Cuadernos de un chapero
Recorrido vital de un chapero, sumiso, y pasivo, y de sus venturas e infortunios.
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Cuaderno XXVIII
Tardé mucho en dormirme y además tuve una noche agitada despertándome muchas veces y dando vueltas y más vueltas. Estuve pensando en lo último que me había dicho, y en todo lo que me había pasado ese día. ¿Entonces tendría que follármelo?, eso para mí, sí que iba a ser toda una novedad, en fin haría lo que pudiera tampoco quería empezar a preocuparme. Creo que me dormí pensando en que Sal tenía una culo muy bonito y muy apetecible.

Nos despertamos el domingo casi a la vez. Había salido el sol y entraba centelleante por todos los cristales de aquel enorme salón. Había dejado de llover por fin. Y no sé, pero nadie debía haber reseteado aún mi automático cerebral porque los efectos del cortocircuito todavía continuaban en mi mente. Lo que es normal que en los hombres esté duro todas las mañanas, en aquel día y en aquella cama, no lo estaba tanto, y eso, por ninguna de las dos partes. No obstante yo me acerqué a él y le apreté dulcemente contra mí dejándose hacer.

-¿Entonces, me has hecho venir aquí para follarte, tío? -Esa fue mi pregunta casi sin decirle buenos días

-Hombre, sólo si quieres. No es mi intención obligarte a nada. Si no quieres no pasará nada, pero yo soy pasivo, sí.

-No, no. Si no es ése el problema. Claro que te lo hago si es eso lo que te gusta, y estoy seguro que me encantará hacértelo. Es que me he quedado un poco descolocado. Debe ser la novedad, eso es todo.

-Pues ya lo sabes, como me debes una cita, cuando estés disponible
y te apetezca volver a verme, aquí te espero. Ya te daré mi número de teléfono para quedar cuando te venga bien ¿De acuerdo? Pero eso sí, no me hagas esperar hasta que llueva otra vez y la lluvia resuene en estos cristales, porque tío, en este país de infierno eso puede tardar en ocurrir meses.

-Vale. Pero el problema es que yo no lo he hecho nunca y no sé si estaré a la altura de lo que tú necesitas. Quizá si tu tomas la iniciativa y me vas diciendo.........-digo esto más pensando en la posibilidad de que aquella mañana quiera hacerlo que en la posible ayuda que aquello pueda procurarme en cuanto a cambiar el interruptor biológico en la cabeza.

-No te preocupes que lo haremos cuando sea el momento propicio y no tendrás ningún problema, ya verás.

-Muy bien –respondo yo –pero que Christian no se entere de todo esto, me lo has prometido. ¿De acuerdo? Tampoco quiero que se entere de que vengo a verte aquí a escondidas ¿Vale?

-De acuerdo, y quizá ese día te apetezca hablarme de porqué tienes tanto miedo a ese cabrón –me responde concluyendo

Y volviéndose hacia mí y abrazándome empieza a comerme la boca muy despacito, y a meterme su lengua hasta la garganta y a morderme los labios suave y dulcemente y su mano a deslizarse para acariciarme el pecho y su rodilla a subir hasta mi entrepierna a presionarme los huevos. Sus dedos juguetean con mi ombligo y la mano entra suave y perezosa en el calzoncillo, primero por detrás y luego se adentra acariciando los territorios delanteros más principales y deseados por él. Siento que el automático mental se rearme rápidamente porque me excito súbitamente y me entran unas ganas locas de comerle el rabo.

-Quiero comerte el rabo, bien comido, tío –se le digo con la cara roja de la excitación mientras inicio los movimientos de bajarme al bicho. Pero él me detiene con cariño a la vez que con firmeza

-No. Quiero comértelo yo a ti primero. Ya te siento muy duro y quiero comértelo a placer. Me apetece mucho.

-No, porfa déjame a mí primero, te lo ruego, después me lo haces tú ¿vale? –sigo insistiendo

-No, yo primero –me dice con tenacidad

-No, porfaaa, andaaaa –le suplico zalamero. -¡Coño¡ es la primera vez que me pego con alguien por quien es el primero en comer rabo

-Bueno, vamos a hacer una cosa. ¿Qué te parece si lo primero que tú y yo hacemos es un 69? ¿De acuerdo?

-Genial, eso me encanta

Mientras se quita la parte de arriba del pijama yo me giro y me bajo en la cama hasta la altura de su falo. No es muy largo. Al menos a estas alturas ya he visto los suficientes como para tener una idea de tamaños, tanto de longitudes como de grosores. Qué manía absurda, ésta mía de comparar. Si lo importante no es la herramienta sino quien está detrás, quien la maneja, o quien la empuja, pero nada, parece inevitable la comparación aunque a ninguna parte lleve. En ella, Sal no sale malparado pues aunque tiene el rabo corto, es proporcionado y bonito, grueso de tronco, más en la base, y gran capullo que sobresale del tallo como gran sombrerete. Es, pienso al momento, un rabo muy cabezón, como un buen hongo, a él que tanto le gustan, -aunque paradójicamente, no el phalloides que ya me advirtió que no sólo era muy venenoso sino también mortal-. Y hay otra cosa que me encanta, descapullado, el glande de Sal es sorprendente por lo sonrosado, y cuando lo manipulo y consigo que el falo se ponga duro, es duro de verdad, muy consistente y terso.

Y nos comemos cada uno lo del otro con gran ansia y deseo, con impaciencia, con agitación, con frenesí. Yo repito las mismas caricias bucales y movimientos manuales que me hace él a mí, ya que, despojado como he estado siempre en el sexo de iniciativa y criterio, entiendo que me está indicando con sus maniobras cómo le gustaría que se lo hicieran a él. Pero en ese momento, Sal está abandonado a mí, en otra esfera, en otro plano. Sal es un felador nato, se ve que le encanta comerla y que desatiende por completo a su propio rabo.

Todos los ostentosos movimientos felatorios que hace con su cabeza van encaminados a producirme el mayor de los placeres y los hace acompañar de sus manos que, aprovechando la gran cantidad de saliva que va desprendiendo su boca, se pasean por mi rabo y huevos con gran lubricidad volviéndome loco de lujuria y lascivia.
Recorro su enorme capullo, aquel gran sombrerete sonrosado, con mi lengua que lo acaricia y no se cansa de lamerlo y degustarlo, mis labios logran abarcarlo y giro mi cabeza para comérmelo radialmente en un movimiento de volante. Noto que mi lengua, intentando entrar en su orificio uretral, le estremece pues retira sus caderas levemente hacia atrás involuntariamente, aunque enseguida vuelve ansioso a por más. Con no poco esfuerzo, aquel hongo tan rico, aparentemente inofensivo e inocuo, entra poco a poco en mi boca y se intenta deslizar hasta dentro abriéndose camino. Es tan cabezón que hace tope en todas partes pero me hago con él y llega hasta lo más profundo sin dañarme la garganta y sin más problemas.

Es entonces cuando mis dedos osados deciden exploran territorios ignotos hasta ese momento, y es seguro que le han de gustar pues gime lastimero sólo de intuir apenas esa posibilidad. Me lubrico un dedo con mi boca y empiezo a acariciarle la entrada del ojete haciéndole suaves circulitos alrededor y cuando oigo sus suspiros y gemidos me convenzo de que no me equivoco, de que aquel es el camino. Efectivamente, aquello le gusta y por ello me animo a seguir y empiezo a introducírselo, poco a poco, con suavidad primero, con más energía después y fuertes espetadas al final. Mientras esto ocurre seguimos devorándonos el uno al otro, comiéndonos los huevos, y me doy cuenta de que los suyos tampoco son pequeños.

Pero todavía se volverá él más impúdico y libidinoso cuando mis movimientos de cadera le irrumen salvajemente la boca. Esta acción no dejo de apreciar que le excita sobremanera y pone su rabo todavía más duro y cabezón, hasta el punto de ponerme en dificultades de metérmelo enterito en la boca. Tanta lubricidad, tanta dureza de movimientos y tanta lujuria me pondrán al borde del orgasmo sin poder remediarlo, en no mucho tiempo. Pero es que además, el gusto que recibo es tanto, estoy tan poco acostumbrado a lo que me están haciendo, es tanto el morbo sobrevenido y tan poco lo esperado, que siento que voy a correrme forzosamente si no para inmediatamente de comerme la polla.

-Para ya, tío, por favor, para un momento. -le digo que pare, pero ni caso, yo no puedo seguir comiéndole nada a él. -Para tío -le imploro, le suplico que me voy a correr si no se detiene. -Para tío, no puedo más -intento salirme de su boca desplazando el cóccix hacia fuera, pero me lo impiden sus manos que sujetan firmemente el sacro. No quiero correrme dentro de su boca pero no voy a poder impedirlo.

Y efectivamente sin poder contenerme más, con mi cara apretándose estrechamente contra su rabo y huevos, oliendo la suave fragancia de éstos, mis manos agarrando su culo con mis dedos y clavándole las uñas en sus glúteos, mis piernas estirándose todo lo largas que son y los dedos de mis pies contrayéndose fuertemente me derramo dentro de su boca entre convulsiones y espasmos, sintiendo cómo el chorro de lefa entra en su garganta y cómo la recorre toda ella, noto cada movimiento de su garganta apretando mi capullo y tragando mi esencia con el mayor de los gustos, y cómo después su lengua se entretiene en lamer todo mi glande para recoger todo lo que pudiera quedar por los bordes para que no se pierda nada, para que no se desperdicie nada. Y yo, dejo de apretar mi cara contra sus huevos y paso a besarlos en señal de agradecimiento, y en vez de castigar su culo con mis uñas, paso a acariciarlo y a mimarlo mientras me relajo y disfruto del momento.

-¿Qué tal? –oigo que me dicen desde la lejanía, casi desde otro planeta, tras los momentos de fuertes espasmos y respiraciones agitadas. Después de un tiempo de silencio imprescindible, que odio que rompan, para recuperar el aliento, el sentido, y descender del paraíso a donde me ha desplazado su mamada, me giro complacido y, buscando su boca, le doy un beso interminable, única manera que se me ocurre de agradecerle tanto placer.

