Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno VI
Llegamos al puerto de Cotos a las 11 de la mañana en el destartalado coche de Christian. Bajando por la carretera que lleva al monasterio de El Paular y a Rascafría, en la tercera o cuarta curva a la izquierda bajaba un riachuelo que, ascendiendo en paralelo con él, tras unos minutos, de una nada suave pendiente, se llegaba a una especie de calvero oculto, muy recóndito y reservado, de no muy fácil acceso. Yo conocía aquel calvero de haber ido con amigos a acampar. Amigos con los que yo había dicho a mi madre que también me iría esta vez.

En el centro del calvero se podría plantar la tienda y con la vegetación tan túpida alrededor estaríamos muy tranquilos porque sería difícil que alguien llegara hasta allí. Cerca del calvero bajaba el riachuelo que tenía una pequeña cascada y una poza. No bajaba mucha agua pero la poza se mantenía llena y sería suficiente para lavarnos.

Teníamos comida, priva y costo suficiente para cuatro días y baterías para la radio, y tabaco y lubricante y mucha, mucha testosterona suelta. Y por lo visto el sábado anterior, estaba claro que yo sería el centro del sandwich del trío, claro, que lo sería para todo, para lo bueno y para lo malo.

Llevamos las mochilas y la tienda hasta la curva en cuestión y ellos se volvieron al puerto a aparcar el coche; volvieron al cabo de veinte minutos. Cuando llegaron cada uno cogió su propia mochila y a mí me dejaron la mía, la tienda, la comida y demás trastos. Yo me quejé obviamente porque la subida al calvero era pronunciada.

Christian se acercó y echándome mano al paquete me atrajo hacía sí. Con la otra mano me agarró del pelo y me echó la cabeza hacía atrás. Ese día mi dueño estaba especialmente guapo con unos vaqueros superajustados y una camisa medio desabrochada que me ponían cantidad. Con mi cabeza hacía atrás y mirándole con ojos de ansía y de deseo, le oí decirme:

-Cada uno lleva lo suyo. Vas a coger la tienda, tu mochila, la comida y vas a ir abriendo la marcha. Al fin y al cabo los trastos son tuyos y de la comida te encargarás tú.

Pierre me ayudó cogiendo la radio pero la verdad, no fue de gran ayuda la cosa.

-Pero por favor, -dije yo- soy el menos fuerte de los tres, no me podéís hacer esto, el sitio está lejos todavía, gimoteé

Christian me contestó

- Mira no gimotees, lo vas a llevar todo tú, y si no puedes haces dos viajes, y si no quieres, pues tú mismo, nos vamos y te quedas aquí solito.

Yo había estado pensando mucho en lo que haríamos durante aquellos cuatro días que teníamos por delante para nosotros solos. Efectivamente fui el centro de la juerga, pero me tocó currar mucho. Tardamos una eternidad en llegar, yo sudaba, me detenía, me sentaba, proseguía, me desequilibraba, siempre a riesgo de caer.

- No tiene apenas fuerza, dijo Pierre

- ¿Que no? -le contestó el más cabrón- sácate la polla y verás si tiene fuerzas o no. ¿Quieres que lo comprobemos?

A mí me entró el pánico !No me harían comerles la polla en el medio del claro antes de llegar¡ No, no, teníamos que llegar cuanto antes el calvero. Sacando fuerzas de flaqueza y en un último esfuerzo llegamos al calvero sin incidentes mayores.

La superficie que rodeaba la tupida arboleda no era muy grande pero sería suficiente y podríamos plantar la tienda y hacer la vida fuera si no hacía mucho frío

Cuando llegamos caí rendido, solté todo y me tumbé en el suelo, sobre la hierba, con la tienda como almohada. Miraba a mi dueño que estaba especialmente guapo como ya he dicho, pero fue Pierre quien se tumbó a mi lado y empezó a palparme la bragueta y a besarme apasionadamente. Cuando me abrió los botones pudo comprobar que, efectivamente no llevaba calzoncillos y también que estaba muy empalmado. Comprobado esto, me dejó la polla al aire y siguió besándome mientras yo miraba a mi dueño como pidiéndole permiso para poder hacer aquello.

Pierre, como buen francés, besaba de puta madre. Sus besos eran cálidos, profundos, sonoros, tenía unos labios supercarnosos y una lengua muy juguetona. Me besó durante mucho tiempo deleitándose en el beso, acariciándome mientras yo seguía mirando a "mi angel", cuya cara era todo un poema. Los celos estaban marcados en élla y yo estaba contento de que tuviera celos de mí. Pero estaba equivocado o quizá sólo lo estaba a medias porque, desde luego, celos sí tenía.

Aquella escena, además, le debió parecer de truchas porque se levantó e hizo ademán de marcharse. Pero al hacerlo pisó una boñiga de vaca que por allí había. Nosotros soltamos una tremenda carcajada, desde luego la de Pierre más estruendosa que la mía, pero la ira del más deseado se cebó sólo en mí. Se volvió furioso mientras Pierre no paraba de reir, se quitó la zapatilla y me dijo:

- Que pasa que lo encuentras divertido, ¿eh? pues vas a limpiarla ahora mismito con la lengua

Se me borró la sonrisa de los labios y miré alternativamente a mi dueño, a Pierre y a la zapa llena de mierda, sin querer entender lo que me decía. Pierre tenía una cara de asco peor aún que la mía. Cuando inicié el movimiento de alzar el brazo, Pierre le dijo:

- Pero venga tío, que sólo ha sido una broma. No va a comerse eso, ni de coña, y menos delante de mí

A continuación me ordenó que fuera a lavarla a la cascada. Yo trinqué la zapa antes de que alguien se arrepintiera y en unos segundos estaba en la poza lavándola.

-Uffffffff de buena me he librado pensé

Cuando volví no sé de qué hablaban pero lo hacían muy amigablemente. Me tumbé otra vez al lado de Pierre que enseguida empezó a magrearme y a besarme. Yo miré a "mi angel" para ver si todavía estaba enfadado conmigo.

Éste, sentado en una piedra puso su pie desnudo cerca de mi cara mientras, con un gesto de la suya, me señaló el pie. Al principio no entendí pero él enseguida me lo aclaró:

- No te has comido la zapa pero te vas a comer este pie y el otro.

Y yo sólo pude decirle.......... que sí

Mientrastanto, Pierre me abrazaba por detrás y sentía su rabo duro en mi culo. Yo culeaba para decirle que siguiera, que aquello me gustaba mucho, que necesitaba de aquello. Su mano buscó la bragueta de mi vaquero y me desabrochó los botones. Enseguida noté un dedo lubricado con saliva que me taladraba suavemente.

El pie de mi dueño se acercó a mi cara y me la acarició. Su dedo gordo hacía círculos sobre mis labios y yo me lo metí dentro de la boca porque tuve miedo de que me sacara un ojo con él. Sus pies hacía tiempo que no habían visto un cortauñas pero no me importó, muy glotona mi boca chupó y chupó el dedo gordo como si fuera su mismísima verga. Al msimo tiempo el dueño del pie y mío se sacó la polla y empezó a pajearse. La vista era grandiosa.

Devoré todos los dedos de su pie mientras no dejaba de mirar su polla inhiesta. Mi lengua lamía, impúdica, todos sus dedos, su planta, el talón, se metía juguetona entre sus dedos y lamía la base de todos ellos. Era imposible meterme todo él en la boca, pero no obstante lo intenté. Me lo comía agarrandolo como quien se come un bocata, y haciendolo, y sin saberlo, le masajeaba lo que luego supe era el punto yongquan que tanto gusto da.

Pierre acabó de abrirme el culo con el dedo, lubricó su rabo y me lo metió utilizando esa posicion que los chinos llaman de "la cuchara" y que tanto me gusta. Cuando acabó de meterme su polla me introdujo las manos debajo de la camiseta y empezó a pellizcarme los pezones. Al principio dulcemente, jugando y acariciándolos. Después los fue apretando muy poco a poco, mientras, con los dedos me iba realizando suaves movimientos circulares. Al instante el ligero dolor se fue transformando en un calor muy, muy rico que se iba difundiendo en círculos, con centro en cada una de las tetillas y con radios cada vez mayores. La presión fue aumentando, los pellizcos eran cada vez más fuertes, el calor, por oleadas, aunmentaba y se ampliaba a todo el torso y al resto de mi cuerpo, que ya ardía de ansía y y frenesí y que se habría dejado hacer cualquier cosa. Estaba rojo, encendido de pasión, estaba ardiendo y pedía, codicioso, más y más.

Con el torso hacía delante pidiendo más y más castigo para mis pezones, mi culo hacía atrás pidiendo más y más caña y mi boca comiéndose, glotona, el pie más deseado alcancé tal climax, que estuve a punto de levitar.

Todavía fue mejor cuando Pierre, antojadizo y caprichoso, quiso que también a él le comiera los pies. Yo, reconozco, que estaba tan alborotado como una puta perra. Se puso delante de mí, en la misma piedra donde había estado él, mi dueño, el causante de mi dicha y de mi desgracia, y descalzándose me dio sus preciossos pies a comer, mientras se dedicó a cascarsela, bien lubricada la polla como la tenía.

Mi amo entró en mi tomando posesión de lo que era suyo por derecho propio. yo gemí y sentí su miembro golpeándome la próstata en plan salvaje. No habría podido ser más feliz.

Pierre se corrió, escandalosamente, sobre su tripa y torso acompañándolo con fuertes espasmos y gemidos de placer. Mi dueño, a la vista de esa corrida, aumentó ferozmente la frecuencia de sus emboladas sobre mí, acompañándose de brutales movimientos de mi culo adelante y atrás, para no cansar su pelvis, supuse, y dando unos gruñidos de toro en celo se derramó dentro de mí. Fue al primera vez que ocurría esto en mi culo, pero no sentí nada especial.

A continuación y viéndoles tan satisfechos a ambos pensé que había llegado mi momento y me dispuse a pajearme. Me dio mi dueño tal zarpazo que casi me rompe la muñeca. Recibí entonces la orden terminante de que ni se me ocurriera corrrerme. Lo tenía prohibido. En todo el puente no podría correrme. Así me tendrían más cachondo, siempre dispuesto, más aún si cabía, más a su disposicion, más hambriento en definitiva.

Suerte que tras cada embestida de ambos en mi próstata, ésta descargaba pequeñas cantidades que a veces podía recoger y degustar.




 
Cuaderno VII
Después de montar la tienda de campaña y de meter la mochilas dentro, subimos al puerto a tomar un vermuth, pero cuando vimos los precios exagerados de los restaurantes pasamos de comer allí, compramos unas cervezas y bajamos otra vez a la tienda. Tras abrir unas latas y comer malamente nos dormimos un rato.

Bueno, en realidad se durmieron ellos, porque yo estaba nervioso y agitado. !Qué leche¡, era el único que no se había corrido y estaba excitado como una puta perra callejera en celo. Mi desasosiego me hacía mover una y otra vez y dar vuelta tras vuelta. Yo estaba en el centro de la tienda y con cada movimiento hacía rozar mis rodillas y brazos con los suyos.

Mi dueño ya me había llamado la atención dos veces pero yo no podía aguantarme. Les veía a los dos con sus torsos desnudos y sus cuerpos preciosos y bien formados y, la verdad, me ponían cantidad. Me apetecía que me hicieran cualquiera de las perrerías que acostumbraban a hacerme y a las cuales yo respondía también.

Mi dueño muy enfadado conmigo ya, me dice:

- O te estás quieto, capullo, a voy a pegarte tales hostias que no vas a poder moverte en tres días.

