Cuaderno XIII
Dicen que el ofidio que se paseaba por el paraíso terrenal se llamaba Samael pero que es mucho más conocido por el sobrenombre de Satán. Me resulta más chulo el nombre que el apodo. Dicen que la serpiente será por siempre un animal maldito, y asqueroso añado yo, por haberse aprovechado de la ingenuidad del hombre y por haberse atrevido a atacar lo más excelso que tenía su víctima. Se había atrevido a anular su intelecto, a someter su voluntad y haciéndole un ser inmoral. Parece que la finalidad del trabajo de estos bichos satánicos, su razón de existir, su razón ontológica, vamos, está en ofrecer a las personas opciones encaminadas hacía lo negativo, hacia lo malo, lo inmoral, lo licencioso, lo obsceno, lo lujurioso, en fin hacia el vicio, vaya.
Este bicho, dicen, será detestable por siempre por haber usado su boca diciendo mentiras disfrazadas de verdad a los pobres ingenuos con los que se cruzaba en su camino. Boca, que por cierto, es muy flexible. Tienen las dos mitades que no se encuentran unidas rígidamente, permitiéndola, así, abrir la boca en el ancho que las plazca para tragarse a sus pobres presas enteras, incluso si la pobre presa es mayor en diámetro que la misma serpiente. Y su lengua acaba en dos ramificaciones. Sí, es bífida. Y no poseen oídos.
Y encima la serpiente tuvo la desfachatez de presentarse a sus víctimas como si fuera su mejor amiga, por lo que además de detestable y maldita será también malvada y perversa. Sí. Y es que encima son unas falsas. Cuando están cautivas en las urnas de cristal te miran con ojos tristes, con miradas de cordero, como diciéndonos que no son para tanto, que tampoco es para mirarla con esos ojos de espanto con los que las mira la gente.
Sí. Dice el libro Génesis que alguien dijo a la serpiente: ¨serás maldita entre todos los animales y bestias, te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida y tu cabeza será pisoteada por aquellos a quienes haces daño¨. Sabes que siempre me he preguntado, más que nada por curiosidad, cómo se desplazarían las serpientes antes de que, sea quien fuera quien las dijera esto, las obligara a arrastrarse sobre su vientre por siempre jamás.
Ahora sí que me he metido en una digresión de la que no sé cual es la razón de ella. No sé el por qué de verdad. Bueno, intentaré centrarme.
Giré la cabeza y vi a Pierre que venía en dirección a mí, lentamente, con sus manos en los bolsillos. Volví a mirar al río y esperé su llegada, mientras pensé, en qué gruta siniestra habría dejado al monstruo.
-¿Estás enfadado todavía?- me dijo suavemente
Nada contesté. No iba a estarlo, ¿no te jode?
-Vaya, veo que sí. Yo no he tenido culpa alguna, no es razonable que estés enfadado conmigo
Le contesté sin mirarle
-Ese tortazo era para ti. Es por ti, por quien lo he recibido. Eres tú quien le importa y quien le afecta, no yo. Lo paga conmigo, pero creo que eres tú quien le provoca, quien le pone, vamos.
-Es posible que tengas razón, pero eso no me hace culpable. En cambio, eres tú quien me importa a mí y no él. ¿Lo sabes eso?
Guardé silencio. Ambos lo hicimos. Pierre tiró una piedra al riachuelo, le miré, y añadió:
-Vuelve con nosotros. Está arrepentido por lo que ha hecho, no volverá a ocurrir. Es muy orgulloso y no quiere venir a pedirte perdón, por eso he venido yo. Venga, vuelve con nosotros y olvídalo.
-¿Olvidarme? Joder, qué fácil, contesté sorprendido.
-Es una pena que después de lo bien que lo hemos pasado estos días, al final lo estropeemos todo por un mosqueo tonto.- Dijo aquello completamente convencido, el tío.
-¿Mosqueo tonto?¿Pasarlo bien?, bien, lo habréis pasado vosotros, ¿mira éste? Que yo no he dejado de recibir hostias, ¡no te jode¡
Estaba seguro entonces de más bien pocas cosas, pero de que yo era un capullo........., sobre eso, ya no me quedaban dudas, y si no.........
-¿Llamas pasarlo bien a atarme desnudo a un árbol? ¿A meterme de noche en un río helado? ¿A emporrarme? ¿A pasearme desnudo por todo el monte? ¿A mearme? ¿A darme de hostias? ¿A humillarme continuamente?. Venga hombre, ve vacilar a otro que a mí, ya me habéis toreado bastante.
-Puede que tengas razón, aunque yo siempre he tenido la impresión de que no te desagradaban mucho esos juegos.
¿Juegos?, los llama juegos, el tío.Esto lo pensé con unas ganas tremendas de darle de bofetones
-Venga, te juro, Alejandro, que si vienes conmigo ahora y te olvidas de todo, vamos a hacertelo pasar de vicio, te lo juro, yo me encargo. Prometo que no se te olvidará esta tarde jamás.
-A la mierda vosotros y vuestros vicios, paso, no me interesa, me teneis harto, y no quiero hablar más.
-Vale, vale, como quieras.
Volví la cabeza la río, tenía lágrimas en los ojos. Pierre las vio, se levantó, me acarició la cabeza y se marchó por donde había venido.
Al cabo de un tiempo, siento un ruido a mi espalda, no de pasos, más bien como de algo arrastrándose, giro levemente la cabeza, bajo la cara, me parece ver algo como entre amarillento y verdoso, tal vez grisáceo, con manchas como ocres, no sé, viene hacia mí, algo hace resonar al desplazarse, como emitiendo fuertes silbidos, se detiene un rato, largo, parece como si estuviera al acecho, presto a saltar sobre alguna presa, o sobre alguna víctima, yo sigo llorando, será por las lágrimas entonces que me parece ver que tiene el cuerpo como escamoso, se aproxima a mí, vuelvo a girar la cabeza, se sienta a mi lado, me echa un brazo por encima del hombro, es raro, pues este tipo de seres ofídicos carece de extremidades, será por eso que a mí, me parece, como una gran cola terminada en un fuerte aguijón y con fuertes espolones a ambos lados, que parecen agarrarme también,. Efectivamente, tiene el cuerpo cubierto de escamas, sigo mirándolo fijamente, no tengo miedo, soy fuerte, me he armado de valor, su cara está junto a la mía, sus ojos fijos en mí, no parpadea, sus párpados son casi transparentes y están inmóviles como pegados, su cuerpo cilíndrico y alargado me rodea, abre la boca, parece dilatable, los dientes centrales de los maxilares superiores son largos y curvados hacia atrás, estoy como hipnotizado, siento sensaciones ya conocidas en la entrepierna, mi miembro, en contra de mi voluntad o por voluntad suya, noto que se levanta, su lengua termina como en dos ramificaciones, sí, es como bífida, entra en uno de mis oídos y me estremezco, toda mi energía acumulada en los alrededores del falo asciende a la cabeza, menos mal que se centra en mis oídos, por cierto, bastante rato, tanto, que me parece ya fijación lo que tiene con ellos, menos mal, porque de haberse centrado en mi boca esa lengua habría hecho conmigo garganta profunda sin lugar a dudas, gimo, la cola sigue abrazándome cada vez más y más fuerte, sigo gimiendo, su boca en verdad es dilatable, sus labios parecen estar en todos los sitios de mi cara a la vez, su cuerpo sigue enrollándose, me quedo casi sin aire, estoy fascinado, me entrego, alzo la cabeza para mostrarle el cuello, para dárselo, que haga con él lo que quiera, casi deseo que me clave el diente, no puedo mover mis manos, me habría gustado tanto acariciar sus escamas.......... Mi sangre está cada vez más caliente, aprecio que más a su gusto, y deseo ahora con más fuerza que nunca que me clave los colmillos en el cuello, y que me sujete con los espolones, y que me clave también su gran aguijón, suyo soy, me posee, estoy sin voluntad, puede hacer de mí lo que quiera, ya sólo me cabe pensar, por donde me engullirá primero, si por la cabeza o por los pies.
-Ven,- me tienta Lucifer, - ven con nosotros, prometo que disfrutarás de los mejores placeres, de los mayores deleites, gozarás de tales sensaciones que nos encontraremos todos juntos en la gloria –dudo que tú puedas entrar en ella, todavía acierto a pensar - será mi regalo por estos días de tanta dicha como nos has dado – ufffff, aquí sí que estás más culebra que nunca, sigo acertando, - olvídate de cualquier amargura, de cualquier contratiempo, de cualquier contrariedad, y déjate llevar – sí, y dejarme arrastrar, y engullir y devorar, y todo lo que tú quieras, sigo pensando- Y, efectivamente, arrastrado por el monstruo, atraído por su voluptuosidad, por su sensualidad o por su lascivia y lujuria, no lo sé, ni pude, ni quise resistirme a la tentación de gozar de todos los placeres prometidos.
Y así fue como me encantó, bastó un simple abrazo, para que se derrumbaran como un castillo de naipes todos mis férreos propósitos fuertemente construidos durante horas, relativos a pasar de ellos para siempre jamás, bastó que me comiera una oreja para que toda mi frialdad se trocara en una calentura bestial, y bastó un simple muerdo en el cuello para cambiar mis propósitos de rebelión y transformarlos en todavía mayor sometimiento.
Con la cintura enlazada todavía por la cola con espolones de la sierpe, llegamos hasta el calvero donde Pierre nos espera entusiasmado. Me recibe agarrándome la cara y besándome, yo me dejo hacer, mi dueño se pega a mi espalda y me hace sentir lo que ahora tanto necesito, Sigo besándome con Pierre, mi dueño me acaricia la espalda, la cintura, el culo, estoy más que sorprendido, con suavidad me llevan junto al árbol que más nos conoce. Cuando mi amo me desata el pantalón y me mete la mano dentro, yo me abandono, no muevo ni un brazo, ni un músculo, nada, si acaso, dirijo un poco el culo hacia él, para facilitarle la tarea o para indicarle que sí, que es así como me gusta, que es así como le quiero y deseo.
Mi dueño se va a la tienda aunque no tarda mucho en volver, Pierre aprovecha para despojarme de mis pantalones, sacarse su tranca y ponerse a mi espalda, su sitio favorito, aunque recorrerá otros. Se prepara para entrarme, mientras mi dueño me pone en la nariz un frasquito pequeño del que me manda esnifar. Yo, sorprendido, le miro, porque no entiendo de que va el punto, pero acato con sumisión. Me tapa un orificio nasal y me mete el botecito por el otro, me ordena aspirar fuertemente, no tengo opción a cuestionar nada, luego hago lo mismo con el otro orificio.
Recibo muy rápidamente un fuerte embate cerebral, un gran golpe que me sorprende pues no lo espero. En ese momento Pierre me entra sin contemplaciones, casi ni lo siento, desde el principio me da fuertes embestidas, e intensas, me gusta, me doblo, él me agarra de un hombro. Soy más potro que nunca y me desboco como tal. Siento arder mi cara como si fuera una estufa, debo tener fuerte rubor de piel porque si no es imposible. Percibo también como que mis ojos desenfocan, que las imágenes se difuminan alrededor, que cada vez son menos claras, menos nítidas, sólo me apetece cerrar los ojos y permanecer con ellos cerrados mientras noto las acometidas sin consideración de Pierre, muy profundas, pues la posición se lo permite. Estoy casi privado de sentido. Presiento que de verdad, si no en la gloria como me han prometido, estoy al menos en el paraíso, donde a mi dueño, al menos alguna vez, sí le dejaron entrar con paso franco.
Busco apoyo con las manos en el árbol, éste me sostiene y gracias a él no me desplomo, se va pasando el efecto, sólo me ha durado un par de minutos, pero durante ese tiempo no he notado los espolones que agarran mis caderas, ni siquiera he tenido intención de comerme el gran aguijón, y éso que lo he tenido delante de mi boca, y no por venenoso, si no porque ni siquiera lo he visto, quién me lo iba a decir, habrá sido, seguro, por el desenfoque.
Ahora, más despejado, me doy cuenta de que ese aguijón, en extremo puntiagudo, es lo que más deseo. Agarro con la mano el órgano punzante, quizá es venenoso mas no me importa, y lo atraigo en dirección a mi culo. Y tirando del bicho viene detrás el resto del monstruo al que necesito para que lo empuje. Ambos machos entienden rápido lo que quiero, Pierre sale de mí y deja el camino libre al basilisco mientras él, para mi sorpresa, se pone de rodillas delante de mí.
Antes de encularme nuevamente me vuelven a dar del frasquito, vuelvo a sentir lo mismo mientras las embestidas más deseadas casi me hacen caer al suelo, gracias al árbol y al francés no lo consiguen. Yo, me dejo hacer, me abandono, me doy, no contribuyo en nada a la acción, la misma acometida sobre mi culo codicioso, sirve de irrumación a la boca de Pierre. Mis caderas y piernas empiezan a temblar, a agitarse de manera descontrolada, también mi culo tiembla, y mi polla y mis huevos. Todo mi cuerpo se inflama, debo abrasar, por fin me callo, no grito, ni gimo, ni jadeo, ya tendré tiempo de aullar, ya no pido que me sigan follando, lo doy por hecho, cierro los ojos, en verdad creo estar en el gloria pues no puede haber nada mejor.
Cuando desciendo y vuelvo en mí me encuentro tumbado en la tienda con mis dos amos a cada lado, Pierre me acaricia el pecho, Chris un muslo, esto sí que era novedad. De pronto mete la mano en su repleta mochila y me saca un consolador rojo de silicona de un tamaño, que a mí me pareció, más que descomunal.
-¿No pensareís meterme eso en el culo?- pregunto asustado
-Ya te lo hemos metido. Tu no te acuerdas, pero te aseguro que lo disfrutaste mucho.
La respuesta del más lascivo me deja pensativo; se que se refería a la noche en que me emporraron. Recuerdo muy vagamente, como si la cosa hubiera ocurrido hace cien años, que me metieron una cosa que a mí me pareció, fría, grande, y dura. No recuerdo mucho más, pero, ¿si entonces me entró porqué hoy no iba a hacerlo?. Y me relajé, entregándome como la más puta de las perras callejeras, estaba suficientemente abierto como para tragarme aquello sin miramientos, aquello y cualquier otra cosa.
Y eso fue lo primero que hice, efectivamente. Tragármelo. Mi amo dió vueltas con él por mis labios, por mi pecho, por mi culo, por la cara, jugueteó un poco por el ombligo antes de volver otra vez a los labios. Era grande el consolador, en verdad, yo abrí mi boca ávida de tenerlo dentro, tuve que abrir mucho, pero poco a poco me hice con él, lo ensalivé, entró y salió de mi boca sin problemas, también me lo comí axialmente, y casi me gustó más, tenía marcadas las típicas venas y eso me pone cantidad. Mientras mi amo se divertía con el chirimbolo, Pierre me masturbaba cariñosamente y me acariciaba el cuerpo, y metiéndome sus dedos en el culo, me lo lubricaba generosamente y me lo iba preparando. Levantándome las piernas en forma de V, le dijo a su amigo:
-Está listo, cuando quieras.
Y mi dueño empezó a meterme aquel cacharro, al que no me costó gran esfuerzo hacer hueco. Entró bien, me lo hicieron suavemente, podría haber sido peor, en plan bestia y lo habría aceptado también, pero ese día estaba de suerte, tocaba zanahoria en vez de palo, o eso creía. Y aquel chisme entró y salió durante un buen rato, penetraciones profundas generalemente, pero también superficiales en la entrada de mi culo que me produjeron gran placer. Ahora, no era todavía el momento de aullar, pero reconozco que sí gemí, y gocé con aquel trasto rojo.
Me voltearon y me metieron aquel chisme de mil maneras, probando mil posiciones distintas, con una grata y armoniosa combinación de ritmos y profundidades. Y con mucho esfuerzo y no poco dolor por mi parte, logré sentarme en el suelo sobre el dildo, y ellos delante de mí, de rodillas, con su par de trancas inhiestas delante de mi cara. Me las comí con ansia, con deseo vehemente, con delirio, primero una, luego la otra, en ocasiones las dos a la vez, también me comí sus huevos, alternativamente, y me lo restregué todo por la cara y lo saboreé todo con lujuria, con vicio, como si fuera la última vez. Mientras esto hacía movía mi culo convenientemente según lo ordenaba mi próstata, y conseguí tal placer que estuve mil veces a punto de correrme de una manera brutal e irracional, pero aún así seguí sin dar aullidos, ésos los dejé para lo que habría de venir.
Y puesto que voy a aullar me pusieron a cuatro patas, como les corresponde ponerse a las perras o a las lobas en celo que van a follar. Yo, hacía tiempo ya, que tenía perdido el sentido y estaba en un puro desvarío, no pensaba en otra cosa más que en el momento en el que me iban a montar, pero no dejé, por ello, de oir a Pierre decirle algo que me provocó que arrugara la frente haciendo desaparecer el entrecejo:
-Ten cuidado tío, házselo despacio, poco a poco, no le hagas daño.
Bueno, fue oír esas palabras y me pusieron a morir, miré hacía atrás y vi al más cabrón poniéndose un guante de látex que había sacado de su maldita mochila, guante que, tras impregnarlo de gran cantidad de lubricante, empezó a penetrarme el culo. Primero fue un dedo, luego fueron dos..........ahora el pulgar........y luego dos otra vez ...... y luego,............... no sé, el dildo otra vez......... y otra vez no sé cuantos dedos.........ahora la mano, primero con los dados juntos, .........luego .separados, con la palma entera,........con todos los dedos juntos otra vez, entrando y saliendo una y otra vez, a mí aquello me dolía infinito, sentía como punzadas, como dolores lancinantes, además de producirme, algún fuerte escozor, que fue, de todo, lo que menos me importó. No podía aguantar la presión de la mano, me dieron más del famoso frasquito, con palabras suaves y dulces, similares a las que había oído en el riachuelo y saliendo de las bocas de las mismas víboras. Y cuando mayor era el dolor, mayor la presión de la mano, cuando, en verdad, tuve miedo de que me rompieran el culo, aullé sí, aullé como las lobos con esa grito vehemente, triste, quejumbroso, alargando y dilatando el sonido hasta el infinito. Bramé, y chillé intentando que pararan de darme por el culo de esa manera, pero no hubo nada que hacer. Creí que iba a desfallecer y, por suerte para mí, volvió a ocurrir.
Siento los pies húmedos, fríos, es extraño porque el resto del cuerpo me arde, sobre todo la cara que me parece una brasa, la humedad y el frío parece que ascienden lentamente, ahora son las rodillas las que se me congelan, noto un ligero, muy ligero temblor en los pies, pero no puedo echarme hacia delante las sierpes me tienen bien sujeto, la agitación aumenta, me tiemblan las caderas, la pelvis, el culo. Me parece oir, sólo me parece, que por fin ya voy entrando en faena, doy fuertes saltos desde la posición de a cuatro patas, el más sagaz de los dos empieza a pensar que aquello no parece muy normal, nadie se agita tanto por follar por muy cachondo y desbocado que vaya, además parecen como convulsiones, los músculos se contraen y se distienden de manera muy rápida, las sacudidas son rítmicas, sobre todo de las extremidades, aunque a veces es todo el cuerpo el que se levanta, casi entre los dos machotes no me pueden sujetar. No respondo cuando me preguntan, parece que tengo perdido el sentido, parezco aturdido y confundido, siguen los espasmos, cada vez que me pongo rígido, aprieto fuertemente los dientes, el más avispado de los dos empieza a pensar en una crisis nerviosa y que me puedo, quizás, morder la lengua, pide algo para meterme entre los dientes, y el que lleva el guante de látex no encuentra, para semejante propósito, otra cosa,................. que un chisme de color rojo que por allí había.
Me metieron aquel dildo en la boca axialmente, y lo mordí con furia durante el par de minutos que duró aquel trance. Aunque, he tenido otras crisis similares en mi vida, incluso tan fuertes que entre varios tíos no me han podido sujetar, aquella crisis de la sierra fue genial porque les acojonó tanto a mis acompañantes que les dejó sin ganas de perrearme para el resto de la noche.
Y por supuesto nunca más se les ocurrió, ni por lo más remoto, volver a darme del frasquito.
Este bicho, dicen, será detestable por siempre por haber usado su boca diciendo mentiras disfrazadas de verdad a los pobres ingenuos con los que se cruzaba en su camino. Boca, que por cierto, es muy flexible. Tienen las dos mitades que no se encuentran unidas rígidamente, permitiéndola, así, abrir la boca en el ancho que las plazca para tragarse a sus pobres presas enteras, incluso si la pobre presa es mayor en diámetro que la misma serpiente. Y su lengua acaba en dos ramificaciones. Sí, es bífida. Y no poseen oídos.
Y encima la serpiente tuvo la desfachatez de presentarse a sus víctimas como si fuera su mejor amiga, por lo que además de detestable y maldita será también malvada y perversa. Sí. Y es que encima son unas falsas. Cuando están cautivas en las urnas de cristal te miran con ojos tristes, con miradas de cordero, como diciéndonos que no son para tanto, que tampoco es para mirarla con esos ojos de espanto con los que las mira la gente.
Sí. Dice el libro Génesis que alguien dijo a la serpiente: ¨serás maldita entre todos los animales y bestias, te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida y tu cabeza será pisoteada por aquellos a quienes haces daño¨. Sabes que siempre me he preguntado, más que nada por curiosidad, cómo se desplazarían las serpientes antes de que, sea quien fuera quien las dijera esto, las obligara a arrastrarse sobre su vientre por siempre jamás.
Ahora sí que me he metido en una digresión de la que no sé cual es la razón de ella. No sé el por qué de verdad. Bueno, intentaré centrarme.
Giré la cabeza y vi a Pierre que venía en dirección a mí, lentamente, con sus manos en los bolsillos. Volví a mirar al río y esperé su llegada, mientras pensé, en qué gruta siniestra habría dejado al monstruo.
-¿Estás enfadado todavía?- me dijo suavemente
Nada contesté. No iba a estarlo, ¿no te jode?
-Vaya, veo que sí. Yo no he tenido culpa alguna, no es razonable que estés enfadado conmigo
Le contesté sin mirarle
-Ese tortazo era para ti. Es por ti, por quien lo he recibido. Eres tú quien le importa y quien le afecta, no yo. Lo paga conmigo, pero creo que eres tú quien le provoca, quien le pone, vamos.
-Es posible que tengas razón, pero eso no me hace culpable. En cambio, eres tú quien me importa a mí y no él. ¿Lo sabes eso?
Guardé silencio. Ambos lo hicimos. Pierre tiró una piedra al riachuelo, le miré, y añadió:
-Vuelve con nosotros. Está arrepentido por lo que ha hecho, no volverá a ocurrir. Es muy orgulloso y no quiere venir a pedirte perdón, por eso he venido yo. Venga, vuelve con nosotros y olvídalo.
-¿Olvidarme? Joder, qué fácil, contesté sorprendido.
-Es una pena que después de lo bien que lo hemos pasado estos días, al final lo estropeemos todo por un mosqueo tonto.- Dijo aquello completamente convencido, el tío.
-¿Mosqueo tonto?¿Pasarlo bien?, bien, lo habréis pasado vosotros, ¿mira éste? Que yo no he dejado de recibir hostias, ¡no te jode¡
Estaba seguro entonces de más bien pocas cosas, pero de que yo era un capullo........., sobre eso, ya no me quedaban dudas, y si no.........
-¿Llamas pasarlo bien a atarme desnudo a un árbol? ¿A meterme de noche en un río helado? ¿A emporrarme? ¿A pasearme desnudo por todo el monte? ¿A mearme? ¿A darme de hostias? ¿A humillarme continuamente?. Venga hombre, ve vacilar a otro que a mí, ya me habéis toreado bastante.
-Puede que tengas razón, aunque yo siempre he tenido la impresión de que no te desagradaban mucho esos juegos.
¿Juegos?, los llama juegos, el tío.Esto lo pensé con unas ganas tremendas de darle de bofetones
-Venga, te juro, Alejandro, que si vienes conmigo ahora y te olvidas de todo, vamos a hacertelo pasar de vicio, te lo juro, yo me encargo. Prometo que no se te olvidará esta tarde jamás.
-A la mierda vosotros y vuestros vicios, paso, no me interesa, me teneis harto, y no quiero hablar más.
-Vale, vale, como quieras.
Volví la cabeza la río, tenía lágrimas en los ojos. Pierre las vio, se levantó, me acarició la cabeza y se marchó por donde había venido.
Al cabo de un tiempo, siento un ruido a mi espalda, no de pasos, más bien como de algo arrastrándose, giro levemente la cabeza, bajo la cara, me parece ver algo como entre amarillento y verdoso, tal vez grisáceo, con manchas como ocres, no sé, viene hacia mí, algo hace resonar al desplazarse, como emitiendo fuertes silbidos, se detiene un rato, largo, parece como si estuviera al acecho, presto a saltar sobre alguna presa, o sobre alguna víctima, yo sigo llorando, será por las lágrimas entonces que me parece ver que tiene el cuerpo como escamoso, se aproxima a mí, vuelvo a girar la cabeza, se sienta a mi lado, me echa un brazo por encima del hombro, es raro, pues este tipo de seres ofídicos carece de extremidades, será por eso que a mí, me parece, como una gran cola terminada en un fuerte aguijón y con fuertes espolones a ambos lados, que parecen agarrarme también,. Efectivamente, tiene el cuerpo cubierto de escamas, sigo mirándolo fijamente, no tengo miedo, soy fuerte, me he armado de valor, su cara está junto a la mía, sus ojos fijos en mí, no parpadea, sus párpados son casi transparentes y están inmóviles como pegados, su cuerpo cilíndrico y alargado me rodea, abre la boca, parece dilatable, los dientes centrales de los maxilares superiores son largos y curvados hacia atrás, estoy como hipnotizado, siento sensaciones ya conocidas en la entrepierna, mi miembro, en contra de mi voluntad o por voluntad suya, noto que se levanta, su lengua termina como en dos ramificaciones, sí, es como bífida, entra en uno de mis oídos y me estremezco, toda mi energía acumulada en los alrededores del falo asciende a la cabeza, menos mal que se centra en mis oídos, por cierto, bastante rato, tanto, que me parece ya fijación lo que tiene con ellos, menos mal, porque de haberse centrado en mi boca esa lengua habría hecho conmigo garganta profunda sin lugar a dudas, gimo, la cola sigue abrazándome cada vez más y más fuerte, sigo gimiendo, su boca en verdad es dilatable, sus labios parecen estar en todos los sitios de mi cara a la vez, su cuerpo sigue enrollándose, me quedo casi sin aire, estoy fascinado, me entrego, alzo la cabeza para mostrarle el cuello, para dárselo, que haga con él lo que quiera, casi deseo que me clave el diente, no puedo mover mis manos, me habría gustado tanto acariciar sus escamas.......... Mi sangre está cada vez más caliente, aprecio que más a su gusto, y deseo ahora con más fuerza que nunca que me clave los colmillos en el cuello, y que me sujete con los espolones, y que me clave también su gran aguijón, suyo soy, me posee, estoy sin voluntad, puede hacer de mí lo que quiera, ya sólo me cabe pensar, por donde me engullirá primero, si por la cabeza o por los pies.
-Ven,- me tienta Lucifer, - ven con nosotros, prometo que disfrutarás de los mejores placeres, de los mayores deleites, gozarás de tales sensaciones que nos encontraremos todos juntos en la gloria –dudo que tú puedas entrar en ella, todavía acierto a pensar - será mi regalo por estos días de tanta dicha como nos has dado – ufffff, aquí sí que estás más culebra que nunca, sigo acertando, - olvídate de cualquier amargura, de cualquier contratiempo, de cualquier contrariedad, y déjate llevar – sí, y dejarme arrastrar, y engullir y devorar, y todo lo que tú quieras, sigo pensando- Y, efectivamente, arrastrado por el monstruo, atraído por su voluptuosidad, por su sensualidad o por su lascivia y lujuria, no lo sé, ni pude, ni quise resistirme a la tentación de gozar de todos los placeres prometidos.
Y así fue como me encantó, bastó un simple abrazo, para que se derrumbaran como un castillo de naipes todos mis férreos propósitos fuertemente construidos durante horas, relativos a pasar de ellos para siempre jamás, bastó que me comiera una oreja para que toda mi frialdad se trocara en una calentura bestial, y bastó un simple muerdo en el cuello para cambiar mis propósitos de rebelión y transformarlos en todavía mayor sometimiento.
Con la cintura enlazada todavía por la cola con espolones de la sierpe, llegamos hasta el calvero donde Pierre nos espera entusiasmado. Me recibe agarrándome la cara y besándome, yo me dejo hacer, mi dueño se pega a mi espalda y me hace sentir lo que ahora tanto necesito, Sigo besándome con Pierre, mi dueño me acaricia la espalda, la cintura, el culo, estoy más que sorprendido, con suavidad me llevan junto al árbol que más nos conoce. Cuando mi amo me desata el pantalón y me mete la mano dentro, yo me abandono, no muevo ni un brazo, ni un músculo, nada, si acaso, dirijo un poco el culo hacia él, para facilitarle la tarea o para indicarle que sí, que es así como me gusta, que es así como le quiero y deseo.
Mi dueño se va a la tienda aunque no tarda mucho en volver, Pierre aprovecha para despojarme de mis pantalones, sacarse su tranca y ponerse a mi espalda, su sitio favorito, aunque recorrerá otros. Se prepara para entrarme, mientras mi dueño me pone en la nariz un frasquito pequeño del que me manda esnifar. Yo, sorprendido, le miro, porque no entiendo de que va el punto, pero acato con sumisión. Me tapa un orificio nasal y me mete el botecito por el otro, me ordena aspirar fuertemente, no tengo opción a cuestionar nada, luego hago lo mismo con el otro orificio.
Recibo muy rápidamente un fuerte embate cerebral, un gran golpe que me sorprende pues no lo espero. En ese momento Pierre me entra sin contemplaciones, casi ni lo siento, desde el principio me da fuertes embestidas, e intensas, me gusta, me doblo, él me agarra de un hombro. Soy más potro que nunca y me desboco como tal. Siento arder mi cara como si fuera una estufa, debo tener fuerte rubor de piel porque si no es imposible. Percibo también como que mis ojos desenfocan, que las imágenes se difuminan alrededor, que cada vez son menos claras, menos nítidas, sólo me apetece cerrar los ojos y permanecer con ellos cerrados mientras noto las acometidas sin consideración de Pierre, muy profundas, pues la posición se lo permite. Estoy casi privado de sentido. Presiento que de verdad, si no en la gloria como me han prometido, estoy al menos en el paraíso, donde a mi dueño, al menos alguna vez, sí le dejaron entrar con paso franco.
Busco apoyo con las manos en el árbol, éste me sostiene y gracias a él no me desplomo, se va pasando el efecto, sólo me ha durado un par de minutos, pero durante ese tiempo no he notado los espolones que agarran mis caderas, ni siquiera he tenido intención de comerme el gran aguijón, y éso que lo he tenido delante de mi boca, y no por venenoso, si no porque ni siquiera lo he visto, quién me lo iba a decir, habrá sido, seguro, por el desenfoque.
Ahora, más despejado, me doy cuenta de que ese aguijón, en extremo puntiagudo, es lo que más deseo. Agarro con la mano el órgano punzante, quizá es venenoso mas no me importa, y lo atraigo en dirección a mi culo. Y tirando del bicho viene detrás el resto del monstruo al que necesito para que lo empuje. Ambos machos entienden rápido lo que quiero, Pierre sale de mí y deja el camino libre al basilisco mientras él, para mi sorpresa, se pone de rodillas delante de mí.
Antes de encularme nuevamente me vuelven a dar del frasquito, vuelvo a sentir lo mismo mientras las embestidas más deseadas casi me hacen caer al suelo, gracias al árbol y al francés no lo consiguen. Yo, me dejo hacer, me abandono, me doy, no contribuyo en nada a la acción, la misma acometida sobre mi culo codicioso, sirve de irrumación a la boca de Pierre. Mis caderas y piernas empiezan a temblar, a agitarse de manera descontrolada, también mi culo tiembla, y mi polla y mis huevos. Todo mi cuerpo se inflama, debo abrasar, por fin me callo, no grito, ni gimo, ni jadeo, ya tendré tiempo de aullar, ya no pido que me sigan follando, lo doy por hecho, cierro los ojos, en verdad creo estar en el gloria pues no puede haber nada mejor.
Cuando desciendo y vuelvo en mí me encuentro tumbado en la tienda con mis dos amos a cada lado, Pierre me acaricia el pecho, Chris un muslo, esto sí que era novedad. De pronto mete la mano en su repleta mochila y me saca un consolador rojo de silicona de un tamaño, que a mí me pareció, más que descomunal.
-¿No pensareís meterme eso en el culo?- pregunto asustado
-Ya te lo hemos metido. Tu no te acuerdas, pero te aseguro que lo disfrutaste mucho.
La respuesta del más lascivo me deja pensativo; se que se refería a la noche en que me emporraron. Recuerdo muy vagamente, como si la cosa hubiera ocurrido hace cien años, que me metieron una cosa que a mí me pareció, fría, grande, y dura. No recuerdo mucho más, pero, ¿si entonces me entró porqué hoy no iba a hacerlo?. Y me relajé, entregándome como la más puta de las perras callejeras, estaba suficientemente abierto como para tragarme aquello sin miramientos, aquello y cualquier otra cosa.
Y eso fue lo primero que hice, efectivamente. Tragármelo. Mi amo dió vueltas con él por mis labios, por mi pecho, por mi culo, por la cara, jugueteó un poco por el ombligo antes de volver otra vez a los labios. Era grande el consolador, en verdad, yo abrí mi boca ávida de tenerlo dentro, tuve que abrir mucho, pero poco a poco me hice con él, lo ensalivé, entró y salió de mi boca sin problemas, también me lo comí axialmente, y casi me gustó más, tenía marcadas las típicas venas y eso me pone cantidad. Mientras mi amo se divertía con el chirimbolo, Pierre me masturbaba cariñosamente y me acariciaba el cuerpo, y metiéndome sus dedos en el culo, me lo lubricaba generosamente y me lo iba preparando. Levantándome las piernas en forma de V, le dijo a su amigo:
-Está listo, cuando quieras.
Y mi dueño empezó a meterme aquel cacharro, al que no me costó gran esfuerzo hacer hueco. Entró bien, me lo hicieron suavemente, podría haber sido peor, en plan bestia y lo habría aceptado también, pero ese día estaba de suerte, tocaba zanahoria en vez de palo, o eso creía. Y aquel chisme entró y salió durante un buen rato, penetraciones profundas generalemente, pero también superficiales en la entrada de mi culo que me produjeron gran placer. Ahora, no era todavía el momento de aullar, pero reconozco que sí gemí, y gocé con aquel trasto rojo.
