo el sobaco para poder leerlo a gusto.

Según entro en aquella casa, pongo cara de antipático, ya suficientemente ensayada, esto es, el gesto grave y torcido, el rostro ceñudo y malencarado, y mirándolo yo a él también por encima del hombro. Y desde luego en la estrategia no puede faltar algo muy importante, simular estar muy nervioso y agitado. Casi sin saludar siquiera, me desnudo y muy serio le pregunto dónde y cómo quiere que me ponga. Con esta actitud árida y aquel ceño fruncido y sobretodo, el no parar quieto ni un momento, es difícil que a alguien le apetezca conversación, o algo más que follarte. Tan borde aparento que el tío decide desnudarse rápido él también, cierra la puerta del salón y veo detrás de ella que tienen un colchón apoyado en la pared. Extraño lugar éste para tener un colchón, pienso, debe tenerlo preparado para la ocasión. Lo tira en el suelo en el medio de la estancia y me manda ponerme a cuatro sobre él con la cabeza sobre el asiento del sofá. No parece querer más prolegómenos, menos mal. Cuando veo que me va a follar sin condón y sin lubricante, decido entablar entonces con él una amable conversación:

-¿No vas a ponerte condón, tío? –le pregunto ya en posición sobre el colchón y con la cabeza mirando hacia atrás, a la vez que aprovecho a lubricarme el culo empapándome los dedos de la mano con mi propia saliva

-No, paso, me gusta más así, a pelo –me dice ya de rodillas detrás de mí, agarrándome de las cachas, y muy dispuesto, mientras me manoseaba el culo

-Tú verás, pero por mí ha pasado ya medio Madrid –le contestó muy convincentemente pero en absoluto tranquilo

-Bueno, ya será menos. Vamos a ver si en verdad ese culazo es tan tragón como me han asegurado –me responde muy chulito

-Como quieras, tío, tú mismo, pero hago esto por lo menos un par de veces al día porque necesito pelas para ponerme. Por mí ha pasado ya más gente que por el arco de cuchilleros, pero tú verás

A veces, estas conversaciones tan transcendentes y profundas funcionaban y aquel día, menos mal, funcionaron, no sólo porque el tío se apresuró a ponerse un condón, y además suyo, sino porque terminó rápido y no quiso más rollo del imprescindible, ni darse la charla, ni cigarrito, ni nada de nada. Justo lo que quería, en menos de media hora había acabado con mi obligación.

Y media hora más tarde estaba de lo más contento en casa de Sal, donde nos habíamos propuesto pasar todo el largo fin de semana sin salir de la cama, poco más o menos. Lo haríamos nada más que para bajar a comer en el restaurante chino de sus amigos. Me había prometido por teléfono una sorpresita agradable si llegaba pronto, y yo estaba a la expectativa por ello.

Y tras unos saludos efusivos y aunque me había duchado antes de salir de casa esa mañana, no pude por menos de pedirle con cara de circunstancias que me dejara hacerlo otra vez. Y Sal lo entendió. Y tras la ducha, me sentí más yo, más relajado, no sólo más limpio, me sentí como mejor, como si por el desagüe de la bañera se hubiera ido toda la podredumbre y la miseria en la que se había transformado mi vida. Parecía que quisiera engañar a los dioses, o que éstos me permitieran la ficción de creer que estar limpio de cuerpo podría equivaler a estar limpio de alma también.

A la salida de la ducha me senté en el sofá donde ya estaba sentado Sal. Ahora sí, le di un beso más profundo y sentido, más propio, y luego me tumbé y apoyé la cabeza sobre sus rodillas. Parecía que por el sumidero de la ducha se me había ido hasta el morbo y que me había relajado tanto como para dejarme como un témpano. ¿O me había enfriado el chandalero? ¿O es que me apetecía hablar? ¿O era quizá que me daba miedo que iniciase de nuevo esos juegos tormentosos que tanto le gustaban? ¿O era que tenía miedo a que me volviera a internar por aquellos caminos procelosos de la dominación y el sometimiento? Desde luego ganas de hablar tenía. Y hablamos, y hablamos, y hablamos sí, y me encantó hacerlo.

-Entonces, dices que en el sexo te gusta hacerlo de manera poco convencional. Pasas de hacer lo que hace todo el mundo. Prefieres hacerlo de una manera que se salga de lo normal, en el límite. ¿Es así?

-Bueno, no sé qué es lo convencional, ni tengo muy claro lo que se tiene por normal. Por no saber, ni siquiera sé cómo se lo monta la gente, lo que hacen normalmente. Ni sé las fantasías más comunes que la gente tiene, ni lo que ésta sueña con hacer, aún cuando nunca haga.

-Pero te pone hacerlo con un cierto grado de riesgo, ¿me equivoco? Te gusta llevar el morbo, o el orgasmo hasta un punto cercano al no retorno. Con la cera del otro día pude comprobar que esto que digo es así. ¿Es así o no?

- Pues seguramente sí. Pero te confieso que tengo muchas obsesiones, y a veces tengo cierta preocupación por separarme de lo normal.

-¿Separarte de lo normal? –me hace esta pregunta cortándome de repente y mirándome a la cara con aire sorprendido.

-Sí, tengo mucho miedo, como no imaginas, de caer en alguna conducta sexual desviada o extraña

-¿Conducta sexual desviada o extraña? Pero qué dices, tío –esta pregunta ya me lo hace dando un grito, que no deja de sobresaltarme, y levantando la voz y gesticulando mucho con las manos.

-¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro? –le miro sorprendido porque en verdad no sé si he dicho una inconveniencia o una chorrada

-Pero chico, ¿Tú qué dices? ¿Y qué es lo normal? ¡No me fastidies¡. ¿Lo habitual? ¿Lo que hace la mayoría?

-Bueno, no sé, poco más o menos. ¿no? –le digo yo, mirándolo y agachando la cabeza porque no estoy ni medio seguro de lo que digo

-Lo que se dice normal es lo que no se separa del patrón ideal impuesto por alguien con a saber qué criterio o interés. Quizá el patrón moral de la clase social imperante en cada momento histórico. Bueno, y para qué vamos a hablar del patrón que querría imponer la iglesia.

-Ya, pero a nadie le gusta ser el raro en ninguna parte, por muy cisne que uno sea entre los patos. Primero te llamarán feo y luego cuando ya seas crecidito y vean que eres mas guapo que ellos te llamarán maricón.

-Mira, a veces lo que hace la mayoría es aburridísimo, Alejandro. Y lo que se hace con más frecuencia se puede deber a condicionamientos culturales o morales, pero no necesariamente porque sea lo mejor o lo más placentero. Por eso, siempre ha habido gente que le ha gustado explorar nuevos mundos, nuevos horizontes, hacer cosas diferentes y eso, obviamente, queda fuera de la normalidad.

-Yo quiero ser de ésos. Quiero probarlo todo y disfrutarlo todo. Hay cosas sin las que no me gustaría morir, sin haberlas experimentado antes. Hay cosas que me gustaría conocer y disfrutar, al menos, una vez en la vida.

-¿Qué cosas?

-Pues qué cosas van a ser, tío, las que producen gusto y placer, coño. ¿Qué cosas, dice? Primero, las cosas que te emocionan y conmueven desde luego, que uno es una persona sensible. –se lo recalco por si no se ha dado cuenta

-Bien, eso está bien porque es un requisito necesario. Para poder disfrutar de las cosas es imprescindible ser sensible, tener capacidad de percibir las sensaciones que recibas, si no, vamos listos.

-Luego están las cosas que te asombran, las que te impresionan, las que te deslumbran, en definitiva las cosas por las que uno se queda fascinado aún cuando no sepa muy bien explicar porqué. ¿Sabes lo que quiero decir?

-Te entiendo, sí. La capacidad de asombro es imprescindible también. ¿Qué más cosas quieres probar?

-Y luego están todas aquellas cosas relacionadas con la pasión y el sexo. La concupiscencia carnal que me decían los curas en el hospicio. Esas sí, que no me las quiero perder, porque son las que más fácilmente nos hacen vibrar. Sí, no me gustaría morirme sin probarlo todo en el sexo.

-Sí, las cosas relacionadas con el amor y el deseo son las que más nos ayudan a sentirnos vivos, y tienes razón en lo de vibrar. Pero no estamos aquí para vibrar, tío, porque eso por sí sólo no nos daría gusto alguno. Es la satisfacción de los deseos lo que nos produce placer y por el placer podemos llegar a la felicidad. Eso decían los epicúreos al menos.

-Sí, supongo que a eso se reduce todo a conseguir la felicidad

-Luego venían los otros, los estoicos, a amargarnos la existencia diciendo aquello de que hay placeres que producen después de su satisfacción mayor dolor que el placer original, y que por tanto debemos pasar de éstos porque nos producen desasosiego e intranquilidad. –a mí, es esto justamente lo que me pasa cuando me sacan a relucir a los griegos, asi que hábilmente hago un cambio de tema del que salgo airoso.

-¿Y sabes qué? ¿Sabes otra cosa que no me gustaría perderme?

-¿El qué?

-Viajar. Visitar todas las maravillas que hay en el mundo, sobre todo los grandes paisajes naturales. No tanto los grandes monumentos humanos, que también, como la naturaleza. Me gustaría visitar el Masaimara y el Serengueti, el cráter del Gorongoro, el desierto del Kalahari y la desembocadura del Okabango, el Amazonas, los fiordos noruegos……

- Vaya, vaya. Con todo lo que oigo, veo que el niño me ha salido hedonista, ¡Qué barbaridad¡

-Puede. -le contesto riéndome pero metiéndome yo solito otra vez en el atolladero griego -No me parece una mala filosofía ésa. Buscar el placer por el placer sin hacer ningún mal al prójimo no me parece una mala cosa. El placer debería ser más importante para los hombres que todos los dioses juntos -le contesto muy enfático y clavando la respuesta.

