Cuaderno XXIV
Tras correrse creí que Bill me volvería a llevar a la estación, y que allí se acabaría todo, pero no. Es entonces cuando me manda despojarme de todas mis ropas y cuando lo hago, deduzco por la expresión de su cara, que no le gusta demasiado mi desnudo. Ya me lo temía yo, pues siempre he creído que estoy demasiado delgado, por eso no me importaba nada, que me follara vestido. Ahora, ya no tenía forma de ocultarle mis pocos encantos.
Sin embargo y para mi sorpresa, no es mi delgadez lo que le disgusta, al contrario, para nada me quiere más gordo. Son mis calzoncillos estilo Fraga, dice, y mi vello corporal lo que le desagradan. Lo de los calzoncillos lo entiendo perfectamente pues siempre los he usado grandotes porque me gusta ir pendulón, pero lo del vello, sí me extraña, pues tampoco tengo tanto. El primer inconveniente lo soluciona, muy elegantemente, regalándome unos calzoncillos suyos, ajustaditos, de alegres y vivos colores. Para lo segundo, y puesto que a él los chicos le gustan completamente rasurados, sólo queda una solución, y estará dispuesto a llevarla a la práctica sin mucha dilación. La solución es depilarme.
Pone una toalla grande sobre el sofá y me manda tumbarme sobre ella, me pasa la máquina y en unos minutos ha acabado con el pecho, sigue con los muslos y parte del pubis. Me excito con esta operación de una manera que si para mí es imposible disimularlo, para él es imposible no verlo. Era como estar en sus manos de una manera total. Y le encantó ver cómo mi rabo se ponía duro sólo del morbo que sentía por verle rasurarme.
Pareciera como si me estuviera preparando para venderme en un mercado de esclavos a la antigua usanza y al mejor postor. Era como si quisiera tenerme lo más atractivo posible para sacar de mí el máximo provecho, el máximo fruto. O como si quisiera exhibirme en algún distinguido burdel y cualquier transacción dependiera de mi mejor apariencia física.
Cuando me pone la crema de afeitar en los huevos yo no puedo sino estremecerme porque, además de las caricias que eso supone necesariamente, me siento muy entregado a él dejándome hacer todo aquello. En ese momento cierro los ojos, y siento más lujuria y morbo ahora, que el que he sentido nunca. Desde luego más del que he sentido ante cualquiera de esas malas bestias que he conocido portando una vara de bambú en la mano, y dispuestas a ponerte el culo rojo, injusta y frívolamente, sin ninguna razón aparente.
Cuando la cuchilla pasa por mis testículos hay que añadir, a la propia excitación general que siento, la perturbación y la zozobra que provoca el miedo al corte de tal instrumento por semejante parte. Pero no hay motivos para el temor, para nada, que va, el tío lo hace genial, con mucho tacto y delicadeza y no es la primera vez que lo hace, de eso estaba seguro.
Cuando termina y me manda darme la vuelta, yo me pregunto qué más quiere hacer conmigo, pero Billy, todo parece tenerlo muy claro, quiere acabar la faena rasurándome el culo. En ningún momento creí que llegara a tanto, pero con decisión me da crema de afeitar en el culo y me mete la cuchilla que, aunque lo hace con mucha suavidad y abriendo bien los carrillos, yo me acojono, pues no es para menos, y porque además está el perro, coño, que no deja de pulular por los alrededores, pegando saltos y agitándose y dando ladridos y subiéndose y bajándose del sofá, e intentando dar lametones a diestro y siniestro.
Por cierto, que no parece el perro tener muchos celos de mí, al contrario, en cada oportunidad que las ocasiones le permiten se sube encima de mi cuerpo e intenta olisquearme, chuparme y lamerme. Yo, en su lugar, no sé si habría sido tan condescendiente.
-Te depilo el culo para poder manejártelo mejor – dijo
y a lo largo de todo aquel dichoso día, y de otros que por suerte para mí vinieron, no dejaría de comprobar, que nunca antes lo de ¨manejártelo¨, fue mejor dicho como en este caso.
-Me encanta manipular y fistear el culo de los tíos y me gusta que esté suavecito. No me gustan los pelos para nada. –dijo.
Y yo le creí, pues todo me lo estaba dejando meridianamente claro en la práctica, y desde luego lo estaba haciendo, de la forma más elegante y refinada que conozco. Esta operación de depilación me sedujo más que cualquier extravagante o rebuscada situación morbosa y desde luego más que imaginarme estar de rodillas ante un falo de dimensiones siderales.
Cuando por fin termina la operación de esquileo me manda meterme en la ducha para que el agua acabe con todos los pelos sueltos. Para mi sorpresa se mete en el agua conmigo y me enjabona bien, todo, el culo incluido, y por supuesto no desaprovecha la ocasión de meterme algún dedo o varios, no hay problema, todavía estoy bien dilatado, y ansioso, y lo acepto todo, además, el jabón facilita la tarea. Me da la vuelta y me apoya en la pared delicadamente mientras me aclara el cuerpo y la cabeza y me quita bien todo el jabón. En algún momento hasta pienso que, quizá, hasta podría follarme, pero no, se pone de rodillas detrás de mí y me come el culo. Yo para entonces, ya, me siento morir.
Tras secarme y darme un poco de crema hidratante por todo el cuerpo volví al salón donde Billy estaba esperándome sentado en el sofá fumándose un cigarrillo, y por razones que todavía hoy no acabo de entender, en vez de sentarme sobre el sofá a su lado, preferí tumbarme en el suelo, a sus pies.
Y fue entonces cuando Billy, como si se acordara de algo de repente, se levantó, se fue a la puerta principal de la casa y sacó, de un armario adyacente, un collar similar a los que había estado viendo en la peli porno de la televisión. Era un collar de perro descarado, de cuero, negro, grueso, fuerte, con sus tachuelas alrededor y todo, y le colgaba una cadena como a modo de leontina, de metal, y acabada en una argolla no muy grande agarrada al collar, y, sin para nada, preguntar mi opinión, como debe ser, me lo colocó alrededor del cuello.
Según me ejecutaba esta operación yo me excité como lo que sin duda, para entonces ya era, una puta perra callejera en celo, aunque tengo dudas de que esta expresión se pueda aplicar con exactitud a mi caso, pues aunque quisiera, que para nada quiero, no podría olvidarme de mi rabo. Y éste, no me dejó en mal lugar, pues fue sentir sobre mi piel el contacto de aquel collar, su roce, su presión, que mi rabo se empalmó de una manera brutal y fulminante.
Me miré en el amplio espejo del salón, y verme reflejado en él con aquel collar canino alrededor de mi cuello, aquel símbolo de sumisión, de fidelidad, de sometimiento, me dio tal morbo, que aún hoy, mientras rememoro todo aquello para poder escribirte estas páginas, a pesar de los muchos años transcurridos, de los sinsabores y desengaños padecidos, de los errores cometidos, y sobretodo a pesar de la gruesa costra de suciedad acumulada que porto sobre mi piel, debo confesarte, no sin cierto rubor, que siento algo de desazón y no poca inquietud, y estoy seguro que el cosquilleo que siento en la entrepierna y el hormigueo que me sube por la espalda no les son, en modo alguno, ajenos.
Billy, también de inmediato, pudo comprobar que no se había equivocado conmigo, pues al agarrar la argolla de la cadena y tirar hacia abajo de ella, yo me puse de rodillas delante de él sin que una sola palabra saliera de su boca. Y cuando me puso su rabo a la altura de mi boca, yo me lo comí sin necesidad de palabras tampoco, y sin necesidad de ellas me comí sus huevos también, y su culo cuando, en un momento dado, se dio la vuelta. Y al final, cuando uno de sus pies puesto en mi nuca obligó a mi cabeza a bajarse hasta el otro pie tampoco hubo necesidad de mediar palabra para comprender qué es lo que quería. Sí, me lo comí todo sin rechistar.
Y mientras yo hacía todo lo anterior, su otro perro no dejó de dar saltos alrededor de nosotros, ni cesó sus ires y venires, y tampoco paró de ladrar, ni de agitarse y cuando su amo me dio un bombón, en lo que yo entendí un premio por el buen comportamiento demostrado, y me lo dejó en el suelo para que me lo comiera allí, tuve que pelearme con el otro perro porque también él lo quería.
Y cuando acabé de lamer todo el suelo y se me permitió volver cerca del sofá, a la posición de tirado en el suelo desde donde había comenzado todo, Billy empezó a acariciarme la cabeza, la cara, el pecho, ahora sin vello ya mucho más de su gusto, hasta que llegó al culo, que a partir de este momento no dejó de trajinármelo durante todo el resto del día.
Sí porque, o me metía su polla o me metía cuantos dedos quería, pero el caso fue que poco tiempo estuvo mi culo sin actividad mientras permanecí en aquella casa. Ahora comprendo porque tiene las uñas tan recortadas, pensé, y menos mal, porque si tuviera las uñas como el tipo de la gatera, al final de esta jornada, no sé cómo me habría quedado el culo.
En un momento dado Billy me pidió que le calentara los pies porque los sentía fríos. Cuando empecé a acariciárselos y a frotárselos con ambas manos me aclaró, dulcemente, pero con firmeza, que se refería a calentárselos con mi lengua y con mi boca. Perfecto. A mí me encantó hacérselo, sobre todo cuando, de vez en cuando, tiraba de la cadena para recordarme quién era yo y a qué me debía. También me gustó cuando comiéndome uno de sus pies, con el otro jugueteó alrededor del collar, metiendo el dedo gordo entre el collar y mi cuello, sólo porque sabía que eso me excitaría y me pondría caliente como una estufa. No era necesario, pues aunque me gustó el recordatorio de lo que yo representaba en ese momento para él, era imposible estar más caliente, a no ser que quisiera correr el riesgo de salir ardiendo.
Cuando acabé de calentarle los pies, me mandó levantar, me metió un dedo lubricado en el culo, y me enfrentó con el espejo para que viera lo que hacía de mí, cómo me tiraba de la cadena a su voluntad mientras me espetaba el culo y yo no podía sino doblarme por la cintura. Me excité entonces tanto que comencé a masturbarme frenéticamente sólo para que él me viera, y empecé a jadear y a gruñir de gusto, y a moverle con lujuria el espetado culo como su otro perro le movía la cola, y le tuve que pedir, que suplicar por favor, que me ordenara parar porque sino me correría, y si me corría se me quitaría de golpe todo el morbo, y por nada en el mundo querría que se me fuera el morbo aquel día.
No sólo me ordenó parar, también me mandó poner en la posición del cordero colocado en el ara del sacrificio, me pasó la cadena del collar por la espalda, la encajó en toda la raja del culo, metió mi polla por la argolla y, con gran esfuerzo pues no era fácil, y no poco dolor por mi parte que traté de disimular lo mejor que pude, me encajó ambos huevos a través de ella. Estaba completamente inmovilizado pues la longitud de la cadena, que era regulable jugando con los eslabones, era la justa entre mi cuello y mis testículos. Y en este caso muy tirante.
Quienes hayan estado en la situación narrada también habrán pensado, como yo lo pensé en aquel momento, que no hacen falta metros y metros de cuerda para mantener a un tío inmóvil y a merced de otro. Cualquier movimiento de mi cuello era reflejado en mis huevos al instante produciéndome una tirantez dolorosa. O me dañaba los huevos o me ahogaba. Esa era la disyuntiva y ante ella preferí permanecer quieto con la cabeza a media altura y apoyado sobre mis manos.
Pero eso también se acabó pues sacando un par de juegos de esposas del cajón de un armario próximo me sujetó ambas manos a la espalda y ya sólo me pude mantener castigándome las rodillas, y en un equilibrio más que inestable. A continuación y con el otro par de esposas me sujetó los pies. Y así fue como me dio a comer su polla. Y a mí me gustó, sí, pues me la comí con mucho deseo y morbo, y a la vez que me la comía efectuaba suaves movimientos con el coxis de manera que hacía deslizar la cadena por la raja de mi culo produciéndome un suave y delicioso placer, mínimo desde luego, y limitado, pero agradable.
Pero, o bién Billy se dio cuenta de este ínfimo e insignificante placer mío, o bién prefirió cambiar a otro tipo de ligadura en la que nada le impidiera manipularme el culo como a él le gustaba, porque, desatándome la cadena del cuello me la pasó por la parte delantera y ajustándola a la mínima longitud, aquella que a duras penas daba para llegar del cuello a los huevos, me obligó a inclinar mi cabeza, no hasta el suelo pero casi. Sólo poniéndose de rodillas ahora le pude seguir comiendo el rabo. Y lo hice, y siguió gustándome.
Y cuando se cansó de mamadas, y vio que mi cara se ponía roja del ahogo porque ni respirar podía, ni levantarme casi del suelo, tuvo la delicadeza de pasarme la atadura de las esposas por la parte delantera y sólo así pude levantarme con un poco más facilidad. Mínimo alivio fue éste y sólo pasajero, pues no me dejó los brazos libres, sino que pasó las esposas entre la cadena del collar y mi pecho y apenas pude separar las manos de mi cuerpo sin producirme gran dolor. Al menos, pude acariciar mi rabo, y mis huevos, y a ratos aliviar la tirantez de la cadena.
Y en aquella innoble posición anduve recorriendo todo el salón detrás de él, y por la cocina, y le acompañé al cuarto de baño, y a la habitación con la espalda bien doblada, la cabeza baja, humillado, rendido, sometido, como corresponde a un ser servil y sumiso, como no dejaba de ser yo en aquel entonces. Tenía abatida y doblegada mi altivez y mi soberbia completamente, y mi orgullo, si es que alguna vez tuve alguno, con aquellas cadenas que me hacían sentir como lo que era, un ser inferior e insignificante. Quienes hayan disfrutado de estas ataduras sabrán que tengo razón, que no hay posición más placentera y que le haga a uno sentirse más esclavo, y más rastrero, que aquella.
También para Billy, aquélla, era una posición perfecta pues puede manosearme el culo a placer, que es una de las cosas que más le gusta. Aprecio encantado que le pone sobremanera meterme un dedo bien lubricado, y verme la cara de gusto o de vicio que le pongo, sobre todo si es el pulgar, y luego meterme dos, y seguir observándome y si le pido con la cara más, me puede meter tres, y si dilato lo suficiente me metería...........me metería lo que quisiera, pues encadenado y a la merced de él como estaba, ¿qué podría haber hecho yo sino depender de su indulgencia?
Y cuando Billy se cansó de manipularme el culo, y apoyado en la mesa grande de aquel salón, fumando y bebiendo no sé que licor, hizo la gracia de meter su polla en la copa, y aprovechando que mi boca quedaba a la altura de su rabo, me ordenó volver a comérselo, yo, ardiendo como estaba de morbo, lo hice sin rechistar, y cuando al poco rato me preguntó si me había gustado la degustación, yo le dije la verdad, que sí, doblemente, por el licor y por su pollón.
Y viendo mi disponibilidad, mi complacencia, mi deleite, y sobretodo mi anhelo y enorme deseo de rabo me pone de rodillas delante del sofá, suavemente, con mi cabeza ladeada sobre el asiento. Me da, lo que a mí me parecieron, unos suaves y cariñosos cachetes que me hicieron sentir más suyo aún, me lubrica y manipula el culo como sólo él sabe hacerlo, me introduce el dedo pulgar y me presiona allí donde más me gusta, se entretiene justo el tiempo necesario para hacerme gemir de placer, me espeta el culo con otro dedo, quizás dos, o tres, y yo empiezo a agitarme de gozo a pesar de la poca movilidad de la que disfruto.
Y cuando ya no puedo resistir más y me atrevo a pedirle que por favor me folle a placer, me hace enmudecer metiéndome los dedos de su otra mano en la boca, que yo no sé si lo hace porque le disgusta que parlotee tanto, o porque le encanta dar a comer la mano, sus dedos, su canto, la palma, todo. Y yo devoro los dedos con ansia, casi con impudicia, con obscenidad, saben ricos, al lubricante de fresa, sí, al mismo que tan fresquito siento en el culo. Sí, definitivamente, la mano en mi boca es porque le disgusta que hable tanto, ya que enseguida me dice que sólo él, decide, cuándo y cómo insertar su rabo en mi culo. Lo acato muy humildemente como no podría ser de otra manera.
Pero parece ser que nuestros deseos coinciden pues es ahora cuando siento su miembro encapuchado, pero terso y duro, a la entrada de mi ojete, presionando y abriéndose paso muy suavemente como hizo la primera vez. Y mete su brazos por mi pecho y me agarra los hombros de manera que agradezco, pues parece que disminuye la tirantez de la cadena sobre mis huevos. Yo aprovecho la ocasión para acariciarme y estirarme los huevos con una mano y pajearme la polla con la otra. Podría, desde esta posición, desatarme muy fácilmente sacando los huevos que me aprisiona la argolla, pero no quiero, para nada, y no es por miedo, que Bill no me da ninguno, sino por que los necesito allí, así, para darme gusto.
Y tras una frenética y apasionada enculada que duró más tiempo del que sin duda merezco, que me transportó al paraíso, que me hizo aullar, no de dolor, que en absoluto lo hubo, sino de gusto y placer, tras unos espasmos convulsos y agitados que mi culo no pudo dejar de agradecer y de disfrutar, tras una larga y torrencial avenida en la que por fin pude oírle además de sentirle y, tras un muy merecido descanso del ardoroso guerrero en el que pude sentir su peso y oír su respiración agitada y los pálpitos impetuosos de su corazón, Bill me desató de brazos y piernas para aliviar mi privación de libertad y para que me pudiera fumar con él, relajada y placenteramente, un cigarrillo.
Y yo, no sé si como muestra de devoción, o de pleitesía o de agradecimiento por tanta satisfacción recibida, en vez de sentarme en el sofá, a su vera, a su altura, preferí seguir tumbado en el puto suelo, como su otro perro, y con mi cabeza y mis brazos apoyados sobre sus rodillas y muslos, y con mi boca bien dispuesta, para que, cuando él lo tuviera por conveniente, a su capricho, volver a comérmelo entero, de la cabeza a los pies.
Sin embargo y para mi sorpresa, no es mi delgadez lo que le disgusta, al contrario, para nada me quiere más gordo. Son mis calzoncillos estilo Fraga, dice, y mi vello corporal lo que le desagradan. Lo de los calzoncillos lo entiendo perfectamente pues siempre los he usado grandotes porque me gusta ir pendulón, pero lo del vello, sí me extraña, pues tampoco tengo tanto. El primer inconveniente lo soluciona, muy elegantemente, regalándome unos calzoncillos suyos, ajustaditos, de alegres y vivos colores. Para lo segundo, y puesto que a él los chicos le gustan completamente rasurados, sólo queda una solución, y estará dispuesto a llevarla a la práctica sin mucha dilación. La solución es depilarme.
Pone una toalla grande sobre el sofá y me manda tumbarme sobre ella, me pasa la máquina y en unos minutos ha acabado con el pecho, sigue con los muslos y parte del pubis. Me excito con esta operación de una manera que si para mí es imposible disimularlo, para él es imposible no verlo. Era como estar en sus manos de una manera total. Y le encantó ver cómo mi rabo se ponía duro sólo del morbo que sentía por verle rasurarme.
Pareciera como si me estuviera preparando para venderme en un mercado de esclavos a la antigua usanza y al mejor postor. Era como si quisiera tenerme lo más atractivo posible para sacar de mí el máximo provecho, el máximo fruto. O como si quisiera exhibirme en algún distinguido burdel y cualquier transacción dependiera de mi mejor apariencia física.
Cuando me pone la crema de afeitar en los huevos yo no puedo sino estremecerme porque, además de las caricias que eso supone necesariamente, me siento muy entregado a él dejándome hacer todo aquello. En ese momento cierro los ojos, y siento más lujuria y morbo ahora, que el que he sentido nunca. Desde luego más del que he sentido ante cualquiera de esas malas bestias que he conocido portando una vara de bambú en la mano, y dispuestas a ponerte el culo rojo, injusta y frívolamente, sin ninguna razón aparente.
Cuando la cuchilla pasa por mis testículos hay que añadir, a la propia excitación general que siento, la perturbación y la zozobra que provoca el miedo al corte de tal instrumento por semejante parte. Pero no hay motivos para el temor, para nada, que va, el tío lo hace genial, con mucho tacto y delicadeza y no es la primera vez que lo hace, de eso estaba seguro.
Cuando termina y me manda darme la vuelta, yo me pregunto qué más quiere hacer conmigo, pero Billy, todo parece tenerlo muy claro, quiere acabar la faena rasurándome el culo. En ningún momento creí que llegara a tanto, pero con decisión me da crema de afeitar en el culo y me mete la cuchilla que, aunque lo hace con mucha suavidad y abriendo bien los carrillos, yo me acojono, pues no es para menos, y porque además está el perro, coño, que no deja de pulular por los alrededores, pegando saltos y agitándose y dando ladridos y subiéndose y bajándose del sofá, e intentando dar lametones a diestro y siniestro.