Me voltearon y me metieron aquel chisme de mil maneras, probando mil posiciones distintas, con una grata y armoniosa combinación de ritmos y profundidades. Y con mucho esfuerzo y no poco dolor por mi parte, logré sentarme en el suelo sobre el dildo, y ellos delante de mí, de rodillas, con su par de trancas inhiestas delante de mi cara. Me las comí con ansia, con deseo vehemente, con delirio, primero una, luego la otra, en ocasiones las dos a la vez, también me comí sus huevos, alternativamente, y me lo restregué todo por la cara y lo saboreé todo con lujuria, con vicio, como si fuera la última vez. Mientras esto hacía movía mi culo convenientemente según lo ordenaba mi próstata, y conseguí tal placer que estuve mil veces a punto de correrme de una manera brutal e irracional, pero aún así seguí sin dar aullidos, ésos los dejé para lo que habría de venir.
Y puesto que voy a aullar me pusieron a cuatro patas, como les corresponde ponerse a las perras o a las lobas en celo que van a follar. Yo, hacía tiempo ya, que tenía perdido el sentido y estaba en un puro desvarío, no pensaba en otra cosa más que en el momento en el que me iban a montar, pero no dejé, por ello, de oir a Pierre decirle algo que me provocó que arrugara la frente haciendo desaparecer el entrecejo:
-Ten cuidado tío, házselo despacio, poco a poco, no le hagas daño.
Bueno, fue oír esas palabras y me pusieron a morir, miré hacía atrás y vi al más cabrón poniéndose un guante de látex que había sacado de su maldita mochila, guante que, tras impregnarlo de gran cantidad de lubricante, empezó a penetrarme el culo. Primero fue un dedo, luego fueron dos..........ahora el pulgar........y luego dos otra vez ...... y luego,............... no sé, el dildo otra vez......... y otra vez no sé cuantos dedos.........ahora la mano, primero con los dados juntos, .........luego .separados, con la palma entera,........con todos los dedos juntos otra vez, entrando y saliendo una y otra vez, a mí aquello me dolía infinito, sentía como punzadas, como dolores lancinantes, además de producirme, algún fuerte escozor, que fue, de todo, lo que menos me importó. No podía aguantar la presión de la mano, me dieron más del famoso frasquito, con palabras suaves y dulces, similares a las que había oído en el riachuelo y saliendo de las bocas de las mismas víboras. Y cuando mayor era el dolor, mayor la presión de la mano, cuando, en verdad, tuve miedo de que me rompieran el culo, aullé sí, aullé como las lobos con esa grito vehemente, triste, quejumbroso, alargando y dilatando el sonido hasta el infinito. Bramé, y chillé intentando que pararan de darme por el culo de esa manera, pero no hubo nada que hacer. Creí que iba a desfallecer y, por suerte para mí, volvió a ocurrir.
Siento los pies húmedos, fríos, es extraño porque el resto del cuerpo me arde, sobre todo la cara que me parece una brasa, la humedad y el frío parece que ascienden lentamente, ahora son las rodillas las que se me congelan, noto un ligero, muy ligero temblor en los pies, pero no puedo echarme hacia delante las sierpes me tienen bien sujeto, la agitación aumenta, me tiemblan las caderas, la pelvis, el culo. Me parece oir, sólo me parece, que por fin ya voy entrando en faena, doy fuertes saltos desde la posición de a cuatro patas, el más sagaz de los dos empieza a pensar que aquello no parece muy normal, nadie se agita tanto por follar por muy cachondo y desbocado que vaya, además parecen como convulsiones, los músculos se contraen y se distienden de manera muy rápida, las sacudidas son rítmicas, sobre todo de las extremidades, aunque a veces es todo el cuerpo el que se levanta, casi entre los dos machotes no me pueden sujetar. No respondo cuando me preguntan, parece que tengo perdido el sentido, parezco aturdido y confundido, siguen los espasmos, cada vez que me pongo rígido, aprieto fuertemente los dientes, el más avispado de los dos empieza a pensar en una crisis nerviosa y que me puedo, quizás, morder la lengua, pide algo para meterme entre los dientes, y el que lleva el guante de látex no encuentra, para semejante propósito, otra cosa,................. que un chisme de color rojo que por allí había.
Me metieron aquel dildo en la boca axialmente, y lo mordí con furia durante el par de minutos que duró aquel trance. Aunque, he tenido otras crisis similares en mi vida, incluso tan fuertes que entre varios tíos no me han podido sujetar, aquella crisis de la sierra fue genial porque les acojonó tanto a mis acompañantes que les dejó sin ganas de perrearme para el resto de la noche.
Y por supuesto nunca más se les ocurrió, ni por lo más remoto, volver a darme del frasquito.
Cuaderno XIV
Nos despertamos muy tarde por la mañana. Es el día en el que nos tenemos que volver a Madrid. Yo estoy muy relajado, aunque quizá, debería decir flojo. Quienes hayan sufrido de crisis de nervios, de epilepsia o de ataques similares saben a lo que me refiero. Durante un tiempo después de la crisis se encuentra uno en un estado entre debilitado y flojo, y deprimido, como con miedo a que vuelva a ocurrir lo mismo otra vez.
Ellos se despiertan con evidente miedo hacia mí pues ni me tocan siquiera. Me tratan con más miramiento del que jamás han tenido nunca, casi con mimo diría. Me preguntan cómo me encuentro, si he dormido bien, si estoy en condiciones de levantarme. Tanta amabilidad me confunde. Yo alucino. No puedo dar crédito. Creo que me hago un poco el remolón, como aprovechándome de la situación. Deciden levantar la tienda de campaña ellos solitos para que yo siga descansando. Muy bien, lo hago. Ahora parezco ser yo el viborón. Está claro que debo utilizar más este tipo de situaciones.
Una vez desmontada la tienda me dejan al cuidado de todas las cosas mientras ellos suben al puerto para bajar el coche y comprar algunos bocatas en el bar. Tardarán un rato largo. Yo me tumbo entre las mochilas y saco un cigarro. Cuando se van me pongo un jersey pues parece que hace algo de frío y voy a sentarme cerca del riachuelo en la misma piedra donde me atrapó la serpiente.
Pienso en los efectos que me ha producido abusar del frasquito. Otras veces me ha ocurrido tras una buena tranca. Borrachera digo. Debo meditar sobre todo esto y moderarme. Son curiosos los efectos diferentes que estas cosas producen sobre unos y otros. Dicen que Goya tomaba 800 mg de láudano todos los días, dosis que era mortal para otros muchos, y él se quedaba tan fresco, pues no por ello le impidieron pintar las majas, o quizá incluso gracias a eso.
Yo ahora sé los efectos que el frasquito produce en mí, pero si no lo hubiera probado no lo sabría. Algún personaje muy reputado – no lo cito aquí, no por modestia, si no porque dudo mucho que le gustara aparecer en estas páginas- dijo una vez, en una de sus numerosas cartas que escribía, no sé si a los corintios, si a los efesios o a otros lectores similares, algo así, como que en esta vida había que probarlo todo para quedarse con lo mejor. Esto es en lo único, que estoy de acuerdo con este señor. No creo que se refiriera al sexo, pues era bastante soso este hombre y además estaba su sospechosa antipatía hacia las mujeres. Creo que también Aristóteles dijo algo muy similar. Qué afán por copiar todo el mundo a todo el mundo. Desde que nacemos no hacemos sino probar cosas, lo que no entiendo, es porqué, no nos atrevemos a probar otras.
Vale, lo reconozco, como ya me has dicho otras muchas veces, tengo una tendencia excesiva y casi malsana hacia la divagación. Y como yo te he contestado otras muchas veces, es por la edad. Pero es verdad, ¿es que no tengo nada mejor en qué pensar ahora que me he quedado solo? Podría aprovechar y pajearme por primera vez en todo el puente, pero estoy tan laxo que ni me apetece.
Miro a mi alrededor y me sorprendo de que todo parezca tan tranquilo y sosegado a pesar de la agitación que ha habido. Tengo la impresión de haber estado en este lugar durante al menos un año. ¿Cuántas cosas no han sucedido? Me parece que hasta la hierba está más alta y más verde, los árboles más frondosos, y que, incluso, por el río baja más agua. Me gusta este rumor del agua por el riachuelo. Durante mucho tiempo cada vez que escuchaba el correr del agua, aún cuando fuera el de una simple fuente, me acordaba de ese lugar. He vuelto allí otras muchas veces, desde luego en otras circunstancias y con otra gente más interesante, y más querida y apreciada. Sí, ya sé que contigo también, cómo podría haberlo olvidado.
También fue en un puente largo, y fueron días dichosos, forman parte de ese reducidísimo manojo de días felices a los que puede aspirar un ser humano a lo largo de su vida. Siempre que he estado allí, digo, me he detenido a oir ese susurro. También he podido comprobar que ya no hay ni rastro de culebras en ese lugar. Desde que estuve contigo allí siempre he pensado que si la felicidad se escuchase sería algo parecido a esta cálida melodía. Quizá por eso compré una cassette a los monjes taoístas de Wudang, en China, con murmullo de agua rumorosa que me pareció el de ese río, eterno, dulce, rítmico. Cuando estoy deprimido, la pongo porque sé que es lo único capaz de sacarme de mi apatía, y de mi indiferencia, y de mi insensibilidad y de mi mala leche, y de mil cosas más.
Por fin volvieron mis sensibles dueños. Nos cominos los bocatas y tras fumarnos unos cigarros y charlar un rato, cargaron ellos solitos con mochilas y tienda al coche. Qué diferencia con relación al primer día. Tendré que seguir alicaído y con cara lánguida y mustia.
En el coche me senté en el asiento trasero, detrás de Pierre. Ya puestos en camino, noté la mano de éste que me tocaba la pantorrilla disimuladamente para que Chris no le viera. Me dejé hacer porque me hizo gracia. Yo seguí la broma y empecé a acariciarle la cadera. Le saqué la camisa y noté como él se cruzaba de brazos y colocaba la cazadora encima de sí para que el otro no viera nada. Seguí acariciándole. Le empecé a meter un dedo y noté que metía la tripa hacia dentro para facilitarme la tarea. Sentí los pelos de su pubis y me excité. Y él también. Tiré de ellos pretendiéndole hacer algo de daño, quien sabe si queriéndole devolver parte del sufrimiento que me habían hecho pasar a mí. Le gustó esta intimidad sólo entre nosotros dos. Cuando me atreví a meter parte de mi mano en sus pantalones noté su rabo tieso como un palo. Sólo pude tocar el glande pero imaginé todo lo demás. Saqué mi mano por miedo a que Chris nos viera pero ya Pierre se quedó con tremenda calentura.
No tardó mucho en volverse y palparme la entrepierna para excitarme. Me dejé hacer. Ahora todo era evidente para Chris que nada pudo hacer al ir conduciendo. Pero sí decir a Pierre, riéndose:
-Mira que es zorrón, tío. Basta un sobatón para ponerse como una puta zorra salida sin macho. Basta una simple mirada para ponerlo a nuestra disposición. Para hacernos lo que dispongamos. Ya te lo dije el primer día, que era bueno, un ejemplar sin desperdicio y que podríamos hacer con él lo que quisiéramos. Te dije la verdad, ¿no?
Y claro que era verdad, me tumbé con la pelvis hacia delante y la espalda en el asiento trasero para que Pierre me magrearan bien . Me abrió la bragueta, me sacó mi bicho y se estuvo divirtiendo con él durante bastante trayecto, mientras escuchaba a mi amo decirme cosas similares a las anteriores y que sólo podían excitarme más y más. Y me dejé meter su dedo corazón, previamente lubricado con su saliva, y me presionó con él la próstata dibujando un abanico con su movimiento, y a la vez el pulgar me apretó por fuera en los huevos, la ingle, el pubis también dándole suaves meneos......... Todo esto le encantaba.........y a mí también.
Llegamos a Madrid bastante pasado el mediodía. Chris sugirió que nos fuéramos a su casa para ducharnos porque, según él, tan amable siempre, yo tenía una pinta guarro imposible de relatar y después de cuatro días sin ducharme que olía a lo que era, un cerdo. Él no sé de qué podía oler a rosas. Pierre aceptó enseguida. Era obvio que ambos, a pesar de las descargas que habían tenido durante todo el puente estaban excitados y querían aún más.........y sí, yo también.
Por fin, se iban a dejar de contemplaciones para conmigo. Se les había pasado el miedo a que pudiera tener, ahora, qué sé yo........un ataque súbito al corazón, por ejemplo.
Y llegamos a casa, Chris se duchó primero y Pierre me pidió que nos ducháramos juntos. Acepté, aunque al dueño de la ducha aquello le pareció cosa de truchas.
Mientras estuvimos solos noté que Pierre estaba muy afectuoso y que quería cierta intimidad.
-Me ha gustado mucho cómo me metías mano en el coche, cabronazo, me has puesto a mil. Me gustas mucho, Alejandro. Tenemos que hablar tú y yo, pero cuando estemos solos.
Yo era oír mi nombre y como que me quedaba descolocado entre aquellas dos serpientes venenosas. Me ponía en guardia porque, a saber, por dónde podían salirme. A la vez que, Pierre me hablaba, me tocaba una oreja y eso es algo que pocas veces he podido resistir.
-Ahora estamos solos, ¿qué quieres decirme?- le hablaba mientras habría mis piernas y me estiraba todo lo largo que era en el sofá
-No, ahora no, ya hablaremos cuando estemos más tranquilos. En la sierra casi nunca hemos estado solos.
-Vale, pues cuando quieras
En la ducha me enjabonó cariñosamente, y me lavó sin prisas mientras el agua caía suavemente sobre nuestras cabezas, y me acarició todo el cuerpo, varias veces, y me abrazó, y me besó dulcemente. Me encanta que me besen. Los besos me pierden y tengo que reconocer que nadie me ha besado como Pierre. Nadie lo ha hecho de forma tan voluptuosa, tan morbosa, tan lujuriosa,, tan libertina, tan..........
Y a pesar de eso, he apreciado otros besos mucho más, aunque no fueran tan sensuales, ni tan apasionados como los suyos. Sólo por haber disfrutado de muchos puedo asegurar sin miedo a equivocarme que los besos sinceros, los dulces, los cariñosos y tiernos, son infinitamente mejores, quizá por ser más difíciles de encontrar. Pero para recibir estos hay que tener de los otros también, y no son esos los peores, ni mucho menos. Están todavía los de Judas, los venales, los indiferentes, los húmedos, los secos, los cargantes, los remilgados, los agobiantes, los inoportunos, los babosos, los fétidos, los lanudos, los raspones, los infectos, los seniles, los mellados, los de dentadura inestable,........ y muchos, muchos más pero para alguien que le gusta besar es suficiente.
He conocido a hombres que, por mil razones, les disgusta besar, y en cambio, a ninguna mujer que no le guste. No me fío de un hombre al que no le guste dar un beso, lo respeto, por supuesto, y no insisto para que cambie de aptitud, pero me parece raro. Mucho. No entiendo que uno se pueda comer una polla y no quiera comerse la boca de su amante, por feo que éste sea. En el beso interviene la lengua y esta se comporta como un interruptor eléctrico que conecta cada uno de los dos circuitos biológicos que los chinos llaman del Ying y del Yang y que recorren el cuerpo. A través del beso se experimentan mil sensaciones simplemente haciendo extraer la energía por la columna y haciéndola circular por estos circuitos alrededor de todo el cuerpo, y extrayéndola de tu amante o aportándosela a él, según los casos. No, definitivamente, no me gustan los hombres que no quieren o no saben besar. Sí, porque los hay que ni saben. Pierre sí, y me besó tan vehementemente y durante tanto rato que mi dueño no pudo aguantar más, y enseguida empezó a gritar:
-¡El agua¡ ¡El agua¡- como un energúmeno
Nosotros nos reímos y dije a Pierre:
-Venga, vamos acabar que se enfada Chris
-No, que le den a Chris, estoy ya un poquito harto de este tío ya.
Cerró el grifo y se me puso de rodillas. Me comió la polla durante un rato largo mientras yo, apoyado en la pared me dejaba hacer. Y me dio media vuelta, suavemente, y siguió comiéndome el culo. No tuvo que hacerlo durante mucho tiempo porque, en posición como estaba, enseguida tuve que pedirle que me follara. Con la suavidad que da el jabón me abrió el culo con los dedos sin ningún problema y se entretuvo jugando un ratito que a mí me pareció eterno. Yo, en posición de dispuesto como digo, y ya completamente desesperado, le apremiaba:
-Ay veeeeeengaaaaaaa, tío, no me hagas esperar
Pierre muy suavemente, como siempre, me introdujo su verga. Me folló con mucha ternura, contra la pared como a mí me gusta, agarrándome a ninguna parte, con las manos sobre los azulejos y frotando mi cara por ellos. Pero tras un rato de repente a mí, me pareció estar poniéndole los cuernos a mi amo, vi a mi dueño con la cabeza de un viejo antílope, y como que me cortó el rollo. Le dije:
-No te corras tío y vamos a salirnos ya. Venga, acaba de ducharte, y seguimos fuera.- Noté que no le gustó nada el corte de la acción pero accedió. Nos aclaramos, nos secamos y salimos.
Fuera, mi venado más deseado estaba tumbado en la cama, como un lelo sin enterarse de nada. O eso supuse yo. La verdad era que recién duchadito y con el pelo lavado y húmedo estaba guapísimo, estaba de muerte en verdad. Estaba desnudo y empalmado. Después de los besos de Pierre yo me habría tirado a él para comerle la boca, pero sé que es de esos hombres a los que no les gusta besar. Por lo menos conmigo. Después de la mamada de Pierre se la habría comido a él del mismo modo, pero a él le gusta que se la coman de otra manera más a lo bestia, por lo menos conmigo. Después de la espetada de Pierre en la ducha no me importaría nada que, ahora, él fuera el primero en follarme y como le gustaba a él, en plan duro. Pero los planes eran otros. Yo, en cualquier caso, estaba muy dispuesto para todo porque ver a mi venado en aquel estado me puso más contento aún de lo que ya estaba tras la ducha, y mi polla se puso muy contenta también.
Pierre buscó sus lubricantes en las mochilas y se tumbó en la cama boca arriba, con su polla inhiesta, me guiñó un ojo y me hizo un gesto que no daba lugar a dudas:
-Ven y siéntate encima de mi- me decía mientras embadurnaba su cipote con el lubricante.
Así lo hice sin dilación alguna. Y cómo entró en mí aquel cipote, fue la hostia. Sentí un gran fuego dentro de mí. Estaba durísima. Me la clavé hasta dentro sin ninguna dificultad y rápidamente empecé a agitarme. Mi dueño también con la misma prontitud empezó a insultarme.
-¿Has visto que zorra es?, casi no se la has metido y ya esta jadeando como las putas perras en celo, es alucinante
Y tenía razón, no me había dado Pierre siquiera dos emboladas y ya estaba deseando que siguiera en plan bestia y que se corriera rápido, para tener la polla que yo más quería dentro, aquella que no hacía más que escarnecerme e injuriarme, aquella polla que no perdía ocasión en vejarme y ultrajarme. Ayudé a Pierre cabalgándole con fruición, recibiendo también de su parte placer intenso pero al poco rato me paró enseguida y me dijo con voz melosa:
-Tranquilo que te lo vamos a hacer pasar de vicio, vas a disfrutar de la hostia
Y ¡dale¡,
Yo, oír esa frase y echarme a temblar y ponerme próximo a morir, era todo uno. A saber que habían planeado este par de víboras durante el rato que estuvieron solos en el puerto esta mañana.
-Tranquilo- me repite, simplemente baja tu boca y bésame
Pierre me saca la lengua muy lascivamente, y tira besos al aire. Yo empiezo a bajarme suavemente y empezamos a besarnos sensual y apasionadamente. Sus besos, reconozco, que me perdían, cómo me habrían gustado si hubieran venido de otro, a dónde me habrían transportado, era en lo único que pensaba. El beso de Pierre duró tanto que me fui relajando y acostándome literalmente encima de él.
Rápidamente empecé a sentir el dedo de mi amo que acompañaba a la polla de Pierre. Me encantó, -a ellos supongo que también- por fin mi amo entraba en acción. Cuando me metía el pulgar yo lo disfrutaba cantidad pues era el dedo que más me gustaba, además levantaba parte de mi ojete hacia arriba para hacerlo más grande. Me sentía pleno.
Tras cualquiera de sus dedos noté que me metía algo, un canutillo de puro habano de metal, tras esto algo más grande aún, como un consolador de tamaño no excesivo. Todo iba acompañándose de su bien medida cantidad de lubricante, no vaya a ser que me fuera a dar otro jamacuco o indisposición similar a la del día anterior y se acabara el chollo.
Tras cada introducción yo notaba que mi culo dilataba cantidad, aunque no sin esfuerzo.
Cuando creía que a lo que se limitaba el juego era a introducirme cacharritos, siento la polla más deseada, que intenta meterse en territorio previamente ocupado. Estaba superdura por la perspectiva de frotarse con la polla de Pierre deduje. Pensé que mi amo estaba loco o que habría perdido el juicio. Pero no. Ambos tenían muy claro lo que querían hacer conmigo. Embestirme doblemente.
Costó trabajo, no fue fácil. Penetrar doblemente a un tío es mucho más difícil que realizar la penetración doble a una mujer, -lo que se entiende por penetración doble en una mujer-, y más si el sodomizado doblemente es primerizo como era el caso.
El miembro superlubricado de mi amo se escurría hacia los laterales cuando intentaba meterla en el orificio ya lleno. Tuvo que apretar hacia abajo para presionar levemente la polla de Pierre y hacerse hueco. Por fin en uno de los intentos entró también en mí hasta media vara. Yo gemí y di un respingo hacia arriba Yo me dejaba hacer y sólo me dedicaba a comerme los morros del francés. Mi amo tuvo que retirarse un poco para volver a embestir con más ímpetu o más precisión. También la polla de Pierre, que estaba metida hasta el fondo, tuvo que salirse un poco para que la de mi amo entrara hasta más de media asta y luego ambos al unísono empujar a la par. Suerte que la dureza de ambas vergas era buena, que si no, dudo que hubieran podido penetrarme a la vez.
Ufffffff yo estaba salidísimo y disfrutando de la hostia. Tenía a dos supermachos a mi disposición, esforzándose por darme rabo, los dos, a mí solito, haciendo auténticos esfuerzos para que no se les salieran sus pollas de mi culo, intentando darme el mayor de los gustos, frotándose sus polla entre ellos y gozando también.
Me dolió menos de lo que podría haber imaginado y me alegré de que no me hubieran avisado previamente. La verdad, tengo que reconocer que fui muy bien dilatado, y poco a poco me sentí repleto y colmado.
A Pierre apenas le dejábamos moverse y sólo mi amo y yo parecíamos disfrutar. En una de las ocasiones en que uno de los miembros se salió de mi culo, Pierre aprovechó y nos levantó. Puso a mi amo boca arriba en la cama, recostado ligeramente sobre la pared, me obligó a tumbarme encima de él dándole la espalda y a meterme su rabo. Estaba con la polla más deseada dentro y con mis piernas sujetadas por las manos. Pierre me penetró, de pie, por adelante mientras la polla de su amigo se deslizaba suavemente. Yo podía manipular mi rabo perfectamente, mi amo habría podido también de haber querido. Ahora ya no costaba ningún trabajo darme candela, tenía mi culo muy dilatado y lubricado y eso hacía que disfrutara mucho. Ahora era Pierre quien se movía pero también sentía la polla más deseada moviéndose dentro de mí.
Follándome aquellos dos tíos a la vez, sentía que era el remate, la culminación de todo lo sucedido ese puente, de lo disfrutado y de lo padecido, que de todo hubo, era el cenit, el súmmum, follarle a uno al máximo nivel, ya nada más podría ser hecho, ¿qué más podría hacerse después de aquello? ¿qué más habría que fuera más placentero?. No lo sé, pero por de pronto mis amos seguían alternándose delante de mí y moviéndose al unísono dentro de mi culo produciéndome gran placer.
Terminamos con una enculada doble tumbados los tres de costado. Mis piernas a ambos lados de la cadera de Pierrre, enlazándole, Éste, no dejaba de besarme más apasionadamente que nunca, metiéndome la lengua hasta la garganta y mi amo metiéndome su polla por detrás deslizándola con la de Pierrre que era, en realidad, lo que más le ponía. Yo, cuando los besos de Pierre me lo permitían gritaba de gusto y daba alaridos de gozo y pedía que me siguieran dando de aquello tan rico. No me daba cuenta de que era imposible darme más. Cada vez estábamos más excitados y no podían tardar en correrse. Primero uno, y cuando éste se vació y mi culo se quedó sólo con el rabo del otro, durante un tiempo apenas lo sentí deslizarse en mí. Pero no fue mucho el tiempo porque el segundo no tardó en venirse dando alaridos de búfalo.
Y por fin, como premio por mi buen comportamiento durante todo el puente, por fin, digo, mis amos me permitieron correrme. Y yo, para mi pasmo, no quise hacerlo, no quise que se me quitara el morbo y que desapareciese esa sensación de sometimiento y vicio que sentía por ellos y que tanto me gustaba. No lo hice y quizá, también, fue por orgullo, ahora que ellos me dejaban, a mí no me daba la gana. Quizá en mi casa cuando llegase, quizá por la noche cuando pensase en tantas cosas como habíamos hecho los tres estos cuatro días, ya tendría ocasión de matarme a pajas cuando no los tuviera delante, ahora sólo me apetecía disfrutarlos, derrotados como estaban, mientras yo seguía con ganas de más, de cualquier cosa que quisieran hacerme. En ese momento yo me sentía el vencedor, todo su esfuerzo lo habían gastado en mí, era el único de los tres que podía continuar la marcha, el único que era insaciable. Me atreví incluso a mirarles altanero y arrogante. Envanecido y orgulloso de mí mismo, me tumbé también a fumarme un cigarrillo, a descansar y a disfrutar de mi victoria.
Al rato, Pierre y yo dejamos la casa de Chris para tomar un taxi. De camino a la parada, Pierre por fin encontró el momento de intimidad que estaba buscando
-Alejandro, sabes que me gustas mucho y nada me gustaría más que enrollarme a solas contigo. Tú y yo. Como antes en la ducha, los dos solitos. ¿No te apetecería a ti también?
-Sí, pero habrá que consultarlo con Chris a ver qué le parece.
-¡Joder¡ ¿Que coño consultarle? Tío, ya eres mayorcito.¿Es que no haces nada sin su permiso?
-No- simplemente le respondí.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato. Luego, pensando que quizá había sido algo cortante, proseguí:
-Si me da su permiso lo haré, tantas veces contigo como quieras, y lo que tu quieras además, pero sin su permiso, no.
-Pero, tío. ¿Como es posible que después de las cosas que te hace sigas colgado por él? ¿Es que no ves como te trata? ¿Es que no ves la diferencia de cómo te trato yo?
-Sí, claro que lo veo. ¿Crees que no me gustaría que él me tratara como tú?. Pero sé que con el tiempo lo hará, ya lo verás.
-Pero que va, tío, ni lo sueñes. Enróllate conmigo. Él no tiene porqué enterarse, lo pasaremos bien, ya verás.
-Estoy seguro, pero sin su permiso, no.
Llegó un taxi, lo cogí y me marché. Durante todo el recorrido a mi casa pensé en Pierre y sentí que quizá había sido un poco brusco con él. Es verdad que el tío había sido supercariñoso conmigo. Me había evitado muchas situaciones desagradables, me había acogido, en momentos tensos, entre sus brazos, me había hecho sentir que estaba allí justamente cuando necesitaba de alguien, me dio su calor cuando me sacó del río. Pero.......¿qué podía hacer yo?
Ellos se despiertan con evidente miedo hacia mí pues ni me tocan siquiera. Me tratan con más miramiento del que jamás han tenido nunca, casi con mimo diría. Me preguntan cómo me encuentro, si he dormido bien, si estoy en condiciones de levantarme. Tanta amabilidad me confunde. Yo alucino. No puedo dar crédito. Creo que me hago un poco el remolón, como aprovechándome de la situación. Deciden levantar la tienda de campaña ellos solitos para que yo siga descansando. Muy bien, lo hago. Ahora parezco ser yo el viborón. Está claro que debo utilizar más este tipo de situaciones.
Una vez desmontada la tienda me dejan al cuidado de todas las cosas mientras ellos suben al puerto para bajar el coche y comprar algunos bocatas en el bar. Tardarán un rato largo. Yo me tumbo entre las mochilas y saco un cigarro. Cuando se van me pongo un jersey pues parece que hace algo de frío y voy a sentarme cerca del riachuelo en la misma piedra donde me atrapó la serpiente.
Pienso en los efectos que me ha producido abusar del frasquito. Otras veces me ha ocurrido tras una buena tranca. Borrachera digo. Debo meditar sobre todo esto y moderarme. Son curiosos los efectos diferentes que estas cosas producen sobre unos y otros. Dicen que Goya tomaba 800 mg de láudano todos los días, dosis que era mortal para otros muchos, y él se quedaba tan fresco, pues no por ello le impidieron pintar las majas, o quizá incluso gracias a eso.
Yo ahora sé los efectos que el frasquito produce en mí, pero si no lo hubiera probado no lo sabría. Algún personaje muy reputado – no lo cito aquí, no por modestia, si no porque dudo mucho que le gustara aparecer en estas páginas- dijo una vez, en una de sus numerosas cartas que escribía, no sé si a los corintios, si a los efesios o a otros lectores similares, algo así, como que en esta vida había que probarlo todo para quedarse con lo mejor. Esto es en lo único, que estoy de acuerdo con este señor. No creo que se refiriera al sexo, pues era bastante soso este hombre y además estaba su sospechosa antipatía hacia las mujeres. Creo que también Aristóteles dijo algo muy similar. Qué afán por copiar todo el mundo a todo el mundo. Desde que nacemos no hacemos sino probar cosas, lo que no entiendo, es porqué, no nos atrevemos a probar otras.
Vale, lo reconozco, como ya me has dicho otras muchas veces, tengo una tendencia excesiva y casi malsana hacia la divagación. Y como yo te he contestado otras muchas veces, es por la edad. Pero es verdad, ¿es que no tengo nada mejor en qué pensar ahora que me he quedado solo? Podría aprovechar y pajearme por primera vez en todo el puente, pero estoy tan laxo que ni me apetece.
Miro a mi alrededor y me sorprendo de que todo parezca tan tranquilo y sosegado a pesar de la agitación que ha habido. Tengo la impresión de haber estado en este lugar durante al menos un año. ¿Cuántas cosas no han sucedido? Me parece que hasta la hierba está más alta y más verde, los árboles más frondosos, y que, incluso, por el río baja más agua. Me gusta este rumor del agua por el riachuelo. Durante mucho tiempo cada vez que escuchaba el correr del agua, aún cuando fuera el de una simple fuente, me acordaba de ese lugar. He vuelto allí otras muchas veces, desde luego en otras circunstancias y con otra gente más interesante, y más querida y apreciada. Sí, ya sé que contigo también, cómo podría haberlo olvidado.
También fue en un puente largo, y fueron días dichosos, forman parte de ese reducidísimo manojo de días felices a los que puede aspirar un ser humano a lo largo de su vida. Siempre que he estado allí, digo, me he detenido a oir ese susurro. También he podido comprobar que ya no hay ni rastro de culebras en ese lugar. Desde que estuve contigo allí siempre he pensado que si la felicidad se escuchase sería algo parecido a esta cálida melodía. Quizá por eso compré una cassette a los monjes taoístas de Wudang, en China, con murmullo de agua rumorosa que me pareció el de ese río, eterno, dulce, rítmico. Cuando estoy deprimido, la pongo porque sé que es lo único capaz de sacarme de mi apatía, y de mi indiferencia, y de mi insensibilidad y de mi mala leche, y de mil cosas más.
Por fin volvieron mis sensibles dueños. Nos cominos los bocatas y tras fumarnos unos cigarros y charlar un rato, cargaron ellos solitos con mochilas y tienda al coche. Qué diferencia con relación al primer día. Tendré que seguir alicaído y con cara lánguida y mustia.
En el coche me senté en el asiento trasero, detrás de Pierre. Ya puestos en camino, noté la mano de éste que me tocaba la pantorrilla disimuladamente para que Chris no le viera. Me dejé hacer porque me hizo gracia. Yo seguí la broma y empecé a acariciarle la cadera. Le saqué la camisa y noté como él se cruzaba de brazos y colocaba la cazadora encima de sí para que el otro no viera nada. Seguí acariciándole. Le empecé a meter un dedo y noté que metía la tripa hacia dentro para facilitarme la tarea. Sentí los pelos de su pubis y me excité. Y él también. Tiré de ellos pretendiéndole hacer algo de daño, quien sabe si queriéndole devolver parte del sufrimiento que me habían hecho pasar a mí. Le gustó esta intimidad sólo entre nosotros dos. Cuando me atreví a meter parte de mi mano en sus pantalones noté su rabo tieso como un palo. Sólo pude tocar el glande pero imaginé todo lo demás. Saqué mi mano por miedo a que Chris nos viera pero ya Pierre se quedó con tremenda calentura.
No tardó mucho en volverse y palparme la entrepierna para excitarme. Me dejé hacer. Ahora todo era evidente para Chris que nada pudo hacer al ir conduciendo. Pero sí decir a Pierre, riéndose:
-Mira que es zorrón, tío. Basta un sobatón para ponerse como una puta zorra salida sin macho. Basta una simple mirada para ponerlo a nuestra disposición. Para hacernos lo que dispongamos. Ya te lo dije el primer día, que era bueno, un ejemplar sin desperdicio y que podríamos hacer con él lo que quisiéramos. Te dije la verdad, ¿no?
Y claro que era verdad, me tumbé con la pelvis hacia delante y la espalda en el asiento trasero para que Pierre me magrearan bien . Me abrió la bragueta, me sacó mi bicho y se estuvo divirtiendo con él durante bastante trayecto, mientras escuchaba a mi amo decirme cosas similares a las anteriores y que sólo podían excitarme más y más. Y me dejé meter su dedo corazón, previamente lubricado con su saliva, y me presionó con él la próstata dibujando un abanico con su movimiento, y a la vez el pulgar me apretó por fuera en los huevos, la ingle, el pubis también dándole suaves meneos......... Todo esto le encantaba.........y a mí también.