A estas alturas, a mí, esta forma de hablarme ya me ponía a 100

Pierre atendió mejor a mi solicitud. Muy suavemente me metió mano dentro del pantalón y me acarició la polla superempalmada. El problema fue cuando al agarrarme los pezones yo pegué un grito de dolor tremendo. Tras el castigo a mis tetillas por la mañana era imposible, ni siquiera acariciármelas, porque el dolor era terrible. Durante varios días, incluso después del puente, tuve los pezones negros como el carbón y me dolían sólo con el simple roce de la camiseta.

Después de este grito se acabó la paciencia del más deseado. Le dijo a Pierre.

-Venga, quítale los pantalonse a éste, que se va a enterar

Mientras Pierre me desnudó y volvió a ponerme las zapas otra vez, mi dueño sacó de su mochila unas esposas bastante largas y con un movimiento seco me ciñó una de ellas a una de mis muñecas. Entre los dos me sacaron de la tienda en volandas y me llevaron a uno de los árboles cercanos. Pasaron la cadena por la rama más baja y me cerraron la otra esposa sobre la muñeca aún libre.

Todo fue tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, tampoco podría haberlo impedido pues ellos eran con diferencia mucho más fuertes que yo y lo tenían todo bien planeado, ni sé siquiera, sí habría querido intentarlo.

Verme desnudo y atado a aquel árbol me gustó sobremanera, no voy a negarlo, imaginaba que mis amos me follarían así y esa perspectiva me puso empalmado como un burro e hizo que el corazón me latiera de manera desaforada. Ya estaba yo bastante cachondo antes de que empezaran la perrería, pues esto es lo que fue.

-A ver si así nos dejas en paz !capullo¡, Se rió mi amo casi sin mirarme.

Ambos se volvieron a la tienda y al cabo de un rato al ver que no salían yo les llamé casi sin levantar la voz, como teniendo miedo de que alguien pudiera oirme. A la vez miraba a todos los lados, escrudriñando en todas las direcciones por ver si había gente. El calvero era un sitio de dificil acceso pero sabía que no muy lejos de allí, había un refugio de montaña al que solían acudir excursionistas y quizá algunos podrían estar por los alrededores.

-Por favor desatadme, tío, que alguien puede verme- les imploraba yo

No hubo nada que hacer, seguí mirando en todas las direcciones y seguí implorando en vano

-Por favor tíos, esto ya no tiene gracia- dije

No hubo respuesta

Al cabo de un buen rato salieron completamente vestidos para mi sorpresa. Pero todavía ésta fue mayor cuando los vi marcharse y dejarme allí, solo, desnudo y esposado al árbol

-Pero tíos no podeis dejarme así- exclamé yo

-¿Que no? ya verás como sí podemos- me contestó el más cabrón

-Tíos, que está cerca el refugio y la gente puede verme

Me dirigí a Pierre pues sabía que si había alguna posibilidad ésta dependía de él, pero nada, estaban ambos comchabados claramente. Cuando los ví salir del calvero, el pánico se fue adueñando de mí. Hacía tiempo ya que mi rabo se había desemplamado y el miedo era total.

Yo trataba de ocultarme detrás del árbol dando la espalda al lugar donde más tupida era la vegetación. Pero ni el árbol era tan grueso ni la vegetación tan espesa. Las cadenas tampoco eran tan largas como para ponerme en cuclillas. Estaba cada vez más nervioso y todavía fue peor, porque empecé a sentirme miserable y desdichado.

Ya no recordaba la sesión de por la mañana y lo bien que me lo había pasado, sino que pensaba que era el tipo más estúpido y más imbecil del mundo por haberme echado en manos de ese par de cabrones y empezaba a preguntarme qué iba a ser de mí. Estaba rojo de verguenza, y de ira. En ese momento me desmoroné, me sentí tan mal que recuerdo, empecé a llorar.

La memoria generalmente es infiel, como la gente que entonces me rodeaba, pero este momento lo recuerdo perfectamente, como si fuera hoy. Me sentía humillado, vejado, maltratado. Ya no era un juego o una cuestión de sumisión, de morbo o acatamiento sexual, sentía que me estaban hiriendo en mi dignidad, que me estaban tratando como a un puto trapo, peor que a un perro.

Pero recuerdo tambien perfectamente, sí, porque el pensamiento como la memoria es selectiva, que en ningún momento quise pensar que la mayoría de las veces me volvían loco con sus perrerías y que me encantaba que me trataran así y que por tanto, lo que me pasaba, en ese momento me lo tenía bien merecido.

Cuando, mucho tiempo después un par de lágrimas emepzaron a caer por mis mejillas, mis dueños salieron de su escondite. Venian riéndose y muy contentos; se habían divertido de lo lindo a mi costa como siempre. Cuando llegaron a mí y la mano de "mi angel" me limpió la cara yo me dejé acariciar como un perrro agradeciéndole que lo hiciera. Estando ellos allí ya no me importó que alguien me viera desnudo y atado a un árbol como un puto esclavo de mierda.

Intenté ponerme de rodillas totalmente derrotado pero las cadenas no me dieron de sí. Me habría postrado ante ellos para pedirles que me soltaran, que no tendrían ningún problema conmigo, haría todo lo que ellos quisieran, todo, sin necesidad de ataduras, conmigo no las necesitaban.

Mi amo me enganchó fuertemente del pelo. Con el tiempo aprendería a mirarle de otra manera cada vez que me agarrara la cabeza de esa forma. Le miraría con cara de entrega, sí, y de morbo, pero también con cara retadora, de desafío, le pediría con la mirada luminosa que siguiera, que me diera caña, que yo le seguiría en todo. Mi cara de vicio le retaría a que continuara adelante, que explorarámos nuevos caminos juntos, le diría que estaba completamente entregado, que lo que quisiera él, ya lo estaba deseando yo, que podría con todo, con lo que él imaginara y con lo que yo le sugeriría, dada su poca imaginación para lo que yo necesitaba.

Mi cara de vicio le pondría a cien y mi osadía le cabrearía mucho porque era como insinuarle que en su fuerza estaba su propia debilidad, y que en ésta, residía mi fuerza, que no podría hacer nada sin mi, que precisaba de mí para existir, que sin mí no era nadie, no era nada. De todos es sabido que sin víctima no hay verdugo, ni hay carcelero sin reo. Poco menos que vendría a decirle que su puta existencia me la debía a mí, que en realidad él, dependía de mí. Que no es que yo fuera suyo, era él quien me pertenecía.

Pero eso sería más adelante porque hoy, atado a aquel roble, cuando me agarró del pelo sólo apareció un ligero brillo en mis ojos, apenas perceptible por las lágrimas, y me dejé acariciar y sólo quería agradecerle que lo hiciera. Hacía como esos perrros callejeros abandonados que se te acercan en la calle y pasan sus lomos por tus piernas para acariciarse ellos mismos, se podría decir que era yo quien acariciaba sus manos con mi cara.

Pierre empezó a acariciarme y a abrazarme pero yo me cebé en él Le miré con cara de odio y le intenté dar una patada. Sentía que me había traicionado. Pero Pierre ya conocía mi cuerpo muy bien y sabía cómo tratarme. Al principio traté de resistirme por orgullo pero fue en vano, me apoyó con las manos en al árbol y acariciándome el pecho, el rabo, el culo consiguió encenderme; a partir de ahí se acabaron las lágrimas y los pesares. Era como un niño caprichoso que pasa del enfado y de la rabieta mas descomunal a la felicidad más absoluta sólo porque alguien le ha dado un simple caramelo. Seguía esposado al roble pero ya se me había olvidado el mal rato pasado.

Como digo Pierrre ya conocía mi cuerpo muy bien y empezó metiéndome su dedo pulgar por mi culo. Éste es el dedo que más me gusta para este menester pues mientras me da un placer inmenso toqueteando y acariciando la próstata, a la vez el resto de los dedos de la mano te pueden manosear los huevos y la verga si quieren. Y Pierre quiso y de qué manera.

Mi dueño me metió la mano en al boca y sentí el rabo duro de Pierre contra mi culo, no hacía falta más. A mi dueño le encantaba separarme las nalgas para que recibiera la polla de su amigo. Y las dejaba allí manteniéndome bien abierto mientras Pierre me enculaba. A mi me gustaba también sentir sus zarpazas allí. Pierre las golpeaba con sus ancas además de mi culo y cuando éste estuvo bien dilatado mi dueño acompañó la polla de Pierre, axialmente, con uno de sus dedos a veces con dos. No me dolió en absoluto y me sentí completamente lleno, el placer era total, me estremecía de gusto con ambas cosas detrás, mi corazón no pudo latir más fuerte, pues iba ya desbocado.

Cuando los dedos me los metía por la parte de abajo necesariamente hacía una especie de canalillo con su mano por donde se deslizaban los huevos y la polla de Pierre, acariciandolos a la vez que me llenaba a mí. Como yo me estremecía de gusto con ambas cosas en mi culo ni mucho menos me paré a pensar para quién, mi dueño, haría eso tan placentero porque desde luego dudo que fuera para mí.

Haciendo esto, los huevos de Pierre en vez de golpear los mios golpeaban el puño más deseado. Pero a Pierre esto no debió satisfacerle mucho pues retirandose de mí -y de "mi angel"- hizo lo que nunca yo habría imaginado, se puso de rodillas y me comió el culo.

Me metió la lengua hasta bien adentro, todo lo que pudo, me ensalivó, me lo comió de manera magistral, casi me corrió del gusto que me dio. No duró mucho por supuesto. Supe que lo hizo para congraciarse conmigo y tambien para lubricarme bien, porque cada vez que me daba ese gustazo con la lengua me venía una insertada de su instrumento de manera brutal sin ninguna consideración. Yo, cada vez que me la metía hasta el fondo, veía estrellas a mi alrededor, pero no me importaban nada, quizá porque pensara que claro, estaba cerca de la gloria, y allí hay estrellas. Sólo sabía que aquello estaba riquísimo y estaba encantado.

También jugó con mi culo despacito, sacando y metiendo su polla suavemente. Me hizo sucesivas penetracioens suaves justo en el ojete para, sin previo aviso, hacerme una fuerte penetracion profunda que pareciera que me quisiera romper en canal. Yo, en verdad, que creía estar en la gloria.

Y lo mejor de todo fue la cara de mi amo. Estaba estupefacto, sin dar crédito a lo que tenía ante sus ojos, viendo como Pierre me hacía todo aquello y encima varias veces. Cuando tras sucesivas y furiosas embestidas de la lengua y la polla de Pierre, éste se corrió en mi culo yo miré a mi amo con cara de ansia, diciéndole con la cara y la mirada que era su turno, que había llegado su hora, que estaba preparado, listo para él, que por fin era sólo suyo, que le necesitaba más que nunca. Pero el más cabrón haciendo uso del derecho de uso y disfrute sobre mí, simplemente sacó la llave de las esposas del bolsillo, me desató del árbol y se marchó a la tienda pasando de mí y dejándome frustrado.

Pierre se acercó, me abrazó y me preguntó si me había gustado lo que me había hecho. Yo le dije que sí pero le pedí, por favor, que no me volvieran a atar a un árbol. Estaba dispuesto a hacer todo lo que quisieran, se lo estaba demostrándo día tras día, pero, por favor, le dije, no me volvais a atar desnudo a un árbol, pues lo he pasado muy mal.

-No te preocupes, nunca más volverá a ocurrir, al menos mientras esté yo aquí- me contestó
 
Cuaderno VIII
Nunca has compartido mis opiniones sobre las sustancias estimulantes. Ni siquiera la afirmación de que hay una cosa que se llama uso y otra cosa que se llama abuso. Tampoco que su uso sea un campo perfecto para experimentar nuevas sensaciones o como algo hedonista que sólo tiene como única y pasajera intención obtener placer, o para procurarse calma, tranquilidad, sosiego, un poco de paz en definitiva. ¿Tan malo es eso?.