Por cierto, que no parece el perro tener muchos celos de mí, al contrario, en cada oportunidad que las ocasiones le permiten se sube encima de mi cuerpo e intenta olisquearme, chuparme y lamerme. Yo, en su lugar, no sé si habría sido tan condescendiente.
-Te depilo el culo para poder manejártelo mejor – dijo
y a lo largo de todo aquel dichoso día, y de otros que por suerte para mí vinieron, no dejaría de comprobar, que nunca antes lo de ¨manejártelo¨, fue mejor dicho como en este caso.
-Me encanta manipular y fistear el culo de los tíos y me gusta que esté suavecito. No me gustan los pelos para nada. –dijo.
Y yo le creí, pues todo me lo estaba dejando meridianamente claro en la práctica, y desde luego lo estaba haciendo, de la forma más elegante y refinada que conozco. Esta operación de depilación me sedujo más que cualquier extravagante o rebuscada situación morbosa y desde luego más que imaginarme estar de rodillas ante un falo de dimensiones siderales.
Cuando por fin termina la operación de esquileo me manda meterme en la ducha para que el agua acabe con todos los pelos sueltos. Para mi sorpresa se mete en el agua conmigo y me enjabona bien, todo, el culo incluido, y por supuesto no desaprovecha la ocasión de meterme algún dedo o varios, no hay problema, todavía estoy bien dilatado, y ansioso, y lo acepto todo, además, el jabón facilita la tarea. Me da la vuelta y me apoya en la pared delicadamente mientras me aclara el cuerpo y la cabeza y me quita bien todo el jabón. En algún momento hasta pienso que, quizá, hasta podría follarme, pero no, se pone de rodillas detrás de mí y me come el culo. Yo para entonces, ya, me siento morir.
Tras secarme y darme un poco de crema hidratante por todo el cuerpo volví al salón donde Billy estaba esperándome sentado en el sofá fumándose un cigarrillo, y por razones que todavía hoy no acabo de entender, en vez de sentarme sobre el sofá a su lado, preferí tumbarme en el suelo, a sus pies.
Y fue entonces cuando Billy, como si se acordara de algo de repente, se levantó, se fue a la puerta principal de la casa y sacó, de un armario adyacente, un collar similar a los que había estado viendo en la peli porno de la televisión. Era un collar de perro descarado, de cuero, negro, grueso, fuerte, con sus tachuelas alrededor y todo, y le colgaba una cadena como a modo de leontina, de metal, y acabada en una argolla no muy grande agarrada al collar, y, sin para nada, preguntar mi opinión, como debe ser, me lo colocó alrededor del cuello.
Según me ejecutaba esta operación yo me excité como lo que sin duda, para entonces ya era, una puta perra callejera en celo, aunque tengo dudas de que esta expresión se pueda aplicar con exactitud a mi caso, pues aunque quisiera, que para nada quiero, no podría olvidarme de mi rabo. Y éste, no me dejó en mal lugar, pues fue sentir sobre mi piel el contacto de aquel collar, su roce, su presión, que mi rabo se empalmó de una manera brutal y fulminante.
Me miré en el amplio espejo del salón, y verme reflejado en él con aquel collar canino alrededor de mi cuello, aquel símbolo de sumisión, de fidelidad, de sometimiento, me dio tal morbo, que aún hoy, mientras rememoro todo aquello para poder escribirte estas páginas, a pesar de los muchos años transcurridos, de los sinsabores y desengaños padecidos, de los errores cometidos, y sobretodo a pesar de la gruesa costra de suciedad acumulada que porto sobre mi piel, debo confesarte, no sin cierto rubor, que siento algo de desazón y no poca inquietud, y estoy seguro que el cosquilleo que siento en la entrepierna y el hormigueo que me sube por la espalda no les son, en modo alguno, ajenos.
Billy, también de inmediato, pudo comprobar que no se había equivocado conmigo, pues al agarrar la argolla de la cadena y tirar hacia abajo de ella, yo me puse de rodillas delante de él sin que una sola palabra saliera de su boca. Y cuando me puso su rabo a la altura de mi boca, yo me lo comí sin necesidad de palabras tampoco, y sin necesidad de ellas me comí sus huevos también, y su culo cuando, en un momento dado, se dio la vuelta. Y al final, cuando uno de sus pies puesto en mi nuca obligó a mi cabeza a bajarse hasta el otro pie tampoco hubo necesidad de mediar palabra para comprender qué es lo que quería. Sí, me lo comí todo sin rechistar.
Y mientras yo hacía todo lo anterior, su otro perro no dejó de dar saltos alrededor de nosotros, ni cesó sus ires y venires, y tampoco paró de ladrar, ni de agitarse y cuando su amo me dio un bombón, en lo que yo entendí un premio por el buen comportamiento demostrado, y me lo dejó en el suelo para que me lo comiera allí, tuve que pelearme con el otro perro porque también él lo quería.
Y cuando acabé de lamer todo el suelo y se me permitió volver cerca del sofá, a la posición de tirado en el suelo desde donde había comenzado todo, Billy empezó a acariciarme la cabeza, la cara, el pecho, ahora sin vello ya mucho más de su gusto, hasta que llegó al culo, que a partir de este momento no dejó de trajinármelo durante todo el resto del día.
Sí porque, o me metía su polla o me metía cuantos dedos quería, pero el caso fue que poco tiempo estuvo mi culo sin actividad mientras permanecí en aquella casa. Ahora comprendo porque tiene las uñas tan recortadas, pensé, y menos mal, porque si tuviera las uñas como el tipo de la gatera, al final de esta jornada, no sé cómo me habría quedado el culo.
En un momento dado Billy me pidió que le calentara los pies porque los sentía fríos. Cuando empecé a acariciárselos y a frotárselos con ambas manos me aclaró, dulcemente, pero con firmeza, que se refería a calentárselos con mi lengua y con mi boca. Perfecto. A mí me encantó hacérselo, sobre todo cuando, de vez en cuando, tiraba de la cadena para recordarme quién era yo y a qué me debía. También me gustó cuando comiéndome uno de sus pies, con el otro jugueteó alrededor del collar, metiendo el dedo gordo entre el collar y mi cuello, sólo porque sabía que eso me excitaría y me pondría caliente como una estufa. No era necesario, pues aunque me gustó el recordatorio de lo que yo representaba en ese momento para él, era imposible estar más caliente, a no ser que quisiera correr el riesgo de salir ardiendo.
Cuando acabé de calentarle los pies, me mandó levantar, me metió un dedo lubricado en el culo, y me enfrentó con el espejo para que viera lo que hacía de mí, cómo me tiraba de la cadena a su voluntad mientras me espetaba el culo y yo no podía sino doblarme por la cintura. Me excité entonces tanto que comencé a masturbarme frenéticamente sólo para que él me viera, y empecé a jadear y a gruñir de gusto, y a moverle con lujuria el espetado culo como su otro perro le movía la cola, y le tuve que pedir, que suplicar por favor, que me ordenara parar porque sino me correría, y si me corría se me quitaría de golpe todo el morbo, y por nada en el mundo querría que se me fuera el morbo aquel día.
No sólo me ordenó parar, también me mandó poner en la posición del cordero colocado en el ara del sacrificio, me pasó la cadena del collar por la espalda, la encajó en toda la raja del culo, metió mi polla por la argolla y, con gran esfuerzo pues no era fácil, y no poco dolor por mi parte que traté de disimular lo mejor que pude, me encajó ambos huevos a través de ella. Estaba completamente inmovilizado pues la longitud de la cadena, que era regulable jugando con los eslabones, era la justa entre mi cuello y mis testículos. Y en este caso muy tirante.
Quienes hayan estado en la situación narrada también habrán pensado, como yo lo pensé en aquel momento, que no hacen falta metros y metros de cuerda para mantener a un tío inmóvil y a merced de otro. Cualquier movimiento de mi cuello era reflejado en mis huevos al instante produciéndome una tirantez dolorosa. O me dañaba los huevos o me ahogaba. Esa era la disyuntiva y ante ella preferí permanecer quieto con la cabeza a media altura y apoyado sobre mis manos.
Pero eso también se acabó pues sacando un par de juegos de esposas del cajón de un armario próximo me sujetó ambas manos a la espalda y ya sólo me pude mantener castigándome las rodillas, y en un equilibrio más que inestable. A continuación y con el otro par de esposas me sujetó los pies. Y así fue como me dio a comer su polla. Y a mí me gustó, sí, pues me la comí con mucho deseo y morbo, y a la vez que me la comía efectuaba suaves movimientos con el coxis de manera que hacía deslizar la cadena por la raja de mi culo produciéndome un suave y delicioso placer, mínimo desde luego, y limitado, pero agradable.
Pero, o bién Billy se dio cuenta de este ínfimo e insignificante placer mío, o bién prefirió cambiar a otro tipo de ligadura en la que nada le impidiera manipularme el culo como a él le gustaba, porque, desatándome la cadena del cuello me la pasó por la parte delantera y ajustándola a la mínima longitud, aquella que a duras penas daba para llegar del cuello a los huevos, me obligó a inclinar mi cabeza, no hasta el suelo pero casi. Sólo poniéndose de rodillas ahora le pude seguir comiendo el rabo. Y lo hice, y siguió gustándome.
Y cuando se cansó de mamadas, y vio que mi cara se ponía roja del ahogo porque ni respirar podía, ni levantarme casi del suelo, tuvo la delicadeza de pasarme la atadura de las esposas por la parte delantera y sólo así pude levantarme con un poco más facilidad. Mínimo alivio fue éste y sólo pasajero, pues no me dejó los brazos libres, sino que pasó las esposas entre la cadena del collar y mi pecho y apenas pude separar las manos de mi cuerpo sin producirme gran dolor. Al menos, pude acariciar mi rabo, y mis huevos, y a ratos aliviar la tirantez de la cadena.
Y en aquella innoble posición anduve recorriendo todo el salón detrás de él, y por la cocina, y le acompañé al cuarto de baño, y a la habitación con la espalda bien doblada, la cabeza baja, humillado, rendido, sometido, como corresponde a un ser servil y sumiso, como no dejaba de ser yo en aquel entonces. Tenía abatida y doblegada mi altivez y mi soberbia completamente, y mi orgullo, si es que alguna vez tuve alguno, con aquellas cadenas que me hacían sentir como lo que era, un ser inferior e insignificante. Quienes hayan disfrutado de estas ataduras sabrán que tengo razón, que no hay posición más placentera y que le haga a uno sentirse más esclavo, y más rastrero, que aquella.
También para Billy, aquélla, era una posición perfecta pues puede manosearme el culo a placer, que es una de las cosas que más le gusta. Aprecio encantado que le pone sobremanera meterme un dedo bien lubricado, y verme la cara de gusto o de vicio que le pongo, sobre todo si es el pulgar, y luego meterme dos, y seguir observándome y si le pido con la cara más, me puede meter tres, y si dilato lo suficiente me metería...........me metería lo que quisiera, pues encadenado y a la merced de él como estaba, ¿qué podría haber hecho yo sino depender de su indulgencia?
Y cuando Billy se cansó de manipularme el culo, y apoyado en la mesa grande de aquel salón, fumando y bebiendo no sé que licor, hizo la gracia de meter su polla en la copa, y aprovechando que mi boca quedaba a la altura de su rabo, me ordenó volver a comérselo, yo, ardiendo como estaba de morbo, lo hice sin rechistar, y cuando al poco rato me preguntó si me había gustado la degustación, yo le dije la verdad, que sí, doblemente, por el licor y por su pollón.
Y viendo mi disponibilidad, mi complacencia, mi deleite, y sobretodo mi anhelo y enorme deseo de rabo me pone de rodillas delante del sofá, suavemente, con mi cabeza ladeada sobre el asiento. Me da, lo que a mí me parecieron, unos suaves y cariñosos cachetes que me hicieron sentir más suyo aún, me lubrica y manipula el culo como sólo él sabe hacerlo, me introduce el dedo pulgar y me presiona allí donde más me gusta, se entretiene justo el tiempo necesario para hacerme gemir de placer, me espeta el culo con otro dedo, quizás dos, o tres, y yo empiezo a agitarme de gozo a pesar de la poca movilidad de la que disfruto.
Y cuando ya no puedo resistir más y me atrevo a pedirle que por favor me folle a placer, me hace enmudecer metiéndome los dedos de su otra mano en la boca, que yo no sé si lo hace porque le disgusta que parlotee tanto, o porque le encanta dar a comer la mano, sus dedos, su canto, la palma, todo. Y yo devoro los dedos con ansia, casi con impudicia, con obscenidad, saben ricos, al lubricante de fresa, sí, al mismo que tan fresquito siento en el culo. Sí, definitivamente, la mano en mi boca es porque le disgusta que hable tanto, ya que enseguida me dice que sólo él, decide, cuándo y cómo insertar su rabo en mi culo. Lo acato muy humildemente como no podría ser de otra manera.
Pero parece ser que nuestros deseos coinciden pues es ahora cuando siento su miembro encapuchado, pero terso y duro, a la entrada de mi ojete, presionando y abriéndose paso muy suavemente como hizo la primera vez. Y mete su brazos por mi pecho y me agarra los hombros de manera que agradezco, pues parece que disminuye la tirantez de la cadena sobre mis huevos. Yo aprovecho la ocasión para acariciarme y estirarme los huevos con una mano y pajearme la polla con la otra. Podría, desde esta posición, desatarme muy fácilmente sacando los huevos que me aprisiona la argolla, pero no quiero, para nada, y no es por miedo, que Bill no me da ninguno, sino por que los necesito allí, así, para darme gusto.
Y tras una frenética y apasionada enculada que duró más tiempo del que sin duda merezco, que me transportó al paraíso, que me hizo aullar, no de dolor, que en absoluto lo hubo, sino de gusto y placer, tras unos espasmos convulsos y agitados que mi culo no pudo dejar de agradecer y de disfrutar, tras una larga y torrencial avenida en la que por fin pude oírle además de sentirle y, tras un muy merecido descanso del ardoroso guerrero en el que pude sentir su peso y oír su respiración agitada y los pálpitos impetuosos de su corazón, Bill me desató de brazos y piernas para aliviar mi privación de libertad y para que me pudiera fumar con él, relajada y placenteramente, un cigarrillo.
Y yo, no sé si como muestra de devoción, o de pleitesía o de agradecimiento por tanta satisfacción recibida, en vez de sentarme en el sofá, a su vera, a su altura, preferí seguir tumbado en el puto suelo, como su otro perro, y con mi cabeza y mis brazos apoyados sobre sus rodillas y muslos, y con mi boca bien dispuesta, para que, cuando él lo tuviera por conveniente, a su capricho, volver a comérmelo entero, de la cabeza a los pies.
Cuaderno XXV
Tras fumarnos unos cigarrillos a Bill le entró hambre. Eran las cuatro de la tarde ya pasadas. El tiempo había pasado muy rápido, como una exhalación, y no nos habíamos dado ni cuenta. Saca de comer algo, creo recordar que tortilla, chorizo, queso. Él come sobre la pequeña mesa del salón, yo, desnudo y tirado a su lado, lo hago sobre el suelo y no me importó nada. Me habría gustado que hubiera utilizado conmigo los cacharros de comer del otro perro, pero no tuve esa suerte, me conformé con que me tirara sobre el puto suelo los trozos de comida. Me ató otra vez las manos con las esposas a la espalda para tener que bajar humildemente la cabeza cada vez que quisiera comerme alguno de aquellos trozos. Este hecho me excitaba sobremanera. Que me viera comer de aquella forma me ponía a cien, y a él también.
Cuando terminó de comer me desató y empezó a trajinarme el culo. Me ordenó subirme tumbado sobre el sofá con los pies sobre el respaldo y la cabeza casi colgando. Su miembro medio erecto estaba a un palmo de mi boca y aunque desde el primer momento me apeteció mucho comérmelo jamás lo hice por propia iniciativa sino que esperé hasta que me lo ordenó. Siempre ha sido un placer enorme recibir semejantes órdenes. Me resistía hacerlo y me hacía un poco el remolón con la única intención de volver oír la orden con un poco más de firmeza ya, esa segunda vez. Eso me ponía cantidad. Nunca abusó demasiado de mi boca, tuve que lamentarme de ello en varias ocasiones, cómo me habría gustado que hubiera sido así. Devoré más sus manos y sus pies que su polla.
En cambio, sí me atreví a desafiarle en otro sentido en varias ocasiones a lo largo de aquel afortunado día y de los siguientes que siguieron. Había momentos, especialmente los posteriores a aquellos en los que me manipulaba el culo, que me era del todo punto imposible esperar a que el tío tuviera a bien penetrarme. No podía esperar por más tiempo ese momento tan precioso y tan deseado, pero tampoco tenía manera de pedírselo sin que pareciese una imposición por mi parte.
Así que optaba por levantarme y por propia iniciativa me ponía en cualquier posición sensual y merecedora de una buena monta. Si él decidía follarme, bien, y sino, me quedaría así con el culo en pompa durante todas las horas que fueran necesarias hasta que decidiera lo contrario. O me quedaba en posición de acople hasta que recibir una buena tunda con su vara de bambú por mi osadía o una nueva orden en cualquier otro sentido. Me solía poner en posición doblado por la cintura sobre la mesa grande del salón, o sobre el respaldo del sofá, o a cuatro patas sobre el puto suelo o sobre la alfombra, sin decir nada, a su entera disposición.
Y aunque siempre creía que me tendría durante horas en estas posiciones haciéndome pagar cara mi desvergüenza, pues su alma dominante no podría consentir bajo ningún concepto semejante atrevimiento por mi parte, semejante insolencia, el hecho de que un ser inferior como yo se tomara aquellas confianzas, expresándole de manera tan descarada mis deseos y pidiéndole, exigiéndole casi que mi culo fuera follado por su polla sin consideración. Su polla estaba allí para recibir el gusto de mi culo y no para lo contrario. ¿Cómo me atrevía?
Y aunque aseguraba muy arrogantemente ser él quien tomaba la decisión de follarme en cada momento, cosa que yo no ponía en duda en absoluto, lo cierto era que mi culo recibía el gusto buscado, siempre fui follado justo como era mi deseo, en la posición elegida por mí y en el momento que a mí se me antojó. Por supuesto no dejó de recalcarme de manera un poco excesiva y con el semblante más serio del preciso para la ocasión, que aquello sólo se producía porque él lo decidía así, porque él lo quería así y no porque yo le influyera lo más mínimo. Por supuesto, por supuesto, nadie lo duda, diría yo, para nada, siempre cuando tu quieras y como tu quieras, no faltaría más. Pues no estaba rico todo aquello que me hacía como para cuestionarlo por una cuestión de simple vanidad.
Pero después de una de estas enculadas y mientras descansábamos cada uno en su sitio, él en el sofá y yo en el suelo, el otro perro empezó a agitarse y a moverse nervioso de un lugar a otro por todas partes de la casa. Estaba claro que había llegado la hora de su paseo y espero que también del mío
Billy me ordenó vestirme bien abrigado porque en verdad que fuera hacía mucho frío como no tardamos demasiado en comprobar. Me prestó un pantalón de su chándal muy amplio y cómodo y para la parte de arriba me prestó una especie de trenca marrón, horrible y pasada de moda con unos botones en forma de dientes o de cuernos o de algo similar que para atarse se le hacían pasar a través de unas presillas. La trenca era fea como los demonios feos.
Creí que me quitaría el collar para salir a la calle pues parecía fuerte ir con él como si de un adorno corporal se tratara, pero no. Me pasó la cadena por la espalda y por dentro de aquella fea trenca. La enorme capucha que más bien parecía un capazo de aquel abrigo tapaba también parte del collar. Se podía meter la mano para alcanzar la cadena y tirar de ella a voluntad por la espalda o por un lateral. La cadena tenía la suficiente longitud como para manejarme y dominarme con ella a su capricho. Y otra cosa no, pero si a Bill, se le pudiera definir con una sola palabra, ésta sería sin duda la de caprichoso. No dejaría de demostrármelo con el tiempo.
Yo iba tranquilo en aquel paseo, estaba en su pueblo, en su barrio, no me conocía nadie, y pensé que no se atrevería a hacerme nada pues se comprometería más que yo. Por suerte para mí ya había anochecido. Andando por la calle Billy iba pegado a mí y de vez en cuando me daba fuertes tirones de la cadena para dejar bien claro, sin que hubiera lugar a dudas, quién mandaba sobre quién en aquel momento. Mi cabeza se desplazaba bruscamente cada vez que él tiraba de la cadena y mi cuello notaba la presión del collar a su alrededor y yo no podía por menos de excitarme como lo que evidentemente era, una puta perra.