Llegamos a Madrid bastante pasado el mediodía. Chris sugirió que nos fuéramos a su casa para ducharnos porque, según él, tan amable siempre, yo tenía una pinta guarro imposible de relatar y después de cuatro días sin ducharme que olía a lo que era, un cerdo. Él no sé de qué podía oler a rosas. Pierre aceptó enseguida. Era obvio que ambos, a pesar de las descargas que habían tenido durante todo el puente estaban excitados y querían aún más.........y sí, yo también.
Por fin, se iban a dejar de contemplaciones para conmigo. Se les había pasado el miedo a que pudiera tener, ahora, qué sé yo........un ataque súbito al corazón, por ejemplo.
Y llegamos a casa, Chris se duchó primero y Pierre me pidió que nos ducháramos juntos. Acepté, aunque al dueño de la ducha aquello le pareció cosa de truchas.
Mientras estuvimos solos noté que Pierre estaba muy afectuoso y que quería cierta intimidad.
-Me ha gustado mucho cómo me metías mano en el coche, cabronazo, me has puesto a mil. Me gustas mucho, Alejandro. Tenemos que hablar tú y yo, pero cuando estemos solos.
Yo era oír mi nombre y como que me quedaba descolocado entre aquellas dos serpientes venenosas. Me ponía en guardia porque, a saber, por dónde podían salirme. A la vez que, Pierre me hablaba, me tocaba una oreja y eso es algo que pocas veces he podido resistir.
-Ahora estamos solos, ¿qué quieres decirme?- le hablaba mientras habría mis piernas y me estiraba todo lo largo que era en el sofá
-No, ahora no, ya hablaremos cuando estemos más tranquilos. En la sierra casi nunca hemos estado solos.
-Vale, pues cuando quieras
En la ducha me enjabonó cariñosamente, y me lavó sin prisas mientras el agua caía suavemente sobre nuestras cabezas, y me acarició todo el cuerpo, varias veces, y me abrazó, y me besó dulcemente. Me encanta que me besen. Los besos me pierden y tengo que reconocer que nadie me ha besado como Pierre. Nadie lo ha hecho de forma tan voluptuosa, tan morbosa, tan lujuriosa,, tan libertina, tan..........
Y a pesar de eso, he apreciado otros besos mucho más, aunque no fueran tan sensuales, ni tan apasionados como los suyos. Sólo por haber disfrutado de muchos puedo asegurar sin miedo a equivocarme que los besos sinceros, los dulces, los cariñosos y tiernos, son infinitamente mejores, quizá por ser más difíciles de encontrar. Pero para recibir estos hay que tener de los otros también, y no son esos los peores, ni mucho menos. Están todavía los de Judas, los venales, los indiferentes, los húmedos, los secos, los cargantes, los remilgados, los agobiantes, los inoportunos, los babosos, los fétidos, los lanudos, los raspones, los infectos, los seniles, los mellados, los de dentadura inestable,........ y muchos, muchos más pero para alguien que le gusta besar es suficiente.
He conocido a hombres que, por mil razones, les disgusta besar, y en cambio, a ninguna mujer que no le guste. No me fío de un hombre al que no le guste dar un beso, lo respeto, por supuesto, y no insisto para que cambie de aptitud, pero me parece raro. Mucho. No entiendo que uno se pueda comer una polla y no quiera comerse la boca de su amante, por feo que éste sea. En el beso interviene la lengua y esta se comporta como un interruptor eléctrico que conecta cada uno de los dos circuitos biológicos que los chinos llaman del Ying y del Yang y que recorren el cuerpo. A través del beso se experimentan mil sensaciones simplemente haciendo extraer la energía por la columna y haciéndola circular por estos circuitos alrededor de todo el cuerpo, y extrayéndola de tu amante o aportándosela a él, según los casos. No, definitivamente, no me gustan los hombres que no quieren o no saben besar. Sí, porque los hay que ni saben. Pierre sí, y me besó tan vehementemente y durante tanto rato que mi dueño no pudo aguantar más, y enseguida empezó a gritar:
-¡El agua¡ ¡El agua¡- como un energúmeno
Nosotros nos reímos y dije a Pierre:
-Venga, vamos acabar que se enfada Chris
-No, que le den a Chris, estoy ya un poquito harto de este tío ya.
Cerró el grifo y se me puso de rodillas. Me comió la polla durante un rato largo mientras yo, apoyado en la pared me dejaba hacer. Y me dio media vuelta, suavemente, y siguió comiéndome el culo. No tuvo que hacerlo durante mucho tiempo porque, en posición como estaba, enseguida tuve que pedirle que me follara. Con la suavidad que da el jabón me abrió el culo con los dedos sin ningún problema y se entretuvo jugando un ratito que a mí me pareció eterno. Yo, en posición de dispuesto como digo, y ya completamente desesperado, le apremiaba:
-Ay veeeeeengaaaaaaa, tío, no me hagas esperar
Pierre muy suavemente, como siempre, me introdujo su verga. Me folló con mucha ternura, contra la pared como a mí me gusta, agarrándome a ninguna parte, con las manos sobre los azulejos y frotando mi cara por ellos. Pero tras un rato de repente a mí, me pareció estar poniéndole los cuernos a mi amo, vi a mi dueño con la cabeza de un viejo antílope, y como que me cortó el rollo. Le dije:
-No te corras tío y vamos a salirnos ya. Venga, acaba de ducharte, y seguimos fuera.- Noté que no le gustó nada el corte de la acción pero accedió. Nos aclaramos, nos secamos y salimos.
Fuera, mi venado más deseado estaba tumbado en la cama, como un lelo sin enterarse de nada. O eso supuse yo. La verdad era que recién duchadito y con el pelo lavado y húmedo estaba guapísimo, estaba de muerte en verdad. Estaba desnudo y empalmado. Después de los besos de Pierre yo me habría tirado a él para comerle la boca, pero sé que es de esos hombres a los que no les gusta besar. Por lo menos conmigo. Después de la mamada de Pierre se la habría comido a él del mismo modo, pero a él le gusta que se la coman de otra manera más a lo bestia, por lo menos conmigo. Después de la espetada de Pierre en la ducha no me importaría nada que, ahora, él fuera el primero en follarme y como le gustaba a él, en plan duro. Pero los planes eran otros. Yo, en cualquier caso, estaba muy dispuesto para todo porque ver a mi venado en aquel estado me puso más contento aún de lo que ya estaba tras la ducha, y mi polla se puso muy contenta también.
Pierre buscó sus lubricantes en las mochilas y se tumbó en la cama boca arriba, con su polla inhiesta, me guiñó un ojo y me hizo un gesto que no daba lugar a dudas:
-Ven y siéntate encima de mi- me decía mientras embadurnaba su cipote con el lubricante.
Así lo hice sin dilación alguna. Y cómo entró en mí aquel cipote, fue la hostia. Sentí un gran fuego dentro de mí. Estaba durísima. Me la clavé hasta dentro sin ninguna dificultad y rápidamente empecé a agitarme. Mi dueño también con la misma prontitud empezó a insultarme.
-¿Has visto que zorra es?, casi no se la has metido y ya esta jadeando como las putas perras en celo, es alucinante
Y tenía razón, no me había dado Pierre siquiera dos emboladas y ya estaba deseando que siguiera en plan bestia y que se corriera rápido, para tener la polla que yo más quería dentro, aquella que no hacía más que escarnecerme e injuriarme, aquella polla que no perdía ocasión en vejarme y ultrajarme. Ayudé a Pierre cabalgándole con fruición, recibiendo también de su parte placer intenso pero al poco rato me paró enseguida y me dijo con voz melosa:
-Tranquilo que te lo vamos a hacer pasar de vicio, vas a disfrutar de la hostia
Y ¡dale¡,
Yo, oír esa frase y echarme a temblar y ponerme próximo a morir, era todo uno. A saber que habían planeado este par de víboras durante el rato que estuvieron solos en el puerto esta mañana.
-Tranquilo- me repite, simplemente baja tu boca y bésame
Pierre me saca la lengua muy lascivamente, y tira besos al aire. Yo empiezo a bajarme suavemente y empezamos a besarnos sensual y apasionadamente. Sus besos, reconozco, que me perdían, cómo me habrían gustado si hubieran venido de otro, a dónde me habrían transportado, era en lo único que pensaba. El beso de Pierre duró tanto que me fui relajando y acostándome literalmente encima de él.
Rápidamente empecé a sentir el dedo de mi amo que acompañaba a la polla de Pierre. Me encantó, -a ellos supongo que también- por fin mi amo entraba en acción. Cuando me metía el pulgar yo lo disfrutaba cantidad pues era el dedo que más me gustaba, además levantaba parte de mi ojete hacia arriba para hacerlo más grande. Me sentía pleno.
Tras cualquiera de sus dedos noté que me metía algo, un canutillo de puro habano de metal, tras esto algo más grande aún, como un consolador de tamaño no excesivo. Todo iba acompañándose de su bien medida cantidad de lubricante, no vaya a ser que me fuera a dar otro jamacuco o indisposición similar a la del día anterior y se acabara el chollo.
Tras cada introducción yo notaba que mi culo dilataba cantidad, aunque no sin esfuerzo.
Cuando creía que a lo que se limitaba el juego era a introducirme cacharritos, siento la polla más deseada, que intenta meterse en territorio previamente ocupado. Estaba superdura por la perspectiva de frotarse con la polla de Pierre deduje. Pensé que mi amo estaba loco o que habría perdido el juicio. Pero no. Ambos tenían muy claro lo que querían hacer conmigo. Embestirme doblemente.
Costó trabajo, no fue fácil. Penetrar doblemente a un tío es mucho más difícil que realizar la penetración doble a una mujer, -lo que se entiende por penetración doble en una mujer-, y más si el sodomizado doblemente es primerizo como era el caso.
El miembro superlubricado de mi amo se escurría hacia los laterales cuando intentaba meterla en el orificio ya lleno. Tuvo que apretar hacia abajo para presionar levemente la polla de Pierre y hacerse hueco. Por fin en uno de los intentos entró también en mí hasta media vara. Yo gemí y di un respingo hacia arriba Yo me dejaba hacer y sólo me dedicaba a comerme los morros del francés. Mi amo tuvo que retirarse un poco para volver a embestir con más ímpetu o más precisión. También la polla de Pierre, que estaba metida hasta el fondo, tuvo que salirse un poco para que la de mi amo entrara hasta más de media asta y luego ambos al unísono empujar a la par. Suerte que la dureza de ambas vergas era buena, que si no, dudo que hubieran podido penetrarme a la vez.
Ufffffff yo estaba salidísimo y disfrutando de la hostia. Tenía a dos supermachos a mi disposición, esforzándose por darme rabo, los dos, a mí solito, haciendo auténticos esfuerzos para que no se les salieran sus pollas de mi culo, intentando darme el mayor de los gustos, frotándose sus polla entre ellos y gozando también.
Me dolió menos de lo que podría haber imaginado y me alegré de que no me hubieran avisado previamente. La verdad, tengo que reconocer que fui muy bien dilatado, y poco a poco me sentí repleto y colmado.
A Pierre apenas le dejábamos moverse y sólo mi amo y yo parecíamos disfrutar. En una de las ocasiones en que uno de los miembros se salió de mi culo, Pierre aprovechó y nos levantó. Puso a mi amo boca arriba en la cama, recostado ligeramente sobre la pared, me obligó a tumbarme encima de él dándole la espalda y a meterme su rabo. Estaba con la polla más deseada dentro y con mis piernas sujetadas por las manos. Pierre me penetró, de pie, por adelante mientras la polla de su amigo se deslizaba suavemente. Yo podía manipular mi rabo perfectamente, mi amo habría podido también de haber querido. Ahora ya no costaba ningún trabajo darme candela, tenía mi culo muy dilatado y lubricado y eso hacía que disfrutara mucho. Ahora era Pierre quien se movía pero también sentía la polla más deseada moviéndose dentro de mí.
Follándome aquellos dos tíos a la vez, sentía que era el remate, la culminación de todo lo sucedido ese puente, de lo disfrutado y de lo padecido, que de todo hubo, era el cenit, el súmmum, follarle a uno al máximo nivel, ya nada más podría ser hecho, ¿qué más podría hacerse después de aquello? ¿qué más habría que fuera más placentero?. No lo sé, pero por de pronto mis amos seguían alternándose delante de mí y moviéndose al unísono dentro de mi culo produciéndome gran placer.
Terminamos con una enculada doble tumbados los tres de costado. Mis piernas a ambos lados de la cadera de Pierrre, enlazándole, Éste, no dejaba de besarme más apasionadamente que nunca, metiéndome la lengua hasta la garganta y mi amo metiéndome su polla por detrás deslizándola con la de Pierrre que era, en realidad, lo que más le ponía. Yo, cuando los besos de Pierre me lo permitían gritaba de gusto y daba alaridos de gozo y pedía que me siguieran dando de aquello tan rico. No me daba cuenta de que era imposible darme más. Cada vez estábamos más excitados y no podían tardar en correrse. Primero uno, y cuando éste se vació y mi culo se quedó sólo con el rabo del otro, durante un tiempo apenas lo sentí deslizarse en mí. Pero no fue mucho el tiempo porque el segundo no tardó en venirse dando alaridos de búfalo.
Y por fin, como premio por mi buen comportamiento durante todo el puente, por fin, digo, mis amos me permitieron correrme. Y yo, para mi pasmo, no quise hacerlo, no quise que se me quitara el morbo y que desapareciese esa sensación de sometimiento y vicio que sentía por ellos y que tanto me gustaba. No lo hice y quizá, también, fue por orgullo, ahora que ellos me dejaban, a mí no me daba la gana. Quizá en mi casa cuando llegase, quizá por la noche cuando pensase en tantas cosas como habíamos hecho los tres estos cuatro días, ya tendría ocasión de matarme a pajas cuando no los tuviera delante, ahora sólo me apetecía disfrutarlos, derrotados como estaban, mientras yo seguía con ganas de más, de cualquier cosa que quisieran hacerme. En ese momento yo me sentía el vencedor, todo su esfuerzo lo habían gastado en mí, era el único de los tres que podía continuar la marcha, el único que era insaciable. Me atreví incluso a mirarles altanero y arrogante. Envanecido y orgulloso de mí mismo, me tumbé también a fumarme un cigarrillo, a descansar y a disfrutar de mi victoria.
Al rato, Pierre y yo dejamos la casa de Chris para tomar un taxi. De camino a la parada, Pierre por fin encontró el momento de intimidad que estaba buscando
-Alejandro, sabes que me gustas mucho y nada me gustaría más que enrollarme a solas contigo. Tú y yo. Como antes en la ducha, los dos solitos. ¿No te apetecería a ti también?
-Sí, pero habrá que consultarlo con Chris a ver qué le parece.
-¡Joder¡ ¿Que coño consultarle? Tío, ya eres mayorcito.¿Es que no haces nada sin su permiso?
-No- simplemente le respondí.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato. Luego, pensando que quizá había sido algo cortante, proseguí:
-Si me da su permiso lo haré, tantas veces contigo como quieras, y lo que tu quieras además, pero sin su permiso, no.
-Pero, tío. ¿Como es posible que después de las cosas que te hace sigas colgado por él? ¿Es que no ves como te trata? ¿Es que no ves la diferencia de cómo te trato yo?
-Sí, claro que lo veo. ¿Crees que no me gustaría que él me tratara como tú?. Pero sé que con el tiempo lo hará, ya lo verás.
-Pero que va, tío, ni lo sueñes. Enróllate conmigo. Él no tiene porqué enterarse, lo pasaremos bien, ya verás.
-Estoy seguro, pero sin su permiso, no.
Llegó un taxi, lo cogí y me marché. Durante todo el recorrido a mi casa pensé en Pierre y sentí que quizá había sido un poco brusco con él. Es verdad que el tío había sido supercariñoso conmigo. Me había evitado muchas situaciones desagradables, me había acogido, en momentos tensos, entre sus brazos, me había hecho sentir que estaba allí justamente cuando necesitaba de alguien, me dio su calor cuando me sacó del río. Pero.......¿qué podía hacer yo?
Cuaderno XV
Christian me llamó por teléfono para quedar en su casa el sábado a las 6 de la tarde. Por supuesto que no me preguntó si tenía algún otro plan o compromiso, que va, simplemente me mandó ir. Había pasado ya una semana desde las aventuras de la sierra y yo ya debía estar necesitado de algo de tralla, porque me llegué hasta allí de lo más contento, sin discutirle ni cuestionarle nada. Cuando llegué me alegró mucho ver a Pierre sentado en el sofá. No había vuelto a pensar en él a lo largo de la semana por lo que fue una sorpresa para mí verle allí. Aunque él no pareció alegrarse mucho pues, cuando me saludó diciéndome simplemente hola, ni me miró siquiera, siguió leyendo una revista sentado en el sofá, como si nada.
Mi amo no se anduvo con chiquitas y pasó a la acción rápidamente. A mí no me importó en absoluto, al contrario. Al fin y al cabo, había ido a esa casa para ser usado y no veía razón para prolegómenos, cuanto antes empezara la cosa mejor que mejor. Me metió mano en el pantalón y me manoseó el culo. Yo me desabroché el botón de la cintura y como no llevaba calzoncillos le facilité mucho la tarea de acariciármelo. Miré a Pierre mientras mi amo me iniciaba para el trajín, pero no parecía estar muy interesado en nosotros.
¨Mi angel¨ empezó metiéndome un dedo sin preocuparse lo más mínimo en lubricarlo con un poco en saliva. Yo me desabroché los botones de la bragueta. Me fui doblando sobre el sofá muy lentamente como si el dedo más deseado tuviera un resorte que fuera aumentando la presión sobre mí. No necesité mucha preparación previa, pues ya iba encendido de casa. Una semana ya, debía ser para mí demasiado tiempo sin tener sexo. Quién me lo iba a decir. Hacía dos meses que conocía a este par de víboras y ya parecía que no pudiera vivir sin ser follado por ellos regularmente. Mis pantalones se deslizaron hasta mis pies a la vez que mis manos se sujetaban en el respaldo del sofá. Yo tenía unas ganas locas de rabo y no veía el momento que se decidieran a dármelo. Por fin mi amo se dirigió a Pierre y le preguntó:
- Venga ¿te le follas?. Está a puntito ya. Como siempre no necesita de mucha preparación. No tienes más que verle la cara de vicio que pone, está justo como a ti te gusta
- No, paso- contestó Pierre – fóllatelo tú
Mi amo, mostrándole a Pierre su dedazo, y cómo éste se deslizaba entrando y saliendo por mi culo, volvió a insistir
-¿Seguro?
Y ante la respuesta afirmativa del francés pasó, sin insistir más, a penetrarme él. Cómo habría aceptado de Pierre cualquier migaja que me quisiera dar en aquel momento, pero nada obtuve. Le pedí a Christian, doblado como estaba sobre el sofá y mirando hacia atrás, que por favor tuviera cuidado que estaba muy cerrado y que me dolería. Incluso hoy, después de tanto tiempo siempre he tenido miedo, pavor diría, a ese primer momento, incluso con gente que me constaba que se esforzaría en hacérmelo bien y con delicadeza. Y no dudo que todo eso son reminiscencias de aquellas experiencias desdichadas y apenas olvidadas del pasado.
Pero mi amo a pesar de mis súplicas me folló de la manera acostumbrada. Me escupió y sentí su escupitajo más frío de lo normal, me dio un par de buenos azotes que seguro me pusieron el culo más rojo que nunca, y me embistió como siempre, sin contemplaciones, diciéndome que no estaba para mariconadas, aunque habría sido obvio para todo el mundo que sí lo estaba.
Yo me deslicé hacia el sofá para tratar de mitigar el dolor pero, agarrándome de los hombros, me atrajo hacia sí hasta que todo su miembro estuvo dentro de mí. Dos buenas acometidas impetuosas sirvieron para comprobar que eso, efectivamente, era así. Su miembro me penetró de una manera muy profunda, casi nunca lo había sentido tan dentro, y yo no tendría más remedio que hacerle hueco sin rechistar. Pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir un pequeño y desde luego muy limitado placer. Sí, muy pequeño. Aún cuando yo ne dejé de mirar a Pierre, éste seguió leyendo y aparentemente pasando de nosotros.
No sé si por cansancio o queriendo cambiar de posición, mi dueño, en un momento dado, sacó su miembro de mí, y vio que estaba manchado de lo que es natural que se manche metiéndolo en sitios en donde él lo metía. Montó en cólera contra mí, gritándome, insultándome y tratando de pegarme. Tratando, no, que en un principio lo consiguió aunque yo me escabullí lo mejor que pude. Pero era cosa harto difícil escapar definitivamente pues tenía mis pantalones alrededor de mis pies y me iba tropezando y cayendo. Total, que en una de estas caídas me trincó y a empujones y tortazos me llevó al cuarto de baño.
Pierre, en situaciones similares a ésta, habría actuado defendiéndome rápidamente y poniéndose de mi parte frente al energúmeno, pero durante todo el tiempo que duró aquella bronca no hizo ni el más mínimo esfuerzo, ni la más mínima intención de defenderme. Le miré y me miró. Le pedí, le imploré con la mirada que actuara. Nada. Y aún hoy, y a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo que, únicamente, sentí una pena enorme.
Comprendí de pronto que no podía esperar ya nada de él. No podría volver a sentir sus besos sonoros y profundos, ni sus caricias, ni sus abrazos. Y eso era lo que menos me importaba a mí. Lo peor era, que no podría volver a tener su intimidad, su amistad, su confianza. Nos reíamos mucho juntos, especialmente del capullo de mi dueño, según sus palabras, y de sus rarezas y extravagancias de las que todavía no he tenido ocasión de hablar. Hasta entonces entre Pierre y yo teníamos ese punto de entendimiento que da la camaradería, en el que dos amigos saben lo que piensa el uno del otro sólo con una simple mirada. O al menos eso pensaba yo aunque probablemente estuviera, como en otras tantas cosas, equivocado
Pero Pierre estaba dolido en su orgullo, en su amor propio, y el hecho de no querer montármelo a solas con él, fue lo peor que le pude hacer a un ser altivo y arrogante, como desde ese momento, me demostró que era. Estoy convencido que nada perdí por no elegir a Pierre, y que, en esto, en absoluto me equivoqué. Por cómo me estaba demostrando que era su comportamiento en esos momentos, tarde o temprano, cuando se hubiera cansado de mí, se habría desatado y me habría respondido de la misma manera a como lo estaba haciendo ahora. Seguramente me habría encontrado cara a cara con otra serpiente, y quién sabe si peor.
En el cuarto de baño, y de muy malos modos, el más energúmeno de todos, me mandó desnudar mientras él se lavaba su apreciado miembro manchado. En aquellas andaba yo cuando le veo que desenrosca la alcachofa de la ducha. Yo no comprendí tal forma de proceder hasta después. Desde luego, no pensé que fuera a emprender trabajos de fontanería en esos momentos.
Una vez dentro del cubículo mi amo me agarró del cogote y me echó contra la pared. Me intentó meter por el culo el conducto del agua. Esto fue acompañado, por supuesto, de chillidos y alaridos además de los correspondientes insultos e improperios. Me hizo tanto daño que cuando comprendí lo que quería hacer le supliqué que me dejara hacerlo a mí solo. No fue fácil, pues el cabo de aquel conducto de la ducha no era ni pequeño, ni apropiado para tal menester. Con mucho esfuerzo y sobretodo tacto logré meterme aquel cabo dentro de mí.
Cuando aquella bestia humana abrió el grifo del agua, ésta salió con tal fuerza que noté, un golpe enorme de presión en mis intestinos. Éstos se me hincharon de forma repéntina, y tuve miedo de que me fueran a estallar. Pegué tal brinco que me subí a la jabonera de la pared a la vez que di un fuerte tirón y me arranqué aquel tubo de mi cuerpo. Estaba lleno. La gran bestia parda me había metido agua, que ni siquiera estaba templada, hasta el estómago o al menos a mí me lo pareció. Al momento sentí unas ganas locas de expulsarla y mi amo me exigió que la aguantara dentro hasta que él me dijera. Juro que lo intenté con todas mis fuerzas pero fue imposible, enseguida tuve necesidad de defecar. Salté de la ducha y corrí al váter donde lo expulsé todo. Mi amo con voz de poseso, de loco, me dijo:
- Escúchame bien porque no te lo voy a repetir, cada vez que vengas a esta casa, es así de limpio como debes venir. ¿Has oído? Te haces esto en tu casa antes. Tantas veces como sea necesario hasta que salga el agua limpia, ¿Entendido? Si vuelve a ocurrir lo mismo, tío, si me vuelves a manchar, te juro que no se te va a olvidar en la vida lo que te va a ocurrir.
Yo estaba muerto de miedo, pero más porque me volvieran a meter presión a lo bestia que por sus amenazas, que también.
Desde ése entonces, cada vez que me follaban, era una auténtica obsesión que no les manchara. Encima. Ésto, entre otras muchas cosas, fue lo que hizo que no disfrutara tanto del sexo anal como debería haber disfrutado. Por el miedo a mancharles. Se que no difruté como debía porque en el momento que no tuve esa presión sobre mí, sí he disfrutado, y mucho.
Volví a realizar aquella operación yo solito un par de veces más para tener la aseguridad de la total limpieza y salí del cuarto de baño tras éso. Mi amo me esperaba desnudo sentado en el sofá junto a Pierre. Se magreaba su miembro mientras se reía con su amigo, que tuve la impresión que también pasaba de él. Me mandó ponerme de rodillas delante de él y agarrándome la cabeza me obligó a comerme su rabo hasta la garganta. Mi cabeza bajaba y subía mientras me irrumaban la boca y mis lágrimas aparecían en mis ojos como consecuencia de tanto embuche profundo. Mientras me follaban la boca de esta manera bestial mi mano intentó acariciar la polla de Pierre durante un par de ocasiones, pero en ambas, no me dejó hacerlo, me retiró la mano con determinación y siguió pasando de nosotros, de mí. Fueron éstos, los últimos intentos que hice de ganármelo otra vez. A partir de entonces tuve que permitir que se comportara conmigo, como el otro bestia.
Mi amo volvió a preguntar a Pierre si quería follarme y ante la respuesta negativa de éste decidió ponerme boca arriba en el sofá, con mis pies en sus hombros, y follarme a saco. Yo disfruté mejor de la visión que había delante de mis ojos y aunque las arremetidas eran profundas empecé a disfrutarlas. Mis manos se agarraban al respaldo del sofá y por cada embolada que mi amo me daba mis caderas impulsaban a mi culo a levantarse y a golpearse contra el pubis más deseado. Todo esto me lo hacía mientras yo no dejaba de pensar si aquella mala bestia, no pretendería romperme la columna vertebral, dada la posición próxima a la acrobacia que estábamos realizando. No dejaba por ello de dar gritos y jadeos estruendosos a la vez que mi cara ponía expresión de gusto y placer.
Pierre no pudo abstraerse más ante tanto alboroto. Se levantó, se palpó la bragueta y empezó a desnudarse. Cuando estuvo totalmente desnudo fue por primera vez que me miró. Acercó su cara a la mía, vi desde arriba cómo bajó la suya, y cuando creía que me iba a besar cariñosamente, y que por fin todo se iba a arreglar entre nosotros, en su lugar...... me escupió.
Vi su cara de desprecio cuando lo hizo. Y, la verdad es que a mí todo aquello me dio mucho asco, no sé si por culpa de su caliente y gran escupitajo o por su cara de rencor, quizá por las dos cosas a la vez. No, definitivamente, más por el esputo, pero sea como fuere, el caso es que aquello me enfrió totalmente. El gustazo y el placer que estaba recibiendo, desaparecieron completamente. Mi amo no por ello se detuvo en sus embestidas, al contrario, al ver el desprecio que suponía ese hecho todavía se encandiló más, y más fuertemente me enculó.
Un rato después del escupitajo mi amo me dio la vuelta y me plantó de rodillas sobre el sofá y con su mano me puso la cara pegada a la pared. Mi culo estaba en pompa, muy salido y muy listo para recibir de nuevo el bagazo que más necesitaba y más quería. Por cada embolada del más bestia mi cara se restregaba contra la pared de arriba abajo, y suerte que la pintura era lisa porque sino, me la habría destrozado. Lo que no hubo forma de esquivar fueron los coscorrones.
Desde esta posición me fue imposible ver cómo Pierre empezó a acariciar a mi amo la espalda, no pude ver, que lo hiciera muy despacito y con mucha suavidad, no vi cómo bajó su mano acariciándole toda la columna vertebral provocándole escalofríos, ni cómo, durante largo rato le palpó el culo. Tampoco pude ver cómo su mano se metió entre los dos glúteos y su canto se entretuvo en acariciar esa raja tan deseada por mí de arriba abajo, ni cómo su dedo pulgar se introdujo en el culo por el que yo me moría en estos momentos. No pude ver en absoluto cómo a mi dueño se le cerraban los ojos, cómo se le ponía la cara roja de gusto, cómo levantaba ésta y la echaba hacia atrás, cómo se contraían todos sus músculos. Podría haber visto, a lo sumo y de haber mirado hacia abajo, cómo se contraían los dedos de sus pies y cómo se cerraban y apretaban instintivamente, pero tampoco lo vi. Sólo pude ver, bastante rato después, y de refilón, muy, muy de refilón, la boca de Christian buscando ansiosa la de Pierre. Y también sólo de soslayo pude ver, cómo sus lenguas se unían juguetonas y como se pasaban del uno al otro un chicle que alguno de ellos mascaba. Sí pude notar, mientras que todo esto ocurría, que a veces el ritmo de las acometidas de Christian disminuía, e incluso, que a veces desaparecía. Desde luego enseguida las acometidas empezaban a un ritmo más vivo. Por mi posición tampoco pude ver cómo, colocándose detrás de Christian, Pierre jugó con su verga en el culo de su mejor amigo, cómo deslizó el glande de arriba abajo por toda la raja del culo, y cómo se la metió entre sus piernas. Yo pude notar, sólo notar, que algunas veces, como que mi amo se separaba de mí, como si quisiera irse, como si tuviera necesidad de buscar algo, pero no, volvía con más brío y con una penetración más profunda. A veces era tan prolongada la detención que era yo mismo quien iniciaba los movimientos frenéticos buscando aquello que tanto me gustaba, metiéndome y sacándome aquello que ya era casi vital para mí. Las manos de mi amo a veces soltaban mis caderas, o mi cabeza, o mis hombros y me dejaban más libre, entonces yo me movía desbocado cómo intentado recuperar el protagonismo. Sus manos entonces, no pude verlas ni en la cabeza, ni en el culo, ni en la espalda de Pierre. Y, desde luego, tampoco pude ver, como mucho oír, cómo Pierre metió su cipote en el culo de mi amo. Pude oír muy bien los jadeos y resoplidos estrépitos de Christian cuando esto ocurrió, pero no vi, en cambio, sus ojos cómo se cerraron fuertemente. Cuando la verga de Pierre estuvo toda enterita dentro del culo más deseado, sólo pude oír un débil gemido y cómo Christian echó el cuerpo hacia delante, apoyándose con un brazo en la pared donde ya estaba mi cara. Y a partir de ese momento mi amo ni se movió, casi la misma acometida de Pierre sobre mi dueño la notaba yo en mi culo, más débil pero también muy agradable. Yo cuando me di cuenta de lo que estaba pasando no supe que pensar. Estaba más bien fascinado. Estaban follando al más macho de todos y éste sólo daba débiles gemidos lastimeros, no quiero decir que fueran como lloriqueos de plañideras, ni sollozos quejumbrosos, tampoco los quejidos típicos de los cerdos cuando con el garfio al morro los llevan al matadero para degollarlos. No. Sólo quiero decir que había una gran diferencia entre estos gimoteos y los bramidos de búfalo de otras ocasiones.
Nunca antes yo había sido tan pasivo. Tanto, que cuando en algún momento la polla del, ahora, más sodomita se desempalmó totalmente y se salió de mi culo con gran pesadumbre por mi parte, me quedé sentado en el sofá, totalmente fuera de plano y simplemente mirando cómo se desarrollaba la escena. Christian, en esos momentos, con los ojos cerrados estaba sólo atendiendo a su disfrute trasero y para nada le importaba el delantero. Fue por eso que estuve a punto de empezar a realizarle una felación, cosa que me habría devuelto parte del protagonismo perdido, pero no me dieron tiempo, y tengo la impresión, sólo la impresión, que tampoco se habría vuelto a empalmar por mucho que yo se la hubiera mamado. Maravillado y alucinado como estaba por la situación que se desarrollaba ante mis ojos, apenas pude oír la orden tajante de Pierre, que me sorprendió:
- Venga, ven a ponerte de rodillas detrás de mí, rápido -me dijo
- Haz lo que te manda y no dsicutas -me dijo el más sodomita con la cara descompuesta por el placer que estaba recibiendo. Me jodió la orden pues no tenía ninguna intención de discutir, para nada.
Tú te lo pierdes, me dije yo pensando en la felación, mientras me levantaba y veía, sólo de soslayo, las arremetidas de Pierre sobre mi amo. Me coloqué como me ordenaban detrás de ambos y Pierre me agarró la cabeza muy bruscamente y me obligó a comerle el culo mientras embestía al más deseado. Si por alguna razón retiraba mi cabeza de su culo sus manos me recordaban rudamente dónde debía estar mi lengua. Me dolió esta forma de actuar para conmigo, porque de cualquier manera todo lo que me hubieran mandado lo habría hecho sin necesidad de tanta aspereza.
Sentí al poco tiempo, por los movimientos convulsivos y espasmódicos de Pierre y por los bramidos del más poseído que aquel se derramaba dentro de éste. Cuando todo terminó, y tras un momento de placidez que duró poco y otro de respiraciones agitadas que duró algo más, Pierre me dio un empujón en la cabeza, puede imaginarse fácilmente con qué, que me hizo caer al suelo, antes de desparramarse sobre el sillón totalmente agotado. Desde el suelo donde estaba tirado, todavía preguntándome porqué me trataban así, pude ver y dsifrutar cómo mi dueño se volvía y aprovechaba para pajearse y correrse encima mí en una gran corrida facial. Al menos, tuve ese momento de placer aquella tarde, qué generosos.
Fue pasado ese momento, tumbado en el suelo, mientras los dos cabrones se relajaban en el sofá, cuando pensé, que no sé qué coño hacía en aquella casa. Me levanté y me fui al cuarto de baño. Tras lavarme la cara y pajearme coléricamente delante del espejo, salí. Me vestí completamente mosqueado mientras escuchaba qué sé yo, qué tipo de vejaciones y de improperios. O de sandeces, pero reforzado como estaba por la descarga realizada sin su permiso, sin decirles adiós y sin mirarles a la cara siquiera, di un portazo y me marché.