Hay gente que es maravillosa, brillante, inteligente, guapa, adinerada, ocurrente, afortunada, que han recibido de una sola vez todos los dones que conceden los dioses. Otras en cambio, como yo, que no tenemos nada de lo que presumir, que nada especial se nos ha concedido en ese reparto, ¿tan dificil es entender que queramos huir de esa mediocridad creándonos un mundo particular que a nadie daña?. Nunca he dudado que pudieras tener razón en alguno de tus planteamientos, pero nunca tampoco entendí porqué tanta animadversión hacia algo que sólo afecta a la parcela de intimidad de las personas.

En cualquier caso nunca me contestas cuanto te pregunto por qué el opio no impidió gobernar a Richelieu, ni a Bismarck. Ni por qué la morfina no impidió a Albeniz componer “Iberia” ni a Wargner el “Tannhauser”. O la Enciclopedia a Diderot. Y si hablamos de literatura, aquí los ejemplos son variados, pues ni el opio impidieron las obras de Collins, Dickens, Poe, James o Doyle, ni la mescalina impidió a Haxley escribir “El mundo feliz”. Ni el peyote impidió la poesía de Artaud, ni el hachis la poesía española del 27. Y tanto como te gusta a ti, los Kerouac, Ginsberg, Burroughs, el cornezuelo del centeno, entre otros hongos, no impidieron sus obras a la generación beat. Ni el alcohol al resto de escritores americanos. Y cuanto no tenemos que agradecer al láudano.....

En cualquier caso las primeras experiencias, en estos como en otros campos, nunca suelen ser muy satisfactorias. Las mías desde luego bien puedo decirte que fueron lamentables hasta decir basta, pero como he prometido contarlo todo sin obviar ningún detalle paso a relatarte.

Pasamos el resto de la tarde tumbados en la tienda de campaña, yo desnudo –tengo que confesar que me encantaba sobremanera exhibirme, así, ante mis amos-, y ellos, en cambio, bien vestidos. La pasamos leyendo, fumando, bebiendo cervezas, oyendo la radio. Al anochecer mi dueño metió la mano en su mochila y sacó un pedazo de bolsa de maría que yo, no pude por menos que quedarme pasmado. Recuerdo que pensé, pero ¿cómo se puede uno pasear por la calle con semejante cargamento?. La bolsa estaba llena de capullos de maría.

Yo, lo más cercano que había estado de substancias estimulantes era de la cazalla y los orujazos matutinos que los alondras se tomaban por las mañanas para quitarse el frío y afrontar las duras y largas jornadas de curro, de las copas de "sol y sombra" que los mismos se tomaban en el bar después de comer, y de algún puro habano que me había fumado en alguna boda. Bueno, excepción hecha de un vecinito que dejaba macerar una botella de quina Santa Catalina -ahí es nada- durante catorce días mezclada con menta piperita, troncos de canela y unas cucharadas de güaraná brasileño. El tío decía que aquello ponía cantidad pero yo nunca sentí gran cosa bebiendo semejante brebaje, salvo que el vecino, a veces, me miraba con ojos tiernos.

Mi dueño se hizo un pedazo petardo con dos papeles que quitaba el hipo. Mientras mi dueño se hacía el porrete me excite sobremanera. Recuerdo que cuando empecé a meterme en el baño de casa para fumarme los primeros cigarrillos también me empalmaba, o en el hospicio cuando iba con algún amigo por las noches a fumar al váter. Aunque puede que esto tenga más lógica y nada tuviera que ver con el tabaco. El caso es, que siempre me puso muy burro el contacto con lo prohibido y en este momento, entre mis dos amos, con más motivo. Estaba entre ellos, desnudo, sin correrme, a su disposición para cuando ellos decidieran hacer uso de mí y de mi cuerpo, como quisieran, ¿que podía temer?

Tras prender la mierda y dar una prolongada calada poniendo la correspondiente cara de circunstancia, me lo pasó a mí. Yo le dije que pasaba, que no había fumado "eso" nunca y que no quería empezar.

- Fuma, verás que bien -me dice, el gran incitador, muy amable y gentil, supongo que como hacen las serpientes frente a la presa que se han de papear.

- No, no, que paso, tío, que nunca he fumado -exclamo yo mirando a Pierre.

- Venga, anímate - murmura éste mientras se estira todo lo largo que es, en la tienda. - te relajará y te lo pasarás muy bien.

- No, no, paso -insistí

Mi dueño acercó el pedazo canuto a mis labios, y agarrándome del pelo y echándome la cabeza hacia atrás, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

- Te he dicho que fumes, ¡capullo!, ¡venga!, una fuerte calada y aguantando un buen rato el humo en los pulmones. No quiero volver a repetírtelo.

No tuvo necesidad de hacerlo pues yo me volvía loco cada vez que me agarraba la cabeza de esa manera. A la vez que mi rabo se volvió a empalmar, abrí los labios y sin dejar de mirarle pegué una fuerte calada que casi ni cuento. El humo rascó mi garganta como una sierra y empecé a toser de una manera impulsiva.

Mientras ellos se reían de mí, yo no tenía forma de acabar con las toses, ni con agua, ni con nada, ni con respiraciones profundas, ni con leches. Cuando se calmaron las toses, y estando más tranquilo, volvieron a darme del pedazo canuto y ya empecé a aspirar más suavemente. Ahora, en cambio, como no sentía gran cosa fui animándome dando calada tras calada. No pareció importarles, ellos siempre tan generosos, que casi me fumara yo solito aquella turba ardiente.

Tras un rato de ligera languidez empecé a reirme yo solito de......., no sé......., probablemente, de alguna gilipollez que alguno de ellos dijera, que solían decir bastantes y bastante a menudo, o me reí quizá de mi melodramática situación.......ellos vestidos mientras yo estaba allí....... desnudo para facilitarles la tarea cuando lo desearan, o de mi rabo empalmado sin razón aparente, o de lo patético que, probablemente, resultaba todo.......o probablemente me reía.............. sí, de todo a la vez.

Al principio ellos acompañaron mis risas también, pero cuando rompí a reir de manera estruendosa y escandalosa, y empecé a agitarme y a doblarme por la mitad, y a llorar de forma ruidosa y exagerada, por el dolor de tripa por tanta risa absurda, ellos empezaron a impacientarse y ya no les hice tanta gracia.
.
Al poco tiempo extendieron un polvo blanco en dos rayas sobre una revista. Pierre esnifó una de ellas y cuando pasaba el resto, por delante de mis mismísimas narices, al más deseado, se me vino a la cabeza de pronto, que la nariz de Pierre me había parecido la trompa de un elefante mientras esnifaba del canutillo. Rompí a reir y el polvo blanco se esparció por toda la tienda. El más cabrón, entonces, se volvíó loco y empezó a pegarme hostias sin consideración alguna. Me llamó de todo, pero ante cada insulto yo me reía más y más fuerte. Cada vez estaba más histérico, no podía parar de reir. Eso sí, no me gustó nada que me llamara gilipollas, eso sí que era un insulto en toda regla.

Me levanté en algún momento y casi me caigo al suelo y tiro la tienda abajo. Mi dueño me echó a patadas de allí, literalmente, me hizo daño, y todo con un desprecio absoluto hacia mí. Ya en la calle empecé a dar vueltas y vueltas por el calvero, desnudo, gritando y llorando, histérico perdido, y mirando a las estrellas como esperando algo de ellas, alguna indicación, alguna dirección como las que mandan a los navegantes perdidos, pero nada ocurrió y yo seguía riendo, y llorando y........

De repente, alguien me agarró por detrás y el otro me pegó tales hostias que me pusieron la cara del revés. No me importó mucho porque seguí riéndome mientras recibía una buena tunda. Y mientras esto ocurría mi rabo se empalmaba más que nunca y para nada me importaba que Pierre, ¡Pierre! me cruzara la cara de lado a lado. ¿Cómo podía ser?, Pierre que había prometido protegerme y cuidar de mí, ¿cómo era posible? ¿cómo era posible que estuviera maltratándome de aquella manera?. Pero en verdad que me traía sin cuidado y mi rabo se lo demostraba.

Después de tantos hostiones y ahora llorando amargamente, me empujan, no muy gentilmente, hasta hacerme girar. Yo me dejo hacer. Ambos me cogen por los brazos y siento que me llevan a rastras hasta la tienda y me sueltan boca abajo, de una no muy delicada manera. Mucho pretendía esperar.

Siento el peso de sus cuerpos encima y que se restregan contra mí. Ya sólo grito histéricamente, también me río de vez en cuando, no, sólo lloro, y gimo, quizá por las mismas razones por las que antes me reía, también noto que la cara me arde, y el cuello, casi como si tuviera fiebre, tengo la boca seca y pastosa. El estómago lo tengo en tensión. En plena borrachera me siento como en un barco que arrastra las olas en una gran tormenta.

Entre oscuras brumas creo que voltean mi cuerpo, casi muerto, una y otra vez, y otra y otra más...... Una boca se acerca a la mía y me babea y me dan lenguetazos por toda la cara. Alguien levanta mis piernas, que tiemblan sin poder serenarse, y se las pone encima de sus hombros. Una lengua me entra hasta la garganta, no puedo decir que me disgustara, pero no fue lo único que sintió mi garganta esa noche de frágiles recuerdos. Siento que soy usado como nunca nadie lo ha sido, sin fuerza para impedirlo, sin voluntad, sin posibilidad de admitir o rehuir nada, soy de ellos plenamente, de una manera absoluta.

Todo es una agitación continua, movimientos furiosos y brutales, y vueltas y más vueltas. Me agarran del pelo, noto que alguien me araña, que me dan zarpazos, oigo gritos y jadeos como de búfalos en celo a mi alrededor. Oigo gemidos o los imagino o quizá sean míos, no lo sé.....

Mientras uno me mantiene las piernas en uve y me las sujeta fuertemente, el otro manipula por debajo y siento que algo duro, grande y frío me entra, causándome gran dolor, parece que van abrirme en canal, me dejo, me entrego, nada impido, lloro, mucho, pero el dolor enseguida pasa y siento que ese algo entra y sale provocándome estremecimientos de placer ¿o son de dolor?, no lo sé...

Alguien me agarra los brazos por encima de mi cabeza, me es imposible impedirlo, tampoco lo intento, y siento que, a la vez que hace esto y tumbado encima de mí, me mete su pedazo rabo en la boca, y me la folla de manera brutal, y siento que esa polla se desliza por la garganta y que no hay límite a su recorrido, su glande no es grande y eso facilita la acción.

En ese momento sólo se me ocurre pensar que estoy en cueros y que me muero de la vergüenza. También creo recordar que, en algún momento alguien quiere e intenta darle un beso al otro agarrando su cabeza y este otro no se deja, y me parece recordar que hay cierto rechazo cuando lo intenta por segunda vez y cierto forcejeo violento, pero sólo lo creo porque siento que se me empiezan a cerrar los ojos y.....

.....y ya no recuerdo nada más.
 
Cuaderno IX
Era muy tarde cuando me desperté, me dolía terriblemente la cabeza, me parecía un tas al que alguien estuviera golpeando con saña, apenas podía andar sin sentir una fuerte presión interna, mi boca estaba pastosa, me dolía la garganta como si tuviera faringitis, mi estomágo parecía contraído y con tensión. Lo único que no parecía dolerme era el culo. No me acordaba absolutamente de nada de lo que hubiera ocurrido la noche anterior.

