Cuaderno XIX
Recuerdo hoy que tras salir de aquella mugrienta y asquerosa gatera estaba aún más excitado y cachondo que cuando había entrado por la mañana. Todo lo recuerdo con cierto sonrojo y no poca turbación, creeme, aunque si no me crees desde luego menos me creerás después de que hayas leído esto que me toca relatarte ahora.
Pero es que el morbo me tenía despendolado y fuera de mí. Tampoco acertaba a pensar con claridad. Ni a pensar, ni a ver, ni a oír, ni a nada. En mi cerebro sólo había espacio para mi chulo, para el sexo, el morbo, para nada más . Era y me comportaba como un auténtico zombi. Quien ha pasado por esto sabe a lo que me refiero, no sé tú.
Recordándolo todo hoy, ya con más serenidad, debo decir en mi favor acaso para aliviar en lo que pueda mi falta, que Eros se portó muy mal conmigo en aquel tiempo, jugó demasiado cruelmente conmigo, fue duro, fue frívolo, y hasta mezquino diría. Hoy, ya envejeciendo y con cada día que pasa con más posibilidades de ir venciendo a este pequeño monstruo, dominándolo más y sobre todo, necesitándolo menos, me doy cuenta cómo habría necesitado entonces parte de la tenacidad, o de la entereza, o de la frialdad de la que hoy dispongo.
Es curioso, pero hoy que soy más viejo, y por tanto más debil, estoy seguro que me habría enfrentado mejor a este pequeño gremlin, lo habría hecho de otra manera, no le habría dejado que jugara conmigo de aquella forma. Sí, creo que cómo mínimo le habría echado un buen cubo de agua, le habría expuesto luego al sol y por último le habría atiborrado bien de comer tras la medianoche. En fin, quizá en otro orden, pero poco más o menos. Aunque por lo que estoy viendo por estas páginas que escribo es probable que él hubiera ganado otra vez, y no me extraña con semejante estrategia.
A pesar de aquella penosa experiencia con el tío de la gatera sentía que mi culo tenía necesidad imperiosa de un rabo bien duro y terso. Sí, sobretodo terso. Tenía una forzosa necesidad de un rabo bien estirado y tenso, de un rabo como los dioses mandan, de esos que sólo a unos pocos privilegiados conceden, y no de aquella cosa arrugada y torcida. Mi culo necesitaba de un rabo que supiera trabajarse un culo prieto y con aguante como en aquel entonces era el mío. Notaba en mi lujuria, como si las paredes de mi culo se abrieran según yo iba caminando, como si se frotaran internamente una pared contra la otra, hasta sentía como si lubricara de lo excitado que encontraba, tenía la impresión que mi culo babeara. Sí, sin lugar a dudas necesitaba urgentemente que alguien me follara bien follado.
No podía ir a casa de mi chulo como me habría gustado porque tendría que contarle lo que había pasado con el del sacacorchos y dudo que me hubiera dado el gusto que tan urgentemente necesitaba. Entonces me acordé que no lejos de allí, en Gran Vía, había un lugar muy famoso y conocido por todos en aquella época. Un lugar donde se vendían discos, entre otras cosas y que tenía mucho éxito entre los tíos que buscaban tíos. Había que bajar por unas escaleras y se llegaba a unos locales muy espaciosos donde se vendían los discos. Se ligaba en los aseos fundamentalmente, o paseando, o mirando y ojeando discos.
Como no estaba lejos me dirigí hacia aquel lugar sin dudarlo, más excitado que una perra callejera, o más apropiadamente como una gata en celo. No sé, pero mi culo debía estar echando espumarajos, al menos yo tenía esa impresión, y desde luego con unas ganas de tralla que no puedo explicar.
Como era un día de diario, y por la mañana, no había mucha gente en aquel lugar. Me entretuve mirando discos que no me interesaban lo más mínimo. En el lugar de las ofertas sobre todo pues había más gente. Alzaba la cabeza cuando alguien se acercaba a mí vera, pero nada de nada, ningún éxito y eso que mi cara y mis ojos, por no decir otras partes, debían estar pidiendo a gritos lo que había ido a buscar allí. Ya desesperaba y me disponía a marcharme cuando veo que hay un chavalillo que va directamente a los aseos sin pararse a tontear con discos. Y allí me fui yo sin darme mucha prisa que no pareciera que estaba ansioso.
Y si había poca gente en las tiendas en los servicios de caballeros había menos gente aún. Un par de tíos en los urinarios que parecían mirarse el uno al otro, y otro más, el que yo había visto entrar, remoloneando. Éste último era incluso más jovencito que yo, o al menos eso me pareció. Me fui hacía el pasillo donde estaban los recintos cerrados mientras en mi recorrido eché una mirada al peque que me la mantuvo con audacia. Parecía estar esperándome. A pesar del tiempo transcurrido aún hoy puedo recordar nítidamente aquellos ojos negros que me miraron con codicia. Y también recuerdo las pestañas, por lo grandes.
Era un poco más alto que yo, pero sólo un poco, y más flaco y más desgarbado, y también me pareció más guapo. Era moreno y tenía el pelo rizado, vaya día. Me metí dentro de uno de los cubículos sin dejar de echarle una mirada primero, con más descaro del que me atrevo a reconocer hoy. Haciendo como que orinaba esperé su llegada ansioso e inquieto y mirando hacia atrás de soslayo, sólo de soslayo, como miran los peces, pero nada ocurrió. Esperé un buen rato que me pareció más largo del que seguramente era. Y siguió sin ocurrir nada pues el peque no vino. Cansado de esperar salí y me fui a lavar las manos haciéndome bastante el remolón. Me entretuve más de la cuenta abriendo y cerrando grifos. El jovencito me volvió a mirar y estuve a punto de marcharme o de insultarle por imbécil. Pero le vi tan ansioso y yo estaba tan excitado que me contuve.
Mientras me enjabonaba las manos y tonteaba con el agua no dejó de mirarme por el espejo, ni yo a él. Que fácil fue sostenerle la mirada sin pestañear mientras me secaba las manos en el aparato aquel. Cuando por fin nos quedamos solos le miré nuevamente a los ojos y bajé mi mirada ostentosamente hasta su paquete que él se palpó de inmediato con decisión. Parecía esperar mis indicaciones así que tuve que tomar la iniciativa de aquello.
Con una seña apenas perceptible de los ojos le indiqué los váteres y él se giró y se adelantó camino de uno de ellos. Cuando yo llegué, ya estaba apoyado en la pared y con una mano magreándose enérgicamente la bragueta en donde parecía alojarse un miembro prominente. Aún recuerdo claramente cómo le brillaban de deseo aquellos ojos negros. Y también me acuerdo de su media sonrisa. Entré sin dudarlo y cerramos la puerta.
Aunque me moría de ganas por hacerlo, no me atreví a echarle mano a los huevos y a comerle los morros sin preguntarle primero:
-Bien tío ¿qué te gusta? –le digo. Y sin darle tiempo a contestar, continúo - yo estoy buscando a alguien con buen rabo y que me folle bien follado.
-Pues estás de suerte tío, -me dice muy chulo, -porque lo has encontrado. Eso es lo que yo busco, quiero follarme a un tío por fin, de una puta vez, porque estoy ya, que me subo por las paredes.
-Genial –le digo
- También tengo buen rabo, -continúa más chulo aún, -de primera y muy juguetón y quiero también que me lo coman bien comido.
-Bien, tú fóllame primero bien follado, -le digo yo muy exigente, -y luego hablamos de esa mamada. Y tranquilo que si me lo haces bien no habrá problema alguno. Tú también has tenido suerte.
Tras esta quizá pretenciosa afirmación empezó a comerme los morros con tal avidez, agarrándome la cabeza con ambas manos y metiéndome la lengua hasta tan dentro que pensé en lo tonto que había sido no comiéndomelo primero enterito antes de preguntarle nada. Cuando pareció acabarse la succión aquella en la que temí que se llevara mi lengua y ya empezaba a pensar en la posición más placentera para mí, entre las pocas posibilidades que daba aquel cubil, va el chico y empieza a lamerme toda la cara, y a comerme la nariz y las orejas y a meterme la lengua por los oídos, que es algo a lo que dificilmente me puedo resistir, y a comerme la barbilla y a morderme el cuello y a ............
No pude esperar más, mientras se bajó la cremallera de la bragueta y se sacó la polla, yo me apoyé con una mano en la pared donde estaba la cisterna, a la vez que con la otra me soltaba los botones de los pantalones, que enseguida cayeron al suelo. Tenía muy buen rabo el peque, no me había engañado, recto y tenso. Menos mal, de primeras temí por sus rizos que fuera más de lo mismo pero no, nada de revueltas, un buen rabo circuncidado, cabezón, y estaba muy duro y tieso.
A pesar de estar de cara a la pared y de espaldas a él no dejé por ello pasar la oportunidad de acariciárselo y palpárselo. Le puse un condón, que ni sé, de dónde, ni cuándo, ni cómo saqué. No le pregunté, ni mucho menos le pedí permiso, pero por lo que se ve cada vez me encuentro más espabilado y todavía lo estaré mucho más en poco tiempo. No sé tampoco si era aquel chico quien más necesitaba que le pusieran un condón, creo que no, pero por alguien se empieza.
Aquel chaval se le veía novatillo e inexperto y además no lo negaba, y aunque estaba ansioso por entrar y abrirse camino a través de mí, me la metió muy bien, pues se le veía que era muy tierno y afectuoso. Me penetró delicadamente, desde luego mucho mejor que otros muchos capullos más experimentados que hasta ese entonces había conocido también. O a lo mejor era que yo, estaba muy receptivo ese día, y habría tenido el camino franco y expedito para él o para la trompa de un elefante, o quizás era que se me había hecho ya todo el daño que se le puede hacer a un hombre cuando folla con otros hombres, o quizá era que también andaba tan abrasado, tan consumido y tan desesperado como él, y por eso le recibí bien. Sí, esto último debió ser, es lo más probable.
No aguantó el peque muchas emboladas pero sí las suficientes como para dejarme a gusto a mí y quedarse satisfecho él. Mejor fue así, breve, porque entre los ruidos de los golpes de mis ancas contra la cisterna, los que daba su culo contra puerta y paredes, mis jadeos y gemidos que pretendía contenidos pero imposible, y sobretodo, sus amplios y abundantes bufidos y gruñidos, que no pudieron dejar de oírse en todo el local de los famosos bajos aquellos, no habrían tardado mucho en hacer que alguien de seguridad apareciera.
Cuando el peque terminó de correrse le entraron unas prisas enormes de marcharse, no sé por qué. De repente se quedó sin ganas de que le comiera la polla y por supuesto le quedaron muchas menos aún de comérmela a mí. Mi estrategia para con el peque fracasó aquel día de manera imperdonable. Pretendí, poniéndole el culo primero, además de recibir su gusto antes, excitarle y provocarle el morbo suficiente para tener margen con el que jugar un poco más con él. Fue una pena porque no funcionó y te juro que me habría gustado tanto tenerle de rodillas a mis pies................
Pero es que el morbo me tenía despendolado y fuera de mí. Tampoco acertaba a pensar con claridad. Ni a pensar, ni a ver, ni a oír, ni a nada. En mi cerebro sólo había espacio para mi chulo, para el sexo, el morbo, para nada más . Era y me comportaba como un auténtico zombi. Quien ha pasado por esto sabe a lo que me refiero, no sé tú.
Recordándolo todo hoy, ya con más serenidad, debo decir en mi favor acaso para aliviar en lo que pueda mi falta, que Eros se portó muy mal conmigo en aquel tiempo, jugó demasiado cruelmente conmigo, fue duro, fue frívolo, y hasta mezquino diría. Hoy, ya envejeciendo y con cada día que pasa con más posibilidades de ir venciendo a este pequeño monstruo, dominándolo más y sobre todo, necesitándolo menos, me doy cuenta cómo habría necesitado entonces parte de la tenacidad, o de la entereza, o de la frialdad de la que hoy dispongo.
Es curioso, pero hoy que soy más viejo, y por tanto más debil, estoy seguro que me habría enfrentado mejor a este pequeño gremlin, lo habría hecho de otra manera, no le habría dejado que jugara conmigo de aquella forma. Sí, creo que cómo mínimo le habría echado un buen cubo de agua, le habría expuesto luego al sol y por último le habría atiborrado bien de comer tras la medianoche. En fin, quizá en otro orden, pero poco más o menos. Aunque por lo que estoy viendo por estas páginas que escribo es probable que él hubiera ganado otra vez, y no me extraña con semejante estrategia.
A pesar de aquella penosa experiencia con el tío de la gatera sentía que mi culo tenía necesidad imperiosa de un rabo bien duro y terso. Sí, sobretodo terso. Tenía una forzosa necesidad de un rabo bien estirado y tenso, de un rabo como los dioses mandan, de esos que sólo a unos pocos privilegiados conceden, y no de aquella cosa arrugada y torcida. Mi culo necesitaba de un rabo que supiera trabajarse un culo prieto y con aguante como en aquel entonces era el mío. Notaba en mi lujuria, como si las paredes de mi culo se abrieran según yo iba caminando, como si se frotaran internamente una pared contra la otra, hasta sentía como si lubricara de lo excitado que encontraba, tenía la impresión que mi culo babeara. Sí, sin lugar a dudas necesitaba urgentemente que alguien me follara bien follado.
No podía ir a casa de mi chulo como me habría gustado porque tendría que contarle lo que había pasado con el del sacacorchos y dudo que me hubiera dado el gusto que tan urgentemente necesitaba. Entonces me acordé que no lejos de allí, en Gran Vía, había un lugar muy famoso y conocido por todos en aquella época. Un lugar donde se vendían discos, entre otras cosas y que tenía mucho éxito entre los tíos que buscaban tíos. Había que bajar por unas escaleras y se llegaba a unos locales muy espaciosos donde se vendían los discos. Se ligaba en los aseos fundamentalmente, o paseando, o mirando y ojeando discos.
Como no estaba lejos me dirigí hacia aquel lugar sin dudarlo, más excitado que una perra callejera, o más apropiadamente como una gata en celo. No sé, pero mi culo debía estar echando espumarajos, al menos yo tenía esa impresión, y desde luego con unas ganas de tralla que no puedo explicar.
Como era un día de diario, y por la mañana, no había mucha gente en aquel lugar. Me entretuve mirando discos que no me interesaban lo más mínimo. En el lugar de las ofertas sobre todo pues había más gente. Alzaba la cabeza cuando alguien se acercaba a mí vera, pero nada de nada, ningún éxito y eso que mi cara y mis ojos, por no decir otras partes, debían estar pidiendo a gritos lo que había ido a buscar allí. Ya desesperaba y me disponía a marcharme cuando veo que hay un chavalillo que va directamente a los aseos sin pararse a tontear con discos. Y allí me fui yo sin darme mucha prisa que no pareciera que estaba ansioso.
Y si había poca gente en las tiendas en los servicios de caballeros había menos gente aún. Un par de tíos en los urinarios que parecían mirarse el uno al otro, y otro más, el que yo había visto entrar, remoloneando. Éste último era incluso más jovencito que yo, o al menos eso me pareció. Me fui hacía el pasillo donde estaban los recintos cerrados mientras en mi recorrido eché una mirada al peque que me la mantuvo con audacia. Parecía estar esperándome. A pesar del tiempo transcurrido aún hoy puedo recordar nítidamente aquellos ojos negros que me miraron con codicia. Y también recuerdo las pestañas, por lo grandes.
Era un poco más alto que yo, pero sólo un poco, y más flaco y más desgarbado, y también me pareció más guapo. Era moreno y tenía el pelo rizado, vaya día. Me metí dentro de uno de los cubículos sin dejar de echarle una mirada primero, con más descaro del que me atrevo a reconocer hoy. Haciendo como que orinaba esperé su llegada ansioso e inquieto y mirando hacia atrás de soslayo, sólo de soslayo, como miran los peces, pero nada ocurrió. Esperé un buen rato que me pareció más largo del que seguramente era. Y siguió sin ocurrir nada pues el peque no vino. Cansado de esperar salí y me fui a lavar las manos haciéndome bastante el remolón. Me entretuve más de la cuenta abriendo y cerrando grifos. El jovencito me volvió a mirar y estuve a punto de marcharme o de insultarle por imbécil. Pero le vi tan ansioso y yo estaba tan excitado que me contuve.