-Bien, muy bien, tío. He tratado de no correrme en tu boca, tío, lo siento, pero no he podido evitarlo por mucho que te he dicho que pares no me has hecho ningún caso, y......

-Pero, ¿te ha gustado? o ¿no?

-Mucho. Aunque me daba palo correrme en tu boca, ha llegado un momento en que ya no me podía resistir más y me he dejado llevar, me he abandonado. Lo siento, pero es que es la primera vez que me lo hacen así, la primera vez que me corro en la boca de un tío, y sí, me ha gustado cantidad.

-Vaya, pues me alegro de ser el primero en algo contigo. Quería hacerlo para impresionarte.

-Puedes ser conmigo el primero en muchas cosas. Tampoco estoy tan usado o al menos no me gustaría estarlo –le contestó un poco ofendido y cambiando la expresión de la cara, pero en absoluto desafiándolo

-Perdona no te quería decir lo que has interpretado. Por nada del mundo te querría ofender ni avergonzar. Yo no soy quién –vi claramente que para quitar hierro cambiaba de tema. -¿Sabes qué?

-¿Qué? –le dije contemporizando y en buen tono

-Que me ha gustado mucho lo que me has dado, estaba muy rico.

-Gracias, pero no me ha costado nada ser desprendido –le digo irónico

-Ahora, tengo que decirte que no me aguantas nada, enseguida te vas. Eso hace que no disfrutes a tope. ¿Siempre te corres tan rápido? – Esta pregunta me deja estupefacto pues si es así, nunca he sido consciente de ello.

-Pues, no sé. Nunca he tenido hasta ahora la sensación de ser un flojo en correrme. Siempre me han utilizado de forma pasiva y quizá el tiempo no ha tenido importancia para mí. El tiempo era algo que dependía de los otros, era fijado por ellos. A veces, muchas, ni me han corrido siquiera, ni me han dejado hacerlo mí. Por eso quiero correrte ahora a ti

-No, no pasa nada, tranquilo, ya lo harás, yo rara vez me corro es un desperdicio. Conmigo, te digo, serás tú quien fije el tiempo o al menos éste dependerá de ti, más que de mí, ya lo verás.

-¿Un desperdicio correrse? ¿Qué me dices?

-Sí, un desperdicio. Y un derroche. ¿Te apetece que nos vayamos a tomar el aperitivo a La Bobia? O ¿prefieres irte a casa?

-Sí, me gustaría ir a La Bobia contigo. No tengo ninguna prisa, mi vieji hasta la noche no vuelve de su pueblo. Tengo tiempo y además me encanta ese bar.

-Si quieres después de La Bobia podemos ir a comer al chino de abajo, son amigos míos, voy todos los fines de semana. Es un bar muy cutre y muy barato pero se come genial ya verás.

-De acuerdo, me encantará ir contigo pero tengo un problema y es que no tengo mucho dinero.

-No te preocupes, yo te invito, y ya te he dicho que no es muy caro

La Bobia era un lugar que me encantaba pues era un lugar de encuentro fascinante. Siempre que iba al Rastro, lugar al que no dejaba de ir los domingos por la mañana si los tenía libres, me pasaba por aquel bar después, solo o acompañado, a tomar una cerveza.

-¿Conoces a Almodóvar? ¿Has visto la película suya que ponen en los Alphaville? –se acuerda de esta peli porque en la primera secuencia de Laberinto de pasiones el bar que aparece es aquel, La Bobia, en sus años gloriosos.

-Sí, he oído hablar algo de él, pero no he visto ninguna de las dos películas que ha hecho.

-¿Quieres que vayamos a ver ésta? Yo la ve visto ya un par de veces pero no me importaría verla otra vez. Podemos ir a la sesión golfa en algún fin de semana. ¿Qué dices?

- Pues que me encantaría.

Hoy es una pena lo que han hecho de ese lugar, como de tantos otros en Madrid, es una fea y vulgar cafetería, que nada evoca, y que para nada sugiere lo que en otro tiempo fue. Hoy bien poca gente va, por lo menos si se compara con la gente que tomaba el vermú allí los fines de semana. En aquel tiempo era un hervidero de gente que lo llenaba todo, hasta la acera de la calle estaba siempre llena de gente tomando cerveza, charlando y fumando costo. Con suerte podías encontrarte con algún famoso de entonces o con alguno que lo sería después.

Cuando llegamos al bar ocurrió lo que me temía, un tío se acercó a mí y me preguntó cuantos talegos de costo quería. Le dije que nada, que hoy pasaba, pero el tío insistió dejando más que en evidencia que nos conocíamos.

-¿De qué conoces a ese tipo?

Cuando Sal me preguntó de qué conocía a aquel tipo pude hacerme el loco o pude mentirle y pude contarle cualquier milonga, pero preferí decirle la verdad. Conocía a Sal del día anterior pero me merecía y me ofrecía ya más confianza que otros muchos antiguos conocidos.

Preferí decirle que la acera de La Bobia era el lugar a donde Christian me mandaba a comprarle costo, y se lo compraba a ese tipo o a otros similares de los muchos que por allí había. Llevaba mucho tiempo ya haciendo aquello, y después de leer estás páginas ya puedes deducir que de todas las cosas por las que me pudiera avergonzar en aquella época esa razón no era, precisamente, la peor.

-Christian me manda aquí de vez en cuando para pillar chocolate –le contesto mirando a la calle

-¿Haces por él esto también? Qué cabrón. ¿Y porqué no viene él mismo a pillarlo en vez de utilizarte de mula? Ese tío me está pareciendo que es un poco hijo de puta. ¿Tan colgado estás de él?

Me encogí de hombros y, mirando hacia otra parte, nada contesté. ¿Que si me utiliza de mula? No lo sabes tú bien, pensé. Supongo que hablar de eso ya habrá ocasión con el tiempo. A lo mejor perdí una buena oportunidad de entrar en confidencias, pero el caso fue que nada le dije. No le dije que también me mandaba a otros lugares menos agradables y seguros que éste, a otros bares y tugurios oscuros a comprarle poppers por ejemplo, ni lo que era peor que también iba a polígonos industriales desolados del extrarradio llenos de prostitutas, o a puentes lejanos en el país de los zombis o a muros inmundos en tal o cual lugar, siempre en penumbra, a los que se llegaba tras coger el metro, el autobús y cruzar extensas explanadas solitarias, a donde había que llegar antes de la puesta de sol si no se quería pasar auténtico pavor a la vuelta cuando se levantaban los fantasmas de ultratumba.

Y tampoco le dije que allí no era costo lo que compraba, que para ese viaje no haría falta irse tan lejos, ni la mula necesitaría llevar alforjas. La mula, hechizada y embobada, iba a la conquista de chivos con exagerados anillos de oro en los pesuños y de camellos ornados de gruesos collares al cuello, poseedores todos ellos del mejor caballo, jaco o burro que de todas las maneras aquello fue llamado, y que para nadie debe resultar extraño que produzca muermo, aunque yo nunca gusté de tienta, y puestos en plan equino nunca supe ni quise saber lo que la gran acémila hacía con ello. Y en otras ocasiones fui a buscar aquella “nieve o polvo de los andes” como, pomposamente, el muy idiota de mi dueño llamaba a la coca y que no he oído a nadie volver a llamarla así. O pregunté por peyote que fue siempre su antojo y de la que nadie había oído nunca hablar.