¿Por qué me comporté de esa manera? Supongo que por varias razones. Desde luego no por ver que a mi amo le encantara que le follaran. Al contrario, eso me hizo verle como un ser más humano, como alguien con quien podría estar más estrechamente unido de haber querido, y ahora, además y rebobinando, me cuadraban muchas cosas. Desde la primera vez que me folló siempre tuve la impresión de que penetrar no era lo suyo, y ya tuvo que hacerlo mal para que yo me diera cuenta. Yo, que no tenía experiencia ninguna la primera vez que me folló, nadie con quien comparar.
Hasta que Pierre me folló sólo lo había hecho mi amo y la verdad es que, técnicamente hablando, no había color. De hecho conmigo se lo pensó mucho y tardó más tiempo del razonable en follarme. Disponiendo de mí como me tenía a su mandato, y pudiendo usar mi cuerpo a placer, no era razonable que hubiera tardado tanto. Ni que lo hiciera de aquella manera tan fría, sin ninguna pasión, ni entusiasmo. Creo que prefería ver a su amigo Pierre follarme que hacerlo él mismo. No, Christian podría ser activo sin ninguna duda, que conmigo nunca dejaría de serlo, pero eso no sería lo que más deseara, y hoy me lo había demostrado.
Desde luego una razón clara de mi enfado era la actitud de Pierre para conmigo. Pero no sólo por eso yo me había puesto de aquel modo. El comportamiento de Pierre me había provocado más pena que rabia. No me había gustado su actitud pero la entendía perfectamente. Se sentía dolido por mi rechazo y yo no podía dejar de entenderlo. Hasta ese momento me había tratado muy cariñosamente y yo no había sabido corresponderle. Podría incluso pensar que con el tiempo se le pasaría y sería más fácil para mí intentar ganármele de nuevo. Pero es verdad, que tras ese día yo ya no tuve ningún interés en Pierre, para mí perdió todo atractivo. Si hubiera seguido siendo cariñoso y amable conmigo le habría sido fácil ganarme porque no le faltaban encantos, pero después de cómo me trató ese día, quien pasaba era yo. Podría hacerme lo que quisiera en esa casa pero para mí, ya sólo sería como una serpiente más de las muchas con las que me lo montaría en aquel tiempo.
Cuando nos vimos por casualidad, no hace demasiado tiempo, pude comprobar que su disposición hacia mí era la correspondiente a la primera época y no a la segunda. Intentó ser agradable y amable conmigo, como si yo fuera todavía el tonto primerizo al que él había conocido y no pudiera acordarme de cómo me había tratado antaño.
Tomando una cerveza en un bar habló, durante mucho rato del que a mí me apeteció, de los tiempos pasados, de él, por supuesto, pero también del otro capullo, como seguía llmándolo, de mí, de nosotros, sobre todo de nosotros. No dejé de contemplar sus labios carnosos y sensuales moverse y moverse y me alegró comprobar que, no sólo, no me interesaba nada de lo que me decía, sino que me resultaba una persona totalmente indiferente. Hoy según escribo estas páginas me arrepiento de no haber prestado un poco más de atención a las cosas que me decía pues me habrían sido de mucha utilidad. Pero fue el suficiente.
Creo que la razón fundamental de aquel mosqueo mío fue volver a estar en aquella casa donde toda esta historia mórbida había comenzado. Tengo la impresión de que volvieron los remordimientos y los malos rollos. Durante todo el tiempo que estuvimos en la sierra, entre montañas, entre aquellos árboles, al lado de aquel río, mientras estuvimos solos, y aunque hubiera serpientes, nunca se me planteó remordimiento alguno, pues ningún motivo había para la desazón o el desasosiego.
Nada de lo que hacíeramos en aquel lugar idílico podía estar mal. Éramos los únicos seres existentes en el mundo y nada ni nadie podía decirnos lo que estaba bien o lo que estaba mal. Éramos nosotros quienes decidíamos. En la sierra creo que, aparte de otras muchas cosas más, el sentimiento que más experimenté fue el de disfrutar de una auténtica y completa libertad. Pero volver a aquella casa, a aquellas cuatro paredes, era como remover de nuevo los malos rollos que sentía al principio, a las inquietudes de los primeros días.
O acaso me estoy engañando a mí mismo y no me doy cuenta, o no quiero darme cuenta. A lo peor lo que en verdad me pasa y lo que me tiene cabreado y mosqueado, o aflijido, o angustiado, no sé, es el profundo asco que empiezo a sentir por mí mismo. La repugnancia que siento a veces hacia mí que me obliga a olerme las manos compulsivamente, a restregármelas por mis costados, a ocultarlas, a lavármelas una y otra vez pues tengo la impresión de que huelen mal, como a podrido, como a corrupto. ¿No será ese mismo sentimiento de asco el que me obliga a ducharme varias veces la día porque siempre me parece que huelo a ellos, a sus cuerpos, a su sexo? ¿No será el asco también el que me obliga a cambiarme de ropa continuamente?
Sí, para qué me voy a engañar, es una tontería, bastante sé que es por éso. Tendré que volver a hacer nuevos propósitos de enmienda, tendré que decidir definitivamente no volver a verlos aunque me guste tanto lo que hago con ellos, tendré que resistirme a sus cantos de sirena, deberé pasar de sus perrerías. Sí, tengo que volver a centrarme aunque sea por mi propia tranquilidad, tengo que volver a mis estudios, a mis libros, a mis películas, a mi música. Tengo que volver con mis amigos y centrarme de nuevo en mi familia para recuperar, al menos, parte del sosiego perdido.
Pero vuelvo a engañarme, porque sé también, que ese sentimiento de asco, o de pesadumbre, esa inquietud, o esa tristeza que ahora siento, pasarán pronto, lo que tarden en rondarme otra vez las víboras, lo que tarden en volver a llamarme nuevamente por teléfono.
Mi amo no se anduvo con chiquitas y pasó a la acción rápidamente. A mí no me importó en absoluto, al contrario. Al fin y al cabo, había ido a esa casa para ser usado y no veía razón para prolegómenos, cuanto antes empezara la cosa mejor que mejor. Me metió mano en el pantalón y me manoseó el culo. Yo me desabroché el botón de la cintura y como no llevaba calzoncillos le facilité mucho la tarea de acariciármelo. Miré a Pierre mientras mi amo me iniciaba para el trajín, pero no parecía estar muy interesado en nosotros.
¨Mi angel¨ empezó metiéndome un dedo sin preocuparse lo más mínimo en lubricarlo con un poco en saliva. Yo me desabroché los botones de la bragueta. Me fui doblando sobre el sofá muy lentamente como si el dedo más deseado tuviera un resorte que fuera aumentando la presión sobre mí. No necesité mucha preparación previa, pues ya iba encendido de casa. Una semana ya, debía ser para mí demasiado tiempo sin tener sexo. Quién me lo iba a decir. Hacía dos meses que conocía a este par de víboras y ya parecía que no pudiera vivir sin ser follado por ellos regularmente. Mis pantalones se deslizaron hasta mis pies a la vez que mis manos se sujetaban en el respaldo del sofá. Yo tenía unas ganas locas de rabo y no veía el momento que se decidieran a dármelo. Por fin mi amo se dirigió a Pierre y le preguntó:
- Venga ¿te le follas?. Está a puntito ya. Como siempre no necesita de mucha preparación. No tienes más que verle la cara de vicio que pone, está justo como a ti te gusta
- No, paso- contestó Pierre – fóllatelo tú
Mi amo, mostrándole a Pierre su dedazo, y cómo éste se deslizaba entrando y saliendo por mi culo, volvió a insistir
-¿Seguro?
Y ante la respuesta afirmativa del francés pasó, sin insistir más, a penetrarme él. Cómo habría aceptado de Pierre cualquier migaja que me quisiera dar en aquel momento, pero nada obtuve. Le pedí a Christian, doblado como estaba sobre el sofá y mirando hacia atrás, que por favor tuviera cuidado que estaba muy cerrado y que me dolería. Incluso hoy, después de tanto tiempo siempre he tenido miedo, pavor diría, a ese primer momento, incluso con gente que me constaba que se esforzaría en hacérmelo bien y con delicadeza. Y no dudo que todo eso son reminiscencias de aquellas experiencias desdichadas y apenas olvidadas del pasado.
Pero mi amo a pesar de mis súplicas me folló de la manera acostumbrada. Me escupió y sentí su escupitajo más frío de lo normal, me dio un par de buenos azotes que seguro me pusieron el culo más rojo que nunca, y me embistió como siempre, sin contemplaciones, diciéndome que no estaba para mariconadas, aunque habría sido obvio para todo el mundo que sí lo estaba.
Yo me deslicé hacia el sofá para tratar de mitigar el dolor pero, agarrándome de los hombros, me atrajo hacia sí hasta que todo su miembro estuvo dentro de mí. Dos buenas acometidas impetuosas sirvieron para comprobar que eso, efectivamente, era así. Su miembro me penetró de una manera muy profunda, casi nunca lo había sentido tan dentro, y yo no tendría más remedio que hacerle hueco sin rechistar. Pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir un pequeño y desde luego muy limitado placer. Sí, muy pequeño. Aún cuando yo ne dejé de mirar a Pierre, éste seguió leyendo y aparentemente pasando de nosotros.
No sé si por cansancio o queriendo cambiar de posición, mi dueño, en un momento dado, sacó su miembro de mí, y vio que estaba manchado de lo que es natural que se manche metiéndolo en sitios en donde él lo metía. Montó en cólera contra mí, gritándome, insultándome y tratando de pegarme. Tratando, no, que en un principio lo consiguió aunque yo me escabullí lo mejor que pude. Pero era cosa harto difícil escapar definitivamente pues tenía mis pantalones alrededor de mis pies y me iba tropezando y cayendo. Total, que en una de estas caídas me trincó y a empujones y tortazos me llevó al cuarto de baño.
Pierre, en situaciones similares a ésta, habría actuado defendiéndome rápidamente y poniéndose de mi parte frente al energúmeno, pero durante todo el tiempo que duró aquella bronca no hizo ni el más mínimo esfuerzo, ni la más mínima intención de defenderme. Le miré y me miró. Le pedí, le imploré con la mirada que actuara. Nada. Y aún hoy, y a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo que, únicamente, sentí una pena enorme.
Comprendí de pronto que no podía esperar ya nada de él. No podría volver a sentir sus besos sonoros y profundos, ni sus caricias, ni sus abrazos. Y eso era lo que menos me importaba a mí. Lo peor era, que no podría volver a tener su intimidad, su amistad, su confianza. Nos reíamos mucho juntos, especialmente del capullo de mi dueño, según sus palabras, y de sus rarezas y extravagancias de las que todavía no he tenido ocasión de hablar. Hasta entonces entre Pierre y yo teníamos ese punto de entendimiento que da la camaradería, en el que dos amigos saben lo que piensa el uno del otro sólo con una simple mirada. O al menos eso pensaba yo aunque probablemente estuviera, como en otras tantas cosas, equivocado
Pero Pierre estaba dolido en su orgullo, en su amor propio, y el hecho de no querer montármelo a solas con él, fue lo peor que le pude hacer a un ser altivo y arrogante, como desde ese momento, me demostró que era. Estoy convencido que nada perdí por no elegir a Pierre, y que, en esto, en absoluto me equivoqué. Por cómo me estaba demostrando que era su comportamiento en esos momentos, tarde o temprano, cuando se hubiera cansado de mí, se habría desatado y me habría respondido de la misma manera a como lo estaba haciendo ahora. Seguramente me habría encontrado cara a cara con otra serpiente, y quién sabe si peor.
En el cuarto de baño, y de muy malos modos, el más energúmeno de todos, me mandó desnudar mientras él se lavaba su apreciado miembro manchado. En aquellas andaba yo cuando le veo que desenrosca la alcachofa de la ducha. Yo no comprendí tal forma de proceder hasta después. Desde luego, no pensé que fuera a emprender trabajos de fontanería en esos momentos.
Una vez dentro del cubículo mi amo me agarró del cogote y me echó contra la pared. Me intentó meter por el culo el conducto del agua. Esto fue acompañado, por supuesto, de chillidos y alaridos además de los correspondientes insultos e improperios. Me hizo tanto daño que cuando comprendí lo que quería hacer le supliqué que me dejara hacerlo a mí solo. No fue fácil, pues el cabo de aquel conducto de la ducha no era ni pequeño, ni apropiado para tal menester. Con mucho esfuerzo y sobretodo tacto logré meterme aquel cabo dentro de mí.
Cuando aquella bestia humana abrió el grifo del agua, ésta salió con tal fuerza que noté, un golpe enorme de presión en mis intestinos. Éstos se me hincharon de forma repéntina, y tuve miedo de que me fueran a estallar. Pegué tal brinco que me subí a la jabonera de la pared a la vez que di un fuerte tirón y me arranqué aquel tubo de mi cuerpo. Estaba lleno. La gran bestia parda me había metido agua, que ni siquiera estaba templada, hasta el estómago o al menos a mí me lo pareció. Al momento sentí unas ganas locas de expulsarla y mi amo me exigió que la aguantara dentro hasta que él me dijera. Juro que lo intenté con todas mis fuerzas pero fue imposible, enseguida tuve necesidad de defecar. Salté de la ducha y corrí al váter donde lo expulsé todo. Mi amo con voz de poseso, de loco, me dijo:
- Escúchame bien porque no te lo voy a repetir, cada vez que vengas a esta casa, es así de limpio como debes venir. ¿Has oído? Te haces esto en tu casa antes. Tantas veces como sea necesario hasta que salga el agua limpia, ¿Entendido? Si vuelve a ocurrir lo mismo, tío, si me vuelves a manchar, te juro que no se te va a olvidar en la vida lo que te va a ocurrir.
Yo estaba muerto de miedo, pero más porque me volvieran a meter presión a lo bestia que por sus amenazas, que también.
Desde ése entonces, cada vez que me follaban, era una auténtica obsesión que no les manchara. Encima. Ésto, entre otras muchas cosas, fue lo que hizo que no disfrutara tanto del sexo anal como debería haber disfrutado. Por el miedo a mancharles. Se que no difruté como debía porque en el momento que no tuve esa presión sobre mí, sí he disfrutado, y mucho.
Volví a realizar aquella operación yo solito un par de veces más para tener la aseguridad de la total limpieza y salí del cuarto de baño tras éso. Mi amo me esperaba desnudo sentado en el sofá junto a Pierre. Se magreaba su miembro mientras se reía con su amigo, que tuve la impresión que también pasaba de él. Me mandó ponerme de rodillas delante de él y agarrándome la cabeza me obligó a comerme su rabo hasta la garganta. Mi cabeza bajaba y subía mientras me irrumaban la boca y mis lágrimas aparecían en mis ojos como consecuencia de tanto embuche profundo. Mientras me follaban la boca de esta manera bestial mi mano intentó acariciar la polla de Pierre durante un par de ocasiones, pero en ambas, no me dejó hacerlo, me retiró la mano con determinación y siguió pasando de nosotros, de mí. Fueron éstos, los últimos intentos que hice de ganármelo otra vez. A partir de entonces tuve que permitir que se comportara conmigo, como el otro bestia.
Mi amo volvió a preguntar a Pierre si quería follarme y ante la respuesta negativa de éste decidió ponerme boca arriba en el sofá, con mis pies en sus hombros, y follarme a saco. Yo disfruté mejor de la visión que había delante de mis ojos y aunque las arremetidas eran profundas empecé a disfrutarlas. Mis manos se agarraban al respaldo del sofá y por cada embolada que mi amo me daba mis caderas impulsaban a mi culo a levantarse y a golpearse contra el pubis más deseado. Todo esto me lo hacía mientras yo no dejaba de pensar si aquella mala bestia, no pretendería romperme la columna vertebral, dada la posición próxima a la acrobacia que estábamos realizando. No dejaba por ello de dar gritos y jadeos estruendosos a la vez que mi cara ponía expresión de gusto y placer.
Pierre no pudo abstraerse más ante tanto alboroto. Se levantó, se palpó la bragueta y empezó a desnudarse. Cuando estuvo totalmente desnudo fue por primera vez que me miró. Acercó su cara a la mía, vi desde arriba cómo bajó la suya, y cuando creía que me iba a besar cariñosamente, y que por fin todo se iba a arreglar entre nosotros, en su lugar...... me escupió.
Vi su cara de desprecio cuando lo hizo. Y, la verdad es que a mí todo aquello me dio mucho asco, no sé si por culpa de su caliente y gran escupitajo o por su cara de rencor, quizá por las dos cosas a la vez. No, definitivamente, más por el esputo, pero sea como fuere, el caso es que aquello me enfrió totalmente. El gustazo y el placer que estaba recibiendo, desaparecieron completamente. Mi amo no por ello se detuvo en sus embestidas, al contrario, al ver el desprecio que suponía ese hecho todavía se encandiló más, y más fuertemente me enculó.
Un rato después del escupitajo mi amo me dio la vuelta y me plantó de rodillas sobre el sofá y con su mano me puso la cara pegada a la pared. Mi culo estaba en pompa, muy salido y muy listo para recibir de nuevo el bagazo que más necesitaba y más quería. Por cada embolada del más bestia mi cara se restregaba contra la pared de arriba abajo, y suerte que la pintura era lisa porque sino, me la habría destrozado. Lo que no hubo forma de esquivar fueron los coscorrones.
Desde esta posición me fue imposible ver cómo Pierre empezó a acariciar a mi amo la espalda, no pude ver, que lo hiciera muy despacito y con mucha suavidad, no vi cómo bajó su mano acariciándole toda la columna vertebral provocándole escalofríos, ni cómo, durante largo rato le palpó el culo. Tampoco pude ver cómo su mano se metió entre los dos glúteos y su canto se entretuvo en acariciar esa raja tan deseada por mí de arriba abajo, ni cómo su dedo pulgar se introdujo en el culo por el que yo me moría en estos momentos. No pude ver en absoluto cómo a mi dueño se le cerraban los ojos, cómo se le ponía la cara roja de gusto, cómo levantaba ésta y la echaba hacia atrás, cómo se contraían todos sus músculos. Podría haber visto, a lo sumo y de haber mirado hacia abajo, cómo se contraían los dedos de sus pies y cómo se cerraban y apretaban instintivamente, pero tampoco lo vi. Sólo pude ver, bastante rato después, y de refilón, muy, muy de refilón, la boca de Christian buscando ansiosa la de Pierre. Y también sólo de soslayo pude ver, cómo sus lenguas se unían juguetonas y como se pasaban del uno al otro un chicle que alguno de ellos mascaba. Sí pude notar, mientras que todo esto ocurría, que a veces el ritmo de las acometidas de Christian disminuía, e incluso, que a veces desaparecía. Desde luego enseguida las acometidas empezaban a un ritmo más vivo. Por mi posición tampoco pude ver cómo, colocándose detrás de Christian, Pierre jugó con su verga en el culo de su mejor amigo, cómo deslizó el glande de arriba abajo por toda la raja del culo, y cómo se la metió entre sus piernas. Yo pude notar, sólo notar, que algunas veces, como que mi amo se separaba de mí, como si quisiera irse, como si tuviera necesidad de buscar algo, pero no, volvía con más brío y con una penetración más profunda. A veces era tan prolongada la detención que era yo mismo quien iniciaba los movimientos frenéticos buscando aquello que tanto me gustaba, metiéndome y sacándome aquello que ya era casi vital para mí. Las manos de mi amo a veces soltaban mis caderas, o mi cabeza, o mis hombros y me dejaban más libre, entonces yo me movía desbocado cómo intentado recuperar el protagonismo. Sus manos entonces, no pude verlas ni en la cabeza, ni en el culo, ni en la espalda de Pierre. Y, desde luego, tampoco pude ver, como mucho oír, cómo Pierre metió su cipote en el culo de mi amo. Pude oír muy bien los jadeos y resoplidos estrépitos de Christian cuando esto ocurrió, pero no vi, en cambio, sus ojos cómo se cerraron fuertemente. Cuando la verga de Pierre estuvo toda enterita dentro del culo más deseado, sólo pude oír un débil gemido y cómo Christian echó el cuerpo hacia delante, apoyándose con un brazo en la pared donde ya estaba mi cara. Y a partir de ese momento mi amo ni se movió, casi la misma acometida de Pierre sobre mi dueño la notaba yo en mi culo, más débil pero también muy agradable. Yo cuando me di cuenta de lo que estaba pasando no supe que pensar. Estaba más bien fascinado. Estaban follando al más macho de todos y éste sólo daba débiles gemidos lastimeros, no quiero decir que fueran como lloriqueos de plañideras, ni sollozos quejumbrosos, tampoco los quejidos típicos de los cerdos cuando con el garfio al morro los llevan al matadero para degollarlos. No. Sólo quiero decir que había una gran diferencia entre estos gimoteos y los bramidos de búfalo de otras ocasiones.
Nunca antes yo había sido tan pasivo. Tanto, que cuando en algún momento la polla del, ahora, más sodomita se desempalmó totalmente y se salió de mi culo con gran pesadumbre por mi parte, me quedé sentado en el sofá, totalmente fuera de plano y simplemente mirando cómo se desarrollaba la escena. Christian, en esos momentos, con los ojos cerrados estaba sólo atendiendo a su disfrute trasero y para nada le importaba el delantero. Fue por eso que estuve a punto de empezar a realizarle una felación, cosa que me habría devuelto parte del protagonismo perdido, pero no me dieron tiempo, y tengo la impresión, sólo la impresión, que tampoco se habría vuelto a empalmar por mucho que yo se la hubiera mamado. Maravillado y alucinado como estaba por la situación que se desarrollaba ante mis ojos, apenas pude oír la orden tajante de Pierre, que me sorprendió:
- Venga, ven a ponerte de rodillas detrás de mí, rápido -me dijo
- Haz lo que te manda y no dsicutas -me dijo el más sodomita con la cara descompuesta por el placer que estaba recibiendo. Me jodió la orden pues no tenía ninguna intención de discutir, para nada.
Tú te lo pierdes, me dije yo pensando en la felación, mientras me levantaba y veía, sólo de soslayo, las arremetidas de Pierre sobre mi amo. Me coloqué como me ordenaban detrás de ambos y Pierre me agarró la cabeza muy bruscamente y me obligó a comerle el culo mientras embestía al más deseado. Si por alguna razón retiraba mi cabeza de su culo sus manos me recordaban rudamente dónde debía estar mi lengua. Me dolió esta forma de actuar para conmigo, porque de cualquier manera todo lo que me hubieran mandado lo habría hecho sin necesidad de tanta aspereza.
Sentí al poco tiempo, por los movimientos convulsivos y espasmódicos de Pierre y por los bramidos del más poseído que aquel se derramaba dentro de éste. Cuando todo terminó, y tras un momento de placidez que duró poco y otro de respiraciones agitadas que duró algo más, Pierre me dio un empujón en la cabeza, puede imaginarse fácilmente con qué, que me hizo caer al suelo, antes de desparramarse sobre el sillón totalmente agotado. Desde el suelo donde estaba tirado, todavía preguntándome porqué me trataban así, pude ver y dsifrutar cómo mi dueño se volvía y aprovechaba para pajearse y correrse encima mí en una gran corrida facial. Al menos, tuve ese momento de placer aquella tarde, qué generosos.
Fue pasado ese momento, tumbado en el suelo, mientras los dos cabrones se relajaban en el sofá, cuando pensé, que no sé qué coño hacía en aquella casa. Me levanté y me fui al cuarto de baño. Tras lavarme la cara y pajearme coléricamente delante del espejo, salí. Me vestí completamente mosqueado mientras escuchaba qué sé yo, qué tipo de vejaciones y de improperios. O de sandeces, pero reforzado como estaba por la descarga realizada sin su permiso, sin decirles adiós y sin mirarles a la cara siquiera, di un portazo y me marché.
¿Por qué me comporté de esa manera? Supongo que por varias razones. Desde luego no por ver que a mi amo le encantara que le follaran. Al contrario, eso me hizo verle como un ser más humano, como alguien con quien podría estar más estrechamente unido de haber querido, y ahora, además y rebobinando, me cuadraban muchas cosas. Desde la primera vez que me folló siempre tuve la impresión de que penetrar no era lo suyo, y ya tuvo que hacerlo mal para que yo me diera cuenta. Yo, que no tenía experiencia ninguna la primera vez que me folló, nadie con quien comparar.
Hasta que Pierre me folló sólo lo había hecho mi amo y la verdad es que, técnicamente hablando, no había color. De hecho conmigo se lo pensó mucho y tardó más tiempo del razonable en follarme. Disponiendo de mí como me tenía a su mandato, y pudiendo usar mi cuerpo a placer, no era razonable que hubiera tardado tanto. Ni que lo hiciera de aquella manera tan fría, sin ninguna pasión, ni entusiasmo. Creo que prefería ver a su amigo Pierre follarme que hacerlo él mismo. No, Christian podría ser activo sin ninguna duda, que conmigo nunca dejaría de serlo, pero eso no sería lo que más deseara, y hoy me lo había demostrado.
Desde luego una razón clara de mi enfado era la actitud de Pierre para conmigo. Pero no sólo por eso yo me había puesto de aquel modo. El comportamiento de Pierre me había provocado más pena que rabia. No me había gustado su actitud pero la entendía perfectamente. Se sentía dolido por mi rechazo y yo no podía dejar de entenderlo. Hasta ese momento me había tratado muy cariñosamente y yo no había sabido corresponderle. Podría incluso pensar que con el tiempo se le pasaría y sería más fácil para mí intentar ganármele de nuevo. Pero es verdad, que tras ese día yo ya no tuve ningún interés en Pierre, para mí perdió todo atractivo. Si hubiera seguido siendo cariñoso y amable conmigo le habría sido fácil ganarme porque no le faltaban encantos, pero después de cómo me trató ese día, quien pasaba era yo. Podría hacerme lo que quisiera en esa casa pero para mí, ya sólo sería como una serpiente más de las muchas con las que me lo montaría en aquel tiempo.
Cuando nos vimos por casualidad, no hace demasiado tiempo, pude comprobar que su disposición hacia mí era la correspondiente a la primera época y no a la segunda. Intentó ser agradable y amable conmigo, como si yo fuera todavía el tonto primerizo al que él había conocido y no pudiera acordarme de cómo me había tratado antaño.
Tomando una cerveza en un bar habló, durante mucho rato del que a mí me apeteció, de los tiempos pasados, de él, por supuesto, pero también del otro capullo, como seguía llmándolo, de mí, de nosotros, sobre todo de nosotros. No dejé de contemplar sus labios carnosos y sensuales moverse y moverse y me alegró comprobar que, no sólo, no me interesaba nada de lo que me decía, sino que me resultaba una persona totalmente indiferente. Hoy según escribo estas páginas me arrepiento de no haber prestado un poco más de atención a las cosas que me decía pues me habrían sido de mucha utilidad. Pero fue el suficiente.
Creo que la razón fundamental de aquel mosqueo mío fue volver a estar en aquella casa donde toda esta historia mórbida había comenzado. Tengo la impresión de que volvieron los remordimientos y los malos rollos. Durante todo el tiempo que estuvimos en la sierra, entre montañas, entre aquellos árboles, al lado de aquel río, mientras estuvimos solos, y aunque hubiera serpientes, nunca se me planteó remordimiento alguno, pues ningún motivo había para la desazón o el desasosiego.
Nada de lo que hacíeramos en aquel lugar idílico podía estar mal. Éramos los únicos seres existentes en el mundo y nada ni nadie podía decirnos lo que estaba bien o lo que estaba mal. Éramos nosotros quienes decidíamos. En la sierra creo que, aparte de otras muchas cosas más, el sentimiento que más experimenté fue el de disfrutar de una auténtica y completa libertad. Pero volver a aquella casa, a aquellas cuatro paredes, era como remover de nuevo los malos rollos que sentía al principio, a las inquietudes de los primeros días.
O acaso me estoy engañando a mí mismo y no me doy cuenta, o no quiero darme cuenta. A lo peor lo que en verdad me pasa y lo que me tiene cabreado y mosqueado, o aflijido, o angustiado, no sé, es el profundo asco que empiezo a sentir por mí mismo. La repugnancia que siento a veces hacia mí que me obliga a olerme las manos compulsivamente, a restregármelas por mis costados, a ocultarlas, a lavármelas una y otra vez pues tengo la impresión de que huelen mal, como a podrido, como a corrupto. ¿No será ese mismo sentimiento de asco el que me obliga a ducharme varias veces la día porque siempre me parece que huelo a ellos, a sus cuerpos, a su sexo? ¿No será el asco también el que me obliga a cambiarme de ropa continuamente?
Sí, para qué me voy a engañar, es una tontería, bastante sé que es por éso. Tendré que volver a hacer nuevos propósitos de enmienda, tendré que decidir definitivamente no volver a verlos aunque me guste tanto lo que hago con ellos, tendré que resistirme a sus cantos de sirena, deberé pasar de sus perrerías. Sí, tengo que volver a centrarme aunque sea por mi propia tranquilidad, tengo que volver a mis estudios, a mis libros, a mis películas, a mi música. Tengo que volver con mis amigos y centrarme de nuevo en mi familia para recuperar, al menos, parte del sosiego perdido.
Pero vuelvo a engañarme, porque sé también, que ese sentimiento de asco, o de pesadumbre, esa inquietud, o esa tristeza que ahora siento, pasarán pronto, lo que tarden en rondarme otra vez las víboras, lo que tarden en volver a llamarme nuevamente por teléfono.
Cuaderno XVI
Me veo obligado a dar un salto en este impúdico y ya, largo relato, de varios meses. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, hasta es posible que sientas un cierto alivio. Ahorrarte varios meses de situaciones escabrosas, puedes pensar que es, por mi parte, todo un detalle. Si supieras lo que sería capaz de dar por ver tu cara mientras lees estas páginas.
Pudes creerme si te digo que no doy este salto con intención de ocultarte algo pues, aparte de que me he comprometido a no hacerlo, no tendría ningún sentido después de lo revelado hasta ahora. Ni porque no lo recuerde bien, que sería imposible no hacerlo, y eso que ya ha pasado tanto tiempo......... Tampoco porque la turbación o el pudor me impidan confesar lo que no me han impedido antes. Ni mucho menos la vergüenza, pues nada podría producirme ya mayor sonrojo. Y lo menos de todo, que no es que parara la actividad ofídica en aquellos meses, que en absoluto, sino porque ésta no dejaba de ser más de lo mismo, más de lo narrado hasta ahora, una interminable y aburrida rutina, de la cual temo más, tus bostezos que tus náuseas.
Sí, porque todo lo que me salto en estos meses no deja de ser repetición del mismo asunto, sexo y sexo, eso sí, al menos por ahora tuvieron la deferencia de que fuera con la misma gente, pero sólo por ahora claro que eso pronto cambiará, sucesión de trío tras trío, y con respecto a mí, con pocas variaciones, lo que significa, desprecio tras desprecio, humillación tras humillación, perrería tras perrería y, la verdad, buena gana de aburrirte con todo ésto.
No recuerdo que a lo largo de ese periódo, aquellas víboras me pusieran alguna vez al borde del abismo, te lo contaría de haber ocurrido así, ni que hubiera momentos especialmente aciagos y peores que en otros periodos o más frecuentes, ni que padeciera situaciones más grotescas o extravagantes como las que ya te he descrito anteriormente. Tampoco quiero aburrirte con la descripción de mis pasares que hubo muchos en aquellos meses pero no más que en los otros, ni de mis pesadumbres que tampoco acabaron con su transcurso, ni de mis tristezas. Además, hasta ese entonces casi todos los órganos de mi cuerpo me dolieron mucho pero no me pude imaginar lo que me llegarían a doler después y en ese entonces todavía no me dolió el corazón, éste debería esperar todavía algún tiempo.
En aquellos meses que me callo, y tal como hoy los recuerdo, mi vida siguió siendo igual de desdichada, igual de miserable, fundamentalmente porque estaba hecha de humillación, de mezquindad, de perversión, de desconsuelo. Pero no me daba cuenta, o quizá sí, y no quería enterarme. No me sentía sucio, pero, ¿por qué siempre tenía la desagradable sensación de aquel hedor? ¿por qué me duchaba tanto entonces? ¿porqué me cambiaba continuamente de ropa? Si disfrutaba tanto con aquellos encuentros, si me moría por aquella sucesión de situaciones morbosas, si tanto me gustaban aquellos cuerpos sensuales, si tanto placer me producían, ¿por qué entonces siempre......, siempre....., tenía esa extraña sensación de ser un completo desgraciado? Peor aún, ¿por qué tenía siempre esa sensación de ser un perfecto imbecil? Desde aquellos días pienso tanto en los habitantes alienados de aquella caverna del mito platónico....... ¿Será por ello entonces que me gusta tanto la filosofía? Quien sabe, quizás debería dar gracias a los dioses por ésto también.
Quien tiene el poder está obligado a ejercerlo de manera, más o menos periódica, y en mayor o menor grado. Pasa con las naciones; el más poderoso de vez en cuando da un golpe de mano, invade países, elimina opositores, amaña elecciones, destituye presidentes. Al ejercerse el poder, sobre todo si éste se hace despóticamente, el sometido, el súbdito, el colonizado, el vencido, no le quedan dudas de quien lo tiene. Si no se hiciera así, de vez en cuando, algunos podrían cuestionar ese poder o pensar que éste es débil y levantarse contra él.
En casi todas las relaciones humanas pasa lo mismo y en las relaciones en las que interviene el sexo todavía más. El dominante necesita, no sólo saber que lo es, sino que necesita demostrarlo en cada momento. Y el sometido necesita sentirlo para evitar rebelarse. Hay dos maneras de mantener la dominación o por la fuerza o por las dádivas. Quienes no están muy seguros en su rol dominante pueden intentar lograr sus fines provocando miedo en el sometido. O incluso terror. El pavor que provocan logra en quien lo sufre la entrega total, única manera de conseguir que realice aquello que buscan. El miedo incluso puede ser a la ausencia de dominio.
Pero en vez de por el ejercicio o exhibición de poder se puede dominar también por autoridad y provocando la entrega del otro por admiración. Puede ser ésta al carisma, a la belleza, a la inteligencia, a la sabiduría y a cien cosas más. Yo habría preferido someterme siempre por las dádivas así fueran en forma de cariño, morbo, carne o simple gusto, pero mirando hacia atrás, tengo que reconocer que me ha tocado más de lo primero que de lo segundo, aunque de todo ha habido.
Y luego está la vanidad. Porque somos vanidosos – y cretinos- necesitamos que además de disfrutar del sexo, los demás sepan que lo hacemos. Por eso nadie reconoce que no folla desde hace tres meses a no ser que tenga la completa seguridad de que quien escucha lleva seis.