Mientras me enjabonaba las manos y tonteaba con el agua no dejó de mirarme por el espejo, ni yo a él. Que fácil fue sostenerle la mirada sin pestañear mientras me secaba las manos en el aparato aquel. Cuando por fin nos quedamos solos le miré nuevamente a los ojos y bajé mi mirada ostentosamente hasta su paquete que él se palpó de inmediato con decisión. Parecía esperar mis indicaciones así que tuve que tomar la iniciativa de aquello.
Con una seña apenas perceptible de los ojos le indiqué los váteres y él se giró y se adelantó camino de uno de ellos. Cuando yo llegué, ya estaba apoyado en la pared y con una mano magreándose enérgicamente la bragueta en donde parecía alojarse un miembro prominente. Aún recuerdo claramente cómo le brillaban de deseo aquellos ojos negros. Y también me acuerdo de su media sonrisa. Entré sin dudarlo y cerramos la puerta.
Aunque me moría de ganas por hacerlo, no me atreví a echarle mano a los huevos y a comerle los morros sin preguntarle primero:
-Bien tío ¿qué te gusta? –le digo. Y sin darle tiempo a contestar, continúo - yo estoy buscando a alguien con buen rabo y que me folle bien follado.
-Pues estás de suerte tío, -me dice muy chulo, -porque lo has encontrado. Eso es lo que yo busco, quiero follarme a un tío por fin, de una puta vez, porque estoy ya, que me subo por las paredes.
-Genial –le digo
- También tengo buen rabo, -continúa más chulo aún, -de primera y muy juguetón y quiero también que me lo coman bien comido.
-Bien, tú fóllame primero bien follado, -le digo yo muy exigente, -y luego hablamos de esa mamada. Y tranquilo que si me lo haces bien no habrá problema alguno. Tú también has tenido suerte.
Tras esta quizá pretenciosa afirmación empezó a comerme los morros con tal avidez, agarrándome la cabeza con ambas manos y metiéndome la lengua hasta tan dentro que pensé en lo tonto que había sido no comiéndomelo primero enterito antes de preguntarle nada. Cuando pareció acabarse la succión aquella en la que temí que se llevara mi lengua y ya empezaba a pensar en la posición más placentera para mí, entre las pocas posibilidades que daba aquel cubil, va el chico y empieza a lamerme toda la cara, y a comerme la nariz y las orejas y a meterme la lengua por los oídos, que es algo a lo que dificilmente me puedo resistir, y a comerme la barbilla y a morderme el cuello y a ............
No pude esperar más, mientras se bajó la cremallera de la bragueta y se sacó la polla, yo me apoyé con una mano en la pared donde estaba la cisterna, a la vez que con la otra me soltaba los botones de los pantalones, que enseguida cayeron al suelo. Tenía muy buen rabo el peque, no me había engañado, recto y tenso. Menos mal, de primeras temí por sus rizos que fuera más de lo mismo pero no, nada de revueltas, un buen rabo circuncidado, cabezón, y estaba muy duro y tieso.
A pesar de estar de cara a la pared y de espaldas a él no dejé por ello pasar la oportunidad de acariciárselo y palpárselo. Le puse un condón, que ni sé, de dónde, ni cuándo, ni cómo saqué. No le pregunté, ni mucho menos le pedí permiso, pero por lo que se ve cada vez me encuentro más espabilado y todavía lo estaré mucho más en poco tiempo. No sé tampoco si era aquel chico quien más necesitaba que le pusieran un condón, creo que no, pero por alguien se empieza.
Aquel chaval se le veía novatillo e inexperto y además no lo negaba, y aunque estaba ansioso por entrar y abrirse camino a través de mí, me la metió muy bien, pues se le veía que era muy tierno y afectuoso. Me penetró delicadamente, desde luego mucho mejor que otros muchos capullos más experimentados que hasta ese entonces había conocido también. O a lo mejor era que yo, estaba muy receptivo ese día, y habría tenido el camino franco y expedito para él o para la trompa de un elefante, o quizás era que se me había hecho ya todo el daño que se le puede hacer a un hombre cuando folla con otros hombres, o quizá era que también andaba tan abrasado, tan consumido y tan desesperado como él, y por eso le recibí bien. Sí, esto último debió ser, es lo más probable.
No aguantó el peque muchas emboladas pero sí las suficientes como para dejarme a gusto a mí y quedarse satisfecho él. Mejor fue así, breve, porque entre los ruidos de los golpes de mis ancas contra la cisterna, los que daba su culo contra puerta y paredes, mis jadeos y gemidos que pretendía contenidos pero imposible, y sobretodo, sus amplios y abundantes bufidos y gruñidos, que no pudieron dejar de oírse en todo el local de los famosos bajos aquellos, no habrían tardado mucho en hacer que alguien de seguridad apareciera.
Cuando el peque terminó de correrse le entraron unas prisas enormes de marcharse, no sé por qué. De repente se quedó sin ganas de que le comiera la polla y por supuesto le quedaron muchas menos aún de comérmela a mí. Mi estrategia para con el peque fracasó aquel día de manera imperdonable. Pretendí, poniéndole el culo primero, además de recibir su gusto antes, excitarle y provocarle el morbo suficiente para tener margen con el que jugar un poco más con él. Fue una pena porque no funcionó y te juro que me habría gustado tanto tenerle de rodillas a mis pies................
Cuaderno XX
Tengo que decirte en honor a la verdad que con Christian no todo fue sexo. No, que va. También tuvimos nuestras actividades culturales. Sí, sí y eran éstas numerosas y variadas. Además de ir de acampadas como ya he tenido ocasión de relatarte y recorrer las bellas estribaciones de la sierra madrileña, íbamos al cine de vez en cuando, me hacía bonitos tatuajes en la espalda, íbamos a piscinas y saunas, contactábamos con sectas medio secretas de nombres rimbombantes, recorríamos la noche de la movida madrileña, y hasta íbamos a las verbenas populares de las fiestas patronales de Madrid, porque ¨mi angel¨ decía que le gustaban mucho las sardinas. Nunca entendí muy bien la relación entre una cosa y otra pero cuando se me ponía en plan cultureta no había por donde cogerlo.
Si hay una palabra que podría haber definido a mi dueño en aquel entonces, además de la de cabrón, era la de extravagante o excéntrico. Era tal la pretensión de ser excesivamente original que más que extravagante, hoy puedo decir que resultaba, poco menos que subnormal. Era así, en su forma de comportarse, de andar, de hablar, de vestirse, sobretodo de vestirse. En la calle iba siempre de negro. A mí me daba vergüenza ir con él porque parecía un siniestro. Yo ya sabía que lo era por la mala fe y lo perverso de sus intenciones, pero con aquellas vestimentas oscuras que me utilizaba era por lo demás tenebroso.
¿Y en el hablar? Cuando hablaba siempre se escuchaba a sí mismo, siempre rebuscando palabras que rara vez encontraba, jamás consentía que nadie le interrumpiera cuando buscaba una de estas palabras, y la mayoría de las veces la palabra encontrada poca relación tenía, o nada, con el significado de lo que quería expresar. A veces se daban situaciones de auténtica risa. Y lo más gracioso es que cuando hablaba en público le salía, de los nervios, un tartamudeo que era, por lo demás, chocante para alguien que se dedicaba a dar clase.
La primera vez que oí su tartamudeo fue en un mitin semiclandestino al que se empeñó en acudir en contra de mi voluntad porque yo no lo vi nada claro y me temía lo peor. Le habían hablado de que este mitin era un reagrupamiento semisecreto de gente homosexual que ya habían estado más o menos organizados durante la dictadura, con mucho poder, de diferentes sectores y actividades y que iban a formar una especie de reagrupación renovada en la sombra para conseguir no sé qué objetivos, que a mí me parecieron muy peregrinos.
Decía, en lo que a mí a veces me parecía un delirio, que sólo unos pocos escogidos sabían de aquel mitin, aunque allí había por lo menos cien personas, sino más. Contaba mi amo que había que estar en aquel movimiento porque se cocería, no sé muy bien qué, y que nos convendría integrarnos para obtener algún beneficio. Yo le miraba a él, y me miraba a mí, y no dejaba de preguntarme que sería lo que a los participantes del mitin aquel, les podría interesar de nosotros. Claro que no tardé en descubrirlo, esa misma noche.
Pero por supuesto yo no era nadie para opinar así que no me quedó más remedio que obedecerlo y acompañarlo. Supongo que no hace falta que te diga que no me llevaba a esos sitios por pasearme o darme gusto sino porque para estas actividades tan raras no encontraba a nadie que le quisiera acompañar y le daba cierto temor ir solo. Me utilizaba como siempre lo había hecho, vamos, y no era eso lo peor que con él podía sucederme. Como lo sabía, yo siempre estaba en guardia pues nunca sabía por donde podría caerme la pedrada.
El mitin semisecreto en cuestión era cualquier cosa menos discreto pues se anunciaba en la calle con octavillas tiradas por los suelos. Y no recuerdo muy bien la frase pero, poco más o menos, se anunciaba así: ¨Reagrupamiento de la suprema logia ultra simbólica para el advenimiento del nuevo misticismo y la instauración de un nuevo ágora¨. Yo, de primeras, cuando mi amo me leyó aquel sucio panfleto recién recogido del suelo, sólo entendí de toda aquella jerga la palabra, ¨nuevo¨. Pero nada dije de lo que me parecía un auténtico dislate.
Y entramos en aquel viejo edificio del centro de Madrid, húmedo y oscuro recuerdo ahora, de larguísimos pasillos, con una especie de fieltro verde pegado en la parte baja de las paredes y desconchones de pintura en los techos por las goteras, y baldosas en el suelo que se movían a nuestro paso. Llegamos hasta un patio techado donde había bastante gente sentada en sillas de madera plegables, enfrente de una mesa cuyos componentes, todos, tenían barba. Me llamó la atención este detalle, no sé porqué.
Todos los asistentes al furtivo y semisecreto mitin eran tíos y algunos vestidos muy discretamente, para no llamar la atención, deduje, con unos colores y desplegando tales plumas que para sí las habrían querido los mismísimos pavos reales. Y nosotros de negro, sí, yo también, pues ése era el gusto de ¨mi angel¨, en plan siniestro, que dábamos el cante cantidad. Me senté en una de aquellas sillas, estupefacto y sin dejar de admirar a toda aquella fauna del más variado pelaje.
Cuando, tras unos rimbombantes discursos previos, empezó el turno de palabra y mi amo sin cortarse lo más mínimo empezó a preguntar por los fines de aquella nueva institución, -no la llamó bendita pero casi- , con aquel tartamudeo inesperado yo no sabía dónde meterme. Yo me preguntaba cómo serían las clases de inglés que este hombre daría en su academia, porque, ya te mueres tener que entender el inglés de alguien tartamudeando. Quizá en grupos reducidos no le pasara aquello, quién sabe. Todavía fue peor cuando, de manera harto seria y excesiva, le contestaron citándole a Platón y a Heidegger, y a no sé cuantos filósofos más uno detrás de otro, de los cuales, yo estaba completamente seguro que mi amo no había oído hablar de la mitad jamás en su vida.
Hizo mil preguntas para desesperación de todos y sólo dejó de preguntar cuando le dijeron que la cuota para entrar en aquel selecto club místico era de 1000 pesetas al mes, y otra aportación de entrada de 5000 más. Fue oír aquello y mi amo que empieza a desvariar, y a decir incongruencias y cosas sin sentido. Cuando alguien le dice que se calle ya de una vez que está agotando la paciencia de todo el mundo, mi amo monta en cólera y empieza a insultar a diestro y siniestro. Bueno, fue uno de los bochornos más grandes que yo he pasado en mi vida. La gente, no sé si por la bronca o por lo de las mil pelas, aprovecha y empieza a levantarse y a pirarse.
Después de unos momentos de distensión algunos de aquellos integrantes barbados de lo que ya podríamos llamar mesa petitoria se quedaron hablando con nosotros, tratando de convencernos y haciéndonos una especie de estadillo de los gastos de la organización y justificando la razón de las aportaciones objeto de la bronca. Yo, rápidamente, me di cuenta de que, aparte de ser unos mirones lascivos, estaban todos medio piradísimos. O quizá eran demasiado listos, no sé.
En el camino de vuelta a la calle por aquellos largos pasillos casi en penumbra conocimos a un pintor que decía pintar para los siete grandes de la banca española de entonces y también para el ministro de Hacienda y su estudio lo aprovechaba para echar además las cartas del Tarot. Conocimos a otro que nos decía tan convencido que hablaba con los muertos haciendo la Ouija, y a otro más que creía en brujas y espíritus pues decía tener uno en su casa que se le sentaba en el sofá. Sabía de manera fehaciente de la existencia del fantasma porque siempre se encontraba los cojines aplastados cuando él siempre los ahuecaba convenientemente. Créeme si te digo que tuve que hacer auténticos esfuerzos para no reírme.
Nos fuimos al bar con todos aquellos chiflados a tomar una cerveza gracias a que nos invitaba uno que decía ser director de orquesta y que a mí me pareció el más raro de todos, no por ser el que más me miraba al paquete y más se rozaba conmigo sin perder ocasión, sino porque me dio la impresión, seguramente equivocada, digo, seguramente equivocada de que estaba un poco sordo del oído derecho pues resultaba desesperante repetirle todas las frases por lo menos un par de veces. Mi dueño estaba fascinado con todos aquellos chalados y no dejaba de repetirme lo interesantes que le resultaban todos. Él estaba fascinado y yo.......... alucinado y temiéndome lo peor.
Al final el del Tarot nos llevó a su estudio para que viéramos sus cuadros y para echarle las cartas a mi amo. Por supuesto a mí, me tocó comerle la polla a la pitonisa aquella. En aquel momento sólo fue eso, en posteriores encuentros me hizo otras pruebas para constatar cuales eran mis habilidades y las posibilidades que podríamos ofrecer a los miembros del supremo advenimiento aquél. Cuando vi sus cuadros me convencí de que estaba chiflado del todo, o si no, lo estarían todos los banqueros de este país además del mismísimo ministro de Hacienda. Volvimos varias veces a esa casa, mi amo a que le echaran las cartas y yo a lo otro. No, no a ver cuadros, que a mí con el primer día ya me bastó.
Aquella actividad mía y otras más amplias que con el tiempo siguieron una vez comprobada mi aptitud y disponibilidad y aprobada mi iniciación serían la única aportación interesante que haríamos a los componentes de la suprema reagrupación. El de los cuadros resultó ser una especie de oficiante de ceremonias o introductor de novicios, o de carne fresca, vaya, en algunas fiestas organizadas para los del advenimiento. Vamos, en una palabra, en las orgías que de tiempo en tiempo les organizaba en apartamentos alquilados para la ocasión y a las que sólo acudían los muy iniciados y muy predispuestos. Pero de mis relaciones con ¨la cofradía¨ ya tendré ocasión de relatarte en otro momento porque fueron los encuentros tan numerosos y las situaciones tan variadas, aunque poco lucrativas también tengo que decir, que creo merecen un capítulo aparte.
Tuvo mi amo por aquel entonces otra idea suya de aquellas gloriosas que no dejaban de rondarle y que no tuve manera de quitarle de la cabeza. Se empeñó en hacerme dibujar un tatuaje en la parte alta de la espalda con algún motivo interesante, decía él, porque le ponía mucho poder follarme mientras me veía el tatuaje. Mientras me lo hiciera sabría que aquello estaba tatuado allí porque él me lo habría ordenado, que sería algo para su único disfrute, para él sólo, porque ni siquiera yo podría verlo. Aquello no dejaba de tener cierta gracia, yo no lo vería desde luego, pero sí los muchos que estuvieron detrás de mí en aquel tiempo. El tatuaje no fue para él sólo, a otros muchos que lo vieron también les gustó y no dejaron de decírmelo.
A mí al principio, aquella idea me espantó porque hoy en día los tatuajes son una cosa muy corriente pero en los años 80 sólo gente muy rara y muy barriobajera los llevaba, y la prueba era que sólo en un par de sitios en Madrid los hacían. Pero todavía me espantó más conocer cual sería el motivo ¨tan interesante¨ que me debería tatuar, nada menos que la frase: ¨todo lo que necesitas es amor¨ Cuando escuché aquello creí morirme. No podía ser, debía estar de broma, porque era imposible semejante dislate sobre mi espalda. ¿Y no podría borrármelo nunca? sólo pensaba en eso.