De noche y con aquel frió boreal tuve la enorme suerte de que no hubiera apenas gente por la calle. Por el parque alrededor de la casa de Billy sólo nos cruzamos con alguna pareja demasiado entretenida entre sí como para preocuparse de ver si alguien era tirado o arrastrado por una cadena agarrada a un collar canino, o si el miembro del perro en cuestión se mantenía más duro que una piedra
El otro perro, el que ocupaba el lugar primero, el favorito, mientras tanto, correteaba por todo el parque a su puta bola sin preocuparse de los posibles cuernos que le pondría su amo, apareciendo y desapareciendo a voluntad de nosotros y haciendo sus necesidades en el medio de cualquier parte sin importarle ni siquiera lo más mínimo si yo era tirado o arrastrado por una cadena agarrada a un collar parecido al suyo.
Yo irremediablemente me excitaba cada vez más. Mi rabo ya desde el primer tirón de la cadena se puso tan duro como un palo, y me habría arrastrado por aquel parque a cuatro patas si el dueño del perro, del collar y de la cadena, lo hubiera querido, pero no se atrevió a tanto, le faltó el coraje, no tuvo el arrojo que habría necesitado para ordenármelo, y yo no me arrastré, no lo hice, no llegó hasta allí mi suerte. Hay que comprender a Billy. Estaba en su barrio, entre sus vecinos, quizá con amigos. Se comprometía demasiado si alguien le veía arrastrando a otro perro, que no era el habitual, por aquel parque ¿qué iban a pensar? Yo le entendí y no se lo tuve para nada en cuenta.
En cambio me metió mano por detrás del pantalón sin importarle si detrás de nosotros podía verle algún vecino y me espetó con firmeza y decisión el culo poniéndome mas caliente que una estufa ardiente. Cómo me habría gustado que me hubiera metido mano por delante para que hubiera comprobado el empalme consistente de mi rabo, pero no lo hizo, no le interesaba mucho mi rabo, le gustaba más trajinarme el culo en cualquier lugar o situación. Mi excitación perruna sólo le importaba en cuanto a lo que podría hacer con ella.
Ya lo he dicho pero lo reitero estaba tan excitado que me habría puesto de rodillas allí mismo y le habría hecho lo que hubiera querido pero le faltó valentía, no tuvo el coraje de mandarme nada. Sí, miento, en algún momento sí me ordenó orinar sobre el césped por detrás de unos aligustres. No miré, ni me preocupé, si alguien me veía hacer aquello, me bastaba con que él me lo hubiera ordenado. Me bajé el pantalón, me saqué mi rabo superduro e intenté, lo que del todo punto sabía que sería imposible, orinar. Para nada lo conseguí, no hubo manera.
Mientras lo intentaba me siguió acariciando y espetando el culo, y me pareció oír un ligero jadeo y una respiración un poco más profunda de lo normal. Baje la cabeza y miré a su bragueta, sí abultaba más de la cuenta y estaba claro que mi entrega le ponía tanto como a mí entregarme.
Me empujó contra una columna de las muchas que por allí había en los bajos de aquella colonia y su cuerpo encendido me apretó contra ella. Noté su rabazo superduro contra mi culo y me habría dejado follar allí mismo de haberse decidido a hacerlo, pero no, le siguió faltando el coraje. Le faltó el valor y aunque mi culo culebreaba delante de su rabo para encenderle aún más, tampoco me folló contra una de aquellas columnas.. Cómo me habría gustado que lo hubiera hecho. ¡Qué poco intrépido¡
Dándome un fuerte tirón a la cadena que mantuvo la dureza de mi rabo Bill se desplazó a paso ligero y yo detrás de él, casi arrastras. No iba en absoluto forzado, al contrario, iba de lo más contento y si no puedo decir que feliz iba, al menos, iba encantado. Creía que las prisas eran porque volvíamos a casa e imaginaba que una vez allí seria follado de manera salvaje, pero no, nuevamente me equivoqué.
Fuimos una obra próxima, en plena calle, no muy lejos de allí. Todo el perímetro de la obra que no era poco, estaba rodeado de una lona de plástico de color verde para proteger las obras de las miradas de los curiosos. Esa noche también protegería otras cosas de esas mismas miradas. Levantó la lona que rodeaba el lugar de la obra, y no sin ciertas dificultades logramos meternos por debajo de ella. Estaban cambiando el pavimento de la calle y había adoquines por todas partes. Varios gruesos árboles, posiblemente olmos quedaban también dentro de los confines de aquella superficie vallada, y bancos de madera medio rotos, y montones de arena, y bidones llenos de agua y hojas secas en el suelo.
Dentro ya del cercado parece que Bill entra en calor, se anima por fin un poco más y recupera parte del coraje perdido. Qué bien, pues ya lo echaba de menos y había perdido ya toda esperanza de ser follado como los dioses mandan, aquellos, claro, que quieren que los mortales follen cuanto más mejor. Casi con aspereza me empuja contra el tronco de alguno de aquellos grandes árboles. Me dio un fuerte tirón hacia abajo de los pantalones, me dejó el culo al aire, pegó su cuerpo al mío y mordiéndome fuertemente en una de las orejas me preparó para una nocturna enculada salvaje a la luz de la luna. No. Creo que estoy mintiendo descaradamente porque, ahora que lo recuerdo bien, no había luna., y si la había yo no la vi. No, no creo que se hubiera molestado la luna esa noche en salir, para lo que había que ver, buena gana.
Yo temblaba sin posibilidad de calmarme y no sabía si era de miedo, de frió o de las dos cosas a la vez. Estaba más que alucinado pero era tal el grado de la excitación que teníamos ambos que a partir de ese entonces no dudé ya en ningún momento que sería follado y muy bien follado en el medio de la calle.
Y, efectivamente, no tardé en volverme para darle la cara, la boca y la lengua por si quería usarlas, y ponerme de rodillas ahora que le veía con más arrojo, pero tampoco pudo ser en esta ocasión, no estaba de suerte esa noche. Prefirió poner su miembro en mis manos para que comprobara que estaba duro, palpitante, y muy deseoso de guerra. Ya sólo tuve que darme la vuelta, agarrarme firmemente al árbol, y esperar que la enculada durara cuanto más tiempo mejor. Billy me subió un poco aquella fea trenca y me metió su rabazo de la manera delicada que acostumbraba y sin que yo pusiera por mi parte ninguna resistencia.
Lo malo de ser follado en el medio de la puta calle, era no poder jadear, ni gritar, ni aullar, tanto como esto me gusta. Al menos yo, aquella noche, no lo hice en ningún momento, me limité a apretar fuertemente mis labios y dientes para que no saliera de mi boca sonido alguno, nada, ni el menor gemido. Y no fue fácil. Cuando el gusto, el frenesí y mi propia debilidad hacían que flaqueara en este sentido, una manaza libre de cadenas se encargaba dentro de mi boca de evitar que de ésta saliera cualquier sonido delatador.
Mientras me penetraba de esta manera salvaje, alevosa, y nocturna su mano tiraba periódicamente de la cadena y yo, para evitar que se acabara realizando conmigo un homicidio por asfixia, forzaba a mi cabeza a mantenerse inclinada hacia atrás mientras mi culo también lo hacia en la misma dirección. Mi garganta sintió tal presión del collar y de la cadena, y yo tal falta de oxígeno que por primera vez comprendí a aquellos que les gusta sentir y llevar el orgasmo al borde mismo del abismo.
Mi cuerpo, se me antoja hoy, que debía formar una figura bastante grotesca y hasta ridícula diría, pero había hecho ya hasta entonces tanto el ridículo, que dudo que por un poco más importara. Menos mal que como ya he dicho no había luna y estaba todo más que en penumbra. Sólo nosotros estábamos agitados porque a nuestro alrededor todo estaba tranquilo, hacía mucho frío, es verdad, pero todo estaba tranquilo y en silencio. Todo salvo nuestros jadeos.
La única manera mínimamente elegante que tuve de mantener el tipo y el equilibrio durante la monta fue agarrarme y abrazarme lo mejor que pude al tronco de aquel árbol, e implorar a los dioses que no me dejaran caer ahogado por la presión del collar sobre mi cuello, ni que permitieran que me entrara cualquier rama por un ojo. Hacía un frío del carajo y durante bastante rato se me olvidó completamente
La lona llegaba poco más que a la altura de nuestras cabezas Yo trataba de bajar la mía lo más posible pero estoy convencido de que cualquiera nos podría habernos visto. Hoy cuando lo pienso me avergüenzo por lo osado que fuimos al exponernos así ante cualquiera. Cuando Billy se cansó de follarme después de un tiempo que no fue poco, le gustó probar de nuevo mi sumisión y mi acatamiento, pues sacando su polla de mi culo tiró fuertemente de la cadena para ponerme de rodillas delante de él. Por fin, ya había perdido toda esperanza.
Y sin palabras entre nosotros que sonarían huecas, sin resistencias inútiles que a nada conducirían, ni deseos de hacerlo tampoco, sin titubeos ni balbuceos diletantes, y sin temores ni recelos innecesarios, sólo con unos ojos radiantes que miraban agradecidos a los suyos opacos, con una boca anhelante e impaciente, y una lengua deseosa, me obligó a comerme aquello que hasta ese momento tanto me había costado conseguir. Ayudado por una mano en mi nuca me comí todo sin entretenerme mucho en contemplaciones innecesarias. Lo hice como con agradecimiento infinito por todo el placer que me había dado hasta unos momentos antes. También me obligó a comerme sus botas manchadas del barro de la obra y yo lo hice sin importarme nada. Y en plena calle anduve de rodillas porque él lo quiso, y a cuatro patas detrás de él tirado y casi arrastrado de la cadena, y volví a comerle la polla y otra vez las botas, y estuve oliéndole todo el cuerpo y deseando que siquiera tirándome del cuello para demostrarle hasta donde podría llegar todavía.
Cuando Billy consideró que el paseo había sido suficiente y se había acabado salimos de aquella obra y nos fuimos los dos perros y él a su casa. En el descansillo que distribuía a las cuatro casas que había en aquella planta volvió a ponerme a prueba, aunque creo que más se puso él. Aquí sí, ya recuperó todo su coraje. Me volvió a tirar de la cadena y me volvió a tirar al suelo de rodillas y cuando el otro perro empezó a ladrar le abrió la puerta de casa para que entrara. Pero este otro perro se quedó en el descansillo donde, a riesgo de que cualquiera puerta se abriera me volvió a dar rabo aunque por poco tiempo. No dejo de preguntarme hoy hasta dónde habría llegado Billy de haber sido aquella mi casa en vez de la suya. ¿Hasta dónde me habría puesto en evidencia delante de todo el mundo? Pensando en esto me entra tal desazón .......... porque estoy seguro que en aquel entonces le habría seguido en todo.
Cuando se cansó del riesgo y se apiadó de mi excitación, ya más que evidente, pasamos dentro de casa. Me folló doblado por la cintura sobre la mesa grande del salón, con mi cara deslizándose sobre la madera y mis piernas temblando sin contención, cada vez con mas vigor mientras mis manos agarradas a su culo obligaban a su cuerpo a apretarse contra el mío.
Eran ya casi las diez de la noche cuando me metí en la ducha. Sentí esta vez que el chorro de agua caliente que generosamente caía sobre mi cuerpo sólo servía para aquello que le es propio, llevarse de mí la suciedad producida por secreciones, exudados, barros y polvos, y no para eliminar cualquier sensación de asco, repugnancia o similar. Para ese tipo de suciedad es posible que se necesite otro tipo de tratamiento, quizá más en seco que, probablemente, poco tenga que ver con el agua
Eran muy pasadas ya las diez de la noche cuando Bill me dejaba en la estación de autobuses de Aranjuez pues ni tren a Madrid había ya, de tarde que se nos había hecho. Habíamos pasado casi doce horas de una enculada casi continua, una enculada tras otra, y que se me habían pasado como un suspiro. Bill al final me había dado su número de teléfono por si quería volver a verle. Por supuesto quise pero lo decidí después, cuando eché en falta lo suyo. Eso sí, sin que nadie lo supiera, me dijo. Sólo había una persona que no tenía que enterarse.
En el viaje de vuelta a Madrid pensaba en todo lo que había experimentado ese día, en si volvería a verle o no. Pensé también en ese nadie que no tenía que enterarse. Era ésta una decisión difícil porque volver a verle implicaba que no pagaría más por mí y por tanto un engaño evidente a mi chulo. También me preguntaba, mientras mi rostro se reflejaba en las ventanas del autobús, por qué Billy nunca me había pedido que ladrara. Lo habría hecho sin lugar a dudas de habérmelo pedido, pero nunca lo hizo, quizá también para eso le faltó el coraje.
Cuando terminó de comer me desató y empezó a trajinarme el culo. Me ordenó subirme tumbado sobre el sofá con los pies sobre el respaldo y la cabeza casi colgando. Su miembro medio erecto estaba a un palmo de mi boca y aunque desde el primer momento me apeteció mucho comérmelo jamás lo hice por propia iniciativa sino que esperé hasta que me lo ordenó. Siempre ha sido un placer enorme recibir semejantes órdenes. Me resistía hacerlo y me hacía un poco el remolón con la única intención de volver oír la orden con un poco más de firmeza ya, esa segunda vez. Eso me ponía cantidad. Nunca abusó demasiado de mi boca, tuve que lamentarme de ello en varias ocasiones, cómo me habría gustado que hubiera sido así. Devoré más sus manos y sus pies que su polla.
En cambio, sí me atreví a desafiarle en otro sentido en varias ocasiones a lo largo de aquel afortunado día y de los siguientes que siguieron. Había momentos, especialmente los posteriores a aquellos en los que me manipulaba el culo, que me era del todo punto imposible esperar a que el tío tuviera a bien penetrarme. No podía esperar por más tiempo ese momento tan precioso y tan deseado, pero tampoco tenía manera de pedírselo sin que pareciese una imposición por mi parte.
Así que optaba por levantarme y por propia iniciativa me ponía en cualquier posición sensual y merecedora de una buena monta. Si él decidía follarme, bien, y sino, me quedaría así con el culo en pompa durante todas las horas que fueran necesarias hasta que decidiera lo contrario. O me quedaba en posición de acople hasta que recibir una buena tunda con su vara de bambú por mi osadía o una nueva orden en cualquier otro sentido. Me solía poner en posición doblado por la cintura sobre la mesa grande del salón, o sobre el respaldo del sofá, o a cuatro patas sobre el puto suelo o sobre la alfombra, sin decir nada, a su entera disposición.
Y aunque siempre creía que me tendría durante horas en estas posiciones haciéndome pagar cara mi desvergüenza, pues su alma dominante no podría consentir bajo ningún concepto semejante atrevimiento por mi parte, semejante insolencia, el hecho de que un ser inferior como yo se tomara aquellas confianzas, expresándole de manera tan descarada mis deseos y pidiéndole, exigiéndole casi que mi culo fuera follado por su polla sin consideración. Su polla estaba allí para recibir el gusto de mi culo y no para lo contrario. ¿Cómo me atrevía?
Y aunque aseguraba muy arrogantemente ser él quien tomaba la decisión de follarme en cada momento, cosa que yo no ponía en duda en absoluto, lo cierto era que mi culo recibía el gusto buscado, siempre fui follado justo como era mi deseo, en la posición elegida por mí y en el momento que a mí se me antojó. Por supuesto no dejó de recalcarme de manera un poco excesiva y con el semblante más serio del preciso para la ocasión, que aquello sólo se producía porque él lo decidía así, porque él lo quería así y no porque yo le influyera lo más mínimo. Por supuesto, por supuesto, nadie lo duda, diría yo, para nada, siempre cuando tu quieras y como tu quieras, no faltaría más. Pues no estaba rico todo aquello que me hacía como para cuestionarlo por una cuestión de simple vanidad.
Pero después de una de estas enculadas y mientras descansábamos cada uno en su sitio, él en el sofá y yo en el suelo, el otro perro empezó a agitarse y a moverse nervioso de un lugar a otro por todas partes de la casa. Estaba claro que había llegado la hora de su paseo y espero que también del mío
Billy me ordenó vestirme bien abrigado porque en verdad que fuera hacía mucho frío como no tardamos demasiado en comprobar. Me prestó un pantalón de su chándal muy amplio y cómodo y para la parte de arriba me prestó una especie de trenca marrón, horrible y pasada de moda con unos botones en forma de dientes o de cuernos o de algo similar que para atarse se le hacían pasar a través de unas presillas. La trenca era fea como los demonios feos.
Creí que me quitaría el collar para salir a la calle pues parecía fuerte ir con él como si de un adorno corporal se tratara, pero no. Me pasó la cadena por la espalda y por dentro de aquella fea trenca. La enorme capucha que más bien parecía un capazo de aquel abrigo tapaba también parte del collar. Se podía meter la mano para alcanzar la cadena y tirar de ella a voluntad por la espalda o por un lateral. La cadena tenía la suficiente longitud como para manejarme y dominarme con ella a su capricho. Y otra cosa no, pero si a Bill, se le pudiera definir con una sola palabra, ésta sería sin duda la de caprichoso. No dejaría de demostrármelo con el tiempo.
Yo iba tranquilo en aquel paseo, estaba en su pueblo, en su barrio, no me conocía nadie, y pensé que no se atrevería a hacerme nada pues se comprometería más que yo. Por suerte para mí ya había anochecido. Andando por la calle Billy iba pegado a mí y de vez en cuando me daba fuertes tirones de la cadena para dejar bien claro, sin que hubiera lugar a dudas, quién mandaba sobre quién en aquel momento. Mi cabeza se desplazaba bruscamente cada vez que él tiraba de la cadena y mi cuello notaba la presión del collar a su alrededor y yo no podía por menos de excitarme como lo que evidentemente era, una puta perra.
De noche y con aquel frió boreal tuve la enorme suerte de que no hubiera apenas gente por la calle. Por el parque alrededor de la casa de Billy sólo nos cruzamos con alguna pareja demasiado entretenida entre sí como para preocuparse de ver si alguien era tirado o arrastrado por una cadena agarrada a un collar canino, o si el miembro del perro en cuestión se mantenía más duro que una piedra
El otro perro, el que ocupaba el lugar primero, el favorito, mientras tanto, correteaba por todo el parque a su puta bola sin preocuparse de los posibles cuernos que le pondría su amo, apareciendo y desapareciendo a voluntad de nosotros y haciendo sus necesidades en el medio de cualquier parte sin importarle ni siquiera lo más mínimo si yo era tirado o arrastrado por una cadena agarrada a un collar parecido al suyo.
Yo irremediablemente me excitaba cada vez más. Mi rabo ya desde el primer tirón de la cadena se puso tan duro como un palo, y me habría arrastrado por aquel parque a cuatro patas si el dueño del perro, del collar y de la cadena, lo hubiera querido, pero no se atrevió a tanto, le faltó el coraje, no tuvo el arrojo que habría necesitado para ordenármelo, y yo no me arrastré, no lo hice, no llegó hasta allí mi suerte. Hay que comprender a Billy. Estaba en su barrio, entre sus vecinos, quizá con amigos. Se comprometía demasiado si alguien le veía arrastrando a otro perro, que no era el habitual, por aquel parque ¿qué iban a pensar? Yo le entendí y no se lo tuve para nada en cuenta.
En cambio me metió mano por detrás del pantalón sin importarle si detrás de nosotros podía verle algún vecino y me espetó con firmeza y decisión el culo poniéndome mas caliente que una estufa ardiente. Cómo me habría gustado que me hubiera metido mano por delante para que hubiera comprobado el empalme consistente de mi rabo, pero no lo hizo, no le interesaba mucho mi rabo, le gustaba más trajinarme el culo en cualquier lugar o situación. Mi excitación perruna sólo le importaba en cuanto a lo que podría hacer con ella.
Ya lo he dicho pero lo reitero estaba tan excitado que me habría puesto de rodillas allí mismo y le habría hecho lo que hubiera querido pero le faltó valentía, no tuvo el coraje de mandarme nada. Sí, miento, en algún momento sí me ordenó orinar sobre el césped por detrás de unos aligustres. No miré, ni me preocupé, si alguien me veía hacer aquello, me bastaba con que él me lo hubiera ordenado. Me bajé el pantalón, me saqué mi rabo superduro e intenté, lo que del todo punto sabía que sería imposible, orinar. Para nada lo conseguí, no hubo manera.
Mientras lo intentaba me siguió acariciando y espetando el culo, y me pareció oír un ligero jadeo y una respiración un poco más profunda de lo normal. Baje la cabeza y miré a su bragueta, sí abultaba más de la cuenta y estaba claro que mi entrega le ponía tanto como a mí entregarme.