Mis dueños sí parecían acordarse pues enseguida noté que no se hablaban entre ellos, apenas se miraban, había cierta tensión en el ambiente que se mascaba, cuando alguien quería algo lo decía al aire o me lo decían a mí como intermediario. Pregunté varias veces lo que les pasaba, si había ocurrido algo la víspera, pero ni el uno ni el otro me contestaron.

Después de lavarme la cara en el arroyo, volví al calvero y me puse a leer un libro. Pierre seguía en la tienda, Christian deambulaba de un lado a otro sin hacer nada concreto. Lo miré varias veces, estaba con el torso desnudo y guapísimo, notó que lo miraba, se pavoneó un poco, me excitó, pero siguió observando una hoja, me levanté camino de la tienda, pero no me dejó llegar.

Agarrándome me giró bruscamente y se puso a mis espaldas, enseguida noté su rabo duro, me empujó hacía el árbol más cercano sin ningún disimulo, dejé caer el libro, mientras apoyaba mis manos en el árbol, me abrió la bragueta de un fuerte tirón y me puso la camiseta detrás de la cabeza, quedé inmovilizado de brazos y piernas, bastante tenía con no caerme.

Con la misma furia se abrió su bragueta y se sacó su cipote duro como un palo, lo escupió y tras magreárselo un poco empezó a acercarse buscando un camino libre a lo que más deseaba en ese momento, yo tenía miedo de su furia, le rogué, le imploré que tuviera cuidado,

- Despacio Christian.........., por favor....., métemela despacio al principio......., por favor........... que me vas a hacer daño, ...........dilataré rápido......, prométemelo, .....por favor tío.......

Pero, como siempre, fue completamente sordo a mis súplicas, puso su cipote a las puertas y se abrió paso sin consideración alguna. Yo me eché hacía delante todo lo que pude, pero poco recorrido tenía por culpa del árbol para mitigar el dolor, éste no fue tanto como temí, quizá porque todavía seguía dilatado, de a saber qué, de la víspera. Sin consentimiento alguno me penetró y me folló de una manera infame sin estimar en modo alguno el culo, hasta hace poco virgen, y que se habría dado a él, de cualquier forma como hubiera querido.

Me folló de forma vil y mezquina. No fue la primera vez que lo hizo así, ni sería la última. Estoy convencido de que en aquella ocasión lo hizo para que Pierre se percatara de quien mandaba sobre quien. Sus gritos de ogro en celo debieron de oirse hasta en el puerto y sus demostraciones de dominio no debieron dejar de verse también. Delante de la tienda de campaña y a la vista de Pierrre, no niego que me envilecí, aún más si cabe, porque tras un lapso de tiempo que duró poco, sentí gran placer en exhibirme desnudo ante él. Me dio gran morbo dejarle ver como estaba siendo dominado y sodomizado por su amigo, cómo éste le desmostraba su gran poder sobre mi persona, cómo le demostraba que yo era de su propiedad, que era suyo y sólo suyo, y que podía hacer conmigo lo que quisiera y cuando quisiera, como hacía en ese momento.

Mientras mi amo me follaba de manera escandalosa y sin miedo alguno a que alguien nos viera, yo miraba a Pierre con cara de vicio, y éste no perdía ojo de nosotros, su cara me ponía cantidad, pues en ella veía reflajado lo que pensaba de mí en ese momento, que era una puta zorra y cada día lo era más. Si, era una puta zorra por dejarme follar de esa manera, como mero objeto de placer de una mala bestia.

Mi amo me agarraba la cabeza y me la echaba hacía atrás, me intentaba acariciar con sus manazas, me daba lenguetazos en la cara y me pinchaba con su barba, yo apoyado en los dedos de los pies, me empezaron a temblar las piernas y las caderas, sólo el movimiento de ese temblor había sido suficiente para correr a mi macho, pero éste seguía con movimientos frenéticos y haciendome llorar de placer, bueno, sólo llorar y punto. Entre sus embestidas y mi temblor irrrefrenable le acabó estallando la polla dentro de mí como la mala bestia que era y cuando, empujándome la cabeza, se salió de mí, me dejó bien claro lo que pensaba:

- Entre esto y lo de anoche, veo que estás aprendiendo rápido, cada día veo que eres mas zorra y sin duda que te va el vicio cantidad

Me dejó medio tirado en el árbol y metiéndose su rabo en los pantalones se fue al arroyo. El polvo debió durar apenas un par de minutos, no me compensaba que me abrieran el culo para eso, seguía allí con el culo en pompa esperando que Pierre viniera a terminar la faena y que me enterara de algo, al fin y al cabo, pensaba, era un desperdicio estar abierto y no ser aprovechado por nadie, pero Pierre prefirió darse la vuelta en la tienda y pasar de mí.

Le habían dejado bien claro quién mandaba allí, quién era el amo de quién, y que a lo mejor se tenía que contentar sólo con las sobras. En ese momento, desde luego, ni siquiera me quiso como sobra, yo me sentí despreciado y envilecido, usado como un puto trapo, humillado por dos imbéciles, cada cual más capullo. Decidí entonces que, al menos, esa noche no me quedaría a dos velas, aprovecharía su imposibilidad de entente.

Caía la noche, me tenían harto, cada uno a ambos lados de mí en la tienda, sin hablarse, sin saber porqué, como todos los amos eran caprichosos y arbitrarios, con necesidad de consideración, de mimos y halagos, necesitando que alguien les hiciera sentir que eran como dioses, seres superiores, muy machos. Bien, pues esa noche me desmostrarían que de verdad lo eran. Decidí follármelos a los dos sin consideración, me decidí a tomer la iniciativa por primera vez, si tengo que decir la verdad no me costó gran trabajo, pues eran bastante facilones.

Me despojé de mis pantalones, no sé si apreciaron mi bonito cuerpo, ni mi torso liso y terso, ni mi estómago plano, tampoco me importó, otros lo harían. Intenté ser lo más depravado y vicioso posible, lo más puta para dejar bien sentado, también, cuales eran mis reales, no sentí perversión moral alguna. En los días de aquel puente y en el medio aquellos árboles me pareció que éramos los únicos seres vivos del planeta y desde luego nada de inmoralidad había en nuestros actos, sólo satisfacían conmigo sus más bajos instintos, esa era mi razón de existir, ese mi único objetivo, mi fin. Sí, definitivamente me follaría a ese par de capullos.

Empecé por Pierre siempre más dispuesto, si éste se ponía a tono sabía que mi otro amo no tardaría mucho en ponerse a cien también, a pesar de su mal humor. Como digo eran seres muy caprichosos y por lo tanto fáciles de manejar. Pronto tendría sus rabos en mi boca.

Pierre respondió como esperaba, fue palpar la bragueta de su pantalón y ver mi cara de vicio que no dejaba lugar a dudas, que se encendió como una candela y con una suave sonrisa que me lo dijo todo. Nos besamos con eso besos sonoros que sólo él sabe dar, y encendió a su vez a mi dios, lo noté porque éste empezó a moverse inquieto. Comí el rabo de Pierre con voracidad para inquietarle aún más, mi rabo estaba duro y buscaba el magreo de Pierre con ansia.

Era verdad lo dicho por "mi angel" por la mañana, había adquirido ya mucha habilidad, desde luego, más de la que estaba dispuesto a reconocer, mis manos buscaron el nabo más deseado y lo noté inhiesto, durísimo, quizá hasta más que el mío, se lo saqué para que le diera el aire y no estaba dispuesto a que, aquella noche nadie me ordenara comerme nada. Me lo zampé yo solito y me lo comería muchas veces aquella noche, el de ambos, mientras me comía uno me cascaba el otro, por igual, no fueran a pelearse por ello, que a ambos los necesitaba.

Cuando los tuve bien dispuestos para mi placer me subí a horcajadas sobre Pierre y me clavé su cipote con precisión, entró de puta madre en mí, en cuclillas, que es como mejor entra un rabo sobretodo si es grande y está bien duro, sólo se necesita que esté levantado. Gemí de placer, y él también mientras me metía aquella barra ardiente por mi culo bien lubricado, y que la admitió sin ninguna dificultad. Qué zorra me sentía entre aquellos dos machos, qué putón me había vuelto en apenas una par de meses, quién me lo iba a decir, y estaba encantado.

Cabalgué a Pierre con gusto mientras mi mano pajeaba la polla que más necesitaba tener dentro. Conté las subidas y bajadas de la petada de Pierre porque lo que más deseaba es hacerle aquello mismo a mi dueño, y lo hice, me salí de Pierre y me senté sobre la polla de mi amo sin aviso previo, las paredes de mi culo se abrieron para recibir aquel manjar, le monté con deleite mientras pajeaba a Pierre y éste me pajeaba a mí.

Cuando me cansé de pajearle me apoyé con uno de los brazos hacia atrás y el otro en mi rodilla, dejé a Pierre que se divirtiera con mi rabo y me dediqué a follarme a mi dueño, subía y bajaba por su polla como por un tobogán cada vez más estremecido y loco de placer, cada vez más frenético, más furioso.

Al hacer yo los movimientos, yo controlaba el placer, yo golpeaba mi próstata a voluntad, yo decidía cuando cambiar de pareja, sus vergas eran mis herramientas, era yo quién hacía uso de ellas, era su dueño, las pobrecitas zanahorias estarían mucho tiempo duras para mí esa noche, me harían disfutar mucho para compensar tanto palo, sólo así podría continuar mi seduccion, si no hay, de vez en cuando una zanahoria entre tanto palo, la cosa duraría poco, ví la cara iluminada de mi dueño mirando a Pierre cascármela y decidí darle el espectáculo de ver cómo me follaba a Pierre.

Mientras lo hacía decidí comerme la polla más deseada, no me importó si pudiera estar, acaso, sucia, me la comí y no me desagradó en absoluto, y en un momento posterior me comí también la de Pierre y no me obligó nadie a hacerlo, lo decidí solito.

Fui pasando alternativamente del uno al otro tantas veces como quise, usando mi culo y mi boca como yo quería, a mí criterio, y ellos allí, a mi disposición, sin posibilidad de hacer otra cosa.

Y cuando me cansé de comer tanto rabo me apoyé con los brazos atrás y me follé a Pierrre hasta que su polla estalló dentro de mí. Fui yo con mis movimentos frenéticos quién determinó correrrle, podría haberme parado cuando ví su cara de gusto previa al orgasmo, pero no, en ese momento yo mandaba, yo decidía y le dejé agotado tras gritos, espasmos, temblores y sudores fríos. No sentí en absoluto su corrida porque todavía me quedaba lo mejor.

Cuando me vacié de Pierre mi amo se apresuró a ponerse a mi disposición. Cómo me gustó follarle, estaba con la cabeza hacía atrás, me agarraba las ancas, ya nadie me mandaba, su pollón me golpeaba la próstata y mis esfínteres se contraían espasmódicamente, para mí era la locura, el frenesí. Apoyado en mis manos por detrás de mi culo, éste bajaba y subía alrededor de su miembro. Pierre no perdía detalle, estaba alucinado que tanta polla dura pudiera deslizarse así, sin ninguna dificultad, sin ninguna limitación, tan rápido.