Es la vanidad la que hace que exhibamos al amante si es guapo/a o lo ocultemos si es feo/a como un horror. En el primer caso, no es tanto para dar envidia, sino para que todo el mundo sepa que también follamos como ellos, y en el segundo, no lo es tanto por vergüenza, sino para que nadie sepa que no follamos con alguien tan espectacular como hacen ellos. Tenemos, además, que exhibir nuestro dominio para que todo el mundo sepa que lo tenemos, sino, ¿de qué serviría?. Y al sumiso se le debe exhibir en su estado de postración, y su sometimiento y humillación, deberán ser públicas, sino ¿de qué serviría? ¿Cómo disfrutarían ambos?
Creo que fue por todo lo anterior, además de que ambos necesitábamos tomar el aire, que en mi proceso de seducción por Christian, éste dio un paso más y empezamos a abandonar las cuatro paredes de su casa y buscamos otros ambientes. Por decirlo de alguna manera amplió el espectro tanto espacial, como personal y temporal. En pocas palabras, que me folló en otros sitios, me folló otra gente y para una cosa y otra yo necesité más tiempo.
A Christian los fines de semana empezaban a parecerle poco tiempo para tenerme a su disposición. El proceso de seducción exigía que estuviera listo para él 24 horas, 7días a la semana. Pero no sólo debía pensar en él las 24 horas del día, todos los días, que eso hacía ya tiempo que ocurría, sino que mi disponibilidad tenía que ser total, aunque no me viera. Y por supuesto debía trabajar para él, cosa que empezaría a ocurrir en sentido estricto en no muchas semanas.
Pero en el punto que me ocupa ahora, estar disponible, significaba la realización de pequeñas acciones que me obligaban a pensar en él a todas horas. Algunas, no lo voy a negar, eran placenteras, pues me obligaban a masturbarme sin correrme a una determinada hora del día, ni cinco minutos antes ni cinco después, o me obligaba a depilarme, o a ir sin ropa interior a los sitios a los que me mandaba, o a llevar en el culo durante todo el día uno de esos tapones que me obligaba a comprar y que no me dejaba pensar en otra cosa, nada más que en su miembro. Otras acciones eran cosas neutras pero bastante incordiosas como estar en casa a esperar una llamada telefónica una hora antes de que se produjera y a lo peor, ésta ni ocurría.
Otras acciones, en cambio, eran una auténtica tortura pues suponían molestias, desplazamientos o acciones, algunas de éstas, incluso ilegales. Trabajar para mi amo, en ese momento, podía suponer, por ejemplo, comprar libros o revistas en los quioscos de explícita temática homosexual que él no se atrevía a comprar, y que luego rara vez me abonaba. O, como en verdad ocurrió, podía consistir en sustraer pequeños objetos de valor en grandes almacenes que previamente me indicaba. O desplazarme hasta el Rastro o al extrarradio o a otros muchos lugares, a comprarle varios talegos de costo a la vez. O podía consistir en ir a comprar extraños artilugios sexuales, que yo no sabía ni de su existencia, ni siquiera de nombre, a cualquier sex-shop, poppers incluidos, o lencería femenina a cualquier tienda. O lo que más terror me daba: ir solo a descubrir y a explorar, como él decía, de noche los lugares al aire libre donde los tíos van a ligar y a follar con otros tíos.
Se me puede creer si digo que para mí, todas estas pruebas a las que mi dueño me sometía, y que tan beneficiosas le resultaban a él, además de ser una humillación constante y total, constituían un auténtico suplicio. Tengo que confesar en honor a la verdad, pues a eso me he comprometido, que estas pruebas para mí eran mucho peor que el hecho de prestarme a otros, o compartirme con otros o prostituirme con otros. Estos hechos puedo catalogarlos de viles o canallas, lo que quiera, pero no implicaban tan alto grado de vergüenza o de miedo como el que me obligó a pasar con algunas de las otras prácticas.
Ir a las citas apañadas por él, y una vez asumida y aceptada la degradación que esto suponía, implicaba para mí un grado de sumisión tal que me ponía a cien sólo de pensarlo. Además, el morbo que acompañaba a la acción en sí, y que a veces me hacía ir superempalmado, sin saber siquiera cómo era el cliente con quien me lo iba a montar, podía compensar en parte cualquier trastorno. Al principio, como todo, fue difícil, me costó un poco e iba un poco nervioso a esos trabajos pero con el tiempo aprendí a realizarlos sin ningún tipo de riesgo y, aunque se perdió el morbo inicial aprendí a aprovecharme de ellos en mí propio beneficio.
Pero ir a mangar al Corte Inglés para él, o comprar en los Sex-shop, o ir a pillar droga o ir a explorar la Casa de Campo de noche eran para mí ejercicios especialmente traumáticos a los cuales no me acostumbré fácilmente.
Sí, porque aunque he tratado de disimularlo siempre he sido un ser muy cobarde, no voy a presumir aquí ahora de lo contrario, y mucho menos delante de ti, que me conoces bien, aunque dudes ahora de ello leyendo estas páginas. A lo largo de mi vida, y especialmente en aquellos años de infortunios me ha faltado el valor tantas veces...... Claro que si no hubiera sido por ello, hace tiempo ya que habría solucionado mi calamitosa situación de otra manera.
No puedo echar la culpa a nadie de mis desventuras, sólo yo tengo la culpa, sólo yo soy responsable de ellas, bien me tenía merecido todo lo que me ocurría, pues todo se paga en esta vida, todo, más temprano que tarde, nada sale gratis, ¿por qué iba a ser diferente enmi caso? Aunque bien pensado, se paga tanto, y salen tan caros, unos pocos momentos de felicidad.......
Me desplazaba a todos estos sitios donde me mandaba ¨mi angel¨ temblando, sudaba, jadeaba, iba, en definitiva, muerto de miedo. Mi dueño me obligaba a todo ésto sólo en su propio beneficio, hoy bien puedo decir sin miedo a equivocarme, que no había por su parte ni el más mínimo morbo. Sólo vulgar utilitarismo. Igual me habría utilizado para llevarle un vaso de agua, o para comprarle los tomates y pimientos en el mercado. Entonces, en verdad, no sé, no sé, si yo de todo esto era consciente, o no quería ni saberlo.
Como consecuencia de estos trajines conocí a todos los camellos que vendían maría y hachís en los alrededores del Rastro, los antros donde me dejaban la coca en el váter, las covachas de mala muerte donde compraba los poppers. Hubo un tiempo en que se empeñó en que le consiguiera peyote porque le habían dicho que aquello era la leche y que ponía cantidad. En aquel entonces en Madrid no había quien conociera semejante cosa y no sé, si incluso hoy lo habrá.
Y también estuvo aquella ridícula historia del sapo, de no sé qué país, que si le chupabas, supuestamente, te daba un colocón alucinógeno de la hostia, a no sé cuantas pelas el lametón. Esta historia, de no haber sido tan grotesca y triste mi situación, habría tenido hasta gracia. Mi extravagante amo se enteró de que alguien criaba en su casa un sapo del desierto de no sé donde y que era homosexual. No el sapo, el dueño. O quizá también el sapo, no sé, porque dejarse dar tantos lametones........ Y resultó que, cuando un día por fin llegamos a la citada casa, el pavo en cuestión se había pirado a su país, imagino que el mismo del sapo. De haber estado el menda aquel todavía en Madrid me debería haber cambiado durante un rato por el sapo. Yo a disposición del pavo para que hiciera conmigo lo que quisiera, y “mi angel” con el sapo dándole de lametones. A eso se había reducido entonces mi valor. Llegaba a tanto entonces mi audesprecio que yo, al menos, me sentía al mismo nivel del sapo y cualquiera que me hubiera conocido entonces, habría alucinado conmigo, al menos tanto, como lamiendo al sapo.
Pero donde mi dueño más supo utilizar su infame influjo sobre mí, fue en obligarme a realizar pequeños hurtos en su propio beneficio. Como un nuevo Oliver me mandaba a los grandes almacenes a sustraer cosas de pequeño tamaño que había previsto de antemano, como frascos de colonia de marca, carteras de piel, pequeños dispositivos electrónicos, y mil cosas más.
Al principio y mientras sólo fueron, lo que a mí me parecieron pruebas, preferí comprar las cosas de mi propio bolsillo antes que sustraerlas, pero con el tiempo me fue cada vez más imposible satisfacer todas sus demandas. Y entré en el juego. Las primeras veces me produjeron un trauma dificil de describir pero confieso que, una vez superadas esas primeras pruebas, las veces siguientes fueron mucho más fácil. En unas navidades le decoré toda su casa con bolas y borlas robadas. Y en una de sus fiestas de cumpleaños el regalo sugerido también fue obtenido por el mismo medio. Y hubo más, pero como dice el dicho tantas veces va el cántaro a la fuente que acaba por romperse, y yo me confié demasiado.
En una ocasión mi dueño me mandó hurtar una pluma estilográfica de una conocida marca. Mientras merodeaba confiado por el lugar, no me di cuenta de que dos tios de seguridad estaban por los alrededores. Cuando tenía ya la pluma en el bolsillo siento que dos tíos me agarran cada uno por un brazo y me llevan a un pequeño cuarto. Yo quiero morirme de la vergüenza.
Dentro del cuarto me mandan sacar todo lo que tengo en los bolsillos. Uno de ellos se va. El otro tras ver la pluma espera que saque algo más. Le digo que no tengo otra cosa que sólo he cogido eso. Me pide el Carnet de Identidad y empieza a tomarme los datos, me pide el número de teléfono y todavía mantengo la sangre fría como para dárselo falso. A continuación y sin levantar mucho la voz me dice:
- Mira, chaval, saca todo lo que tengas en los bolsillos, si no quieres que te desnude aquí mismo y salga todo.
Yo, aún cuando estaba muy asustado, fue oír eso de desnudarme y entré a considerar la posibilidad de que la cosa pudiera solucionarse de otra manera. Tampoco lo tenía del todo claro, pero recuerdo que fue la primera vez que miré a aquel tío fijamente a los ojos. Éstos no me dijeron gran cosa para tampoco vi animadversión en ellos. Con cara de cordero degollado y rojo todavía por la vergüenza de la situación, tuve una caída de ojos de esas que, si el del enfrente la entiende o entiende, ya se lo dice todo sin necesidad de más datos.
Volví a enfrentar mis ojos a los suyos, y ya estos me parecieron mucho mas amigables. El segurata estaba bastante bien, era moreno, con el pelo corto y el cuerpo bien formado. Sí, debía tener un cuerpo precioso. Volví a bajar los ojos lentamente y a fijarlos en su bragueta. Aunque miraba como de soslayo, el segurata no pudo por menos de darse cuenta de mi intención.
- ¿Qué pasa chaval, es que acaso prefieres que te desnude yo antes de sacar lo que has robado?
-No tengo más, de verdad, se lo juro- digo yo en tono lastimero, casi sollozante, mientras mi mano de manera ostentosa se va a la cintura del pantalón y desabrocha el botón.
-Mira, esto lo podemos arreglar sin necesidad de que tus padres se enteren de las actividades a las que te dedicas en tus ratos libres. No querrás que tus padres se enteren de esto, ¿no?
Yo, negué con la cabeza, sin dejar de mirarle a los ojos mientras me decía esto. Cuando me decidí a bajar la vista fue para mirar su paquete que notaba por momentos era cada vez más prominente. Pero el tío era muy lento y no acababa de decidirse de una manera u otra.
-No tengo más cosas, puedo desnudarme si usted quiere, pero no tengo nada más, de verdad
y según digo ésto me abro los botones de la bragueta con un fuerte tirón. Mi vista ahora esta abajo, en su paquete, y sin atreverse a mirar más arriba. Ahora, era más que obvio tanto mi empalme como el suyo. Dejo caer los pantalones sobre mis pies y ya todo depende de lo que decida él.
Y por fin se decide y viene hacia a mí, lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos, me echa mano a mi rabo, que sabe inhiesto, echa el cerrojo de la puerta de aquel cuarto en penumbra, yo cierro a mi vez los ojos, no sé si de vergúenza o porque me estremezco al contacto con su mano, tanto tiempo esperando, y sobre todo la incertidumbre del momento, la duda, el no saber que va a ocurrir, es lo menos que me puede pasar, no levanto la cara, todavía no me atrevo, pero lo hace él, me la acaricia, me la besa, me come la boca, me da unos lenguatazos hambrientos a los que yo respondo devorando su lengua y sus labios, me interesa excitarle mucho y rápido, no puedo reprimir que me tiemblen las piernas, y todo el cuerpo, y él, que no puede dejar de notarlo me empuja suavemente contra la pared estrujando mi cuerpo contra ella, noto su miembro erecto y todavía dentro del pantalón, me gusta, su mano entra en mis calzoncillos y me agarra mi verga superdura, trato de mover mi pelvis adelante y atrás, pero es difícil, entre él y la pared no hay mucha opción, no obstante lo intento, tengo que parecerle muy vicioso, aún más, le saco la camisa del pantalón y se la subo para descubrir su pecho y sus tetas, no es fácil pero lo consigo, y le acaricio el pecho y la espalda, en verdad tiene un cuerpo precioso, le meto mano dentro del pantalón y le palpo el culo, noto que le gusta, también echo mano a su bragueta e intento abrírsela, siento que me comporto como una auténtica zorra, pero es necesario, él se deja hacer con mucho gusto, me impresiona el tamaño de su miembro todavía dentro del calzoncillo, pero cuando por fin logro sacársela al aire me gusta todavía mucho más, es una polla cicuncisa y muy cabezona, con un gran glande sonrosado, se la acaricio de arriba abajo, incluyendo en el recorrido de mi mano a sus huevos, que estrujo y tiro hacia abajo , yo a pesar del tiempo transcurrido ya, sigo con un temblor irrrefrenable por todo el cuerpo, y aunque él trata de tranquilizarme con besos y caricias, yo no estoy preparado para tomar iniciativa alguna, espero a que él decida lo que quiere hacer conmigo, el manda, aun cuando sea el que cobra, yo debo pagar en carne mi falta, y por lo que puedo apreciar hasta el momento no lo hago del todo mal.
Ya con su rabo fuera y mis ojos sin quitarle la vista de encima, por fin se decide a ponerme de rodillas, lo hace sin brusquedad, presionándome la cabeza con su mano, y yo reconozco que estoy encantado de haber resulto la delicada situación en la que me encontraba de esta manera, y además no me desagrada su rabo, aunque es grande, y tengo dificultades de tenerlo en la boca, a él le encanta cómo se lo trajino, y se mueve impulsándolo dentro de mí con delicadeza. De repente, se para y me levanta del suelo, diciéndome:
- Mira, tío, aquí no estoy tranquilo. Puede venir cualquiera y sorprendernos. No vivo lejos, ¿que te parece si nos vamos a mi casa? Allí estaremos más cómodos y disfrutaremos más.
- Vale – le digo yo, encantado de salir de aquel establecimiento sin ningún tipo de problema
-Tengo que hablar primero con mi compañero, tú, vístete y espérame en la puerta. Me quedo con tu carnet por si acaso- Aquella muestra de desconfianza me jodió y me enfrío bastante pero nada podía hacer. Me vestí y ya fuera me indicó en qué puerta tenía que esperarle. Así lo hice.
No mucho tiempo después sale mi segurata vestido de paisano. Me sorprendo y como que me descolocó un poco. No es que no me gustara, no, es ...... pues que era diferente. Él lo nota y me dice:
- Que pasa ya no te gusto en vaqueros, o ¿qué?.
- Sí, sí, simplemente que me has sorprendido un poco, sólo es eso. ¿Dónde tenemos que ir?.
- No vivo muy lejos de aquí, no tardaremos, sígueme.
Efectivamente, su casa no estaba muy lejos de aquellos grandes almacenes, en una de las calles del barrio de Las Letras. Recuerdo que era una casa vieja, oscura y antiquísima, con los techos muy altos y todos los suelos y escaleras de madera, todo crujía al menor movimiento. Recuerdo también que era un piso altísimo y sin ascensor. Cuando llegamos, yo casi sin resuello, como que no te quedaban muchas ganas de juerga. Empezó el amigo rápido a meterme mano pero yo estaba para entonces bastante frío y hubo que calentarme un poco. Tenía además que pedirle mi carnet porque me había jodido que se quedara con él.
- Oye, vamos a follar y hacer lo que tu quieras, de acuerdo, pero me gustaría que me devolvieras ya el carnet. Creo que es lo justo, ¿no?.
- Me parece razonable – me responde muy educado, entregándomelo.
- Aunque tengo tu teléfono, recuerda- me dice
-Ya lo sé – le respondo yo.
El detalle éste del teléfono me fastidia bastante de este tipo, pues aunque sé que el número se lo di mal, me jode el intento de chantaje. Bastante tenía yo con el otro más cabrón como para que me aparecieran otros imbéciles con las mismas artes.
Tras estos percances menores no fue fácil para mí entrar en calor. No se me olvidaba que estaba allí respondiendo por algo, el ambiente era frío y no invitaba nada, el tío tras lo del carné y el teléfono me pareció un poco capullo, y el caserón aquel era propiamente como la mansión de Frankenstein con su par de aldabas y todo. Vamos que aquello era difícil para la pasión.
Pero pagué, y creo que bien pagado, pues pocas cosas faltaron para complacerle. Al fin y al cabo esa era la cuestión. Realicé mi representación lo mejor que pude y supe. Con el tiempo actuaría mucho mejor, todo se aprende, y llegaría a ser todo un experto. El tío supongo que notó que no había la misma pasión en esa fría habitación que en aquel cuarto estrecho y más bien oscuro, pero en esta vida no se puede tener todo. Me dijo que le había gustado mucho y me pidió que volviera, cualquier tarde, siempre estaba allí, vale, vale, yo le prometí volver. En el colmo de la ironía le dije incluso:
- Si notas que tardo, no dudes en llamarme por teléfono y preguntar por mí, por Alejandro. ¿De acuerdo?
-Sí, ya lo verás –me dice el nota
Desde siempre he considerado esta experiencia como mi primera chapa
Pudes creerme si te digo que no doy este salto con intención de ocultarte algo pues, aparte de que me he comprometido a no hacerlo, no tendría ningún sentido después de lo revelado hasta ahora. Ni porque no lo recuerde bien, que sería imposible no hacerlo, y eso que ya ha pasado tanto tiempo......... Tampoco porque la turbación o el pudor me impidan confesar lo que no me han impedido antes. Ni mucho menos la vergüenza, pues nada podría producirme ya mayor sonrojo. Y lo menos de todo, que no es que parara la actividad ofídica en aquellos meses, que en absoluto, sino porque ésta no dejaba de ser más de lo mismo, más de lo narrado hasta ahora, una interminable y aburrida rutina, de la cual temo más, tus bostezos que tus náuseas.
Sí, porque todo lo que me salto en estos meses no deja de ser repetición del mismo asunto, sexo y sexo, eso sí, al menos por ahora tuvieron la deferencia de que fuera con la misma gente, pero sólo por ahora claro que eso pronto cambiará, sucesión de trío tras trío, y con respecto a mí, con pocas variaciones, lo que significa, desprecio tras desprecio, humillación tras humillación, perrería tras perrería y, la verdad, buena gana de aburrirte con todo ésto.
No recuerdo que a lo largo de ese periódo, aquellas víboras me pusieran alguna vez al borde del abismo, te lo contaría de haber ocurrido así, ni que hubiera momentos especialmente aciagos y peores que en otros periodos o más frecuentes, ni que padeciera situaciones más grotescas o extravagantes como las que ya te he descrito anteriormente. Tampoco quiero aburrirte con la descripción de mis pasares que hubo muchos en aquellos meses pero no más que en los otros, ni de mis pesadumbres que tampoco acabaron con su transcurso, ni de mis tristezas. Además, hasta ese entonces casi todos los órganos de mi cuerpo me dolieron mucho pero no me pude imaginar lo que me llegarían a doler después y en ese entonces todavía no me dolió el corazón, éste debería esperar todavía algún tiempo.
En aquellos meses que me callo, y tal como hoy los recuerdo, mi vida siguió siendo igual de desdichada, igual de miserable, fundamentalmente porque estaba hecha de humillación, de mezquindad, de perversión, de desconsuelo. Pero no me daba cuenta, o quizá sí, y no quería enterarme. No me sentía sucio, pero, ¿por qué siempre tenía la desagradable sensación de aquel hedor? ¿por qué me duchaba tanto entonces? ¿porqué me cambiaba continuamente de ropa? Si disfrutaba tanto con aquellos encuentros, si me moría por aquella sucesión de situaciones morbosas, si tanto me gustaban aquellos cuerpos sensuales, si tanto placer me producían, ¿por qué entonces siempre......, siempre....., tenía esa extraña sensación de ser un completo desgraciado? Peor aún, ¿por qué tenía siempre esa sensación de ser un perfecto imbecil? Desde aquellos días pienso tanto en los habitantes alienados de aquella caverna del mito platónico....... ¿Será por ello entonces que me gusta tanto la filosofía? Quien sabe, quizás debería dar gracias a los dioses por ésto también.
Quien tiene el poder está obligado a ejercerlo de manera, más o menos periódica, y en mayor o menor grado. Pasa con las naciones; el más poderoso de vez en cuando da un golpe de mano, invade países, elimina opositores, amaña elecciones, destituye presidentes. Al ejercerse el poder, sobre todo si éste se hace despóticamente, el sometido, el súbdito, el colonizado, el vencido, no le quedan dudas de quien lo tiene. Si no se hiciera así, de vez en cuando, algunos podrían cuestionar ese poder o pensar que éste es débil y levantarse contra él.
En casi todas las relaciones humanas pasa lo mismo y en las relaciones en las que interviene el sexo todavía más. El dominante necesita, no sólo saber que lo es, sino que necesita demostrarlo en cada momento. Y el sometido necesita sentirlo para evitar rebelarse. Hay dos maneras de mantener la dominación o por la fuerza o por las dádivas. Quienes no están muy seguros en su rol dominante pueden intentar lograr sus fines provocando miedo en el sometido. O incluso terror. El pavor que provocan logra en quien lo sufre la entrega total, única manera de conseguir que realice aquello que buscan. El miedo incluso puede ser a la ausencia de dominio.
Pero en vez de por el ejercicio o exhibición de poder se puede dominar también por autoridad y provocando la entrega del otro por admiración. Puede ser ésta al carisma, a la belleza, a la inteligencia, a la sabiduría y a cien cosas más. Yo habría preferido someterme siempre por las dádivas así fueran en forma de cariño, morbo, carne o simple gusto, pero mirando hacia atrás, tengo que reconocer que me ha tocado más de lo primero que de lo segundo, aunque de todo ha habido.
Y luego está la vanidad. Porque somos vanidosos – y cretinos- necesitamos que además de disfrutar del sexo, los demás sepan que lo hacemos. Por eso nadie reconoce que no folla desde hace tres meses a no ser que tenga la completa seguridad de que quien escucha lleva seis.
Es la vanidad la que hace que exhibamos al amante si es guapo/a o lo ocultemos si es feo/a como un horror. En el primer caso, no es tanto para dar envidia, sino para que todo el mundo sepa que también follamos como ellos, y en el segundo, no lo es tanto por vergüenza, sino para que nadie sepa que no follamos con alguien tan espectacular como hacen ellos. Tenemos, además, que exhibir nuestro dominio para que todo el mundo sepa que lo tenemos, sino, ¿de qué serviría?. Y al sumiso se le debe exhibir en su estado de postración, y su sometimiento y humillación, deberán ser públicas, sino ¿de qué serviría? ¿Cómo disfrutarían ambos?
Creo que fue por todo lo anterior, además de que ambos necesitábamos tomar el aire, que en mi proceso de seducción por Christian, éste dio un paso más y empezamos a abandonar las cuatro paredes de su casa y buscamos otros ambientes. Por decirlo de alguna manera amplió el espectro tanto espacial, como personal y temporal. En pocas palabras, que me folló en otros sitios, me folló otra gente y para una cosa y otra yo necesité más tiempo.
A Christian los fines de semana empezaban a parecerle poco tiempo para tenerme a su disposición. El proceso de seducción exigía que estuviera listo para él 24 horas, 7días a la semana. Pero no sólo debía pensar en él las 24 horas del día, todos los días, que eso hacía ya tiempo que ocurría, sino que mi disponibilidad tenía que ser total, aunque no me viera. Y por supuesto debía trabajar para él, cosa que empezaría a ocurrir en sentido estricto en no muchas semanas.
Pero en el punto que me ocupa ahora, estar disponible, significaba la realización de pequeñas acciones que me obligaban a pensar en él a todas horas. Algunas, no lo voy a negar, eran placenteras, pues me obligaban a masturbarme sin correrme a una determinada hora del día, ni cinco minutos antes ni cinco después, o me obligaba a depilarme, o a ir sin ropa interior a los sitios a los que me mandaba, o a llevar en el culo durante todo el día uno de esos tapones que me obligaba a comprar y que no me dejaba pensar en otra cosa, nada más que en su miembro. Otras acciones eran cosas neutras pero bastante incordiosas como estar en casa a esperar una llamada telefónica una hora antes de que se produjera y a lo peor, ésta ni ocurría.
Otras acciones, en cambio, eran una auténtica tortura pues suponían molestias, desplazamientos o acciones, algunas de éstas, incluso ilegales. Trabajar para mi amo, en ese momento, podía suponer, por ejemplo, comprar libros o revistas en los quioscos de explícita temática homosexual que él no se atrevía a comprar, y que luego rara vez me abonaba. O, como en verdad ocurrió, podía consistir en sustraer pequeños objetos de valor en grandes almacenes que previamente me indicaba. O desplazarme hasta el Rastro o al extrarradio o a otros muchos lugares, a comprarle varios talegos de costo a la vez. O podía consistir en ir a comprar extraños artilugios sexuales, que yo no sabía ni de su existencia, ni siquiera de nombre, a cualquier sex-shop, poppers incluidos, o lencería femenina a cualquier tienda. O lo que más terror me daba: ir solo a descubrir y a explorar, como él decía, de noche los lugares al aire libre donde los tíos van a ligar y a follar con otros tíos.
Se me puede creer si digo que para mí, todas estas pruebas a las que mi dueño me sometía, y que tan beneficiosas le resultaban a él, además de ser una humillación constante y total, constituían un auténtico suplicio. Tengo que confesar en honor a la verdad, pues a eso me he comprometido, que estas pruebas para mí eran mucho peor que el hecho de prestarme a otros, o compartirme con otros o prostituirme con otros. Estos hechos puedo catalogarlos de viles o canallas, lo que quiera, pero no implicaban tan alto grado de vergüenza o de miedo como el que me obligó a pasar con algunas de las otras prácticas.
Ir a las citas apañadas por él, y una vez asumida y aceptada la degradación que esto suponía, implicaba para mí un grado de sumisión tal que me ponía a cien sólo de pensarlo. Además, el morbo que acompañaba a la acción en sí, y que a veces me hacía ir superempalmado, sin saber siquiera cómo era el cliente con quien me lo iba a montar, podía compensar en parte cualquier trastorno. Al principio, como todo, fue difícil, me costó un poco e iba un poco nervioso a esos trabajos pero con el tiempo aprendí a realizarlos sin ningún tipo de riesgo y, aunque se perdió el morbo inicial aprendí a aprovecharme de ellos en mí propio beneficio.
Pero ir a mangar al Corte Inglés para él, o comprar en los Sex-shop, o ir a pillar droga o ir a explorar la Casa de Campo de noche eran para mí ejercicios especialmente traumáticos a los cuales no me acostumbré fácilmente.
Sí, porque aunque he tratado de disimularlo siempre he sido un ser muy cobarde, no voy a presumir aquí ahora de lo contrario, y mucho menos delante de ti, que me conoces bien, aunque dudes ahora de ello leyendo estas páginas. A lo largo de mi vida, y especialmente en aquellos años de infortunios me ha faltado el valor tantas veces...... Claro que si no hubiera sido por ello, hace tiempo ya que habría solucionado mi calamitosa situación de otra manera.
No puedo echar la culpa a nadie de mis desventuras, sólo yo tengo la culpa, sólo yo soy responsable de ellas, bien me tenía merecido todo lo que me ocurría, pues todo se paga en esta vida, todo, más temprano que tarde, nada sale gratis, ¿por qué iba a ser diferente enmi caso? Aunque bien pensado, se paga tanto, y salen tan caros, unos pocos momentos de felicidad.......
Me desplazaba a todos estos sitios donde me mandaba ¨mi angel¨ temblando, sudaba, jadeaba, iba, en definitiva, muerto de miedo. Mi dueño me obligaba a todo ésto sólo en su propio beneficio, hoy bien puedo decir sin miedo a equivocarme, que no había por su parte ni el más mínimo morbo. Sólo vulgar utilitarismo. Igual me habría utilizado para llevarle un vaso de agua, o para comprarle los tomates y pimientos en el mercado. Entonces, en verdad, no sé, no sé, si yo de todo esto era consciente, o no quería ni saberlo.
Como consecuencia de estos trajines conocí a todos los camellos que vendían maría y hachís en los alrededores del Rastro, los antros donde me dejaban la coca en el váter, las covachas de mala muerte donde compraba los poppers. Hubo un tiempo en que se empeñó en que le consiguiera peyote porque le habían dicho que aquello era la leche y que ponía cantidad. En aquel entonces en Madrid no había quien conociera semejante cosa y no sé, si incluso hoy lo habrá.
Y también estuvo aquella ridícula historia del sapo, de no sé qué país, que si le chupabas, supuestamente, te daba un colocón alucinógeno de la hostia, a no sé cuantas pelas el lametón. Esta historia, de no haber sido tan grotesca y triste mi situación, habría tenido hasta gracia. Mi extravagante amo se enteró de que alguien criaba en su casa un sapo del desierto de no sé donde y que era homosexual. No el sapo, el dueño. O quizá también el sapo, no sé, porque dejarse dar tantos lametones........ Y resultó que, cuando un día por fin llegamos a la citada casa, el pavo en cuestión se había pirado a su país, imagino que el mismo del sapo. De haber estado el menda aquel todavía en Madrid me debería haber cambiado durante un rato por el sapo. Yo a disposición del pavo para que hiciera conmigo lo que quisiera, y “mi angel” con el sapo dándole de lametones. A eso se había reducido entonces mi valor. Llegaba a tanto entonces mi audesprecio que yo, al menos, me sentía al mismo nivel del sapo y cualquiera que me hubiera conocido entonces, habría alucinado conmigo, al menos tanto, como lamiendo al sapo.
Pero donde mi dueño más supo utilizar su infame influjo sobre mí, fue en obligarme a realizar pequeños hurtos en su propio beneficio. Como un nuevo Oliver me mandaba a los grandes almacenes a sustraer cosas de pequeño tamaño que había previsto de antemano, como frascos de colonia de marca, carteras de piel, pequeños dispositivos electrónicos, y mil cosas más.
Al principio y mientras sólo fueron, lo que a mí me parecieron pruebas, preferí comprar las cosas de mi propio bolsillo antes que sustraerlas, pero con el tiempo me fue cada vez más imposible satisfacer todas sus demandas. Y entré en el juego. Las primeras veces me produjeron un trauma dificil de describir pero confieso que, una vez superadas esas primeras pruebas, las veces siguientes fueron mucho más fácil. En unas navidades le decoré toda su casa con bolas y borlas robadas. Y en una de sus fiestas de cumpleaños el regalo sugerido también fue obtenido por el mismo medio. Y hubo más, pero como dice el dicho tantas veces va el cántaro a la fuente que acaba por romperse, y yo me confié demasiado.
En una ocasión mi dueño me mandó hurtar una pluma estilográfica de una conocida marca. Mientras merodeaba confiado por el lugar, no me di cuenta de que dos tios de seguridad estaban por los alrededores. Cuando tenía ya la pluma en el bolsillo siento que dos tíos me agarran cada uno por un brazo y me llevan a un pequeño cuarto. Yo quiero morirme de la vergüenza.
Dentro del cuarto me mandan sacar todo lo que tengo en los bolsillos. Uno de ellos se va. El otro tras ver la pluma espera que saque algo más. Le digo que no tengo otra cosa que sólo he cogido eso. Me pide el Carnet de Identidad y empieza a tomarme los datos, me pide el número de teléfono y todavía mantengo la sangre fría como para dárselo falso. A continuación y sin levantar mucho la voz me dice:
- Mira, chaval, saca todo lo que tengas en los bolsillos, si no quieres que te desnude aquí mismo y salga todo.
Yo, aún cuando estaba muy asustado, fue oír eso de desnudarme y entré a considerar la posibilidad de que la cosa pudiera solucionarse de otra manera. Tampoco lo tenía del todo claro, pero recuerdo que fue la primera vez que miré a aquel tío fijamente a los ojos. Éstos no me dijeron gran cosa para tampoco vi animadversión en ellos. Con cara de cordero degollado y rojo todavía por la vergüenza de la situación, tuve una caída de ojos de esas que, si el del enfrente la entiende o entiende, ya se lo dice todo sin necesidad de más datos.
Volví a enfrentar mis ojos a los suyos, y ya estos me parecieron mucho mas amigables. El segurata estaba bastante bien, era moreno, con el pelo corto y el cuerpo bien formado. Sí, debía tener un cuerpo precioso. Volví a bajar los ojos lentamente y a fijarlos en su bragueta. Aunque miraba como de soslayo, el segurata no pudo por menos de darse cuenta de mi intención.
- ¿Qué pasa chaval, es que acaso prefieres que te desnude yo antes de sacar lo que has robado?
-No tengo más, de verdad, se lo juro- digo yo en tono lastimero, casi sollozante, mientras mi mano de manera ostentosa se va a la cintura del pantalón y desabrocha el botón.
-Mira, esto lo podemos arreglar sin necesidad de que tus padres se enteren de las actividades a las que te dedicas en tus ratos libres. No querrás que tus padres se enteren de esto, ¿no?
Yo, negué con la cabeza, sin dejar de mirarle a los ojos mientras me decía esto. Cuando me decidí a bajar la vista fue para mirar su paquete que notaba por momentos era cada vez más prominente. Pero el tío era muy lento y no acababa de decidirse de una manera u otra.
-No tengo más cosas, puedo desnudarme si usted quiere, pero no tengo nada más, de verdad
y según digo ésto me abro los botones de la bragueta con un fuerte tirón. Mi vista ahora esta abajo, en su paquete, y sin atreverse a mirar más arriba. Ahora, era más que obvio tanto mi empalme como el suyo. Dejo caer los pantalones sobre mis pies y ya todo depende de lo que decida él.