Sí también en ese momento pude hablarle de Sergio pero no lo hice. No sé si porque no era el momento adecuado o porque no era el lugar. Seguramente por las dos cosas. Una de las impresiones más fuertes que me he llevado en la vida, y que siempre tengo presente, sin que se haya reducido lo más mínimo la intensidad del impacto, como si no hubieran pasado tantos años ya, fue conocer, en los bajos de alguno de aquellos puentes lejanos del territorio zombi, a Sergio. Era un auténtico esclavo, poco más o menos de mí edad, el único digno –es una manera de hablar- de semejante nombre que he conocido, y eso lo digo yo, que algo de experiencia tengo y que, lampando como siempre andaba de tirar de chuta en cualquier ocasión, le utilizaban como cobaya humano para probarlo todo, para detectar cualquier adulteración, o para producirla. Sergio, que ni para el trueque servía ya, era utilizado para que se metiera chutas de muestras de dudosa pureza, y en función de su viaje o mejor debería escribir, de su desparrame, se cortaban más o menos, y las mezclas para el corte podían ser con lo primero que se tuviera más a mano, con polvos de talco, con aspirina machacada, o con leche en polvo en el mejor de los casos y en los peores hasta con estricnina. Y Sergio, con la mansedumbre del sometido al yugo, con la claudicación del vencido sometido a horrible cautiverio, con el sometimiento inducido por unas cadenas invisibles de gruesos eslabones, sin necesidad de trallas ni vergajos, ni de grilletes o argollas, bien domado sin fusta, experimentaba con ojos agradecidos y subyugados y con extrema complacencia servil los efectos de las catas. Y cuando no había mierda que probar o muestras que testear, y dependiendo de la visita del mono o de la negra que casi siempre era mucha y llegaba invariablemente temprano y alguna vez hasta con guadaña, dormitaba amuermado o modorro, que para el caso es lo mismo, sobre una colchoneta en una sucia, vieja y maloliente tienda de campaña de color verde en aquella explanada hendida de surcos cercana al polígono industrial de Vallecas villa, rodeado de papeles, cartones y botellas en el mejor de los casos y en el peor entre sus propios excrementos y vómitos, o se ofrecía a cualquiera de los que se aventuraban por aquel puente a hacerles una mamada por unas cuantas monedas que pocos le aceptaban porque les repugnaba aquella boca de labios cortados, costras en las comisuras y repleta de dientes negros partidos. Vagaba flaquísimo y encorvado, rodeado su cuerpo de una costra de suciedad acumulada de meses, si no años, arrastrando los pies, las más de las veces desnudos, con brazos y piernas llenos de verdugones y pústulas, secuelas de picos y chutas, y también cardenales en cara y espalda de los golpes que recibía de los camellos y chivos cuando se arrastraba ante ellos suplicándoles que le metieran cualquier dosis de mierda. Y cuando no había esclavizadores, o verdugos, o éstos pasaban de él, o le despedían a patadas y empujones que así ocurría con más frecuencia de las que recordaba, Sergio quedaba como el esclavo de los esclavos, de todos los demás espectros, que en ese inframundo también hay clases, y jerarquías, y al ser el paria más ínfimo, el siervo más insignificante, siempre debía estar dispuesto a ir a por agua, chutas, plata, limones, azúcar, o a por cualquiera otra necesidad de aquellos que no eran sino de su misma laya. Y a dejarse usar, primero por el jefe de la peña espectral, después por sus lugartenientes y por último por los más inferiores, que no es imprescindible estar vivo para desear meterla en agujero caliente y prieto, y los muertos de aquel orco debían saber bien cual era la especialidad de Sergio, acomodarlas y hacerlas hueco, pues a esas alturas ya debían saber que solía ir bien holgado en todo momento, y todos preferían su culo a sus mamadas. Yo, supongo que por tener cierta tendencia a la náusea, tampoco quise ninguna, pero quizá porque nunca fui demasiado delicado de olfato, conversé mucho con él. Me habló de su familia de siete hermanos y un sobrino –recalcaba levantando el dedo- todos mayores que él, a quienes les robaba y vendía todo y que acabaron echándole de casa. También me habló de su padre alcohólico que le maltrataba y metía mano a la vez que al sobrino, y de su madre analfabeta que era la única que trabajaba en aquella casa limpiando otras, y, por la única que al hablar, se le humedecían los ojos. Y muy chulito me habló también de lo guapo que había sido –y que algún destello mantenía todavía a pesar de todo- y de su cuerpo de gimnasio, y de su culo, y de los muchos amantes que habían estado locos por ese culo –algún famoso jugador de fútbol entre ellos- y que se habían aprovechado de él –de todo él - y luego habían pasado. Que nadie le había cuidado y le habían gastado porque, según decía, a las personas como a las cosas si se las usa mucho, en demasía, acaban gastándose antes de tiempo. Me dijo también que, seducido por un amigo más íntimo que otros, y para pagar los gastos del pico de ambos, había acabado prostituyéndose en un bar de Azca y luego, -o antes- todo había empezado a ir de mal en peor. Le ayudé en lo que pude –poco, pues pude hacer mucho más- pero al menos la ropa y los zapatos últimos con los que le vi eran míos y la trenca que tenía también. Pero, cuidado, porque la ínfima cosa que hice por Sergio me la pagó con creces, pues me hizo el mejor de los regalos que me pudo hacer: su espejo. Y cada vez que me veía, si su muermo de burro se lo permitía y su estado sólo era el de semizombi, me sonreía con amplia sonrisa sin importarle enseñarme aquellos dientes negros y partidos, y me acompañaba de vuelta hasta la carretera y permanecía en el arcén hasta que yo desaparecía camino del autobús.

Jamás me he picado y nunca sabré si ha sido por mi pavor enfermizo a las agujas, -sólo un poco inferior que mi ofidiofobia-, o gracias a Sergio, aunque creo decantarme por esto último. Hasta un ser como Sergio pudo servir de modelo, de ejemplo para alguien. A mí me sirvió de espejo donde mirarme, y su reflejo, aún me estremezco hoy cuando lo pienso, era en verdad, el prototipo del horror. Aún recuerdo con pena cómo le compraba botellas de leche y cómo se las llevaba a aquella gruta de leprosos y que a partir de cierto día las llevaba y me las traía sistemáticamente porque nunca más conseguí volverle a ver.

 
Cuaderno XXIX
Tras el aperitivo fuimos andando a comer al restaurante chino que estaba debajo de la casa de Sal. Este lugar era lo menos parecido a lo que todos tenemos en mente que debe ser un restaurante chino. Era un feo y cutre local, pequeño y muy sucio, en el que hoy recuerdo que hacía mucho calor. Había sólo seis o siete mesas nada más, cubiertas con manteles de hule de aquellos a cuadros rojos. Olía a fritanga de una manera exagerada, en eso no tenía nada que envidiar a las peores tabernas de Madrid que ya es decir. Las servilletas eran de papel y los trozos de pan, ya cortados, estaban en unas canastillas de plástico que se paseaban de mesa en mesa y todos manoseaban a su antojo. El dueño chino del restaurante, que se llamaba Yu Chin recibió a Sal de manera afectuosa con amplia sonrisa y mil inclinaciones de cabeza y desde la cocina su mujer no dejó también de hacerle otras mil reverencias. Por lo bien que le trataban, supuse que Sal nunca salía de allí. No hablaban una sola palabra de español, cosa que me extrañó, y muy mal el inglés pero ningún problema para entendernos hubo. Había otros comensales también chinos comiendo ese día, con la cabeza muy agachada, casi metiendo las narices en los boles de comida. La carta era una vieja hoja amarillenta y manchada de grasa. Sal me preguntó qué me apetecía para comer y yo le dije que lo que él quisiera. No había ido a muchos restaurantes chinos en aquel entonces y a los que fui después nunca se parecieron en nada a aquél. Pidió uno de los menús y sólo puedo recordar -aparte de que la comida tardó horrores en venir y que estaba buenísima- que la sopa la sirvieron al final. Allí fue donde me aficioné a la comida china y salvo en Wudang nunca he vuelto a comer en un chino como se comía en aquél –eso sí, los restaurantes siempre son más bonitos, están mejor decorados y son mucho más rápidos- y tampoco el tipo de comida en nada se parece a la que se comía allí. Tiempo después supe que la gastronomía del restaurante de Yu Chin era la típica que se comía en la zona de Yunnan en el sur de China de donde procedían ellos, muy diferente de la gastronomía cantonesa o de Guangdong también en el sur del país y que es la tque sirven en el resto de restaurantes chinos. Cuando estábamos terminando de comer el dueño sacó un paquetito de la cocina y se lo dio a Sal.

-¿Quieres pasar la tarde conmigo? –me preguntó Sal poco después de terminar el postre con una sonrisa traviesa en la que me pareció ver algo de picardía.

-Claro –le contestó yo, dejando escapar una media sonrisa y bajando los ojos. Tras la buena comida y aquella sonrisa siento que me excito.

-Vale, pues pago y nos subimos.

Y subimos en aquel viejo ascensor en el que no tardó en echarme mano al paquete y donde encontró un rabo tieso, bien dispuesto y preparado para seguirle en todo lo que él dispusiera.

-Bien, veo que al menos el instrumento está listo, ahora sólo hace falta que quién está detrás quiera ser mi machito también. –me dice esto mirándome fijamente a los ojos, sin soltar su presa, y bien cerquita su boca de la mía

-Seguro, voy a metértela enterita, hasta el fondo –digo esto en plan chulito, intentando disimular el tremendo acojono que tengo pues aunque estoy muy empalmado y deseo en verdad follármelo sin piedad, no puedo por menos de pensar si estaré a la altura por ser mi primera vez.

Y para calmar mis nervios, para evitar que se notara mucho mi temblequeo, para evitar hablar y que el tono tembloroso de mis palabras descubriera mi miedo, aproximé mi boca a la suya y sacándole la lengua nos enroscamos en un beso de infierno, de esos que se dan los endiablados y posesos, de esos calientes, tórridos, lujuriosos, con su lengua codiciosa pronto en mi garganta, su mano magreándome el rabo, mi mano intentándose meter con poco éxito por detrás de sus pantalones para tocar su culo ansioso, apretándome contra las paredes de aquel ascensor que sólo tardó en llegar al último piso algo menos que una exhalación.

Y nos fuimos desnudando según íbamos ascendiendo dando vueltas por aquella endiablada escalera de caracol a la vez que intentábamos morrearnos y desprendiéndonos de nuestra ropa que es una de las cosas más difíciles que yo he hecho nunca. No nos quedó más remedio que ir dejando todas nuestras ropas tiradas por cualquier sitio.

Nos acabamos sentando en el sofá y me morreó dulcemente mientras me acarició la cara, el cuello, la nuca, el pecho. Todo muy suavemente y me pareció que tardaba horrores en echarme mano al rabo y huevos, tanto que se la tuve que deslizar yo, y por fin, se puso de rodillas sobre la alfombra y me empezó a comer la polla con verdadera ansia y deseo. Como sabía que no serviría de nada no intenté discutir con él, otra vez, para que me dejara a mí comer primero. Hoy era de él, haríamos lo que él quisiera, y como él quisiera pues tenía que pagarle todavía el día anterior. Además, desde que me había dicho que era pasivo, cada vez estaba más deseoso de hacerle mío, de poseerlo. Sí, cada vez tenía más ganas de follármelo y no perdía, a la mínima ocasión que tenía, de mirarle el culo que lo tenía precioso, y estoy casi seguro, aunque sólo casi, que se lo haré pasar de vicio.

Y según me iba succionando me fui deslizando por el sofá como un muñeco al que le quitan el aire, hasta que me quedé tumbado y entregado sobre la alfombra. Siguió mamándome la polla mientras me acariciaba con una mano el pecho, y yo, inmóvil, admiraba el enrejado de cristales y le acariciaba con otra mano el pelo. Había una luz resplandeciente, en contraste con la deslustrada del día anterior, que fluía a raudales por los cristales y se distribuía generosa por toda la amplia estancia, envolviéndonos. Tanto reflejo pajizo me deslumbró de tal manera que desde mi posición apenas pude verle cuando se levantó a por un condón que me puso él mismo con habilidad, ni cuando se lubricó el culo usando con sagacidad su propia saliva. Y tampoco pude ver, sólo sentir, cómo poniéndose en cuclillas encima de mí, enfrentando su cara a la mía, se penetró sin ningún problema, de un suave pero firme movimiento de inserción. Y puesto que no pude verle la cara, ni sus infinitos ojos negros, opté por cerrar los míos, abandonarme y disfrutarle.