Llegamos a una casa particular cerca de la Puerta del Sol, en un primer piso. Yo iba muy nervioso y muerto de miedo y vergüenza. En aquella casa, muy amplia y luminosa, una pareja joven, amigos de Christian se dedicaba a este arte de siglos. Ella, muy guapa y simpática, llevaba una cresta estilo punki, y nos recibió con una amplia sonrisa. Él, muy grandote y panzudo, era quien hacía los tatuajes. ¿Con aquellas manazas? pensaba yo, sin dar crédito. Los dedazos eran enormes en verdad. Nos pasaron a un cuarto donde tenían una camilla y donde yo debería tumbarme tras decidir qué tipo de tatuaje quería hacerme.
Cuando la chica oyó lo que el otro capullo quería que me tatuaran en la espalda casi se cae de espaldas.
-Pero qué dices hombre, qué dices –le espeta la chica con ojos espantados –y encima en español, porque si al menos fuera en inglés......... Vamos, no fastidies que nosotros somos artistas -concluye medio farfullando
De una mesa saca una especie de viejo catálogo de hojas arrugadas, amarillentas y muy manoseadas con todo tipo de dibujos, figuras, y motivos. Yo empiezo a respirar un poco más aliviado visto el resultado obtenido por la frasecita de marras y por la confianza que me empieza a dar la chica de la cresta que no deja de mirarme. La chica ojea el libro y nos explica que hacen tatuajes con motivos celtas, egipcios, florales, de inspiración oriental, y otros varios. Entre estos últimos veo espeluznado que los hay de calaveras, escorpiones, serpientes y otros animales con la bocaza abierta llena de dientes y hasta uno muy tierno de la abeja Maya. No menos espeluznado veo también que los hay de vírgenes y santos y un sagrado corazón de color rojo que no tiene desperdicio. Tiemblo si se deciden por una serpiente o por el corazón pues casi prefiero a la abejita Maya, pues además es más barato.
La chica mientras nos decidimos por alguno en concreto nos da una charla parece que fundamentada sobre el significado de los tatuajes a lo largo de la historia, su sentido religioso y místico para muchas culturas, el uso que de ellos han hecho los magos y hechiceros, nos habla de ellos como símbolo de poder, de identificación –aquí me acuerdo de los judíos y de los campos de concentración nazis- y de adorno del cuerpo en el mundo actual.
Según aquella chica y de acuerdo a mi cara y estilo me quedaría muy bien uno de inspiración oriental. Pienso que no es de acuerdo a mi cara como hay que elegirlo si no con respecto a mi espalda y que no es de acuerdo a mi estilo sino para que le ponga bien duro al gran cabrón cuando me lo vea mientras me tenga a cuatro patas y me esté follando.
Es para eso por lo que estoy allí, pero nada digo, al contrario con un gesto sólo apenas perceptible para la chica de la cresta la digo que sí, que los que a mí me gustan son los tatuajes chinos. En principio, con no poco esfuerzo y muy razonablemente intenta convencer a mi amo para que me pongan en la espalda el nombre de Alejandro en caracteres chinos de arriba abajo empezando en el cuello. Christian permanece grave y severo, como humillado por el poco éxito obtenido con la frase en cuestión y no da fácilmente su brazo a torcer. Miro insistentemente a la chica de la cresta para que no ceje en su empeño. Son cinco caracteres chinos un poquito abigarrados y pomposos pero no me importa. Decidimos cambiar mi nombre por el de Alexander porque, por razones que desconozco, se queda sólo en cuatro caracteres y encima más bonitos y sencillos, y por lo tanto es más barato. Ya está convencido y no lo entiendo pues quien paga soy yo
Todavía me parece recordar el agudo sonido de aquella máquina muy parecido al torno de un dentista y que me produce los mismos escalofríos y la gasa que me pasa aquella manaza manchada de negro periódicamente y que me alivia un poco de los pinchazos y de la escocedura. Y recuerdo también las suaves palabras que en todo momento me dirige aquella chica y de sus caricias en mi pelo, en mi cara y brazos, y sobre todo no puedo olvidar que gracias a ella, hoy no llevo en mi espalda la mayor horterada que imaginarse pueda, y que me habría costado mucho sufrimiento eliminar, y encima en español.
No tardan mucho en hacérmelo, no me resulta muy caro tampoco, pero cuando bajamos las escaleras camino de la calle con el gran cabrón a mi lado y pienso que me he dejado decorar para él, para su uso exclusivo, pienso también, que al menos podría habérmelo pagado. Pero no.
Si hay una palabra que podría haber definido a mi dueño en aquel entonces, además de la de cabrón, era la de extravagante o excéntrico. Era tal la pretensión de ser excesivamente original que más que extravagante, hoy puedo decir que resultaba, poco menos que subnormal. Era así, en su forma de comportarse, de andar, de hablar, de vestirse, sobretodo de vestirse. En la calle iba siempre de negro. A mí me daba vergüenza ir con él porque parecía un siniestro. Yo ya sabía que lo era por la mala fe y lo perverso de sus intenciones, pero con aquellas vestimentas oscuras que me utilizaba era por lo demás tenebroso.
¿Y en el hablar? Cuando hablaba siempre se escuchaba a sí mismo, siempre rebuscando palabras que rara vez encontraba, jamás consentía que nadie le interrumpiera cuando buscaba una de estas palabras, y la mayoría de las veces la palabra encontrada poca relación tenía, o nada, con el significado de lo que quería expresar. A veces se daban situaciones de auténtica risa. Y lo más gracioso es que cuando hablaba en público le salía, de los nervios, un tartamudeo que era, por lo demás, chocante para alguien que se dedicaba a dar clase.
La primera vez que oí su tartamudeo fue en un mitin semiclandestino al que se empeñó en acudir en contra de mi voluntad porque yo no lo vi nada claro y me temía lo peor. Le habían hablado de que este mitin era un reagrupamiento semisecreto de gente homosexual que ya habían estado más o menos organizados durante la dictadura, con mucho poder, de diferentes sectores y actividades y que iban a formar una especie de reagrupación renovada en la sombra para conseguir no sé qué objetivos, que a mí me parecieron muy peregrinos.
Decía, en lo que a mí a veces me parecía un delirio, que sólo unos pocos escogidos sabían de aquel mitin, aunque allí había por lo menos cien personas, sino más. Contaba mi amo que había que estar en aquel movimiento porque se cocería, no sé muy bien qué, y que nos convendría integrarnos para obtener algún beneficio. Yo le miraba a él, y me miraba a mí, y no dejaba de preguntarme que sería lo que a los participantes del mitin aquel, les podría interesar de nosotros. Claro que no tardé en descubrirlo, esa misma noche.
Pero por supuesto yo no era nadie para opinar así que no me quedó más remedio que obedecerlo y acompañarlo. Supongo que no hace falta que te diga que no me llevaba a esos sitios por pasearme o darme gusto sino porque para estas actividades tan raras no encontraba a nadie que le quisiera acompañar y le daba cierto temor ir solo. Me utilizaba como siempre lo había hecho, vamos, y no era eso lo peor que con él podía sucederme. Como lo sabía, yo siempre estaba en guardia pues nunca sabía por donde podría caerme la pedrada.
El mitin semisecreto en cuestión era cualquier cosa menos discreto pues se anunciaba en la calle con octavillas tiradas por los suelos. Y no recuerdo muy bien la frase pero, poco más o menos, se anunciaba así: ¨Reagrupamiento de la suprema logia ultra simbólica para el advenimiento del nuevo misticismo y la instauración de un nuevo ágora¨. Yo, de primeras, cuando mi amo me leyó aquel sucio panfleto recién recogido del suelo, sólo entendí de toda aquella jerga la palabra, ¨nuevo¨. Pero nada dije de lo que me parecía un auténtico dislate.
Y entramos en aquel viejo edificio del centro de Madrid, húmedo y oscuro recuerdo ahora, de larguísimos pasillos, con una especie de fieltro verde pegado en la parte baja de las paredes y desconchones de pintura en los techos por las goteras, y baldosas en el suelo que se movían a nuestro paso. Llegamos hasta un patio techado donde había bastante gente sentada en sillas de madera plegables, enfrente de una mesa cuyos componentes, todos, tenían barba. Me llamó la atención este detalle, no sé porqué.
Todos los asistentes al furtivo y semisecreto mitin eran tíos y algunos vestidos muy discretamente, para no llamar la atención, deduje, con unos colores y desplegando tales plumas que para sí las habrían querido los mismísimos pavos reales. Y nosotros de negro, sí, yo también, pues ése era el gusto de ¨mi angel¨, en plan siniestro, que dábamos el cante cantidad. Me senté en una de aquellas sillas, estupefacto y sin dejar de admirar a toda aquella fauna del más variado pelaje.
Cuando, tras unos rimbombantes discursos previos, empezó el turno de palabra y mi amo sin cortarse lo más mínimo empezó a preguntar por los fines de aquella nueva institución, -no la llamó bendita pero casi- , con aquel tartamudeo inesperado yo no sabía dónde meterme. Yo me preguntaba cómo serían las clases de inglés que este hombre daría en su academia, porque, ya te mueres tener que entender el inglés de alguien tartamudeando. Quizá en grupos reducidos no le pasara aquello, quién sabe. Todavía fue peor cuando, de manera harto seria y excesiva, le contestaron citándole a Platón y a Heidegger, y a no sé cuantos filósofos más uno detrás de otro, de los cuales, yo estaba completamente seguro que mi amo no había oído hablar de la mitad jamás en su vida.
Hizo mil preguntas para desesperación de todos y sólo dejó de preguntar cuando le dijeron que la cuota para entrar en aquel selecto club místico era de 1000 pesetas al mes, y otra aportación de entrada de 5000 más. Fue oír aquello y mi amo que empieza a desvariar, y a decir incongruencias y cosas sin sentido. Cuando alguien le dice que se calle ya de una vez que está agotando la paciencia de todo el mundo, mi amo monta en cólera y empieza a insultar a diestro y siniestro. Bueno, fue uno de los bochornos más grandes que yo he pasado en mi vida. La gente, no sé si por la bronca o por lo de las mil pelas, aprovecha y empieza a levantarse y a pirarse.
Después de unos momentos de distensión algunos de aquellos integrantes barbados de lo que ya podríamos llamar mesa petitoria se quedaron hablando con nosotros, tratando de convencernos y haciéndonos una especie de estadillo de los gastos de la organización y justificando la razón de las aportaciones objeto de la bronca. Yo, rápidamente, me di cuenta de que, aparte de ser unos mirones lascivos, estaban todos medio piradísimos. O quizá eran demasiado listos, no sé.
En el camino de vuelta a la calle por aquellos largos pasillos casi en penumbra conocimos a un pintor que decía pintar para los siete grandes de la banca española de entonces y también para el ministro de Hacienda y su estudio lo aprovechaba para echar además las cartas del Tarot. Conocimos a otro que nos decía tan convencido que hablaba con los muertos haciendo la Ouija, y a otro más que creía en brujas y espíritus pues decía tener uno en su casa que se le sentaba en el sofá. Sabía de manera fehaciente de la existencia del fantasma porque siempre se encontraba los cojines aplastados cuando él siempre los ahuecaba convenientemente. Créeme si te digo que tuve que hacer auténticos esfuerzos para no reírme.
Nos fuimos al bar con todos aquellos chiflados a tomar una cerveza gracias a que nos invitaba uno que decía ser director de orquesta y que a mí me pareció el más raro de todos, no por ser el que más me miraba al paquete y más se rozaba conmigo sin perder ocasión, sino porque me dio la impresión, seguramente equivocada, digo, seguramente equivocada de que estaba un poco sordo del oído derecho pues resultaba desesperante repetirle todas las frases por lo menos un par de veces. Mi dueño estaba fascinado con todos aquellos chalados y no dejaba de repetirme lo interesantes que le resultaban todos. Él estaba fascinado y yo.......... alucinado y temiéndome lo peor.
Al final el del Tarot nos llevó a su estudio para que viéramos sus cuadros y para echarle las cartas a mi amo. Por supuesto a mí, me tocó comerle la polla a la pitonisa aquella. En aquel momento sólo fue eso, en posteriores encuentros me hizo otras pruebas para constatar cuales eran mis habilidades y las posibilidades que podríamos ofrecer a los miembros del supremo advenimiento aquél. Cuando vi sus cuadros me convencí de que estaba chiflado del todo, o si no, lo estarían todos los banqueros de este país además del mismísimo ministro de Hacienda. Volvimos varias veces a esa casa, mi amo a que le echaran las cartas y yo a lo otro. No, no a ver cuadros, que a mí con el primer día ya me bastó.
Aquella actividad mía y otras más amplias que con el tiempo siguieron una vez comprobada mi aptitud y disponibilidad y aprobada mi iniciación serían la única aportación interesante que haríamos a los componentes de la suprema reagrupación. El de los cuadros resultó ser una especie de oficiante de ceremonias o introductor de novicios, o de carne fresca, vaya, en algunas fiestas organizadas para los del advenimiento. Vamos, en una palabra, en las orgías que de tiempo en tiempo les organizaba en apartamentos alquilados para la ocasión y a las que sólo acudían los muy iniciados y muy predispuestos. Pero de mis relaciones con ¨la cofradía¨ ya tendré ocasión de relatarte en otro momento porque fueron los encuentros tan numerosos y las situaciones tan variadas, aunque poco lucrativas también tengo que decir, que creo merecen un capítulo aparte.
Tuvo mi amo por aquel entonces otra idea suya de aquellas gloriosas que no dejaban de rondarle y que no tuve manera de quitarle de la cabeza. Se empeñó en hacerme dibujar un tatuaje en la parte alta de la espalda con algún motivo interesante, decía él, porque le ponía mucho poder follarme mientras me veía el tatuaje. Mientras me lo hiciera sabría que aquello estaba tatuado allí porque él me lo habría ordenado, que sería algo para su único disfrute, para él sólo, porque ni siquiera yo podría verlo. Aquello no dejaba de tener cierta gracia, yo no lo vería desde luego, pero sí los muchos que estuvieron detrás de mí en aquel tiempo. El tatuaje no fue para él sólo, a otros muchos que lo vieron también les gustó y no dejaron de decírmelo.
A mí al principio, aquella idea me espantó porque hoy en día los tatuajes son una cosa muy corriente pero en los años 80 sólo gente muy rara y muy barriobajera los llevaba, y la prueba era que sólo en un par de sitios en Madrid los hacían. Pero todavía me espantó más conocer cual sería el motivo ¨tan interesante¨ que me debería tatuar, nada menos que la frase: ¨todo lo que necesitas es amor¨ Cuando escuché aquello creí morirme. No podía ser, debía estar de broma, porque era imposible semejante dislate sobre mi espalda. ¿Y no podría borrármelo nunca? sólo pensaba en eso.
Llegamos a una casa particular cerca de la Puerta del Sol, en un primer piso. Yo iba muy nervioso y muerto de miedo y vergüenza. En aquella casa, muy amplia y luminosa, una pareja joven, amigos de Christian se dedicaba a este arte de siglos. Ella, muy guapa y simpática, llevaba una cresta estilo punki, y nos recibió con una amplia sonrisa. Él, muy grandote y panzudo, era quien hacía los tatuajes. ¿Con aquellas manazas? pensaba yo, sin dar crédito. Los dedazos eran enormes en verdad. Nos pasaron a un cuarto donde tenían una camilla y donde yo debería tumbarme tras decidir qué tipo de tatuaje quería hacerme.
Cuando la chica oyó lo que el otro capullo quería que me tatuaran en la espalda casi se cae de espaldas.
-Pero qué dices hombre, qué dices –le espeta la chica con ojos espantados –y encima en español, porque si al menos fuera en inglés......... Vamos, no fastidies que nosotros somos artistas -concluye medio farfullando
De una mesa saca una especie de viejo catálogo de hojas arrugadas, amarillentas y muy manoseadas con todo tipo de dibujos, figuras, y motivos. Yo empiezo a respirar un poco más aliviado visto el resultado obtenido por la frasecita de marras y por la confianza que me empieza a dar la chica de la cresta que no deja de mirarme. La chica ojea el libro y nos explica que hacen tatuajes con motivos celtas, egipcios, florales, de inspiración oriental, y otros varios. Entre estos últimos veo espeluznado que los hay de calaveras, escorpiones, serpientes y otros animales con la bocaza abierta llena de dientes y hasta uno muy tierno de la abeja Maya. No menos espeluznado veo también que los hay de vírgenes y santos y un sagrado corazón de color rojo que no tiene desperdicio. Tiemblo si se deciden por una serpiente o por el corazón pues casi prefiero a la abejita Maya, pues además es más barato.