-Muy buena reflexión, sí señor. ¿Y qué más te gustaría experimentar? –me inquiere ahora poco persuasivo

-¿Porque me haces tantas preguntas? ¿A dónde quieres ir a parar exactamente, tío? –a pesar de estas preguntas como respuesta, ya le he contestado a todo. Estoy sorprendido de mi propia osadía y de la confianza que ya me merece Sal, a pesar del poco tiempo que ha transcurrido desde que le conozco.

-No quiero llegar a ningún sitio en particular. Lo que quiero, sencillamente, es que disfrutemos juntos, que experimentemos juntos, que nos conozcamos mejor, y que nos arriesguemos juntos.

-Yo también quiero eso contigo. ¿Pero que nos arriesguemos a qué? No me conozco mucho a mí mismo y lo poco que me conozco no creas que me gusta mucho. No estaría mal conocerme un poco más. No, seguro que no me vendría mal. Lo poco que tengo claro es que muy normal no me parezco. Vamos, creo. Quien sabe, a lo mejor contigo me aclaro algo.

-¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres ponerte en mis manos? ¿Quieres entregarte a mí? ¿Quieres que yo te lleve por alguno de esos senderos pocos convencionales en busca del límite para ver hasta dónde eres capaz de acercarte? –me espeta todas estas preguntas de golpe, de corrido, en toda regla, dejándome casi sin palabras. Tras un rato de titubeos, le pregunto

-¿Qué me dices, tío? ¿Qué me harías? ¿Ponerme algún collar de perro en el cuello y apretarlo hasta cortarme la respiración? –le pregunto yo también, como desbocándome, una pregunta tras otra

-¿Cómo? ¿Crees que eso es poco habitual? Vas tu lista

-Pero sí, ya te veo, quieres cortarme el oxígeno al cerebro mientras follamos para que alucine y vea cosas, ¿no? y cerca del orgasmo ya, abrirme la bolsa de plástico de la cabeza de golpe y conseguir que vea el rayo verde. ¡A que sí¡. ¿Es eso verdad? Creía que era un mito

-Te pregunto otra vez: ¿Quieres ser mi esclavo? ¿Quieres hacer todo lo que yo te ordene? ¿Estas dispuesto a recorrer y a experimentar conmigo alguno de esos caminos como el del otro día con la cera? Lo hiciste muy bien. ¿Quieres entregarte a mí? O, no. ¿Quieres recibirme?

-Me das miedo, tío, cuando te pones en este plan es que te temo, pero claro que sí. Tengo alma de esclavo, eso desde siempre lo he sabido, y lo que es más tengo alma de víctima. Me está subiendo cierto escalofrío por la espalda sólo de oírte hablar así y si me dejas me gustaría demostrarte lo esclavo que puedo ser

-Bien, vamos bien. Sí, el miedo es necesario para todo esto, es uno de los ingredientes necesarios, entre otros. Cuando alguien tiene miedo se le domina mucho mejor –y mirándome fijamente sin pestañear me vuelve a decir -Entrégate a mí

-Tío, me excita mucho lo que me dices. Pero de verdad que me das miedo ¿qué quieres hacerme? ¿Atarme y pasarme las puntas de tus afilados cuchillos o tijeras por todo el cuerpo? ¿Pincharme con ellos? –sigo desbocado

-Paso de ataduras. Prometo no atarte, Alejandro

-¿Seguro que con el rollo de los chinos y lo del músculo aquél conoces los puntos acupunturales, que dicen que si los pinchas con agujas o cuchillos adecuados puedes correrte sin tocarte la polla? ¿Es eso verdad?

-Mis amigos chinos del restaurante con cocinar ya tienen bastante, te lo aseguro, dudo que conozcan esos puntos.

- Dicen que hay expertos acupuntores gays que se dedican nada más que a poner las agujas en esos puntos y a correr a la gente sin tocársela y creo que ganan una pasta gansa

-Pues mira tú que bien, ¡que aséptico¡

-Ya sé: ¿Quieres atarme y meterme una pistola en la boca? ¿Es eso lo que quieres hacerme? ¿no? Atarme y azotarme violentamente una vez que me veas desvalido e inerme. ¿Meterme en una jaula o mazmorra? ¿Es eso lo que quieres? Aquí no veo ninguna

-¡Y dale¡ Te he dicho que no pienso atarte, coño, relájate. Oye, no desvaríes Alejandro ¿eh?. –me corta tajante levántando la cabeza con cara un poquito de alucinado, aunque nada parecida a la que se le quedará en un rato.

-Vale, vale. Pero relájate tú también un poco, coño, que estás pelín alterado. Tú lo que quieres es darme piquana, ¿es eso?

-¿Piquana dices? Tío, hay que ver cómo desbarras, tú, ¿eh?. ¿Supongo que referirás a alguno de esos pequeños aparatos que dan pequeñas descargas eléctricas y te hacen contraer los músculos y se te erizan todos los pelos?

-Sí, supongo que sí. Nunca he visto ninguno

-Pues dependiendo de la potencia de la descarga hace daño y cantidad, te lo advierto. Y en las zonas donde hay vello hace mucho más daño si te lo dan fuerte. Es como si te tiraran de los pelos. Y en los huevos ya ni te cuento. Con eso se ha torturado a gente no lo olvides.

-Sí, ya lo sé. ¿Pero, es algo de eso lo que quieres hacerme? o no

–Bueno, todos esos caminos los podemos recorrer si tú quieres.

-Quiero, quiero, sí y cuando tú quieras. -y Sal, como acordándose de repente de algo, incorporándose del sofá y sacándose un cojín de detrás, con la cara muy seria, me espeta extrañado

-Y por cierto, tío............. ¿se puede saber qué demonios es eso del rayo verde? ¿Qué historia es ésa? Me lo has preguntado ya un montón de veces y es que no sé qué es – y haciendo gestos raros con la cara y boca, y movimientos agitados con las manos me pregunta a continuación. –¿Pero no tiene eso que ver con la puesta final de sol en el horizonte?

-Ahhh. No sé, no sé. –le digo yo un poco decepcionado por su pregunta y alzando los hombros como signo de sorpresa –Pues un rayo de colores que dicen que se ve cuando el cerebro se queda casi sin oxígeno y justo en ese momento se alcanza el orgasmo. O se alcanza el orgasmo justo porque se ve el rayo dichoso, no sé. Me han dicho que hay gente que se tapa la cara con bolsas de papel y plástico y respiran dentro de ellas mientras les follan o le excitan sexualmente y cuando están a punto del orgasmo, pues....., pues......., pues eso....... que alcanzan el éxtasis, yo que sé........ dicen que tienen el orgasmo más intenso del mundo. Eso dicen no sé. Se puede decir justamente que casi mueren del gusto. –esto se lo digo ya en plan gracioso- ¿Tú no sabes nada de eso? Yo creía que sí.

-Pero, tú tío ¿qué libros lees o a qué bares vas? Mira, Alejandro, desde siempre la gente ha hecho en el sexo las cosas más raras. Déjate de piquanas y de rayos verdes. Y si quieres verlos, a la vez que tienes un orgasmo, pues procuras montártelo con alguien en la terraza o en el campo o en la playa, justo cuando se pone el sol, y así a la vez que te corres observas el horizonte.

-Sabes Sal, he oído decir también que, convenientemente atado, si te dan calor en la zona que va de los testículos al ano con un puro encendido, hecho con no sé qué hierbas machacadas, te lo pasas de puta madre y alcanzas también el orgasmo sin tocarte la polla. ¿Seguro que es eso lo que quieres hacerme? ¿A qué sí? –yo sigo a mi rollo y no atiendo a razones

-¿Te refieres a la moxibustion? ¿Qué has oído sobre ella? ¿Te gustaría recibir la moxa en el perineo mientras alguien te mantiene atado? Creo que sigues desbarrando pero a lo grande, grande.

-¿Cómo lo has llamado? –inquiero interesado

-Moxibustión. La moxibustión es la aplicación de calor en el cuerpo hecha con la raíz machacada de una hierba que se llama artemisa formando una especie de puro llamado moxa. Supe de su existencia cuando viajé al Tibet.

-¿Me darías moxibustion en el perineo? Dicen que se consiguen unas sensaciones increíbles. ¿Es todo eso cierto? Dicen que te puedes correr sin que nadie te toque la polla.

-¡Y dale¡ Pues a mí, sólo me quitó un fuerte dolor de muelas que tenía, hasta que me las sacaron ya en Madrid, y aunque desde luego ya fue bastante, te aseguro que no sentí nada en la entrepierna.

-¿Pero te aplicaron el puro ese en el perineo? o no, porque después de tu gusto por la cera, nunca sería eso un problema para tí –mi pregunta no está exenta de un poco de sorna.

-Pues no, desde luego que no. Me parece a mí, tío, que tú descarrilas. Aunque no estás falto de imaginación y eso casi siempre está bien.
-Uyyyyy, imaginación la que quieras, me sobra, de otra cosa no, pero imaginación, cantidad

-Y otra cosa.....¿se puede saber por qué tienes tanto afán en corrarte sin que te la toquen? ¿Qué obsesión, tío?

-No. Es una nueva sensación, otra manera de sentir una buena corrida, es como una estimulación desde dentro, no sé.......

-¿Pero es que no te gusta que te la toquen? o ¿qué? Resulta que te digo lo de no correrte y te extrañas. Pero más extraño me resulta a mí que quieras correrte sin que te la toquen, cuando esto es lo mejor que hay. En fin, tu sabrás.