-¿Has visto que bien? –me susurra con sus manos sobre mi pecho, pero todavía quieto, como haciendo hueco, como acomodando –tanto miedo como tenías. Sólo se necesita un buen rabo duro, bien erecto, del que por cierto tú andas bastante sobrado, cabrón. Nunca te lo he dicho, pero ahora que lo disfruto de la manera que quería, de la manera que más me gusta, bien puedo decírtelo. Me gusta tu rabo donde está, Alejandro. -concluye presionándome el pecho con las manos

-Y a mí también. Me gusta lo calentito que te noto y cómo te siento de apretadito alrededor de mi rabo. –le digo esto manteniendo los ojos cerrados porque quiero sentirle mejor, y porque me sorprende que supiera que estaba tan acojonado pues creía que había logrado disimularlo.

Poco a poco empieza una suave cabalgada apoyado no sobre las rodillas sino sobre sus pies que me encanta. Mientras, yo le acaricio sus huevos y su rabo que no está erecto pero que no me importa, pues me está demostrando que está pensando más en el placer trasero que obtiene que en su rabo que casi siempre le importa poco. La posición de engarce me facilita acariciarle también las nalgas metiendo mis manos por debajo, entre él y yo, a la vez que le ayudo en la dirección de los movimientos de monta. Siento, más que observo que, con cada galopada se abandona más y más, que también cierra sus ojos, y que coge mis manos y sacándolas de donde están, las obliga a que le acaricie su pecho y sus tetillas.

No. Parece que lo que quiere es que se las apriete duramente. Sus manos acompañan a las mías y todas estrujan sus pezones de una manera, que a mi juicio fue excesiva, pero que a él pareció gustarle sobremanera. Ahora lo entiendo, quiere de mí que se las castigue fuertemente mientras él se folla de manera salvaje. Genial. Con mis dedos agarrándole las tetas y mis brazos como radio máximo de recorrido, en cada una de sus galopadas se desplaza más hacia arriba y se deja caer más hacia atrás, de manera que mis dedos y brazos tiran de sus tetillas provocándole necesariamente mucho dolor. Me doy perfecta cuenta de que en cada embolada, él disfruta mucho de su culo, pero también de la mortificación al que someto sus pezones. Cuanto más se tira hacia atrás más aguanto con mis manos su cuerpo, más fuerte tiran mis manos de su tetas y más le oigo gemir y suspirar.

Y cuando muevo mis dedos haciendo fuertes círculos alrededor de los pezones, y como consecuencia de ello, los gimoteos se transforman en fuertes alaridos y sollozos, y sus ojos se llenan de lágrimas, me doy cuenta del poder que en ese momento ejerzo y mi cuerpo entonces se inflama de pasión. Y cuando el ardor que noto estando en su interior me quema, y siento que las convulsiones de su cuerpo agitan ya todo mi ser y logran transmitirme un morbo indescriptible, como no lo había sentido nunca, empiezo a experimentar algo que me inquieta, pues siento que su dolor es mi placer. No aguanto más. Empiezo a embestirle desde abajo, con furia, mientras él coloca su culo en la posición correcta abriéndose ambos carrillos y apoyándose en las rodillas para facilitarme la tarea sin tacha. Y yo me izo un poco, apoyándome en el radio de mis brazos tirando de sus pezones, justo para poder ver su cara de gusto cuando se la meto bien dentro, bien profunda. Ahora, tiene su cara muy cerquita de la mía y veo que también le gusta cuando se la meto despacito, de manera suave y superficial.

Y de repente Sal decide tomar la iniciativa y cambiar el ritmo y fuerza de las inserciones. Éstas se las realiza de manera tan brutal que a mí me parecen inhumanas. Se deja caer hacia atrás para que la tensión que provocan mis manos sobre sus pezones sean máximas y se da unas cabalgadas tan bestiales que veo desbordarse las lágrimas en sus ojos, correr por sus mejillas y caer sobre mi pecho. Yo me asusto e intento aflojar la presión de mis dedos pero un grito claro y potente en contrario me disuade de hacerlo. Sigue la gran galopada pero me temo que sino controlo el movimiento un poco, me voy a correr en cualquier momento. Y así se lo hago saber, de una forma que hasta a mí me pareció un poco quejumbrosa:

-Sal, para un poco que estoy demasiado excitado y voy a correrme, no voy a poder aguantar mucho más.

-¿Qué pasa que no te gusta así? -Me dice con la cara desencajada y roja de pasión, aumentando los movimientos desenfrenados de monta, aumentando el frenesí y deslizándose cada vez más hacia atrás, y con sus manos en las mías para impedir que soltara sus pezones.

-Sí, tío, ese es el problema que me gusta demasiado. –creo que incluso llego a reírme cuando le digo esto.

-Entonces ¿cuál es el problema?

-Pues, tío, que debemos parar un poquito....... vamos a cambiar de posición........ y paramos un momentito mientras..........mientras........yo creo que no voy a aguantar mucho más.....

Pero Sal va ya embalado, a su rollo, no entiende, no ve, no oye, no escucha. Sólo siente y lo que siente le debe gustar mucho porque no se detiene y por lo tanto sólo puede ocurrir lo inevitable, que doy un grito y me vierto en él de una manera brutal con fuertes espasmos, sacudidas y temblores. Y cuando termino de gemir y respirar convulsivamente casi no me atrevo a abrir los ojos porque temo los de Sal mirándome enojados. Los abro por fin cuando siento que sus manos desplazan las mías y me las sujeta encima de la cabeza apoyando todo su cuerpo sobre ellas. Me tranquiliza y alegra ver en su cara perfectamente delineada una sonrisa

-¿Qué tal? –le pregunto casi sin respirar y como susurrando. Tengo miedo por lo corto del polvo y por el mucho dolor provocado y del que reconozco, confundido y desconcertado, que he disfrutado como nunca antes.

-¡Bien¡ –me responde parco, pero sin dejar de sonreír, bajando su cara y dándome un beso cariñoso

-¡Bien¡ ¿Sólo así? ¡Bien¡ –intento abrir una escotilla por donde indagar

-Bien, sí. Corto, pero muy intenso.

-Sí, ya sé todo lo que me vas a volver a decir. Es verdad que me he corrrido rápido pero te pedí que paráramos un momentito. Tío, es que tú cuando vas lanzado es que no oyes. Y es que era tanto el morbo que me estabas dando con tus alaridos y jadeos, tío, que no he podido..........

-Tienes razón. ¿Y tú, te lo has pasado bien?

-Muuuuy bien –recalqué el ¨muy¨ con la mayor de las intenciones. Pero no dije nada, en cambio, acerca de la extraña sensación que había tenido de experimentar placer en su dolor

-Bueno, pues eso es lo principal -Y sacándome de sí, se tumbó a mi lado sobre la alfombra muy abrazadito a mí sin dejar de reírse. Y robándome un beso me farfulla de prisa y corriendo toda la retahíla ya conocida -No me aguantas nada, enseguida te corres. Es una pena porque eso hace que no disfrutes a tope. ¿Siempre te corres tan rápido?

-Lo sabía, -le respondo afectado- no te ha gustado.

-Que sí, que sí. No seas pesado. ¿Pero es que no lo has visto como me has puesto? ¿Pero no dices que he dado alaridos? ¿Crees que se puede simular esos alaridos, los gritos, las lágrimas?

-¿De verdad que te ha gustado? ¿No ha sido demasiado corto? Y como también te he visto llorar...........en algún momento me he asustado

-Ja, ja, ja. Alejandro, cuánto te queda por experimentar todavía. Me ha gustado mucho, de verdad.

-¿Seguro? Tienes los pezones destrozados y más salidos que el asa de un cazo y se te pondrán negros como tizones, has llorado de dolor como una desconsolada magdalena. He visto el dolor que te he provocado, he visto tus lágrimas, tus sollozos, tus gritos, por eso te pregunto extrañado si te ha gustado. –Y mientras le digo esto me mira fijamente a los ojos sonriéndome guasón

-Pues ya ves, me ha gustado cantidad. Y a los dos nos gustará más con el tiempo, si tú quieres repetir, ya verás. Hay muchas maneras de follar o de amar si lo prefieres. A mí en plan bestia me encanta, pero hay otras en plan más cariñoso que me gustan también. Hoy me apetecía que me dieras caña, para impresionarte pero no imaginaba que te fueras a sorprender tanto.

-Pues, ya ves que sí. –le digo en verdad sorprendido mirando a sus pezones salidos al menos dos centímetros del torso

-Y sobre lo rápido en correrte, pues sí, eres un poco flojo de muelle, ya te lo dije esta mañana, pero es algo normal a tu edad. Lo que ocurre es que es una pena, pues eso menos que disfrutas, al correrte tan rápido. Como pasa con todo, en el sexo también hay que aprender. Y ejercitarse. Tienes que ejercitar el músculo que tenemos entre el pubis y el cóccix que se llama pubococcígeo.

-¿Cómo dices? ¿Cómo has dicho que se llama el músculo?

-Pubococcígeo. Es el músculo que utilizas para cortar la micción cuando orinas y, por lo general, la gente lo tiene bastante abandonado y flácido

-Y ¿todo eso para follar?

Sí. Si aprietas y relajas ese músculo todos los días varias veces con ejercicios de contracción y distensión cada vez más fuertes llegará un momento en que le tendrás tan fortalecido que podrás decidir a voluntad cuando correrte y cuando no, sin depender de paradas y ayudas ajenas, pues es el músculo que corta el conducto por donde circula el semen en los orgasmos con corrida. Es muy facilito ya verás cuando lo fortalezcas y juegues con él.

-¿Es por eso por lo que tú no te corres nunca?

-Claro. Es importante combinar el uso de este músculo con un buen conocimiento de tu cuerpo y saber cómo controlar tu energía sexual. Controlar lo que los chinos llaman ¨el chi¨. Cuando estés muy excitado debes ser capaz de hacer ascender tu energía sexual al cerebro utilizando la médula de la columna como hilo conductor.

-Pero, tío que cosas más raras me cuentas. ¿Dónde has aprendido todo eso? ¿Te lo han enseñado tus amigos chinos del restaurante?