La chica mientras nos decidimos por alguno en concreto nos da una charla parece que fundamentada sobre el significado de los tatuajes a lo largo de la historia, su sentido religioso y místico para muchas culturas, el uso que de ellos han hecho los magos y hechiceros, nos habla de ellos como símbolo de poder, de identificación –aquí me acuerdo de los judíos y de los campos de concentración nazis- y de adorno del cuerpo en el mundo actual.
Según aquella chica y de acuerdo a mi cara y estilo me quedaría muy bien uno de inspiración oriental. Pienso que no es de acuerdo a mi cara como hay que elegirlo si no con respecto a mi espalda y que no es de acuerdo a mi estilo sino para que le ponga bien duro al gran cabrón cuando me lo vea mientras me tenga a cuatro patas y me esté follando.
Es para eso por lo que estoy allí, pero nada digo, al contrario con un gesto sólo apenas perceptible para la chica de la cresta la digo que sí, que los que a mí me gustan son los tatuajes chinos. En principio, con no poco esfuerzo y muy razonablemente intenta convencer a mi amo para que me pongan en la espalda el nombre de Alejandro en caracteres chinos de arriba abajo empezando en el cuello. Christian permanece grave y severo, como humillado por el poco éxito obtenido con la frase en cuestión y no da fácilmente su brazo a torcer. Miro insistentemente a la chica de la cresta para que no ceje en su empeño. Son cinco caracteres chinos un poquito abigarrados y pomposos pero no me importa. Decidimos cambiar mi nombre por el de Alexander porque, por razones que desconozco, se queda sólo en cuatro caracteres y encima más bonitos y sencillos, y por lo tanto es más barato. Ya está convencido y no lo entiendo pues quien paga soy yo
Todavía me parece recordar el agudo sonido de aquella máquina muy parecido al torno de un dentista y que me produce los mismos escalofríos y la gasa que me pasa aquella manaza manchada de negro periódicamente y que me alivia un poco de los pinchazos y de la escocedura. Y recuerdo también las suaves palabras que en todo momento me dirige aquella chica y de sus caricias en mi pelo, en mi cara y brazos, y sobre todo no puedo olvidar que gracias a ella, hoy no llevo en mi espalda la mayor horterada que imaginarse pueda, y que me habría costado mucho sufrimiento eliminar, y encima en español.
No tardan mucho en hacérmelo, no me resulta muy caro tampoco, pero cuando bajamos las escaleras camino de la calle con el gran cabrón a mi lado y pienso que me he dejado decorar para él, para su uso exclusivo, pienso también, que al menos podría habérmelo pagado. Pero no.
cuaderno XXI
Tuvo mi amo por aquel entonces otra idea suya de aquellas gloriosas que no dejaban de rondarle y que no tuve manera de quitarle de la cabeza. Se empeñó en hacerme dibujar un tatuaje en la parte alta de la espalda con algún motivo interesante, decía él, porque le ponía mucho poder follarme mientras me veía el tatuaje. Mientras me lo hiciera sabría que aquello estaba tatuado allí porque él me lo habría ordenado, que sería algo para su único disfrute, para él sólo, porque ni siquiera yo podría verlo. Aquello no dejaba de tener cierta gracia, yo no lo vería desde luego, pero sí los muchos que estuvieron detrás de mí en aquel tiempo. El tatuaje no fue para él sólo, a otros muchos que lo vieron también les gustó y no dejaron de decírmelo.
A mí al principio, aquella idea me espantó porque hoy en día los tatuajes son una cosa muy corriente pero en los años 80 sólo gente muy rara y muy barriobajera los llevaba, y la prueba era que sólo en un par de sitios en Madrid los hacían. Pero todavía me espantó más conocer cual sería el motivo ¨tan interesante¨ que me debería tatuar, nada menos que la frase: ¨todo lo que necesitas es amor¨ Cuando escuché aquello creí morirme. No podía ser, debía estar de broma, porque era imposible semejante dislate sobre mi espalda. ¿Y no podría borrármelo nunca? sólo pensaba en eso.
Llegamos a una casa particular cerca de la Puerta del Sol, en un primer piso. Yo iba muy nervioso y muerto de miedo y vergüenza. En aquella casa, muy amplia y luminosa, una pareja joven, amigos de Christian se dedicaba a este arte de siglos. Ella, muy guapa y simpática, llevaba una cresta estilo punki, y nos recibió con una amplia sonrisa. Él, muy grandote y panzudo, era quien hacía los tatuajes. ¿Con aquellas manazas? pensaba yo, sin dar crédito. Los dedazos eran enormes en verdad. Nos pasaron a un cuarto donde tenían una camilla y donde yo debería tumbarme tras decidir qué tipo de tatuaje quería hacerme.
Cuando la chica oyó lo que el otro capullo quería que me tatuaran en la espalda casi se cae de espaldas.
-Pero qué dices hombre, qué dices –le espeta la chica con ojos espantados –y encima en español, porque si al menos fuera en inglés......... Vamos, no fastidies que nosotros somos artistas -concluye medio farfullando
De una mesa saca una especie de viejo catálogo de hojas arrugadas, amarillentas y muy manoseadas con todo tipo de dibujos, figuras, y motivos. Yo empiezo a respirar un poco más aliviado visto el resultado obtenido por la frasecita de marras y por la confianza que me empieza a dar la chica de la cresta que no deja de mirarme. La chica ojea el libro y nos explica que hacen tatuajes con motivos celtas, egipcios, florales, de inspiración oriental, y otros varios. Entre estos últimos veo espeluznado que los hay de calaveras, escorpiones, serpientes y otros animales con la bocaza abierta llena de dientes y hasta uno muy tierno de la abeja Maya. No menos espeluznado veo también que los hay de vírgenes y santos y un sagrado corazón de color rojo que no tiene desperdicio. Tiemblo si se deciden por una serpiente o por el corazón pues casi prefiero a la abejita Maya, pues además es más barato.
La chica mientras nos decidimos por alguno en concreto nos da una charla parece que fundamentada sobre el significado de los tatuajes a lo largo de la historia, su sentido religioso y místico para muchas culturas, el uso que de ellos han hecho los magos y hechiceros, nos habla de ellos como símbolo de poder, de identificación –aquí me acuerdo de los judíos y de los campos de concentración nazis- y de adorno del cuerpo en el mundo actual.
Según aquella chica y de acuerdo a mi cara y estilo me quedaría muy bien uno de inspiración oriental. Pienso que no es de acuerdo a mi cara como hay que elegirlo si no con respecto a mi espalda y que no es de acuerdo a mi estilo sino para que le ponga bien duro al gran cabrón cuando me lo vea mientras me tenga a cuatro patas y me esté follando.
Es para eso por lo que estoy allí, pero nada digo, al contrario con un gesto sólo apenas perceptible para la chica de la cresta la digo que sí, que los que a mí me gustan son los tatuajes chinos. En principio, con no poco esfuerzo y muy razonablemente intenta convencer a mi amo para que me pongan en la espalda el nombre de Alejandro en caracteres chinos de arriba abajo empezando en el cuello. Christian permanece grave y severo, como humillado por el poco éxito obtenido con la frase en cuestión y no da fácilmente su brazo a torcer. Miro insistentemente a la chica de la cresta para que no ceje en su empeño. Son cinco caracteres chinos un poquito abigarrados y pomposos pero no me importa. Decidimos cambiar mi nombre por el de Alexander porque, por razones que desconozco, se queda sólo en cuatro caracteres y encima más bonitos y sencillos, y por lo tanto es más barato. Ya está convencido y no lo entiendo pues quien paga soy yo
Todavía me parece recordar el agudo sonido de aquella máquina muy parecido al torno de un dentista y que me produce los mismos escalofríos y la gasa que me pasa aquella manaza manchada de negro periódicamente y que me alivia un poco de los pinchazos y de la escocedura. Y recuerdo también las suaves palabras que en todo momento me dirige aquella chica y de sus caricias en mi pelo, en mi cara y brazos, y sobre todo no puedo olvidar que gracias a ella, hoy no llevo en mi espalda la mayor horterada que imaginarse pueda, y que me habría costado mucho sufrimiento eliminar, y encima en español.
No tardan mucho en hacérmelo, no me resulta muy caro tampoco, pero cuando bajamos las escaleras camino de la calle con el gran cabrón a mi lado y pienso que me he dejado decorar para él, para su uso exclusivo, pienso también, que al menos podría habérmelo pagado. Pero no.
A mí al principio, aquella idea me espantó porque hoy en día los tatuajes son una cosa muy corriente pero en los años 80 sólo gente muy rara y muy barriobajera los llevaba, y la prueba era que sólo en un par de sitios en Madrid los hacían. Pero todavía me espantó más conocer cual sería el motivo ¨tan interesante¨ que me debería tatuar, nada menos que la frase: ¨todo lo que necesitas es amor¨ Cuando escuché aquello creí morirme. No podía ser, debía estar de broma, porque era imposible semejante dislate sobre mi espalda. ¿Y no podría borrármelo nunca? sólo pensaba en eso.
Llegamos a una casa particular cerca de la Puerta del Sol, en un primer piso. Yo iba muy nervioso y muerto de miedo y vergüenza. En aquella casa, muy amplia y luminosa, una pareja joven, amigos de Christian se dedicaba a este arte de siglos. Ella, muy guapa y simpática, llevaba una cresta estilo punki, y nos recibió con una amplia sonrisa. Él, muy grandote y panzudo, era quien hacía los tatuajes. ¿Con aquellas manazas? pensaba yo, sin dar crédito. Los dedazos eran enormes en verdad. Nos pasaron a un cuarto donde tenían una camilla y donde yo debería tumbarme tras decidir qué tipo de tatuaje quería hacerme.
Cuando la chica oyó lo que el otro capullo quería que me tatuaran en la espalda casi se cae de espaldas.
-Pero qué dices hombre, qué dices –le espeta la chica con ojos espantados –y encima en español, porque si al menos fuera en inglés......... Vamos, no fastidies que nosotros somos artistas -concluye medio farfullando
De una mesa saca una especie de viejo catálogo de hojas arrugadas, amarillentas y muy manoseadas con todo tipo de dibujos, figuras, y motivos. Yo empiezo a respirar un poco más aliviado visto el resultado obtenido por la frasecita de marras y por la confianza que me empieza a dar la chica de la cresta que no deja de mirarme. La chica ojea el libro y nos explica que hacen tatuajes con motivos celtas, egipcios, florales, de inspiración oriental, y otros varios. Entre estos últimos veo espeluznado que los hay de calaveras, escorpiones, serpientes y otros animales con la bocaza abierta llena de dientes y hasta uno muy tierno de la abeja Maya. No menos espeluznado veo también que los hay de vírgenes y santos y un sagrado corazón de color rojo que no tiene desperdicio. Tiemblo si se deciden por una serpiente o por el corazón pues casi prefiero a la abejita Maya, pues además es más barato.
La chica mientras nos decidimos por alguno en concreto nos da una charla parece que fundamentada sobre el significado de los tatuajes a lo largo de la historia, su sentido religioso y místico para muchas culturas, el uso que de ellos han hecho los magos y hechiceros, nos habla de ellos como símbolo de poder, de identificación –aquí me acuerdo de los judíos y de los campos de concentración nazis- y de adorno del cuerpo en el mundo actual.
Según aquella chica y de acuerdo a mi cara y estilo me quedaría muy bien uno de inspiración oriental. Pienso que no es de acuerdo a mi cara como hay que elegirlo si no con respecto a mi espalda y que no es de acuerdo a mi estilo sino para que le ponga bien duro al gran cabrón cuando me lo vea mientras me tenga a cuatro patas y me esté follando.
Es para eso por lo que estoy allí, pero nada digo, al contrario con un gesto sólo apenas perceptible para la chica de la cresta la digo que sí, que los que a mí me gustan son los tatuajes chinos. En principio, con no poco esfuerzo y muy razonablemente intenta convencer a mi amo para que me pongan en la espalda el nombre de Alejandro en caracteres chinos de arriba abajo empezando en el cuello. Christian permanece grave y severo, como humillado por el poco éxito obtenido con la frase en cuestión y no da fácilmente su brazo a torcer. Miro insistentemente a la chica de la cresta para que no ceje en su empeño. Son cinco caracteres chinos un poquito abigarrados y pomposos pero no me importa. Decidimos cambiar mi nombre por el de Alexander porque, por razones que desconozco, se queda sólo en cuatro caracteres y encima más bonitos y sencillos, y por lo tanto es más barato. Ya está convencido y no lo entiendo pues quien paga soy yo
Todavía me parece recordar el agudo sonido de aquella máquina muy parecido al torno de un dentista y que me produce los mismos escalofríos y la gasa que me pasa aquella manaza manchada de negro periódicamente y que me alivia un poco de los pinchazos y de la escocedura. Y recuerdo también las suaves palabras que en todo momento me dirige aquella chica y de sus caricias en mi pelo, en mi cara y brazos, y sobre todo no puedo olvidar que gracias a ella, hoy no llevo en mi espalda la mayor horterada que imaginarse pueda, y que me habría costado mucho sufrimiento eliminar, y encima en español.
No tardan mucho en hacérmelo, no me resulta muy caro tampoco, pero cuando bajamos las escaleras camino de la calle con el gran cabrón a mi lado y pienso que me he dejado decorar para él, para su uso exclusivo, pienso también, que al menos podría habérmelo pagado. Pero no.
Cuaderno XXII
Como te decía al principio del relato anterior, algunas veces hasta íbamos mi dueño y yo juntos a relajarnos al cine. Sí, pero no íbamos precisamente a la filmoteca, no te vayas a creer. Tampoco se puede decir que fuéramos a ver películas de arte y ensayo. Aunque ahora que lo recuerdo casi siempre las pelis que veíamos eran extranjeras, suecas y danesas precisamente, sí, y además sin doblar y sin subtítulos. Daba igual, no tenían mucho diálogo tampoco.
Un día quedamos en uno de los muchos cines que a la sazón rodeaban la Puerta del Sol de Madrid. Todos aquellos cines solían ser lugares de encuentro a los que acudían tíos a ligar con otros tíos aun cuando las películas que proyectaban solían ser de porno hetero. En aquella tarde quedamos para ir al cine Carretas porque alguien le había dicho que en ese cine había mucho rollo. Teníamos que ir al cine por separado, y yo sentarme en una fila concreta, exactamente en la antepenúltima fila y si podía ser al lado de la pared, mejor que mejor.
A mí aquello me pareció una cosa rarísima pues nadie queda para ir al cine, dentro del mismo cine, pero acabé pensando que era otra de las extravagancias del fulano éste para darse morbo y calentarse. La cosa consistía en que, una vez sentado yo, él se acercaría a ligar conmigo, como si no nos conociéramos de nada, y estaríamos ligando durante toda la película.
No sé si te lo puedes imaginar pero, aún cuando puedas pensar que no, para mí era un bochorno de la hostia ir solo a todos esos sitios. Y es que encima las taquilleras de aquellos cines había que verlas lo feas que eran generalmente, y lo despeinadas que estaban. La de este cine, la pobre, pasaba por lo menos de los 80, fijo. Me pidió el carné de identidad, tuvo ese detalle, no fueran a pervertirme dentro siendo menor de edad. De no haber tenido 18 años me habría evitado el espanto, estoy seguro aunque no creo que en ese momento se lo hubiera agradecido. Me habría gustado decirla que se hiciera un moldeador.
Y luego estaba el tío de la puerta, fumando Bisonte, los dedos amarillos de la nicotina, flaco, ojos saltones, y con bigote de aquellos pequeñito y con una gorra de plato gris. A la vez que cortaba las entradas actuaba de acomodador, por lo menos en aquel tugurio. Te miraba intensamente de arriba abajo con aquellos ojos de sapo y con expresión en la cara de: ¨ya tenemos aquí a otro maricón¨. Eso era al menos lo que yo pensaba mientras entraba en aquel lugar todo lo deprisa que podía a la vez que me moría de la vergüenza y notaba el calor en mi cara. El pobre acomodador a lo mejor ni siquiera pensaba tal cosa. Bastante tenía pienso hoy con aguantar todas las tardes en aquel antro de dudosa reputación. Bueno, de dudosa para nada.