Y mientras me decía todo esto enfrente de mí, me metía la mano suavemente por las perneras de los pantalones cortos de deporte que me había prestado tras ducharme y me acariciaba los muslos, y cuando tuve mi rabo bien duro me los bajó dándome un fuerte tirón, y bajando lentamente la cabeza empezó a hacerme una mamada de ensueño y cuando me tuvo completamente desnudo y excitado a tope, mirándome a los ojos me volvió a preguntar

-¿Entonces, te vas a entregar a mí, o no?

Y con sus manos magreándome el rabo sólo le pude decir........... que sí, claro que sí, lo que él quisiera.
 
Cuaderno XXXIII
Y Sal preparó un porro de maría que nos fumamos entre ambos, yo aprovechándome más que él, dejándonos relajados a los dos, a mí más que a él, y buscó un paquete que me pareció era aquel que le habían dado sus amigos chinos en el resaurante. De aquel paquete sacó unos trozos de setas más secos que la mojama, puso en el fuego una de esas cazuelas para vaporizar vegetales, de varios pisos, donde puso agua en la parte inferior y echó algunos trozos en la parte superior por donde habría de pasar el vapor. Con otro trozo seco se acercó a mí:

-¿Sabes que esto? –me dice mirándome fijamente a los ojos con cara de estar descubriéndome el gran secreto de la porcelana china

-Setas secas, ¿porqué? –le digo esto extrañado porque es obvio lo que tiene en sus manos

-Son venenosos –fue oír esto y me estremecí hasta los huesos. La afirmación como es natural me dio un mal rollo de la hostia. Sé que hay setas venenosas aunque no necesariamente mortales porque en mi pueblo hay setas cantidad, aún cuando nunca las presté demasiada atención porque no me gustan, nada. Pero aún así me estremecí a la vez que un escalofrío me recorrió la espalda.

-¿Venenosos? –le digo con cara angustiada –No pensarás hacerte una tortilla, porque a mí no me gustan, te advierto –intento distender la situación porque el nerviosismo que me está entrando es grande a pesar de que la maría es buena. La tensión psicológica también aumenta

-Ésta, concretamente es el Amanita muscaria – Tiempo después sabría que muscaria viene de mosca. En mi pueblo la llaman matamoscas porque antiguamente si se la ponía con agua o mejor con leche en un plato, servía para matar las muchas moscas que había dada la proximidad de las casas a los establos y vaquerías. Y cuanto mayores eran las moscas, sobre todo las verderonas, mejor, antes caían. Al menos eso decían.

-¿Y las otras más pardas? –le digo señalando con la cabeza a las setas secas que quedan aún en el paquete

-Esos son más venenosos aún. Las llaman panteras. Vas a meterte un trozo en la boca y lo vas masticar sin tragártelo. Sólo para lixiviarlo. -Este hongo más adelante sabría que era el Amanita pantherina que en contraste con la muscaria, que es de color rojo intenso al menos en España, esta otra es de color pardo, como café con leche y también con sus verruguitas blancas pero mucho más psicoactivo

-¿Quieres envenenarme, tío? ¿Estás loco? -le digo esto a la par que se acerca a mí y me besa, me pasea el trozo de hongo seco por los labios, me mete el dedo corazón espetándome la boca mientras con su otra mano me acaricia los muslos, los huevos y el rabo que ya no puede estar más duro.

-Vaya, no sabía que tan pronto te rendirías. ¿Es a esto a todo lo que se limita tú entrega? ¿es éste, el límite al que quieres acercarte? –Y levantándose se acercó a la cazuela y depositó en un plato el contenido de lo que ya podríamos llamar, setas al vapor. Se comió un trozo que estuvo durante un buen rato masticando mientras me miraba para tranquilizarme.

– ¿Quieres ahora tú una? –me dijo mirándome muy seriamente

Y cuando sus manos se acercaron a mí, una a mi boca y la otra a manipular mi miembro, con sus ojos negros profundos mirando fijamente a los míos, mis labios se abrieron rendidos y con no poca aprensión me comí un trozo de hongo que a mí me pareció demasiado grande y me dispuse a caer fulminado sin remisión en breves instantes. Recuerdo que mientras mordía aquello pensé en la forma en que encontraían nuestros cuerpos y en que al menos deberíamos estar correctamente vestidos para la ocasión, para cuando llegaran jueces y policías. Pensé también que el corazón se me pararía, que empezaríamos a vomitar, que nos retorceríamos de dolor apretándonos con las manos el estómago. Y pensé que ojalá en el momento del desmayo no cayéramos en una posición demasiado sórdida. No me habría atrevido a probarlas por muy seducido y cachondo que hubiera estado, de haber sabido en aquel entonces que hay un Amanita, el llamado phalloides, -porqué será que le llaman así- que tiene el sombrerete entre blanco o gris-verdoso en el que con unos pocos gramos escasamente un pequeño mordisquito ya eres hombre muerto. Con otro hongos de similares formas también hay que tener cuidado, son más sonrosados, pero casi pasa lo mismo, te arruinan la vida por siempre y no hay que ir a los bosques de abedules a buscarlos.

Pero nada de todo eso pasó y nada sentí, ni sentí mareos, ni náuseas, ni vómitos, ni visiones borrosas ni mucho menos caí fulminado por ningún rayo divino. Tras un rato de dudas miré al experto micólogo y le hice un gesto de decepción

-Tío, que es lo que se supone que tiene que pasar, porque no siento nada de nada. ¿Porqué no enciendes otro porrete? Creo que será más interesante si queremos ponernos de algo.

-Tranquilo, espera un poco, no seas impaciente

-Pero, ¿esperar a qué? ¿Qué es lo que tiene que pasar? Venga, vamos a comernos otro de ésos

-No, espera un poco, coño.

-Claro, tío, no me extraña que no pase nada si estaban más secos esos hongos que la mojama.

-Hay que tomarlos siempre secos, es más difícil que provoquen el vómito y son más potentes.

-Si tu lo dices, pero ese estaba muy seco, tío, no había más que verle y en cambio muy potente parece que no –digo yo esto muy chulo como si fuera el más experto en el asunto de los hongos alucinógenos

Tras casi media hora en la que sólo sentí la placidez suave y dulce del porro, Sal me da un trozo de los hongos secos y me ordena masticarlo durante bastante rato.

-No quiero que te lo tragues, sólo mastícalo. Cuando lo hayas masticado quiero que me lo pases. –Y a su criterio acercando su boca a la mía me besa apasionadamente mientras nuestras lenguas pasan de mi boca a la suya el contenido masticado del hongo. Y al cabo de un cuarto de hora hacemos la misma operación.

-Te advierto que me encanta, Sal pero ¿porqué lo mastico yo primero y te lo paso después? –le pregunto yo extrañado de semejante operación que a mí me parece de lo más morbosa.

-Muy fácil –me contesta mirándome muy serio y con el gesto torcido, con una expresión que no le he visto nunca. –ya te he dicho que algunas de estas setas son venenosas y como mi esclavo que eres simplemente te utilizo como conejillo de indias, si el hongo está envenenado, tú sentirás primero los efectos, tú te llevarás la peor parte. Una vez masticado y viendo que nada te pasa ya me lo como yo.

Me quedo callado y estupefacto de oír lo que oigo. Estoy totalmente paralizado y sin dar crédito de escuchar aquello. Cierro los ojos, echo la cabeza sobre el sofá y con profunda consternación pienso en cómo me he vuelto a dejar engañar. Pero me sorprende tanto que sea por Sal....... Desde que le conocí no dejaba de preguntarme cómo un ser así podía ser amigo o relacionarse con tipos como Christian o como Pierre o como los otros, me preguntaba cómo era posible que él qué era la bondad personificada podría andar entre tanta víbora, y he aquí que ahora se me descubre como la peor de todas ellas, como la peor áspid, como la más rastrera. Cuando por fin recupero el habla sólo me pudieron salir unas palabras:

-Eres un cabrón y un hijo de puta –pero a pesar del exabrupto que sale de mi boca, Sal no parece ni inmutarse

-En la antigüedad había esclavos dedicados exclusivamente a esto. Ellos probaban estos hongos antes de que los comieran los amos. Te sientes esclavo, ¿no? Compórtate y siente entonces como ellos. Nunca se sabe dónde está el veneno, quién lo pone y cuándo, y la única manera era así, masticándolos ellos primero y pasándoselos a sus dueños después.

Y me debí sentir como un esclavo porque en ese momento me acordé de Sergio. Recostada mi cabeza en el sofá, con las manos en la cara pensé en él, y en la mezcla del veneno que le pudo matar, o en la dosis de prueba demasiado pura, o en la estricnina. Eso, si no murió congelado en alguna fría noche de invierno tirado en aquel páramo hendido de surcos. O atropellado en cualquiera de las carreteras que habían abierto en los alrededores de Mercamadrid, recién inaugurado por aquel entonces, no lejos de allí. Y pensé también que encima se habría tenido que arrastrar por el lodo delante del suministrador del veneno, delante de su esclavizador, suplicándole que le diera aquella dosis mortal para acabar, no sólo con el mono de aquel día, sino probablemente para acabar con todos los monos de una puta vez.

Y también pensé que quizá se habría lamentado de no poder seducir ya al camello, como quizá habría hecho tantas veces, sobre todo al principio, para conseguir esa dosis última, aquella que provocaría el ansiado final. Y no podría ser así porque, debido a aquellos labios con pústulas y aquellos dientes negros consecuencia de tantos malos viajes, hasta al chivo aquél ya le repugnaría. ¿Se habría quejado Sergio de no haber podido trocar su cuerpo para conseguir su postrero viaje?