-Bueno, amigos de ellos son también. Digo, desde esta zona que los taoístas llaman ¨Tan tien¨, y que en el caso de los hombres no deja de ser la próstata en donde se acumula toda nuestra energía sexual, desplazamos la energía hasta el cerebro y la acumulamos en él, experimentando entonces mil sensaciones placenteras.

-¿En serio? ¿Es verdad eso que me dices? –yo empiezo a interesarme por la cuestión porque recuerdo cierta historia que alguien me ha contado

-Manteniendo los ojos cerrados puedes jugar con la energía en el cerebro dándola vueltas y viendo luces de colores y estrellitas que aparecen y desaparecen y que cambian de color y mil cosas más que no imaginas. Y con la punta de la lengua acariciando el paladar superior puedes dejar que la energía descienda otra vez hasta el estómago.

-¿Pero entonces, el rayo verde existe?

-Transfiriendo la energía desde la próstata hasta el cerebro, verdadero órgano sexual, los hombres tenemos la posibilidad de orgasmos múltiples y en todo el cuerpo, como los que sienten las mujeres, o como los que tenías tú en la preadolescencia. Supongo que te acordarás todavía, ¿no? Pero nada de corrarse desperdiciando la esencia máxima, lo que mejor tienes, lo más valioso. Además, si no te corres, ¿cuántos polvos no puedes pegar en una noche?

-Hombre Sal, si no te corres nunca, supongo que muchos, pero se trata precisamente de correrse, ¿no?

-Pues, no

-Pero cómo que no. ¿No está la gracia en correrse? -le respondo mirándole más que asombrado

-La gracia no está en una vulgar corrida, tío, no me jodas, sino en alcanzar el éxtasis, Alejandro, que no es lo mismo.

-Pues eso, lo que yo te digo: el rayo verde

-En cualquier caso y aunque te empeñes en desperdiciar tu mejor esencia, al menos si realizas los ejercicios que te digo y fortaleces los bajos dejarás ser flojo de muelle. Podrás ser un buen amante y las mujeres y los hombres pasivos suspirarán por ti después de conocerte. Conocerte en el sentido bíblico claro.

-De acuerdo Sal, haré esos ejercicios –pero vamos, no sabía que follar fuera tan complicado

-Eso ya sería muy importante. Y si pasas del control eyaculatorio y de la acumulación de energía y desperdicias tu esencia vital pues no pasa nada tampoco. Simplemente que perderás la oportunidad de alcanzar el éxtasis, los orgasmos múltiples y casi continuos en todo el cuerpo, y la llave de la longevidad y de la eterna juventud, pero por lo demás nada.

–Sí, hombre -y ¿qué más? pensé yo. A éste se le ha olvidado el mito del paraíso terrenal. Se le ha olvidado que de ese lugar nos han echado y allí no volveremos nunca más.

-Créeme. Haz lo que te digo y poco a poco comprobarás cómo tus orgasmos son diferentes, más largos y placenteros y en todo el cuerpo. Y lo mejor de todo conservando tu esencia vital.

-Pero, tío, es que yo me quiero correr. Es lo mejor de todo. Si no me corro, me quedo cachondo y con tremendo dolor de huevos y necesitaré pajearme, sino me volveré loco. ¿No lo entiendes?

-Sí, claro que lo entiendo. Pero, si de eso se trata justamente, Alejandro. Controlando la energía se te quitarán esos dolores de huevos que dices que tienes, y no dejarás de obtener por ello múltiples orgasmos y disfrutar cantidad.

-Insisto, tío, que me duelen los huevos si no me corro después de un calentón. Créeme que lo he comprobado cientos de veces por desgracia. No todos mis amantes han sido como eres tú.

-¿Dolor de huevos por no correrte? Mira, chico, reconocerás conmigo que eso no es muy normal. Todo el mundo se empalme miles de veces y no por ello le duelen los huevos Yo nunca tengo dolor de huevos de ninguna clase, eso no tardarás en comprobarlo.

-Mira, tío, no sé qué decirte. Estoy alucinando. Nunca he oído a nadie esta historia tan rara que me estás tú contando. ¿Pero de cuando acá alguien folla para no correrse? Mira, tío, no me negarás que un poco rara, sí que es la historia.

-No tiene nada de raro. Los taoístas lo hacen desde hace más de dos mil años. Pero para evitar eso necesitas transformar la excitación sexual, que siempre es especialmente vigorosa, en energía y hacerla circular por las sendas naturales del cuerpo. Esa energía, en forma de radiación electromagnética recorriendo tus dos canales naturales y circulando por todas las células comenzará la producción de bioquímicos como las endorfinas que harán que te sientas mejor, y de hormonas para evitar ciertas enfermedades, y de otras substancias que reforzarán tu sistema inmunológico y eludirás otras.

-Oye, sí, debe ser así como tú dices, porque estoy empezando a alucinar a colores –a pesar de mi tono burlón no parece enfadarse conmigo

- Sí, debes mantener el semen dentro de ti, bien en tus huevos o en el cerebro en forma de energía. No hay nada en el sexo que los cánones médicos budistas, taoístas y demás escuelas asiáticas no hayan ya contemplado. Créeme esa gente sabía follar

-Chico, sigo insistiendo que no sabía que follar fuera tan difícil.

-Aprendiendo las técnicas taoístas de estimulación y control sexual también sentirás más placer y al menos tendrás una mejor respuesta sexual.

-Ya, y dejaré de ser flojo de muelle. Ya me lo has dicho. –dije, agitando la cabeza de un lado a otro, y recalcando las palabras.

-Sí y te lo pasarás mejor. – insiste pesadito

De acuerdo, haré ejercicios con el famoso músculo, pero de toda aquella conversación lo que más me interesó fue que, por lo hablado, lo del rayo verde no era un mito, por lo que le he oído, parece que el rayo verde existe.
 
Cuaderno XXX
Si algo bueno tiene el hecho de no ser muy buen amante es que el amado insatisfecho rápidamente vuelve a la carga a la mínima oportunidad que la ocasión le presenta. Y así, tras un breve rato de charla, musiquita, besos, vino, cigarrillos, encendido de velas olorosas, y algún que otro porrete de maría, una mirada imantada a los ojos, a la que siguió una caricia tierna, a la que siguió un beso profundo, a la que siguió........ inició el mismo proceso de estimulación y excitación. Sin apenas movernos del sitio del polvo anterior, sobre la misma alfombra, con el mismo reflejo dorado aunque en ángulo más declinado sobre mi cabeza, en la misma posición, cara a cara, como si el tiempo no hubiera transcurrido, como pretendiendo envolvernos en una elipsis, como si este polvo no fuera sino la prolongación del anterior, tan corto pero tan intenso, Sal volvió a utilizarme como instrumento de placer intentando disfrutar conmigo. Sí, creo que lo hizo para darme una segunda oportunidad.

Y se montó sobre mí tan fácilmente como la vez anterior, y yo sentí las mismas sensaciones, el mismo ardor estando en su interior y me recorrió la espalda de arriba a abajo un escalofrío similar que me erizó. Y esta vez sí, gracias a que el sol estaba más abatido pude observar mejor su cara, que me encantó, y su cuerpo bellísimo y sus manos finísimas, una sobre su rodilla y la otra sobre mi pecho, y vi también sus ojos negros profundos, aunque por muy poco tiempo porque enseguida los cerró. Y tras eso decidí cerrar yo también los míos, y me dispuse con toda mi mejor intención, con toda mi predisposición y todos mis sentidos a percibir siquiera por un instante la dichosa energía cósmica aquella

Y efectivamente, sólo por un instante pudo ser porque sin entretenerse mucho, Sal me hizo notar dónde quería ahora el castigo, no serían sus pezones los sufridos actores en este caso, sino que les tocaba el turno a sus huevos como ya me había prevenido. Serían a éstos a los que les tocaría sufrir o disfrutar –según se mire- ahora. Y así fue, a horcajadas sobre mí, y con todo mi miembro dentro de su ser, mi posición era ideal para manipularle lo que quería y como él quería. De una manera u otra me hizo saber sin lugar a dudas que no eran caricias lo que buscaba precisamente, sino que, dejando para mejor ocasión, la ternura, la suavidad, el miramiento o la delicadeza, le estrujara los huevos sin piedad.

Y mientras él se deslizaba incansablemente a lo largo de todo mi rabo, masturbándome con su culo de manera bestial, mis manos agarraron sus huevos y girándoles un par de vueltas quedaron apretujados y bien ajustados en mi mano derecha que pudo tirar de ellos a voluntad. Y cada vez que ascendía en sus cabalgadas, yo tiraba de sus huevos hacia abajo, mientras, muy poco a poco, iba aumentando la presión de mi mano a su alrededor.

Según iba apretando sus testículos sentía que sus movimientos eran cada vez más temblorosos y agitados. Incluso me pareció ver, que todos los pelos de su piel se erizaban, y que cada vez estaba más sofocado y colorado. Cuanto más apretaba yo tanto más gemía y suspiraba él. Cuanto más tiraba hacia abajo más fuerte ascendía él y más parecía disfrutar. Mientras seguía cabalgándome me decidí agarrar sus huevos con las dos manos para provocarle mayor dolor y disfrutarlo. Agarré la parte superior del escroto entre los dedos corazón y anular de ambas manos y con las palmas agarré fuertemente los testículos. Sí, con ellas juntas pude hacer mucha más fuerza. Tanta fue la presión que llegué al límite buscado por él.