Le dije a este probo trabajador muy educadamente que me colocara hacia el final del cine y el tío va y me contesta:
- Sí, ya, ya........
No pude colocarme al lado de la pared pues todas esas butacas estaban ya ocupadas, y en algún caso, me pareció que, incluso, por dos personas, una sentada encima de la otra. Pero no, no, eso no podía ser. Debió de ser el contraste de la falta de luz al entrar en la sala que me ciega y me hace ver visiones.
En la antepenúltima fila hay varias butacas vacías pero bastante alejadas del pasillo. Hasta que llego a esos asientos vacíos es la hostia. Fue como recorrer la famosa ruta Ho Chi Minh del sexo cutre: tíos con la polla fuera, cabezas que se levantan a mi paso y a la luz de la mortecina linterna, tíos haciendo pajas a los tíos que tenían al lado, tíos levantándose del suelo a mi paso..........
Mientras hago el recorrido hasta mi anhelado asiento, infinitas manos me toquetean todo lo posible el culo al pasar, y la polla y si no me desnudan allí mismo es porque no me detengo nada más que lo imprescindible para pasar. También lo intentan con zancadillas para ver si con un poco de suerte me caigo encima. Bueno, aquello era más que alucinante.
Cuando después de dar varios manotazos, patadas y pisotones por fin llegué a los asientos vacíos estaba al borde del ataque de nervios o al menos con éstos a flor de piel. Tras sentarme en una de aquellas ansiadas butacas estuve un rato largo casi sin respirar y desde luego sin moverme, esperando que mi dueño apareciera. Cuando pude por fin relajarme aproveché el momento para contemplar el panorama que se desarrollaba ente mí. Lo hice girando los ojos a derecha e izquierda sin atreverme a mover la cabeza lo más mínimo. Algunos de aquellos tíos se levantaban de sus asientos y se paseaban de un lado a otro del antro esperando que alguien los llamara para ponerse de rodillas delante él o tirarse a los pies de alguna butaca. Había gente de pie follando la boca de gente sentada sin importarles quién miraba y quién no lo hacía. Detrás de mí se oían los estentóreos gemidos y jadeos propios de quien está follando descaradamente. No me atrevía ni a girar la cabeza siquiera pero por los ostentosos ruidos producidos era improbable otra actividad.
Ante mis ojos ocurrió una escena a la que no podía dar crédito. Había una pareja sentada delante de mí. Uno de los tíos se había acercado a la butaca del otro unos momentos antes. Uno de ellos noté que tenía el pelo como raro, el otro tenía rizos y parecía más joven. Tras mirarse unos instantes, el del pelo raro bajó la cabeza para realizar algo que no vi pero que era fácil imaginar en aquel antro. Tras un rato bastante largo en el que el de los rizos hizo todos los movimientos agitados posibles en una butaca, y ambos todos los ruidos habidos y por haber, evidentes y palmarios de lo que allí estaba ocurriendo, cuando acabaron y el del pelo raro levantó otra vez la cabeza, ya no tenía pelo raro alguno. Estaba más calvo que una bola de billar. Cuando al tocarse la cabeza se dio cuenta de la falta de la peluca la buscó por los suelos, la encontró tras unos instantes a gatas y se la colocó de nuevo sobre la cabeza tal como le cayó, de cualquier manera. Además de darme un flash de la leche, y una impresión que no te puedo contar creí que los ojos se me salían de las órbitas. ¿Y yo que creía que aquello iba pegado a la cabeza?
Y pasó media hora y mi amo no se dignó aparecer. Empecé a comprender que me estaba vigilando y poniéndome a prueba sin darse a notar. Qué bien se lo habrá pasado el muy cabrón, cuánto no se habrá divertido y cuánto no habrá disfrutado a mi costa viendo mi entrada gloriosa en aquella sala y viéndome hacer aquel recorrido infame entre las butacas.
Pienso todo lo anterior mientras me trato de concentrar en la película porno que ni categoría de esto tiene, pues es una malísima y aburridísima sucesión de retales añadidos de antiguas películas porno francesas, y que tan pronto es en color como en blanco y negro. Antiquísima, digo, por lo que se puede apreciar en cuanto a lo apagado de los colores de la copia, la mala iluminación, lo pasadísimo de moda que están las pocas ropas que sacan los lánguidos actores que aparecen, los ridículos peinados de éstos con unos flequillos de auténtica risa. En fin, tampoco el público estaba allí para ver algo mejor.
Y pasó otro cuarto de hora y el muy mamón tampoco apareció. Yo, me empiezo a inquietar más todavía de lo que ya estaba. Me impaciento, miro, y busco, a un lado y al otro. Y giro mi cabeza a derecha e izquierda. Y miro para atrás una y otra vez. Y los tíos que se empiezan a creer que los busco y que los solicito a ellos y como si de una señal se tratara comienzan a insinuarse y a mirarme y a cambiarse de butacas y acercarse a la mía.
Rechacé a varios pensando que era eso lo que mi amo querría. Pero nada, éste siguió sin dar señales de vida. Yo estaba muy nervioso, pero a la vez me iba excitando poco a poco con todo lo que me ocurría y todo lo que veía a mi alrededor. Pero no podía dejar, en modo alguno que me echaran la mano encima porque, si no, no habría fuerza humana capaz de rechazarlos sin escuchar un:
- ¡calientapollas¡- a voz en grito o cualquier otra perla de semejante cariz.
Tampoco era fácil, por no decir imposible, marcharse de aquel lugar incólume. Estaba dispuesto a aguantar casi cualquier cosa antes de volver a recorrer la abrupta ruta Hochi. Tan encendido y excitado como me estaba poniendo empecé a pensar que quizá lo que mi amo en verdad quería era verme entregado a aquellos tíos para excitarse y darse morbo a mi costa, que lo que buscaba era ver cómo me dejaba meter mano por ellos, o cómo les daba rabo. Empecé a pensar que si así me comportaba quizá mi amo recapacitaría y aprovecharía la situación para, saliendo de su escondite, salvarme en el último momento.
Llevaba ya casi una hora en el cine y empecé a impacientarme temiendo que estuviera muy enfadado conmigo por no haber actuado antes en ese sentido. Joder, encima me entrarían las prisas. Los tíos que rechacé al principio, ya hartos, se marchaban en busca de otras presas menos altivas, presas con menos miramientos y menos escrúpulos. Varios asientos alrededor de mí estaban ya libres. Pero fue empezar a mirar con un poco más de detenimiento, que no tardaron en volver a llenarse.
Se sentó a mi lado un tío, que no acierto ni a describir porque ni siquiera lo miré. Justo en el momento que lo hizo yo no tuve que hacer otra cosa que abrirme de piernas. Más que sentado estaba tumbado sobre mi espalda encima de los muelles del asiento, que ni esto era de lo roto que estaba. El pavo en cuestión rápidamente me echó mano al cipote, que te confieso tenía superempalmado en esos momentos. Empezó a meneármelo por encima del pantalón con tal saña que reconozco me puso bastante más arrebatado de lo que ya estaba. Él se puso muy cachondo también si es que no venía así ya de casa, y bastante loco, hasta el punto que me agarró de la camisa y de un fuerte tirón me saltó todos los botones.
- Pero, tío ¿qué haces? No me jodas, no me jodas. ¿Que hago yo ahora? - Creo que también le dije que era un poco imbécil, aunque no me acuerdo bien y alguna otra barbaridad semejante, pero creo que es mejor que te ahorre los detalles que además nada aportan.
De todos los botones que tenía aquella camisa sólo se salvaron dos, el del cuello que nunca usaba, y el de abajo del todo que para nada necesitaba porque entraba dentro de los pantalones. Este tío capullo ya me puso de mala leche. Le quité la mano de la polla y quise pasar de él, pero insistía en seguir metiéndome mano. Le di de patadas por debajo de los asientos, pero siguió en su afán. Me tuve que cambiar de asiento para que desistiera pero me siguió y volvió a sentarse a mi lado. Me volví a levantar dándole de manotazos. Por fin se cansó y diciéndome algo que no entendí o no quise entender se piró.
Pero ya había dado todos los datos al resto de alienígenas. No estaba en ese cine por equivocación sino que también me iba la marcha como al que más, como ya había dejado demostrado con el tío del tirón de camisa. A partir de ese momento mis butacas adyacentes nunca estuvieron vacías, se acercaban a velocidad fulgurante, por un lado y por el otro, uno detrás de otro. Si rechazaba a uno, en cuanto se iba, enseguida venía otro alienígena a ocupar su lugar. Y hubo otros muchos que sólo miraron sin atreverse a acercarse.
A mí me excitaba sobremanera saber que era objeto del deseo de todos aquellos tíos, no puedo negártelo. Me gustaba saber que a cualquiera de ellos que hubiera llamado habría venido a hacerme lo que yo hubiera querido, que se habrían puesto a mis pies. No estaba acostumbrado a ese poder y era la primera vez que lo experimentaba. Cierto que no eran tíos muy agraciados, ni jóvenes, aunque de todo había en aquel tugurio, pero me gustó saber que tenía cierta capacidad de atracción. Sí, me sentía la reina de aquel lugar en medio de toda mi corte.
Se acercó a mi butaca un tío y empezó a mirarme descaradamente pero sin decidirse a nada en concreto. Yo, una vez que alguien se sentaba a mi lado, con aire de displicencia y desdén apenas me dignaba a mirarle. Su alteza real sólo esperaba la llegada del más deseado en cualquier momento, pero como todos los que disfrutan de semejante calificativo, además de dejarse desear también se dejaba querer porque seguía sin aparecer.
Abierto impúdica y obscenamente de patas, con las tetas al aire, con todo mi paquete bien evidente pues mi rabo está duro e inhiesto y sobre todo, harto ya de esperar alguna actuación que no llega, miro brevemente al tío de la izquierda a la cara y bajo a continuación la vista para mirar mi entrepierna. ¿Qué más quiere este tío? ¿Se decidirá a hacer algo o no?, pienso desesperado, ya me tiene un poco mosca, no dispongo de toda la tarde.
Y por fin, tras mi mirada y como si de una señal de permiso se tratara, el tío del asiento vecino, muy pausadamente, se decide a actuar, acerca su cabeza a la mía y con una voz profunda de cavernícola, me dice al oído:
- ¿Quieres que te coma la cebolleta?
- ¿Cómo? ¿Qué has dicho que me quieres comer?- Le pregunto yo, estupefacto, y no muy convencido de haber oído bien
- La cebolleta, tío. La polla, coño. Quiero comerte la polla,- me contesta el tío, echándome mano a la misma, ahora con decisión, para que no me quedara ninguna duda de a lo que se refería.
- Vale, vale, tranquilo- le digo yo a la vez que me abro la cremallera de la bragueta, me bajo los pantalones y dejo al aire un rabazo más duro que una piedra, palpitante y ansioso.
Y aquel cortesano venido de Marte, ahora ya sin inútiles demoras, agacha despacito la cabeza y empieza a comerme el rabo. Como le molesta el apoyabrazos que hay entre nosotros decide ponerse de rodillas delante de mí, mientras yo, tiento despacito su cabeza con cierta grima y aversión para comprobar el estado de su cabellera. Sí, el pelo ya le ralea un poco por detrás pero es al menos fijo, algo grasiento, eso sí, pero fijo al fin y al cabo que es lo importante.
El voraz tripero de cebolletas me besa la misma mucho al principio, sí, se saca la lengua, y la mueve alrededor de mi glande dando suaves vueltecitas una y otro vez sin cansarse, intenta meterla por el orificio central, me gusta, con la mano alrededor de mi miembro acaricia con el dedo pulgar la cabeza de la polla y también intenta meter el dedo por el orificio, me gusta también, me agarra de los huevos estrujándomelos con decisión y después tirando de ellos con firmeza, para acabar volteándomelos y apretándomelos hasta que siento un fuerte calor muy rico, su lengua, en verdad muy juguetona baja y sube a todo lo largo de la polla hasta los huevos que también chupa y lame cuando no me los espachurra.
A veces, el tío, intenta meterme un dedo por el culo, pero aunque se lo chupa para lubricarlo y facilitar la maniobra es muy difícil, pues me obligaría a levantar los muslos y apoyar los pies en el asiento delantero u otra posición incluso peor. Además, hoy no quiero, no estoy para que me toqueteen el culo, y menos en este lugar depravado que habría escandalizado a la misma Sodoma. No. Hoy me siento como en el centro de la fiesta, de la gran bacanal, admirado como una reinona de la antigua Babilonia, y caprichosa y antojadiza como me siento necesito y exijo a mi corte de extraterrestres, otro tipo de placeres.
Placeres como éstos que me están dando ahora, por ejemplo. Necesito que me sigan comiendo el rabo a la vista de todos, eso me excita y me pone mucho. Sí, quiero que saque su lengua enterita, cuanto más larga mejor, y me restriegue mi polla por ella mientras su mano me pajea. Exijo también sentir mi glande en su garganta, sí, que me hagan garganta profunda sería un gran placer, follarme su garganta y comprobar como ésta se va dilatando poco a poco al paso de mi polla, será la mejor recompensa que me podrían hacer esta tarde única forma de compensar tanta afrenta padecida, tanta vejación sufrida, tanto ultraje.
Pero, no sé, siento que hay algo extraño, algo que no sabría explicar. En algún momento noto algo especial en esta mamada, no sé, es diferente, claro que tampoco tengo mucha experiencia en mamadas, y para mí es difícil apreciar la diferencia, pero no, no es en absoluto como las que me hacía Pierre cuando estaba a buenas conmigo, y hasta ahora únicas mamadas experimentadas por mí.
Aquellas mamadas de Pierre eran infinitamente más suaves, más sensuales y voluptuosas, más delicadas, más con los labios, con muchos lametones, eso sí, y también hasta dentro, hasta su misma garganta, una y otra vez, pero jamás sentí sus dientes, para nada. Esta mamada en cambio es más......más.........cómo decirlo, más superficial más como con su lengua fuera, y ……y cuando por fin la mamada es más profunda obligada por la fuerte presión de mi mano sobre su nuca, participan demasiado los dientes, sí…….es como si éstos acompañaran a la polla en todo su recorrido mientras ésta entra y sale de la boca del pavo, y parece …….parece, digo, como si no quisieran soltarla, como si se aferraran a ella, como si un resorte o muelle forzara a los dientes a apretarse sobre el rabo, no es que hagan daño, no, no es esa la cuestión, pero sentir los dientes, así, axialmente, a todo lo largo de la polla, es como desagradable o al menos, no es el placer que alguien espera recibir cuando le comen a uno la polla. Y es que parece, como que los dientes se mueven de una manera extraña, sí, parece que van en dirección contraria al movimiento de la felación, como si no estuvieran fijos en la mandíbula, como si estuvieran locos, como si fueran a su criterio, a su puta bola, parece que en algún momento, incluso, intentan salirse de su posición natural y toda la boca fuera a salir agarrada a la polla.
¡Joder¡, cuando me di cuenta de que el tío aquel que me comía la polla de aquella forma tan rara, tenía una dentadura postiza y que metía sus dedos para evitar que se le saliera de la boca, y que hacía verdaderos esfuerzos para volvérsela a fijar en su sitio, me dio un asco de la hostia, y es aún a día de hoy que siento la misma impresión. Sólo de pensarlo se me eriza todo.
- ¿Cómo? ¿Pero esto qué es tío? Ufffffffff ………No, no, paso, tío,- le digo – levántate que ya está bien por hoy. Es suficiente – Mientras me subo los pantalones y me meto la polla dentro del pantalón me entran unas ganas tremendas de decirle que paso de que me coma la cebolleta otra vez, que ni de coña, otro día quizá, con más calma, con otra predisposición, en fin que no.
- ¿Prefieres mejor que te la casque?- me contesta con mucho interés y muy buena voluntad
- Que no, que no, déjalo tío ya -paso de que me casque la cebolleta también. Definitivamente me había enfriado cantidad pues la impresión padecida no había sido para menos.