Y le vi tirado en cualquier oscuro y escondido rincón o en su vieja tienda entre convulsiones y espasmos muriendo como había vivido, como un puto perro, solo y abandonado. Y le imaginé arrojado y hundido dentro de un recóndito pozo donde habría sido tirado por sus esclavizadores para tratar de ocultar el delito cometido. Y también vi a Sergio aplastado por un camión de pescado en cualquier cuneta de carretera en aquellas noches en las que le daba la negra o el mono, porque a la pasma, o a la bofia, o a los leños, o a los polinarcos o a los estupas, que a la policía como al jaco también de muchas formas son conocidos, decidían hacer una redada o una batida de varios días para espantar al ganado.

En alguno de estos hostigamientos, quizá por estar en elecciones o para dar gusto a los bienpensantes, aquellos defensores de la tranquilidad pública ponían sitio el territorio, asediando la plaza, o los puentes, como si de fortalezas medievales se tratara, obligando a sus indefensos moradores y visitantes, más espectrales que nunca por la restricción del suministro, a realizar recorridos más amplios, hacer grandes rodeos o a cruzar las carreteras de circunvalación en estado mas que modorro, para romper el asedio y conseguir su sustento.

Nunca he conocido a nadie con quien los dioses se hayan ensañado tan cruelmente como con Sergio. ¿Tanto fue su desafío, tanta su provocación como para merecer tal venganza? ¿Tanto daño les hizo a ellos o a otros, como para tal desquite? Visto el mal que los hombres son capaces de realizar dudo mucho que Sergio mereciera tanta saña. ¿Qué pudo hacerles como para merecer tanto odio? ¿Tanto les pudo ofender su vida como para darle tan mal escarmiento? ¿Tanto se encaró con ellos? ¿Tanto les insultó? ¿Siempre se comportarán así ante cualquier ser humano que se atreva a vivir libre? ¿A quienes osen vivir libre de acuerdo a sus criterios tendrán que temer por siempre tan horrendas represalias?

Estoy en la duda de que Sergio pudiera hacer tanto mal a alguien como para merecer tanto castigo, y además con tanto ensañamiento, porque ni tiempo para ello tuvo. ¿Tanto mal se puede hacer con veinte años? ¿Y por ser casquivano o atolondrado, quizá cabra loca, uno debe temer tal fin? ¿Tener la desgracia de ser falto de juicio, o de inteligencia o ser un alocado, también tiene el riesgo de acabar como Sergio?

¿O es acaso la vanidad lo que no aguantan los dioses? ¿Tanto les repugna? ¿Pueden soportar la codicia, que es la causante de todos los males de la humanidad y no la vanidad? ¿O es, quizá, el dejarse arrastrar por los placeres de la carne lo que los dioses no pueden soportar? ¿No será el hedonismo lo que no perdonan? ¿No será porque acaso el hedonismo es lo único que nos acerca a los dioses? ¿Lo único que nos aproxima a ellos? Los dioses no sufren, eso queda para los humanos, sólo disfrutan, y si es en el Olimpo, allí más que en ninguna otra parte. Y además eternamente que para eso beben el néctar de la inmortalidad y la ambrosía, por no hablar de los caudalosos ríos de leche y miel. Ni de las vírgenes y huríes. ¿Pero en cualquier caso no se rebajan hasta el fango los dioses vengándose tan encarnizadamente por tan poca cosa? ¿Merecen siquiera que pensemos en ellos si se entretienen en tal nimiedad?

Me martilleaba el cerebro con todas estas preguntas como si fuera un tas, me las hacía una tras otra sin descanso, pero me sentía tan disperso que era incapaz de darme respuesta alguna. Algo me estaba ocurriendo en el cerebro, o en los ojos, que me impedía concentrarme, pero no podía saber exactamente qué.
 
Cuaderno XXXIV
-¿Y tú llamabas cabrón a Christian? Eres más canalla que él

Pero a pesar del disgusto que me embarga no estoy en absoluto cabreado, me siento muy ligero, parece que mi cuerpo no pesa nada, tengo la misma sensación que cuando flotas en un mar extremadamente salado, o mejor aún, la misma sensación que deben sentir los astronautas en la luna, los brazos hasta parecen levantarse solos, me siento ágil, subiría y bajaría la escalera de caracol aquella sin cansarme varias veces, y me siento fuerte pues me atrevería a levantar yo solito el sofá en el que estamos sentados con un solo brazo.

Abro los ojos y por un momento el entramado de cristales del techo parece que se cae sobre mí, sobre mi cabeza, me sobresalto, pero enseguida pasa, qué raro, me digo, ¿pues no me he creído que el techo se caía sobre mí? Los cristales parecen que se superponen unos a otros, que se hacen los unos más grandes mientras otros se hacen a su vez más pequeños. Los muchos cuadros que Sal tiene colgados en las paredes parece que se mueven, es más, parece que bailan, y me digo a mí mismo que eso sí que es tonto, creerse que los cuadros bailan.

Estoy muy excitado, miro mi rabo superduro y me parece más grande que nunca, eso que nunca ha sido pequeño, pero hoy parece que está especialmente exuberante, me lo agarro, me extiendo en el asiento para mayor comodidad y me exhibo y me masturbo para excitar a Sal, que se desnuda diligente. Me excito mucho. Sólo de saber que me desea me pone cantidad. En un golpe infrecuente por mi parte de vanidad, me gusta saber que se muere por mis huesos. Por cierto, me doy cuenta ahora de los pies tan enormes que tiene, ¿pero cómo conseguirá zapatos de su número este tío? Intento atarme los cordones de los míos una y otra vez, aún cuando recuerdo perfectamente que no son los zapatos de cordones, y es peor aún pues soy consciente de que estoy descalzo. Me ato los cordones tantas veces como si fuera un ciempies.

Ya se me ha pasado el enfado que tenía con Sal, me siento tan enérgico y vital, tan fuerte, que no es para menos, a mi vista desaparece el efecto triangular de su cabeza, me parece oír voces lejanas, persistentes y muy cantarinas, que me dicen cosas sugerentes y morbosas y como que me incitan a que le acaricie y bese, o me invitan a que le coma la polla, y no espero más, de un impulso eso es lo que hago, me acerco a él y le morreo mientras le echo mano al miembro que rápidamente se empalma y se hace supercabezón. No me desagrada nada cuando lo toco
desempalmado, también me gusta, pero hoy me apetecía tenerle bien empalmado. Me agacho a comérselo y me sorprendo también del tamaño. Siento como si tuviera las gafas de otro y viera todos los objetos a través de los cristales de unas gafas de miope. Es una sensación extraña, pero queda sólo en eso y además dura poco, aunque vuelve la sensación al rato.

No es extrañeza lo que tengo en este momento por el rabo de Sal, en absoluto. Está pletórico, nunca me ha parecido tan grande, parece que ha crecido en los últimos días, es precioso, tan bien proporcionado, aunque dudo que hoy me quepa en la boca, el capullo es espléndido, desde luego lo voy a intentar, me lo voy a tragar enterito. Me lo como y ayudado por su mano en mi nuca me entra hasta dentro.

El también quiere mamar y me dejo, y lo hace igual de bien que me lo ha hecho otras veces, mientras me la come veo como si las paredes de la casa se movieran, como si vinieran hacia mí y se alejaran, como si la habitación se estrechara y se hiciera mas pequeña. Sí, las paredes de la casa parece que se juntan, los objetos son mas grandes de lo que recuerdo, los cuadros se mueven, los libros se abren de vez en cuando, los cojines se levantan y las puertas de los armarios se abren y se cierran solas. Y de todo soy consciente. Soy consciente de que es imposible que el cajón de una cómoda se abra por sí solo pero no por ello dejo de atarme los cordones de unos zapatos inexistentes, y sigo con mis rodillas dobladas para facilitarme la tarea con mis dedos sobre el empeine de mis pies.

Tengo cosquillas en la boca del estómago, es una sensación extraña, no son náuseas, o ¿sí? no llega a molestia desde luego, es como desazón, algo en cualquier caso que no acierto a describir, y luego está la visión borrosa o ¿es el sol tan radiante que entra por los cristales? Y los ruidos aquellos tan persistentes, no son molestos pero si me parecen raros y desde luego preferiría que dejaran de martillearme el tarro.

Sal sigue con la mamada y sé que pronto me voy a correr en su boca porque no hace caso en modo alguno de las instrucciones que le doy. Le digo varias veces que pare un poco, que se controle, pero que va, hoy está especialmente fogoso y sé que no va a hacerme pero que ningún caso. Cuando me abandono y me derrama en su boca me agarro a su cabeza porque tengo miedo de que me vaya a levantar del sofá en los espasmos y convulsiones, de que vaya a levitar, si me agarro a su cabeza es para evitar irme al techo, doy mas gritos de los que acostumbro que no suelen ser pocos y siento ahora que el miedo que he pasado con los hongos venenosos era una tontería, una broma de Sal y me la he creído, pero, hombre, si se muere uno antes de un empacho que de los efectos psicoactivos, para morir de muscaria hacen falta muchos gramos o que se mezcle con ella otras, por ejemplo la phalloides, y a ésa, tengo la impresión que el tipo éste la conoce muy bien.

-En Winchester, de donde yo soy, me mandaban las esporas desde Holanda y las cultivaba yo, como hago con la maría. ¿Pero cómo has podido ser tan tonto? ¿Cómo te lo has podido creer?

-Sí. Lo siento, pero me lo has dicho todo tan serio. Has puesto una voz tan tenebrosa cuando me has dicho eso de ¨los senderos en busca del límiteeeeeeee¨, que sí, reconozco que me lo he creído.
También reconozco que me dio hasta miedo tu mirada. Siento mucho haberte llamado canalla. Lo único que no te perdono es no hayas preparado las setas con alguna salsita picante.
 