Pero antes de llegar a este límite, antes de suplicarme que disminuyera la presión y le soltara los huevos suavemente, antes de reducir sus movimientos de monta, pude comprobar cómo se convulsionaba, cómo todo su cuerpo se movía como si fuera una culebra desde la cabeza hasta su cóccix, como se estremecía y sacudía sus brazos desde los hombros cómo queriendo que se le soltaran las manos, cómo se conmocionaba en cada ondulación de su culo, torso y cuello. Y durante los varios minutos que duró aquel éxtasis volví a ver su cara roja y sofocada por la pasión, vi perlas de sudor en su frente, muecas en su boca que era imposible mantener más abierta, y oí enérgicos resoplidos y bufidos debidos al frenesí que no tardaron en transformarse en gritos. Y creí ver en algún momento que sus ojos abiertos estaban completamente blancos. Y vi también que cuando aquellos iris infinitos volvieron a su lugar, vinieron acompañados de muchas lágrimas, y que tras apretar los ojos fuertemente, éstos dejaron desbordar y caer por las mejillas, y alguna también cayó encima de mí porqué recuerdo que me encantó su humedad. Y a la vez que se producían los sollozos también pude notar sus muslos crisparse y agitarse temblorosamente a la par que los espasmos del resto del cuerpo. En ese momento, recuerdo que pensé, no sé si le estoy dando gusto o le estoy haciendo daño. Supongo que las dos cosas.

Cuando poco a poco solté sus huevos pude ver las marcas rojas de mis uñas dibujadas en su bolsa escrotal a la vez que oía un respiro de alivio profundo saliendo de su garganta y se cortaban los sollozos. Yo estaba fascinado del poder que había tenido en esos momentos previos mientras castigaba sus huevos, o con el poder que había disfrutado antes con mis dedos martirizando sus pezones. Pensaba un poco azorado en el placer que había obtenido por el dolor inducido durante unos minutos y del morbo que me había dado provocar ese dolor. Sí, todo era novedoso para mí y me había gustado mucho. Me atreví, con ese nuevo sentimiento de poder recién adquirido, a actuar activamente y a intentar someterle sin darle ocasión al descanso y sin melindrería. Izándome desde mi posición, y sujetándole el cuerpo le di una vuelta despacito para no sacar mi miembro de su plácido hogar, nos tumbamos ambos en el suelo sobre nuestros costados y así, seguí follándomelo a mi placer, en esa posición que los chinos llaman de la cuchara y que tanto me gusta.

Volví a echarle mano a los huevos por detrás pero parecía haber sido ya demasiado el castigo provocado, pues retirándome las manos con suavidad tuve que contentarme con su miembro, sin consistencia alguna, mientras me lo follaba de lado. No me importaba en absoluto que su rabo estuviera fláccido, al contrario me gustaba acariciárselo mientras metía y sacaba el mío bien duro cada vez con más gusto. Y me gustaba tener sus manos por detrás apretándome mis nalgas, pues pareciera como si intentara ayudarlo a penetrarlo más profundamente

Y seguí comportándome como dominante en esa actitud recién descubierta, nueva para mí, que tanto me estaba sorprendiendo y gustando. Pero la demostración de autoridad en absoluto fue con aspereza. Se puede llevar la voz cantante sin perder por ello la sensibilidad, se puede mandar sin ser por ello despótico, ordenar sin la opresión del tirano, se puede regir sin avasallar, someter sin violentar. Sí, como un ácrata.

Me porté como activo atreviéndome a girarle suavemente para ponerlo a cuatro patas a mi disposición. Por primera vez tuve a un tío delante de mí postrado de esa manera a mi entera disposición, mientras era penetrado por mi rabo que cada vez –yo mismo estaba más que sorprendido- lo hacía mejor. Le embestía sin piedad, sintiendo que era eso lo que le gustaba, le penetraba metiéndole mi verga hasta lo más profundo de su ser, agarrándole por sus caderas mientras me pedía por favor, ansioso, más y más, y que no parara, que siguiera así, dándole cada vez más fuerte.

Doblé mi torso y le agarré con mis brazos por debajo de los hombros y con mi pecho pegado a su espalda le entré hasta lo más hondo. Y supe que le gustaba. Y me icé cuando me apeteció hacerlo y me agarré a sus nalgas apretándoselas fuertemente con ambas manos, haciendo suaves circulitos con ellas, para que sintiera todo mi rabo en su interior mejor. Y supe que le encantaba. Y cuando me apeteció le abrí las nalgas bien abiertas para hacerle sentir más profundas mis espetadas. Y supe que le volvió loco. Y le metí por el culo mi dedo pulgar acompañando en paralelo a mi rabo. Y supe que eso le privaba. Y a mí me encantó ver el triángulo bien definido de su espalda mientras yo decidía de qué manera me lo follaba. Por una vez, yo decidía, yo disponía, y todo eso me estaba gustando mucho. Y aún me habría de gustar mucho más.

Y cuando más duras y rápidas son mis embestidas, cuanto más profundas y bestiales son siento que los músculos de su culo se cierran violenta y espasmódicamente y que se agarran férreamente a mi rabo y no le dejan continuar su camino, y eso me gusta cantidad porque, aunque me obliga a parar en mi recorrido, noto que él no puede evitarlo, que esos espasmos son involuntarios y que son consecuencia inevitable del placer que recibe. Y a mí, me encanta saber que esos movimientos instintivos de sus músculos se los provoco yo, que eso ocurre gracias a mí, al ritmo de mis emboladas y a la dureza de mi rabo. Y a la vez que esos tejidos fibrosos se contraen atenazando mi miembro, ciñéndolo como fuertes y tenaces abrazaderas, Sal pega unos gritos, que más que gritos son alaridos, y sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas y eso me gusta, me gusta mucho verle llorar y más si es por mí culpa. Y cuando paran las lágrimas y las contracciones involuntarias me reta a que se las provoque otra vez, y así una y otra vez, y otra, y otra. Así hasta el agotamiento final de ambos. Y cuando, brevemente, nos detenemos a tomar aliento, Sal me confiesa que le estoy golpeando en el sitio preciso, con la intensidad justa, y en la dirección adecuada, y que su próstata está respondiendo a mis embestidas de manera muy generosa produciéndole un placer enorme, como hacía tiempo no tenía.

Y me doy cuenta de que no hay miedo de que me corra, de que sin esos fastidiosos ejercicios, con el mismo músculo fláccido ése, como se llame, con el que he estado follando esa mañana, esta vez le aguanto bien, de que puede que sea verdad eso que dicen, de que el segundo polvo es siempre mejor que el primero. Y tal y como van las cosas no me puedo imaginar como puede ser el tercero.
Y cuando le echo sobre el suelo y me tumbo encima de él haciéndole sentir mi peso, y le agarro la cabeza por el maxilar, y le vuelvo la cara, y le beso desde atrás, muy difícilmente, pero lo consigo, pues hasta lengua le doy, y le follo muy suave y dulcemente, apenas desplazando mi miembro dentro de su culo, sólo golpeando, veo que también le gusta.

Y ahora empieza a cerrar y abrir los mismos músculos anales que anteriormente han abrazado mi verga una y otra vez espasmódicamente, pero ahora siento que lo hace voluntariamente, contrayendo y distendiendo su culo cada vez con movimientos más rítmicos y contracciones más fuertes. Siento que tiene una fuerza enorme en esos músculos, ¿será así por los ejercicios dichosos? En este momento siento que me da un gusto enorme, tan grande que, ahora sí, tengo miedo de que me corra si no para. No me voy a poder contener si sigue. Así se lo hago saber, pero no me hace caso alguno, como siempre, Sal cuando está en éxtasis, sigue sin oír, ver o escuchar, va completamente a su puto ritmo.

Y es así, abriendo y cerrando su culo rítmicamente, muchas veces, tantas que me acabo entregando a él, a su criterio o a su falta. Aprieto mi cara contra su cabeza, cierro los ojos, agarro sus hombros clavándole mis uñas y me abandono, pero sólo cuando sé que voy a correrme, y esto ocurre cuando él quiere, cuando se sabe satisfecho, cuando a mí me sabe ahíto de placer, cuando sabe que ambos hemos disfrutado de largo con este polvo, es entonces, digo, cuando me demuestra quien manda en realidad, quien vence, de quien es la derrota, y yo, encantado con la pérdida, me abandono a un larguísimo orgasmo.

Y fue tan larga mi corrida que después de mucho tiempo hasta me molestó que empezara a hablarme, y le tuve que decir que se callara que todavía me estaba corriendo. Sin levantarme y sin dejarle mover le pregunté está vez más seguro de mí mismo

-¿Bueno, qué tal esta vez? ¿Mejor? ¿No? –pregunto completamente convencido de la respuesta

-Sí, mucho mejor. Me lo has hecho pasar de vicio. Bueno, se ha notado ¿no? Y a ti, ¿te ha gustado?

-Joder, ha estado de puta madre. Y ha sido largo, largo, ¿eh? Y sin tanto ejercicio con el músculo ése, tío.

-Pues imagínate si todos los polvos fueran así. Porque no me vas a hacer creer que todos tus orgasmos son tan largos como éste normalmente, chaval

-Pues no la verdad –le digo yo reconociendo que tiene razón que le sobra- ¿Tú sabes lo larga que ha sido esta corrida? Todavía la estoy sintiendo, Sal. ¿Y tú no quieres correrte y sentir algo similar? Vamos, me parece increíble. –todo esta charla se lo digo de lo más ufano y hasta se podría pensar que con un pelín de arrogancia

-Tu corrida ha sido larga porque has logrado aguantar mucho tiempo sin correrte. Es decir, que has controlado la eyaculación. Ese es otro de lo beneficios del fortalecimiento del musculito. Hazme caso. Incluso si decides derrochar tu mejor esencia como ahora, cuando ésta la desperdicies lo harás con mejores sensaciones y más largas. Pero eso sí, será desperdicio al fin y al cabo.

-Mira pesado, que no quiero quedarme con dolor de huevos, ya te lo he dicho.

-¿Otra vez con la historia del dolor de huevos? ¿Pero es que acaso tengo los dolores yo? –me lo dice otra vez mirándome a los ojos a la vez que no puede remediar echarse a reír ampliamente

-¿Dolores de huevos tú? Creo que no la verdad, después de lo que he podido advertir. Tío, te he provocado un auténtico castigo. ¿Cómo lo aguantas? ¿No te duelen? -Todavía no se me ha quitado el asombro de lo que acabo de hacerle

-Sí, pero me gusta mucho la sensación. En algún momento se produce un ardor de una intensidad tal que me enciende como un brasero. El calor me asciende por el cuerpo desde los huevos hasta arriba, hasta la cabeza, y me embarga todo el cuerpo, me pone fuera de mí como has visto, me sube hasta la coronilla. Así podría levitar, ascender al techo.