Me empujó contra una columna de las muchas que por allí había en los bajos de aquella colonia y su cuerpo encendido me apretó contra ella. Noté su rabazo superduro contra mi culo y me habría dejado follar allí mismo de haberse decidido a hacerlo, pero no, le siguió faltando el coraje. Le faltó el valor y aunque mi culo culebreaba delante de su rabo para encenderle aún más, tampoco me folló contra una de aquellas columnas.. Cómo me habría gustado que lo hubiera hecho. ¡Qué poco intrépido¡
Dándome un fuerte tirón a la cadena que mantuvo la dureza de mi rabo Bill se desplazó a paso ligero y yo detrás de él, casi arrastras. No iba en absoluto forzado, al contrario, iba de lo más contento y si no puedo decir que feliz iba, al menos, iba encantado. Creía que las prisas eran porque volvíamos a casa e imaginaba que una vez allí seria follado de manera salvaje, pero no, nuevamente me equivoqué.
Fuimos una obra próxima, en plena calle, no muy lejos de allí. Todo el perímetro de la obra que no era poco, estaba rodeado de una lona de plástico de color verde para proteger las obras de las miradas de los curiosos. Esa noche también protegería otras cosas de esas mismas miradas. Levantó la lona que rodeaba el lugar de la obra, y no sin ciertas dificultades logramos meternos por debajo de ella. Estaban cambiando el pavimento de la calle y había adoquines por todas partes. Varios gruesos árboles, posiblemente olmos quedaban también dentro de los confines de aquella superficie vallada, y bancos de madera medio rotos, y montones de arena, y bidones llenos de agua y hojas secas en el suelo.
Dentro ya del cercado parece que Bill entra en calor, se anima por fin un poco más y recupera parte del coraje perdido. Qué bien, pues ya lo echaba de menos y había perdido ya toda esperanza de ser follado como los dioses mandan, aquellos, claro, que quieren que los mortales follen cuanto más mejor. Casi con aspereza me empuja contra el tronco de alguno de aquellos grandes árboles. Me dio un fuerte tirón hacia abajo de los pantalones, me dejó el culo al aire, pegó su cuerpo al mío y mordiéndome fuertemente en una de las orejas me preparó para una nocturna enculada salvaje a la luz de la luna. No. Creo que estoy mintiendo descaradamente porque, ahora que lo recuerdo bien, no había luna., y si la había yo no la vi. No, no creo que se hubiera molestado la luna esa noche en salir, para lo que había que ver, buena gana.
Yo temblaba sin posibilidad de calmarme y no sabía si era de miedo, de frió o de las dos cosas a la vez. Estaba más que alucinado pero era tal el grado de la excitación que teníamos ambos que a partir de ese entonces no dudé ya en ningún momento que sería follado y muy bien follado en el medio de la calle.
Y, efectivamente, no tardé en volverme para darle la cara, la boca y la lengua por si quería usarlas, y ponerme de rodillas ahora que le veía con más arrojo, pero tampoco pudo ser en esta ocasión, no estaba de suerte esa noche. Prefirió poner su miembro en mis manos para que comprobara que estaba duro, palpitante, y muy deseoso de guerra. Ya sólo tuve que darme la vuelta, agarrarme firmemente al árbol, y esperar que la enculada durara cuanto más tiempo mejor. Billy me subió un poco aquella fea trenca y me metió su rabazo de la manera delicada que acostumbraba y sin que yo pusiera por mi parte ninguna resistencia.
Lo malo de ser follado en el medio de la puta calle, era no poder jadear, ni gritar, ni aullar, tanto como esto me gusta. Al menos yo, aquella noche, no lo hice en ningún momento, me limité a apretar fuertemente mis labios y dientes para que no saliera de mi boca sonido alguno, nada, ni el menor gemido. Y no fue fácil. Cuando el gusto, el frenesí y mi propia debilidad hacían que flaqueara en este sentido, una manaza libre de cadenas se encargaba dentro de mi boca de evitar que de ésta saliera cualquier sonido delatador.
Mientras me penetraba de esta manera salvaje, alevosa, y nocturna su mano tiraba periódicamente de la cadena y yo, para evitar que se acabara realizando conmigo un homicidio por asfixia, forzaba a mi cabeza a mantenerse inclinada hacia atrás mientras mi culo también lo hacia en la misma dirección. Mi garganta sintió tal presión del collar y de la cadena, y yo tal falta de oxígeno que por primera vez comprendí a aquellos que les gusta sentir y llevar el orgasmo al borde mismo del abismo.
Mi cuerpo, se me antoja hoy, que debía formar una figura bastante grotesca y hasta ridícula diría, pero había hecho ya hasta entonces tanto el ridículo, que dudo que por un poco más importara. Menos mal que como ya he dicho no había luna y estaba todo más que en penumbra. Sólo nosotros estábamos agitados porque a nuestro alrededor todo estaba tranquilo, hacía mucho frío, es verdad, pero todo estaba tranquilo y en silencio. Todo salvo nuestros jadeos.
La única manera mínimamente elegante que tuve de mantener el tipo y el equilibrio durante la monta fue agarrarme y abrazarme lo mejor que pude al tronco de aquel árbol, e implorar a los dioses que no me dejaran caer ahogado por la presión del collar sobre mi cuello, ni que permitieran que me entrara cualquier rama por un ojo. Hacía un frío del carajo y durante bastante rato se me olvidó completamente
La lona llegaba poco más que a la altura de nuestras cabezas Yo trataba de bajar la mía lo más posible pero estoy convencido de que cualquiera nos podría habernos visto. Hoy cuando lo pienso me avergüenzo por lo osado que fuimos al exponernos así ante cualquiera. Cuando Billy se cansó de follarme después de un tiempo que no fue poco, le gustó probar de nuevo mi sumisión y mi acatamiento, pues sacando su polla de mi culo tiró fuertemente de la cadena para ponerme de rodillas delante de él. Por fin, ya había perdido toda esperanza.
Y sin palabras entre nosotros que sonarían huecas, sin resistencias inútiles que a nada conducirían, ni deseos de hacerlo tampoco, sin titubeos ni balbuceos diletantes, y sin temores ni recelos innecesarios, sólo con unos ojos radiantes que miraban agradecidos a los suyos opacos, con una boca anhelante e impaciente, y una lengua deseosa, me obligó a comerme aquello que hasta ese momento tanto me había costado conseguir. Ayudado por una mano en mi nuca me comí todo sin entretenerme mucho en contemplaciones innecesarias. Lo hice como con agradecimiento infinito por todo el placer que me había dado hasta unos momentos antes. También me obligó a comerme sus botas manchadas del barro de la obra y yo lo hice sin importarme nada. Y en plena calle anduve de rodillas porque él lo quiso, y a cuatro patas detrás de él tirado y casi arrastrado de la cadena, y volví a comerle la polla y otra vez las botas, y estuve oliéndole todo el cuerpo y deseando que siquiera tirándome del cuello para demostrarle hasta donde podría llegar todavía.
Cuando Billy consideró que el paseo había sido suficiente y se había acabado salimos de aquella obra y nos fuimos los dos perros y él a su casa. En el descansillo que distribuía a las cuatro casas que había en aquella planta volvió a ponerme a prueba, aunque creo que más se puso él. Aquí sí, ya recuperó todo su coraje. Me volvió a tirar de la cadena y me volvió a tirar al suelo de rodillas y cuando el otro perro empezó a ladrar le abrió la puerta de casa para que entrara. Pero este otro perro se quedó en el descansillo donde, a riesgo de que cualquiera puerta se abriera me volvió a dar rabo aunque por poco tiempo. No dejo de preguntarme hoy hasta dónde habría llegado Billy de haber sido aquella mi casa en vez de la suya. ¿Hasta dónde me habría puesto en evidencia delante de todo el mundo? Pensando en esto me entra tal desazón .......... porque estoy seguro que en aquel entonces le habría seguido en todo.
Cuando se cansó del riesgo y se apiadó de mi excitación, ya más que evidente, pasamos dentro de casa. Me folló doblado por la cintura sobre la mesa grande del salón, con mi cara deslizándose sobre la madera y mis piernas temblando sin contención, cada vez con mas vigor mientras mis manos agarradas a su culo obligaban a su cuerpo a apretarse contra el mío.
Eran ya casi las diez de la noche cuando me metí en la ducha. Sentí esta vez que el chorro de agua caliente que generosamente caía sobre mi cuerpo sólo servía para aquello que le es propio, llevarse de mí la suciedad producida por secreciones, exudados, barros y polvos, y no para eliminar cualquier sensación de asco, repugnancia o similar. Para ese tipo de suciedad es posible que se necesite otro tipo de tratamiento, quizá más en seco que, probablemente, poco tenga que ver con el agua
Eran muy pasadas ya las diez de la noche cuando Bill me dejaba en la estación de autobuses de Aranjuez pues ni tren a Madrid había ya, de tarde que se nos había hecho. Habíamos pasado casi doce horas de una enculada casi continua, una enculada tras otra, y que se me habían pasado como un suspiro. Bill al final me había dado su número de teléfono por si quería volver a verle. Por supuesto quise pero lo decidí después, cuando eché en falta lo suyo. Eso sí, sin que nadie lo supiera, me dijo. Sólo había una persona que no tenía que enterarse.
En el viaje de vuelta a Madrid pensaba en todo lo que había experimentado ese día, en si volvería a verle o no. Pensé también en ese nadie que no tenía que enterarse. Era ésta una decisión difícil porque volver a verle implicaba que no pagaría más por mí y por tanto un engaño evidente a mi chulo. También me preguntaba, mientras mi rostro se reflejaba en las ventanas del autobús, por qué Billy nunca me había pedido que ladrara. Lo habría hecho sin lugar a dudas de habérmelo pedido, pero nunca lo hizo, quizá también para eso le faltó el coraje.
Cuaderno XXVI
Hay muy pocas cosas en esta vida que tengo como certeza absoluta y una de ellas es que los dioses, esos seres frívolos, caprichosos y miserables, no soportan fácilmente la felicidad en los hombres. Establecen como una obligación vital de éstos buscarla incansablemente y cuando unos pocos afortunados consiguen encontrarla hacen todo lo posible y lo imposible para desbaratarla, para que no dure demasiado, unos pocos días si acaso. Y éstos lo serán a lo largo de toda una vida no vayamos a acostumbrarnos, y encima, como dijo algún sultán o califa, o algún sabio, no sé, estos pocos días no serán ni siquiera seguidos.
No puedo dejar de recordar ahora que estos seres volubles y antojadizos fueron realmente muy bestias conmigo, pero en algún tiempo, quizá disfrutando de un incansable juego eterno, pudieron ser también misericordiosos pues tuvieron a bien concederme un pequeño ramillete de días felices de esos pocos que me han de corresponder en esta vida. Sí, no me puedo olvidar que algunos de esos escasos días los he compartido ya contigo pero mirando hacia atrás ahora, tengo tanto miedo de haber agotado ya el cupo. Mantengo, no obstante, la esperanza todavía de disponer de algunos más, que necesariamente habrán de ser ya pocos dado lo cicatero y mezquino de esta concesión divina, y es muy posible también que estas páginas contribuyan en mucho a impedir su arribo. Soy consciente del riesgo, y lo asumo y no es que no tenga miedo a tu enojo, o a tu disgusto, o porque no me importe tu pena o tu amargura tras leerlas, que sí, y mucho, más de lo que imaginas, sino que te ofrezco esta confesión como una pequeña muestra de integridad, o de decencia si es que me queda alguna. En cualquier caso te lo presento como lo único que puedo ofrecerte, prefiriendo la justicia a mi felicidad.
Ahora, cuando ya empiezo a envejecer y rememoro aquellos días, a veces pretendiendo sin mucha fortuna, olvidarme de aquel pasado envenenado que me produce náuseas y arrinconar en lo más profundo de la memoria aquella vida miserable enganchado a aquel ser perverso, ahora, cuando ya he suplantado el odio por indiferencia, no sé si por necesidad o porque nada dura eternamente, hay sólo un período de mi vida que quiero salvar y es el que viví con Sal. Y quiero salvarlo porque es el único con quien tuve destellos de vida buena y limpia, el único con quien tuve ráfagas de vida que merece la pena ser vivida. Quizá hubo algún otro pero fue mucho después y en otras circunstancias, por lo que se sale de tiempo y lugar.
Pero para alguno de aquellos seres volubles y envidiosos les debió parecer demasiado ya ¨el tiempo de felicidad¨ disfrutado porque cuando estábamos a punto de alcanzar con los dedos de las manos la luna, en su lugar me retornaron bruscamente al precipicio. Y aún debo decir que tuve suerte, pues fui cobarde y eso hizo que me faltara el valor necesario para acercarme más de la cuenta a su borde. ¿Qué habría pasado? ¿con aquella pasión desordenada, con aquella locura, te queda alguna duda acaso de que no lo hubiera sobrepasado?.
Aquellos dioses viles y miserables me precipitaron al abismo y fue mi vida peor aún, no sólo porque tuve que pagar caro la osadía pretendida sino porque ya no fue fácil para mí retornar a la caverna. Ya había conocido el mundo exterior, había sido iluminado, sabía que había otras vidas, aunque hubiera que vivirlas a ráfagas, intermitentemente, pero al menos cada ráfaga produciría un resplandor y eso para quien vive entre tinieblas puede ser más que suficiente. Imploré y supliqué humildemente pero, aunque los dioses parece que escuchan de quietos como están, de ninguno se ha sabido que alguna vez haya contestado.
En cualquier caso no puedo dejar de recordar ahora, que fue una suerte haberle conocido porque no sé que habría sido de mí, de mi vida, de no haberse cruzado Sal en mi camino. Me habría ido sin lugar a dudas peor pues nunca habría sabido en donde refugiarme, ni que munición utilizar en mi defensa. Gracias a Sal empecé a salir de la penumbra pero también de la ignorancia y de la confusión. Abrió una pequeña gran rendija en el muro de contención que se alzaba a mí alrededor y por donde salí desbocado cierto tiempo después. Puedo decir que tras conocer a Sal ya nada fue igual aunque durante un tiempo pudiera parecerlo. Sí, merece sin duda la pena que en su honor me entretenga un poco en hablarte de este hombre, así podrás conocerle y estoy seguro que también sabrás comprenderme.
Hay personas que ejercen una gran influencia sobre otras, para bien o para mal. Esta influencia puede terminar tras un período corto y no dejar poso, ni sedimento alguno o por el contrario permanecer inalterable, por bien grabada y cincelada, a lo largo del tiempo. Para mí la influencia de Sal no terminó el día en que desgraciadamente dejé de verle sino que me alcanza por suerte hasta hoy. Mientras la nefasta influencia del más perverso hace mucho tiempo ya que logré quitármela de encima, la de mi Pigmalión permanecerá por siempre viva en mí. Sal permanecerá en mi corazón aún cuando éste nunca estuviera enamorado de él. Si el recuerdo del ¨gran bicho¨ ni siquiera me produce náuseas, como mucho fastidio, y la mayor parte de las veces sólo indiferencia, el recuerdo de Sal cuando lo evoco me produce, en cambio, agradecimiento, y como poco ternura y cariño.
Y si acaso algo me produce pena es saber que nunca tendré la ocasión de poder agradecerle en persona todo lo que hizo por mí, todo lo que me enseñó. Pena porque nunca leerá estas páginas en las que mi recorrido vital de aquellos años queda sin pudor como un libro abierto, páginas que me obligan a enfrentarme conmigo mismo, que ya era hora, más que contigo. Me da pena que nunca pueda ver que, sí, que lo consiguió al fin, que hoy mi vida es lo que él pretendió para mí, que está tranquila, y si no en total armonía al menos está en orden, que es más de lo que puedo aspirar después de tantos años agitados en los que no ha habido a mi alrededor ni paz ni sosiego. Y esa tranquilidad, esa serenidad que necesitaba, y que entre otras cosas, me permiten hoy escribirte lo que te escribo y enfrentarme cara a cara con la verdad, con vergüenza sí, pero también con dignidad y decoro, en parte se la debo él. Cuando pienso en Sal, y pienso mucho, créeme, me pregunto si se acordará de mí. Y me gusta creer que sí, que de vez en cuando también piensa en mí y que me evoca como yo lo hago, quizá al mismo tiempo, y estoy seguro que le gustaría volver a verme aunque no haya modo y que se preguntará lo que habrá sido de mi vida, y sobre todo, pienso, que me habrá perdonado y no me guardará rencor.
Me acuerdo de Sal cada vez que escucho música clásica o voy a un concierto o a la ópera. Él me enseñó a apreciar lo que, en aquel entonces para mí – un chaval educado en hospicio y viviendo en una Unidad Vecinal de Absorción de uno de los peores barrios de Madrid- no eran sino gritos escandalosos de alguna tía loca desesperada y muy probablemente también mal follada. Y me llevó al Real poco tiempo antes de que lo cerraran por obras durante un montón de años, y me invitó a una copa de cava en un entreacto mientras yo miraba fascinado a mí alrededor. Cuando se reabrió el teatro mucho tiempo después, esperé a una ópera de Puccini que sabía era de su gusto para volver. Saqué la entrada tres meses antes y recuerdo que aquella tarde llovió tanto en Madrid que casi llego empapado al teatro, justo como el día en el que le conocí. Estuve las tres horas de aquella función pensando en él y en que sería dudoso que aquel montaje le gustara con todos aquellos chinos tan afectados y exageradamente maquillados. En el entreacto me invité a una copa de cava y brindé por él. Sí, fue aquella la mejor forma que encontré de pedirle perdón.
Me acuerdo de Sal también cada vez que estoy sentado en un patio de butacas esperando que se levante el telón en cualquier obra de teatro pues fue con él con quien asistí a una función por primera vez. Ese momento en el que todo el mundo aprovecha para leer el folleto que les ha dado el acomodador yo pienso en él y en las muchas veces que asistimos juntos a funciones similares siempre invitado por él. Sí, también lo veo como una forma de pedirle perdón. Hasta que no conocí a Sal nunca antes habría podido imaginar que un simple vestido blanco de novia tirado sobre la tarima de un vacío escenario podría ponerme la carne de gallina, ni que pudiera llenar mi cuerpo de emoción y mis ojos de lágrimas. Tuvo gracia que fuera un inglés quien me diera a conocer a Lorca.
Y le recuerdo mientras leo a cualquier novelista ruso o francés del XIX, porque antes de conocerle, estos señores eran para mí unos autores que sólo escribían auténticos ladrillos interminables. Cada vez que termino una de estas largas novelas, cuando acabo de leer su última página y cierro el libro, no puedo evitar pensar en él durante unos minutos, y mentalmente agradecerle la manera en cómo me enseñó a leerlos y que nunca deje de comprar una novela sólo porque tenga muchas páginas. Y recuerdo la Regenta que se tuvo que enfadar mucho conmigo para que la leyera porque yo pasaba de libros de curas. Y aunque se enfadó también, no consiguió que leyera Fortunata y Jacinta porque ya había visto la serie en televisión y sabía de qué iba. Leí la novela mucho tiempo después y me encantó y cuando la terminé pensé en él y en que había sido, esa lectura también, una buena manera de pedirle perdón.
Le recuerdo mucho cada vez que veo una película de Almodóvar pues fue con él con quien vi una por primera vez. Fue en el cine Alphaville a unas horas rarísimas de la madrugada. Me quedé como fascinado con este director y en la impresión supongo que tuvo algo que ver el hecho de que por primera vez veía en una película a dos tíos morreándose. Sal fue quien me descubrió a un montón de directores de cine italianos, alemanes y franceses, y con sus explicaciones en la cafetería del cine Alphaville, nunca más me importó ver crecer la hierba en las películas de algunos de esos señores. En el video de su casa me descubrió un mundo del que todavía hoy sigo disfrutando. Ir al cine el día del estreno de cualquiera de las pelis de Almodóvar me parece otra buena manera de pedirle perdón, y sé que cuando estas películas las estrenen en su país, él las verá también y pensará en mí.
Y no hay una sola vez, en las contadísimas ocasiones de que hoy dispongo, de permitirme probar algún viejo vino borgoñón, o de Burdeos, o del Languedoc, o algún blanco alsaciano que, al llevarme la copa a la boca, no piense en él y mentalmente no brinde por su salud, todo ello con una amplia y nostálgica sonrisa. No he conocido a nadie que disfrutara tanto del buen vino y si éste era francés, ya no había nada más que hablar y eso que según decía, en España no había vino malo, aunque no se podía comparar. Hoy, con esta afición mía a los vinos que sólo a él debo habría estado en condiciones de rebatirle, y cómo me habría gustado hacerlo, pero eso no podrá ser. Estos brindis que ofrezco a su salud, esas sonrisas y miradas perdidas, esos recuerdos y evocaciones son la única manera que tengo de agradecerle que mi vida hoy sea mucho más llevadera, mucho más tolerable y sí, también es otra manera de pedirle perdón aún cuando él nunca se entere.