Y por fin se decide y viene hacia a mí, lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos, me echa mano a mi rabo, que sabe inhiesto, echa el cerrojo de la puerta de aquel cuarto en penumbra, yo cierro a mi vez los ojos, no sé si de vergúenza o porque me estremezco al contacto con su mano, tanto tiempo esperando, y sobre todo la incertidumbre del momento, la duda, el no saber que va a ocurrir, es lo menos que me puede pasar, no levanto la cara, todavía no me atrevo, pero lo hace él, me la acaricia, me la besa, me come la boca, me da unos lenguatazos hambrientos a los que yo respondo devorando su lengua y sus labios, me interesa excitarle mucho y rápido, no puedo reprimir que me tiemblen las piernas, y todo el cuerpo, y él, que no puede dejar de notarlo me empuja suavemente contra la pared estrujando mi cuerpo contra ella, noto su miembro erecto y todavía dentro del pantalón, me gusta, su mano entra en mis calzoncillos y me agarra mi verga superdura, trato de mover mi pelvis adelante y atrás, pero es difícil, entre él y la pared no hay mucha opción, no obstante lo intento, tengo que parecerle muy vicioso, aún más, le saco la camisa del pantalón y se la subo para descubrir su pecho y sus tetas, no es fácil pero lo consigo, y le acaricio el pecho y la espalda, en verdad tiene un cuerpo precioso, le meto mano dentro del pantalón y le palpo el culo, noto que le gusta, también echo mano a su bragueta e intento abrírsela, siento que me comporto como una auténtica zorra, pero es necesario, él se deja hacer con mucho gusto, me impresiona el tamaño de su miembro todavía dentro del calzoncillo, pero cuando por fin logro sacársela al aire me gusta todavía mucho más, es una polla cicuncisa y muy cabezona, con un gran glande sonrosado, se la acaricio de arriba abajo, incluyendo en el recorrido de mi mano a sus huevos, que estrujo y tiro hacia abajo , yo a pesar del tiempo transcurrido ya, sigo con un temblor irrrefrenable por todo el cuerpo, y aunque él trata de tranquilizarme con besos y caricias, yo no estoy preparado para tomar iniciativa alguna, espero a que él decida lo que quiere hacer conmigo, el manda, aun cuando sea el que cobra, yo debo pagar en carne mi falta, y por lo que puedo apreciar hasta el momento no lo hago del todo mal.
Ya con su rabo fuera y mis ojos sin quitarle la vista de encima, por fin se decide a ponerme de rodillas, lo hace sin brusquedad, presionándome la cabeza con su mano, y yo reconozco que estoy encantado de haber resulto la delicada situación en la que me encontraba de esta manera, y además no me desagrada su rabo, aunque es grande, y tengo dificultades de tenerlo en la boca, a él le encanta cómo se lo trajino, y se mueve impulsándolo dentro de mí con delicadeza. De repente, se para y me levanta del suelo, diciéndome:
- Mira, tío, aquí no estoy tranquilo. Puede venir cualquiera y sorprendernos. No vivo lejos, ¿que te parece si nos vamos a mi casa? Allí estaremos más cómodos y disfrutaremos más.
- Vale – le digo yo, encantado de salir de aquel establecimiento sin ningún tipo de problema
-Tengo que hablar primero con mi compañero, tú, vístete y espérame en la puerta. Me quedo con tu carnet por si acaso- Aquella muestra de desconfianza me jodió y me enfrío bastante pero nada podía hacer. Me vestí y ya fuera me indicó en qué puerta tenía que esperarle. Así lo hice.
No mucho tiempo después sale mi segurata vestido de paisano. Me sorprendo y como que me descolocó un poco. No es que no me gustara, no, es ...... pues que era diferente. Él lo nota y me dice:
- Que pasa ya no te gusto en vaqueros, o ¿qué?.
- Sí, sí, simplemente que me has sorprendido un poco, sólo es eso. ¿Dónde tenemos que ir?.
- No vivo muy lejos de aquí, no tardaremos, sígueme.
Efectivamente, su casa no estaba muy lejos de aquellos grandes almacenes, en una de las calles del barrio de Las Letras. Recuerdo que era una casa vieja, oscura y antiquísima, con los techos muy altos y todos los suelos y escaleras de madera, todo crujía al menor movimiento. Recuerdo también que era un piso altísimo y sin ascensor. Cuando llegamos, yo casi sin resuello, como que no te quedaban muchas ganas de juerga. Empezó el amigo rápido a meterme mano pero yo estaba para entonces bastante frío y hubo que calentarme un poco. Tenía además que pedirle mi carnet porque me había jodido que se quedara con él.
- Oye, vamos a follar y hacer lo que tu quieras, de acuerdo, pero me gustaría que me devolvieras ya el carnet. Creo que es lo justo, ¿no?.
- Me parece razonable – me responde muy educado, entregándomelo.
- Aunque tengo tu teléfono, recuerda- me dice
-Ya lo sé – le respondo yo.
El detalle éste del teléfono me fastidia bastante de este tipo, pues aunque sé que el número se lo di mal, me jode el intento de chantaje. Bastante tenía yo con el otro más cabrón como para que me aparecieran otros imbéciles con las mismas artes.
Tras estos percances menores no fue fácil para mí entrar en calor. No se me olvidaba que estaba allí respondiendo por algo, el ambiente era frío y no invitaba nada, el tío tras lo del carné y el teléfono me pareció un poco capullo, y el caserón aquel era propiamente como la mansión de Frankenstein con su par de aldabas y todo. Vamos que aquello era difícil para la pasión.
Pero pagué, y creo que bien pagado, pues pocas cosas faltaron para complacerle. Al fin y al cabo esa era la cuestión. Realicé mi representación lo mejor que pude y supe. Con el tiempo actuaría mucho mejor, todo se aprende, y llegaría a ser todo un experto. El tío supongo que notó que no había la misma pasión en esa fría habitación que en aquel cuarto estrecho y más bien oscuro, pero en esta vida no se puede tener todo. Me dijo que le había gustado mucho y me pidió que volviera, cualquier tarde, siempre estaba allí, vale, vale, yo le prometí volver. En el colmo de la ironía le dije incluso:
- Si notas que tardo, no dudes en llamarme por teléfono y preguntar por mí, por Alejandro. ¿De acuerdo?
-Sí, ya lo verás –me dice el nota
Desde siempre he considerado esta experiencia como mi primera chapa
Cuaderno XVII
Sin poderlo postergar más, me toca relatarte ahora cómo fue la primera vez que un tío pagó por mí. Los recuerdos de aquellos hechos, como los de otros que enseguida siguieron, me gustaría que quedaran reflejados en estas páginas de la mejor manera posible, de la forma más fidedigna y honesta. Creo que podré hacerlo sin callarme nada, y no sólo porque me he comprometido a ello, sino porque mi sinceridad es lo único que, hoy, puedo ofrecerte. El único temor que ahora me asalta es que llegues a pensar que buena gana de manchar la blancura de estas páginas con semejantes aberraciones, o con semejante suciedad. No dejarás de tener razón por ello, pero no pienso obviarte ningún detalle. Descuida que todo lo recuerdo bien. No resulta nada fácil olvidarlo, puedes creerme.
Aquel día, y por diferentes razones que ahora sabrás si te animas a seguir leyendo, se quedó muy grabado en mi memoria. Todo lo recuerdo tan nítidamente como si hubiera ocurrido hoy. A pesar de todo, a veces no dejo de sorprenderme a mí mismo viendo que casi todo lo demás se diluye y desdibuja, casi todo, lo bueno y lo malo, pero en cambio lo que sucedió aquel día, no lo olvido.
Los dioses se divierten jugando entre ellos con nuestros recuerdos. Desde luego que con los míos lo hacen especialmente pues no paran y desde hace ya demasiado tiempo. Día y noche, sobretodo por las noches. Me tienen bien agarrado, nunca se cansan de verme sufrir. Para ellos nunca es suficiente, me cobran bien caro la mínima dicha que me han aportado, en el supuesto que me hayan aportado alguna. No dejan que me olvide de nada, por eso recuerdo perfectamente la pinta de aquel tipo que fue el primero, la impresión que me produjo, su nombre, su manera de andar, de proceder, todo. Me acuerdo hasta de la fecha del día, era un lunes de febrero, por la tarde.
Christian me había citado por teléfono muy apresuradamente en su casa para esa tarde. Cuando llegué y vi que Pierre no estaba me sorprendió un poco pero no le di mayor importancia. Ya llegaría y si no, quizá sería mejor, pues hacía mucho tiempo ya que no me lo montaba a solas con quien a partir de aquella tarde sería ya para siempre……. mi chulo.
Cuando llegué me senté en el sofá, me ofreció un vaso de agua y empezó a hablarme de sus dificultades económicas. Me dijo que en la academia ya no podía hacer horas extras, me hizo un relatorio de los muchos gastos que tenía, me habló del alquiler del estudio, y finalizó diciéndome que yo tenía que ayudarle. Me quedé bastante sorprendido pues él sabía perfectamente cual era mi situación económica, yo era un simple estudiante y disponía de lo justito.
-¿Yo? Pero tío, si yo no tengo pasta. No tengo ni para mí, mucho menos para prestarte. ¿Cómo quieres que yo te ayude?
-Sí. Sí puedes ayudarme de alguna manera.
- Pues no sé, dime cómo- le respondo, sin para nada imaginar las pérfidos intenciones que se le pasaban por la cabeza
-Será sólo durante un par de meses hasta que en la academia volvamos a hacer horas extras, ¿vale?
- Vale, pero ya me dirás tú cómo, porque no entiendo cómo puedo ayudarte- Ni lo entendía, ni lo habría podido ni siquiera imaginar.
-Sólo tienes que hacer lo que yo te diga. ¿De acuerdo?
-Vale, vale
En éstas estábamos cuando suena el timbre de la puerta. Christian se levantó y miró por la mirilla a la que, por cierto, Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué. Creí que sería él, pero no. En su lugar apareció otro tipo, cuyo nombre recuerdo perfectamente, pero buena gana de que sea mencionado aquí. Poco o nada aportaría al relato. Su nombre digo.
El primer cliente que utilizaría mis servicios vino cargado de chatarra. Gruesas cadenas y collares en el cuello, dedos ensortijados hasta en los pulgares, pulseras en ambas muñecas. Los anillos de plata eran de calaveras y de aguiluchos y otras lindezas semejantes. Tantos años después y el tiempo tampoco ha hecho perder nitidez a este detalle, ni a mi primera impresión, que no fue nada buena.
Su rostro era exageradamente ancho, fuertes mandíbulas, los dientes grandes y blanquísimos, amplias fosas nasales que se dilataban y abrían al respirar, ojos muy azules, del color de los topacios azules, pero fríos, pobladas cejas, amplia frente y pelo rubio pero casi rapado. Masticaba chicle de manera ostentosa.
El tipo era enorme aunque bien proporcionado. Lo que más llamaba la atención era su espalda. Cuadrada. Sus brazos le colgaban separándose del tronco por la fuerte musculatura de éste. Sus manazas también eran enormes y aquellos anillotes horteras agrandaban aún más el efecto. Su andar era pesado y torpe, apenas giraba el cuello. Sólo chapurreaba, y muy mal, el español.
Cuando entró apenas me miró, sólo una ligera mirada, lo justito para comprobar que era un tío y hacerse una idea somera de mí. Creo que se lo habría montado con un chimpancé de haber sido eso lo que hubiera encontrado allí.
El cuadrúpedo habló con mi chulo, en inglés, unos cuantos minutos durante los cuales no me moví del sitio. Aceptó mis servicios casi con displicencia hacia mí, acordaron dos mil pelas por un completo, y dejando bien claro que me comprometía a realizar lo que él quisiera.
Yo no abrí la boca, ni para negar ni para afirmar y ni mucho menos se me pasó por la cabeza la posibilidad de rebelarme contra semejante transacción. Aquellas dos mil pelas fueron la tasación por mis servicios, y el tiempo que duraría la prestación se estableció de una hora. Aunque, por supuesto, tampoco habría ningún problema si se entretenía un poco y la cosa duraba algo más. Yo no debería tener ninguna prisa. Y no la tuve. Vi como le entregó las pelas a mi chulo y éste, tras mirarme brevemente, inició el ademán de marcharse. En una súplica que ya me recordaba otra situación, le dije:
-No te vayas, por favor, quédate, tío
-No, no- dijo el tipo aquel, con voz rara, como medio gangosa o por el chicle en la boca, o por ser extranjero, no sé
–No, no. No me apetece nadaque estés aquí- le dijo a mi chulo, poniéndole cara de circunstancia.
Y mi chulo abrió la puerta, no sin dejar de advertirme que hiciera todo lo que él pavo aquel quisiera y que esperaba que no le decepcionara. Añadió a continuación, dirigiéndose al tipo de los collares, que en la nevera había alguna cerveza y que volvería en una hora aproximadamente.
Todo el ofrecimiento de mi persona lo observé desde la distancia como si la cosa no fuera conmigo, o como si fuera otro el tipo de negocio que allí se trataba. Lo contemplé como si la cosa no fuera real, o como si no estuvieran negociando con mi cuerpo. Era, prácticamente, la misma situación vivida cuando conocí a Pierre la primera vez. Pero mientras que éste me gustó nada más verle, con este pavo que tenía delante fue diferente. Desde que le vi me dio muy mal rollo, pues más que profesor de inglés tenía toda la pinta de ser un tipo peligroso, una especie de mafioso de la peor calaña. No fue la cosa para tanto.
Me gustaría decirte que todo fue horrible, que estaba aturdido, confundido o trastornado, o que era una víctima desesperada, que mi indefensión era total, o que tuvieron que pegarme para obligarme a realizar todo aquello. Me gustaría poder decirte que me negué desde el primer momento pero que eran demasiado fuertes para mí, o que todo lo realicé con gran sufrimiento y angustia. Incluso que todo lo hice por miedo a pesar del asco y la vergüenza que sentía. Me gustaría poder hablarte incluso de un sentimiento de repulsión, o de náuseas, pero mentiría como un infame villano si te dijera todo eso, porque no fue así.
¿La moral? Moralmente ni me importó, ni me cuestioné nada de nada. Ni siquiera vagamente en algún momento. Ni antes ni después. Recuerdo nítidamente pensar que, al fin y al cabo, estando entre aquellas cuatro paredes nadie iba a enterarse de lo que allí pasara. ¿Qué importa la moral si nadie se entera? Sí, ya lo sé, ya sé que para eso está justamente.
Recuerdo también pensar que a nadie le importaba lo que ocurriera allí, que, al fin y al cabo, todos éramos adultos, y podíamos hacer con nuestro cuerpo lo que nos diera la gana. Pero el argumento de más peso para mí era aquel de que nadie iba a enterarse nunca de nada. Eso era lo más importante de todo. Mientras nadie se enterara de las cosas, era como si las cosas no existieran, como si no ocurrieran. Esto fue lo único importante para mí, y lo único que me importó. No tenía remordimiento en modo alguno, para nada.
Confieso que en este primer servicio hubo algún momento que sí me dio un poco de asco. Pero sólo fue un poco y enseguida pasó. Vergüenza no pasé ninguna, ni poca, ni mucha, ni nada. La vergüenza está siempre en relación con los demás y como nadie se enteraría nunca de mi peripecia....... Aunque hablando de vergüenza tengo que confesar que siento hoy mucha más que entonces. Al contrario que respecto a la importancia que doy a las cosas. Hoy por hoy, las cosas me importan cada vez menos y esto sólo puede estar relacionado con la edad, con eso que llaman la madurez. Y en relación con el asco que cito, tampoco fue siempre así en todos los casos que siguieron a este primero que relato. Y sí ese día ocurrió, lo fue más por las peculiaridades del tipo en cuestión, que por los hechos en sí.
No sé siquiera si en algún momento pude llegar a pensar que pudiera estar haciendo algo deplorable, deshonesto u obsceno. Creo que no. Creo que todo estaba asumido, por mí, inconscientemente de antemano. No sólo lo tenía asumido, sino que creo que estaba preparado para este particular recorrido al infierno, desde algún tiempo antes. Por la forma como reaccioné, que ni siquiera me sorprendió, me dio la impresión a mí mismo de que todo aquello, en mi fuero interno, lo estaba esperando. Probablemente no deseando, pero sí esperando.
Todo aquello parecía tener su particular lógica interna, como si lo que se producía aquel día, entre las cuatro paredes de aquel cuarto, no fuera sino la salida natural, el resultado final, de todo aquel proceso de seducción. De alguna manera parecía como si no fuera posible algo diferente. Sólo aquello podía ser, sólo aquello debía ser. Aquel era el sentido triste que tenía mi vida, mi miserable vida. Y aquello no era sino la manifestación palpable de mi resignación por todo lo que me pasaba, de mi acatamiento, de mi sumisión absoluta.
Para soportar mejor el penoso trance de esta confesión debo decir en mi favor, aunque en poco reduzca la carga de mi quebranto, que aquel día no disfruté de placer alguno. Hubo otros días que sí lo hice, pero desde luego en aquél, no. Aquella especie de chatarrero no se molestó en procurarme ni el más mínimo placer. Tampoco había pagado para ello, por supuesto. Pero ni yo lo busqué, ni me dio morbo alguno, ni me acometió ninguna excitación. Mi miembro no sólo no entró en erección, sino que no tuvo la más mínima consistencia, ni la más mínima solidez, en ningún momento. Bien puedo decir que, por no sentir, no sentí ni rabia siquiera.
Sé, que poco puedo decir ahora en mi descargo. No tengo miedo a tu condena, bueno sí, qué tontería, pero sé que son tantos los cargos y tan pocos los atenuentes que ésta será sin duda merecida. Si acaso, me permito alegar, con el único fin de paliar un poco mi culpa, que no debería olvidarse que en aquel tiempo, yo era alguien sometido a una pasión desenfrenada, morbosa, dañina, ciega. Ni siquiera era un juguete en manos del destino, lo era en manos de todas aquellas víboras y yo sólo actuaba en su propio beneficio.
Solamente yo, fui el principal perjudicado. Supongo que debía estar rematadamente loco para dejarme arrastrar hacia aquel torbellino, por dejarme empujar hacia aquella insensatez. O rematadamente idiota. Seguramente las dos cosas. Supongo que la juventud tampoco ayudó a evitarlo, al contrario. Imagino que fue esta juventud lo que me hizo sucumbir ante semejante pasión de una manera tan brutal, tan sucia, tan grotesca.
Y por favor, no creas que con lo anterior trato de justificarme, pues es tal la vergüenza que en estos momentos siento y mi rabia tan incontenible por lo que a ti pueda afectarte, que ni a eso me atrevo, pero si acaso permíteme que, al menos, intente buscar tu comprensión. Conseguirla me permitiría dejar de atormentarme de por vida, día y noche.
Con aquella especie de mula de carga me comporté en todo momento como un auténtico autómata, como un robot. Fui muy dócil, tanto como quería mi chulo. Tan dócil como lo pudiera ser un muñeco de goma de esos que te venden en las tiendas, de ésos que ya están con la boca abierta y mrándote fijamente. Sí, fui un muñeco, sin iniciativa alguna, primero porque no estaba diseñado para ella, y segundo porque tampoco me apetecía lo mas mínimo tenerla. Para cada movimiento de mi boca o de mi culo necesitó de sus manos. Si sus manos se paraban mi boca se paraba también, hasta que decidiera otro movimiento u otro cambio de posición. Le obedecí en todo como me habían ordenado y como le habría obedecido una marioneta de madera. Parece imposible que no hubiera erotismo alguno en aquel acto, pero es verdad, no lo hubo en absoluto.
Y luego estaba aquel frío, aquel ambiente casi gélido que no ayudó en absoluto. Nunca supe si el ambiente contribuyó al frío de la situación o fue ésta lo que enfrío todo el ambiente. Desde luego el frío no sólo era consecuencia del invierno. Supongo que las dos mil no daban derecho a la calefacción.
Cuando mi chulo cerró la puerta, el armario ropero se sentó en el sofá con una cerveza en la mano. Para mí no hubo otra ya había bebido agua. Siempre bebí mucha agua en aquella casa. Se abrió la bragueta y empezó a magrearse ostentosamente la polla. No me resultó ésta nada extraordinario, como en principio, podría habérmela imaginado dada la envergadura del pavo. Sí, sí. Aún teniendo la verga dura no era nada del otro mundo. No borró de la cara, en ningún momento, la media sonrisa irónica, al menos mientras yo le miré. Hablaba poco y mal. Mejor, pues desde el principio quedó claro que ni él ni yo teníamos ganas de conversación. Al menos, no tuve que aguantar sandeces, tuvo conmigo ese detalle. Uno de sus ensortijados dedos me hizo un gesto que no dejaba lugar a dudas.
Me acerqué al sofá y me situé de rodillas a sus pies sin mirarle a la cara. Sin dejar de magrearse el rabo, con la mano que sujetaba la cerveza me dirigió la cabeza y se pajeó cerca de mi boca. Sentí sus manos ásperas y vi en sus dedazos los exagerados anillos de calaveras con sus huesos cruzados al cuello y todo. Leones o panteras, no sé, con sus bocazas abiertas enseñando sus grandes colmillos. Demonios de gestos imposibles. Tenía incluso uno de un pirata con su ojo tuerto y todo. Ya era fuerte. Éste es más hortera y, si acaso, sólo un pelín menos macarra que el que acaba de salir por la puerta hace un momento, reflexionaba yo. La verdad que era muy difícil excitarse con tales trabajos intelectuales.
Cuando se cansó de magrearse la polla con su manaza, y de exhibir su miembro erecto delante de mi boca con intención, supuse, de impresionarme, ya bastante lo estaba yo, él solito, me agarró la cabeza por la nuca y con saña usó mi boca para magreársela con ella. Su piel olía a tabaco y a comida. Su olor me resultó desagradable. A ajo y cebolla. Pero, ¿porqué nunca encontré a nadie que oliera a laurel? con lo que me gusta ese olor. O a menta, al menos, a menta
De repente aquel armario ropero se escupe en la polla y en mi boca. Su lapo se encuentra casi cerca de mis labios y creo que no voy a poder evitar comérmelo. Me da un asco de la leche pero con esfuerzo aguanto las arcadas. Por el movimiento de su mano sobre la nuca siento que poco a poco me obliga a meterme en la boca su escupitajo que siento caliente y asqueroso. Mi boca está siendo cada vez más irrumada y siento su miembro cerca de la garganta. También esto me produce arcadas, pero también las aguanto sin que el chamarilero las note. De pronto, me escupió todo un buchazo de cerveza que me llenó toda la cara. Me dio tal asco que ahora si que no pude aguantar las arcadas.
Saqué la polla de mi boca mientras no pude evitar que las lágrimas aparecieran en mis ojos. Le dio igual además de que era difícil verlas con los chorretones del buchazo de cerveza cayéndome por la cara. Aprovechó el parón en la actividad para ordenarme que me desnudara y desnudarse. Yo completamente, él permaneció con una camiseta negra, no fuera a enfriarse. Recuerdo bien esa camiseta porque, además de tener dibujos de monstruos, estaba rota, deshilachada y llena de agujeros. Resulta curioso que la recuerde tanto pues las diferentes posiciones no me dieron ocasión a verla mucho, desde luego.
Me tumbó boca arriba sobre el sofá, perpendicular a la pared, con mis piernas y mi culo pegados al respaldo, y casi con la cabeza colgando. De pie, y con las patazas de aquel armario a ambos lados de mi cara, me metió la polla por la boca. Los huevazos me tapaban los orificios de la nariz cada vez que me la metía, impidiéndome respirar. Aquella mala bestia no cometió conmigo un homicidio imprudente porque yo giraba mi cara, roja por el ahogo, a un lado y al otro, de manera desesperada, cada vez que se quedaba con su polla dentro de mi boca más tiempo del razonable. Y fueron muchas estas veces.
En un momento dado subió una de aquellas patazas sobre el sofá y colocó su culo justo encima de mi boca. Una de sus ensortijadas manos me subió la cabeza para facilitar a mi lengua su trabajo. Pero ésta andaba holgazana esa tarde. Mi cabeza descansaba sobre su mano y eso debió cansarle o disgustarle mucho porque enseguida acabó esa intención primera y dándome la vuelta me puso sobre el sofá a cuatro patas con mi culo bien posicionado para una buena espetada. Me colocó mirando con la cara a la pared y el culo bien en pompa. No es fácil que, con el tiempo, se me olviden sus fuertes azotes, ni sus golpes en toda la zona del perineo. Mientras me palmeteaba de semejente manera, en semejante zona, aquella mala bestia se reía y disfrutaba de lo lindo y me decía cosas que no entendí, o quizás no decía nada y sólo eran sonidos guturales que a mí me parecieron propios de salvajes
Mi primer cliente se puso un condón que llevó él mismito. No lo habría esperado y fue un detalle por su parte. Supongo que no se creyó aquello que le habrían dicho de que yo era primerizo en estos avatares. O mejor calvario, porque el condón debió ser para compensar la penetración bestial que me realizó la mula. Mulo, vaya. Claro que, ¿qué podía esperar de semejante cuadrúpedo? Me la metió sin consideración y me produjo un dolor tan lancinante que me obligó a sacarme la polla rápidamente. Levanté mi cuerpo sobre el sofá intentando separarme del bárbaro pero la punzada dolorosa siguió durante un buen rato. Siguieron los sonidos guturales a la vez que sus manazas me manoseaban todas las cachas preparándome para otra entrada brutal.
Cuando por fin pasó el dolor, recuerdo que pensé que, ¨al menos, ahora ya me la podrá meter sin más problemas y sin producirme más dolor¨. También recuerdo pensar, ¨a ver si con un poco de suerte, el tío éste se corre pronto¨. Añadí para mis adentros algún que otro insulto también pero no aportaría nada a este relato el reproducirlo. Sus embestidas eran tan brutales que para evitar destrozarme la cara contra la pared tuve que apoyar mis manos sobre ella. Poco a poco el sofá se fue desplazando y separándose de la pared. Cada vez más tras cada embestida, y más y más.
Mis manos, ya apenas podían tocar la pared pero mi cuerpo estaba cada vez más y más doblado sobre el sofá. En algún momento mis manos se tuvieron que apoyar en el suelo detrás del respaldo del sofá mientras el bárbaro se subía encima del asiento y seguía enculándome. Hasta que ocurrió lo inevitable. El sofá acabó volcándose y nosotros cayéndonos al suelo y destrozando la mesa de cristal del teléfono, con su lamparita y demás trastos.
Después de esto no pasó mucho tiempo sin que sonara el timbre de la puerta. La mula parda miró por la mirilla, sí, aquella a la que Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué, y abrió la puerta tras ver a mi chulo. Cuando éste vio el destrozo de la mesa preguntó alterado lo que había ocurrido. La mula le explicó muy malamente lo que había sucedido. Yo ni me molesté siquiera. Para mi sorpresa, mi chulo le quitó toda importancia.
-Vale. Vale. No pasa nada, pero hay que tener un poco más cuidado, tío. ¿Te queda mucho?
-Quince minutos, más o menos- contesta la acémila
Cuando mi chulo vuelve a marcharse, aquella me coloca a cuatro patas en el suelo con la cabeza apoyada en el asiento del sofá. Se ve que no quería nuevas sorpresas. Me folla a su modo, que tras lo relatado es fácil de imaginar, y acaba rápido. Al principio pensé que lo hacía rápido porque tuviera prisa en recomponer la destrozada mesa del teléfono, pero no.
Cuando sale de mí se quita el condón, me lo tira sobre la espalda y me ordena no moverme. Me mantengo en posición, ya bastante harto de la situación, y temo que el pavo quiera continuar y empezar de nuevo en un rato. Pero no, oigo más que ilusionado que se viste. No tarda mucho. Se pira de aquella casa, sin decirme ni siquiera adiós. Cuando oigo la puerta cerrarse respiro aliviado. No sé si habría podido resistir otra enculada. Cuando me quedo solo me levanto y tiro el asqueroso condón sobre los restos de la mesa destrozada.
Me siento desnudo sobre el sofá recuerdo ahora. Nunca como entonces me debería haber sentido tan sucio pero en cambio no parece ser ése el sentimiento que me abruma. O sí, porque ahora que todo ha acabado me siento terriblemente cansado y sé que no es por el trajín del polvo. Los ha habido más afanados y movidos. Desde luego no me siento nada, pero nada bien. ¿Cómo podría estarlo?
Pero no es de vergüenza o por bochorno, sino que el profundo rencor y la rabia incontenible que antes no he sentido empiezan a embargarme y apoderarse de mí, ahora que todo ha terminado. Nada puedo, ni quiero hacer para evitarlo. De todas las maneras creo que será mejor vestirme, además de pasar menos frío, me sentiré más protegido y al ser menos evidente todo lo ocurrido me sentiré mejor. Tengo también que lavarme las manos, pues todo parece que me huele a tabaco, a ajo y a cebolla. Sí, tengo que lavarme sobretodo las manos. Es verdad lo que te digo del laurel. ¿Pero por qué nadie huele a laurel? ¿Ni a menta?
Al tío aquel primero no volvió a contratarme para ninguna otra ocasión, no volví a verle. Bueno, estaba dentro de lo razonable vista mi abulia y la falta total de interés demostrada por mi parte. Pero lo que me resultó increíble fueron las buenas recomendaciones, las muchas alabanzas y los muchos elogios sobre mí que fue contando a todo el mundo y que con el tiempo no dejé de enterarme. Eso sí que me dejó impactado.
Aún ahora, cuando el paso de los años ha hecho desaparecer de mi persona parte de los encantos, sino todos, que es razón que se pierdan con el tiempo, y que antaño me sirvieron para provocar la atracción en los otros, cuando estoy tan gordo y panzudo como para que ya no quede posibilidad alguna de reclamo, y tan calvo como para impedir cualquier hechizo o magia, cuando los otros no es que no se fijen en mí, sino que ni siquiera me ven, ahora, que estoy a este lado de la barrera y soy yo el obligado a la venalidad para procurarme parte del placer necesario con que sentirme vivo, y para transformarlo en la energía que me permita continuar mi camino, ahora, digo, me acuerdo de aquel lejano lunes de febrero y me pregunto si no debería agradecerle a los dioses que me permitieran aquella primera experiencia que a la larga me ha sido de tan gran utilidad.
En el sexo mercenario, cosa por cierto que me supone ahorrar mucho sexo absurdo, aquella experiencia me ha enseñado a utilizar estos servicios venales de manera completamente diferente a como hizo aquel hombre en aquel lunes de febrero. Jamás me comporto con nadie de semejante manera. Jamás. Nunca obligo a nadie a realizar conmigo aquello que no quiera, aquello que no sea de su gusto, y agrado, aquello que no le produzca placer. Sé perfectamente, sin necesidad que nadie me lo aclare, que esto no reduce, ni siquiera en un ápice, aquello que de inmoral tenga el acto de contratar una prestación de servicios de semejantes características. No lo hago por justificarme, ni por razón ética o moral alguna, tampoco para compensar las cosas, ni como equilibrio de contrarios, ni nada de todo esto. Tampoco lo hago por altruismo. Al contrario. Es puro egoísmo. Lo hago simplemente, para sentirme bien conmigo mismo, para procurarme parte de la paz perdida, por un poco de tranquilidad, y por conseguir parte del necesario sosiego al que todo el mundo tiene derecho.
La mayoría de las veces ni siquiera toco o acaricio a la otra persona. Sólo hablo, o mejor aún, escucho, aún cuando sepa, que poco de lo que me digan me va a resultar extraño o ajeno. A veces ni siquiera veo a estas personas desnudas. Se quedan tan extrañadas de mi actitud que tengo que explicarles que sólo busco algo de compañía. Alguien a quien pueda entender cuando me hable y que me entienda cuando hable yo, y tengo muy claro quienes son esas personas.
Me intereso sobre todo por su vida. Por cómo y cuándo fue la primera vez. Con quién fue. Cómo resultó. Si les hicieron daño. Si fueron amables. Tras estas preguntas todo lo demás surge y discurre de manera fluida, sin trabas ni cortapisas. A veces, las fuentes de donde manan tanta respuesta son auténticas torrenteras y tenemos que pasar la noche entera hablando y hablando, y resulta curioso, pero rara vez estas noches me han costado caro. En otras ocasiones soy yo quien hace de manantial y veo, o me parece ver, en sus miradas, comprensión, y en sus ojos, algo parecido a la indulgencia. Y en otras ocasiones, el hontanar, en uno u otro sentido es de tal envergadura que necesitamos repetir, una y otra vez, hasta agotarlo. Y me gusta, me gusta mucho, cuando estas personas deciden repetir conmigo. Uffffffffff…… Tengo que tratar de controlar estas divagaciones.
Unos minutos después de vestirme suena el timbre de la puerta y miro por la mirilla. Sí, exacto, aquella a la que Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué. Es él, mi puto chulo, el gran macarra. Abro la puerta y entra como un basilisco gritando y haciendo aspavientos y llevándose las manos a la cabeza, refiriéndose a la destrozada mesa. Todo lo que no se había atrevido a decirle a la sombría mula me lo dice ahora a mí a gritos. Es muy macho, sin lugar a dudas.
De haber siquiera intuído la rabia incontebible que sentía, el odio y profundo rencor que en ese momento guardaba hacía él, no se habría andado con leches conmigo, pues habría sido capaz de hacerle cualquier cosa. Ni le miré siquiera, dejándole con la palabra en la boca, abrí la puerta y me piré dando un portazo.
Ya en la calle, me extrañó que la gente corriera de un lado para otro y no debía ser por el frío, pues no hacía tanto. Había grupos de personas en las aceras que se arremolinaban alrededor de alguien que tuviera un transistor. Cuando vi dos o tres de estos grupos, mientras iba camino del autobús me pregunté que algo raro había tenido que ocurrir. Ya en el autobús escuché el comentario de una pareja sentada en el asiento trasero al mío. Decían que un grupo de guardias civiles había entrado en el Congreso de los Diputados y que se habían oído disparos.
Aquel día, y por diferentes razones que ahora sabrás si te animas a seguir leyendo, se quedó muy grabado en mi memoria. Todo lo recuerdo tan nítidamente como si hubiera ocurrido hoy. A pesar de todo, a veces no dejo de sorprenderme a mí mismo viendo que casi todo lo demás se diluye y desdibuja, casi todo, lo bueno y lo malo, pero en cambio lo que sucedió aquel día, no lo olvido.