-Joder, tío. ¿Sabes? Yo siento una extraña sensación cuando te hago estas cosas dolorosas, tío. –digo esto, midiendo muchos mis palabras. - No sé como explicártelo pero me desasosiega un poco comprobar que cuando gimes de dolor, y éste es producido por mí, me excito sobremanera y me da mucho morbo. Siento un poco de miedo de que tu dolor sea mi placer.

-Y a mí me gusta que seas tú quien me haga esas cosas, y me encanta ver tu cara de inquietud y turbación al realizarlas. –cuando me dice esto me mira fijamente a los ojos y yo bajo los míos.

-Tío, pero nunca sé si te doy gusto o te produzco un dolor excesivo. No sé si parar cuando te veo llorar o seguir. Eso es lo que me turba.

-No se te ocurra parar nunca aunque me veas desmayar. Si quiero que pares ya te lo haré saber, no tengas ninguna duda, ni miedo alguno. Además entre nosotros nunca será algo demasiado.

-Vale. Espero que me lo hagas saber. Por cierto, que yo necesito que sea alto y claro porque soy torpe y no me entero fácilmente. Te lo digo por si te urge, luego di que no te lo he dicho

-Muy bien. Por cierto, todavía te tengo que hacer la demostración de que mis huevos no me duelen fácilmente.

-¿Cómo? ¿Otra vez? Pero tío, si te los he castigado cantidad hace un momento. Me lo has dejado suficientemente claro. ¿Es que no te acuerdas? –le miro fijamente por si me toma por tonto. –Aunque has llorado un poquito, ¿Eh?

-No, hombre, no, eso no es nada. Quiero que me los castigues de verdad, de otra manera. Un auténtico castigo. ¿Para qué crees que he encendido las velas si no es aún de noche? – ahora, sí que me ha dejado tocado del todo. -¿Pero que quieres hacer con las velas? Mira, me das miedo, Sal, de verdad. Y me inquietas, y me turbas,………… y me empalmas.

-Bien, me alegro de oírte pues ese es mi propósito y mi deseo. Por lo que me dices lo estoy consiguiendo. Escucha lo que te digo: controla tu energía sexual, dejarás de tener dolores de huevos y quizá hasta consigamos levitar los dos juntos en una de estas sesiones.

-Mira, ¿sabes qué? Que si acaso, en vez de abstenerme de correrme como tú dices, hago lo contrario. Me corro rápido nada más llegar aquí, o mejor aún, llego ya corridito de casa. Después esperamos un poquito y en el segundo polvete lo mejoramos como ha ocurrido ahora, ¿no te parece una buena idea? Es perfecta, tío, casi me siento un genio. –dije irónicamente, con una media sonrisa burlona yo también

 
Cuaderno XXXI
Y tras un rato prolongado de serenidad y reposo, tumbados en el suelo en forma de T, con mi cabeza sobre su pecho, muy relajados, fumando un canuto y escuchando una ópera en la que Fausto vendía su alma al diablo a cambio de grandes placeres, de caricias y deseos sensuales, de orgías interminables con jóvenes y voluptuosas amantes, y a cambio de una potencia sexual inagotable, Sal se levantó muy despacito y fue a buscar un recipiente de cristal en el que ardían varias velas de diferentes tamaños y colores cerca del armario de su colección de budas. Era una especie de bandeja redonda, de base gruesa con unos orificios en el fondo para encajar las velas. La vela central era cuadrada y grande con cuatro pabilos ya bastante quemados y alrededor de ella otras cuatro redondas más pequeñas. Ahora, la luz era declinante y tenían más sentido las velas encendidas, pero cuando Sal las prendió a media tarde, me extrañó, pues había luz natural más que suficiente. Pensé que serían velas olorosas pero para nada. Las velas habían ardido lo suficiente como para que la cera líquida fuera abundante, especialmente en la cuadrada.

Y en aquella hora bruja, mientras Sal venía desnudo hacia mí con la bandeja de velas en la mano provocándole extraños reflejos e inquietantes sombras en la cara, me miraba fijamente con aquellos ojos negros más profundos que nunca. No sé si era por su mirada, que parecía imantada o el centelleo de las llamas sobre su cara y pecho, el caso es que me tenía fascinado. Y no podía separar la vista de su cara, ni de sus ojos, pero no por ello dejé de pensar en el comentario que me había hecho anteriormente sobre castigar sus huevos muy seriamente.

-¿Has jugado con cera alguna vez, Alejandro? –me pregunta esto muy serio, sin dejar de mirarme, y depositando muy lentamente la bandeja de velas sobre la mesa baja del salón.

-Tío, sabes de sobra que no. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Qué es lo que quieres hacer con las velitas? ¿A qué quieres jugar ahora? Miedo me das. Cuando veo ese brillo en tu mirada sé que me debo echar a temblar

-¿Pero no me has dicho hace un rato que además de miedo también te empalmo? –me dice cogiéndome del pelo de la nuca con una mano, y besándome apasionadamente. Mientras me besa me recorre toda la columna vertebral de arriba a abajo, presionándome fuertemente, con el dedo pulgar de la mano libre, y produciéndome un fuerte escalofrío que enseguida me alcanza la cabeza y que hace que entienda el rollo aquel de la energía cósmica mucho mejor.

-No hace falta que yo te lo diga, puedes verlo tú mismo –es obvio lo que le digo porque desnudos cómo estábamos era imposible disimular mi erección

-Verás lo que vamos a hacer: me voy a tumbar sobre la alfombra, vas a coger una vela, primero de las pequeñas y muy despacito vas a ir vertiendo encima de mí, gota a gota, la cera líquida que queda alrededor del pabilo. –yo no doy crédito a lo que escucho. No salgo de mi asombro a pesar de que desde el principio he relacionado las velas con algún jueguecito de Sal.

-Estás loco tío. Ni lo sueñes, no cuentes conmigo para eso de ninguna manera. Estás chiflado. –a pesar de que le digo todo esto muy enfáticamente, yo me tranquilizo un poco porque de primeras, no pensé en la cera líquida, sino que Sal querría el fuego de la vela directamente sobre los testículos. Yo, ya me había puesto en lo peor, y menos mal que eran los suyos.

-Vaya, qué decepción, creía que me habías dicho que habías sentido cierto placer produciéndome dolor cuando lo hemos hecho antes. Estaba convencido que me seguirías en este juego.

-Sí tío, pero es que me parece muy fuerte esto que me pides. ¿Volcarte la cera líquida de las velas encima de ti?

-¿Fuerte? Te advierto que de fuerte nada. Frente a lo que acostumbra a hacer la gente por ahí, esto es algo naif, un juego de niños en colegio de monjas. Venga, anímate, no pasa nada, no es para tanto.

-Estás loco tío, ¿no comprendes que te vas a quemar? ¿Que te pueden quedar marcas allí donde caiga la cera? ¿No comprendes que te pueden a salir unas varices de caballo? –pero mi rabo súper empalmado y duro como una piedra sólo de pensar en la situación, me traiciona casi desde el principio. Nada de lo que le diga va a hacerle cambiar de opinión mientras vea mi rabo duro como un palo.

-No parece que tu rabo sea de la misma opinión. ¿Y qué es eso que dices de las varices, tío? –me dice esto con su media sonrisa, mientras su mano baja y sube por mi rabo, acaricia mi glande, acaricia mis huevos, y me atrae hacia sí. Yo me estremezco, y me entrego a sus juegos

Y muy lentamente, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, Sal se tumba sobre la alfombra, dobla las rodillas poniendo las plantas de los pies sobre el suelo, se acaricia todo el pecho, los muslos, los huevos, se pellizca los pezones, y por último desliza la mirada muy sutilmente de mis ojos hacia las velas, y la devuelve otra vez hacia mí. No necesita decirme más. Tampoco yo.

Muy lentamente y sin más dilación, por fin, me decido a actuar. Tomo temblando de miedo y de agitación una de las velas pequeñas. Ésta tiene mucha cantidad de cera líquida. Sé por los pellizcos de Sal en sus tetas y por las demás insinuaciones, dónde quiere que caigan las primeras gotas de cera, y yo no se las voy a evitar. Aunque estoy asustado, la situación como que me hechiza, me seduce, y efectivamente me empalma más de lo que ya estoy. Sí, quiero hacerlo y lo único que necesito es tener cuidado para no quemarme yo.

No pasa mucho tiempo desde que inclino la vela, se desborda la cera, y se hace un pequeño paso por el que se desliza el resto de la cera fundida y cae gota a gota sobre el torso de Sal. Cuando cae la primera gota de cera sólo veo que sus ojos se cierran con fuerza, espero a que se abran de nuevo, y no me doy cuenta por ello, que tengo que rectificar la posición de la vela pues la cera cae incluso fuera de la areola. Sé que Sal quiere la cera justo en aquel pezón, más grande del que he visto en muchas tías, y aún así me tengo que esforzar para atinarle.

En algún momento de torpeza me cae cera en mi mano entre el índice y el pulgar y aunque enseguida pasa el calor me doy cuenta de lo que debe suponer esa cera fundida en el pezones, de piel tan delicada. Me excito sobremanera sólo de pensarlo. Acertaría en la caída de la cera mucho más fácilmente si bajara más la vela babeante y me acercara al pezón, pero me da miedo que con tan poco tiempo de caída y con la llama tan cerca, le dañe. Pero esa decisión no necesito tomarla yo. Como si hubiera algo de telepatía entre nosotros, como aprovechando el mismo conducto tácito por el cual tan bien nos transmitimos las sensaciones carnales, también por el mismo conducto se deben transmitir nuestros pensamientos.

-Baja más la vela, Alejandro –me dice tajante, y sin posibilidad de discusión alguna, estando yo, completamente seguro que habría más que preferido no habérmelo tenido que decir.