Seguí follándome aquel cuerpo maravilloso mientras mis esfínteres se seguían contrayendo involuntariamente. A veces lloraba, mis ojos parecían que se iban a salir de sus órbitas, mi cara estaba roja como la grana, mis venas parecían que iban a estallar en mi cuello, mis jadeos eran de animal salvaje y las frases que salían de mi boca eran del tipo:

-Fóllame......, fóllame....., sí..., así.....fóllame rico......., fóllame más, ........no te corras aún, dame más......, más, sigue......., necesito aún más de vosotros,........... soy insaciable, demostradme que os mereceis una puta como yo, cabrones.....y cosas similares

Mi dueño estaba entregado a mí, estaba a mí disposición, noté que en ese momento era dueño yo de él -de ellos- ví que estaba alucinado conmigo, podría hacerle lo que quisiera, sentí que me estaba vengando de lo que me había hecho por la mañana, su rabo era mío y me estaba dando el gusto que no me había dado nunca, yo me movía despacio o deprisa en función de mi gusto, de mi placer, en función de las descargas eléctricas que subian hasta mi cerebro, según las mandaba mi próstata, la dirección de su verga era la que yo quería, entraba y salía según yo lo determinaba, según me diera la gana a mí.Y me paraba cuando veía que estaba punto de correrse, y le hacía sufrir, con mis manos sobre sus muslos no, le dejaba moverse cuando el quisiera o como el quisiera, yo lo dominaba, lo poseía, hacía círculos con mi culo porque me gustaba a mí, aún cuando él se derretía de placer. Sus manos apenas podían hacer algo que no fuera magrearme las nalgas, o me las abría para intentar meterme lo que no cabía porque de haber cabido ya estaría dentro. A veces mis manos le concedían el placer de magrearle los huevos o le dejaba meterme un dedo acompañando a su polla para sentirme más pleno, esas únicas concesiones eran porque yo lo decidía, porque a mí me gustaban y se las dejaba a él como un regalo.

Y entonces, cuando más excitado estaba, cuando más contraído estaba mi esfinter, y ya pensaba que me correría irremediablemente, que por fin sentiría cómo sería correrme sin que nadie me tocara el rabo, que actuaría mi punto G para darme el mayor de los placeres, cuando creí que mi lefa caería sobre mi pecho y que me la comería con deleite, como placer último tras una corrida gloriosa, cuando el corazón creía que se me paraba, las lágrimas de gusto empezaban a correr por mis mejillas, y mi culo se cerraba espasmódicamente para dejar paso a mi corrida triunfal...........

......no sé qué pasó pero en vez de eso, me oriné en mi amo, sobre su pecho y sobre su cara, y aunque rápidamente corté el chorrito mi dueño se cabreó mucho conmigo, más creo le enfureció la risa incontenible de Pierre, que por el hecho en sí. Me hostió, sí, pero mi posición era de fácil defensa y no pudo hacerlo mucho.

Yo, sólo pude pedirle perdón, muy humildemente, pero eso, no me libraría del castigo.
 
Cuaderno X
Cuentan que alguien, un oráculo creo, advirtió al rey de Argos que un niño de su hija Danae le privaría no sólo de su corona y sino también de la vida. En vez de matarla como habría hecho cualquier otro más inteligente, la encerró en una torre inexpugnable, en una celda de bronce y no permitió que entrara nadie.

Pero un día, el dios Zeus que por allí pasaba, vio a la bella Danae asomada en las almenas y se enamoró perdidamente de ella. Zeus para que nadie le viera tomó la forma de lluvia de oro y luz candente para seducirla, poseerla y fecundarla. Nunca entendí porqué tanto afán en este dios para disfrazarse. Cada vez que andaba en aventuras rijosas se transformaba en toro, pájaro, cisne, águila, o como en este caso de una sutil lluvia de oro. Pero en fin, él sabría, desde luego, eso es lo que cuentan. La bella Danae, con ardor infinito, recibe aquella lluvia de oro que la inflama hasta la desesperación y el delirio. Sea como fuere la unión entre la bella y el dios, el caso es que de aquella pasión dorada nació Perseo.

El rey de Argos que, o bien era un buenazo o un ser bastante tonto, no quiso matar a su nieto y lo arrojó al mar junto a Danae en un baúl de madera. Zeus ordenó a Poseidón, dios de los océanos, que calmara las aguas y posibilitó, por tanto, que ambos llegaran a una isla y se salvaran. Con el tiempo Perseo volvió a Argos e involuntariamente mató al rey. Lo mató en unos juegos gimnásticos estando el rey de espectador y tocándole a Perseo arrajar el disco. Cuando Perseo lo lanzó un golpe de viento desvió el disco y golpeó al rey partiéndole la cabeza. Ya tuvo que ser el viento, ya.

Pero no recuerdo porqué te cuento esto............, debe ser la edad que me hace desvariar ya más de la cuenta. O será quizá porque sé que te gusta el cuadro de Klimt. Ah, no, ya me acuerdo. No, no es por eso.

Tras mi desaguisado recién relatado recuerdo que Pierre apenas podía contener la risa. Mi dueño, enfurecido hasta decir basta, metió mano en esa mochila suya de donde no paraban de salir cosas, y sacó unas esposas. Éstas eran diferentes de aquellas que le habían servido para atarme al árbol, eran más pequeñas, y me esposó las manos a la espalda. Tras los tortazos las cosas habían vuelto a ponerse en su sitio, las cosas estaban donde debían estar, ahora era yo, otra vez, el sometido; aunque sin las esposas, y sin las tortas, lo habría sido también.

Salí a empujones y a trompicones de la tienda de campaña y se me ordenó de manera terminante ponerme de rodillas cerca de la piedra en donde les había comido los pies a ambos. Creí que me daría una buena tunda, pero no estaba asustado, lo que estaba era vencido, rendido, entregado, era suyo y era lógico que después de lo que había pasado, se me castigara.

Después de la sorpresa previa y a pesar del morbo de la situación mi polla volvía a estar fláccida y sin consistencia alguna. Yo miraba al suelo humildemente esperando la correa y en lo único que pensaba era en que, por favor, no me pegara con la hebilla demasiado fuerte.

De repente pareció que el cielo se abría, y nunca mejor dicho, pues una lluvia áurea empezó a caer sobre mi cuerpo, primero por el pecho, luego en la cara, en los hombros. Levanté la vista a la vez que se me levantó la polla de una manera brutal, se me puso durísima, mientras, veía a ¨mi angel¨ subido en su pedestal con sus rodillas y pelvis inclinadas hacia delante. Su sonrisa me pareció la sonrisa de los dioses aunque seguro que la mía no dejaría de ser patética. Me encantó la humedad de la lluvia sobre mi cuerpo, y en especial sobre mi cara.

El rio dorado expelido por el mejor caño corría ansioso y generoso por todo mi cuerpo abajo. Era como un torrente fluyendo de manera impetuosa, y golpeando en mi pecho, en mi cara, en mis brazos. Después de un tiempo el torrente se transformó en una lluvia mansa que corría tranquila y apacible como un suave rumor.

Me fue imposible acariciarme. Fue una lástima. Cómo me habría gustado disponer de mis manos para habérmelo esparcido por todo mi ser. Mi cuerpo se erizó, los pelos se me pusieron de punta, la carne de gallina.

Su simple presencia me seducía, y estaba tan embargado por ella, contemplándolo con amor infinito, y con tal sentimiento de alegría que me habría echado en sus brazos de haber podido, en una unión mística, fundiéndome con mi dios, no sólo en una mera y vulgar unión carnal, sino en unión más profunda, en una unión espiritual. Nunca me he sentido más próximo al éxtasis.

Me tenía dominado de una manera violenta, poderosa, bestial. Sólo las esposas pudieron detener mis ímpetus, refrenar mi pasión, me habría dejado poseer por él de una manera brutal, más aún, me habría dejado matar. Cómo comprendí en ese momento el comportamiento del macho de las arañas viudas.

Fue maravillosa esta experiencia mística. Tenía cautivado los sentidos, nunca había disfrutado a la vez de tantas sensaciones y estímulos. Creí estar en el paraíso, en el jardín de las delicias, y en aquel tiempo de paz y sosiego donde los hombres gozaban de los placeres de la carne, de todos los placeres sin distinción, sin trabas ni cortapisas. Y creí estar en el cielo, postrado de rodillas ante la presencia de Zeus,-o de Príapo, da igual- grandioso, fogoso, magnífico, gozando como una nueva Danae, tan abierto y entregado como ella, ante la sagrada voluntad de mi dios.

Gocé de un enorme placer, sentí emociones increibles, me conmocioné incluso, hasta el punto de sufrir un ligero aturdimiento que enseguida pasó. Mi ídolo -mi becerro de oro- estaba satisfecho de su propia obra, de lo que había conseguido conmigo, y en ese momento de la realización de su propio acto.

Yo no veía que mi dignidad sufriera menoscabo alguno por aquel hecho, le miraba fijamente a los ojos, me sentía tremendamente feliz. De rodillas y con las manos atadas a la espalda estaba en la perfecta posicion natural que le corresponde a un esclavo como yo, listo para satisfacer sus caprichos, para arrastrarme por el suelo ante mi dios, sin orgullo, sin soberbia, sin envanecimiento alguno, nada importaba, todo estaba bien, todo estaba como debía estar, donde debía estar.

Como ya he dicho el rostro del ¨becerro de oro¨ reflejaba gran satisfaccion, como disfrutando enormemente del placer que produce una gran corrida interminable al estilo taoísta. Sus ojos me hipnotizaban al compás del suave murmullo de la lluvia dorada. Por eso, no lo dudé cuando me ordenó que, con celeridad, abriera mi boca para poder recibir aquel licor suavísimo, aquel néctar propio de los que son como él. Por eso también yo, en ese momento, me sentí un dios por recibir en mi boca lo destinado sólo al uso y regalo de los seres supremos.

Y al sentirme como tal, tan húmedo, con la cabeza levantada y vencida hacia atrás , con la boca abierta, mi miembro empalmado y mis manos encadenadas, mi rostro enfervorizado le miraba vibrante de insolencia, de descaro, insultante, casi ofensivo y mi mirada luminosa en absoluto desmerecía a su resplandor, o quizá era su propio reflejo, quién sabe.

Como ya he dicho, a pesar de mi ardor, todos los sentidos los tenía cautivados y disfrutando de mil sensaciones en cada uno de ellos:

Oí aquella cascada, primero fuerte y excesiva, después suave, como un susurro dulce, melodioso y rítmico, agradable al oído como la mejor sinfonía.

Sentí su cálido deslizamiento, su ardor incluso, por todos los poros de mi cuerpo que me remozaba y rejuvenecía. Y tras esos momentos de encendimiento, el ardor se transformó espontáneamente en un agradable frescor que duró largo tiempo y que fue muy de agradecer en aquella fogosa noche de verano.

Percibí el olor que exhalaba la lluvia de mi ídolo que me pareció mejor que la fragancia de los pinos que nos rodeaban, que el aroma del mejor perfume, aquel que se realiza con mil flores de variadas clases.

Vi su exuberancia solo comparable al de las más sublimes estatuas griegas. Y mirando desde abajo desde donde debe mirar un ser insignificante como yo, vi a mi becerro, esplendoroso en su pedestal, le vi sobre aquella atalaya bien defendida, y con aquel arma enorme, fuente de las mayores delicias, que la hacía inexpugnable, le contemplé con admiración. Yo me encontraba subyugado, embelesado, arrebatado.

Vi cómo mi dios realizaba un arco perfecto con lo que expelía su cuerpo, dejando caer su preciada lluvia sobre mí, de manera precisa, atinada, acertada, sin desperdiciar nada de su preciado licor.

Impresionante por su belleza, recuerdo que pensé que, en esa posicion, debería se esculpido en mármol, por su bendita perfección. Parecía que todo mi ídolo despedía rayos de luz, estaba esplendoroso, su cara de lo más radiante, su enorme falo resplandeciente, tenía alrededor un halo formado por puntos de luz extraordinariamente luminosos y titileantes, como pequeñas estrellas brillantes y parpadeantes, del que yo también formaba parte, también a mí me llegaba su aura, también a mí me embargaba su luz.