Dada mi frialdad el tío acaba marchándose y en su lugar llega, sin tardar mucho, otra joya con la que adornaría mi corona imperial aquella dichosa tarde. El último pavo en sentarse a mi vera lo hace por mi derecha por el lado de la pared. Hace rato que le he visto y lleva observándome bastante. Tarda en decidirse, pero cuando por fin lo hace, me entra de una manera muy original. Claro, que había tenido tiempo suficiente para pensarlo.
- Oye, déjame mamarte la polla y comerte las tetillas.
Original o no, yo, la verdad, después de la experiencia con el de la dentadura postiza, yo no estaba para mamadas. Además, llevaba en aquel antro más de dos horas, la película aquella hecha de retales empezaba otra vez, sesión tras sesión, mi camisa estaba rota, que ni sabía qué diría en casa, ni cómo volvería a ella sin botones, mi amo seguía sin aparecer, yo me estaba cansando cantidad y ya estaba perdiendo la poca paciencia que me quedaba.
Noto que el tío en cuestión está excitadísimo, se lo noto por lo notable del paquete en el pantalón. Me coge la mano y me la lleva a su rabo, intentando que se lo magree, pero tras unos brevísimos instantes de tocamiento, paso de seguir sobando, y lo hago con estudiada altivez, la reina hoy soy yo, y es a mí a quien hay que darle gusto esta tarde, por fin, alguna vez me toca.
El del paquetón me mete mano para acariciarme las tetas, la cosa no le resulta difícil pues, prácticamente, están al aire, me las aprieta, noto, no muy delicadamente, pero bueno, me dejo hacer pues estoy excitado como una perra callejera a pesar del de la prótesis y del lujo babilónico que me rodea, el tío baja la cabeza y me empieza a comer la tetilla derecha, mientras que con una mano me acaricia de forma un poquito brusca todo el resto del torso, empieza a mover la cabeza como haciendo circulitos con la boca alrededor de la tetilla, y de repente y sin previo aviso, me da, el tío, tal mordiscón, y con tal saña, que pegué un grito de la hostia, que se oyó en todo el cine, a la vez que no pude evitar pegarle un par de puñetazos en la cabeza por el tremendo dolor que me había provocado, además de patadas por debajo de los asientos.
Fue un escándalo de la leche, y suficiente. Me levanté, ya más que harto, e inicié la marcha de allí a pesar de las dificultades que entrañaba tener que volver a hacerlo a través de la ruta Hochi, hasta llegar al pasillo y de allí hasta la puerta. Recuerdo que todo eran risas y comentarios jocosos y desternillantes de todos los colores. Sólo recuerdo algunos como por ejemplo:
- Pues anda que no es delicado el niño.......- Pero dicho así con un cierto tintineo lacerante.
y otro:
- Si, sí, ni que lo digas, hay que ver que sensibilidad. – Todo dicho también de manera harto sarcástica.
Yo, a la vez que escuchaba todo esto, iba recorriendo la fila de butacas camino de la pasillo, aguantando las manazas de unos y otros. A mí vez, iba soltando improperios a diestro y siniestro, del tipo:
-Antes de hablar sácate primero eso que tienes en la boca, ¡imbécil¡
Yo, que no me podía creer que me estuviera pasando todo aquello, estaba abochornadísimo porque hasta ese entonces lo más raro que yo había hecho en un cine era ver una película de Passolini.
Y encima sólo me quedaban dos botones en la camisa y el del cuello me apretaba una barbaridad y no podía usarlo. Cuando salí a la calle tuve que ir con los brazos cruzados para mantener los pliegues de la camisa cerrados y con una mano me tapaba la parte de arriba. La cosa era en verdad ridícula.
Esperé al imbécil de mi amo a la salida del cine, que imaginaba se habría excitado sobremanera a la vista de mi humillación pública y con mis gritos y con el escándalo final. Pero el muy cretino tampoco se dignó aparecer. Quién sabe, quizá me tuvo miedo, porque en ese momento, estaba tan irritado que si llega a aparecer no sé lo que habría sido capaz de hacerle.
Cerca de tres horas después de la hora de la cita bajé, con los brazos cruzados, a coger el metro de Opera para volver a mi casa sin hacer trasbordo. Al pasar por el anuncio del cine Pleyel me acordé de repente que era en ese cine donde habíamos en verdad quedado, y no en el Carretas. Un escalofrío me recorrió toda la espalda y me sentí como lo que era........
.............. como un auténtico gilipollas.
Un día quedamos en uno de los muchos cines que a la sazón rodeaban la Puerta del Sol de Madrid. Todos aquellos cines solían ser lugares de encuentro a los que acudían tíos a ligar con otros tíos aun cuando las películas que proyectaban solían ser de porno hetero. En aquella tarde quedamos para ir al cine Carretas porque alguien le había dicho que en ese cine había mucho rollo. Teníamos que ir al cine por separado, y yo sentarme en una fila concreta, exactamente en la antepenúltima fila y si podía ser al lado de la pared, mejor que mejor.
A mí aquello me pareció una cosa rarísima pues nadie queda para ir al cine, dentro del mismo cine, pero acabé pensando que era otra de las extravagancias del fulano éste para darse morbo y calentarse. La cosa consistía en que, una vez sentado yo, él se acercaría a ligar conmigo, como si no nos conociéramos de nada, y estaríamos ligando durante toda la película.
No sé si te lo puedes imaginar pero, aún cuando puedas pensar que no, para mí era un bochorno de la hostia ir solo a todos esos sitios. Y es que encima las taquilleras de aquellos cines había que verlas lo feas que eran generalmente, y lo despeinadas que estaban. La de este cine, la pobre, pasaba por lo menos de los 80, fijo. Me pidió el carné de identidad, tuvo ese detalle, no fueran a pervertirme dentro siendo menor de edad. De no haber tenido 18 años me habría evitado el espanto, estoy seguro aunque no creo que en ese momento se lo hubiera agradecido. Me habría gustado decirla que se hiciera un moldeador.
Y luego estaba el tío de la puerta, fumando Bisonte, los dedos amarillos de la nicotina, flaco, ojos saltones, y con bigote de aquellos pequeñito y con una gorra de plato gris. A la vez que cortaba las entradas actuaba de acomodador, por lo menos en aquel tugurio. Te miraba intensamente de arriba abajo con aquellos ojos de sapo y con expresión en la cara de: ¨ya tenemos aquí a otro maricón¨. Eso era al menos lo que yo pensaba mientras entraba en aquel lugar todo lo deprisa que podía a la vez que me moría de la vergüenza y notaba el calor en mi cara. El pobre acomodador a lo mejor ni siquiera pensaba tal cosa. Bastante tenía pienso hoy con aguantar todas las tardes en aquel antro de dudosa reputación. Bueno, de dudosa para nada.
Le dije a este probo trabajador muy educadamente que me colocara hacia el final del cine y el tío va y me contesta:
- Sí, ya, ya........
No pude colocarme al lado de la pared pues todas esas butacas estaban ya ocupadas, y en algún caso, me pareció que, incluso, por dos personas, una sentada encima de la otra. Pero no, no, eso no podía ser. Debió de ser el contraste de la falta de luz al entrar en la sala que me ciega y me hace ver visiones.
En la antepenúltima fila hay varias butacas vacías pero bastante alejadas del pasillo. Hasta que llego a esos asientos vacíos es la hostia. Fue como recorrer la famosa ruta Ho Chi Minh del sexo cutre: tíos con la polla fuera, cabezas que se levantan a mi paso y a la luz de la mortecina linterna, tíos haciendo pajas a los tíos que tenían al lado, tíos levantándose del suelo a mi paso..........
Mientras hago el recorrido hasta mi anhelado asiento, infinitas manos me toquetean todo lo posible el culo al pasar, y la polla y si no me desnudan allí mismo es porque no me detengo nada más que lo imprescindible para pasar. También lo intentan con zancadillas para ver si con un poco de suerte me caigo encima. Bueno, aquello era más que alucinante.
Cuando después de dar varios manotazos, patadas y pisotones por fin llegué a los asientos vacíos estaba al borde del ataque de nervios o al menos con éstos a flor de piel. Tras sentarme en una de aquellas ansiadas butacas estuve un rato largo casi sin respirar y desde luego sin moverme, esperando que mi dueño apareciera. Cuando pude por fin relajarme aproveché el momento para contemplar el panorama que se desarrollaba ente mí. Lo hice girando los ojos a derecha e izquierda sin atreverme a mover la cabeza lo más mínimo. Algunos de aquellos tíos se levantaban de sus asientos y se paseaban de un lado a otro del antro esperando que alguien los llamara para ponerse de rodillas delante él o tirarse a los pies de alguna butaca. Había gente de pie follando la boca de gente sentada sin importarles quién miraba y quién no lo hacía. Detrás de mí se oían los estentóreos gemidos y jadeos propios de quien está follando descaradamente. No me atrevía ni a girar la cabeza siquiera pero por los ostentosos ruidos producidos era improbable otra actividad.
Ante mis ojos ocurrió una escena a la que no podía dar crédito. Había una pareja sentada delante de mí. Uno de los tíos se había acercado a la butaca del otro unos momentos antes. Uno de ellos noté que tenía el pelo como raro, el otro tenía rizos y parecía más joven. Tras mirarse unos instantes, el del pelo raro bajó la cabeza para realizar algo que no vi pero que era fácil imaginar en aquel antro. Tras un rato bastante largo en el que el de los rizos hizo todos los movimientos agitados posibles en una butaca, y ambos todos los ruidos habidos y por haber, evidentes y palmarios de lo que allí estaba ocurriendo, cuando acabaron y el del pelo raro levantó otra vez la cabeza, ya no tenía pelo raro alguno. Estaba más calvo que una bola de billar. Cuando al tocarse la cabeza se dio cuenta de la falta de la peluca la buscó por los suelos, la encontró tras unos instantes a gatas y se la colocó de nuevo sobre la cabeza tal como le cayó, de cualquier manera. Además de darme un flash de la leche, y una impresión que no te puedo contar creí que los ojos se me salían de las órbitas. ¿Y yo que creía que aquello iba pegado a la cabeza?
Y pasó media hora y mi amo no se dignó aparecer. Empecé a comprender que me estaba vigilando y poniéndome a prueba sin darse a notar. Qué bien se lo habrá pasado el muy cabrón, cuánto no se habrá divertido y cuánto no habrá disfrutado a mi costa viendo mi entrada gloriosa en aquella sala y viéndome hacer aquel recorrido infame entre las butacas.
Pienso todo lo anterior mientras me trato de concentrar en la película porno que ni categoría de esto tiene, pues es una malísima y aburridísima sucesión de retales añadidos de antiguas películas porno francesas, y que tan pronto es en color como en blanco y negro. Antiquísima, digo, por lo que se puede apreciar en cuanto a lo apagado de los colores de la copia, la mala iluminación, lo pasadísimo de moda que están las pocas ropas que sacan los lánguidos actores que aparecen, los ridículos peinados de éstos con unos flequillos de auténtica risa. En fin, tampoco el público estaba allí para ver algo mejor.
Y pasó otro cuarto de hora y el muy mamón tampoco apareció. Yo, me empiezo a inquietar más todavía de lo que ya estaba. Me impaciento, miro, y busco, a un lado y al otro. Y giro mi cabeza a derecha e izquierda. Y miro para atrás una y otra vez. Y los tíos que se empiezan a creer que los busco y que los solicito a ellos y como si de una señal se tratara comienzan a insinuarse y a mirarme y a cambiarse de butacas y acercarse a la mía.
Rechacé a varios pensando que era eso lo que mi amo querría. Pero nada, éste siguió sin dar señales de vida. Yo estaba muy nervioso, pero a la vez me iba excitando poco a poco con todo lo que me ocurría y todo lo que veía a mi alrededor. Pero no podía dejar, en modo alguno que me echaran la mano encima porque, si no, no habría fuerza humana capaz de rechazarlos sin escuchar un:
- ¡calientapollas¡- a voz en grito o cualquier otra perla de semejante cariz.
Tampoco era fácil, por no decir imposible, marcharse de aquel lugar incólume. Estaba dispuesto a aguantar casi cualquier cosa antes de volver a recorrer la abrupta ruta Hochi. Tan encendido y excitado como me estaba poniendo empecé a pensar que quizá lo que mi amo en verdad quería era verme entregado a aquellos tíos para excitarse y darse morbo a mi costa, que lo que buscaba era ver cómo me dejaba meter mano por ellos, o cómo les daba rabo. Empecé a pensar que si así me comportaba quizá mi amo recapacitaría y aprovecharía la situación para, saliendo de su escondite, salvarme en el último momento.
Llevaba ya casi una hora en el cine y empecé a impacientarme temiendo que estuviera muy enfadado conmigo por no haber actuado antes en ese sentido. Joder, encima me entrarían las prisas. Los tíos que rechacé al principio, ya hartos, se marchaban en busca de otras presas menos altivas, presas con menos miramientos y menos escrúpulos. Varios asientos alrededor de mí estaban ya libres. Pero fue empezar a mirar con un poco más de detenimiento, que no tardaron en volver a llenarse.
Se sentó a mi lado un tío, que no acierto ni a describir porque ni siquiera lo miré. Justo en el momento que lo hizo yo no tuve que hacer otra cosa que abrirme de piernas. Más que sentado estaba tumbado sobre mi espalda encima de los muelles del asiento, que ni esto era de lo roto que estaba. El pavo en cuestión rápidamente me echó mano al cipote, que te confieso tenía superempalmado en esos momentos. Empezó a meneármelo por encima del pantalón con tal saña que reconozco me puso bastante más arrebatado de lo que ya estaba. Él se puso muy cachondo también si es que no venía así ya de casa, y bastante loco, hasta el punto que me agarró de la camisa y de un fuerte tirón me saltó todos los botones.
- Pero, tío ¿qué haces? No me jodas, no me jodas. ¿Que hago yo ahora? - Creo que también le dije que era un poco imbécil, aunque no me acuerdo bien y alguna otra barbaridad semejante, pero creo que es mejor que te ahorre los detalles que además nada aportan.
De todos los botones que tenía aquella camisa sólo se salvaron dos, el del cuello que nunca usaba, y el de abajo del todo que para nada necesitaba porque entraba dentro de los pantalones. Este tío capullo ya me puso de mala leche. Le quité la mano de la polla y quise pasar de él, pero insistía en seguir metiéndome mano. Le di de patadas por debajo de los asientos, pero siguió en su afán. Me tuve que cambiar de asiento para que desistiera pero me siguió y volvió a sentarse a mi lado. Me volví a levantar dándole de manotazos. Por fin se cansó y diciéndome algo que no entendí o no quise entender se piró.
Pero ya había dado todos los datos al resto de alienígenas. No estaba en ese cine por equivocación sino que también me iba la marcha como al que más, como ya había dejado demostrado con el tío del tirón de camisa. A partir de ese momento mis butacas adyacentes nunca estuvieron vacías, se acercaban a velocidad fulgurante, por un lado y por el otro, uno detrás de otro. Si rechazaba a uno, en cuanto se iba, enseguida venía otro alienígena a ocupar su lugar. Y hubo otros muchos que sólo miraron sin atreverse a acercarse.
A mí me excitaba sobremanera saber que era objeto del deseo de todos aquellos tíos, no puedo negártelo. Me gustaba saber que a cualquiera de ellos que hubiera llamado habría venido a hacerme lo que yo hubiera querido, que se habrían puesto a mis pies. No estaba acostumbrado a ese poder y era la primera vez que lo experimentaba. Cierto que no eran tíos muy agraciados, ni jóvenes, aunque de todo había en aquel tugurio, pero me gustó saber que tenía cierta capacidad de atracción. Sí, me sentía la reina de aquel lugar en medio de toda mi corte.
Se acercó a mi butaca un tío y empezó a mirarme descaradamente pero sin decidirse a nada en concreto. Yo, una vez que alguien se sentaba a mi lado, con aire de displicencia y desdén apenas me dignaba a mirarle. Su alteza real sólo esperaba la llegada del más deseado en cualquier momento, pero como todos los que disfrutan de semejante calificativo, además de dejarse desear también se dejaba querer porque seguía sin aparecer.