-Tío, tengo miedo, te voy a quemar –es lo único que acierto a decirle

-No te preocupes y procura no echar las gotas de cera una encima de la otra. Que caigan mejor en piel virgen. Así me gustará más

Yo le digo la verdad. Le digo que me da un enorme morbo lo que le estoy haciendo. Veo fascinado cómo la cera se solidifica y queda pegada a su piel. Le digo que me fascina cómo sus ojos me miran suplicantes, que me gusta una barbaridad cómo recibe la cera, que ahora sé que la siente mas caliente porque se le contraen los músculos de la cara, cambian sus facciones, abre la boca, cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás, la convulsión de su cuerpo cada vez es mayor. Le digo que me gusta cómo se abre los muslos con las manos próximas a los testículos para hacer más fuerte las contracciones de los músculos del pecho cuando recibe la cera ardiente. Y por propia iniciativa sin esperar su indicación paso al otro pezón y tengo aún cera suficiente para llenarle la areola antes de coger otra vela.

Y cuando vuelvo con la vela nueva, Sal baja las piernas y me alegro de ver su rabo muy duro y cabezón, y su mano cubriéndolo, como tratando de evitar que le caiga cera encima. Y es entonces cuando su mano mueve suavemente la mía que mantiene la vela, y la baja para que ésta quede justamente sobre la vertical de sus huevos. Yo estoy tan impresionado por lo que veo venir, que nada pienso, sólo obedezco, sólo actúo. Lo único que me empieza a preocupar es que haya cera suficiente para todas las partes de su cuerpo, allí donde le guste tenerla. Y la cera bien caliente fluye por el borde de la vela y cae encima de la bolsa escrotal. Veo que se estremece de placer –o de dolor no sé- al caer las primeras gotas, que se agita y tiembla, que balancea su cabeza y me mira de vez en cuando, y que las contracciones se hacen más moderadas según la cera se enfría.
Procuro no acumular la cera sobre un mismo punto de su cuerpo para que esté lo más caliente posible cuando entre en contacto con su piel. Agoto la segunda vela sin llenar de cera todo su escroto.

Cuando vuelvo con la tercera veo que tiene descubierto el capullo de su mano protectora mientras se toca los huevos repletos de cera solidificada. Supongo que lo libera ahora que no hay peligro, ahora que sabe que no hay cera que caer, pero me equivoco, y hasta me espanto cuando me pide que la nueva vela, aquella que en ese momento tengo en mis manos se la vacíe encima del aquel glande tan sonrosado, en toda aquella superficie tan cabezona.

-Guarda un poco para el agujerito, me encanta que caiga la cera ahí. –sujeta la polla con la mano y la levanta con intención de poner el gran sombrerete incluso más cerca de la llama.

-Tío, por favor –atino sólo a decirle, muy asombrado pero sin poder dejar por ello de hacer lo que me pide

Siento, por las contracciones de su cara, que la cera fundida cayendo en su miembro le produce una sensación muy dolorosa -o placentera, sigo sin saber- y que hasta que se enfría y se solidifica pasa tanto tiempo que le castiga el glande duramente. Lo sé porque en sus ojos aparecen gruesos lagrimones que le caen por sus mejillas. Conmocionado por los lloros le doy un poco de cuartelillo y le echo cera sobre las manos que aguantan su rabo inhiesto y que abre cuando caen las primeras gotas. Y mientras cae la cera líquida le acaricio los muslos con mi mano libre y me lo agradece con una dulce mirada suplicante.

Y la cuarta vela pequeña se la vierto sobre los muslos desde las rodillas, y las ingles, y en el pubis, y en todas las zonas donde hay pelo que también le harán sufrir -o disfrutar sigo sin saber- cuando ya no quede cera ardiente y tenga que quitársela después. Y le lleno el agujero del ombligo hasta que la cera desborda y asciendo con la vela babeante hasta la zona intermedia de las tetas. Y cuando acabo con las cuatro velas pequeñas me digo a mí mismo que la cuarta, justamente la más grande, no tiene razón de ser porque no hay más lugares en donde pueda caer, pero también me equivoco en eso. Cuando Sal, haciendo uso del conducto tácito otra vez, cae en al cuenta de mi vacilación me ordena tajante que coja la vela

-Venga, coge la vela grande ahora, no lo dudes. Venga, que lo estás haciendo muy bien, Alejandro. Me gusta mucho ver tu cara con el reflejo sinuoso de las velas. Estás muy guapo. Veo tus ojos brillantes y tu cuerpo firme y terso, y tu rabo duro como un palo y no sabes eso, cómo me excita. No tienes idea cómo me pone. Y me encanta la cara que pones, entre turbación y morbo, o de pena, no sé. Me encanta. Cuando me lo hagas según tu propio criterio, sin instrucciones mías, será la hostia y tengo la impresión que no te disgustará hacerlo.

-¿En dónde te la echo ahora, tío? si ya estás todo lleno –y según le digo esto se gira media vuelta sobre su espalda apoya el cóccix sobre el sofá, acerca las rodillas casi hasta su cara y agarrándose las nalgas me deja bien visible y abierto el agujero de su culo.

-Venga. Vas a coger el velón y a verterlo bien despacito por todo el agujero. Échame antes un poco de cera por el perineo y las ingles y ve ascendiendo después. Haz luego circulitos concéntricos alrededor del ojete y ve cerrándolos poco a poco. Quiero al final mi culo bien taponado.

Y hago exactamente como Sal me dice. Echo la cera por una de las esquinas del velón que vierte su contenido de manera generosa. Vuelvo a ver su cara levantarse del suelo y balancearse, y lágrimas en sus ojos, y espuma que le sale por las comisuras de los labios. Y veo agitarse sus muslos, y mover su cabeza a derecha e izquierda con la boca abierta y cuando termino todo el contenido de la vela a lo largo de la raja del culo, veo que me mira con una mirada de agradecimiento infinito. Y cuando por fin se termina la cera, dejo el cirio en la mesa y Sal descansa el culo en el suelo, le beso en la frente, y en cada ojo, y en la nariz y le muerdo en el cuello, y le como las orejas y cuando llego a la boca se la morreo profundamente y él me responde aguantándome la postura durante todo el tiempo que yo quiero tener mi lengua en su garganta.

Y cuando nos cansamos de mordiscos, besos, caricias y morreos me pidió que le quitara toda la cera acumulada sobre su cuerpo, y me tuvo que enseñar a hacerlo pasando la palma de mi mano sobre los lugares donde estaba la cera, y metiendo el dedo en el ombligo, y con más cuidado allí donde había pelo, y lo disfrutó especialmente cuando hice los pequeños tirones, y cuando llegamos al culo hice mejor trabajo de manipulación porque allí Sal no tenía pelo, y ahora comprendía porqué: seguro que ésta sesión de cera no era la primera vez.

-Creía que me ibas a pedir al final que te destaponara el culo a rabazos. –muy chulito le digo yo para disimular el miedo que me ha hecho pasar. -Lo habría hecho encantado, que sepas. –esto se lo digo para crearle cargo de conciencia, para que viera que yo también pensaba en truculencias y que podía tener mi propia iniciativa si él la quería para algo.

-Y a mí me habría gustado que lo hubieras hecho también. ¿Qué crees que no lo había ya pensado? pero como has empezado con morreos y caricias, no he querido desairarte y se me ha ido el santo al cielo. –vaya, pienso yo, siempre ha de quedar él por encima, como el aceite

-Deja, deja. Deja a los santos en paz. Que se vayan donde quieran. Que se vayan si es ese es su deseo. Y que no vuelvan. Pero dudo se hayan ido al cielo porque ése, hoy y ayer, lo hemos tenido aquí. –esto reconozco que fue una cursilada tremenda pero que, al fin y al cabo, no hizo mal a nadie.

-Me alegro que pienses así, porque estoy de acuerdo contigo. ¿Sigues sintiéndote tan desasosegado cuando me ves disfrutar de esta manera, como decías?

-Lo superaré, lo superaré, estate tranquilo. ¿Sabes una cosa? Me gustaría darte cera de depilar por todo el pecho, y los muslos, y en la tripa, y en los hombros y darte fuertes tirones para quitártela. –esto se lo digo, ya lanzado, muy osado y chulito poniendole cara de insolencia y ojos malévolos, pero para dejarle claro que lo que le había hecho me había gustado sobremanera y que habría que repetirlo más a menudo

-Tengo la depiladora de la cera por ahí. Ya la utilizaremos pero me dan más morbo las velas

-Sé que a algunas chicas cuando se hacen la cera las encanta por eso, por los tirones que las dan. Me gustaría verte sollozar, y oírte gemir, y que por cada tirón que te diera, me lo agradecieras con un beso de tornillo. Tendrías que besarme una y otra vez porque te lo haría con mucho mala leche. Y si estuvieras atado mientras te hago esto, ya sería le leche

-Bien, bien. Todo se hará como tú quieres. Veo que te pone la cosa y que te vas animando.

-Lo quiero, lo quiero. Es curioso pero he hecho ya más cosas contigo en este fin de semana que en muchos años de mi vida. Y si me apuras lo puede restringir sólo al día de hoy.

Me apeteció mucho darle un abrazo y un beso cariñoso. Y luego le di las gracias apoyando mi cabeza sobre su pecho que aún me pareció caliente, a la vez que se lo acariciaba con mi mano. Y cuando me preguntó porqué le daba las gracias, le dije que porque me lo había hecho pasar muy bien, porque nunca nadie en el sexo me había hecho sentir como me hacía sentir él: tan importante. Hasta entonces nadie me había tratado así, nadie me había hecho sentir tan grande, tan orgulloso de mí, de mi forma de actuar, de mi rabo, de mi físico, de mi cerebro, de mi persona. Nadie nunca, me había subido la autoestima tanto. Pero sobre todo, le di las gracias porque nadie me había hecho sentir nunca tan deseado.

-Gracias de verdad, Sal. – le dije mirándole directamente a los ojos.

Le di otro beso, me levanté, me vestí y después de quedar para otro día, me marché muy satisfecho de mí mismo.

Nunca le dije que me había gustado tanto follarle, pero tanto, tanto que me había dado casi hasta miedo.