Cuaderno XXXV
Mucho tiempo después sigo viendo que los cuadros de la habitación se mueven, pero siento también que necesito orinar e intento muy malamente levantarme del sofá para ir al servicio, y Sal me dice tajante:

-¿A dónde vas?

-A mear, tío no aguanto más, estoy que me meo -le contesto mientras sigo intentando levantarme muy, pero que muy despacito, no vaya a acabar en el techo y haber luego quién me baja de allí.

-Ni se te ocurra -se levanta antes que yo, subiendo exageradamente las piernas para superar cualquier obstáculo menor como un simple libro tirado en el suelo. Baja a la cocina y después de un rato largo me trae un tarro de cristal no demasiado grande, que desconozco para qué lo quiere, pero eso sí, lo trae agarrándolo con los dos brazos sobre su pecho como si se tratara de una cántara de leche.

-¿Que pasa , Sal? Yo no aguanto mucho más el meo, tío, que soy de muelle flojo, por lo que veo para todo

-Eres un esclavo. Te gustará la lluvia ¿no?

-Bueno, pero es que soy yo el que se mea, tío, o ¿a ti también te gusta? Pero qué golfo eres –le digo yo, con una sonrisa torcida y mirada lujuriosa, -quieres un poquito de lluvia dorada ¿eeeeh? ¿Dónde lo hacemos en el servicio? –la verdad era que yo no entendía mucho de lluvia pero suponía que eso me resultaría aún más fácil que trajinármelo

-No quiero lluvia, pero sí quiero tu meo como lo mas precioso que hay ahora mismo en ti. Porque sigues siendo mi esclavo recuerda, eres ahora mismo el ser más precioso para mí.

-No te entiendo pero estoy encantado con eso de precioso. ¿Qué quieres que haga? Estoy dispuesto

-Tengo mucha sed y sólo tú puedes saciarme. Por nada del mundo dejaría que te fueras ahora mismo de esta casa y si te empeñaras en hacerlo, y aunque he prometido no hacerlo, tendría que atarte a los pies de mi cama. Te he corrido en la mamada no para darte gusto, no te equivoques, sino para poder usarte mejor y para que no tengas problemas de erección ahora.

-¿Problemas de erección? ¿Me has corrido para que tenga una erección? -yo no entendía nada de lo que me estaba diciendo por lo que hice lo único que podía hacer, dejarme llevar

-No justo para que no la tengas

-No te entiendo, Sal, de verdad. ¿Y no te pones un poquito bíblico con eso de que tienes mucha sed y sólo yo puedo saciarte?

-No lo olvides, te sigo utilizando como el esclavo mío que eres. Voy a ponerme de rodillas delante de ti y me vas a llenar la boca con tu meo y que no se pierda ni una sola gota, nada de nada, te hago responsable de ello. Observa mis ojos y cuando me llenes la boca, corta el chorrito y esperas a que trague. Si no te enteras te lo indicaré de todas las maneras con golpes de la mano en tu muslo, ¿De acuerdo? Y después, cuando trague, continúas. Y espero que tengas suficiente fuerza en el músculo que te he enseñado a ejercitar para cortar el chorro en cada momento. Dado lo flojo de muelle que eres, temo que no hagas fuerza suficiente.

Yo no estaba dando crédito a lo que se me pedía, ni siquiera a mí, nunca, nadie, me había pedido antes semejante cosa, pero puesto que soy lo que soy, un esclavo, todo lo debo aceptar, a nada me puedo oponer y dado mi oficio necesariamente he de ser muy liberal para con los gustos ajenos y respetar todo tipo de morbos, seguí en todo sus directrices, como no habría podido ser de otra manera y como en realidad había hecho hasta aquel entonces con él.

Falló en su predicción de mi erección porque fue verle caer de rodillas a mis pies sin dejar de mirarme a los ojos, que a pesar de la corrida reciente me volví a empalmar de manera feroz, como un animal. Y con su boca abierta, mi miembro empalmado, mis manos enganchadas a su cabeza, y mi pecho tenso como una tabla se la introduje suavemente. Costó la salida de mi río dorado algo más por la erección, pero con mi rabo en su boca y un poco de paciencia acabó fluyendo un torrente de precioso líquido de manera impetuosa. Me desbordé dentro de él de manera rotunda, seguí aferrado mientras lo hacia a su cabeza y con los pies apoyados sólo sobre las puntas de los dedos le di todo lo que deseaba de mí.

Jugué con su cabeza, le acaricié el pelo y la cara y le arrumé la boca mientras le anegaba dentro porque me parecía como una gran corrida sin fin, interminable, inagotable, eterna. Sí, sentía como si fuera una de aquellas corridas larguísimas como las que prometen los taoístas y budistas que duran minutos. Y seguí viendo extrañas alucinaciones mientras hacía aquello pero no me importó porque de todo era consciente, sabía de qué provenían, y me estaban gustando mucho

Y miré a sus ojos por si algo me indicaban. Pero éstos, a pesar de mis extrañas visiones, me hipnotizaron a la vez que Sal iba tragando mi interminable chorro dorado. A la vez que Sal recibía aquel licor sabroso, aquel néctar de dioses, sus ojos infinitos estaban enganchados a los míos. Por eso también yo, en ese momento, me sentí un dios por poder suministrar tan codiciado néctar. Pero lo mejor de todo era tenerlo postrado de rodillas ante mí, entregado, como adorándome, tragándose mi elixir. Me sentí un pequeño dios por tenerlo a mis pies, me encontraba embelesado, fascinado, arrebatado por el morbo.

A veces con mi cabeza levantada y vencida hacia atrás apretaba mi boca y contraía los dedos de los pies ahogando los gritos que se empeñaban en salir de mi boca, y tensaba todos los músculos de mi cuerpo para ayudarme en el corte o paso de mi esfínter urinario. Y pude cortar e iniciar el chorrito a voluntad cuantas veces quise, y cada vez que volvía a abrir el caño le miraba al rostro y debió ver el mío enfervorizado y que le miraba vibrante de insolencia, de descaro, de una manera casi ofensiva. Su rostro, en cambio, reflejaba gran satisfacción, como disfrutando enormemente del placer que le producía aquel torrente fluyendo de manera impetuosa.

Lo debí hacer bien porque nunca necesitó darme golpecitos con las manos en mis ancas para darme cuenta de cuando debía parar y cuando permitir el flujo espumoso. Sólo al final cuando, ya saciada su sed se dio cuenta de que mi generosidad no estaba agotada, sí necesitó hacerme con los dedos el signo de las tijeras para que cortara mi preciado líquido.

Y volcando la cabeza hacia atrás, mirándome con la boca abierta, respirando agitadamente como los peces fuera del agua para intentar compensar el déficit de aire y mirándome insultantemente sacaba su lengua para no perder ni una sola gota de aquel preciado elixir que pudiera haber quedado por los alrededores de mi glande.

Viendo que mi torrente era casi inagotable me obligo a usar el tarro que para la ocasión había ido a buscar a la cocina para no desperdiciar nada de mi preciado licor. Y todavía medio le llené el tarro que se apresuró a llevarlo al fregadero de la cocina caliente todavía como estaba, para meter el frasco sin cerrar en una cubeta con agua para enfriarlo antes de depositarlo en el congelador de su frigorífico. Yo, que ya estaba bastante alucinado por razones obvias, aluciné todavía más viéndole hacer todas aquellas cosas.

-Me lo beberé a tu salud y cuando lo haga –me dijo- pensaré en ti, descuida. Has sido un buen esclavo

-Hombre, la verdad, no me ha costado mucho trabajo. Más parecías tú el esclavo que yo.

-No te equivoques, sigues siendo un puto esclavo -me dice otra vez poniendo ese rostro serio, medio torcido, que ya me había dado miedo anteriormente -te he seguido utilizando de una tan manera tan canalla como podría haber hecho el cabrón ese de Christian

-Tío, hoy tienes un día que me cuesta mucho trabajo entenderte. ¿Qué quieres decir? –en vez de contestarme llena otro tarro con su propia orina delante de mí y también lo lleva al fregadero para enfriarlo antes de meterlo en el frigorífico. Ni que decir tiene que sigo alucinando, ahora doblemente

-Pues que he vuelto a jugar contigo otra vez. Te he vuelto a utilizar como conejillo de indias. Te has comido las setas igual que lo hacían los esclavos de la antigüedad. En tu orina están ahora todos los elementos psicoactivos, que son los únicos que me importan y no están en cambio las substancias que me podrían haber envenenado, porque esas ya se han quedado en tus riñones. De haber habido algún trozo de Phalloides no lo habrías contado pues ya te habría matado.

-¿Pero porqué eres tan cabrón? –le digo asustado pero también indignado y mirándolo con ojos llenos de odio.

-Eso, ya lo has dicho antes. Si te comes un hongo lúdico te colocas hoy, pero cuando se te pasan los efectos, todos los elementos embriagadores estarán filtrándose en los riñones y tú ya no los sientes porque ya han pasado por casi todo el organismo y no están en el cerebro. – y sigue la muy víbora hablándome tan fresco y dándome todo tipo de explicaciones

-No me toques más los cojones, ¿quieres?

-No te enfades, lo que has hecho tú, aquí, hoy, era lo mismo que hacían los esclavos en la antigüedad. Se tiene documentado que en ciertas culturas usaban el hongo éste como alucinógeno para fiestas y orgías. E incluso en los templos, para ciertos ritos. Y las pitonisas y oráculos iban puestos de esto para aumentar sus dotes adivinatorias ¿tú que te crees?