Gracias a Sal me saqué el pasaporte, y gracias a él salí al extranjero por primera vez. Le fui a ver a Phoenix en Arizona donde estaba trabajando, y para ello tuve que coger un avión - no, cuatro- también por primera vez. Y para mí no fue fácil, tenía demasiado miedo a hacerlo yo solo, pero él me convenció, me animó y yo lo conseguí después de muchos apuros. Y gracias a este primer viaje y a él, tuve una de las experiencias vitales más impresionantes y que en aquel entonces marcaron mi existencia como fue la convivencia durante algunas semanas con aquellos indios en territorio návajo. Y este primer viaje también fue el principio de otros muchos viajes, bien para mí solo, para mi propio placer, o para dar placer a otros, esto es, como chico de compañía de otras gentes con más posibles.
También gracias a Sal aprendí a plantar la maría en las macetas de mi terraza y dejarme de idas y venidas. Sal lo sabía todo sobre cultivo interior de maría, sobre semillas, sobre cuándo y cómo plantar, sobre determinación del sexo de la planta, sobre enfermedades y bichos, cuándo y cómo cosechar, sobre secado y curado, todo. Aunque todo eso lo hacía para divertirse porque luego regalaba toda la cosecha a unos y a otros en pequeñas bolsitas. Sin embargo, para mí, Sal siempre estará ligado a los hongos alucinógenos. Especialmente a la Amanita muscaria, que con el tiempo llegué a la conclusión que era la ¨matamoscas¨ que llaman en el pueblo de mi madre y que siempre me había parecido una seta de lo más fea por muy roja que fuera. Siempre me había dado asco esa especie de verruguitas blancas que todas tenían cuando las veía entre los árboles de la sierra. El hecho que fueran, según él, mansión de gnomos y duendes no me la hacía más simpática. Pero gracias a Sal no tardé mucho en cambiar de opinión, y en conocer sus usos y maneras, y no sólo no tardé en probarla, sino también en respetarla. Nunca supe exactamente de dónde conseguía aquellos trozos de hongos desecados como la mojama pero casi estoy seguro que el restaurante chino que había en la planta baja de su casa tenía mucho que ver en el suministro. Hoy difícilmente puedo brindarle a su salud nada con la ¨matamoscas¨ porque, no sé si por la falta de lluvias, o por el calentamiento global, o por la contaminación atmosférica o porqué, pero, al igual que de los hayedos y pinares de mi pueblo han desaparecido los lagartos, las ranas, los sapos y demás fauna también han desaparecido los hongos rojos con verruguitas, y los pardos, ahora que eso sí, boletus y níscalos quedan todavía un montón y a ésos, sí que los odio cantidad, pues no los puedo comer ni cuando tengo hambre.
Gracias a la labor de este Pigmalión, no sólo mi vida ha sido más soportable, sino que me permitió también, no mucho tiempo después, realizar mi trabajo de chico de compañía, -o de chapero, me da igual, que después de lo relatado en estas páginas no debo tenerle miedo ya a las palabras -de otra manera, ampliando el espectro de posibilidades. Pude aspirar a gente de un cierto nivel de vida. Gente que no les gustaba viajar solos o que necesitaban que les acompañasen además de poder echar un buen polvo, o gente que aprovechaban los viajes de empresa y las tarjetas de la empresa para correrse una buena juerga conmigo, o con otros, sin riesgo alguno. Para mí estaba bien, por las noches les pertenecía a ellos que para eso habían pagado, pero el día, mientras trabajaban, era para mí, podía recorrer las ciudades donde permanecíamos, sus museos, sus parques, sus tiendas. Sí, estas últimas también porque hasta hubo, -los menos- quien me dio dinero para que no me aburriera durante el día y me fuera de tiendas. Nunca dije nada a nadie pero estando solo en aquellos viajes no me aburrí jamás, estuviera donde estuviese, aunque tampoco dejé por ello de ir de tiendas.
Entre esta gente bien hay mucho incauto que se deja impresionar en exceso por quien sabe el año de una buena cosecha de un vino nacional, cuanto más de un Côte du Rhône o de un vino del Medoc. No se suelen impresionar tanto por el análisis de una novela pero tampoco han pagado una muy buena cantidad de dinero por una crítica literaria. Y también me he reído, aunque muy discretamente, cuando algún jactancioso ha pretendido impresionarme en un restaurante en la petición de vinos que ni pronunciar sabían. Me pasaba lo que a esos camareros expertos que no saben hacia donde mirar, ni donde meterse cuando algún cliente listillo pretende darles lecciones, con lo fácil que es dejarse aconsejar por los entendidos.
Cómo me gustaría ver tu cara leyendo estas líneas. Seguramente más de una vez habrás pensado que resulta muy extraño que me haya dado por rememorar todo lo dicho anteriormente pues, más que para explicarte parece lo haga para reconfortarme, o más que para informarte para descargarme, y que la descripción de los encuentros sexuales más que para esclarecerte parece sean para estimularme.
Puede que sea en verdad así, y que lo necesite inconscientemente. Pero incluso hoy, y mira que ya han pasado años, me sigue pareciendo todo tan raro, como si hubiera sido todo un mal sueño, y en cambio todo fue tan real. Y estoy seguro que dentro de otros veinticinco años, si estoy aquí que lo dudo, me seguiré acordando de la misma manera y no dejaré de tener la misma sensación de extrañeza, de lejanía, como si la cosa le hubiera ocurrido a otro, como si nada tuviera que ver conmigo y lo sufrí tanto, tanto.....
Desde niño siempre me ha gustado escribir pero cuando lo he hecho, intentando imaginar algo, un cuento, un relato, una historia, jamás he podido escribir lo más mínimo, nada. Invariablemente he advertido que carezco completamente de imaginación. Cero. Y si careces de imaginación como es el caso sólo puedes escribir, necesariamente, sobre lo vivido. Y si no te gusta lo pasado, como mucho sólo te queda la posibilidad de relatar lo deseado, lo que en verdad te habría gustado que hubiera ocurrido. Pero tampoco eso resulta fácil. Y en el medio, sólo te cabe mezclarlo, adornarlo, o modificarlo levemente si ello te resulta tan desagradable, pero tienes que ser muy bueno para hacerlo y que parezca verosímil.
A veces también se me ha ocurrido pensar y escribir sobre cómo habría transcurrido mi existencia si todo hubiera sido diferente, de otra manera, si mis circunstancias hubieran sido distintas, y siempre he llegado a la conclusión de que no merece la pena pensar en ello, pues aparte de ser otra vida ajena a la mía, dada mi suerte es seguro que habría sido incluso peor.
Le conozco un sábado por la mañana. Christian me había llamado a casa el día anterior para darme su dirección. Le digo que no estoy muy bien pues me siento terriblemente cansado y tengo agujetas no se porqué. No me hace caso alguno. Me da la hora a la que el tipo me espera en su casa y me cuelga sin detenerse a preguntarme nada más ni a darme mayor información. Ni su nombre me dio siquiera.
A la mañana siguiente me siento mal, no he dormido bien y sigo muy cansado. Me cuesta un trabajo enorme bajarme de la cama. Me doy una ducha con la esperanza de sentirme mejor después, pero nada. Tampoco mejoro desayunando. Visto mi lamentable estado me decido a llamar a Christian para decirle que anule la cita porque no me encuentro bien. En qué hora se me ocurrió. Buena gana de reproducir aquí lo que me dice por teléfono. Hay cosas que son demasiado sucias como para escribirlas en estas páginas que ninguna culpa tienen. Y tú, para qué leerlas, como si no llevaras ya bastante leído.
Me bajé en la parada del metro de Lavapies y fue subir las escaleras y alcanzar la plaza cuando siento que me encuentro fatal pues tengo náuseas. Me encuentro tan mal que me apoyo en un árbol pues temo que voy a vomitar y prefiero hacerlo sobre el alcorque que no sobre la acera. Empiezo a pensar que sería mejor volverme a casa porque no estoy en condiciones de nada, y menos de que me follen esa mañana, pero puede más el miedo que le tengo al gran cabrón que a mi fiebre.
Y hay que ver lo mal que pueden ir las cosas en un momento dado cuando crees que ya nada puede ir a peor. Según estoy apoyado en el árbol respirando suave y profundamente aquel aire húmedo y frío y pensando si voy o me vuelvo, de repente empieza a llover y me pilla como siempre sin paraguas. Primero lo hace con una lluvia ligera que me da tiempo a pensar que ya estoy más cerca de la casa de la cita que de la parada del metro por lo que debo seguir adelante pero después lo hace de una manera desaforada. Es verdad que aquella primavera fue muy lluviosa en Madrid, recuerdo ahora. En aquella semana llevábamos varios días de lluvia, intermitente sí, pero persistente.
Por mucha prisa que me di cuando llegué a la casa en cuestión, que estaba detrás del teatro Olimpia, estaba ya calado hasta los huesos. Y encima llevaba una de aquellas horribles rebecas de lana gorda en la que los picos de la parte delantera dados de sí por el peso de lo que llevaras en los bolsillos, te llegaban hasta las rodillas mientras la parte de atrás te quedaba por encima del pantalón haciéndote una figura de pena. Sí, mi pinta debía de ser patética. Entre lo enfermo que estaba, la fiebre, la lluvia, los pelos chorreando, la chaqueta ya cerca de los pies y que encima llegaba tarde a la cita, me sentí miserable. En el momento que alcancé la casa sólo pensé que por favor tuviera ascensor porque mi amo me había dicho que era un ático y yo no me sentía con fuerzas de subir las escaleras.
Cuando llamé al portero automático Sal me contestó directamente preguntando mi nombre:
-¿Alejandro?
-Sí, soy yo-contesté ya tiritando
-Sube. El ascensor está a la derecha según entras
Menos mal, tuve suerte y había ascensor y el hecho de que Sal se dirigiera a mí por mi nombre me relajó un poco también, aunque ligero y transitorio alivio fue. Cuando entré en el ascensor me apoyé de espaldas en una de las paredes y también apoyé mi cabeza porque me dolía cantidad. Respiré lenta y profundamente, varias veces, llenando bien los pulmones y sintiendo que aquel aire húmedo me alcanzaba bien la base del estómago y lo hinchaba. Era verdad que estaba empezando a tiritar y a sentirme fatal. Me quité la chaqueta aquella de lana gorda, me sequé con ella la cara y me atusé el pelo. Miré mi cara en el espejo y de su palidez marmórea deduje que no estaba en condiciones de follar con nadie esa mañana.
Temí que me diera alguno de esos jamacucos tan inoportunos que tu ya conoces. Temí también vomitar en cualquier momento pues seguía teniendo fuertes náuseas. Bueno, eso sí que habría sido ya la leche. Espero que este tío me folle rápido, que me folle bien, o mal, pero que acabe cuanto antes, recuerdo ahora que pensé, y espero que no se empeñe en que le coma la polla durante mucho tiempo porque me puede ocurrir cualquier cosa. Con paso más que vacilante salí del ascensor y llamé a la puerta.
Hay que ver cómo me he equivocado siempre
No puedo dejar de recordar ahora que estos seres volubles y antojadizos fueron realmente muy bestias conmigo, pero en algún tiempo, quizá disfrutando de un incansable juego eterno, pudieron ser también misericordiosos pues tuvieron a bien concederme un pequeño ramillete de días felices de esos pocos que me han de corresponder en esta vida. Sí, no me puedo olvidar que algunos de esos escasos días los he compartido ya contigo pero mirando hacia atrás ahora, tengo tanto miedo de haber agotado ya el cupo. Mantengo, no obstante, la esperanza todavía de disponer de algunos más, que necesariamente habrán de ser ya pocos dado lo cicatero y mezquino de esta concesión divina, y es muy posible también que estas páginas contribuyan en mucho a impedir su arribo. Soy consciente del riesgo, y lo asumo y no es que no tenga miedo a tu enojo, o a tu disgusto, o porque no me importe tu pena o tu amargura tras leerlas, que sí, y mucho, más de lo que imaginas, sino que te ofrezco esta confesión como una pequeña muestra de integridad, o de decencia si es que me queda alguna. En cualquier caso te lo presento como lo único que puedo ofrecerte, prefiriendo la justicia a mi felicidad.
Ahora, cuando ya empiezo a envejecer y rememoro aquellos días, a veces pretendiendo sin mucha fortuna, olvidarme de aquel pasado envenenado que me produce náuseas y arrinconar en lo más profundo de la memoria aquella vida miserable enganchado a aquel ser perverso, ahora, cuando ya he suplantado el odio por indiferencia, no sé si por necesidad o porque nada dura eternamente, hay sólo un período de mi vida que quiero salvar y es el que viví con Sal. Y quiero salvarlo porque es el único con quien tuve destellos de vida buena y limpia, el único con quien tuve ráfagas de vida que merece la pena ser vivida. Quizá hubo algún otro pero fue mucho después y en otras circunstancias, por lo que se sale de tiempo y lugar.
Pero para alguno de aquellos seres volubles y envidiosos les debió parecer demasiado ya ¨el tiempo de felicidad¨ disfrutado porque cuando estábamos a punto de alcanzar con los dedos de las manos la luna, en su lugar me retornaron bruscamente al precipicio. Y aún debo decir que tuve suerte, pues fui cobarde y eso hizo que me faltara el valor necesario para acercarme más de la cuenta a su borde. ¿Qué habría pasado? ¿con aquella pasión desordenada, con aquella locura, te queda alguna duda acaso de que no lo hubiera sobrepasado?.
Aquellos dioses viles y miserables me precipitaron al abismo y fue mi vida peor aún, no sólo porque tuve que pagar caro la osadía pretendida sino porque ya no fue fácil para mí retornar a la caverna. Ya había conocido el mundo exterior, había sido iluminado, sabía que había otras vidas, aunque hubiera que vivirlas a ráfagas, intermitentemente, pero al menos cada ráfaga produciría un resplandor y eso para quien vive entre tinieblas puede ser más que suficiente. Imploré y supliqué humildemente pero, aunque los dioses parece que escuchan de quietos como están, de ninguno se ha sabido que alguna vez haya contestado.
En cualquier caso no puedo dejar de recordar ahora, que fue una suerte haberle conocido porque no sé que habría sido de mí, de mi vida, de no haberse cruzado Sal en mi camino. Me habría ido sin lugar a dudas peor pues nunca habría sabido en donde refugiarme, ni que munición utilizar en mi defensa. Gracias a Sal empecé a salir de la penumbra pero también de la ignorancia y de la confusión. Abrió una pequeña gran rendija en el muro de contención que se alzaba a mí alrededor y por donde salí desbocado cierto tiempo después. Puedo decir que tras conocer a Sal ya nada fue igual aunque durante un tiempo pudiera parecerlo. Sí, merece sin duda la pena que en su honor me entretenga un poco en hablarte de este hombre, así podrás conocerle y estoy seguro que también sabrás comprenderme.
Hay personas que ejercen una gran influencia sobre otras, para bien o para mal. Esta influencia puede terminar tras un período corto y no dejar poso, ni sedimento alguno o por el contrario permanecer inalterable, por bien grabada y cincelada, a lo largo del tiempo. Para mí la influencia de Sal no terminó el día en que desgraciadamente dejé de verle sino que me alcanza por suerte hasta hoy. Mientras la nefasta influencia del más perverso hace mucho tiempo ya que logré quitármela de encima, la de mi Pigmalión permanecerá por siempre viva en mí. Sal permanecerá en mi corazón aún cuando éste nunca estuviera enamorado de él. Si el recuerdo del ¨gran bicho¨ ni siquiera me produce náuseas, como mucho fastidio, y la mayor parte de las veces sólo indiferencia, el recuerdo de Sal cuando lo evoco me produce, en cambio, agradecimiento, y como poco ternura y cariño.
Y si acaso algo me produce pena es saber que nunca tendré la ocasión de poder agradecerle en persona todo lo que hizo por mí, todo lo que me enseñó. Pena porque nunca leerá estas páginas en las que mi recorrido vital de aquellos años queda sin pudor como un libro abierto, páginas que me obligan a enfrentarme conmigo mismo, que ya era hora, más que contigo. Me da pena que nunca pueda ver que, sí, que lo consiguió al fin, que hoy mi vida es lo que él pretendió para mí, que está tranquila, y si no en total armonía al menos está en orden, que es más de lo que puedo aspirar después de tantos años agitados en los que no ha habido a mi alrededor ni paz ni sosiego. Y esa tranquilidad, esa serenidad que necesitaba, y que entre otras cosas, me permiten hoy escribirte lo que te escribo y enfrentarme cara a cara con la verdad, con vergüenza sí, pero también con dignidad y decoro, en parte se la debo él. Cuando pienso en Sal, y pienso mucho, créeme, me pregunto si se acordará de mí. Y me gusta creer que sí, que de vez en cuando también piensa en mí y que me evoca como yo lo hago, quizá al mismo tiempo, y estoy seguro que le gustaría volver a verme aunque no haya modo y que se preguntará lo que habrá sido de mi vida, y sobre todo, pienso, que me habrá perdonado y no me guardará rencor.
Me acuerdo de Sal cada vez que escucho música clásica o voy a un concierto o a la ópera. Él me enseñó a apreciar lo que, en aquel entonces para mí – un chaval educado en hospicio y viviendo en una Unidad Vecinal de Absorción de uno de los peores barrios de Madrid- no eran sino gritos escandalosos de alguna tía loca desesperada y muy probablemente también mal follada. Y me llevó al Real poco tiempo antes de que lo cerraran por obras durante un montón de años, y me invitó a una copa de cava en un entreacto mientras yo miraba fascinado a mí alrededor. Cuando se reabrió el teatro mucho tiempo después, esperé a una ópera de Puccini que sabía era de su gusto para volver. Saqué la entrada tres meses antes y recuerdo que aquella tarde llovió tanto en Madrid que casi llego empapado al teatro, justo como el día en el que le conocí. Estuve las tres horas de aquella función pensando en él y en que sería dudoso que aquel montaje le gustara con todos aquellos chinos tan afectados y exageradamente maquillados. En el entreacto me invité a una copa de cava y brindé por él. Sí, fue aquella la mejor forma que encontré de pedirle perdón.
Me acuerdo de Sal también cada vez que estoy sentado en un patio de butacas esperando que se levante el telón en cualquier obra de teatro pues fue con él con quien asistí a una función por primera vez. Ese momento en el que todo el mundo aprovecha para leer el folleto que les ha dado el acomodador yo pienso en él y en las muchas veces que asistimos juntos a funciones similares siempre invitado por él. Sí, también lo veo como una forma de pedirle perdón. Hasta que no conocí a Sal nunca antes habría podido imaginar que un simple vestido blanco de novia tirado sobre la tarima de un vacío escenario podría ponerme la carne de gallina, ni que pudiera llenar mi cuerpo de emoción y mis ojos de lágrimas. Tuvo gracia que fuera un inglés quien me diera a conocer a Lorca.
Y le recuerdo mientras leo a cualquier novelista ruso o francés del XIX, porque antes de conocerle, estos señores eran para mí unos autores que sólo escribían auténticos ladrillos interminables. Cada vez que termino una de estas largas novelas, cuando acabo de leer su última página y cierro el libro, no puedo evitar pensar en él durante unos minutos, y mentalmente agradecerle la manera en cómo me enseñó a leerlos y que nunca deje de comprar una novela sólo porque tenga muchas páginas. Y recuerdo la Regenta que se tuvo que enfadar mucho conmigo para que la leyera porque yo pasaba de libros de curas. Y aunque se enfadó también, no consiguió que leyera Fortunata y Jacinta porque ya había visto la serie en televisión y sabía de qué iba. Leí la novela mucho tiempo después y me encantó y cuando la terminé pensé en él y en que había sido, esa lectura también, una buena manera de pedirle perdón.
Le recuerdo mucho cada vez que veo una película de Almodóvar pues fue con él con quien vi una por primera vez. Fue en el cine Alphaville a unas horas rarísimas de la madrugada. Me quedé como fascinado con este director y en la impresión supongo que tuvo algo que ver el hecho de que por primera vez veía en una película a dos tíos morreándose. Sal fue quien me descubrió a un montón de directores de cine italianos, alemanes y franceses, y con sus explicaciones en la cafetería del cine Alphaville, nunca más me importó ver crecer la hierba en las películas de algunos de esos señores. En el video de su casa me descubrió un mundo del que todavía hoy sigo disfrutando. Ir al cine el día del estreno de cualquiera de las pelis de Almodóvar me parece otra buena manera de pedirle perdón, y sé que cuando estas películas las estrenen en su país, él las verá también y pensará en mí.