Los dioses se divierten jugando entre ellos con nuestros recuerdos. Desde luego que con los míos lo hacen especialmente pues no paran y desde hace ya demasiado tiempo. Día y noche, sobretodo por las noches. Me tienen bien agarrado, nunca se cansan de verme sufrir. Para ellos nunca es suficiente, me cobran bien caro la mínima dicha que me han aportado, en el supuesto que me hayan aportado alguna. No dejan que me olvide de nada, por eso recuerdo perfectamente la pinta de aquel tipo que fue el primero, la impresión que me produjo, su nombre, su manera de andar, de proceder, todo. Me acuerdo hasta de la fecha del día, era un lunes de febrero, por la tarde.
Christian me había citado por teléfono muy apresuradamente en su casa para esa tarde. Cuando llegué y vi que Pierre no estaba me sorprendió un poco pero no le di mayor importancia. Ya llegaría y si no, quizá sería mejor, pues hacía mucho tiempo ya que no me lo montaba a solas con quien a partir de aquella tarde sería ya para siempre……. mi chulo.
Cuando llegué me senté en el sofá, me ofreció un vaso de agua y empezó a hablarme de sus dificultades económicas. Me dijo que en la academia ya no podía hacer horas extras, me hizo un relatorio de los muchos gastos que tenía, me habló del alquiler del estudio, y finalizó diciéndome que yo tenía que ayudarle. Me quedé bastante sorprendido pues él sabía perfectamente cual era mi situación económica, yo era un simple estudiante y disponía de lo justito.
-¿Yo? Pero tío, si yo no tengo pasta. No tengo ni para mí, mucho menos para prestarte. ¿Cómo quieres que yo te ayude?
-Sí. Sí puedes ayudarme de alguna manera.
- Pues no sé, dime cómo- le respondo, sin para nada imaginar las pérfidos intenciones que se le pasaban por la cabeza
-Será sólo durante un par de meses hasta que en la academia volvamos a hacer horas extras, ¿vale?
- Vale, pero ya me dirás tú cómo, porque no entiendo cómo puedo ayudarte- Ni lo entendía, ni lo habría podido ni siquiera imaginar.
-Sólo tienes que hacer lo que yo te diga. ¿De acuerdo?
-Vale, vale
En éstas estábamos cuando suena el timbre de la puerta. Christian se levantó y miró por la mirilla a la que, por cierto, Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué. Creí que sería él, pero no. En su lugar apareció otro tipo, cuyo nombre recuerdo perfectamente, pero buena gana de que sea mencionado aquí. Poco o nada aportaría al relato. Su nombre digo.
El primer cliente que utilizaría mis servicios vino cargado de chatarra. Gruesas cadenas y collares en el cuello, dedos ensortijados hasta en los pulgares, pulseras en ambas muñecas. Los anillos de plata eran de calaveras y de aguiluchos y otras lindezas semejantes. Tantos años después y el tiempo tampoco ha hecho perder nitidez a este detalle, ni a mi primera impresión, que no fue nada buena.
Su rostro era exageradamente ancho, fuertes mandíbulas, los dientes grandes y blanquísimos, amplias fosas nasales que se dilataban y abrían al respirar, ojos muy azules, del color de los topacios azules, pero fríos, pobladas cejas, amplia frente y pelo rubio pero casi rapado. Masticaba chicle de manera ostentosa.
El tipo era enorme aunque bien proporcionado. Lo que más llamaba la atención era su espalda. Cuadrada. Sus brazos le colgaban separándose del tronco por la fuerte musculatura de éste. Sus manazas también eran enormes y aquellos anillotes horteras agrandaban aún más el efecto. Su andar era pesado y torpe, apenas giraba el cuello. Sólo chapurreaba, y muy mal, el español.
Cuando entró apenas me miró, sólo una ligera mirada, lo justito para comprobar que era un tío y hacerse una idea somera de mí. Creo que se lo habría montado con un chimpancé de haber sido eso lo que hubiera encontrado allí.
El cuadrúpedo habló con mi chulo, en inglés, unos cuantos minutos durante los cuales no me moví del sitio. Aceptó mis servicios casi con displicencia hacia mí, acordaron dos mil pelas por un completo, y dejando bien claro que me comprometía a realizar lo que él quisiera.
Yo no abrí la boca, ni para negar ni para afirmar y ni mucho menos se me pasó por la cabeza la posibilidad de rebelarme contra semejante transacción. Aquellas dos mil pelas fueron la tasación por mis servicios, y el tiempo que duraría la prestación se estableció de una hora. Aunque, por supuesto, tampoco habría ningún problema si se entretenía un poco y la cosa duraba algo más. Yo no debería tener ninguna prisa. Y no la tuve. Vi como le entregó las pelas a mi chulo y éste, tras mirarme brevemente, inició el ademán de marcharse. En una súplica que ya me recordaba otra situación, le dije:
-No te vayas, por favor, quédate, tío
-No, no- dijo el tipo aquel, con voz rara, como medio gangosa o por el chicle en la boca, o por ser extranjero, no sé
–No, no. No me apetece nadaque estés aquí- le dijo a mi chulo, poniéndole cara de circunstancia.
Y mi chulo abrió la puerta, no sin dejar de advertirme que hiciera todo lo que él pavo aquel quisiera y que esperaba que no le decepcionara. Añadió a continuación, dirigiéndose al tipo de los collares, que en la nevera había alguna cerveza y que volvería en una hora aproximadamente.
Todo el ofrecimiento de mi persona lo observé desde la distancia como si la cosa no fuera conmigo, o como si fuera otro el tipo de negocio que allí se trataba. Lo contemplé como si la cosa no fuera real, o como si no estuvieran negociando con mi cuerpo. Era, prácticamente, la misma situación vivida cuando conocí a Pierre la primera vez. Pero mientras que éste me gustó nada más verle, con este pavo que tenía delante fue diferente. Desde que le vi me dio muy mal rollo, pues más que profesor de inglés tenía toda la pinta de ser un tipo peligroso, una especie de mafioso de la peor calaña. No fue la cosa para tanto.
Me gustaría decirte que todo fue horrible, que estaba aturdido, confundido o trastornado, o que era una víctima desesperada, que mi indefensión era total, o que tuvieron que pegarme para obligarme a realizar todo aquello. Me gustaría poder decirte que me negué desde el primer momento pero que eran demasiado fuertes para mí, o que todo lo realicé con gran sufrimiento y angustia. Incluso que todo lo hice por miedo a pesar del asco y la vergüenza que sentía. Me gustaría poder hablarte incluso de un sentimiento de repulsión, o de náuseas, pero mentiría como un infame villano si te dijera todo eso, porque no fue así.
¿La moral? Moralmente ni me importó, ni me cuestioné nada de nada. Ni siquiera vagamente en algún momento. Ni antes ni después. Recuerdo nítidamente pensar que, al fin y al cabo, estando entre aquellas cuatro paredes nadie iba a enterarse de lo que allí pasara. ¿Qué importa la moral si nadie se entera? Sí, ya lo sé, ya sé que para eso está justamente.
Recuerdo también pensar que a nadie le importaba lo que ocurriera allí, que, al fin y al cabo, todos éramos adultos, y podíamos hacer con nuestro cuerpo lo que nos diera la gana. Pero el argumento de más peso para mí era aquel de que nadie iba a enterarse nunca de nada. Eso era lo más importante de todo. Mientras nadie se enterara de las cosas, era como si las cosas no existieran, como si no ocurrieran. Esto fue lo único importante para mí, y lo único que me importó. No tenía remordimiento en modo alguno, para nada.
Confieso que en este primer servicio hubo algún momento que sí me dio un poco de asco. Pero sólo fue un poco y enseguida pasó. Vergüenza no pasé ninguna, ni poca, ni mucha, ni nada. La vergüenza está siempre en relación con los demás y como nadie se enteraría nunca de mi peripecia....... Aunque hablando de vergüenza tengo que confesar que siento hoy mucha más que entonces. Al contrario que respecto a la importancia que doy a las cosas. Hoy por hoy, las cosas me importan cada vez menos y esto sólo puede estar relacionado con la edad, con eso que llaman la madurez. Y en relación con el asco que cito, tampoco fue siempre así en todos los casos que siguieron a este primero que relato. Y sí ese día ocurrió, lo fue más por las peculiaridades del tipo en cuestión, que por los hechos en sí.
No sé siquiera si en algún momento pude llegar a pensar que pudiera estar haciendo algo deplorable, deshonesto u obsceno. Creo que no. Creo que todo estaba asumido, por mí, inconscientemente de antemano. No sólo lo tenía asumido, sino que creo que estaba preparado para este particular recorrido al infierno, desde algún tiempo antes. Por la forma como reaccioné, que ni siquiera me sorprendió, me dio la impresión a mí mismo de que todo aquello, en mi fuero interno, lo estaba esperando. Probablemente no deseando, pero sí esperando.
Todo aquello parecía tener su particular lógica interna, como si lo que se producía aquel día, entre las cuatro paredes de aquel cuarto, no fuera sino la salida natural, el resultado final, de todo aquel proceso de seducción. De alguna manera parecía como si no fuera posible algo diferente. Sólo aquello podía ser, sólo aquello debía ser. Aquel era el sentido triste que tenía mi vida, mi miserable vida. Y aquello no era sino la manifestación palpable de mi resignación por todo lo que me pasaba, de mi acatamiento, de mi sumisión absoluta.
Para soportar mejor el penoso trance de esta confesión debo decir en mi favor, aunque en poco reduzca la carga de mi quebranto, que aquel día no disfruté de placer alguno. Hubo otros días que sí lo hice, pero desde luego en aquél, no. Aquella especie de chatarrero no se molestó en procurarme ni el más mínimo placer. Tampoco había pagado para ello, por supuesto. Pero ni yo lo busqué, ni me dio morbo alguno, ni me acometió ninguna excitación. Mi miembro no sólo no entró en erección, sino que no tuvo la más mínima consistencia, ni la más mínima solidez, en ningún momento. Bien puedo decir que, por no sentir, no sentí ni rabia siquiera.
Sé, que poco puedo decir ahora en mi descargo. No tengo miedo a tu condena, bueno sí, qué tontería, pero sé que son tantos los cargos y tan pocos los atenuentes que ésta será sin duda merecida. Si acaso, me permito alegar, con el único fin de paliar un poco mi culpa, que no debería olvidarse que en aquel tiempo, yo era alguien sometido a una pasión desenfrenada, morbosa, dañina, ciega. Ni siquiera era un juguete en manos del destino, lo era en manos de todas aquellas víboras y yo sólo actuaba en su propio beneficio.
Solamente yo, fui el principal perjudicado. Supongo que debía estar rematadamente loco para dejarme arrastrar hacia aquel torbellino, por dejarme empujar hacia aquella insensatez. O rematadamente idiota. Seguramente las dos cosas. Supongo que la juventud tampoco ayudó a evitarlo, al contrario. Imagino que fue esta juventud lo que me hizo sucumbir ante semejante pasión de una manera tan brutal, tan sucia, tan grotesca.
Y por favor, no creas que con lo anterior trato de justificarme, pues es tal la vergüenza que en estos momentos siento y mi rabia tan incontenible por lo que a ti pueda afectarte, que ni a eso me atrevo, pero si acaso permíteme que, al menos, intente buscar tu comprensión. Conseguirla me permitiría dejar de atormentarme de por vida, día y noche.
Con aquella especie de mula de carga me comporté en todo momento como un auténtico autómata, como un robot. Fui muy dócil, tanto como quería mi chulo. Tan dócil como lo pudiera ser un muñeco de goma de esos que te venden en las tiendas, de ésos que ya están con la boca abierta y mrándote fijamente. Sí, fui un muñeco, sin iniciativa alguna, primero porque no estaba diseñado para ella, y segundo porque tampoco me apetecía lo mas mínimo tenerla. Para cada movimiento de mi boca o de mi culo necesitó de sus manos. Si sus manos se paraban mi boca se paraba también, hasta que decidiera otro movimiento u otro cambio de posición. Le obedecí en todo como me habían ordenado y como le habría obedecido una marioneta de madera. Parece imposible que no hubiera erotismo alguno en aquel acto, pero es verdad, no lo hubo en absoluto.
Y luego estaba aquel frío, aquel ambiente casi gélido que no ayudó en absoluto. Nunca supe si el ambiente contribuyó al frío de la situación o fue ésta lo que enfrío todo el ambiente. Desde luego el frío no sólo era consecuencia del invierno. Supongo que las dos mil no daban derecho a la calefacción.
Cuando mi chulo cerró la puerta, el armario ropero se sentó en el sofá con una cerveza en la mano. Para mí no hubo otra ya había bebido agua. Siempre bebí mucha agua en aquella casa. Se abrió la bragueta y empezó a magrearse ostentosamente la polla. No me resultó ésta nada extraordinario, como en principio, podría habérmela imaginado dada la envergadura del pavo. Sí, sí. Aún teniendo la verga dura no era nada del otro mundo. No borró de la cara, en ningún momento, la media sonrisa irónica, al menos mientras yo le miré. Hablaba poco y mal. Mejor, pues desde el principio quedó claro que ni él ni yo teníamos ganas de conversación. Al menos, no tuve que aguantar sandeces, tuvo conmigo ese detalle. Uno de sus ensortijados dedos me hizo un gesto que no dejaba lugar a dudas.
Me acerqué al sofá y me situé de rodillas a sus pies sin mirarle a la cara. Sin dejar de magrearse el rabo, con la mano que sujetaba la cerveza me dirigió la cabeza y se pajeó cerca de mi boca. Sentí sus manos ásperas y vi en sus dedazos los exagerados anillos de calaveras con sus huesos cruzados al cuello y todo. Leones o panteras, no sé, con sus bocazas abiertas enseñando sus grandes colmillos. Demonios de gestos imposibles. Tenía incluso uno de un pirata con su ojo tuerto y todo. Ya era fuerte. Éste es más hortera y, si acaso, sólo un pelín menos macarra que el que acaba de salir por la puerta hace un momento, reflexionaba yo. La verdad que era muy difícil excitarse con tales trabajos intelectuales.
Cuando se cansó de magrearse la polla con su manaza, y de exhibir su miembro erecto delante de mi boca con intención, supuse, de impresionarme, ya bastante lo estaba yo, él solito, me agarró la cabeza por la nuca y con saña usó mi boca para magreársela con ella. Su piel olía a tabaco y a comida. Su olor me resultó desagradable. A ajo y cebolla. Pero, ¿porqué nunca encontré a nadie que oliera a laurel? con lo que me gusta ese olor. O a menta, al menos, a menta
De repente aquel armario ropero se escupe en la polla y en mi boca. Su lapo se encuentra casi cerca de mis labios y creo que no voy a poder evitar comérmelo. Me da un asco de la leche pero con esfuerzo aguanto las arcadas. Por el movimiento de su mano sobre la nuca siento que poco a poco me obliga a meterme en la boca su escupitajo que siento caliente y asqueroso. Mi boca está siendo cada vez más irrumada y siento su miembro cerca de la garganta. También esto me produce arcadas, pero también las aguanto sin que el chamarilero las note. De pronto, me escupió todo un buchazo de cerveza que me llenó toda la cara. Me dio tal asco que ahora si que no pude aguantar las arcadas.
Saqué la polla de mi boca mientras no pude evitar que las lágrimas aparecieran en mis ojos. Le dio igual además de que era difícil verlas con los chorretones del buchazo de cerveza cayéndome por la cara. Aprovechó el parón en la actividad para ordenarme que me desnudara y desnudarse. Yo completamente, él permaneció con una camiseta negra, no fuera a enfriarse. Recuerdo bien esa camiseta porque, además de tener dibujos de monstruos, estaba rota, deshilachada y llena de agujeros. Resulta curioso que la recuerde tanto pues las diferentes posiciones no me dieron ocasión a verla mucho, desde luego.
Me tumbó boca arriba sobre el sofá, perpendicular a la pared, con mis piernas y mi culo pegados al respaldo, y casi con la cabeza colgando. De pie, y con las patazas de aquel armario a ambos lados de mi cara, me metió la polla por la boca. Los huevazos me tapaban los orificios de la nariz cada vez que me la metía, impidiéndome respirar. Aquella mala bestia no cometió conmigo un homicidio imprudente porque yo giraba mi cara, roja por el ahogo, a un lado y al otro, de manera desesperada, cada vez que se quedaba con su polla dentro de mi boca más tiempo del razonable. Y fueron muchas estas veces.
En un momento dado subió una de aquellas patazas sobre el sofá y colocó su culo justo encima de mi boca. Una de sus ensortijadas manos me subió la cabeza para facilitar a mi lengua su trabajo. Pero ésta andaba holgazana esa tarde. Mi cabeza descansaba sobre su mano y eso debió cansarle o disgustarle mucho porque enseguida acabó esa intención primera y dándome la vuelta me puso sobre el sofá a cuatro patas con mi culo bien posicionado para una buena espetada. Me colocó mirando con la cara a la pared y el culo bien en pompa. No es fácil que, con el tiempo, se me olviden sus fuertes azotes, ni sus golpes en toda la zona del perineo. Mientras me palmeteaba de semejente manera, en semejante zona, aquella mala bestia se reía y disfrutaba de lo lindo y me decía cosas que no entendí, o quizás no decía nada y sólo eran sonidos guturales que a mí me parecieron propios de salvajes
Mi primer cliente se puso un condón que llevó él mismito. No lo habría esperado y fue un detalle por su parte. Supongo que no se creyó aquello que le habrían dicho de que yo era primerizo en estos avatares. O mejor calvario, porque el condón debió ser para compensar la penetración bestial que me realizó la mula. Mulo, vaya. Claro que, ¿qué podía esperar de semejante cuadrúpedo? Me la metió sin consideración y me produjo un dolor tan lancinante que me obligó a sacarme la polla rápidamente. Levanté mi cuerpo sobre el sofá intentando separarme del bárbaro pero la punzada dolorosa siguió durante un buen rato. Siguieron los sonidos guturales a la vez que sus manazas me manoseaban todas las cachas preparándome para otra entrada brutal.
Cuando por fin pasó el dolor, recuerdo que pensé que, ¨al menos, ahora ya me la podrá meter sin más problemas y sin producirme más dolor¨. También recuerdo pensar, ¨a ver si con un poco de suerte, el tío éste se corre pronto¨. Añadí para mis adentros algún que otro insulto también pero no aportaría nada a este relato el reproducirlo. Sus embestidas eran tan brutales que para evitar destrozarme la cara contra la pared tuve que apoyar mis manos sobre ella. Poco a poco el sofá se fue desplazando y separándose de la pared. Cada vez más tras cada embestida, y más y más.
Mis manos, ya apenas podían tocar la pared pero mi cuerpo estaba cada vez más y más doblado sobre el sofá. En algún momento mis manos se tuvieron que apoyar en el suelo detrás del respaldo del sofá mientras el bárbaro se subía encima del asiento y seguía enculándome. Hasta que ocurrió lo inevitable. El sofá acabó volcándose y nosotros cayéndonos al suelo y destrozando la mesa de cristal del teléfono, con su lamparita y demás trastos.
Después de esto no pasó mucho tiempo sin que sonara el timbre de la puerta. La mula parda miró por la mirilla, sí, aquella a la que Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué, y abrió la puerta tras ver a mi chulo. Cuando éste vio el destrozo de la mesa preguntó alterado lo que había ocurrido. La mula le explicó muy malamente lo que había sucedido. Yo ni me molesté siquiera. Para mi sorpresa, mi chulo le quitó toda importancia.
-Vale. Vale. No pasa nada, pero hay que tener un poco más cuidado, tío. ¿Te queda mucho?
-Quince minutos, más o menos- contesta la acémila
Cuando mi chulo vuelve a marcharse, aquella me coloca a cuatro patas en el suelo con la cabeza apoyada en el asiento del sofá. Se ve que no quería nuevas sorpresas. Me folla a su modo, que tras lo relatado es fácil de imaginar, y acaba rápido. Al principio pensé que lo hacía rápido porque tuviera prisa en recomponer la destrozada mesa del teléfono, pero no.
Cuando sale de mí se quita el condón, me lo tira sobre la espalda y me ordena no moverme. Me mantengo en posición, ya bastante harto de la situación, y temo que el pavo quiera continuar y empezar de nuevo en un rato. Pero no, oigo más que ilusionado que se viste. No tarda mucho. Se pira de aquella casa, sin decirme ni siquiera adiós. Cuando oigo la puerta cerrarse respiro aliviado. No sé si habría podido resistir otra enculada. Cuando me quedo solo me levanto y tiro el asqueroso condón sobre los restos de la mesa destrozada.
Me siento desnudo sobre el sofá recuerdo ahora. Nunca como entonces me debería haber sentido tan sucio pero en cambio no parece ser ése el sentimiento que me abruma. O sí, porque ahora que todo ha acabado me siento terriblemente cansado y sé que no es por el trajín del polvo. Los ha habido más afanados y movidos. Desde luego no me siento nada, pero nada bien. ¿Cómo podría estarlo?
Pero no es de vergüenza o por bochorno, sino que el profundo rencor y la rabia incontenible que antes no he sentido empiezan a embargarme y apoderarse de mí, ahora que todo ha terminado. Nada puedo, ni quiero hacer para evitarlo. De todas las maneras creo que será mejor vestirme, además de pasar menos frío, me sentiré más protegido y al ser menos evidente todo lo ocurrido me sentiré mejor. Tengo también que lavarme las manos, pues todo parece que me huele a tabaco, a ajo y a cebolla. Sí, tengo que lavarme sobretodo las manos. Es verdad lo que te digo del laurel. ¿Pero por qué nadie huele a laurel? ¿Ni a menta?
Al tío aquel primero no volvió a contratarme para ninguna otra ocasión, no volví a verle. Bueno, estaba dentro de lo razonable vista mi abulia y la falta total de interés demostrada por mi parte. Pero lo que me resultó increíble fueron las buenas recomendaciones, las muchas alabanzas y los muchos elogios sobre mí que fue contando a todo el mundo y que con el tiempo no dejé de enterarme. Eso sí que me dejó impactado.
Aún ahora, cuando el paso de los años ha hecho desaparecer de mi persona parte de los encantos, sino todos, que es razón que se pierdan con el tiempo, y que antaño me sirvieron para provocar la atracción en los otros, cuando estoy tan gordo y panzudo como para que ya no quede posibilidad alguna de reclamo, y tan calvo como para impedir cualquier hechizo o magia, cuando los otros no es que no se fijen en mí, sino que ni siquiera me ven, ahora, que estoy a este lado de la barrera y soy yo el obligado a la venalidad para procurarme parte del placer necesario con que sentirme vivo, y para transformarlo en la energía que me permita continuar mi camino, ahora, digo, me acuerdo de aquel lejano lunes de febrero y me pregunto si no debería agradecerle a los dioses que me permitieran aquella primera experiencia que a la larga me ha sido de tan gran utilidad.
En el sexo mercenario, cosa por cierto que me supone ahorrar mucho sexo absurdo, aquella experiencia me ha enseñado a utilizar estos servicios venales de manera completamente diferente a como hizo aquel hombre en aquel lunes de febrero. Jamás me comporto con nadie de semejante manera. Jamás. Nunca obligo a nadie a realizar conmigo aquello que no quiera, aquello que no sea de su gusto, y agrado, aquello que no le produzca placer. Sé perfectamente, sin necesidad que nadie me lo aclare, que esto no reduce, ni siquiera en un ápice, aquello que de inmoral tenga el acto de contratar una prestación de servicios de semejantes características. No lo hago por justificarme, ni por razón ética o moral alguna, tampoco para compensar las cosas, ni como equilibrio de contrarios, ni nada de todo esto. Tampoco lo hago por altruismo. Al contrario. Es puro egoísmo. Lo hago simplemente, para sentirme bien conmigo mismo, para procurarme parte de la paz perdida, por un poco de tranquilidad, y por conseguir parte del necesario sosiego al que todo el mundo tiene derecho.
La mayoría de las veces ni siquiera toco o acaricio a la otra persona. Sólo hablo, o mejor aún, escucho, aún cuando sepa, que poco de lo que me digan me va a resultar extraño o ajeno. A veces ni siquiera veo a estas personas desnudas. Se quedan tan extrañadas de mi actitud que tengo que explicarles que sólo busco algo de compañía. Alguien a quien pueda entender cuando me hable y que me entienda cuando hable yo, y tengo muy claro quienes son esas personas.
Me intereso sobre todo por su vida. Por cómo y cuándo fue la primera vez. Con quién fue. Cómo resultó. Si les hicieron daño. Si fueron amables. Tras estas preguntas todo lo demás surge y discurre de manera fluida, sin trabas ni cortapisas. A veces, las fuentes de donde manan tanta respuesta son auténticas torrenteras y tenemos que pasar la noche entera hablando y hablando, y resulta curioso, pero rara vez estas noches me han costado caro. En otras ocasiones soy yo quien hace de manantial y veo, o me parece ver, en sus miradas, comprensión, y en sus ojos, algo parecido a la indulgencia. Y en otras ocasiones, el hontanar, en uno u otro sentido es de tal envergadura que necesitamos repetir, una y otra vez, hasta agotarlo. Y me gusta, me gusta mucho, cuando estas personas deciden repetir conmigo. Uffffffffff…… Tengo que tratar de controlar estas divagaciones.
Unos minutos después de vestirme suena el timbre de la puerta y miro por la mirilla. Sí, exacto, aquella a la que Pierre siempre llamaba Judas, no sé porqué. Es él, mi puto chulo, el gran macarra. Abro la puerta y entra como un basilisco gritando y haciendo aspavientos y llevándose las manos a la cabeza, refiriéndose a la destrozada mesa. Todo lo que no se había atrevido a decirle a la sombría mula me lo dice ahora a mí a gritos. Es muy macho, sin lugar a dudas.
De haber siquiera intuído la rabia incontebible que sentía, el odio y profundo rencor que en ese momento guardaba hacía él, no se habría andado con leches conmigo, pues habría sido capaz de hacerle cualquier cosa. Ni le miré siquiera, dejándole con la palabra en la boca, abrí la puerta y me piré dando un portazo.
Ya en la calle, me extrañó que la gente corriera de un lado para otro y no debía ser por el frío, pues no hacía tanto. Había grupos de personas en las aceras que se arremolinaban alrededor de alguien que tuviera un transistor. Cuando vi dos o tres de estos grupos, mientras iba camino del autobús me pregunté que algo raro había tenido que ocurrir. Ya en el autobús escuché el comentario de una pareja sentada en el asiento trasero al mío. Decían que un grupo de guardias civiles había entrado en el Congreso de los Diputados y que se habían oído disparos.
Cuaderno XVIII
Aunque hubo otras muchas citas mercenarias en casa de Christian creo que no merece la pena que te las relate una a una. Sólo tengo la intención de aburrirte lo justo. Todas aquellas citas que siguieron a la relatada no fueron sino más de lo mismo y no quiero transformar estas páginas en un simple relatorio compuesto de sucesivas situaciones escabrosas. No tendrían sentido y aún así no tengo claro si tienen alguno. Sirva la experiencia anteriormente relatada como paradigma de las situaciones ulteriores. Cambian los tipos y las situaciones pero las realidades nunca son diferentes. O casi nunca, porque a veces sí, hay que ser justos, aunque pocas, y será en esas pocas y contadas situaciones diferentes en las que me centraré en lo sucesivo.
Lo que en principio iba a durar sólo un par de meses, duró bastante, pero bastante más tiempo, supongo que por lo fructífero del negocio. A aquel invierno, y como no podía ser de otra manera, le sucedió la primavera, después, el verano, caluroso y para ellos muy lucrativo, y luego el otoño que me encanta siempre, y aquél más que ninguno, no sé si porque entro en la universidad, y otra vez el invierno, que hoy le recuerdo con mucho frío y viento y con algo de nieve en Madrid, pero a pesar de todo aburrido como casi siempre son los inviernos, y quizá otra primavera. Después, me espabilo y entro ya a repartir beneficios, porque formar parte del negocio, lo fui desde el principio. Hay que ver la de tiempo que este delirio mío, esta pasión desenfrenada, me ha robado. ¿Cuánto? No sé.Y prefiero que siga así, impreciso, indefinido, no quiero calcularlo en años, ni atormentarme por ello.
Durante aquel tiempo que ahora me toca relatar sólo cambió una cosa, y es que empecé a hacer servicios en campo. Sí, a desplazarme sobre el terreno. Y en el campo también pero eso fue después, ya más hábil y más preparado . Me empezaron a mandar a las casas de los clientes. Al principio creí que era por no gastar en cervezas, o para que mi chulo no tuviera que andar una hora entera fuera de casa, o dos cuando la cosa se daba bien en ocasiones señaladas, y hasta tres cuando necesitaba dinero y me daba barato, o para que no hubiera riesgos de volcar otra vez el sofá y romper la mesita del teléfono. Pero no.
Con el tiempo supe que en las casas de los clientes se me podía sacar, por lo menos, un 25 % más. Naturalmente los clientes estaban allí cómodamente instalados en sus casas esperando la llegada del producto por el que habían pagado, sin ningún tipo de molestia ni riesgo. Además podían disponer de mí todo el tiempo que quisiesen pero eso había que pagarlo.
En aquel tiempo de entradas y salidas, de idas y venidas, puedes imaginar que tíos hubo muchos y de variada catadura. Sabes que siempre me he fijado primero en el cuerpo de los hombres y las mujeres que en su cara. Prototipos de cuerpos hay muchos, respecto de las caras, en aquel tiempo, con que tuvieran dos ojos, dos orejas, una nariz y una boca pareció serme suficiente. Hoy me pasa lo mismo con las gambas.
Los hubo altos y bajos, gordos y flacos, tanto espigados y huesudos, como enanos y rechonchos, los hubo esbeltos y los hubo desgarbados, con barriga cervecera y simplemente ventrudos, y también gordos grasientos y estilizados de gimnasio, hubo tíos con culos enormes y caídos y otros con el culo bien respingón. No tuve ocasión de recibir a ninguno jorobado pero podría haberlo habido, quizá no di tiempo porque espabilé pronto.
¿Pronto? Después del elenco de siluetas narrado no parece que me espabilara muy pronto, pero si prefiero creerlo así, ¿a quien puede molestar? En cuanto a las caras no me acuerdo de tanto, sólo puedo decir de ellas que nunca hubo ninguna tuerta y no recuerdo tampoco que alguna tuviera dos narices.
La primera casa a donde se me mandó acudir estaba en el centro de Madrid no muy lejos del Palacio Real. Me bajé en la parada del metro de Opera. Durante todo el camino debo confesar que fui animado, e incluso excitado y, vale sí, también cachondo. En absoluto fui compungido, humillado o apenado. ¿Para qué te iba a mentir ahora después de todo lo que ya te he contado? Tampoco mentiré cuando te diga que no sufría de remordimiento alguno. Hacía mucho tiempo ya que había sido despojado de él, eso suponiendo que alguna vez lo tuviera.
Al principio del proceso de seducción y hasta que apareció Pierre es posible que algo de remordimiento o pesadumbre existiera pero después enseguida pasó. Entre la ascendencia que mi amo tenía sobre mí, el morbo que la mayoría de las situaciones me provocaba, la lujuria que éstas desataban, y aunque nunca fuera mucho, el placer y el gusto que mi cuerpo obtenían, era suficiente para creer que hasta en el infierno, uno se lo puede pasar bien. O justamente por eso, por ser el infierno. Seguro que es divertido, o al menos más divertido que otros lugares que conozco, e incluso que algún otro que, seguro, nunca conoceré.
En aquellos desplazamientos a casas de clientes no sabía nunca con quién me iba a encontrar, a no ser que fuera un asiduo que algunos hubo, cómo sería el pavo, qué años tendría, ni siquiera sabía cuánto habría pagado por mí, que ya hay que ser tonto, aunque creo que, en aquel entonces, eso ni me importaba, aunque ya se corregiría con el tiempo. Llegaría el día en el que me sentiría suficientemente fuerte como para plantear la situación pecuniaria en otros términos. Para entonces sólo necesitaría además de estar mentalmente más sosegado, de un fuerte choque emocional que respaldara mi decisión y me reafirmara en ella. Claro que para entonces a mi chulo ya le había procurado gran cantidad de dinero, con el único gasto de una cervecita y una mesita de cristal rota de vez en cuando. Ni gasto de calefacción siquiera.
Nunca sabía cómo se lo montarían los clientes en sus casas conmigo, qué me mandarían hacer, y sin embargo iba, sobre todo en las primeras citas, cachondo todo el trayecto del viaje como una puta perra en celo. Además de la dirección sólo disponía de las instrucciones típicas de siempre, que no debería decepcionarle….., que siempre debería comportarme como lo haría con él…., como si estuviera presente…., que no tuviera ninguna de prisa….., y que hiciera todo lo que el tipo quisiera….. A todo esto se le añadía siempre una coletilla final de: ¨si no quieres atenerme a las consecuencias. Nunca se precisaban cuales serían estas consecuencias pero yo por si acaso no tentaba a la suerte
El morbo de la situación supongo que estaba en que la sumisión y la dominación ya llegaban a un punto de entrega sin reservas, en la que ni siquiera se precisaba la presencia física del ser dominante para que el sumiso se plegara a todos sus caprichos. Bastaba con que el dominado lo tuviera presente en la cabeza en todo momento, o en el inconsciente. Que creyera que el amo pensaba en él mientras realizaba la chapa. Que se excitaba pensando en ello. Era estar tan enganchado, con cadenas invisibles e inmateriales, que no requerían de la vigilancia permanente del dominante. El dominante está tan seguro de su poder que es inconcebible otra situación diferente a la planteada por él. Y yo reconozco que a medida que pasaba el tiempo encontraba cada vez más placer y más satisfacción, en el sometimiento y en la humillación, por eso no necesitaba de su supervisión, ni de su vigilancia para comportarme como él quisiese. Y tengo que decirte también que no obtenía menor satisfacción provocándole. Sí, en el desafío también obtenía gran satisfacción.
La situación de acudir a las casas de aquellos que solicitaban mis servicios me excitaba en extremo. No sé cual era la razón de ello, quizá saber que era dominado hasta el punto de abrasarme y de hacer, todo lo que iba a hacer, sin que me forzaran físicamente. Como ya te he dicho ni siquiera necesitaba de la presencia del ¨gran cabrón¨ para sentir que era dominado sin piedad.
Tampoco tenía muy claro el por qué de tanta excitación, de tanto morbo, pues ni siquiera me follaba el causante de mi infortunio, sino otro tipo que ni conocía siquiera. Quizá el que me follaran en otra casa, el que me follaran con suerte, bien, o al menos de otra manera, y la posibilidad de obtener placer era lo que me ponía como una moto, O acaso era lo desconocido, la menor seguridad, el salir de la rutina, qué sé yo.......