-Yo ne mo creo nada, cabrón

-Las clases más pudientes bebían la orina de los esclavos para poder acceder a sus efectos alucinógenos. Ellos comían las amanitas porque el efecto alucinógeno podía ser imprevisible y sus amos bebían sus orinas, lo cual no dejaba de tener cierta gracia. La orina de los esclavos contenía los elementos activos filtrados, y ya se sabía que el hongo no era letal. Las orinas de los esclavos ya filtradas de elementos venenosos era la que se utilizaba en los ritos, fiestas y orgías. Los esclavos que morían, que no tardaban mucho en hacerlo los sacaban por las puertas traseras para que los invitados a las bacanales no se enteraran de que habían corrido cierto riesgo.

-Mira, tío no me vaciles y no me cuentes historias truculentas antiguas ¿Pero no te das cuenta de que me has podido envenenar? Pero cacho cabrón, ¿cómo eres tan hijo puta? eres el peor de todos. Eres la peor de las serpientes rastreras –grito cada vez más nervioso y exaltado, empezándole a ver la cabeza en forma de triángulo con aquellos pelos levantados.

Peor aún, veo su cuerpo desnudo que se llena de escamas brillantes, entre amarillentas y verdosas, con algunas manchas como ocres o grises, también me parece oír fuertes silbidos que no alcanzo a reconocer pero que son persistentes, y como ruidos huecos procedentes de grandes sonajeros, siniestros, y repetitivos. Veo cómo, poco a poco, sus brazos y piernas desaparecen, y en su lugar aparece una enorme cola terminada en un gran aguijón con fuertes espolones a ambos lados, su cuello se transforma en el cuerpo cilíndrico de un ofidio asqueroso y su cabeza en la de una víbora que se balancea sinuosa y me saca su bífida lengua mirándome fijamente sin parpadear. Sus dos dientes superiores, fuentes de veneno, es lo que más miedo me da. Están muy separados y son picudos y curvados hacia atrás. Sigo escuchando los fuertes silbidos agudos y los ruidos huecos del sonajero, una y otra vez, aunque a veces tengo la impresión que están dentro de mi cabeza.

Con retraso caigo en la cuenta de que estoy alucinando por los putos hongos. Cierro los ojos y casi es todavía peor, pues el monstruo aquél no sólo se limita a mirarme con aquellos ojos inmóviles, falsos e hipócritas, sino que además se mueve, se agita y repta. Su cola intenta abrazarme y yo me rebelo presa del pánico, o de la ira, o de las dos cosas, pero como si del chásquido de los dedos de un hipnotizador se tratara vuelvo en mí y le veo tal cual es.

-No te alteres, Alejandro y deja de mirarme como si tuvieras un monstruo de siete cabezas delante, que no es para tanto. No has corrido más riesgo con estos hongos que con las setas que compra tu madre en el mercado

-Vete a la mierda, tío, vete a la mierda, hijo de puta. Mi madre no compra setas en el mercado, ¡Joder¡ Durante la posguerra fue lo único que comieron porque en su pueblo existen cantidad y no había otra cosa. Y a ninguno de los dos nos gustan, ¡coño¡ no las comemos jamás, ni siquiera cuando tenemos hambre. –le digo esto cada vez más exaltado y rojo por la ira

-Ya te he dicho que conozco las setas bien, que soy buen micólogo.

-¿Y eso que coño es? –le respondo yo airado y con ganas de meterle un buen par de bofetones.

-Que conozco las setas, coño, que va a ser. –y diciéndome esto rompe de repente a reír mirándome a los ojos y de manera tan estruendosa, que me contagia y no puedo evitar reírme yo con él. Lo hacemos de una manera nerviosa, convulsiva y agitada, agarrándonos el estómago y haciendo oscilar el torso hacia delante y hacia atrás. Estamos en este plan de risas un rato más largo del razonable pues ni muchos menos era para tanto el chiste.

-Mira cabronazo, -le digo intentando parar de reír sin poder -el cura de mi pueblo era el más experto de la comarca. Daba conferencias sobre setas y hongos, sobre como reconocerlas, arrancarlas, cocinarlas y todo eso. Todos los años en el inicio de la temporada, en un local anexo a la iglesia, daba cursillos sobre setas a todo el que quería escucharle y ¿sabes lo que le pasó?

-¿Qué? –sigue riéndose a pesar de la cosa tan seria que le estoy intentando contar sobre el cura.

-Pues que se murió de comerse una seta envenenada, ¡coño¡ Así que no te creas tú tan listo

-Pues vaya experto, de los huevos. Mira, sólo puedo decirte que, obviamente, no sabía tanto de setas. A no ser que se muriera de un empacho que también pudo ser – me dice sin poder contener un nuevo golpe de risa

- Ya, claro. ¿Y qué coño piensas hacer con los tarros?

-Lo bueno de todo esto es que los elementos embriagadores siguen siendo tan potentes como el primer día y duran varios más. Los elementos activos no se metabolizan en el cuerpo humano y se expulsan por tanto a través de la orina. Y sin efectos raros porque todos los elementos estarán ya filtrados y procesados.

-Nos ha jodido.........., ¡por mí¡ ¡por mis riñones¡-sigo dándole caña

-Bebiendo de nuevo la orina como yo he hecho ahora te colocará casi tanto como el día que te comiste los hongos, te colocarás antes, sin esperar tanto tiempo como hemos esperado hoy, aunque quizá los efectos no durarán tanto tiempo como hoy.

-Y yo que me creía la reina de los mares mientras te follaba la boca y resulta que me estabas utilizando como el mayor de los cabrones. Sí, yo como un imbécil pensando que te gustaba disfrutar de la pasión dorada de una manera diferente. ¿Pero como he podido ser tan gilipollas?

-Alejandro, debes sacar dos cosas en conclusión -Encima ahora se me pone Pigmalión, ya lo que me faltaba

-¿Cuales? –digo, simulando impaciencia

-Primera, ser muy escrupuloso en el proceso de toma de las setas

-¿Escrupuloso? ¿Escrupuloso me dices tú? Hombre, no me jodas. ¿No te parece que en eso no me puedes dar muchas lecciones habida cuenta de cómo te has tomado tu la esencia de las setas?

-Ja, ja. –me responde irónico. –Me refiero a que no hay que ser muy impaciente en la toma de los hongos. Los efectos tardan mucho tiempo en producirse y si, porque no pasa nada, empiezas a comer y a comer, uno tras otro de manera ansiosa, cuando los efectos lleguen pueden ser demasiados y ya sin forma de evitar un mal viaje. ¿Entendido?

-Tranquilo, tranquilo que no creo que vuelva a repetir. Con esta experiencia ya es más que suficiente para mí. Además, ya estoy harto de ver bailar a los cuadros y que se abran las puertas de tus armarios. Y que sepas que tus dientes separados los he visto como dos colmillos venenosos curvados hacia atrás en cuyo interior circulaba una lengua bífida asquerosa.

-Qué gracioso estás cuando te mosqueas. ¿Estás seguro que no vas a querer repetir la experiencia?

-Ya te he dicho que en mi pueblo hay muchas setas y que no me han gustado nunca. Y hoy de verdad, me he llevado un susto de muerte, lo he pasado mal francamente. Ha habido momentos en los que he pasado mucho miedo. Si lo que querías era darme una lección, bueno pues lo has conseguido. ¿Satisfecho?

-Esa es la segunda conclusión, Alejandro –sigue en plan Pigmalión. Cuando me llama por mi nombre sé que está en ese plan -Dices que has pasado miedo. ¿Era lo que querías? o ¿no? ¿No eran esas tus fantasías?

-Me gusta el morbo, me gusta que me follen, pero no el riesgo de morir envenenado, no te jode

-Y te gusta follar también, no te olvides –me dice vacilón

-Sí, por lo que veo follar también pero insisto, no quiero morir de una vomitona sólo porque a ti te da la gana

-¿No dijiste que querías llevar el sexo al límite? ¿No eras tú el que hablabas de piquanas y cuchillos y ataduras? Mira, tío, la fantasía, está muy bien. La fantasía es un instrumento de nuestra mente que existe para excitarnos pero no para alcanzarla obligatoriamente.

-Hombre, ya, pero tendemos a realizar en el sexo lo que nos gusta, y como a nosotros nos gusta, y en eso están implicadas necesariamente las fantasías de cada cual, vamos digo yo.

-Por supuesto. Si lo único que te digo, Alejandro, es que tienes que encontrar el justo medio, el punto intermedio entre lo posible y lo deseable porque es en ese punto donde reside tu serenidad. La virtud que decían los antiguos, ¿entiendes? No estamos obligados a alcanzar o realizar todas las fantasías que se nos pasen por la cabeza. Porque apañados iríamos

-¿Quieres que huya y de la espalda a mi propia realidad? ¿Quieres que viva reprimido? Soy como soy y eso nada ni nadie lo va a cambiar

-¿Reprimido? Para nada y tampoco veo porqué hay que cambiarte. Al contrario, lo que te digo es que vivas como quieras, como desees, pero que tengas sentido de los límites, de sus coordenadas, que no confundas la fantasía deseable con la realidad posible, que no te aproximes al abismo ése del que hablas y que no sé, si buscas o temes. No te acerques ni siquiera a su borde

-¿Qué tome referencias, vamos? ¿Es eso lo que quieres decirme?

-Pues algo así. Mira, hay personas que se ponen cachondos pensando que son violadas por todo un equipo de baloncesto. Y ya puestos, ¿porqué no? por todo un estadio, supongo que las habrá también, y no por ello van hacerlo y ni siquiera intentarlo. Se excitan con ello y es sólo eso lo que se pretende

-El justo medio, ¿entonces?

-El justo medio, lo contrario te llevara a la locura, créeme. En cualquier caso todo esto es algo que lo entenderás con el tiempo, espero. Pasa de quimeras, Alejandro, son muy difíciles de hacerlas realidad, por eso justamente son quimeras. Algunas son engañosas y nos seducen haciéndonos creer que se pueden alcanzar pero son mentiras. Si te pasas la vida buscando una quimera, esto es la posibilidad de llevar a la práctica una fantasía que nunca puede ser posible, no sólo malgastarás tu vida, también te frustrarás y no serás feliz, y encima perderás la posibilidad de ver todo lo bueno que tiene la vida y que está a tu alrededor.