Abierto impúdica y obscenamente de patas, con las tetas al aire, con todo mi paquete bien evidente pues mi rabo está duro e inhiesto y sobre todo, harto ya de esperar alguna actuación que no llega, miro brevemente al tío de la izquierda a la cara y bajo a continuación la vista para mirar mi entrepierna. ¿Qué más quiere este tío? ¿Se decidirá a hacer algo o no?, pienso desesperado, ya me tiene un poco mosca, no dispongo de toda la tarde.
Y por fin, tras mi mirada y como si de una señal de permiso se tratara, el tío del asiento vecino, muy pausadamente, se decide a actuar, acerca su cabeza a la mía y con una voz profunda de cavernícola, me dice al oído:
- ¿Quieres que te coma la cebolleta?
- ¿Cómo? ¿Qué has dicho que me quieres comer?- Le pregunto yo, estupefacto, y no muy convencido de haber oído bien
- La cebolleta, tío. La polla, coño. Quiero comerte la polla,- me contesta el tío, echándome mano a la misma, ahora con decisión, para que no me quedara ninguna duda de a lo que se refería.
- Vale, vale, tranquilo- le digo yo a la vez que me abro la cremallera de la bragueta, me bajo los pantalones y dejo al aire un rabazo más duro que una piedra, palpitante y ansioso.
Y aquel cortesano venido de Marte, ahora ya sin inútiles demoras, agacha despacito la cabeza y empieza a comerme el rabo. Como le molesta el apoyabrazos que hay entre nosotros decide ponerse de rodillas delante de mí, mientras yo, tiento despacito su cabeza con cierta grima y aversión para comprobar el estado de su cabellera. Sí, el pelo ya le ralea un poco por detrás pero es al menos fijo, algo grasiento, eso sí, pero fijo al fin y al cabo que es lo importante.
El voraz tripero de cebolletas me besa la misma mucho al principio, sí, se saca la lengua, y la mueve alrededor de mi glande dando suaves vueltecitas una y otro vez sin cansarse, intenta meterla por el orificio central, me gusta, con la mano alrededor de mi miembro acaricia con el dedo pulgar la cabeza de la polla y también intenta meter el dedo por el orificio, me gusta también, me agarra de los huevos estrujándomelos con decisión y después tirando de ellos con firmeza, para acabar volteándomelos y apretándomelos hasta que siento un fuerte calor muy rico, su lengua, en verdad muy juguetona baja y sube a todo lo largo de la polla hasta los huevos que también chupa y lame cuando no me los espachurra.
A veces, el tío, intenta meterme un dedo por el culo, pero aunque se lo chupa para lubricarlo y facilitar la maniobra es muy difícil, pues me obligaría a levantar los muslos y apoyar los pies en el asiento delantero u otra posición incluso peor. Además, hoy no quiero, no estoy para que me toqueteen el culo, y menos en este lugar depravado que habría escandalizado a la misma Sodoma. No. Hoy me siento como en el centro de la fiesta, de la gran bacanal, admirado como una reinona de la antigua Babilonia, y caprichosa y antojadiza como me siento necesito y exijo a mi corte de extraterrestres, otro tipo de placeres.
Placeres como éstos que me están dando ahora, por ejemplo. Necesito que me sigan comiendo el rabo a la vista de todos, eso me excita y me pone mucho. Sí, quiero que saque su lengua enterita, cuanto más larga mejor, y me restriegue mi polla por ella mientras su mano me pajea. Exijo también sentir mi glande en su garganta, sí, que me hagan garganta profunda sería un gran placer, follarme su garganta y comprobar como ésta se va dilatando poco a poco al paso de mi polla, será la mejor recompensa que me podrían hacer esta tarde única forma de compensar tanta afrenta padecida, tanta vejación sufrida, tanto ultraje.
Pero, no sé, siento que hay algo extraño, algo que no sabría explicar. En algún momento noto algo especial en esta mamada, no sé, es diferente, claro que tampoco tengo mucha experiencia en mamadas, y para mí es difícil apreciar la diferencia, pero no, no es en absoluto como las que me hacía Pierre cuando estaba a buenas conmigo, y hasta ahora únicas mamadas experimentadas por mí.
Aquellas mamadas de Pierre eran infinitamente más suaves, más sensuales y voluptuosas, más delicadas, más con los labios, con muchos lametones, eso sí, y también hasta dentro, hasta su misma garganta, una y otra vez, pero jamás sentí sus dientes, para nada. Esta mamada en cambio es más......más.........cómo decirlo, más superficial más como con su lengua fuera, y ……y cuando por fin la mamada es más profunda obligada por la fuerte presión de mi mano sobre su nuca, participan demasiado los dientes, sí…….es como si éstos acompañaran a la polla en todo su recorrido mientras ésta entra y sale de la boca del pavo, y parece …….parece, digo, como si no quisieran soltarla, como si se aferraran a ella, como si un resorte o muelle forzara a los dientes a apretarse sobre el rabo, no es que hagan daño, no, no es esa la cuestión, pero sentir los dientes, así, axialmente, a todo lo largo de la polla, es como desagradable o al menos, no es el placer que alguien espera recibir cuando le comen a uno la polla. Y es que parece, como que los dientes se mueven de una manera extraña, sí, parece que van en dirección contraria al movimiento de la felación, como si no estuvieran fijos en la mandíbula, como si estuvieran locos, como si fueran a su criterio, a su puta bola, parece que en algún momento, incluso, intentan salirse de su posición natural y toda la boca fuera a salir agarrada a la polla.
¡Joder¡, cuando me di cuenta de que el tío aquel que me comía la polla de aquella forma tan rara, tenía una dentadura postiza y que metía sus dedos para evitar que se le saliera de la boca, y que hacía verdaderos esfuerzos para volvérsela a fijar en su sitio, me dio un asco de la hostia, y es aún a día de hoy que siento la misma impresión. Sólo de pensarlo se me eriza todo.
- ¿Cómo? ¿Pero esto qué es tío? Ufffffffff ………No, no, paso, tío,- le digo – levántate que ya está bien por hoy. Es suficiente – Mientras me subo los pantalones y me meto la polla dentro del pantalón me entran unas ganas tremendas de decirle que paso de que me coma la cebolleta otra vez, que ni de coña, otro día quizá, con más calma, con otra predisposición, en fin que no.
- ¿Prefieres mejor que te la casque?- me contesta con mucho interés y muy buena voluntad
- Que no, que no, déjalo tío ya -paso de que me casque la cebolleta también. Definitivamente me había enfriado cantidad pues la impresión padecida no había sido para menos.
Dada mi frialdad el tío acaba marchándose y en su lugar llega, sin tardar mucho, otra joya con la que adornaría mi corona imperial aquella dichosa tarde. El último pavo en sentarse a mi vera lo hace por mi derecha por el lado de la pared. Hace rato que le he visto y lleva observándome bastante. Tarda en decidirse, pero cuando por fin lo hace, me entra de una manera muy original. Claro, que había tenido tiempo suficiente para pensarlo.
- Oye, déjame mamarte la polla y comerte las tetillas.
Original o no, yo, la verdad, después de la experiencia con el de la dentadura postiza, yo no estaba para mamadas. Además, llevaba en aquel antro más de dos horas, la película aquella hecha de retales empezaba otra vez, sesión tras sesión, mi camisa estaba rota, que ni sabía qué diría en casa, ni cómo volvería a ella sin botones, mi amo seguía sin aparecer, yo me estaba cansando cantidad y ya estaba perdiendo la poca paciencia que me quedaba.
Noto que el tío en cuestión está excitadísimo, se lo noto por lo notable del paquete en el pantalón. Me coge la mano y me la lleva a su rabo, intentando que se lo magree, pero tras unos brevísimos instantes de tocamiento, paso de seguir sobando, y lo hago con estudiada altivez, la reina hoy soy yo, y es a mí a quien hay que darle gusto esta tarde, por fin, alguna vez me toca.
El del paquetón me mete mano para acariciarme las tetas, la cosa no le resulta difícil pues, prácticamente, están al aire, me las aprieta, noto, no muy delicadamente, pero bueno, me dejo hacer pues estoy excitado como una perra callejera a pesar del de la prótesis y del lujo babilónico que me rodea, el tío baja la cabeza y me empieza a comer la tetilla derecha, mientras que con una mano me acaricia de forma un poquito brusca todo el resto del torso, empieza a mover la cabeza como haciendo circulitos con la boca alrededor de la tetilla, y de repente y sin previo aviso, me da, el tío, tal mordiscón, y con tal saña, que pegué un grito de la hostia, que se oyó en todo el cine, a la vez que no pude evitar pegarle un par de puñetazos en la cabeza por el tremendo dolor que me había provocado, además de patadas por debajo de los asientos.
Fue un escándalo de la leche, y suficiente. Me levanté, ya más que harto, e inicié la marcha de allí a pesar de las dificultades que entrañaba tener que volver a hacerlo a través de la ruta Hochi, hasta llegar al pasillo y de allí hasta la puerta. Recuerdo que todo eran risas y comentarios jocosos y desternillantes de todos los colores. Sólo recuerdo algunos como por ejemplo:
- Pues anda que no es delicado el niño.......- Pero dicho así con un cierto tintineo lacerante.
y otro:
- Si, sí, ni que lo digas, hay que ver que sensibilidad. – Todo dicho también de manera harto sarcástica.
Yo, a la vez que escuchaba todo esto, iba recorriendo la fila de butacas camino de la pasillo, aguantando las manazas de unos y otros. A mí vez, iba soltando improperios a diestro y siniestro, del tipo:
-Antes de hablar sácate primero eso que tienes en la boca, ¡imbécil¡
Yo, que no me podía creer que me estuviera pasando todo aquello, estaba abochornadísimo porque hasta ese entonces lo más raro que yo había hecho en un cine era ver una película de Passolini.
Y encima sólo me quedaban dos botones en la camisa y el del cuello me apretaba una barbaridad y no podía usarlo. Cuando salí a la calle tuve que ir con los brazos cruzados para mantener los pliegues de la camisa cerrados y con una mano me tapaba la parte de arriba. La cosa era en verdad ridícula.
Esperé al imbécil de mi amo a la salida del cine, que imaginaba se habría excitado sobremanera a la vista de mi humillación pública y con mis gritos y con el escándalo final. Pero el muy cretino tampoco se dignó aparecer. Quién sabe, quizá me tuvo miedo, porque en ese momento, estaba tan irritado que si llega a aparecer no sé lo que habría sido capaz de hacerle.
Cerca de tres horas después de la hora de la cita bajé, con los brazos cruzados, a coger el metro de Opera para volver a mi casa sin hacer trasbordo. Al pasar por el anuncio del cine Pleyel me acordé de repente que era en ese cine donde habíamos en verdad quedado, y no en el Carretas. Un escalofrío me recorrió toda la espalda y me sentí como lo que era........
.............. como un auténtico gilipollas.
Cuaderno XXIII
Mentiría si te dijera que todos mis encuentros mercenarios en aquella época fueron tan desagradables como con el tío aquel del sacacorchos o con el del armario ropero. Hubo otros que fueron muy gratos y placenteros. No fueron muchos, es verdad, pero algunos hubo. Recuerdo uno en el que el tío fue muy enrollado y atento conmigo. No podría olvidarme del nombre de aquel hombre aunque quisiera, que tampoco quiero. Y no podría, porque fue el primero con quien me atreví a ponerle los cuernos a mi chulo.
Si exceptúo aquel ligerísimo escarceo con Pierre en la ducha de casa de Christian cuando volvimos de la sierra hace ya casi año y medio, nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera engañar sexualmente a ¨mi angel¨. Nunca pensé que alguien pudiera interesarme lo suficiente como para arriesgarme a montármelo a solas con él, sin que mi chulo lo supiera o me diera su permiso.
Hoy, con la serenidad que a uno le aporta el paso de los años, pienso que, necesariamente habría de ocurrir así, pues nadie puede permanecer indefinidamente en el tiempo en una situación tan lastimosa como la que yo tenía en aquellos momentos sin que, tarde o temprano, caiga en las manos de alguien que provoque un giro radical en tu existencia. Para bien o para peor, eso según la suerte de cada cual. En mi caso concreto no fue un giro radical en mi vida, porque en ningún momento me ligué sentimentalmente con él. Aquello fue más bién físico, pero fue para bien, al menos, económicamente porque fue el primero que me hizo tomar conciencia de mi propia situación.
Sí. Este encuentro se produjo mucho antes de que entrara a formar parte del reparto de mis propios beneficios. Pero si esto alguna vez pudo ocurrir fue, en parte gracias a Bill. Yo estaba acostumbrado a los banquetazos y he aquí que un tío además de follarme, y follarme bien, me acaricia, y me trata de lujo. Era una persona experimentada, que ha vivido mucho, que ha conocido muchas personas, que ha follado mucho. Se interesa por mi vida y me pregunta por mi situación, me da la suficiente confianza como para contársela, y es el primero que empieza a concienciarme, no para que deje las actividades venales, no entra en cuestionamientos morales, sino al contrario para que saque provecho de ellas, que buena falta me hace. Gracias a él, sólo necesitaré de otros impulsos, para que mi situación de un cambio y al menos, obtenga un beneficio.
Sea como fuere el caso es que me encontré, en un frió sábado de finales de otoño, camino de Aranjuez, en un destartalado tren y sentado sobre unos asientos de eskay completamente rajados. Se me había ordenado que fuera vestido con una cazadora de cuero negra, una camisa verde y unos pantalones vaqueros. Era la primera vez que salía de Madrid para realizar una de estas actividades tan lucrativas a las que me tenían dedicado.
Llegué a las diez de la mañana a la estación de Aranjuez con una tembladera que hasta las uñas de los pies notaba que se me movían. No sé si tiritaba por aquel frío ártico de aquella mañana o de los nervios por no saber lo que me esperaba a 50 Km de mi ciudad, en este nuevo encuentro. Había pensado que con el paso del tiempo me iría acostumbrando a estas actividades y que todo me lo tomaría con más calma, pero estaba claro que necesitaría que pasara todavía más tiempo.
Debía quedarme cerca del puesto de periódicos y esperar. No tardó mucho en aproximarse a mí, un tipo de pelo cortísimo, moreno, delgado y aproximadamente de mi altura.
-Hola, ¿eres Alejandro? -dijo
-Sí -dije
-Yo soy Billy –dijo
-Encantado -dije
Por la sonrisa con la que me recibió, pretendió ser amable. Yo en cambio reconozco que le contesté con frialdad, pero es que no era para menos dado el ambiente boreal de aquella mañana de otoño. Cuando me dio la mano no dejé de notar que era fina, y que tenía las uñas muy recortadas, para nada parecidas a las del tipo de la gatera. Él, no sé si notó mi castañeteo de dientes. Era apuesto, debía estar en los cuarenta, quizás algunos más. Tenía la tez pálida. Fumaba. Me gustó.
-¿Quieres tomar un café? Parece que tienes frío –dijo
-No, gracias –dije –mejor nos vamos a tu casa si te parece bien –dije
-Como quieras –dijo
Se rió, compró tabaco en el bar y salimos de la estación. Yo, en esos momentos, sólo pensaba en acabar la chapa cuanto antes. Sólo de pensar que estaba a 50 Km de Madrid y el tiempo que me llevaría el viaje de vuelta, como que no me apetecía para nada entretenerme.
Subimos a su coche, en donde en algún momento imaginé que me metería mano, por eso me repanchingué sobre el asiento, pero no, y tras pasearme un rato por la zona del Palacio, llegamos a una zona de chalés adosados, rodeada de muchos y variados árboles, muchos de ellos cortados, estos últimos quizá olmos, con muchas, muchas hojas que nadie había recogido por el suelo, qué bien, porque qué manía le tiene todo el mundo al otoño, con lo bonitas que son las hojas sobre el suelo.
Cuando subimos a su casa, y nada más abrir la puerta, salió a recibirnos un perro, yo me acordé del tío de la gatera, me eché a temblar aún más, y me puse en lo peor. Otro igual, pensé, a saber cuales son los gustos de éste. El perro, que era pequeño y juguetón, no dejó de hacerle fiestas y a ladrar y saltar alrededor de él, y éste no dejó de acariciarlo, y darle achuchones, y hablarle como si de una persona se tratara. Nos presentó y todo, y al perro no me pareció que yo le cayera mal en absoluto, pues también se vino hacia mí, a hacerme gracias, y presto a recibir de mí caricias y carantoñas. Ver el comportamiento de aquel tipo con su perro me gustó y me relajó un poco, porque me demostró que era tierno y que no carecía de sensibilidad y que, probablemente, era alguien en quien era posible confiar.