Paladeé y saboreé aquel elixir deleitoso al espíritu, aquel agua de angeles espumosa y burbujeante. Desde la altura a la que estaba el enorme caño caía aquel licor gustoso, mejor que cualquier bebida espiritosa, más rica que el mejor cava, que el mejor Moet et Chandon.

Volcando la cabeza hacia atrás sacaba la lengua para no perder ni una sola gota de aquel elixir pero la luz deslumbradora de mi fulgente becerro me dificultaba enormemente la tarea. Embelesado, y con mi boca abierta, paladeaba ese líquido sabroso, con el color del mejor topacio imperial, melado, aunque en absoluto empalagoso y mucho menos nauseabundo.

Pero lo mejor de todo era que yo estaba allí, hechizado, postrado de rodillas ante él, adorándolo, y no sé cómo ocurrió pero recuerdo que en algún momento empecé a llorar de felicidad.

Han pasado ya muchos años de aquel éxtasis, de aquella lluvia de oro, de aquella pasión dorada. Sin embargo, a veces, me sorprendo a mi mismo preguntándome porqué, cada vez que paso por cualquier callejón húmedo y maloliente, o al lado de vallas o muros sucios y asquerosos donde alguien ha orinado, y me llega ese olor típico y nauseabundo, porqué, me digo, ¿me produce todo tan enorme asco?. Porqué, cada vez que paso por estos sitios, me vienen a la cabeza aquellos recuerdos acuosos y gualdos, aquellas experiencias de espuma y sal, y siempre, siempre, ¿me acaban provocando, irremediablemente, el vómito?. Debe ser la edad, me contesto.

Sí, debe ser eso, sin lugar a dudas.



* Quienes lo han probado dicen que basta un par gotas de belladona para, aparte de ver los objetos mucho más grandes de lo que son, ver sucesiones de puntos luminosos en forma de lluvia de oro; se le llama Alucinación-Danae
 
Cuaderno XI
Pero de repente el cielo se despejó, la luz deslumbradora se apagó, el descomunal caño dejó de serlo tanto, la generosa fuente se agotó, definitivamente todo se consumió, y en pocos instantes mi becerro, más becerro que nunca, bajó de su pilar y se acercó a mí, creyéndome todavía que venía a fundirse conmigo en un gran abrazo y que, a partir del cual, ambos levitaríamos. En vez de esto me espetó duramente:

-Quita esa sonrisa de imbécil de la cara o juro que te la quito yo de un bofetón

Yo rápidamente volví del paraíso porque sabía que era muy capaz de dármelo. Bajé la vista al suelo y no me atreví a contestarle nada, sólo alcé los hombros y traté de ocultar mi cara, débil defensa en cualquier caso.

Me agarró del pelo tirándome fuertemente hacía arriba, cosa que me obligó a levantarme. Di un fuerte grito porque creí que me arrancaba el pelo y con la esperanza de que Pierre me oyera y saliera en mi defensa. Pero éste permaneció viéndolo todo desde la tienda, sin hacer nada, le acababan de marcar el terreno momentos antes de una manera definitiva.

Cuando me levanté me aproximé a la tienda de campaña huyendo de una más que probable tunda, pero mi dueño no me dejó llegar:

-¿No pretenderás meterte con nosotros en la tienda, oliendo a cerdo, verdad capullo?

A mí aquello me extrañó pues, al fin y al cabo, el meo era suyo, pero me paré en seco a recibir instrucciones:

-Vas a irte a la poza y vas a meterte en ella, con la cabeza debajo de la cascada y permanecerás allí hasta que vaya a buscarte, venga y rapidito, no quiero volver a repetírtelo

No lo dudé, mirando al suelo, mojado, esposado y desnudo como estaba salí del calvero camino del riachuelo. Cuando llegué miré hacia atrás y vi a mi dueño entre los árboles, me quité las zapas y me metí dentro. El agua de la poza me llegaba escasamente a los testículos, sintiendo la mirada de mi dueño sobre mí, me agaché y me senté.

El agua, aunque estábamos en verano, estaba helada, me sobrecogí, pero al menos sirvió para quitarme el calentón. Mi amo seguía mirándome a lo lejos, había una luna enorme que apenas aprecié, lo recuerdo bien, metí muy difícilmente la cabeza en el agua, aguanté hasta que no pude más, la saqué y la levanté mirando a las estrellas, me quedé un rato así, y recuerdo que pensé..............nada, no pensé nada, sólo me sentía un gilipollas.

Como vi que mi amo no me quitaba ojo de encima me deslicé un poco hacia atrás para que viera como todo el agua de la cascada caía sobre mí. Si era lo que quería de mí, que me diera un pasmo por el agua fría, pues eso tendría. Mi cuerpo se fue acostumbrando a la baja temperatura, mi rabo hacia rato ya que se había quedado pendulón, las muñecas me dolían por las esposas, pero el agua se alió conmigo y me sirvió para que volviera en sí, para que reaccionara, para que fuera yo otra vez, para que me sintiera como lo que era, el ser más miserable del mundo.

Había pasado en un momento de la gloria al infierno, del éxtasis más sublime a sentirme el hombre más desdichado e infeliz de la tierra, con mucha frecuencia pasaba de un estado a otro sin solución de continuidad, vivía aquellas situaciones como en un tobogán, como en una montaña rusa, mi estado de ánimo tenía el perfil de los dientes de una sierra de carpintero.

Quienes hayan estado próximos al abismo de la sumisión sabrán a lo que me refiero. No, uno no es un loco inconsciente que lo abandona todo, familia, amigos, trabajo, por placer, por gusto, por follar. No, el sometido lo abandona todo y se somete a una pasión. Pasión y padecer van de la mano. El sometido sabe que va a sufrir y es consciente de ello y no sólo lo acepta, sino que lo necesita, lo desea, lo busca y a veces, con suerte, consigue encontrarlo.

Casi siempre esta pasión produce perturbaciones en el alma, pues es difícil soportar tanta vehemencia, tanto desprecio, tanto morbo, tanta pública humillación y sin embargo se busca, se rastrea, se quiere, se necesita.

Cuando el objeto de posesión no es tratado como exige su ánimo, le produce tremenda tristeza, en algunos casos desconsuelo, Al final del camino, quizá, la depresión y en casos límite el suicidio como única salida posible.

Para que el sujeto siga sometido es necesario por parte del dominante cerrar el grifo de aquello que le produzca consuelo, provocándole entonces, el abatimiento, el sufrimiento, la humillación suma. Hay que conseguir la postración física y moral del poseído a fin de obtener, ambos, satisfacción.

Aún cuando, yo como sometido, sea consciente de mi situación y sepa que el sufrimiento y la humillación serán la base de esa pasión, el alimento del que se nutrirá para seguir manteniendo la situación, no sólo no querré salir de ella, sino que la mantendré, la cuidaré, la alimentaré y tendré auténtico pavor a perderla. Pensaré, soñaré, me obsesionaré y viviré por y para el objeto dominante, él lo será todo para mí, sólo él será importante, él será lo único.

Siempre sentí que cada vez era necesario un grado mayor de padecimiento, para mantener los lazos que me ataban a mi dueño, más férreos. Sentía que necesitaba que me pusieran a prueba continuamente.

Si a mi amo le encantaba prestarme a otros, sentía que cada vez, yo necesitaba que me prestara más y más, única forma que encontraba de darle satisfacción, y si lo que buscaba, para humillarme, era que me dejara desnudar el primero, o dejarme meter sus dedos por los lugares más profundos de mi cuerpo, todo ello en presencia de sus amigos, o en cualquier orgía, para ser usado por ellos o para poder ser follado por turnos, o lo que quisieran, no veía el momento de que eso llegara, sólo le pedía, que, por favor, él estuviera presente para poder demostrarle mi entrega. A veces, no conseguía ni siquiera eso.

Sentía también que con mi insolencia le provocaba más cada día, para que me castigara, porque sabía que este castigo era otra forma de darle placer, y así cada día, llevando la situación, cada vez más cerca del límite. Sentía que cada vez necesitaba un grado mayor de provocación, para obtener un grado mayor de castigo, para que me produjera, al final sólo, la misma satisfacción que la vez anterior. Era la locura. Reconozco que a mí, lo que me salvó de la tortura física, fue que a mi amo jamás le interesó, ni la tortura.......... ni yo.

La posesión psíquica, -mucho peor que la que produce el tabaco, el alcohol, o las drogas, más próxima quizás a la ludopatía-, hará imposible la ruptura de la situación de sometimiento. Cada vez será necesario ir más allá, se querrá más y más, y así hasta caer en el abismo. Sólo un fuerte shock volverá a traer al sumiso del infierno, a este otro infierno que tenemos aquí. Yo sabía entonces que alguna vez llegaría al límite, lo que no tenía tan claro era si me quedaría allí, al borde del abismo, o si me gustaría volver. Uffff............, creo que estoy divagando por demás. El cómo y cuándo llegué al límite tendré que dejarlo para otro relato, ahora ¿por donde iba?.....Ah, sí

Al cabo de un rato que me pareció eterno y cuando ya empezaba a temblar vi a Pierre que venía a por mí con una especie de faldón hindú que mi amo se había comprado en India -¿pero cómo se podía ir con eso a la sierra?-. Me ayudó a salir de la poza y cubriéndome con aquello, que yo estaba convencido debía tener chinches, me abrazó mientras yo, temblando, me desmoroné y rompí a llorar.

Me llevó a la tienda donde mi amo se fumaba tranquilamente un peta y ni se dignó mirrarme siquiera. Pierre me secó, me desató las esposas, y tumbándose me cobijé entre sus brazos, entré rápidamente en calor, dejé de temblar, sentí su cariño, el amparo y la protección de alguien, Pierre me dio su afecto aquella noche, me besó, me acarició, me abrazó, me ciñó entre sus brazos estrechamente y fue la primera vez que, estando así, no sentí su polla dura en mi culo; me quedé dormido.

Desperté de la mejor manera en que se puede despertar un hombre. Sentí sobre mi polla un cosquilleo, una sensación suave y ligera, algo que me tocaba muy agradablemente, algo húmedo y complaciente que me rozaba muy suavemente, impregnándose todo mi rabo de saliva.

Seguí durmiendo, soñando, pensando en mi amo, en sus caricias, en su demostración amorosa. Por fin se había decidido a comerme el rabo, su lengua se paseaba por mi glande y le bordeaba, y jugueteaba con él, y tras la lengua sentía unos labios supercarnosos y bien ensalivados, que se comían mi polla, poco a poco, alternándolos con una lengua muy juguetona.

Tenía mi rabo muy empalmado, llevaba, qué sé yo cuanto tiempo sin correrme, viviendo una situación y una experiencia supermorbosa, estaba muy excitado y además siempre he sido de resorte fácil.

La boca fue descendiendo muy lentamente, metiéndose en ella cada vez mas trozo de verga. Cuando los labios se cansaban de deslizarse por mi mango, la lengua tomaba el relevo paseándose ansiosa a todo lo largo. Y aquella boca se comió mis huevos, primero uno, luego el otro, por fin los dos, luego la lengua ascendió por mi polla en toda su longitud hasta el glande, que se volvió a comer

Mi tranca sufría los espasmos de placer previos al orgasmo, pero aquella boca, muy sabia, dejó de mamar y se dedicó a los huevos. Me restregó su cara con barba de tres días por el escroto y sentí un placer inmenso, fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que aquello no era un sueño, que de verdad mi amo me estaba realizando una mamada de ensueño. Empecé a moverme y a agitar mi pelvis, nervioso. Entonces mi mamón se alzó y yo abrí los ojos.