-¿Crees de verdad que la vida tiene tantas cosas buenas? Serán para los demás como la lotería

-Sí. Y si no las ves es porqué estás entretenido en quimeras. Por cierto, sabes lo que es una quimera

-¡Coño¡ Si me lo acabas de decir. Es una fantasía, o construcción de la mente, que se cree posible realizar pero que no lo es. ¿Aprobado?

-Ya pero también es un bicho mitológico -entre otros bichos feísimos que viven por el atlántico y por ahí- que vomitaba fuego cuya madre era la hidra y su padre un león. Por tanto tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y la cola de serpiente o de dragón que poco da. Tío, ¿qué necesidad tienes de ir tras bichos tan feos?

-Entiendo perfectamente, lo que me dices, Sal. Sé que tienes razón. Pero no sé a veces siento que una fuerza dentro de mí, más fuerte que yo, más fuerte que todo lo que conozco, me arrastra hasta........... sí,...... hasta ese monstruo y tengo miedo, mucho miedo de que alguna vez me devore.

Y ahora sí, por fin, mientras desde lejos incluso, veía su iris dilatado de manera exagerada, su cara sonrosada y encendida, pero en absoluto angustiada, sino más bien produciendo destellos de felicidad, su sonrisa, que esta vez incluía aquella oquedad que ahora me encantaba en vez de espantarme y me ponía tanto, ahora sí, digo, por primera vez le hablé de Sergio. De Sergio, de mis miedos, de las serpientes, de mis pesadillas recurrentes y de mi angustias.
 
Cuaderno XXXVI

Le dije a Sal que tenía un miedo atroz a terminar como Sergio. Que hay noches en las que me despierto sudando sobresaltado después de tener unas pesadillas horribles. Le dije que no necesito tener fiebre para tener visiones infernales, visiones donde cientos de serpientes me atrapan y se enroscan por todo mi cuerpo, o sueños donde caigo en pozos profundos llenos de nidos de espantosas víboras. Tengo estas pesadillas tan a menudo que he acabado por acostumbrarme a ellas y a saber que no son las peores que puedo tener. Veo a veces a Sergio arrastrándose por el suelo y muriendo de mil maneras diferentes, acabando de mil formas terribles, cada cual peor. En ocasiones su cara acaba por difuminarse y aparece en su lugar la mía. Es entonces cuando me despierto húmedo y lleno de angustia y terror.

No es verdad que tenga miedo a aquel ser mitológico, a lo que tengo miedo de verdad es a la fiera que llevo dentro que esa sí que es real. A veces siento como si llevara en mi interior un monstruo con multitud de cabezas todas echando fuego por cada una de sus bocazas, que me queman y me abrasan las entrañas y que cada una tira para su lado y destrozan mi cuerpo en mil pedazos. Fiera que aunque me empeñe no puedo echar de mi interior y lo que es aún peor, a veces no sé siquiera si en verdad quiero echarla de mí. A veces me pregunto si no me reconforta su existencia, si no es eso lo que me hace sentirme vivo.

Si al menos creyera en Dios podría creer también en los demonios y en la existencia de un ángel negro que, dentro de mí, al menos me daría poder, seguridad en mí mismo y cuidaría de mí. Dicen que los demonios nos seducen haciéndonos creer que la felicidad radica en el poder, la belleza, el dinero y la concupiscencia carnal. Exigiría a mi ángel poner a mi disposición todos sus poderes, que me diera belleza, dinero, y gloria. Antes de llevarme al tormento del fuego eterno gozaría sin freno de todos los placeres del mundo, me llevaría a la cama y volvería locos a quienes se me antojara, y con un simple guiño los tendría al instante a mis pies. Le exigiría disfrutar siempre de una eterna y ardiente juventud, de una envidiable potencia sexual, poderosa y continua, sin fin, y le exigiría para ponerla a prueba me organizara ardorosas orgías para poder disfrutar de placeres sensuales desenfrenados.

-Mira, yo no soy supersticioso pero dicen que nadie invoca al demonio en vano así que ten cuidadito

Y en el caso de estar endemoniado podría pensar en un exorcismo, podría intentar hacer algo para expulsar a este demonio de mi interior, pero ni modo. Tampoco me sirve de nada pensar en un conjuro, al menos para cuando el monstruo se encuentra más agitado y exigente. A veces, creo que estoy en verdad poseído por un ser infernal que me obliga a realizar las actividades más rastreras.

Y ese bestia infernal debe ser como aquella serpiente del paraíso que me muestra una y otra vez una manzana grande, carnosa, jugosa, suculenta, reluciente. Una serpiente que me induce a morder la manzana, y que yo muerdo una y otra vez porque me reconforta y me consuela, a sabiendas de que tras el mordisco, y después de un -cada vez más breve- paréntesis todo irá a peor. Mi desasosiego y angustia serán todavía mayores. Cada vez me prometo que aquella será la última vez pero después no puedo dejar de hacerlo, la serpiente me excita y me provoca sin fin, me arrastra tras ella como un potente imán y me invita a disfrutar de todos esos placeres de la carne de una manera desmesurada, incontenible. Me incita a que realice todas mis fantasías sin límite, me estimula a realizar cualquier actividad morbosa, sin cuestionarme nada, ni siquiera el riesgo. Un ser infame debe tenerme poseído y no sé si es un ángel negro, un demonio, un espíritu maligno o una serpiente pero para el caso tanto da.

-Tío, ¿no estás un poquito obsesionado con las serpientes? Continuamente las sacas a relucir. –me lo dice tan de repente y me afecta la cosa tanto, que paso de trabajos y reflexiones mentales. Dejo las elucubraciones al lado y pasamos a hablar de serpientes directamente.

-Uffff, ufff. ¿A relucir? ¡ni de coña¡ vamos. Pero claro que estoy obsesionado. Aterrorizado diría. A menudo tengo unas pesadillas en las que hasta mojo la cama. ¿Por sudor? Por sudor y porque me orino. No es muy frecuente pero me ocurre a veces todavía.

-¡Joder! ¿A tanto llega la cosa?

-¡Jo! No te imaginas. Una vez, al poco de inaugurar el zoo de Madrid, hicieron una exposición de ofidios. Fui a verla con unos amigos no muy convencido, pero sin saber que la cosa llegaría a tanto. Al poco de llegar me quedé paralizado, tal fue el horror que me produjo verlas tras aquellas urnas, incluso estando inmóviles. Fue ver su cuerpo escamoso, sus lenguas bífidas, sus párpados pegados, sus ojos mirándote fijos, que pronto empecé a sentir una gran desazón y hormigueo en brazos y piernas. Era tal la angustia que tenía que no me di cuenta de que empezaron a salirme manchas y granos de color rojo por todo el cuerpo. Sólo cuando un amigo me miró a la cara vio lo que me pasaba. Tenía una gran picazón y era imposible no arrascarme. Me tuvieron que llevar de urgencias y solo una inyección de no sé qué me quitó la urticaria aquella. Fue terrible. Y en el cine tengo que cerrar los ojos para que no me pase lo mismo, me siento ridículo pero es así.

-Tío, tú lo que tienes es ofidiofobia –me descubre él certero y adivino

-Como se llame, da igual. El caso es que me obsesiona el asunto, pues es más que temor lo que siento, sólo pensar en ellas me espeluzna. Ya te digo que las pesadillas son espantosas y los ataques de pánico no lo son menos.

-La ofidiofobia es un extremado temor a las serpientes, un miedo intenso y perseverante a los ofidios. Hombre, para quienes viven en las ciudades no hay mayor problema, al no ser que la fobia llegue a afectar a tu vida cotidiana. ¿Te afecta?

-Los efectos son por temporadas, pero no sé realmente si las pesadillas van a más o a menos con el tiempo. Siempre estoy acariciándome los brazos inconscientemente como si me picaran, como si tuviera desazón o comezón. –siempre hago lo mismo cuando estoy nervioso o angustiado

-El odio o asco a las serpientes es normal y muy humano, tío, no es extraño. No es por casualidad que la serpiente fuera el bicho malo del paraíso. A ti lo que te pasa es que tienes grandes crisis de ansiedad y eso sí que es preocupante. Esto se te refleja en las pesadillas y en el pánico y mientras pare ahí no va la cosa mal. Lo malo es que las crisis de ansiedad vayan a más porque no te dejarían vivir.

Sé que Sal tiene razón pero en algo se equivoca. La ansiedad no es la causa sino la consecuencia. Mi miedo atroz a las serpientes viene de niño. Un asfixiante día de verano estando de vacaciones en mi pueblo nos salió una víbora a mi primo y a mí. Mi primo iba sobre un burro y yo andando a su lado. Aquel burro era lo más bonito del mundo, orejudo, pequeñito, blanco, como de peluche. Era como imagino sería Platero y muy obediente. Al pisar una piedra y moverla salió aquella mala bicha de su escondrijo y picó al burro. Fue todo tan rápido que ni vi el mordisco sólo el zigzagueo último de la sabandija antes de ocultarse entre los matorrales. Pero nunca más el burro se desplazó del sitio del picotazo y daba unos saltos que me impresionaron de una manera espantosa. Primero los dio sobre las patas pero cuando se desplomó en el suelo fue capaz de dar los saltos apoyándose en su propia barriga. Era capaz de izarse sobre al suelo y hasta medio metro de altura, tales eran los espasmos producidos por el dolor. Echaba espumarajos por la boca que con el tiempo se trasformaron en cuajarones rojos de sangre. Se le puso una vacuna contra el veneno, vacunas que eran usadas para las personas y que cuando caducaban se le ponían a las vacas en casos similares, pero de nada sirvió. Mi tío acabó metiéndole un tiro en la cabeza con una escopeta de caza. Estuve sin dormir varias noches

-Tengo miedo –le digo a Sal- que en alguna de estas crisis de ansiedad, o de pánico, o de lo que sea, me salte algún resorte en la cabeza y me vuelva loco, porque a veces hasta tiemblo de brazos y piernas, y se me forma un nudo en el estómago y se me atenazan los riñones, y me oprime el pecho, y ........