Y no hay una sola vez, en las contadísimas ocasiones de que hoy dispongo, de permitirme probar algún viejo vino borgoñón, o de Burdeos, o del Languedoc, o algún blanco alsaciano que, al llevarme la copa a la boca, no piense en él y mentalmente no brinde por su salud, todo ello con una amplia y nostálgica sonrisa. No he conocido a nadie que disfrutara tanto del buen vino y si éste era francés, ya no había nada más que hablar y eso que según decía, en España no había vino malo, aunque no se podía comparar. Hoy, con esta afición mía a los vinos que sólo a él debo habría estado en condiciones de rebatirle, y cómo me habría gustado hacerlo, pero eso no podrá ser. Estos brindis que ofrezco a su salud, esas sonrisas y miradas perdidas, esos recuerdos y evocaciones son la única manera que tengo de agradecerle que mi vida hoy sea mucho más llevadera, mucho más tolerable y sí, también es otra manera de pedirle perdón aún cuando él nunca se entere.
Gracias a Sal me saqué el pasaporte, y gracias a él salí al extranjero por primera vez. Le fui a ver a Phoenix en Arizona donde estaba trabajando, y para ello tuve que coger un avión - no, cuatro- también por primera vez. Y para mí no fue fácil, tenía demasiado miedo a hacerlo yo solo, pero él me convenció, me animó y yo lo conseguí después de muchos apuros. Y gracias a este primer viaje y a él, tuve una de las experiencias vitales más impresionantes y que en aquel entonces marcaron mi existencia como fue la convivencia durante algunas semanas con aquellos indios en territorio návajo. Y este primer viaje también fue el principio de otros muchos viajes, bien para mí solo, para mi propio placer, o para dar placer a otros, esto es, como chico de compañía de otras gentes con más posibles.
También gracias a Sal aprendí a plantar la maría en las macetas de mi terraza y dejarme de idas y venidas. Sal lo sabía todo sobre cultivo interior de maría, sobre semillas, sobre cuándo y cómo plantar, sobre determinación del sexo de la planta, sobre enfermedades y bichos, cuándo y cómo cosechar, sobre secado y curado, todo. Aunque todo eso lo hacía para divertirse porque luego regalaba toda la cosecha a unos y a otros en pequeñas bolsitas. Sin embargo, para mí, Sal siempre estará ligado a los hongos alucinógenos. Especialmente a la Amanita muscaria, que con el tiempo llegué a la conclusión que era la ¨matamoscas¨ que llaman en el pueblo de mi madre y que siempre me había parecido una seta de lo más fea por muy roja que fuera. Siempre me había dado asco esa especie de verruguitas blancas que todas tenían cuando las veía entre los árboles de la sierra. El hecho que fueran, según él, mansión de gnomos y duendes no me la hacía más simpática. Pero gracias a Sal no tardé mucho en cambiar de opinión, y en conocer sus usos y maneras, y no sólo no tardé en probarla, sino también en respetarla. Nunca supe exactamente de dónde conseguía aquellos trozos de hongos desecados como la mojama pero casi estoy seguro que el restaurante chino que había en la planta baja de su casa tenía mucho que ver en el suministro. Hoy difícilmente puedo brindarle a su salud nada con la ¨matamoscas¨ porque, no sé si por la falta de lluvias, o por el calentamiento global, o por la contaminación atmosférica o porqué, pero, al igual que de los hayedos y pinares de mi pueblo han desaparecido los lagartos, las ranas, los sapos y demás fauna también han desaparecido los hongos rojos con verruguitas, y los pardos, ahora que eso sí, boletus y níscalos quedan todavía un montón y a ésos, sí que los odio cantidad, pues no los puedo comer ni cuando tengo hambre.
Gracias a la labor de este Pigmalión, no sólo mi vida ha sido más soportable, sino que me permitió también, no mucho tiempo después, realizar mi trabajo de chico de compañía, -o de chapero, me da igual, que después de lo relatado en estas páginas no debo tenerle miedo ya a las palabras -de otra manera, ampliando el espectro de posibilidades. Pude aspirar a gente de un cierto nivel de vida. Gente que no les gustaba viajar solos o que necesitaban que les acompañasen además de poder echar un buen polvo, o gente que aprovechaban los viajes de empresa y las tarjetas de la empresa para correrse una buena juerga conmigo, o con otros, sin riesgo alguno. Para mí estaba bien, por las noches les pertenecía a ellos que para eso habían pagado, pero el día, mientras trabajaban, era para mí, podía recorrer las ciudades donde permanecíamos, sus museos, sus parques, sus tiendas. Sí, estas últimas también porque hasta hubo, -los menos- quien me dio dinero para que no me aburriera durante el día y me fuera de tiendas. Nunca dije nada a nadie pero estando solo en aquellos viajes no me aburrí jamás, estuviera donde estuviese, aunque tampoco dejé por ello de ir de tiendas.
Entre esta gente bien hay mucho incauto que se deja impresionar en exceso por quien sabe el año de una buena cosecha de un vino nacional, cuanto más de un Côte du Rhône o de un vino del Medoc. No se suelen impresionar tanto por el análisis de una novela pero tampoco han pagado una muy buena cantidad de dinero por una crítica literaria. Y también me he reído, aunque muy discretamente, cuando algún jactancioso ha pretendido impresionarme en un restaurante en la petición de vinos que ni pronunciar sabían. Me pasaba lo que a esos camareros expertos que no saben hacia donde mirar, ni donde meterse cuando algún cliente listillo pretende darles lecciones, con lo fácil que es dejarse aconsejar por los entendidos.
Cómo me gustaría ver tu cara leyendo estas líneas. Seguramente más de una vez habrás pensado que resulta muy extraño que me haya dado por rememorar todo lo dicho anteriormente pues, más que para explicarte parece lo haga para reconfortarme, o más que para informarte para descargarme, y que la descripción de los encuentros sexuales más que para esclarecerte parece sean para estimularme.
Puede que sea en verdad así, y que lo necesite inconscientemente. Pero incluso hoy, y mira que ya han pasado años, me sigue pareciendo todo tan raro, como si hubiera sido todo un mal sueño, y en cambio todo fue tan real. Y estoy seguro que dentro de otros veinticinco años, si estoy aquí que lo dudo, me seguiré acordando de la misma manera y no dejaré de tener la misma sensación de extrañeza, de lejanía, como si la cosa le hubiera ocurrido a otro, como si nada tuviera que ver conmigo y lo sufrí tanto, tanto.....
Desde niño siempre me ha gustado escribir pero cuando lo he hecho, intentando imaginar algo, un cuento, un relato, una historia, jamás he podido escribir lo más mínimo, nada. Invariablemente he advertido que carezco completamente de imaginación. Cero. Y si careces de imaginación como es el caso sólo puedes escribir, necesariamente, sobre lo vivido. Y si no te gusta lo pasado, como mucho sólo te queda la posibilidad de relatar lo deseado, lo que en verdad te habría gustado que hubiera ocurrido. Pero tampoco eso resulta fácil. Y en el medio, sólo te cabe mezclarlo, adornarlo, o modificarlo levemente si ello te resulta tan desagradable, pero tienes que ser muy bueno para hacerlo y que parezca verosímil.
A veces también se me ha ocurrido pensar y escribir sobre cómo habría transcurrido mi existencia si todo hubiera sido diferente, de otra manera, si mis circunstancias hubieran sido distintas, y siempre he llegado a la conclusión de que no merece la pena pensar en ello, pues aparte de ser otra vida ajena a la mía, dada mi suerte es seguro que habría sido incluso peor.
Le conozco un sábado por la mañana. Christian me había llamado a casa el día anterior para darme su dirección. Le digo que no estoy muy bien pues me siento terriblemente cansado y tengo agujetas no se porqué. No me hace caso alguno. Me da la hora a la que el tipo me espera en su casa y me cuelga sin detenerse a preguntarme nada más ni a darme mayor información. Ni su nombre me dio siquiera.
A la mañana siguiente me siento mal, no he dormido bien y sigo muy cansado. Me cuesta un trabajo enorme bajarme de la cama. Me doy una ducha con la esperanza de sentirme mejor después, pero nada. Tampoco mejoro desayunando. Visto mi lamentable estado me decido a llamar a Christian para decirle que anule la cita porque no me encuentro bien. En qué hora se me ocurrió. Buena gana de reproducir aquí lo que me dice por teléfono. Hay cosas que son demasiado sucias como para escribirlas en estas páginas que ninguna culpa tienen. Y tú, para qué leerlas, como si no llevaras ya bastante leído.
Me bajé en la parada del metro de Lavapies y fue subir las escaleras y alcanzar la plaza cuando siento que me encuentro fatal pues tengo náuseas. Me encuentro tan mal que me apoyo en un árbol pues temo que voy a vomitar y prefiero hacerlo sobre el alcorque que no sobre la acera. Empiezo a pensar que sería mejor volverme a casa porque no estoy en condiciones de nada, y menos de que me follen esa mañana, pero puede más el miedo que le tengo al gran cabrón que a mi fiebre.
Y hay que ver lo mal que pueden ir las cosas en un momento dado cuando crees que ya nada puede ir a peor. Según estoy apoyado en el árbol respirando suave y profundamente aquel aire húmedo y frío y pensando si voy o me vuelvo, de repente empieza a llover y me pilla como siempre sin paraguas. Primero lo hace con una lluvia ligera que me da tiempo a pensar que ya estoy más cerca de la casa de la cita que de la parada del metro por lo que debo seguir adelante pero después lo hace de una manera desaforada. Es verdad que aquella primavera fue muy lluviosa en Madrid, recuerdo ahora. En aquella semana llevábamos varios días de lluvia, intermitente sí, pero persistente.
Por mucha prisa que me di cuando llegué a la casa en cuestión, que estaba detrás del teatro Olimpia, estaba ya calado hasta los huesos. Y encima llevaba una de aquellas horribles rebecas de lana gorda en la que los picos de la parte delantera dados de sí por el peso de lo que llevaras en los bolsillos, te llegaban hasta las rodillas mientras la parte de atrás te quedaba por encima del pantalón haciéndote una figura de pena. Sí, mi pinta debía de ser patética. Entre lo enfermo que estaba, la fiebre, la lluvia, los pelos chorreando, la chaqueta ya cerca de los pies y que encima llegaba tarde a la cita, me sentí miserable. En el momento que alcancé la casa sólo pensé que por favor tuviera ascensor porque mi amo me había dicho que era un ático y yo no me sentía con fuerzas de subir las escaleras.
Cuando llamé al portero automático Sal me contestó directamente preguntando mi nombre:
-¿Alejandro?
-Sí, soy yo-contesté ya tiritando
-Sube. El ascensor está a la derecha según entras
Menos mal, tuve suerte y había ascensor y el hecho de que Sal se dirigiera a mí por mi nombre me relajó un poco también, aunque ligero y transitorio alivio fue. Cuando entré en el ascensor me apoyé de espaldas en una de las paredes y también apoyé mi cabeza porque me dolía cantidad. Respiré lenta y profundamente, varias veces, llenando bien los pulmones y sintiendo que aquel aire húmedo me alcanzaba bien la base del estómago y lo hinchaba. Era verdad que estaba empezando a tiritar y a sentirme fatal. Me quité la chaqueta aquella de lana gorda, me sequé con ella la cara y me atusé el pelo. Miré mi cara en el espejo y de su palidez marmórea deduje que no estaba en condiciones de follar con nadie esa mañana.
Temí que me diera alguno de esos jamacucos tan inoportunos que tu ya conoces. Temí también vomitar en cualquier momento pues seguía teniendo fuertes náuseas. Bueno, eso sí que habría sido ya la leche. Espero que este tío me folle rápido, que me folle bien, o mal, pero que acabe cuanto antes, recuerdo ahora que pensé, y espero que no se empeñe en que le coma la polla durante mucho tiempo porque me puede ocurrir cualquier cosa. Con paso más que vacilante salí del ascensor y llamé a la puerta.
Hay que ver cómo me he equivocado siempre
Cuaderno XXVII
Hoy, cuando camino presuroso y me acerco gustoso al tiempo de los olvidos, rememoro el principio de aquel primer encuentro y lo que más recuerdo de él, es que no ví nada, no aprecié nada, no observé nada, ni me enteré de nada hasta pasadas varias horas. Sólo tiempo después pude observar sus ojos, que eran negros y muy profundos, y con unas grandes pestañas.
Sus ojos eran tan inquietos que miraban sin cesar a una y otra parte, sin descanso, como si estuvieran mosqueados por algo, o buscando algo, o quizá más bien, queriendo controlarlo todo. Los ojos de Sal sólo permanecían fijos cuando se enganchaban a los míos y esto por suerte para mí lo harían con posterioridad muy frecuentemente.
Otra cosa que recuerdo bien es que Sal tenía la frente atravesada por surcos profundos y al lado de las comisuras de los labios. Y también la gran oquedad que dejaban sus dientes incisivos centrales superiores, que estaban muy separados y que le daban un aire juvenil y muy gracioso. Era moreno aunque ya con más canas de las que le corresponderían por su edad y con los pelos muy levantados casi formando una cresta, y que para evitarla mantenía su pelo supercorto. Una bobada porque aquel pelo ayudaba también a darle un especto muy juvenil, pero nunca quiso hacerme caso y dejárselo un poco más largo. Éramos de la misma altura poco más o menos y también delgado como yo, aunque era más musculoso y fibrado. Había ya pasado de largo los treinta y diría que si no guapo al menos no era feo. Pero lo mejor de su físico, aparte de unas finas manos de pianista que acariciaban genial era, sin lugar a dudas, el culo. Era redondo, férreo, consistente y respingón, realzado por aquellos vaqueros ajustados que aquel primer día apenas sí pude admirar.
Aunque de sus ojos pudiera deducirse que Sal era un tío inquieto o impaciente no era así en absoluto, al contrario era una de las personas más tranquilas que he conocido en mi vida. Y esa paz de la que disfrutaba la transmitía a todos los que estaban a su alrededor. Hay personas que transmiten intranquilidad y nerviosismo a los demás por su forma de ser, de comportarse, de moverse, de agitarse, por lo que sea. Otras personas en cambio parece que irradian placidez y serenidad. Lo de la famosa flema británica yo creo que lo exageraba y lo llevaba al límite, pues más que flema era pachorra -sí, a veces su tranquilidad podía ser excesiva -o cachaza, y en ocasiones, las más, podía ser tan meloso como ella.
Tras abrirme la puerta y entrar, sólo pude darme cuenta de la impresión que me dio la escalera de caracol que apareció delante de mí para subir a donde entonces supuse estaban el salón y las habitaciones superiores de aquella casa. No podía ser, qué suerte la mía, lo que me faltaba, pensé, no he tenido que subir escaleras ningunas hasta aquí y ahora me toca subirlas, y encima, dando vueltas. Pedí permiso para dejar la chaqueta en una silla y así disponer de mis manos libres, pero cuando empecé a subir por aquellas escaleras noté que, por mucho que subía, nunca llegaba al final. Cuanto más subía más sentía la impresión de que la escalera se hundía poco a poco bajo mis pies. Cada paso que daba más altos me parecían los escalones, más pesados tenía los pies, más necesitaba aferrarme a la barandilla, hasta que, en algún momento me agarré a la columna central, apoyé mi cabeza en ella como para recuperar aliento, y......... ... y ya no recuerdo nada más.
Mi siguiente recuerdo es estar tumbado en un sofá, mi cuerpo dolorido estaba completamente empapado no sabría decir si por la lluvia o por el sudor que me provocaba la fiebre. Todo mi ser desprendía calor febril y la cara me ardía, en cambio mi cuerpo temblaba de frío a la vez que sudaba y mi frente se perlaba de gotas de sudor. Sentía que tenía sed, sudaba, tiritaba, daba vueltas agitadas, me dolía la cabeza y mi cuerpo ardía como una estufa.
Cuando vuelvo en mí, intento incorporarme pero me vuelve la tiritera, las náuseas y el dolor de cabeza. Veo a Sal tratando de impedir que me levante. Me ha quitado los zapatos, me ha desabrochado la camisa y el cinturón de los pantalones y me ha echado una manta encima. Apenas balbuceo unas palabras que intentan pedirle perdón, y apenas oigo otras amables que me responden intentando tranquilizarme. Sal me hace tomar una aspirina y un vaso de anís mezclado con agua que me sabe a rayos. Me pone en la frente un trapo mojado en agua muy fría que me parece una acción un poco exagerada pero que le agradezco, aunque me produce un fuerte dolor punzante en el entrecejo, como el que a veces producen las bebidas muy frías tomadas con ansia en el calor del verano. Me intento destapar porque el calor febril que desprendo es demasiado y los sudores muchos, pero Sal me vuelve a tapar una y otra vez, y a cambiarme el trapo de la frente. Tengo los pies fríos, dolor lancinante de cabeza, la camisa empapada, y una temblaera incontenible que hace castañetear mis dientes y, por si todo esto no bastara, además deliro.
Estoy en medio de un paisaje espeluznante que miro petrificado y sobrecogido. Tanta destrucción sólo puede ser el resultado de un terremoto, o de una batalla o de una catástrofe nuclear. O quizá sea la consecuencia de todo a la vez. Hay muertos desnudos tirados en el suelo por todas partes formando figuras grotescas y otros muchos, también desnudos, amontonados al lado de fosas y barrancos, hay cadáveres ardiendo en piras gigantescas sobre montículos, y al lado de cráteres y zanjas, todo es fuego, ruina y desolación. Hay restos de armamento que observo extrañado porque corresponden a épocas diferentes. Huele a carne humana quemada y es un hedor tal que me provoca náuseas y me pone al borde del vómito, y ruidos estruendosos y ensordecedores que no hacen sino estremecerme aún más. Veo que también hay sombras a mi alrededor que se acercan y se alejan, todo es gris o negro, tétrico, sopla un viento boreal, veo a lúgubres figuras que parecen como monjes o forzados galeotes. Llevan cruces y cirios apagados aunque todavía humeantes los unos, y arrastran fuertes cadenas y grilletes los otros, todos están entre tinieblas, o entre un denso humo, o bajo una pesada niebla, algunos monjes a pesar de que llevan la capucha del hábito levantada dejan ver sus caras cadavéricas y desvaídas. Otros monjes llevan en sus manos, ásperas y nudosas como sarmientos, látigos provistos de tralla con los que flagelan salvajemente a diestra y a siniestra a todos aquellos galeotes desnudos que se arrastran hasta ellos, revolcándose por el lodo, intentando comerles los roñosos pies, o las albarcas de cuero y esparto, obscenamente entregados, a cuatro patas algunos, ansiosos todos por obtener su penitencia, dispuestos a cualquier cosa por recibirla, revueltos, exaltados y con su miembros empalmados y agarrándoselos unos a otros, haciéndose entre ellos mil puñetas, suplicando a los ajusticiadores, que sean despiadados con los zurriagos sobre sus espaldas para poder alcanzar la remisión de sus muchos pecados y culpas cuanto antes. Otros suplicantes están de rodillas ante los verdugos mostrándoles sus bocas babeantes, o están ya dentro de sus hábitos balanceando frenéticamente sus cabezas, con aquellas manos de cernícalos lagartijeros de los castigadores sobre sus nucas, mientras reciben los feroces azotes de éstos. Otros disciplinantes llevan capirotes como los nazarenos de Semana Santa, éstos me dan más miedo pues vagan como embobados haciendo círculos infinitos, sin rumbo fijo, andando sobre muñones sanguinolentos en vez de pies. Algunos de estos nazarenos sólo muestran unos ojos blancos, opacos, carentes de iris, mientras que otros tienen largos clavos perforándoles los ojos, todos levantando los brazos y sacudiendo violentamente, a uno y otro lado, sus báculos, o sus cayados. Otros feroces sayones tocados de mirras y birretes, con gruesos anillos de amatistas o granates en sus dedazos de uñas negruzcas, vestidos con largas y sucias túnicas negras de donde refulgen exagerados crucifijos de oro y zafiros verdes martirizan a los penitentes que se les exhiben desnudos, tirando cruelmente de lo único que cubren su cuerpo, de fajas gruesas de cerdas o punzantes cilicios de hierro que les desangran como mortificación muslos, falos, brazos, torsos y tripas. Otros flagelantes, con la espalda descubierta, muestran multitud de puntos sangrantes provocados por flagelos de púas que ellos mismos sacuden con las manos atadas. Algunos forzados arrastran a otros galeotes tirándoles de argollas en el cuello o en la nariz mientras a su vez, arrastran gruesas cadenas en manos y pies y parece que se ríen de manera estentórea con sus bocas desdentadas, y dan gritos tenebrosos o quizá, son los gritos del averno donde por fin, después de haberlo temido tanto, ya me encuentro, aunque me digo que es extraño pues es mucho el frío que hace, pero desde luego los gritos son exagerados para ser humanos. Y unos penitentes a las órdenes de un encapuchado descomunal se acercan a mí y me despojan violentamente de todas mis vestiduras y doblándome sobre mi cintura dejan mi culo bien expuesto, unos pretenden azotarme con una larga verga de toro, mientras el encapuchado exhibe ya la suya al aire, enorme y bien dispuesta, por debajo del hábito, no dejando lugar a dudas de lo que pretende hacer con ella. Yo estoy aterrorizado, nada impido, estoy entregado, rendido, y después de sufrir los primeros zurriagazos me voltean y me levantan las piernas sosteniéndome en alto mil brazos de huesudas manos, y aparece por debajo de mí, en mi entrepierna desnuda, una zarpa, queriéndome arrancar mi falo erecto y los huevos, y por los laterales aparecen sendas garras que me clavan sus uñas afiladas y rasgan mi carne profundamente abriéndome las tripas y el pecho, de donde no sale sangre alguna, como si estuviera seco o como si estuviera muerto. Y las garras escarban ávidas en mis entrañas y en vez de vísceras extraen en su lugar infinidad de asquerosas serpientes que inmediatamente reptan por todo mi cuerpo, y se enroscan en mi cabeza, en mi cuello, en mi pecho, en mis piernas. Y mientras me pregunto sorprendido cómo es posible que haya dejado anidar en mi interior tal caterva de asquerosos engendros, cuando daba por seguro que iba a ser devorado de lo poco que de mí quedaba, empezando por mis ojos vidriosos que parecen gustar a sus bífidas lenguas, aparece de repente, a los sones de clarines y atabales, un bellísimo y radiante ángel blanco de profundos ojos negros y grandes pestañas, blandiendo una fulgente espada y vistiendo túnica roja tirando a violeta, ribeteada en oro, y pertrechado de emplumado yelmo, imbricada loriga, ajustada escarcela, y metálicas grebas, montado en un caballo blanco y alado también, elegantemente enjaezado y que pisa con sus patas y cascos a esos seres aberrantes, e inmundos, que contra él nada pueden, y salen despedidas, huyendo despavoridas tras monjes, galeotes, nazarenos y flagelantes.