Obviamente era Pierre quien me hacía aquellas maravillas. Debí imaginarlo. Se puso un dedo en la boca, pidiéndome silencio, y se volvió a bajar al bicho. Siguió comiéndomelo con gran placer, sin jadeos ni gemidos, sin que se escuchara ni un solo ruido en aquella madrugada memorable.

Con el mismo sigilo se giró, puso sus pies hacia mi cabeza y con nuestras vergas al nivel de nuestras bocas, hicimos mi primer 69. Me encantó, y mi amo.......... roncando, !joder¡, !jamás¡, ni antes ni después, he oído a nadie roncar de esa manera tan desaforada, de esa manera tan desmedida y fuera de lo común. Sólo puedo imaginar a los búfalos roncando de semejante manera, era, de verdad, increíble. Pero vamos a ver, porque sigo desbarrando bastante si mezclo un vulgar ronquido con mi 69 más recordado.

Como digo aquel fue mi primer 69, práctica que adoro tanto con hombres como con mujeres, pues además de ser muy placentera, sensual, excitante, morbosa, es la práctica más generosa, sincera, franca y noble que puede haber en el sexo.

Durante el tiempo que nos duró, hasta que se despertó el ogro, seguí en todo a Pierre. Le hice exactamente lo mismo que me hacía él a mí, comimos los mismos manjares exquisitos, le realicé las mismas cosas deliciosas, mi boca, mi lengua y mis labios exploraron los mismos sitios. Disfrutamos de los placeres más intensos y agradables, los mayores goces las mejores sensaciones. Para mí todo lo suyo, era menos novedad que para él lo mío, y por la forma de tratarlo creo poder decir, sin equivocarme, que le encantó.

Le gusté tanto que, dejando de lado el 69, volvió a ponerse en la posición inicial, y a divertirse el solito con mi miembro en su boca, y empezaron sus dedos a trajinarme el culo, primero uno, luego dos, luego.......yo me empecé a alborotar sin poder contenerme, empecé a respirar anhelosamente, era imposible evitarlo, aquello que me estaba haciendo estaba demasiado rico como para reprimirme. Su boca codiciosa se metía toda mi polla hasta que noté su nariz, en mis huevos y pelvis. De repente intentó meterme más dedos de los que mi culo podía aceptar en ese momento........, me dolió......., di un grito..........

Mi amo se despertó y descubrió el pastel, pastel que no le gustó nada, aunque no se sorprendió, pues ya otras cosas más raras había visto hacer a Pierre

-Vaya, esto sí que es una sorpresa. No sabía que también te gustaba comerle la polla al capullo éste- le dijo

Pero Pierre siguió a lo suyo, y la verdad fue que a partir de aquel momento, disfrutando de mayor libertad, su mamada fue aún mejor. Sí, fue más bestial. Su barba de varios días rascando en mis huevos, eso sí que fue total. Y por fin a mí, ya se me permitía gritar de gusto y a gusto, agitarme, moverme, jadear, gemir de placer. Sus dedos volvieron a trajinarme el culo ahora más dilatado, yo me volví loco y el vaso de la paciencia de mi amo se desbordó, se quitó los pantalones, única prenda de vestir que llevaba, y saltó sobre mí como un gato.

Me agarró las manos por encima de la cabeza y abriéndose de piernas cayó con su tranca sobre mi boca. Creía que me ahogaba, me la metió hasta la garganta, no podía respirar y sin posibilidad de hacer tope alguno, me la estaba desgraciando. En una de sus reculadas me la saqué girando la cabeza hacía un lado. Esto el puso furioso, me soltó una mano e intentó penetrarme de nuevo para arrumarme, pero mi mano libre se defendió y lo impidió.

Fue el colmo para él, ciego de rabia, de ira, de celos, qué sé yo, se sentó encima de mi pecho, me puso los brazos entre sus piernas y empezó a hostiarme de forma colérica, dándome tales tortas, a un lado y a otro, sin que yo tuviera ninguna posibilidad de defenderme. Me golpeó hasta que Pierre dejó su faena y gritándole le agarró por detrás reteniéndole los brazos

-¡Vale!, ¡vale!, ya, ¡déjalo¡, !déjalo ya¡ te digo, coño

Y mi amo, fuera de sí y preso de una ira exaltada le responde a Pierre, abrupta y ásperamente:

-¿Que pasa también quieres comérmela, tú, como se la comes a él, o qué?

-No, pero estoy seguro que tú si me la comerías a mí, ¿no?

Hubo un silencio

-Venga, es tuya, mira cómo me tenía este capullo, venga cómetela, sabes que te va a gustar.

Y mi amo, poniéndome el culo encima de la cara, para mi pasmo, no por el culo que ya se lo conocía bien, sino porque se dobló muy obediente y comenzó comerse la tranca de Pierre.

Yo con el culazo de mi amo encima de mi cara apenas pude ver gran cosa, pero me pareció por momentos que Pierre permanecía ausente de la mamada. Su cara no era ni por asomo la que yo había visto cuando le hacía lo mismo. Levanté mi mano derecha y el me dio la suya, nos las agarramos por encima del cuerpo del más mamón en ese momento y alzamos el pulgar en señal de triunfo. Sí, habíamos conseguido doblegar al toro. Yo pensé que debería buscar siempre la compañía de Pierre cuando visitara a “mi toro” si no quería que me costara caro aquel pequeño, ínfimo triunfo, aquella pequeñísima satisfacción.

Con el correr del tiempo, he tenido la ocasión de participar, que no siempre de disfrutar, de otros tríos. Tríos en los que también han participado chicas. Estos tríos lo han sido en otro tiempo, a otras edades, con otras inclinaciones, otras preferencias, con otros juegos, pero tengo que decir en honor a la verdad que, siempre he tenido la impresión de que estos eran mucho menos equilibrados que aquel primero.
 
Cuaderno XII
Por fin mi amo se decidiò a realizar lo que tanto tiempo llevaba deseando. El hecho de que viera a Pierre hacerme lo mismo a mí, supongo que acabó con sus últimas reticencias, además, no podía dejar pasar la ocasión, pues creo que fuera la primera vez que Pierre le diera esa oportunidad. Si su objeto deseado hacía eso y parecía gustarle y hacerlo bien, ¿porqué él no?.

Cuando Pierre estuvo a punto de correrse ambos decidieron hacerlo al unísono. Me encantó que nevara en agosto sobre mí – y con tan espesa capa además- y que me llenaran el cuerpo de su espesa, pegajosa y viscosa lefa, no pude ver gran cosa de sus cascadas porque tenía el imponente culo del más cabrón delante de mí, pero pude ver entre sus piernazas la gran lefada cuando cayó sobre mi cuerpo, me gustó tanto que, cuando la vi encima de mí, empecé a restregármela con mis manos por todo el pecho.

Me gustó mucho menos que mi amo me ordenara ir desnudo -otra vez, qué fijación- al riachuelo a lavarme, pero esta vez a pleno día.

-Pero tío, puede haber gente, que me van a ver, no puedo ir desnudo ahora como anoche, me pondré los pantalones y me lavaré el pecho en el arroyo, o me limpiaré aquí con un pañuelo, es más fácil

Pero mi dueño, después de lo que le había hecho a Pierre, supongo que necesitaba reafirmar más su condición dominante y hacerle ver al otro quién mandaba sobre quién, y hacerme ver a mí que nada había cambiado porque le hubiera visto rebajarse a realizar una vulgar mamada. Me agarró del pelo con tal saña que a mí, que estaba tumbado, me obligó a sentarme bruscamente. Hizo que aparecieran lágrimas de dolor en mis ojos.

-Venga, no queremos cerdos aquí, tampoco quiero volver a repetírtelo, ve al arroyo, lávate y cuando hayas acabado vuelves y te vistes, que nos vamos a comer al puerto, y no olvides que te estaremos vigilando.

Me levanté muy obediente, sin decir más, y me fui al riachuelo de una manera que, a mí hoy, me parece patética, desnudo, con los ojos llorosos, con toda su lefada encima de mí, temblando de miedo por si alguien me veía, mirando con terror a uno y otro lado, por suerte nadie había en ese momento, al menos que yo pudiera ver, me tumbé sobre el riachuelo sin meterme en él, apoyando los pies en su borde y una mano sobre una piedra con la otra me lavé el pecho, la cara, los huevos y mi miembro desempalmado. Cuando acabé volví a la carrera preso del pánico, ellos estaban vistiéndose, sin hablar, yo me sequé y me vestí también.

Subimos al puerto a comer porque a mis amos les apetecía comer algo caliente después de varios días de latas. Casi todo el camino lo hicimos sin decir gran cosa, a ellos no sé que les pasaba, pero yo, desde luego, estaba mosqueadísimo, tenía un cabreo de la hostia, me habían pegado de tortas, se habían corrido encima de mí, no me habían dejado correme a mí, me habían tirado del pelo de manera bestial, me habían humillado, ¿no pretenderían que estuviera todavía contento?. Pasé de hablarles cuando se dirigieron a mí. Que les dieran, que en el fondo era lo que andaban buscando.

Cuando entrábamos en uno de los bares y Pierre quiso quitarme el pelo de la frente en un gesto que pretendió ser cariñoso, yo le di un golpe brusco con mi mano, dejando en evidencia claramente mi mosqueo.

-¿Pero que te pasa, tío?- Me dijo

-Marchaos a la mierda, estoy ya hasta los cojones de vosotros dos y esto se va a acabar, estoy harto, ¿entiendes lo que significa la palabra harto?, pues así estoy de vosotros, capullos

Lo dije bien alto para que ambos se enteraran. Tenía, tal cabreo que de haber sido el coche mío me habría ido de allí y no les habría vuelto a ver nunca jamás.

Pero mis cabreos con ellos, que fueron muchos, sólo duraban lo que ellos querían pues, como en este caso, simplemente necesitó un suave manotazó de mi amo en mi bragueta, para que yo volviera a estar, otra vez, en lo alto del filo de la sierra de carpintero, completamente suyo.