En esa primera cita cerca de Palacio, cuando salí del metro y miré mi reloj me desalentó comprobar que faltaba un cuarto de hora todavía para las diez de la mañana. Me habían exigido que fuera muy puntual. Era demasiado pronto, qué ansia por mi parte, cualquiera que no conociera mis actividades pensaría que estaba muy necesitado de rabo. Par hacer tiempo me tomé un café en un bar decorado con azulejos de la plaza de Opera, muy bonito, que hacía esquina. Me encontraba muy inquieto pero no por ningún temor, más bien a la expectativa. Y efectivamente creo que me creé, yo solito, unas expectativas que eran poco realistas. Y hay que ser tonto pues ya llevaba bastantes meses corriendo.
Por fin llegó la hora. Bajé, temblando, unas escaleras cutrísimas que daban a una calle más cutrísima aún y llegué a la casa en cuestión. Llamé al portero automático del portal, menos mal que no le había físico, me habría muerto de vergüenza. No sé porque se le llama así, físico, al portero de carne y hueso de toda la vida. Qué importa, al fin y al cabo, dicen que todo es física en esta vida. Todo no, pues también hay metafísica aunque esa no interese a nadie, y también química, aunque esa no me interese a mí, al menos hoy. No, hoy sólo me interesa la física. Empezando por la atracción, y la estampa y acabando por la potencia.
Físico o no, nadie me contestó cuando llamé al portero aunque la puerta se abrió que era lo único importante. No encontré el interruptor de luz de escalera alguno por lo que busqué a tientas el ascensor. No había así que subí al quinto a pata. Entre el cuarto y el quinto descubrí en el entresuelo una puerta semiescondida que era la del ascensor. Mierda. Bueno ya da igual, seguí subiendo y llamé a la única puerta que había en el descansillo de la planta quinta. Tardó en abrirse casi un minuto y me pareció una eternidad.
-Hola, me llamo Alejandro y vengo de parte de.....
-Sí, ya, ya. Pasa, pasa.
El quinto piso aquel correspondía a un cuchitril de espanto. Era un mugriento ático, una especie de guarida maloliente y no muy grande, con todos los techos inclinados, que a la mínima te pegabas un buen coscorrón como te descuidaras. En la cocina era imposible estar so pena de correr el riesgo de acabar con tortícolis. Tampoco era mi intención cocinar ni lavar platos. Había un par de gatos sobre el sofá que parecían ser los dueños de aquellas alturas. Desde los pequeños ventanucos se podían ver todos los tejados de Madrid. Y a gran cantidad de gatos que deambulaban de un tejado a otro, apareciendo y desapareciendo por mil agujeros. Era una visión deprimente y supercutre de Madrid, la verdad, pero hay mucha gente que le gusta. No sé, a mí desde luego, no. Aquella casa me recordaba tanto a la mía.......
El dueño de la gatera aquella era un hombre delgado y no muy alto, de esos de edad impredecible, probablemente entre treinta y cuarenta años, ojos azules, pelo rubio y con un montón de rizos en la cabeza. Un detalle que era imposible que se me pasara por alto, es que tenía las uñas de las manos exageradamente largas, como esas que llaman de cernícalo lagartijero.
También era inglés y profesor en la misma academia de Chris aunque de otra sede. Siempre he pensado que hay demasiados profesores de inglés que entienden y aunque no tengo base científica alguna para hacer esta afirmación, entenderás que no es extraño que piense así. Conocí a varios de aquellos profesores, a algunos administrativos, e incluso a algunos alumnos, de la tal academia, todos ellos del más variado pelaje, pero a quien en verdad me habría gustado conocer habría sido al encargado de recursos humanos de aquella academia, al que los seleccionaba, sí. Debía ser un lince para encontrar a semejante fauna.
El tipo de la gatera aquella me pasó a lo que se podría llamar salón y con una frialdad que a mí mismo me sorprendió empecé a desnudarme mientras me sacaba los zapatos y esperaba a que se me indicara el lugar donde quería que se llevara a cabo el servicio. Tampoco había muchas posibilidades.
-¿Te apetece tomar algo? ¿Una cerveza o una copa? – al menos intentó ser amable que es más de lo que se puede decir de otros
-¿A las diez de la mañana? No gracias- contesté yo -Tu dirás – añadí, -mientras me acababa de desabrochar la camisa y miraba a una y otra parte.
Me empezó a toquetear el culo por encima de los vaqueros y yo me dejé hacer aunque no dejé de pensar, con no poca desazón, en el momento en que mi culo estuviera a su disposición, al aire, y me lo trajinara con sus uñas. Espero que no me entren las náuseas, pensé también.
-Tranquilo, Alejandro, tranquilo, tenemos tiempo, -me dijo con firmeza- ya te diré cuando te tienes que desnudar. Ahora, ponte de rodillas delante de mí y cómeme la polla. Chris me ha dicho que eres muy bueno haciendo eso. Venga, vamos a ver si es verdad.
Y con la misma frialdad anterior me puse de rodillas sin dudarlo. Cuando aquel tío se abrió la bragueta y se sacó la polla me quedé atónito, pues tenía el pijo más extraño que yo haya visto jamás, y he visto muchos, espero que no lo dudes después de leer estas páginas. Sin ser demasiado gordo, cuando estaba empalmado, el miembro de aquel pavo se iba curvando sobre sí mismo de manera que formaba una especie de espiral de carne. Desde arriba, este pavo podía verse lo que los demás debemos girar. El glande era picudo y blanquecino, para nada cabezón o tipo espárrago, de esos bonitos que algunos tienen. Estando de rodillas ante aquel pijo mi boca tuvo la impresión de estar ante un sacacorchos.
Era acojonante la visión de aquello. Me entraron unas ganas de reír enormes porque ya para entonces llevaba a esas citas un tapón en el culo por indicación de mi amo, que además de certificar mi sumisión, me ayudaba a mantener el culo abierto para recibir mejor aquello que me quisieran introducir. Pero ese día, mira tú, que casualidad, no era de los que llevaba el plug. Pensé en lo práctico que sería aquel pijo en esos casos, y pensé también en lo bien que abriría el culo aquel rabo, pues ¿cuándo sino? Bien, pues en eso me equivoqué también.
A pesar de estar alucinado, centrado en la visión de aquella especie de tirabuzón de carne que aquel tío tenía por polla, no dejé de observar todos los rizos que tenía en las pelambreras del pubis. Porque aquello eran pelambreras. Aquello no era normal, tanto rizo, estoy seguro que se ponía los bigudíes.
Como digo, me entraron unas ganas de reír tremendas a la vista de todo aquello y sólo las pude disimular, aunque muy malamente, gracias a que, justo en ese momento en el que me hacía todas estas profundas reflexiones sobre rizos, tapones y tal, sonó el teléfono.
-¿Dígame? –dijo el del sacacorchos
Breve rato de silencio. Cuando éste se rompió por las respuestas del de los bucles deduje que quien llamaba era mi chulo
-Hola. Sí, acaba de llegar.
-………
-Sí, sí, puntual
Tras algunos ajás, vuelve a contestar
-Sí, está muy rico, la verdad, me gusta mucho. Es tal y como me habías dicho. Vamos ver si en todo lo demás también es como me has prometido
-........
-Vale, vale, pues me encantará hacerle todo eso, y mucho mejor si además también es de su gusto.
-.........
-Te aseguro que repetiré si se cumplen todas mis expectativas
-……..
-Justo es lo que yo necesito un tío supervicioso
Yo, fue saber que mi amo estaba a la otra parte del hilo telefónico, por cierto muy enrollado también con fuerte bucles, que me puse cachondo como una perra. Aunque a la vista de cómo trascurrió todo aquella mañana más debería decir como una gata en celo. Se me endureció el miembro como un palo y me entraron unas ganas tremendas de comerme el sacacorchos aquel.
La verdad es que, ahora que lo recuerdo, no fue nada fácil agarrar aquel pijo, además de que obligaba a mi cabeza a realizar extraños movimientos y giros para comerse todo aquello. Puedo decir sin miedo al error que papearme aquella extravagante tranca ha sido una de las experiencias más raras que haya tenido en la vida. Tan difícil era de manipular que recuerdo que mientras me lo comía pensé también en cómo se pajearía aquel pavo.
-Sí, ya le tengo trabajando por supuesto. Está de rodillas y no creo que pueda hablarte mucho en este momento.
Bajó el auricular hasta la altura de mi boca y yo exageré ostentosamente los ruidos felatorios para que a mi chulo no le quedara ninguna duda de lo que allí estaba pasando. También me gustaba poder demostrarle al del tirabuzón mi lujuria y que estaba siendo poseído sin piedad, de una manera brutal y que sólo por eso estaba allí, y él podía estar disfrutando de mí. Estaba tan excitado por este repentino trío telefónico que me abrí la bragueta, y me metí mano para pajearme y darme yo parte del gusto que mi amo no me podía dar en ese momento. Cómo me habría gustado tenerle detrás de mí. No recuerdo que me dijo a través del teléfono pero sí recuerdo que sus palabras me parecieron música celestial.
-Sí, no te preocupes, te lo contaré todo –fueron las últimas palabras que el de los tirabuzones dijo a mi amo antes de colgar.
Cuando aquel tipo dejó el teléfono, me agarró la cabeza y me sacó aquel tornillo de la boca, me mandó, por fin, desnudarme y me ordenó tumbarme en el suelo y arrastrarme por toda la habitación. Me arrastré sobre mi pecho primero y sobre mi espalda después, por toda aquella asquerosa estancia, me desplacé a cuatro patas, y sobretodo me revolqué una y otra vez por aquel cochambroso suelo todo lo que quiso. Noté que especialmente esto último le excitaba cantidad. Me mandó comerle los pies, y yo le comí los pies, se subió en mi pecho, me puso los pies encima de la cara, y ésta aguantó todo su peso sin queja alguna. Menos mal que no era muy pesado y al no tener mucho equilibrio enseguida se cansó y abandonó el juego. Me mandó revolcarme nuevamente, como los cerdos pensé, pero no, más bien, como las gatas en celo, y yo lo volví a hacer sin rechistar.
Cuando se cansó de tanto circo, que duró casi una hora, me puso a cuatro patas y me levantó bien las traseras. Me pasó los brazos por el pecho para agarrarme los hombros e inmovilizarme y siento que casi me ahoga porque me coge parte del cuello. No era necesario tanto, pues no me habría movido estando seguro de que, con aquel descorchador, se abriría camino de manera elegante. Pero no. Me equivoqué nuevamente, como casi siempre; en mi caso, y en aquel tiempo, esto es ya una constante preocupante.
Me mordió en la nuca a la vez que ponía su singular cipote en la entrada de mi culo y con un fuerte e inesperado movimiento de la cadera me lo introdujo de manera bestial. Yo di un fuerte grito de dolor que sólo quienes hayan visto follar a los gatos saben de lo que les estoy hablando. Mi brutal maullido no le asustó en absoluto, al contrario, fue como si lo estuviese esperando, como si eso fuera lo único que estaba buscando y como si disfrutara con él. No me pude mover lo más mínimo porque me tenía bien sujeto. Cuando se me pasó el dolor no me sirvió de nada pensar que quizá disfrutaría algo de aquel insólito pijo pues la penetración y la eyaculación del muy cabrón fueron inmediatas. Sólo necesitó una embestida, una sola, y le bastó para correrse. Sí, como los putos gatos.
Cuando la taimada bestia terminó su tarea, recuerdo ahora, que se tumbó satisfecha en aquel sofá, supongo que lleno de pelos, mientras yo me vestía dando por terminada la sesión. Me dijo con engreimiento que él no había terminado aún. Jadear desde luego no jadeaba mucho ni estaba especialmente agitado. Claro que el trabajo no había sido tampoco mucho.
Yo le miré directamente a los ojos con mucho mosqueo y casi desprecio como consecuencia del daño tan lancinante recibido. A pesar de todo, reconozco que estaba muy excitado y necesitado de rabo, aunque desde luego no quería volver a probar aquél. Notaba que mi culo, después de esa penetración bestial, tan desagradable, necesitaba ser trajinado de manera adecuada. Sentía que era un desperdicio estar ya abierto y no ser aprovechado debidamente. Pero no estaba dispuesto a otra entrada como aquella y a sufrir aquel fuerte dolor punzante otra vez. Le pregunté si estaba dispuesto a follarme siempre de aquella manera. Y el muy imbécil, sin mover ni un sólo músculo de la cara, mirándome fijamente a los ojos, con aire displicente y de una manera fatua y altiva, va y me responde:
-Sí, poco más o menos igual. Es así como me gusta, y es así como te quiero. Esto sólo lo puedo hacer así, con tíos como tú.
No sé lo que quiso decir con lo de ¨tíos como tú¨. O sí lo sé, pero en ese momento me daba igual. A pesar de las consecuencias que podría tener mi actitud con mi chulo, pensé: ¨entonces vas a follarte así a tu puta madre¨. Acabé de vestirme y a pesar de sus protestas, me piré.
Las consecuencias de aquel arrogante desplante habrían sido fácil de imaginar a poco que me hubiera parado a pensar un momento, pero en aquel tiempo yo no debía ser, ni muy listo, ni debía tener ningún remedio. Mi chulo me dio un fuerte tortazo cuando le volví a ver en casa, inesperado, pues como digo no tenía remedio. También me costó una penetración un poco más fuerte de lo normal por su parte ese mismo día. Pero salí ganando porque no era lo mismo sufrir por el rabo más deseado que por el cipote raro de aquel capullo ladino.
Durante días pensé en la experiencia con el tipo aquel en su gatera. Me pregunté cual habría sido la razón por la cual no me ordenó en ningún momento maullar. Llegué a la conclusión de que el único maullido que quería, el único que le interesaba, era aquel que procedía de la penetración primera.
Lo que en principio iba a durar sólo un par de meses, duró bastante, pero bastante más tiempo, supongo que por lo fructífero del negocio. A aquel invierno, y como no podía ser de otra manera, le sucedió la primavera, después, el verano, caluroso y para ellos muy lucrativo, y luego el otoño que me encanta siempre, y aquél más que ninguno, no sé si porque entro en la universidad, y otra vez el invierno, que hoy le recuerdo con mucho frío y viento y con algo de nieve en Madrid, pero a pesar de todo aburrido como casi siempre son los inviernos, y quizá otra primavera. Después, me espabilo y entro ya a repartir beneficios, porque formar parte del negocio, lo fui desde el principio. Hay que ver la de tiempo que este delirio mío, esta pasión desenfrenada, me ha robado. ¿Cuánto? No sé.Y prefiero que siga así, impreciso, indefinido, no quiero calcularlo en años, ni atormentarme por ello.
Durante aquel tiempo que ahora me toca relatar sólo cambió una cosa, y es que empecé a hacer servicios en campo. Sí, a desplazarme sobre el terreno. Y en el campo también pero eso fue después, ya más hábil y más preparado . Me empezaron a mandar a las casas de los clientes. Al principio creí que era por no gastar en cervezas, o para que mi chulo no tuviera que andar una hora entera fuera de casa, o dos cuando la cosa se daba bien en ocasiones señaladas, y hasta tres cuando necesitaba dinero y me daba barato, o para que no hubiera riesgos de volcar otra vez el sofá y romper la mesita del teléfono. Pero no.
Con el tiempo supe que en las casas de los clientes se me podía sacar, por lo menos, un 25 % más. Naturalmente los clientes estaban allí cómodamente instalados en sus casas esperando la llegada del producto por el que habían pagado, sin ningún tipo de molestia ni riesgo. Además podían disponer de mí todo el tiempo que quisiesen pero eso había que pagarlo.
En aquel tiempo de entradas y salidas, de idas y venidas, puedes imaginar que tíos hubo muchos y de variada catadura. Sabes que siempre me he fijado primero en el cuerpo de los hombres y las mujeres que en su cara. Prototipos de cuerpos hay muchos, respecto de las caras, en aquel tiempo, con que tuvieran dos ojos, dos orejas, una nariz y una boca pareció serme suficiente. Hoy me pasa lo mismo con las gambas.
Los hubo altos y bajos, gordos y flacos, tanto espigados y huesudos, como enanos y rechonchos, los hubo esbeltos y los hubo desgarbados, con barriga cervecera y simplemente ventrudos, y también gordos grasientos y estilizados de gimnasio, hubo tíos con culos enormes y caídos y otros con el culo bien respingón. No tuve ocasión de recibir a ninguno jorobado pero podría haberlo habido, quizá no di tiempo porque espabilé pronto.
¿Pronto? Después del elenco de siluetas narrado no parece que me espabilara muy pronto, pero si prefiero creerlo así, ¿a quien puede molestar? En cuanto a las caras no me acuerdo de tanto, sólo puedo decir de ellas que nunca hubo ninguna tuerta y no recuerdo tampoco que alguna tuviera dos narices.
La primera casa a donde se me mandó acudir estaba en el centro de Madrid no muy lejos del Palacio Real. Me bajé en la parada del metro de Opera. Durante todo el camino debo confesar que fui animado, e incluso excitado y, vale sí, también cachondo. En absoluto fui compungido, humillado o apenado. ¿Para qué te iba a mentir ahora después de todo lo que ya te he contado? Tampoco mentiré cuando te diga que no sufría de remordimiento alguno. Hacía mucho tiempo ya que había sido despojado de él, eso suponiendo que alguna vez lo tuviera.
Al principio del proceso de seducción y hasta que apareció Pierre es posible que algo de remordimiento o pesadumbre existiera pero después enseguida pasó. Entre la ascendencia que mi amo tenía sobre mí, el morbo que la mayoría de las situaciones me provocaba, la lujuria que éstas desataban, y aunque nunca fuera mucho, el placer y el gusto que mi cuerpo obtenían, era suficiente para creer que hasta en el infierno, uno se lo puede pasar bien. O justamente por eso, por ser el infierno. Seguro que es divertido, o al menos más divertido que otros lugares que conozco, e incluso que algún otro que, seguro, nunca conoceré.
En aquellos desplazamientos a casas de clientes no sabía nunca con quién me iba a encontrar, a no ser que fuera un asiduo que algunos hubo, cómo sería el pavo, qué años tendría, ni siquiera sabía cuánto habría pagado por mí, que ya hay que ser tonto, aunque creo que, en aquel entonces, eso ni me importaba, aunque ya se corregiría con el tiempo. Llegaría el día en el que me sentiría suficientemente fuerte como para plantear la situación pecuniaria en otros términos. Para entonces sólo necesitaría además de estar mentalmente más sosegado, de un fuerte choque emocional que respaldara mi decisión y me reafirmara en ella. Claro que para entonces a mi chulo ya le había procurado gran cantidad de dinero, con el único gasto de una cervecita y una mesita de cristal rota de vez en cuando. Ni gasto de calefacción siquiera.
Nunca sabía cómo se lo montarían los clientes en sus casas conmigo, qué me mandarían hacer, y sin embargo iba, sobre todo en las primeras citas, cachondo todo el trayecto del viaje como una puta perra en celo. Además de la dirección sólo disponía de las instrucciones típicas de siempre, que no debería decepcionarle….., que siempre debería comportarme como lo haría con él…., como si estuviera presente…., que no tuviera ninguna de prisa….., y que hiciera todo lo que el tipo quisiera….. A todo esto se le añadía siempre una coletilla final de: ¨si no quieres atenerme a las consecuencias. Nunca se precisaban cuales serían estas consecuencias pero yo por si acaso no tentaba a la suerte
El morbo de la situación supongo que estaba en que la sumisión y la dominación ya llegaban a un punto de entrega sin reservas, en la que ni siquiera se precisaba la presencia física del ser dominante para que el sumiso se plegara a todos sus caprichos. Bastaba con que el dominado lo tuviera presente en la cabeza en todo momento, o en el inconsciente. Que creyera que el amo pensaba en él mientras realizaba la chapa. Que se excitaba pensando en ello. Era estar tan enganchado, con cadenas invisibles e inmateriales, que no requerían de la vigilancia permanente del dominante. El dominante está tan seguro de su poder que es inconcebible otra situación diferente a la planteada por él. Y yo reconozco que a medida que pasaba el tiempo encontraba cada vez más placer y más satisfacción, en el sometimiento y en la humillación, por eso no necesitaba de su supervisión, ni de su vigilancia para comportarme como él quisiese. Y tengo que decirte también que no obtenía menor satisfacción provocándole. Sí, en el desafío también obtenía gran satisfacción.
La situación de acudir a las casas de aquellos que solicitaban mis servicios me excitaba en extremo. No sé cual era la razón de ello, quizá saber que era dominado hasta el punto de abrasarme y de hacer, todo lo que iba a hacer, sin que me forzaran físicamente. Como ya te he dicho ni siquiera necesitaba de la presencia del ¨gran cabrón¨ para sentir que era dominado sin piedad.
Tampoco tenía muy claro el por qué de tanta excitación, de tanto morbo, pues ni siquiera me follaba el causante de mi infortunio, sino otro tipo que ni conocía siquiera. Quizá el que me follaran en otra casa, el que me follaran con suerte, bien, o al menos de otra manera, y la posibilidad de obtener placer era lo que me ponía como una moto, O acaso era lo desconocido, la menor seguridad, el salir de la rutina, qué sé yo.......
En esa primera cita cerca de Palacio, cuando salí del metro y miré mi reloj me desalentó comprobar que faltaba un cuarto de hora todavía para las diez de la mañana. Me habían exigido que fuera muy puntual. Era demasiado pronto, qué ansia por mi parte, cualquiera que no conociera mis actividades pensaría que estaba muy necesitado de rabo. Par hacer tiempo me tomé un café en un bar decorado con azulejos de la plaza de Opera, muy bonito, que hacía esquina. Me encontraba muy inquieto pero no por ningún temor, más bien a la expectativa. Y efectivamente creo que me creé, yo solito, unas expectativas que eran poco realistas. Y hay que ser tonto pues ya llevaba bastantes meses corriendo.
Por fin llegó la hora. Bajé, temblando, unas escaleras cutrísimas que daban a una calle más cutrísima aún y llegué a la casa en cuestión. Llamé al portero automático del portal, menos mal que no le había físico, me habría muerto de vergüenza. No sé porque se le llama así, físico, al portero de carne y hueso de toda la vida. Qué importa, al fin y al cabo, dicen que todo es física en esta vida. Todo no, pues también hay metafísica aunque esa no interese a nadie, y también química, aunque esa no me interese a mí, al menos hoy. No, hoy sólo me interesa la física. Empezando por la atracción, y la estampa y acabando por la potencia.
Físico o no, nadie me contestó cuando llamé al portero aunque la puerta se abrió que era lo único importante. No encontré el interruptor de luz de escalera alguno por lo que busqué a tientas el ascensor. No había así que subí al quinto a pata. Entre el cuarto y el quinto descubrí en el entresuelo una puerta semiescondida que era la del ascensor. Mierda. Bueno ya da igual, seguí subiendo y llamé a la única puerta que había en el descansillo de la planta quinta. Tardó en abrirse casi un minuto y me pareció una eternidad.
-Hola, me llamo Alejandro y vengo de parte de.....
-Sí, ya, ya. Pasa, pasa.
El quinto piso aquel correspondía a un cuchitril de espanto. Era un mugriento ático, una especie de guarida maloliente y no muy grande, con todos los techos inclinados, que a la mínima te pegabas un buen coscorrón como te descuidaras. En la cocina era imposible estar so pena de correr el riesgo de acabar con tortícolis. Tampoco era mi intención cocinar ni lavar platos. Había un par de gatos sobre el sofá que parecían ser los dueños de aquellas alturas. Desde los pequeños ventanucos se podían ver todos los tejados de Madrid. Y a gran cantidad de gatos que deambulaban de un tejado a otro, apareciendo y desapareciendo por mil agujeros. Era una visión deprimente y supercutre de Madrid, la verdad, pero hay mucha gente que le gusta. No sé, a mí desde luego, no. Aquella casa me recordaba tanto a la mía.......
El dueño de la gatera aquella era un hombre delgado y no muy alto, de esos de edad impredecible, probablemente entre treinta y cuarenta años, ojos azules, pelo rubio y con un montón de rizos en la cabeza. Un detalle que era imposible que se me pasara por alto, es que tenía las uñas de las manos exageradamente largas, como esas que llaman de cernícalo lagartijero.
También era inglés y profesor en la misma academia de Chris aunque de otra sede. Siempre he pensado que hay demasiados profesores de inglés que entienden y aunque no tengo base científica alguna para hacer esta afirmación, entenderás que no es extraño que piense así. Conocí a varios de aquellos profesores, a algunos administrativos, e incluso a algunos alumnos, de la tal academia, todos ellos del más variado pelaje, pero a quien en verdad me habría gustado conocer habría sido al encargado de recursos humanos de aquella academia, al que los seleccionaba, sí. Debía ser un lince para encontrar a semejante fauna.
El tipo de la gatera aquella me pasó a lo que se podría llamar salón y con una frialdad que a mí mismo me sorprendió empecé a desnudarme mientras me sacaba los zapatos y esperaba a que se me indicara el lugar donde quería que se llevara a cabo el servicio. Tampoco había muchas posibilidades.
-¿Te apetece tomar algo? ¿Una cerveza o una copa? – al menos intentó ser amable que es más de lo que se puede decir de otros
-¿A las diez de la mañana? No gracias- contesté yo -Tu dirás – añadí, -mientras me acababa de desabrochar la camisa y miraba a una y otra parte.
Me empezó a toquetear el culo por encima de los vaqueros y yo me dejé hacer aunque no dejé de pensar, con no poca desazón, en el momento en que mi culo estuviera a su disposición, al aire, y me lo trajinara con sus uñas. Espero que no me entren las náuseas, pensé también.
-Tranquilo, Alejandro, tranquilo, tenemos tiempo, -me dijo con firmeza- ya te diré cuando te tienes que desnudar. Ahora, ponte de rodillas delante de mí y cómeme la polla. Chris me ha dicho que eres muy bueno haciendo eso. Venga, vamos a ver si es verdad.
Y con la misma frialdad anterior me puse de rodillas sin dudarlo. Cuando aquel tío se abrió la bragueta y se sacó la polla me quedé atónito, pues tenía el pijo más extraño que yo haya visto jamás, y he visto muchos, espero que no lo dudes después de leer estas páginas. Sin ser demasiado gordo, cuando estaba empalmado, el miembro de aquel pavo se iba curvando sobre sí mismo de manera que formaba una especie de espiral de carne. Desde arriba, este pavo podía verse lo que los demás debemos girar. El glande era picudo y blanquecino, para nada cabezón o tipo espárrago, de esos bonitos que algunos tienen. Estando de rodillas ante aquel pijo mi boca tuvo la impresión de estar ante un sacacorchos.
Era acojonante la visión de aquello. Me entraron unas ganas de reír enormes porque ya para entonces llevaba a esas citas un tapón en el culo por indicación de mi amo, que además de certificar mi sumisión, me ayudaba a mantener el culo abierto para recibir mejor aquello que me quisieran introducir. Pero ese día, mira tú, que casualidad, no era de los que llevaba el plug. Pensé en lo práctico que sería aquel pijo en esos casos, y pensé también en lo bien que abriría el culo aquel rabo, pues ¿cuándo sino? Bien, pues en eso me equivoqué también.
A pesar de estar alucinado, centrado en la visión de aquella especie de tirabuzón de carne que aquel tío tenía por polla, no dejé de observar todos los rizos que tenía en las pelambreras del pubis. Porque aquello eran pelambreras. Aquello no era normal, tanto rizo, estoy seguro que se ponía los bigudíes.
Como digo, me entraron unas ganas de reír tremendas a la vista de todo aquello y sólo las pude disimular, aunque muy malamente, gracias a que, justo en ese momento en el que me hacía todas estas profundas reflexiones sobre rizos, tapones y tal, sonó el teléfono.
-¿Dígame? –dijo el del sacacorchos
Breve rato de silencio. Cuando éste se rompió por las respuestas del de los bucles deduje que quien llamaba era mi chulo
-Hola. Sí, acaba de llegar.
-………
-Sí, sí, puntual
Tras algunos ajás, vuelve a contestar
-Sí, está muy rico, la verdad, me gusta mucho. Es tal y como me habías dicho. Vamos ver si en todo lo demás también es como me has prometido
-........
-Vale, vale, pues me encantará hacerle todo eso, y mucho mejor si además también es de su gusto.
-.........
-Te aseguro que repetiré si se cumplen todas mis expectativas
-……..
-Justo es lo que yo necesito un tío supervicioso
Yo, fue saber que mi amo estaba a la otra parte del hilo telefónico, por cierto muy enrollado también con fuerte bucles, que me puse cachondo como una perra. Aunque a la vista de cómo trascurrió todo aquella mañana más debería decir como una gata en celo. Se me endureció el miembro como un palo y me entraron unas ganas tremendas de comerme el sacacorchos aquel.
La verdad es que, ahora que lo recuerdo, no fue nada fácil agarrar aquel pijo, además de que obligaba a mi cabeza a realizar extraños movimientos y giros para comerse todo aquello. Puedo decir sin miedo al error que papearme aquella extravagante tranca ha sido una de las experiencias más raras que haya tenido en la vida. Tan difícil era de manipular que recuerdo que mientras me lo comía pensé también en cómo se pajearía aquel pavo.
-Sí, ya le tengo trabajando por supuesto. Está de rodillas y no creo que pueda hablarte mucho en este momento.
Bajó el auricular hasta la altura de mi boca y yo exageré ostentosamente los ruidos felatorios para que a mi chulo no le quedara ninguna duda de lo que allí estaba pasando. También me gustaba poder demostrarle al del tirabuzón mi lujuria y que estaba siendo poseído sin piedad, de una manera brutal y que sólo por eso estaba allí, y él podía estar disfrutando de mí. Estaba tan excitado por este repentino trío telefónico que me abrí la bragueta, y me metí mano para pajearme y darme yo parte del gusto que mi amo no me podía dar en ese momento. Cómo me habría gustado tenerle detrás de mí. No recuerdo que me dijo a través del teléfono pero sí recuerdo que sus palabras me parecieron música celestial.
-Sí, no te preocupes, te lo contaré todo –fueron las últimas palabras que el de los tirabuzones dijo a mi amo antes de colgar.
Cuando aquel tipo dejó el teléfono, me agarró la cabeza y me sacó aquel tornillo de la boca, me mandó, por fin, desnudarme y me ordenó tumbarme en el suelo y arrastrarme por toda la habitación. Me arrastré sobre mi pecho primero y sobre mi espalda después, por toda aquella asquerosa estancia, me desplacé a cuatro patas, y sobretodo me revolqué una y otra vez por aquel cochambroso suelo todo lo que quiso. Noté que especialmente esto último le excitaba cantidad. Me mandó comerle los pies, y yo le comí los pies, se subió en mi pecho, me puso los pies encima de la cara, y ésta aguantó todo su peso sin queja alguna. Menos mal que no era muy pesado y al no tener mucho equilibrio enseguida se cansó y abandonó el juego. Me mandó revolcarme nuevamente, como los cerdos pensé, pero no, más bien, como las gatas en celo, y yo lo volví a hacer sin rechistar.
Cuando se cansó de tanto circo, que duró casi una hora, me puso a cuatro patas y me levantó bien las traseras. Me pasó los brazos por el pecho para agarrarme los hombros e inmovilizarme y siento que casi me ahoga porque me coge parte del cuello. No era necesario tanto, pues no me habría movido estando seguro de que, con aquel descorchador, se abriría camino de manera elegante. Pero no. Me equivoqué nuevamente, como casi siempre; en mi caso, y en aquel tiempo, esto es ya una constante preocupante.
Me mordió en la nuca a la vez que ponía su singular cipote en la entrada de mi culo y con un fuerte e inesperado movimiento de la cadera me lo introdujo de manera bestial. Yo di un fuerte grito de dolor que sólo quienes hayan visto follar a los gatos saben de lo que les estoy hablando. Mi brutal maullido no le asustó en absoluto, al contrario, fue como si lo estuviese esperando, como si eso fuera lo único que estaba buscando y como si disfrutara con él. No me pude mover lo más mínimo porque me tenía bien sujeto. Cuando se me pasó el dolor no me sirvió de nada pensar que quizá disfrutaría algo de aquel insólito pijo pues la penetración y la eyaculación del muy cabrón fueron inmediatas. Sólo necesitó una embestida, una sola, y le bastó para correrse. Sí, como los putos gatos.
Cuando la taimada bestia terminó su tarea, recuerdo ahora, que se tumbó satisfecha en aquel sofá, supongo que lleno de pelos, mientras yo me vestía dando por terminada la sesión. Me dijo con engreimiento que él no había terminado aún. Jadear desde luego no jadeaba mucho ni estaba especialmente agitado. Claro que el trabajo no había sido tampoco mucho.
Yo le miré directamente a los ojos con mucho mosqueo y casi desprecio como consecuencia del daño tan lancinante recibido. A pesar de todo, reconozco que estaba muy excitado y necesitado de rabo, aunque desde luego no quería volver a probar aquél. Notaba que mi culo, después de esa penetración bestial, tan desagradable, necesitaba ser trajinado de manera adecuada. Sentía que era un desperdicio estar ya abierto y no ser aprovechado debidamente. Pero no estaba dispuesto a otra entrada como aquella y a sufrir aquel fuerte dolor punzante otra vez. Le pregunté si estaba dispuesto a follarme siempre de aquella manera. Y el muy imbécil, sin mover ni un sólo músculo de la cara, mirándome fijamente a los ojos, con aire displicente y de una manera fatua y altiva, va y me responde:
-Sí, poco más o menos igual. Es así como me gusta, y es así como te quiero. Esto sólo lo puedo hacer así, con tíos como tú.
No sé lo que quiso decir con lo de ¨tíos como tú¨. O sí lo sé, pero en ese momento me daba igual. A pesar de las consecuencias que podría tener mi actitud con mi chulo, pensé: ¨entonces vas a follarte así a tu puta madre¨. Acabé de vestirme y a pesar de sus protestas, me piré.
Las consecuencias de aquel arrogante desplante habrían sido fácil de imaginar a poco que me hubiera parado a pensar un momento, pero en aquel tiempo yo no debía ser, ni muy listo, ni debía tener ningún remedio. Mi chulo me dio un fuerte tortazo cuando le volví a ver en casa, inesperado, pues como digo no tenía remedio. También me costó una penetración un poco más fuerte de lo normal por su parte ese mismo día. Pero salí ganando porque no era lo mismo sufrir por el rabo más deseado que por el cipote raro de aquel capullo ladino.
Durante días pensé en la experiencia con el tipo aquel en su gatera. Me pregunté cual habría sido la razón por la cual no me ordenó en ningún momento maullar. Llegué a la conclusión de que el único maullido que quería, el único que le interesaba, era aquel que procedía de la penetración primera.