Su casa también me gustó mucho, no era como aquella mugrienta gatera, era grande y confortable y sobretodo, decorada con un gusto exquisito, más del que, sé, nunca tendré yo. Entramos a un muy espacioso salón donde enseguida empecé a entrar en calor. Por varias razones.
Primero, por la calefacción y el contraste con el frío glacial exterior, segundo por las imágenes de la peli porno que Billy tenía puesta en el video de la televisión, es una peli rara, con tíos que llevan atados del cuello a otros tíos, tíos que se desplazan a cuatro patas por el suelo tirados por cadenas por otros tíos, tíos que comen en el suelo, tíos husmeando a otro tíos, y cosas similares, me excitó esta visión, y tercero, porque enfrente de mí y casi sin darme tiempo a quitarme la chaqueta de cuero, Billy empieza a meterme mano por detrás. Yo me dejo hacer, y le miro fijamente a los ojos esperando deducir algo de su mirada, me habría gustado que me besara, nuestras bocas están tan cerca, pero creo que es uno de esos tipos que besan poco, mala suerte, nadie es perfecto, noto que me espeta con el dedo, lo hace suavemente mientras me aprieta contra su cuerpo, me abro el botón del pantalón para facilitarle la tarea a la vez que cierro los ojos, de nada me sirven si no deduzco nada en la mirada del otro, intento acercar mi cara a la suya por si se desliza algún beso perdido, pero nada, ni siquiera intenta pegar su cara a la mía, sigue metiéndome el dedo a la vez que empiezo a impacientarme y a querer algo más, la impaciencia es uno de mis principales defectos entre otros muchos, mi cuerpo se dobla al compás de su dedo, me abro los botones de la bragueta y ya tiene todo el camino libre para lo que quiera de mí, me da la vuelta y me apoya contra una pared mientras sigue jugando con mi culo, cambia de dedo, me mete su pulgar y el resto de dedos me acaricia los huevos, el más grueso de los dedos sabe muy bien donde tiene que presionar, me excito sobremanera, y ya la impaciencia me impide seguir callado, le pido que por favor me folle, me lubrica con aquella crema con sabor a fresa y se pone un condón, y todo ello hace que me parezca que tarda horrores, me penetró tan bien y tan suavemente que ni la siento, no noté para nada el pedazo de miembro que tenía hasta mucho tiempo después. Enfrente de mi cara, colgada en la pared había una especie de máscara africana de madera o algo similar, no lo recuerdo bien, y cuando empezaron las acometidas aunque fueron cadenciosas y suaves al principio, temí que la máscara fuera a sacarme un ojo, pero logré sortearla y disfrutar de aquella espetada, cuando aumentó el ritmo de su rabo, yo ya me dejé llevar, empecé a gemir y a jadear y entonces el perro empezó también a ladrar y aquello se transformó en un jolgorio que yo temí que los vecinos alucinaran, pero debían estar ya acostumbrados. Hay un espejo a la izquierda de nosotros, del que no me he percatado hasta ahora, y que refleja todo lo que hacemos, me excita un montón ver como me folla, ambos estamos vestidos con los pantalones en las rodillas, sigo jadeando y empiezo a pedirle que me folle más duro, me hace caso y yo me empiezo a morir del gusto, cuando se percata de mis dificultades con la máscara, me cambia de lugar, aprovecha y me cambia también de posición, le encantan estos cambios. Me empieza a follar doblado, dejándome que apoye las manos sobre la mesa pequeña del salón enfrente de la televisión, y desde esta posición veo aquellos tíos con los collares al cuello dejándose arrastrar por otros tíos y me da un morbo que apenas lo puedo describir, el lo nota, porque aumenta su ritmo y la profundidad de su penetración, y mis músculos anales empiezan a ir por libre y a cerrarse espasmódicamente sobre su rabo que le encanta, ya no gimo, ahora grito y casi lloro, lo haré del todo en algún momento de aquel día, mis lágrimas de placer caerán por toda mi cara cuando su polla presione mi próstata en otra posición más propicia para ello. Le gustan los poppers y tira del frasquito que es un gusto, nunca mejor dicho, me ofrece gentilmente, pero yo lo rechazo y no me fuerza a usarlo, es todo un detalle que yo aprecio, no quiero malos rollos, ni jamacucos, ni dolores de cabeza al día siguiente, cuando él lo usa, noto que su miembro se pone más duro y me parece que más grande y como que me embiste mejor y jadea más, no quiero que se corra y se lo digo, me dice que aguanta bastante, pero que es él quien decide cuándo y cómo, lo acepto pues estoy allí para eso, me baja y me pone de rodillas con mi pecho sobre la mesa, sus manos me indican que tengo que ser yo, ahora, quien haga todos los movimientos mientras él descansa un poco, y siento que a él le gusta que sea yo quien me encule. No habla mucho mientras folla, al contrario que yo que no puedo parar de pedirle cómo quiero que me lo haga, y no sé si es que siempre me hace caso, o es que me gustaría de cualquier forma que me lo hiciera, al caso es que todas me van bien, el tío tiene una técnica perfecta, se le nota que ha follado mucho, esto yo lo detecto rápido, alterna las emboladas superficiales con las profundas, el ritmo suave con el frenético, cualquier dirección que tomara su miembro siempre encontraría a mi próstata enfrente, presionándola placenteramente. Yo le entrego el culo cada vez con más gusto y como tarda mucho en correrse me produce mucho placer, tanto como hacía mucho tiempo no sentía.
Pero no acabaría la cosa aquí, la cosa no había hecho más que comenzar
Si exceptúo aquel ligerísimo escarceo con Pierre en la ducha de casa de Christian cuando volvimos de la sierra hace ya casi año y medio, nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera engañar sexualmente a ¨mi angel¨. Nunca pensé que alguien pudiera interesarme lo suficiente como para arriesgarme a montármelo a solas con él, sin que mi chulo lo supiera o me diera su permiso.
Hoy, con la serenidad que a uno le aporta el paso de los años, pienso que, necesariamente habría de ocurrir así, pues nadie puede permanecer indefinidamente en el tiempo en una situación tan lastimosa como la que yo tenía en aquellos momentos sin que, tarde o temprano, caiga en las manos de alguien que provoque un giro radical en tu existencia. Para bien o para peor, eso según la suerte de cada cual. En mi caso concreto no fue un giro radical en mi vida, porque en ningún momento me ligué sentimentalmente con él. Aquello fue más bién físico, pero fue para bien, al menos, económicamente porque fue el primero que me hizo tomar conciencia de mi propia situación.
Sí. Este encuentro se produjo mucho antes de que entrara a formar parte del reparto de mis propios beneficios. Pero si esto alguna vez pudo ocurrir fue, en parte gracias a Bill. Yo estaba acostumbrado a los banquetazos y he aquí que un tío además de follarme, y follarme bien, me acaricia, y me trata de lujo. Era una persona experimentada, que ha vivido mucho, que ha conocido muchas personas, que ha follado mucho. Se interesa por mi vida y me pregunta por mi situación, me da la suficiente confianza como para contársela, y es el primero que empieza a concienciarme, no para que deje las actividades venales, no entra en cuestionamientos morales, sino al contrario para que saque provecho de ellas, que buena falta me hace. Gracias a él, sólo necesitaré de otros impulsos, para que mi situación de un cambio y al menos, obtenga un beneficio.
Sea como fuere el caso es que me encontré, en un frió sábado de finales de otoño, camino de Aranjuez, en un destartalado tren y sentado sobre unos asientos de eskay completamente rajados. Se me había ordenado que fuera vestido con una cazadora de cuero negra, una camisa verde y unos pantalones vaqueros. Era la primera vez que salía de Madrid para realizar una de estas actividades tan lucrativas a las que me tenían dedicado.
Llegué a las diez de la mañana a la estación de Aranjuez con una tembladera que hasta las uñas de los pies notaba que se me movían. No sé si tiritaba por aquel frío ártico de aquella mañana o de los nervios por no saber lo que me esperaba a 50 Km de mi ciudad, en este nuevo encuentro. Había pensado que con el paso del tiempo me iría acostumbrando a estas actividades y que todo me lo tomaría con más calma, pero estaba claro que necesitaría que pasara todavía más tiempo.
Debía quedarme cerca del puesto de periódicos y esperar. No tardó mucho en aproximarse a mí, un tipo de pelo cortísimo, moreno, delgado y aproximadamente de mi altura.
-Hola, ¿eres Alejandro? -dijo
-Sí -dije
-Yo soy Billy –dijo
-Encantado -dije
Por la sonrisa con la que me recibió, pretendió ser amable. Yo en cambio reconozco que le contesté con frialdad, pero es que no era para menos dado el ambiente boreal de aquella mañana de otoño. Cuando me dio la mano no dejé de notar que era fina, y que tenía las uñas muy recortadas, para nada parecidas a las del tipo de la gatera. Él, no sé si notó mi castañeteo de dientes. Era apuesto, debía estar en los cuarenta, quizás algunos más. Tenía la tez pálida. Fumaba. Me gustó.
-¿Quieres tomar un café? Parece que tienes frío –dijo
-No, gracias –dije –mejor nos vamos a tu casa si te parece bien –dije
-Como quieras –dijo
Se rió, compró tabaco en el bar y salimos de la estación. Yo, en esos momentos, sólo pensaba en acabar la chapa cuanto antes. Sólo de pensar que estaba a 50 Km de Madrid y el tiempo que me llevaría el viaje de vuelta, como que no me apetecía para nada entretenerme.
Subimos a su coche, en donde en algún momento imaginé que me metería mano, por eso me repanchingué sobre el asiento, pero no, y tras pasearme un rato por la zona del Palacio, llegamos a una zona de chalés adosados, rodeada de muchos y variados árboles, muchos de ellos cortados, estos últimos quizá olmos, con muchas, muchas hojas que nadie había recogido por el suelo, qué bien, porque qué manía le tiene todo el mundo al otoño, con lo bonitas que son las hojas sobre el suelo.
Cuando subimos a su casa, y nada más abrir la puerta, salió a recibirnos un perro, yo me acordé del tío de la gatera, me eché a temblar aún más, y me puse en lo peor. Otro igual, pensé, a saber cuales son los gustos de éste. El perro, que era pequeño y juguetón, no dejó de hacerle fiestas y a ladrar y saltar alrededor de él, y éste no dejó de acariciarlo, y darle achuchones, y hablarle como si de una persona se tratara. Nos presentó y todo, y al perro no me pareció que yo le cayera mal en absoluto, pues también se vino hacia mí, a hacerme gracias, y presto a recibir de mí caricias y carantoñas. Ver el comportamiento de aquel tipo con su perro me gustó y me relajó un poco, porque me demostró que era tierno y que no carecía de sensibilidad y que, probablemente, era alguien en quien era posible confiar.
Su casa también me gustó mucho, no era como aquella mugrienta gatera, era grande y confortable y sobretodo, decorada con un gusto exquisito, más del que, sé, nunca tendré yo. Entramos a un muy espacioso salón donde enseguida empecé a entrar en calor. Por varias razones.
Primero, por la calefacción y el contraste con el frío glacial exterior, segundo por las imágenes de la peli porno que Billy tenía puesta en el video de la televisión, es una peli rara, con tíos que llevan atados del cuello a otros tíos, tíos que se desplazan a cuatro patas por el suelo tirados por cadenas por otros tíos, tíos que comen en el suelo, tíos husmeando a otro tíos, y cosas similares, me excitó esta visión, y tercero, porque enfrente de mí y casi sin darme tiempo a quitarme la chaqueta de cuero, Billy empieza a meterme mano por detrás. Yo me dejo hacer, y le miro fijamente a los ojos esperando deducir algo de su mirada, me habría gustado que me besara, nuestras bocas están tan cerca, pero creo que es uno de esos tipos que besan poco, mala suerte, nadie es perfecto, noto que me espeta con el dedo, lo hace suavemente mientras me aprieta contra su cuerpo, me abro el botón del pantalón para facilitarle la tarea a la vez que cierro los ojos, de nada me sirven si no deduzco nada en la mirada del otro, intento acercar mi cara a la suya por si se desliza algún beso perdido, pero nada, ni siquiera intenta pegar su cara a la mía, sigue metiéndome el dedo a la vez que empiezo a impacientarme y a querer algo más, la impaciencia es uno de mis principales defectos entre otros muchos, mi cuerpo se dobla al compás de su dedo, me abro los botones de la bragueta y ya tiene todo el camino libre para lo que quiera de mí, me da la vuelta y me apoya contra una pared mientras sigue jugando con mi culo, cambia de dedo, me mete su pulgar y el resto de dedos me acaricia los huevos, el más grueso de los dedos sabe muy bien donde tiene que presionar, me excito sobremanera, y ya la impaciencia me impide seguir callado, le pido que por favor me folle, me lubrica con aquella crema con sabor a fresa y se pone un condón, y todo ello hace que me parezca que tarda horrores, me penetró tan bien y tan suavemente que ni la siento, no noté para nada el pedazo de miembro que tenía hasta mucho tiempo después. Enfrente de mi cara, colgada en la pared había una especie de máscara africana de madera o algo similar, no lo recuerdo bien, y cuando empezaron las acometidas aunque fueron cadenciosas y suaves al principio, temí que la máscara fuera a sacarme un ojo, pero logré sortearla y disfrutar de aquella espetada, cuando aumentó el ritmo de su rabo, yo ya me dejé llevar, empecé a gemir y a jadear y entonces el perro empezó también a ladrar y aquello se transformó en un jolgorio que yo temí que los vecinos alucinaran, pero debían estar ya acostumbrados. Hay un espejo a la izquierda de nosotros, del que no me he percatado hasta ahora, y que refleja todo lo que hacemos, me excita un montón ver como me folla, ambos estamos vestidos con los pantalones en las rodillas, sigo jadeando y empiezo a pedirle que me folle más duro, me hace caso y yo me empiezo a morir del gusto, cuando se percata de mis dificultades con la máscara, me cambia de lugar, aprovecha y me cambia también de posición, le encantan estos cambios. Me empieza a follar doblado, dejándome que apoye las manos sobre la mesa pequeña del salón enfrente de la televisión, y desde esta posición veo aquellos tíos con los collares al cuello dejándose arrastrar por otros tíos y me da un morbo que apenas lo puedo describir, el lo nota, porque aumenta su ritmo y la profundidad de su penetración, y mis músculos anales empiezan a ir por libre y a cerrarse espasmódicamente sobre su rabo que le encanta, ya no gimo, ahora grito y casi lloro, lo haré del todo en algún momento de aquel día, mis lágrimas de placer caerán por toda mi cara cuando su polla presione mi próstata en otra posición más propicia para ello. Le gustan los poppers y tira del frasquito que es un gusto, nunca mejor dicho, me ofrece gentilmente, pero yo lo rechazo y no me fuerza a usarlo, es todo un detalle que yo aprecio, no quiero malos rollos, ni jamacucos, ni dolores de cabeza al día siguiente, cuando él lo usa, noto que su miembro se pone más duro y me parece que más grande y como que me embiste mejor y jadea más, no quiero que se corra y se lo digo, me dice que aguanta bastante, pero que es él quien decide cuándo y cómo, lo acepto pues estoy allí para eso, me baja y me pone de rodillas con mi pecho sobre la mesa, sus manos me indican que tengo que ser yo, ahora, quien haga todos los movimientos mientras él descansa un poco, y siento que a él le gusta que sea yo quien me encule. No habla mucho mientras folla, al contrario que yo que no puedo parar de pedirle cómo quiero que me lo haga, y no sé si es que siempre me hace caso, o es que me gustaría de cualquier forma que me lo hiciera, al caso es que todas me van bien, el tío tiene una técnica perfecta, se le nota que ha follado mucho, esto yo lo detecto rápido, alterna las emboladas superficiales con las profundas, el ritmo suave con el frenético, cualquier dirección que tomara su miembro siempre encontraría a mi próstata enfrente, presionándola placenteramente. Yo le entrego el culo cada vez con más gusto y como tarda mucho en correrse me produce mucho placer, tanto como hacía mucho tiempo no sentía.
Pero no acabaría la cosa aquí, la cosa no había hecho más que comenzar