Fuimos al final de la barra del bar, yo me apoyé de espaldas en la pared, Pierre enfrente de mí, mi amo a mi lado apoyándose en el hombro en la misma pared, después de la palmetada en los huevos, a mí no me costó nada sonreirle, pero lo hice casi sin mirarle, Pierre pidió de beber, mi dueño aprovechó el momento y me puso la mano detrás, me sacó la camiseta del pantalón, me acarició la espalda, lo hizo así durante bastante rato, yo me empecé a excitar, lo contrario habría sido una sorpresa, el se dio cuenta, siguió acariciándome, yo ni me atrevía a mirarle siquiera, sí lo hice, de vez en cuando, a Pierre, que se dio perfecta cuenta de lo que estaba ocurriendo, vi en su cara, que le gustó verme así, entregado otra vez a ellos, menos mal, porque en otras ocasiones me miró extraño y yo me sentí sucio y obsceno, esta vez no, supongo que ayudó, el saber que ya no estaba enfadado con él, con ellos, mi amo siguió metiéndome mano en el pantalón, éste no era muy ajustado y le facilitó la tarea, además carecía de calzoncillos, le dejé hacer sin ofrecer resistencia alguna, con qué facilidad me hacían pasar del cabreo más total a la entrega más incondicional, su mano acariciaba ya todo mi culo, yo, además de volverme loco, inconscientemente me giré hacia el rincón de la barra para ocultarme de miradas indiscretas, innecesario, porque aunque el bar estaba bastante lleno, nadie se ocupaba de nosotros, quizá alguien que fuera al servicio, cuya puerta estaba cerca, en la misma pared, habría visto algo, pero qué va, en ese momento la gente sólo bebía, excepto nosotros que hacíamos algo más, yo sentía que tenía la cara roja y muy caliente, no sé si de vergüenza o de gusto, probablemente de las dos cosas, mi amo sacó la mano y disimuladamente se chupó el dedo corazón, esto me encendió porque presentía lo que iba a ocurrir, ese dedo tenía la intención de explorar nuevos horizontes, efectivamente pasó a penetrarme, no puedo decir que a intrometerse, porque yo le dejé hacer muy gustoso, y además le facilité la tarea porque mi culo se curvó hacia atrás, respingón, para que su dedo no encontrara dificultad alguna, yo me estremecí, note a Pierre que se acariciaba suavemente el rabo mientras bebía su cerveza, esto me gustó y me puso más caliente aún, le saque un poco la lengua, sólo un poco, noté que le puse cachondo también, noté lo abultado de su pantalón y su mano tratándo de ocultarlo, y cómo me habria gustado echar mano a la verga de mi amo, a la verga más deseada, pero me pareció un descaro tremendo, qué pena no ser más arrojado, pensé, no sé qué habría hecho él, seguramente dejarse magrear, pero por preferir, habría preferido la mano de Pierre, estoy seguro de eso también, y el dedo del más deseado empezó a entrar y salir de mi culo, espetándomelo cada vez más profundamente, y cada vez con más rapidez, yo me descomponía, tenía sudores frìos, los dedos de los pies se me contraían y doblaban, yo no podía evitar cierto movimiento, ligerísimo, de mi cuerpo, y para intentar dominarle apretaba mi culo, y por tanto su mano, contra la pared, así controlaba su dedo pero no mi calentura, tampoco mi ansia, ni mi deseo, cuando me separaba de la pared el dedo volvía a espetarme a buen ritmo, yo estaba empezándo a volverme loco, se me cerraban los ojos del placer, por eso no vi venir a un camarero que nos avisó de que nuestra mesa estaba lista, menos mal, si no, habría muerto allí irremediablemente de gusto.

El comedor estaba lleno, nos sentamos en una mesa, en un rincón, cerca de una ventana, entraba el sol, mi amo sin darse cuenta, cogió las aceitunas del aperitivo con el mismo dedo utilizado en mí, partió el pan con la misma mano usada en mí, mojaría en la salsa con el mismo dedo que se había aprovechado de mí. Me reí satisfecho por estas simples venganzas sin malicia. Por fin llegó la comida, sopa de primero, muy caliente, cuando mi amo empezó a comerla fueron tales los sorbetones que dio que yo me quedé alucinado, se me escapaba una sonrisa que a duras penas logré disimular, fueron tales los ruidos al sorber que bajé la cabeza por miedo a que alguien más los estuviera oyendo, era imposible no hacerlo, intenté hacerme el loco mirando a otra parte, era algo imposible de todo punto obviarlo, noté que también Pierrre se agitaba en su silla, ni lo miré, sabía que si lo hacía romperíamos a reir los dos y sería la hostia lo que allí podría acurrir. Mi amo seguía comiendo aquella sopa caliente con gran avidez, sorbetón tras sorbetón, vorazmente, también a veces aspiraba hacia dentro la mucosidad nasal, pero ¿cómo se podían hacer tan asquerosísimos ruidos?. Recuerdo que pensé ¿pero este tío porque no la deja enfriar? No habría servido de nada porque con el agua fue igual, sorbió el líquido tan ruidosamente que yo no daba crédito. Yo notaba que Pierre se agitaba cada vez más en su asiento, pero seguí sin mirarle a la cara, con lo francés, francés, francés que era, estaba seguro que debía estar ya descompuesto, yo miraba hacía atrás para ver a los demás comensales. Entre los ruidos guturales........, el dedo usado en mí.........., que quieras que no,......... ufffffffff...........las aspiraciones nasales,............ ¡jodeeeeeeeeeeer¡................... , a mí aquello me pareció demasiado, la verdad es que me estaba resultando todo un poco repugnante.

Y Pierre saltó abruptamente , sabía que no tardaría mucho:

-Pero coño, no me jodas, no me jodas –sí, fueron dos veces- a mí esto ya me resulta increible ¿cómo es posible hacer tantos ruidos comiendo?, vale que ronques desmesuradamente por un problema de la pituitaria, pero ¿tiene que ver eso también con el comer? ¿o qué?, no me jodas, tio, que todo el mundo nos mira

Yo fue oír aquello de la pituitaria, a la vez que miré la cara de Pierre que me devolvió una risa irónica, que ambos rompímos a reír de manera, vale sí, abrupta y estruendosa, es verdad, pero tampoco la cosa era para tanto y sin embargo el golpe del más cabrón fue sólo para mí.

Con la base de su mano, abierta, me propinó un golpe seco, áspero, rudo, en mi mejilla izquierda me me echó la cabeza hacia atrás y que hizo caer mi cuchara. Me hizo mucho daño pues el golpe fue violento y hasta la silla se movió. Rápidamente Pierre le llamó la atención pero el golpe ya estaba dado. No quiero imaginar lo que tuvieron que pensar el resto de comensales sobre el tipo de relación que había entre nosotros. Pierre le volvió a increpar con dureza porque al fin y al cabo, él estaba allí también y formaba parte del cotarro morboso, cualquiera que éste fuera.

Yo me sentí humillado, herido en mi amor propio y encima públicamente. Podía aguantarlo todo, pero no la humillación pública. Con el tiempo sabría que sólo ésta, lo es verdaderamente, que la humillación privada no es nada, que es la otra la que importa, lo que me hicieron o dijeron mientras estuvimos solos durante aquel puente entre árboles nunca me importó, y sí, en cambio, todo lo que me hicieron o dijeron en presencia de otros. Con el tiempo sabría también que hasta esa humillación acabaría por no importarme nada, que no me importaría nada el escándalo, el qué dirán, podría aguantarla como aguantaría otras muchas cosas.

Mi dueño, al principio, nunca pretendió serlo, - mi amo, digo- ni se le había pasado por la cabeza semejante cosa, pero yo, inconscientemente, le provoqué lo suficiente para que lo fuera. Cuando no hace mucho tiempo volví a verle en una sauna, entre brumas y vapores, con ese olor entre urea y formaldheído típico de estos lugares, con los ojos idos por el alcohol y los porros, desmejorado, flaco y enfermo, y me llamó corruptor, y me dijo que yo le había pervertido, me reí, no le entendí en ese momento pero, posiblemente, si tengo que ser sincero, no le faltara parte de razón.

La frialdad, la violencia, el desprecio, la humillación para conmigo vienen como consecuencia de mi propio cuelgue, no hay premeditación por su parte, ni intencionalidad, soy yo quien se entrega, él, simplemente me toma, soy yo quien se da y él me recibe y acepta, y el placer de pegarme o de castigarme, por ejemplo, fue algo sobrevenido que él se encuentra sin buscarlo, y el causarme daño o imponerme castigos sólo es la consecuencia de mi propia provocación para sentir que, yo, debía ser alguien importante para él. Nunca tuvo necesidad de doblegar mi altivez ni mi orgullo, yo le di todo el trabajo hecho.

La frialdad que desde el principio tuvo hacia mí, y que tanto me martirizaba, tampoco fue algo premeditado por su parte. Yo me cuelgo de él y él se aprovecha de mí entrega de la mejor manera que entiende y sabe. Se puede decir que me martiricé yo solito cada vez que le veía ligar con alquien, pues al principio, él ni siquiera pensaba en mí, ni tenía conciencia de realizar una infidelidad. Después, poco a poco, fue ya otra cosa pues, si me obligaba a estar delante mientras alguien le hacía una felación, era porque yo, ya, le importaba. Y prefería estar delante, aunque eso me supusiera la tortura de los celos y humillación ante sus amantes, a veces peores que él mismo. Sí, lo prefería a no estar, pues no había nada más terrible que lo que yo era capaz de imaginar, no estar presente, era mi mayor castigo pero me cuidé de decirselo.

La violencia que, al principio, mi dueño utiliza conmigo no es una violencia que tenga como objetivo el placer, ni siquiera es premeditada, ni provocada por el odio, ni siquiera por crueldad, es una violencia de alguien que es, sencillamente una mala bestia. Por eso, supongo que, a veces, delegaba el castigo en sus ocasionales amantes a veces incluso a petición de ellos mismos. Algunos de estos castigos que mandó infligirme, fueron mucho más crueles, que aquellos a los que me sometió él mismo, porque sus ejecutores eran fieras de una impiedad inhumana, además de maliciosos, eran mezquinos y pervertidos, pero de eso ya hablaré en otra ocasión.

El golpe en la cara del restaurante no lo es por morbo o buscando morbo, no lo es por el placer de pegarme aunque puediera obtenerlo, no lo es siquiera para sentirse mas propietario, más amo, lo es por un pronto, por rabia, ira, cólera, celos, por hacerme a mí lo que no podía hacer a Pierre o por no conseguir lo que querría de Pierre y que sólo el tiempo dirá si lo conseguirá.

Su crueldad para conmigo era innecesaria. Ese tortazo en el restaurante fue innecesario, le bastaba para conseguirlo todo de mí, un simple gesto, una palabra, una caricia, una mirada, se lo había desmostrado en la barra del bar, donde pasé de un mal humor y un cabreo de perros contra él, a estar dominado y entregado sin necesidad de tortas. En ese momento, mientras me penetraba con el dedo en el bar, habría hecho lo que él hubiera querido, me habría dejado incluso pisotear por él.

En mi relación con Chris, no saber si mi amo me amaba o me despreciaba fue lo que estuvo a punto de llevarme a la locura, probablemente algo de ambas cosas hubo, de ahí los valles y picos, y los dientes de sierra. O quizá no hubo nada en absoluto y todo fue un juego, una puesta en escena como hacen muchos para calentarse y pasar la tarde. Aún hoy, no sé en realidad,nsi no fue así.

Bajé solo hasta la tienda después de comer, no quise dar paseos a sugerencia de Pierre, ni quería saber nada del más cabrón, tampoco tenía ganas de pensar en él, todavía me dolía la cara del sopapo.

Dominado por la tristeza, me senté en una piedra cerca del riachuelo, olí la fragancia que emanaba de tanto pino como me rodeaba, me quedé viendo y oyendo correr el agua, y pensé en el rollo aquel del devenir, y del "todo fluye" y de que uno nunca se bañará dos veces en el mismo río, y aquello de que nada permanece inalterable en el tiempo, y que es, por tanto, seguro, que algún día las cosas cambiarán, que serán diferentes a como lo son hoy.

Y a pesar del tiempo transcurrido, aún hoy, cuando me acerco de vez en cuando a ese lugar, y veo el mismo riachuelo, la misma cascada, la misma poza, recuerdo ese momento y me doy cuenta de que es verdad, es el mismo río, pero todo es diferente.

Y llegó Pierre acompañado de la fiera humana, del monstruo y no les hablé, me había hecho fuerte propósito de pasar de ellos, hasta que nos fuéramos al día siguiente por la mañana nada saldría de mi boca, y por supuesto nada entraría en ella, sería yo ahora quien mostraría frialdad, no hubo necesidad de mostrales mi rebelión, se veía en mi rostro. Anduvieron dando vueltas toda la tarde, yo seguí cerca del riachuelo pensando que todavía teníamos que pasar toda una noche juntos, por supuesto no habría nada de sexo, porque yo no lo querría, y que no se atrevieran ni siquiera a tocarme porque les iba montar un pollo de la hostia. Tenía claramente decidido a desmontar la tienda nada más despertarnos, y subirme yo solito hasta el puerto y coger el autobús de línea, y volverme a Madrid y pasar de ellos dos por siempre jamás. Y, sí, definitivamente, eso sería lo que hiciera.