Cuando desperté de esta pesadilla gótica ya estaba anocheciendo y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Era ahora cuando me daba cuenta que estaba en una de las casas más bonitas en la que haya estado nunca. Era como una de esas casas que aparecen en las películas de Paris, como una de esas buhardillas de Montmartre, donde viven pintores bohemios o músicos y artistas de la farándula. Miré a mi alrededor y vi que era una casa muy antigua a la que se le había añadido la mitad de una enorme terraza acristalando las paredes y parte del techo de ésta. La cubierta de medio salón era de cristal sostenido por un gran armazón de hierro y una columna de forja en el medio de la amplísima estancia. Las vigas del techo con sus remaches y todo también eran vistas y estaban bien cuidadas y pintadas como la escalera de caracol que también era de hierro, aquella que no recordaba haber terminado de subir. También había una bonita estufa, redonda, de ésas que hay que levantar una tapa en la parte superior con un gancho para echar el carbón, y cuyo tubo de evacuación iba paralelo a la columna hasta salir a la calle.
Me encantó escuchar el tintineo intermitente de la lluvia sobre el techo entramado de cristales. Y éstos, que no sé si estaban sucios o era vaho que se formaba alrededor de ellos apenas dejaban ver nada del exterior, ni siquiera los golpes de la lluvia sobre ellos. Por una esquina y gracias a una mortecina luz pude ver el final de un canalón que bordeaba toda la fachada de cristal, y que recogía el agua del techo ligeramente inclinado y lo dejaba caer en forma de un fuerte chorro sobre el suelo de la terraza donde se encontraba el sumidero. Durante mucho rato mis ojos miraron hacia la estructura de cristales encima de mí, pues estaba como fascinado. Hoy, recordando aquello, estoy casi seguro que habrán cambiado la estructura de hierro por feo aluminio y aquella bonita estufa de carbón por cualquier chimenea de pega de esas que simula el fuego y hasta habrán tapiado las vigas de hierro. Pronto escuché los ruidos de alguien subiendo por la escalera interior. Cuando Sal por fin apareció intenté incorporarme del sofá pero no me dejó:
-No, no te levantes, espera un poco todavía –me dice acercándose al sofá donde me encuentro
-Lo siento, no sé que me ha pasado, me he debido desmayar –contesté, apenas balbuceando
-Pues que has tenido mucha fiebre y todavía parece que tienes un poco. Ahora vas a tomarte otra aspirina. –me dice poniéndome la mano sobre la frente
-Lo siento, lo siento de verdad, ¿Qué hora es? Parece de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Varias horas. No veas qué susto me he llevado. Te has abandonado dejándote caer en la escalera y apenas podía subirte
- Sí. Lo último que recuerdo es una escalera de caracol que parecía que se hundía bajo mis pies según la iba subiendo, tío. Y ¿sabes? me he debido caer en el infierno porque he tenido una visión horrible. He debido tener una pesadilla donde había monjes y nazarenos y......
-Y serpientes –me contesta muy seguro
-No me digas que también he delirado –le digo consternado, a la vez que bajo la mirada turbado.
-Mucho –me dijo.
Pero nunca llegué a saber lo que había salido de mi boca ese día en aquel estado febril. Sé que sólo pudo ser la descripción de alguna de aquellas miserias de las que para entonces se había llenado mi vida. Estoy seguro que mi delirio se centró en detallar que encuentro gran placer y gran satisfacción en el acatamiento y la sumisión, en que disfruto de manera brutal con alguien que me someta, con alguien que me use a su capricho y que me posea sin piedad, que disfruto con cualquier mezcla de humillación, dolor, vergüenza y castigo. Y que cada vez me gusta más y necesito más que todas esas prácticas se desarrollen cerca del límite. Que cada vez necesito emociones sexuales más fuertes, que estén cada vez más próximas al vértigo, al frenesí.
O quizá le dije que aunque aquello me atraía con locura hasta el punto de buscarlo sin descanso, desesperadamente y de llevar una vida desenfrenada y licenciosa, a la vez, aquello me repelía tanto como me atraía, que me aterrorizaba este trastorno de los sentidos, que estaba muerto de miedo por esta exaltación violenta, que me espeluznaba lo que hacía y lo que era aún peor, lo que estoy seguro que podría llegar a hacer. Quizá también le dije que sabía que tarde o temprano aquello me llevaría a la perdición o a la locura, eso sino tocaba fondo antes y no me tiraba yo mismo al abismo buscando un poco de tranquilidad y sosiego. No sé si deliré, ni lo que dije, ni lo que oyó pero tengo la impresión de que fuera lo que fuese, eso fue le que le enamoró de mí. Por eso se pasó todo aquel día velando mi sueño sin casi apartarse de mi lado, y por eso me enseñó todo lo que sabía, por eso siempre se preocupó tanto por mí, y por eso me dolió tanto....... tanto...... fallarle, traicionarle.
-¿Qué he dicho? –le pregunto sonrojándome y volviendo a subir muy lentamente los ojos pero sin atreverme a enfrentarlos con los suyos.
-Tranquilo, Alejandro, sólo cosas sin sentido
-Por favor, no le digas a Christian nada de cómo ha ido esto –le digo angustiado y cogiéndole del brazo –te lo ruego, volveré otro día cuando tu quieras, mañana si me siento mejor, o podemos hacer ahora algo si te apetece, pero por favor no le digas nada a Christian. Esta mañana le llamé nada más levantarme y vi que me sentía mal, para que te llamara y anulara la cita pero no ha querido.
-No te preocupes, que no pasa nada. Ahora te vas a tomar otra pastilla, ¿vale?. ¿Con qué la quieres con leche caliente o con anís?
-Con leche, con leche, tío, o con agua. Ahora recuerdo que la otra me la diste con anís y me supo a rayos.
Al decirle esto se echó a reír ampliamente, y fue entonces cuando por primera vez vi la oquedad que había entre sus dientes incisivos superiores, que me encantó y también me di cuenta de la profundidad infinita de sus ojos negros y de las pestañas tan largas que tenía, y cuando se levantó y se dio la vuelta pude mirar de soslayo, bueno, no tan de soslayo, su cuerpo y admirar brevemente, esto sí, su culo y cuando me trajo el vaso de leche caliente con la pastilla me fijé en sus manos muy finas y en su blancura nívea y en sus uñas bien recortadas.
-Creo que ya estoy bien –le dije incorporándome -¿Quieres que hagamos algo? Creo que ya podría -Volví a insistir pero mirándole esta vez directamente a sus infinitos ojos negros.
-Ya te he dicho, Alejandro, que estés tranquilo, que no te preocupes por nada, que no pasa nada.
-¿Prefieres que quedemos para otro día? ¿Mañana domingo? Seguro que para mañana ya estaré bien. Esto me pasa con frecuencia no te preocupes. Cada vez que tengo la gripe o pillo algún catarro me dan unos subidones de fiebre que son espectaculares. Contra ellos lo mejor que se puede hacer es meterme durante un rato en una bañera con agua bien fría. Y si el agua puede estar llena de hielos mejor. Mi madre lo sabe bien porque a la pobre le ha tocado meterme muchas veces en mi vida. Y al rato ya estoy como si nada hubiera pasado. No sé, pero creo que esto debe ser un rollo de la infancia. Alguna reminiscencia infantil que me queda no sé.
-Alejandro, te he dicho ya tres o cuatro veces que no pasa nada, tranquilízate, tío. Christian no se enterará de nada de todo esto, si es lo que te preocupa ¿De acuerdo? Lo único que siento es no haber sabido lo de la bañera. Ufff, cómo me habría gustado desnudarte y haberte llevado en brazos, totalmente abandonado a depositarte dentro del agua. –me dice sonriendo con una amplia sonrisa burlona. -Es broma, pero si en verdad te sientes mejor y no tienes ninguna prisa pues prefiero que charlemos un rato, si te apetece. ¿Qué dices?
-Vale. ¿Sabes? Tienes una casa muy bonita, nunca he vista nada similar. Y me encanta cómo suena la lluvia sobre los cristales del techo. Será genial dormir aquí cuando llueve, ¿no? Me encanta ese rumor intermitente de la lluvia y por las noches en la cama, más aún
.
-A mí también. Venga, pues ya está hecho, volveremos a quedar los dos en una noche de lluvia y te vienes a dormir conmigo, ¿de acuerdo?
-¿Y porqué no hoy? Hoy ya llueve ¿O es que has quedado con alguien? Mi vieji está en el pueblo y no hay nadie en mi casa, no tengo porqué volver.- le dije yo, dándole todo tipo de detalles familiares
Después de pensárselo durante más tiempo del que a mí se me antojó necesario para decidirse dada mi predisposición, y en el que giraba su cabeza a derecha e izquierda de una manera que no presagiaba nada favorable, mirándome fijamente a los ojos me sonrió, esta vez sin enseñarme el vacío interdental, y por fin me dijo que sí, poniéndome la mano otra vez sobre la frente.
-De acuerdo, si quieres puedes quedarte pero no haremos nada porque no estás en condiciones. ¿De acuerdo? Todavía tienes algo de fiebre.
-Como quieras –le digo también sonriendo, pues desde hacia ya un rato largo este tío me estaba empezando a gustar una barbaridad.
-¿Pongo música?
-Como prefieras, estás en tu casa. –le digo yo muy bién educado
-¿Qué te gusta?
-Lo que te guste a ti, me gustará, seguro –sigo tan educado
-¿Te pongo ópera?
-¿Óperaaaaa? –contesto yo sorprendido y en algún tono que le debió de parecer gracioso pues empezó a reír. -Vale, vale, lo que tu quieras
.
Y empezó a sonar una especie de marcha militar, muy bonita que a mí, más que ópera me pareció música de película de romanos. Sí, una música que me recordó a las películas de Ben Hur, Espartaco, o a La caída del imperio romano. Y cuando me preguntó si me gustaba, así se lo hice saber.
-Bueno, no es de romanos, pero casi. Ésta es de egipcios. Se compuso para la inauguración del canal de Suez y trata de un militar egipcio que se enamora de una esclava negra. Claro que ésta luego resulta ser hija del rey de Nubia. Pero la hija del Faraón también está detrás de militar y ahí ya se complican las cosas. Ya sabes los celos. Al final los dos amantes morirán
-¿Y todo eso lo entiendes cuando cantan?- pregunto yo extrañado
-Hombre, no, pero lo lees. Los libretos de las óperas en general son muy bonitos, aunque muy exagerados y siempre suelen ser historias muy emocionantes. Mira voy a ponerte otra, y ésta mira tú por dónde, sí será de romanos.
-¿Y ésta de qué va? –le pregunto cuando empieza a sonar esta nueva ópera cuya música también me resultó muy bonita
-Transcurre en la Galia y es de una sacerdotisa druida que se enamora de un romano con quien tendrá dos hijos. Luego el romano se enrollará con otra y ahí empieza el lío. ¿Sabes quién fue Medea?
-Sí, la protagonista de una tragedia griega que mata a sus hijos por despecho, ¿no? Lo que no recuerdo bien es quién era el autor. Nunca sé con seguridad quien es el autor de las tragedias griegas.
-En este caso Eurípides, aunque tampoco creas que estoy muy seguro. Bueno, pues en esta historia la protagonista también planea matar a los hijos que ha tenido con el romano, por despecho hacia él. Pero como resulta que el tiempo de composición de la ópera es ya la época prerromántica, el autor del libreto la hace recapacitar y al final no los mata, muriendo ella a cambio, eso sí, como condición necesaria. Y el soldado romano viendo la determinación de la sacerdotisa rememora de nuevo su antiguo amor y vuelve y muere con ella. En la hoguera, así, sin contemplaciones.
-¿Todas las óperas son tan dramáticas? ¿Todas acaban así de mal?
-Bueno, no todas, pero muchas sí.
A la hora apropiada me trajo en una bandeja cosas muy ricas para cenar y abrió una botella de vino nacional que me ponderó mucho. Yo no entendía nada de vinos en aquel entonces por lo que escuché con mucha educación y muy detenidamente todos aquellos elogios y alabanzas y, al menos, no se me ocurrió pedirle gaseosa.
Y cuando terminamos de cenar y se cansó de oír música me dijo si me apetecía ver una película en el video. Claro, le dije yo, me encanta el cine. Me dijo que un amigo le había dejado varias películas de Fassbinder. Cuando me dijo el nombre yo me arrasqué la cabeza durante un rato.
-¿Cual te apetece? Venga, elige una. Yo, ya las he visto todas así que me da igual, vemos la que tú quieras –me leyó los títulos y me hizo una breve sipnosis del asunto de cada una de las películas
-¿Siempre tienen nombres de mujer los títulos de las pelis de este hombre? ¿Y siempre con la misma actriz? Pues vaya tela
-No todas, pero varias sí
-Pues pon cualquiera de ellas que seguro que nos gustará. Venga, la del rollo bollo estará bien.
Se echó a reír, puso el video, empezó la peli, me dio un vasito de vino, se sentó a mi lado en el sofá, y yo puse mi cabeza encima de sus piernas mientras él me acariciaba el pelo.
Cuando terminó la peli era ya muy tarde así que nos fuimos a la cama. Se marchó a lavarse los dientes y tardó horrores en volver. Yo me metí entre aquellos buenos edredones muy suaves y calentitos y esperé pacientemente su vuelta. Si tenía fiebre no la sentía, podría responder a su iniciativa, si ese era su gusto, no tendría que agitarme mucho, eso, sí, pero estaba seguro que en mi estado me lo haría bien, no me haría mucho daño y sería muy cariñoso conmigo.
Llegó con su pijama puesto; vaya, con lo que me gustaba en vaqueros pensé yo, mientras le miraba embozado hasta el cuello. Apagó la luz se metió en la cama y tuve que ser yo quien se acercara y se abrazara a él. Tras un ratito le di un piquito en la boca y me di la vuelta para invitarle a que se apretara a mí y poder sentir su miembro en mi culo. Tuve casi que obligarle a que lo hiciera echando su brazo encima de mi cuerpo. Y cuando por fin lo hizo no sentí miembro alguno, al menos duro y cuando empecé a culebrear muy sutilmente y a pegarme más a él, tampoco sentí miembro duro alguno. Y cuando ya un poco harto le pregunté si le gustaría follarme hoy o lo dejábamos para otro día, va y me contesta:
-Yo soy pasivo, Alejandro
-¿Cómo? –pregunto yo aturdido
-Lo que has oído. Que soy pasivo cien por cien
Me quedé sin más palabras para el resto de la noche. Y entre el frío, la fiebre y el cortocircuito que en mi cerebro me había provocado su confesión, la verdad fue que aquella primera noche dormimos los dos de lo más abrazaditos pero sin miembro duro alguno, eso sí, oyendo el rumor intermitente de la lluvia cayendo encima de la cubierta de cristales.
Sus ojos eran tan inquietos que miraban sin cesar a una y otra parte, sin descanso, como si estuvieran mosqueados por algo, o buscando algo, o quizá más bien, queriendo controlarlo todo. Los ojos de Sal sólo permanecían fijos cuando se enganchaban a los míos y esto por suerte para mí lo harían con posterioridad muy frecuentemente.
Otra cosa que recuerdo bien es que Sal tenía la frente atravesada por surcos profundos y al lado de las comisuras de los labios. Y también la gran oquedad que dejaban sus dientes incisivos centrales superiores, que estaban muy separados y que le daban un aire juvenil y muy gracioso. Era moreno aunque ya con más canas de las que le corresponderían por su edad y con los pelos muy levantados casi formando una cresta, y que para evitarla mantenía su pelo supercorto. Una bobada porque aquel pelo ayudaba también a darle un especto muy juvenil, pero nunca quiso hacerme caso y dejárselo un poco más largo. Éramos de la misma altura poco más o menos y también delgado como yo, aunque era más musculoso y fibrado. Había ya pasado de largo los treinta y diría que si no guapo al menos no era feo. Pero lo mejor de su físico, aparte de unas finas manos de pianista que acariciaban genial era, sin lugar a dudas, el culo. Era redondo, férreo, consistente y respingón, realzado por aquellos vaqueros ajustados que aquel primer día apenas sí pude admirar.
Aunque de sus ojos pudiera deducirse que Sal era un tío inquieto o impaciente no era así en absoluto, al contrario era una de las personas más tranquilas que he conocido en mi vida. Y esa paz de la que disfrutaba la transmitía a todos los que estaban a su alrededor. Hay personas que transmiten intranquilidad y nerviosismo a los demás por su forma de ser, de comportarse, de moverse, de agitarse, por lo que sea. Otras personas en cambio parece que irradian placidez y serenidad. Lo de la famosa flema británica yo creo que lo exageraba y lo llevaba al límite, pues más que flema era pachorra -sí, a veces su tranquilidad podía ser excesiva -o cachaza, y en ocasiones, las más, podía ser tan meloso como ella.
Tras abrirme la puerta y entrar, sólo pude darme cuenta de la impresión que me dio la escalera de caracol que apareció delante de mí para subir a donde entonces supuse estaban el salón y las habitaciones superiores de aquella casa. No podía ser, qué suerte la mía, lo que me faltaba, pensé, no he tenido que subir escaleras ningunas hasta aquí y ahora me toca subirlas, y encima, dando vueltas. Pedí permiso para dejar la chaqueta en una silla y así disponer de mis manos libres, pero cuando empecé a subir por aquellas escaleras noté que, por mucho que subía, nunca llegaba al final. Cuanto más subía más sentía la impresión de que la escalera se hundía poco a poco bajo mis pies. Cada paso que daba más altos me parecían los escalones, más pesados tenía los pies, más necesitaba aferrarme a la barandilla, hasta que, en algún momento me agarré a la columna central, apoyé mi cabeza en ella como para recuperar aliento, y......... ... y ya no recuerdo nada más.
Mi siguiente recuerdo es estar tumbado en un sofá, mi cuerpo dolorido estaba completamente empapado no sabría decir si por la lluvia o por el sudor que me provocaba la fiebre. Todo mi ser desprendía calor febril y la cara me ardía, en cambio mi cuerpo temblaba de frío a la vez que sudaba y mi frente se perlaba de gotas de sudor. Sentía que tenía sed, sudaba, tiritaba, daba vueltas agitadas, me dolía la cabeza y mi cuerpo ardía como una estufa.
Cuando vuelvo en mí, intento incorporarme pero me vuelve la tiritera, las náuseas y el dolor de cabeza. Veo a Sal tratando de impedir que me levante. Me ha quitado los zapatos, me ha desabrochado la camisa y el cinturón de los pantalones y me ha echado una manta encima. Apenas balbuceo unas palabras que intentan pedirle perdón, y apenas oigo otras amables que me responden intentando tranquilizarme. Sal me hace tomar una aspirina y un vaso de anís mezclado con agua que me sabe a rayos. Me pone en la frente un trapo mojado en agua muy fría que me parece una acción un poco exagerada pero que le agradezco, aunque me produce un fuerte dolor punzante en el entrecejo, como el que a veces producen las bebidas muy frías tomadas con ansia en el calor del verano. Me intento destapar porque el calor febril que desprendo es demasiado y los sudores muchos, pero Sal me vuelve a tapar una y otra vez, y a cambiarme el trapo de la frente. Tengo los pies fríos, dolor lancinante de cabeza, la camisa empapada, y una temblaera incontenible que hace castañetear mis dientes y, por si todo esto no bastara, además deliro.