-Mira, Alejandro, estás ofidiofóbico perdido

-¡Coño¡ ya lo sé ¿Sólo se te ocurre decirme eso? –le respondo enfadado

-Y dime una cosa: ¿esa fobia es sólo a las serpientes o a los reptiles en general, lagartos, arañas, salamandras, etc.?

-No. Ponerme tan atacado y atemorizado, simplemente con pensar en ello, sólo me ocurre con víboras, culebras, serpientes, áspides, etc. Pero, vamos, las arañas tampoco son santos de mi devoción. Aunque tengo cierta simpatía por los machos de la araña viuda

-Mira, yo conozco a alguien que te puede quitar esa fobia en un par de días –me dice sin asomo de duda

-¿Cómo? ¿Quién? ¿De qué forma?

-Es un gran amigo mío. Se llama Alcor Rojo

-¿Alcor Rojo? Tío, perdóname pero tiene nombre de puta, no es por nada. ¿A qué se dedica tu amigo?

-¿De puta? Ja, ja, ja. No sabes lo que dices –se rie con ganas por mi ocurrencia- te sorprendería si le conocieras

-Bien y ¿cómo me quitaría esta fobia?

-Mira, es un indio návajo y trabaja en una reserva en Arizona –dicho esto se quedó tan fresco, como si nada.......De primeras creí que me estaba vacilando

-Ahhhhh, Pues mira es que no me viene muy a mano Arizona, en estos momentos ¿sabes? La verdad......no me pilla bien –le digo yo decepcionado

-Yo voy a verle todos los veranos de junio a septiembre y le ayudo con su trabajo en la reserva. Alcor es maestro y el jefe de una escuela primaria návaja

-Que interesante pero no veo qué tiene eso que ver con mi fobia y como me va a curar, ¿por correo? ¿o por teléfono?¿o me traes tú el conjuro cuando vuelvas de tus vacaciones?

-Alcor Rojo no hace conjuros, ni yo voy de vacaciones. Alcor es una especie de chamán návajo, además de otras muchas cosas. –cuando me dice esto se me pone tan serio que creí se había enfadado.

- Perdona, hombre, perdona, no te enfades. Y eso de chamán, ¿qué es? una especie de brujo o hechicero o ¿qué?

-No, no es un hechicero, pero no sé muy bien como definírtelo. Es alguien medio filósofo, medio sacerdote, medio adivino, medio curandero, medio químico, medio farmacéutico, y medio brujo, sí, creo que eso también lo es un poco. Es alguien que obtiene conocimientos y sabiduría para ponerlos al servicio de la comunidad, sin limitarse a la realidad que le circunda, sin prejuicios, experimentando continuamente, sobre todo con las hierbas sagradas como él las llama, pero sin olvidarse de la tradición heredada. Los chamanes tienen poderes psíquicos especiales que ponen al servicio de los otros miembros de la tribu, para sanar, predecir, bendecir, y llevar a la comunidad armonía y felicidad en definitiva.

-Muy bonito, muy bonito. ¿Y crees que si le hablas de mi problema me curará? ¿Tantos poderes tiene?

-Estoy seguro de que en cuanto te conozca y le hables de lo que te pasa, Alcor encontrará una solución, seguro.

-Ya, pero es que por teléfono no será la cosa tan efectiva ¿no?

-Yo me iré a principio de junio, tú puedes ir en cuanto acabes las clases en julio. Te gustará aquello. Yo siempre alquilo una casa de madera prefabricada supercutre, una especie de carromato de esos que ponen sobre cuatro piedras o pilares y que arrastran los camiones y se llevan de una a otra parte. Con una de esas casas nos vale para los dos si te decides a ir. Eso sí, hace un calor dentro que te mueres, aunque las hay con aire. ¿Qué dices?

-¿Quieres que me vaya a Arizona contigo para que me curen mi fobia? Pues tío, no sé me lo dices de una manera que no sé. Nunca he cogido un avión –le contesto confundido

-Pues ya va siendo hora ¿No te parece? ¿No dices que te gustan los grandes paisajes naturales? Pues te aseguro que te gustará Arizona. Desiertos hay unos cuantos. Podemos ir a ver el Gran Cañón del río Colorado, podemos visitar los desiertos de cactus gigantes, el desierto pintado, el de arenas blancas, Sedona……..

-Me encantaría, pero me acojona un poquito el avión, tío.

-E incluso podemos pasar a Méjico, a los estados de Sonora y Chihuahua que son muy bonitos y ver las Barrancas del cobre, cañones que son tan bonitos como el del Colorado aunque menos famosos. Son tan grandes que circula un tren por dentro que va al océano Pacífico.

-Sí, he oído hablar de ese cañón, al norte de Méjico, ¿No?

-Sí. Yo he estado en todos esos sitios varias veces y te puedo asegurar que son paisajes naturales de unan belleza tal, que nunca se olvidan. No hay fotografía que pueda dar siquiera una idea aproximada de lo que aquello es.

-Estoy seguro

-Y sobre todo podríamos ir a ver lo más bonito para mí que es el Valle Monumental, donde Ford rodaba sus películas. Este valle está dentro de la mayor reserva návaja aunque no es allí donde está Alcor. La reserva donde está la escuela de Alcor se llama Gila River cerca de Phoenix y un día a la semana se va a la de San Xavier cerca de Tucson a tratar a niños indios con problemas especiales.

-Bueno, tío, ya. Me has convencido. Me lo pones todo de una manera tan chula que aunque vuelva con mi fobia probablemente no me importe. ¿Y a qué te dedicas cuando estás allí?

-Voy a dar clases a los niños indios de primaria en español e inglés por cuenta de una fundación canadiense que es quien me paga. Seguro que tú puedes hacer cosas con ellos como voluntario. La experiencia podría ser muy interesante para ti, además de curarte de tu fobia, claro

-Suena muy bien, aunque no confío mucho en lo de curar mi fobia –le respondo convencido

-Alcor tendrá una solución para tu problema estoy seguro, porque le he visto hacer cosas mucho más difíciles. Pero tienes que ir a Arizona al menos durante un par de meses porque si no, no merecería la pena el precio de los vuelos. Y sobre todo tienes que ir porque........ aún no te he dicho lo mejor

-¿Qué?

-Que además de todo lo que te he dicho, Alcor es guapísimo –esto me lo dice con una de esas sonrisas pícaras que hace que al momento comprenda

-¿A sí? –le digo con cara de desear saber más al instante

-Sí. Alto, cuerpazo, pelo negro y brillante que le cae sobre los hombros, ojos negros, negrísimos, dientes blanquísimos, labios súper carnosos, y macizo, macizo, macizo como una piedra.

-¿Pero es que estáis enrollados? –le pregunto en verdad sorprendido- ¿Estás enrollado con un indio? No me lo puedo creer. ¿Un indio maricón? ¿Pero es que existen? Nunca lo habría imaginado, tío.

-Pues sí. Por eso me reí cuando dijiste que tenía nombre de puta. A Alcor Rojo le gustan los tíos, es activo y le gusta follar cantidad. Y lo hace de puta madre por cierto. Y toda la tribu lo sabe además, lo que hace a la cosa más acojonante.

-¿Toda la tribu lo sabe? ¡No jodas¡ ¿Y le aceptan como maestro de los niños de primaria? –le pregunto con los ojos abiertos a más no poder

-No sólo lo saben sino que encima le tienen por ello en alta estima y consideración. Le tienen como un ser elegido por los dioses, un ser especial, una persona con dos espíritus, una persona de doble capacidad, ambivalente, por eso le tomaron desde el principio como alguien capaz de tener poderes mágicos y chamánicos y le prepararon para ello. Desde luego es una persona muy inteligente. Ha estudiado en la universidad y en verdad que tiene dos espíritus. Uno que procede de la cultura pálida como a él le gusta llamarla y el otro de la návaja.

-Estoy asombrado con Alcor: indio, gay, guapo, buen cuerpo, maestro, chamán, inteligente, buen amante, y encima sabrá cocinar. ¿Le falta algo? Porque tendrá algún punto ¿No? Nadie es tan perfecto.

-Bueno, quizá el único defecto sea que no bebe ni una gota de alcohol, ni siquiera una mala cerveza

-Ufff, uffff, no me fío de los hombres que no beben

-Pero en cambio, y no creo que esto sea un defecto, lo sabe todo sobre la mescalina, el peyote, el cactus de San pedro, las bayas de Toloache y mil hierbas y cactus más. Y todo lo ha aprendido de su abuela, una ancianita tierna y súper cariñosa, que le ha enseñado a preparar unos brebajes de escándalo. Pero de alcohol, nada de nada, ya te digo, ni una gota.

-Sí, te creo, te creo, y además te veo venir con lo de las hierbitas y no me extraña nada que sea tu amigo.

-Entonces, ¿vas a ir a verme a Arizona este verano o no?

- Pues creo que sí. Pero, después de lo hablado, no iré sólo por verte a ti. Ya tengo una enorme curiosidad por cómo desaparecerá mi fobia –ahora soy yo el de la sonrisa burlona.

-Claro, claro, tu fobia, es verdad