Estoy en medio de un paisaje espeluznante que miro petrificado y sobrecogido. Tanta destrucción sólo puede ser el resultado de un terremoto, o de una batalla o de una catástrofe nuclear. O quizá sea la consecuencia de todo a la vez. Hay muertos desnudos tirados en el suelo por todas partes formando figuras grotescas y otros muchos, también desnudos, amontonados al lado de fosas y barrancos, hay cadáveres ardiendo en piras gigantescas sobre montículos, y al lado de cráteres y zanjas, todo es fuego, ruina y desolación. Hay restos de armamento que observo extrañado porque corresponden a épocas diferentes. Huele a carne humana quemada y es un hedor tal que me provoca náuseas y me pone al borde del vómito, y ruidos estruendosos y ensordecedores que no hacen sino estremecerme aún más. Veo que también hay sombras a mi alrededor que se acercan y se alejan, todo es gris o negro, tétrico, sopla un viento boreal, veo a lúgubres figuras que parecen como monjes o forzados galeotes. Llevan cruces y cirios apagados aunque todavía humeantes los unos, y arrastran fuertes cadenas y grilletes los otros, todos están entre tinieblas, o entre un denso humo, o bajo una pesada niebla, algunos monjes a pesar de que llevan la capucha del hábito levantada dejan ver sus caras cadavéricas y desvaídas. Otros monjes llevan en sus manos, ásperas y nudosas como sarmientos, látigos provistos de tralla con los que flagelan salvajemente a diestra y a siniestra a todos aquellos galeotes desnudos que se arrastran hasta ellos, revolcándose por el lodo, intentando comerles los roñosos pies, o las albarcas de cuero y esparto, obscenamente entregados, a cuatro patas algunos, ansiosos todos por obtener su penitencia, dispuestos a cualquier cosa por recibirla, revueltos, exaltados y con su miembros empalmados y agarrándoselos unos a otros, haciéndose entre ellos mil puñetas, suplicando a los ajusticiadores, que sean despiadados con los zurriagos sobre sus espaldas para poder alcanzar la remisión de sus muchos pecados y culpas cuanto antes. Otros suplicantes están de rodillas ante los verdugos mostrándoles sus bocas babeantes, o están ya dentro de sus hábitos balanceando frenéticamente sus cabezas, con aquellas manos de cernícalos lagartijeros de los castigadores sobre sus nucas, mientras reciben los feroces azotes de éstos. Otros disciplinantes llevan capirotes como los nazarenos de Semana Santa, éstos me dan más miedo pues vagan como embobados haciendo círculos infinitos, sin rumbo fijo, andando sobre muñones sanguinolentos en vez de pies. Algunos de estos nazarenos sólo muestran unos ojos blancos, opacos, carentes de iris, mientras que otros tienen largos clavos perforándoles los ojos, todos levantando los brazos y sacudiendo violentamente, a uno y otro lado, sus báculos, o sus cayados. Otros feroces sayones tocados de mirras y birretes, con gruesos anillos de amatistas o granates en sus dedazos de uñas negruzcas, vestidos con largas y sucias túnicas negras de donde refulgen exagerados crucifijos de oro y zafiros verdes martirizan a los penitentes que se les exhiben desnudos, tirando cruelmente de lo único que cubren su cuerpo, de fajas gruesas de cerdas o punzantes cilicios de hierro que les desangran como mortificación muslos, falos, brazos, torsos y tripas. Otros flagelantes, con la espalda descubierta, muestran multitud de puntos sangrantes provocados por flagelos de púas que ellos mismos sacuden con las manos atadas. Algunos forzados arrastran a otros galeotes tirándoles de argollas en el cuello o en la nariz mientras a su vez, arrastran gruesas cadenas en manos y pies y parece que se ríen de manera estentórea con sus bocas desdentadas, y dan gritos tenebrosos o quizá, son los gritos del averno donde por fin, después de haberlo temido tanto, ya me encuentro, aunque me digo que es extraño pues es mucho el frío que hace, pero desde luego los gritos son exagerados para ser humanos. Y unos penitentes a las órdenes de un encapuchado descomunal se acercan a mí y me despojan violentamente de todas mis vestiduras y doblándome sobre mi cintura dejan mi culo bien expuesto, unos pretenden azotarme con una larga verga de toro, mientras el encapuchado exhibe ya la suya al aire, enorme y bien dispuesta, por debajo del hábito, no dejando lugar a dudas de lo que pretende hacer con ella. Yo estoy aterrorizado, nada impido, estoy entregado, rendido, y después de sufrir los primeros zurriagazos me voltean y me levantan las piernas sosteniéndome en alto mil brazos de huesudas manos, y aparece por debajo de mí, en mi entrepierna desnuda, una zarpa, queriéndome arrancar mi falo erecto y los huevos, y por los laterales aparecen sendas garras que me clavan sus uñas afiladas y rasgan mi carne profundamente abriéndome las tripas y el pecho, de donde no sale sangre alguna, como si estuviera seco o como si estuviera muerto. Y las garras escarban ávidas en mis entrañas y en vez de vísceras extraen en su lugar infinidad de asquerosas serpientes que inmediatamente reptan por todo mi cuerpo, y se enroscan en mi cabeza, en mi cuello, en mi pecho, en mis piernas. Y mientras me pregunto sorprendido cómo es posible que haya dejado anidar en mi interior tal caterva de asquerosos engendros, cuando daba por seguro que iba a ser devorado de lo poco que de mí quedaba, empezando por mis ojos vidriosos que parecen gustar a sus bífidas lenguas, aparece de repente, a los sones de clarines y atabales, un bellísimo y radiante ángel blanco de profundos ojos negros y grandes pestañas, blandiendo una fulgente espada y vistiendo túnica roja tirando a violeta, ribeteada en oro, y pertrechado de emplumado yelmo, imbricada loriga, ajustada escarcela, y metálicas grebas, montado en un caballo blanco y alado también, elegantemente enjaezado y que pisa con sus patas y cascos a esos seres aberrantes, e inmundos, que contra él nada pueden, y salen despedidas, huyendo despavoridas tras monjes, galeotes, nazarenos y flagelantes.
Cuando desperté de esta pesadilla gótica ya estaba anocheciendo y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Era ahora cuando me daba cuenta que estaba en una de las casas más bonitas en la que haya estado nunca. Era como una de esas casas que aparecen en las películas de Paris, como una de esas buhardillas de Montmartre, donde viven pintores bohemios o músicos y artistas de la farándula. Miré a mi alrededor y vi que era una casa muy antigua a la que se le había añadido la mitad de una enorme terraza acristalando las paredes y parte del techo de ésta. La cubierta de medio salón era de cristal sostenido por un gran armazón de hierro y una columna de forja en el medio de la amplísima estancia. Las vigas del techo con sus remaches y todo también eran vistas y estaban bien cuidadas y pintadas como la escalera de caracol que también era de hierro, aquella que no recordaba haber terminado de subir. También había una bonita estufa, redonda, de ésas que hay que levantar una tapa en la parte superior con un gancho para echar el carbón, y cuyo tubo de evacuación iba paralelo a la columna hasta salir a la calle.
Me encantó escuchar el tintineo intermitente de la lluvia sobre el techo entramado de cristales. Y éstos, que no sé si estaban sucios o era vaho que se formaba alrededor de ellos apenas dejaban ver nada del exterior, ni siquiera los golpes de la lluvia sobre ellos. Por una esquina y gracias a una mortecina luz pude ver el final de un canalón que bordeaba toda la fachada de cristal, y que recogía el agua del techo ligeramente inclinado y lo dejaba caer en forma de un fuerte chorro sobre el suelo de la terraza donde se encontraba el sumidero. Durante mucho rato mis ojos miraron hacia la estructura de cristales encima de mí, pues estaba como fascinado. Hoy, recordando aquello, estoy casi seguro que habrán cambiado la estructura de hierro por feo aluminio y aquella bonita estufa de carbón por cualquier chimenea de pega de esas que simula el fuego y hasta habrán tapiado las vigas de hierro. Pronto escuché los ruidos de alguien subiendo por la escalera interior. Cuando Sal por fin apareció intenté incorporarme del sofá pero no me dejó:
-No, no te levantes, espera un poco todavía –me dice acercándose al sofá donde me encuentro
-Lo siento, no sé que me ha pasado, me he debido desmayar –contesté, apenas balbuceando
-Pues que has tenido mucha fiebre y todavía parece que tienes un poco. Ahora vas a tomarte otra aspirina. –me dice poniéndome la mano sobre la frente
-Lo siento, lo siento de verdad, ¿Qué hora es? Parece de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Varias horas. No veas qué susto me he llevado. Te has abandonado dejándote caer en la escalera y apenas podía subirte
- Sí. Lo último que recuerdo es una escalera de caracol que parecía que se hundía bajo mis pies según la iba subiendo, tío. Y ¿sabes? me he debido caer en el infierno porque he tenido una visión horrible. He debido tener una pesadilla donde había monjes y nazarenos y......
-Y serpientes –me contesta muy seguro
-No me digas que también he delirado –le digo consternado, a la vez que bajo la mirada turbado.
-Mucho –me dijo.
Pero nunca llegué a saber lo que había salido de mi boca ese día en aquel estado febril. Sé que sólo pudo ser la descripción de alguna de aquellas miserias de las que para entonces se había llenado mi vida. Estoy seguro que mi delirio se centró en detallar que encuentro gran placer y gran satisfacción en el acatamiento y la sumisión, en que disfruto de manera brutal con alguien que me someta, con alguien que me use a su capricho y que me posea sin piedad, que disfruto con cualquier mezcla de humillación, dolor, vergüenza y castigo. Y que cada vez me gusta más y necesito más que todas esas prácticas se desarrollen cerca del límite. Que cada vez necesito emociones sexuales más fuertes, que estén cada vez más próximas al vértigo, al frenesí.
O quizá le dije que aunque aquello me atraía con locura hasta el punto de buscarlo sin descanso, desesperadamente y de llevar una vida desenfrenada y licenciosa, a la vez, aquello me repelía tanto como me atraía, que me aterrorizaba este trastorno de los sentidos, que estaba muerto de miedo por esta exaltación violenta, que me espeluznaba lo que hacía y lo que era aún peor, lo que estoy seguro que podría llegar a hacer. Quizá también le dije que sabía que tarde o temprano aquello me llevaría a la perdición o a la locura, eso sino tocaba fondo antes y no me tiraba yo mismo al abismo buscando un poco de tranquilidad y sosiego. No sé si deliré, ni lo que dije, ni lo que oyó pero tengo la impresión de que fuera lo que fuese, eso fue le que le enamoró de mí. Por eso se pasó todo aquel día velando mi sueño sin casi apartarse de mi lado, y por eso me enseñó todo lo que sabía, por eso siempre se preocupó tanto por mí, y por eso me dolió tanto....... tanto...... fallarle, traicionarle.
-¿Qué he dicho? –le pregunto sonrojándome y volviendo a subir muy lentamente los ojos pero sin atreverme a enfrentarlos con los suyos.
-Tranquilo, Alejandro, sólo cosas sin sentido
-Por favor, no le digas a Christian nada de cómo ha ido esto –le digo angustiado y cogiéndole del brazo –te lo ruego, volveré otro día cuando tu quieras, mañana si me siento mejor, o podemos hacer ahora algo si te apetece, pero por favor no le digas nada a Christian. Esta mañana le llamé nada más levantarme y vi que me sentía mal, para que te llamara y anulara la cita pero no ha querido.
-No te preocupes, que no pasa nada. Ahora te vas a tomar otra pastilla, ¿vale?. ¿Con qué la quieres con leche caliente o con anís?
-Con leche, con leche, tío, o con agua. Ahora recuerdo que la otra me la diste con anís y me supo a rayos.
Al decirle esto se echó a reír ampliamente, y fue entonces cuando por primera vez vi la oquedad que había entre sus dientes incisivos superiores, que me encantó y también me di cuenta de la profundidad infinita de sus ojos negros y de las pestañas tan largas que tenía, y cuando se levantó y se dio la vuelta pude mirar de soslayo, bueno, no tan de soslayo, su cuerpo y admirar brevemente, esto sí, su culo y cuando me trajo el vaso de leche caliente con la pastilla me fijé en sus manos muy finas y en su blancura nívea y en sus uñas bien recortadas.
-Creo que ya estoy bien –le dije incorporándome -¿Quieres que hagamos algo? Creo que ya podría -Volví a insistir pero mirándole esta vez directamente a sus infinitos ojos negros.
-Ya te he dicho, Alejandro, que estés tranquilo, que no te preocupes por nada, que no pasa nada.
-¿Prefieres que quedemos para otro día? ¿Mañana domingo? Seguro que para mañana ya estaré bien. Esto me pasa con frecuencia no te preocupes. Cada vez que tengo la gripe o pillo algún catarro me dan unos subidones de fiebre que son espectaculares. Contra ellos lo mejor que se puede hacer es meterme durante un rato en una bañera con agua bien fría. Y si el agua puede estar llena de hielos mejor. Mi madre lo sabe bien porque a la pobre le ha tocado meterme muchas veces en mi vida. Y al rato ya estoy como si nada hubiera pasado. No sé, pero creo que esto debe ser un rollo de la infancia. Alguna reminiscencia infantil que me queda no sé.
-Alejandro, te he dicho ya tres o cuatro veces que no pasa nada, tranquilízate, tío. Christian no se enterará de nada de todo esto, si es lo que te preocupa ¿De acuerdo? Lo único que siento es no haber sabido lo de la bañera. Ufff, cómo me habría gustado desnudarte y haberte llevado en brazos, totalmente abandonado a depositarte dentro del agua. –me dice sonriendo con una amplia sonrisa burlona. -Es broma, pero si en verdad te sientes mejor y no tienes ninguna prisa pues prefiero que charlemos un rato, si te apetece. ¿Qué dices?
-Vale. ¿Sabes? Tienes una casa muy bonita, nunca he vista nada similar. Y me encanta cómo suena la lluvia sobre los cristales del techo. Será genial dormir aquí cuando llueve, ¿no? Me encanta ese rumor intermitente de la lluvia y por las noches en la cama, más aún
.
-A mí también. Venga, pues ya está hecho, volveremos a quedar los dos en una noche de lluvia y te vienes a dormir conmigo, ¿de acuerdo?
-¿Y porqué no hoy? Hoy ya llueve ¿O es que has quedado con alguien? Mi vieji está en el pueblo y no hay nadie en mi casa, no tengo porqué volver.- le dije yo, dándole todo tipo de detalles familiares
Después de pensárselo durante más tiempo del que a mí se me antojó necesario para decidirse dada mi predisposición, y en el que giraba su cabeza a derecha e izquierda de una manera que no presagiaba nada favorable, mirándome fijamente a los ojos me sonrió, esta vez sin enseñarme el vacío interdental, y por fin me dijo que sí, poniéndome la mano otra vez sobre la frente.
-De acuerdo, si quieres puedes quedarte pero no haremos nada porque no estás en condiciones. ¿De acuerdo? Todavía tienes algo de fiebre.
-Como quieras –le digo también sonriendo, pues desde hacia ya un rato largo este tío me estaba empezando a gustar una barbaridad.
-¿Pongo música?
-Como prefieras, estás en tu casa. –le digo yo muy bién educado
-¿Qué te gusta?
-Lo que te guste a ti, me gustará, seguro –sigo tan educado
-¿Te pongo ópera?
-¿Óperaaaaa? –contesto yo sorprendido y en algún tono que le debió de parecer gracioso pues empezó a reír. -Vale, vale, lo que tu quieras
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Y empezó a sonar una especie de marcha militar, muy bonita que a mí, más que ópera me pareció música de película de romanos. Sí, una música que me recordó a las películas de Ben Hur, Espartaco, o a La caída del imperio romano. Y cuando me preguntó si me gustaba, así se lo hice saber.
-Bueno, no es de romanos, pero casi. Ésta es de egipcios. Se compuso para la inauguración del canal de Suez y trata de un militar egipcio que se enamora de una esclava negra. Claro que ésta luego resulta ser hija del rey de Nubia. Pero la hija del Faraón también está detrás de militar y ahí ya se complican las cosas. Ya sabes los celos. Al final los dos amantes morirán
-¿Y todo eso lo entiendes cuando cantan?- pregunto yo extrañado
-Hombre, no, pero lo lees. Los libretos de las óperas en general son muy bonitos, aunque muy exagerados y siempre suelen ser historias muy emocionantes. Mira voy a ponerte otra, y ésta mira tú por dónde, sí será de romanos.
-¿Y ésta de qué va? –le pregunto cuando empieza a sonar esta nueva ópera cuya música también me resultó muy bonita
-Transcurre en la Galia y es de una sacerdotisa druida que se enamora de un romano con quien tendrá dos hijos. Luego el romano se enrollará con otra y ahí empieza el lío. ¿Sabes quién fue Medea?
-Sí, la protagonista de una tragedia griega que mata a sus hijos por despecho, ¿no? Lo que no recuerdo bien es quién era el autor. Nunca sé con seguridad quien es el autor de las tragedias griegas.
-En este caso Eurípides, aunque tampoco creas que estoy muy seguro. Bueno, pues en esta historia la protagonista también planea matar a los hijos que ha tenido con el romano, por despecho hacia él. Pero como resulta que el tiempo de composición de la ópera es ya la época prerromántica, el autor del libreto la hace recapacitar y al final no los mata, muriendo ella a cambio, eso sí, como condición necesaria. Y el soldado romano viendo la determinación de la sacerdotisa rememora de nuevo su antiguo amor y vuelve y muere con ella. En la hoguera, así, sin contemplaciones.
-¿Todas las óperas son tan dramáticas? ¿Todas acaban así de mal?
-Bueno, no todas, pero muchas sí.
A la hora apropiada me trajo en una bandeja cosas muy ricas para cenar y abrió una botella de vino nacional que me ponderó mucho. Yo no entendía nada de vinos en aquel entonces por lo que escuché con mucha educación y muy detenidamente todos aquellos elogios y alabanzas y, al menos, no se me ocurrió pedirle gaseosa.
Y cuando terminamos de cenar y se cansó de oír música me dijo si me apetecía ver una película en el video. Claro, le dije yo, me encanta el cine. Me dijo que un amigo le había dejado varias películas de Fassbinder. Cuando me dijo el nombre yo me arrasqué la cabeza durante un rato.
-¿Cual te apetece? Venga, elige una. Yo, ya las he visto todas así que me da igual, vemos la que tú quieras –me leyó los títulos y me hizo una breve sipnosis del asunto de cada una de las películas
-¿Siempre tienen nombres de mujer los títulos de las pelis de este hombre? ¿Y siempre con la misma actriz? Pues vaya tela
-No todas, pero varias sí
-Pues pon cualquiera de ellas que seguro que nos gustará. Venga, la del rollo bollo estará bien.
Se echó a reír, puso el video, empezó la peli, me dio un vasito de vino, se sentó a mi lado en el sofá, y yo puse mi cabeza encima de sus piernas mientras él me acariciaba el pelo.
Cuando terminó la peli era ya muy tarde así que nos fuimos a la cama. Se marchó a lavarse los dientes y tardó horrores en volver. Yo me metí entre aquellos buenos edredones muy suaves y calentitos y esperé pacientemente su vuelta. Si tenía fiebre no la sentía, podría responder a su iniciativa, si ese era su gusto, no tendría que agitarme mucho, eso, sí, pero estaba seguro que en mi estado me lo haría bien, no me haría mucho daño y sería muy cariñoso conmigo.
Llegó con su pijama puesto; vaya, con lo que me gustaba en vaqueros pensé yo, mientras le miraba embozado hasta el cuello. Apagó la luz se metió en la cama y tuve que ser yo quien se acercara y se abrazara a él. Tras un ratito le di un piquito en la boca y me di la vuelta para invitarle a que se apretara a mí y poder sentir su miembro en mi culo. Tuve casi que obligarle a que lo hiciera echando su brazo encima de mi cuerpo. Y cuando por fin lo hizo no sentí miembro alguno, al menos duro y cuando empecé a culebrear muy sutilmente y a pegarme más a él, tampoco sentí miembro duro alguno. Y cuando ya un poco harto le pregunté si le gustaría follarme hoy o lo dejábamos para otro día, va y me contesta:
-Yo soy pasivo, Alejandro
-¿Cómo? –pregunto yo aturdido
-Lo que has oído. Que soy pasivo cien por cien
Me quedé sin más palabras para el resto de la noche. Y entre el frío, la fiebre y el cortocircuito que en mi cerebro me había provocado su confesión, la verdad fue que aquella primera noche dormimos los dos de lo más abrazaditos pero sin miembro duro alguno, eso sí, oyendo el rumor intermitente de la lluvia cayendo encima de la cubierta de cristales.